martes, 27 de diciembre de 2011

Ian Watson. Magia de Reina, Magia de Rey

Hace un par de semanas cumplí una vez más con el saludable hábito de asistir a la cena que todos los años organiza la Tertulia de Santander. Como siempre, la belleza de las tierras cántabras y de sus gentes, y el reencuentro con muchos de los asistentes, algunos de ellos buenos amigos, me dejó con ganas de repetir el año próximo. Además de la cena, en la que se regalan libros por sorteo, es tradición que durante la tarde previa al acto gastronómico tenga lugar un evento literario. Se suele celebrar en la librería Gil, y consiste, por lo general, en la presentación de algún libro publicado a lo largo del último año. El autor contesta a las preguntas de los oyentes y luego se suma a la cena. Este año le ha tocado el turno a Putas de Babilonia, del escritor británico Ian Watson.
Watson es, desde hace tiempo, un habitual de nuestro país (hay algo en España que le seduce), así que no tuvo problemas para integrarse rápidamente en la celebración. Tuve la suerte de compartir con él una cerveza y escuchar atentamente sus respuestas a las preguntas que Nacho Illarregui, máximo responsable de Prospectiva, le iba haciendo. Me pareció una de esas personas cuyo aspecto engaña a primera vista. Pequeño de lejos, siempre risueño y dueño de un gran sentido del humor, puede dar la impresión desde el auditorio de que se está ante un venerable bonachón. En la distancia corta, sin embargo, toda la afabilidad se torna inteligencia, especialmente en su mirada. Hace gala, además, de esa impecable dicción inglesa-inglesa que tanto nos fascina a los que seguimos la versión original en las pantallas. El caso es que quedé gratamente sorprendido en el trato directo con el escritor, aunque me temo que no sucedió lo mismo a la inversa.
Mi forofismo futbolístico me llevó a preguntarle si le gustaba el noble deporte (al fin y al cabo, esa misma noche se jugaba el clásico). Para que se hagan una idea de cuánto no es así, me expuso un caso de la selección inglesa, uno de los dos únicos partidos completos que ha visto en su vida, en términos muy negativos. Teniendo en cuenta lo que representa la selección nacional para un inglés, casi una cuestión de Estado, y lo poco que a él le importaba aquello, el asunto quedó zanjado allí mismo. Desgraciadamente, mis posteriores alaridos en los tres goles que el Barcelona le endosó al Real Madrid durante la cena, ante los cuales expresó cierto desagrado, tampoco debieron de ayudar mucho. Qué le vamos a hacer, me apasiona tanto el fútbol como la literatura, una dualidad que, en todo caso, no resulta nada extraña. Si a ustedes les parece que sí, indaguen un poco en internet. Se llevarán una tremenda sorpresa.
Como posible desagravio, y aunque él no lo sabrá jamás, aquí les dejo la reseña del último libro de Ian Watson que he leído. Como revela la última frase, han pasado algunos años desde que lo hice, así que quizás vaya siendo hora ya de rescatar alguno de los que reposan en aquel lado de la estantería, ese que guarda mis intereses pasados.




Como escritor, Ian Watson siempre se ha decantado por la variedad y el cambio. Enemigo de la repetición, gusta de encadenar proyectos con escasa o ninguna relación entre ellos. Tras publicar la trilogía de la Corriente Negra, serie enmarcada en el género de ciencia ficción a pesar de su aspecto fantástico, el escritor británico se embarcó en otra de sus originales apuestas: Magia de reina, magia de rey, un extraño ejercicio de porte similar que se dirige en su conclusión hacia el -inevitable tratándose de Watson- elemento trascendente.
La novela se publicó en 1986, y la primera de sus tres partes, “Magia de reina, magia de peón”, se incluyó de forma casi simultánea en el número de septiembre de The Magazine of Fantasy & Science Fiction. En ese mismo número, Orson Scott Card realizaba una breve reseña y aludía a la figura de Pirandello en alabanza a la novela de Watson. Seguramente haya que ir bastante más lejos buscando comparaciones, por ejemplo al relato satírico propio de la literatura europea del siglo XIV. Las dos primeras partes del libro retrotraen al lector hasta los ambientes y personajes que proliferaban en las obras de Bocaccio o Chaucer.
Watson traslada las reglas del juego del ajedrez a un entorno renacentista, y lo hace de manera brillante. La forma en que los movimientos de ajedrez forman parte de la acción es realmente ingeniosa, “mágica”. Saltos de caballo, cambios de peón por dama o comidas al paso se alternan con la historia del aprendiz de peón, Pedino, quien impulsado por el amor intentará buscar otra salida a la eterna lucha cíclica que mantienen Bellogard y Chorny, reinos cuya clase dirigente representa respectivamente a las piezas blancas y negras en un mundo que se constituye en extraño tablero de ajedrez.
La guerra continua que Watson coloca como eje central del libro, inexplicable y eterna, recuerda a otros magnos enfrentamiento librados en el campo de la ciencia ficción, como por ejemplo la inextinguible lucha entre arañas y serpientes que narrara el maestro Leiber en sus Crónicas del gran tiempo. Pero cualquyier similitud desaparece al final, en el último tercio del libro. Allí, el protagonista se ve inmerso en un metajuego, un recorrido por universos paralelos al suyo regidos por las normas del Monopoly, el Serpientes y Escaleras y otros juegos que Pedino recorrerá, en claro contraste con la despreocupación de sus compañeros de viaje, en busca de lo que todo ser humano desea: respuestas a su existencia.
Magia de reina, magia de rey es una fantasía con espíritu de ciencia ficción, un juego que se sirve de otros juegos para disertar sobre los distintos planos de existencia, sobre lo ficticio y lo real, el destino y la libertad. Escrito con gran agilidad, su lectura es un breve y raro disfrute que deja bien claros sus objetivos, no se extiende más de lo necesario y libra al lector del habitual abuso de páginas. Un arriesgado acierto de Watson cuya publicación en nuestro país refrenda el buen arranque de la joven colección Bibliópolis Fantástica.


El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.

sábado, 3 de diciembre de 2011

El regreso del Señor de la Noche. Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley

Cumpliendo la promesa aperturista que realicé cuando hice la remodelación de Literatura en los talones, les presento aquí una de las novedades. Me comentaba un amigo recién llegado al blog que le había defraudado la falta de reseñas de cómics. "¿Es que no lo consideras literatura?", me preguntó con cierta sorna. Y no, no es que me acerque al pensamiento del ínclito Molina Foix (bien lo sabe el propio Alberto, al que he dejado unos cuantos tebeos), pero me gusta seguir la ortodoxia y el respeto al etiquetaje. El cómic es, sin duda alguna, arte, como lo es la literatura, pero ni el cómic es literatura ni la literatura es cómic. Son artes distintas. Como este blog estaba dedicado por completo al entorno literario, me había limitado, con un par de contadas excepciones, al mundo de los libros. Hasta ahora
Como toma de contacto, comenzaré con un texto que he rescatado del pasado remoto, una breve reseña dedicada a una de las novelas gráficas más grandes que conozco. Su elección me la ha servido en bandeja la polémica desatada por las recientes declaraciones de Frank Miller en su blog, a las que Alan Moore, el mayor genio del cómic contemporáneo, ha respondido de la manera que pueden leer en este enlace. La retrógrada visión que tiene Miller del movimiento ocupacionista de Wall Street sólo habrá sorprendido a los que no hayan seguido su trayectoria, pues hace tiempo que el común de los aficionados sabe de qué pie cojea el afamado guionista y (pésimo) director. La respuesta de muchos aficionados, sin embargo, sí me ha dejado algo perplejo.
Hace años que sé lo que hace la ira con la perspectiva y la ecuanimidad, y sin embargo, cada vez que eso ocurre me vuelve a sorprender. Para algunos, es como si el tiempo lo devorará todo, como si ante la pujanza del presente, el pasado desapareciera de un plumazo. Puedes crear varias obras maestras y ser posteriormente denostado o completamente olvidado si tus siguientes creaciones no están a la altura. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con la figura de Arthur C. Clarke en la ciencia ficción literaria. Creador de algunas de las novelas más importantes del género, fue ninguneado posteriormente debido a la baja (bajísima en algunos casos) calidad de sus últimas obras. Con Miller se da el mismo caso, con serios agravantes. No sólo sus últimos cómics no han estado a la altura. Su ambición por la polivalencia, mancillada debido a su pésimo trabajo en la dirección cinematográfica, le ha colocado además en un mal lugar.
Pero esa entrada en barrena posterior, repito, no debería tener como consecuencia el olvido de su grandeza anterior. Sus obras maestras siguen ahí; la mejor etapa de un superhéroe que yo haya leído, su Daredevil de los 80, sigue ahí; Born Again, culminación de esa época y una de las cimas del cómic, sigue siendo un máster compactado para jóvenes guionistas; El regreso del señor de la noche, la mejor versión de Batman con la que yo me haya cruzado, continúa sorprendiendo con su visión crepuscular del héroe a todos los que lo leen por primera vez; Batman: Año Uno, Ronin, Elektra: Assassin... Todas ellas anteriores a Sin City o 300, obras en su día también muy valoradas y a las que la fama negativa actual del autor sin duda ha perjudicado. Si olvidar esas auténticas joyas del cómic resulta una injusticia y una adulteración del pasado, imagínense entonces la magnitud de la tropelía cuando la discriminación de la obra procede, como en este caso, de un prejuicio ad hominen.
Desechar la obra de un individuo por sus ideas fascistas me parece tan abominable como el propio pensamiento fascista. El ideario de Frank Miller, la persona, huele a podrido, y el autor, sin duda, ha perdido gran parte de su creatividad, pero la calidad de aquellas obras maestras resiste sin mácula el paso del tiempo. Y seguirá resistiendo también las falsas consignas de los airados. Concédanle al César lo que es del César. Denosten al actual Miller si quieren, pero relean al joven, disfruten de su monumental obra. Háganse ese favor a ustedes mismos.



Sucedió en los 80. John Byrne se acercaba desde la ortodoxia a la perfección estética mediante un dibujo limpio y una  narrativa cristalina, abordando las historias clásicas desde perspectivas más modernas. A su vez, Alan Moore sentenciaba con acento iconoclasta la corrección política y la estrechez clásica argumental norteamericanas. En medio de todo ello, un guionista colosal llamado Frank Miller incorporaba, partiendo de una estética noir, una tercera vía merced a la utilización de un método ya probado, aunque nunca de forma tan contundente en el campo superheróico: empujar a los personajes de siempre hasta territorios extremos, allí donde jamás había llegado superhéroe alguno. Así, dotó de humanidad y una pátina de locura a un personaje tradicionalmente segundón, Daredevil, regalando a los lectores una etapa imborrable, culminada posteriormente con una conclusión que convulsionó el mundo del cómic, Born Again, una de las mejores obras que jamás haya visto el medio. En 1986, Miller se embarcó en la ambiciosa empresa de relanzar a un mito cuyos matices oscuros, en estado latente desde su creación, nunca habían sido explotados a conciencia. Batman, el hombre murciélago, iba a ser rebautizado.
En El regreso del Señor de la Noche, Miller despliega todo un abanico de personajes irrepetibles, acercándolos sin secretos al lector mediante la continua exposición de sus pensamientos y diálogos. En la forma que tiene Miller de entender el cómic, el personaje es lo más importante, no el decorado. Dotados de una sinceridad que sobrecoge, de una honestidad total, desempeñan su papel con la dignidad propia de quien asiste a la muerte de un icono, de un ser casi mitológico. El malvado Dos Caras nunca tuvo opciones. No importa el aspecto físico que uno tenga, pues Batman sabe (y con él todos) que la auténtica fealdad reside en el interior, que la belleza exterior no es más que un disfraz, una máscara tras la que esconderse. Joker, representación del mal, debe su razón de ser a la existencia del bien. Si no hay Batman no hay Joker. Al contrario de lo que el cómic ha declarado clásicamente, es el héroe quien crea al villano y no al revés. En este caso, la encarnación del Joker es la más perversa que se haya visto, quizás por ser la última. Sabe que su única oportunidad de triunfo está en robar la "virginidad" de Batman ensuciando su nombre, de arrastrarlo definitivamente al otro lado, allí donde ya no podrá esconderse tras los valores éticos que mantienen su cordura.
Este Batman crepuscular necesita a alguien que cargue con un peso que ya no es capaz de soportar, por eso busca, más que acepta, al nuevo Robin. Superman, su única competencia real en todos estos años, epítome del bien, éticamente superior, sufre el rencor de Batman. Por obligarle a abandonar años atrás, y por lo que representa. Batman ve al kryptoniano como a un ser débil, sin matices, y por tanto incompleto, un dios que por su condición nunca podrá comprender a un hombre común. Han pasado los años, y entre ellos ya no hay disfraces. Ellos son Clark y Bruce, dos personas, dos iguales. Del esperado enfrentamiento final entre ambos sólo puede morir el más debil, y este es Bruce Wayne. La conclusión final no puede ser otra, estuvo ahí siempre: sin personalidad secreta, Batman ya no tiene por qué ocultarse bajo el disfraz de Wayne. Si en Born Again el guionista asesinaba al superhéroe como medio para que el ser humano se encontrara a sí mismo, aquí procede a lo contrario. Matt Murdock se disfrazaba de Daredevil; Bruce Wayne siempre fue la máscara tras la que se protegía el ser real, Batman. Miller juega con lo que mejor domina, la dualidad y el sentido moral, demostrando con gran maestría que en sus terrenos reina el claroscuro.
Estéticamente, el dibujo sacrifica el preciosismo por la fluidez de la narración, y aunque en algunos momentos se muestra algo confuso, en otros compone viñetas de una brillantez apabullante, auténticos cuadros impresionistas en los que la forma adquiere más valor que el detalle. Si encuentran una edición lujosa no miren el precio. Tendrán una oportunidad única de acceder a una obra imprescindible del cómic de superhéroes y al mejor trabajo de uno de sus indiscutibles maestros. El Regreso del Señor de la Noche contiene una riqueza conceptual mayor que la que reúnen algunos buenos libros. Si jamás han probado esto del cómic, no se lo piensen, es un punto de partida inmejorable.



El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

Philip K. Dick. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Aunque me hubiera gustado incluir más reseñas de sus libros y algún texto sobre las películas, el tiempo no da para más. El mes acaba aquí, y este pequeño homenaje al gran Philip K. Dick también. Es lo malo que tiene el marcarse plazos: al final uno se ve obligado a cumplirlos. Esto no quiere decir que Dick no vuelva a aparecer en Literatura en los talones. Su obra es infinita, se vuelve a ella una y otra vez porque en su interior bullen cuestiones universales. En su búsqueda del trasfondo de la realidad, la narrativa de Dick ofrece una alternativa a la religión como principal intérprete de nuestra existencia, propone una nueva forma de acometer la eterna búsqueda del elusivo sentido de nuestra presencia en el mundo. Tengo la impresión de que apenas hemos empezado a vislumbrar la influencia ejercida por Dick, y que conforme avancen los años, más crecerá su impronta. Ya sea directamente o con el propósito de valorar a alguno de sus epígonos, lo dickiano volverá a visitar estos lares. Seguro.
Como despedida, es obligado terminar este mes tan especial revisando una novela que, si bien no se encuentra entre lo más granado de su obra, resultó crucial para la popularidad posterior de Dick. No a causa de sus virtudes literarias, sino por ser la base de la que partió Blade Runner, una película que en su estreno pasó casi desapercibida, pero a la que el paso del tiempo ha barnizado con una pátina de inmortalidad. Tanto es así, que de un tiempo a esta parte resulta prácticamente imposible encontrar esta novela con su verdadero título, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, usualmente desplazado por el de la versión cinematográfica. Con esta reseña, que alude a ambos órdenes, el cinematográfico y el literario, se cierra el ciclo que este blog ha dedicado a Philip K. Dick a lo largo del mes de noviembre.





Permítanme que les haga un breve recordatorio de algunas de las novelas escritas en castellano estos dos últimos años, todas ellas publicadas en editoriales generalistas. Los muertos, de Jorge Carrión, en Mondadori, reúne a Roy, Pris y demás Nexus 6 en lo que viene a ser una especie de más allá poblado exclusivamente por personajes de ficción; Tan cerca de la vida, de Santiago Roncagliolo, en Alfaguara, narra la historia de una suerte de androide que no sabe que lo es y que se enamora de otra androide entre claras referencias intertextuales a la figura del Nexus 6; Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero, en Seix Barral, presenta como protagonista a una replicante cuya caducidad la sume en los lógicos problemas existenciales. Más allá de la referencia directa, otros autores españoles, como Pablo Tusset o Javier Avilés, homenajean de un modo u otro a Blade Runner en sus últimas obras.
Aunque he presentado el ejemplo local para que fuera más significativo, este fenómeno referencial no es exclusivamente español, sino planetario. Y no sólo abarca la literatura, sino que ha marcado a otros medios como el del cómic, y obviamente aún más, a los que exigen una pantalla para su disfrute. La película dirigida por Ridley Scott se cuenta, sin duda, entre las más influyentes de los últimos 25 años. La fascinación que produce ha marcado no sólo a la generación que la vio nacer, sino a todas las posteriores. Sin embargo, esa fascinación no ha motivado a la mayoría de prosélitos para acudir directamente a la fuente, a leer la novela de la que Blade Runner procede. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, a pesar de haber sido adaptada reciéntemente al cómic, y tal como señalan con pesar los guionistas que han escrito los textos prologales de sus capítulos, escritores de la talla de Warren Ellis o Ed Brubaker, sigue siendo una novela desconocida. Una auténtica lástima, pues se trata de una oportunidad única para conocer de primera mano en qué consiste, en general, el proceso de la adaptación cinematográfica.

El futuro. La falta de recursos naturales en la Tierra ha obligado al hombre a colonizar otros planetas, y para trabajar bajo sus duras condiciones ha creado réplicas de humanos conocidas como andrillos. Rick Deckard es un cazador de bonificaciones que caza réplicas de hombres que han huido de las colonias para vivir como verdaderos humanos. Una tarea que se complicará cuando tenga que dar caza a una nueva generación de andrillos, los Nexus 6, lo que le hará comenzar a dudar de su propia humanidad.

Las diferencias entre el filme y la novela son tantas que se puede hablar perfectamente de obras distintas, y no sólo por la variedad del medio. Tanto las historias de fondo como el tema central que tratan son disímiles. Los cambios en el guión responden más a la intención de crear un producto nuevo, diferente a la obra de la que parte, que al deseo de mejorarla. Algunos son bastante arbitrarios, como la elección de los nombres. Si en algunos casos se respetan los originales, en otros son completamente distintos. Podría tratarse de una mera cuestión eufónica, pero cuando se compara Rossen Association con Tyrrell Corporation, J. R. Isidore con J. F. Sebastian, o Polokov y Luba con León y Zhora, no se le encuentra mucho sentido al cambio. Sobre todo si tenemos en cuenta que Roy, Pris, Deckar y otros tantos siguen llamándose de la misma forma.
La película original (la previa a las adulteraciones a las que posteriormente la sometería su director) ahonda en el concepto de mortalidad desde la metáfora. Utiliza la condición humana de su protagonista como punto de contraste con el que comparar el lamento existencial de los androides. La breve duración de los Nexus, su tragedia vital, se enfrenta al personaje especular que es Deckard, obligando al espectador a mirarse en un espejo que le invita a reflexionar sobre su propia condición mortal. De la misma forma, las preguntas que el androide Batty le hace a su creador son las mismas que se hacen los seres humanos. O al menos los creyentes que, en la misma línea que el Nexus 6, se muestren menos sumisos: ¿por qué crear a un ser condenado a una vida tan corta? ¿Por qué esa crueldad? Para los no creyentes, en su condición de creadores directos de otras vidas, la pregunta es aún más incómoda.
La novela, sin embargo, toca ese tema de refilón. La caducidad de los andrillos es la misma, cuatro años, pero casi no hay referencias a ella. No es ese el tema principal, sino la empatía como elemento diferenciador. Lo que la obra literaria plantea es una cuestión de índole algo distinta: ¿qué nos hace humanos? Hay un momento del libro en el que Deckard, un cazador de bonificaciones cuyo trabajo consiste en sacar de la circulación a los androides, se pregunta si no será él también un andrillo. Le preocupa la relación empática que a raíz de acostarse con una de ellos ha empezado a sentir por los Nexus. En definitiva, que empiece a considerarlos humanos le hace preguntarse si no será uno de ellos, pero a la vez, sus sentimientos hacia ellos son precisamente los que le afirman como humano, pues los androides no tienen capacidad empática.
La Tierra de la novela, al contrario que sucede en la película, está casi despoblada. El polvo radiactivo dejado por la Guerra Terminal ha provocado que la mayoría de la gente haya huído a las colonias, y que los pocos que quedan apenas salgan a la calle. Algunos viven en los suburbios, en edificios vacíos. Los animales, que en la película sólo están presentes simbólicamente, tienen un gran peso en la trama. Tener uno es un signo de distinción, que aumenta si el animal es de verdad, no artificial. Curiosamente, todo en ese mundo parece ser eso, artificial. El Amigo Buster, locutor de moda es, seguramente, un androide. Mercer, el nuevo mesías de esa sociedad, no es más que un truco rodado en un estudio. O quizás sea eso lo que intenta hacer creer el locutor, precisamente para desligar a los humanos de su religión empática.
Todo en la novela remarca la capacidad emocional del ser humano como hecho distintivo. El Penfield, un órgano de ánimos programable, permite al usuario cambiar su estado por otro distinto. El humor de Dick, presente en todas sus obras, se deja notar en la denominación de programas como "deseos de ver la televisión, no importa lo que haya" o "reconocimiento satisfactorio de la sabiduría superior del marido en todos los temas". Y en la proliferación del kippel, esos desechos diarios, generalmente inorgánicos, que invaden nuestras casas y se reproducen por sí mismos hasta llenarlo todo.
También la religión está centralizada en el potencial de la emoción. El mercerismo está basado en la historia de un individuo pretendidamente especial, Wilbur Mercer, quien, se asegura (en una historia que podría ser tan falsa como la del Nuevo Testamento),  tenía ya en su infancia la capacidad de resucitar a los animales muertos. Tras su sacrificio y resurrección, vive en una realidad virtual a la que se accede mediante una caja negra de empatía. Los humanos se enganchan a ellas para intercambiar su estado emocional con los demás en una suerte de catarsis global a la que acceden mediante la representación del ascenso entre pedradas a una montaña, un presunto episodio del pasado de Mercer. Deckard la experimentará en última instancia sin necesidad de hacer uso de la máquina.
Ese final es consecuente con gran parte de la producción de Dick. Si uno trata de atar todos los cabos, epifanía final incluida, le va a ser difícil hacerlo con éxito, sobre todo en lo concerniente a Mercer. Los últimos pasajes parecen esconder una realidad oculta, y la imagen de un sapo encontrado por el protagonista en el desierto bien podría esconder una explicación alternativa. Al igual que el clásico final de Ubik, éste no casa bien con la lógica de la narración, pero potencia las implicaciones de la historia dotando a la novela de una segunda lectura, curiosamente la misma que ha estado obsesionando al director Ridley Scott a lo largo de todos estos años, forzándole a retocar una y otra vez la película.
En el aspecto negativo cabe señalar que la novela adolece de una pequeña disfunción estructural. La aparición a mitad de libro de una subtrama alterna insospechada rompe el ritmo de lectura. La visita de Deckard a una comisaría de existencia improbable significa un giro inesperado en la trama que estira demasiado la suspensión de incredulidad. Por otro lado, el tema de fondo, los personajes y el mundo descrito gozan de un atractivo singular. Puede que esta obra no se cuente entre las mejores de Dick, pero como ocurre con tantas otras de su bibliografía, presenta suficientes puntos de interés como para considerar su lectura más que notable. Por lo fenoménico y por sus valores literarios. Y por su actualidad. El trasfondo de la historia cobra una gran significación en estos tiempos que corren, tan dados a la incomprensión y el nihilismo. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? no es sólo el libro en el que se basó Blade Runner, es mucho más que eso.




lunes, 28 de noviembre de 2011

Philip K. Dick. Una mirada a la oscuridad

Hay novelas tan buenas entre las casi 40 escritas por Philip K. Dick y es tan grande la variedad con la que supo rodear su tema favorito, la realidad dudosa, que no sólo los meros aficionados, sino también sus exégetas dan respuestas distintas si les preguntas cuál es la mejor de entre todas las escritas por el norteamericano. Mi favorita es Una mirada a la oscuridad, a pesar de que otras cuantas me tienten bastante. Ubik representa el núcleo conceptual del ideario que a la postre le daría la popularidad, Valis recoge con primor el proceso de su metamorfosis mística, El hombre en el castillo supuso una revolución dentro del subgénero ucrónico, y obras como Los tres estigmas de Palmer Eldritch o Tiempo de Marte atesoran también bondades indiscutibles. Sin embargo, aunque todas esas novelas poseen trasfondos de inmensa originalidad y calado, creo que la que reseño a continuación las supera en cuanto a virtudes literarias.
Fue adaptada al cine hace unos años, aunque con un resultado un tanto insatisfactorio debido, en mi opinión, a la técnica de dibujo sobre imagen real empleada por su director Richard Linklater. Si bien hay otras novelas "espaciales" en las que el uso del rotoscopio hubiera servido para potenciar el escenario, en esta, que desarrolla una historia en la que lo importante no es el decorado sino los personajes y los diálogos, no me parece precisamente apropiado. La novela, de marcado cariz autobiográfico, muestra más de Philip K. Dick, la persona, que ninguna otra, y es una obra tan sincera y honesta que en su momento llegó, incluso, a emocionarme.



A principio de los 70, la relación de Philip K. Dick con las drogas se estrechó hasta alcanzar un punto crítico. Fueron tiempos difíciles para el iluminado de Chicago. La pancreatitis producida por el abuso de anfetaminas estuvo a punto de acabar con él. Al mismo tiempo, Nancy, su cuarta mujer, lo abandonaba llevándose con ella a la hija de ambos. Dick tocó fondo, dejó de escribir y se encerró en su casa de Santa Venetia junto con una caterva de amigos con los que compartía su adicción a las drogas. De aquel oscuro periodo de malestares, abusos y desgana existencial sólo dimanó un aspecto positivo, una obra soterradamente autobiográfica titulada Una mirada a la oscuridad.
La novela, publicada en 1977, ofrece una vívida panorámica del mundillo de la droga, especialmente del lumpen que se mueve a su alrededor. Narra las desventuras de un policía llamado Fred y su inmersión en el submundo del narco callejero bajo el disfraz del traficante Bob Arctor. Para eludir el riesgo de ser reconocido como agente de policía, Fred lleva un dispositivo de camuflaje en todas sus apariciones. Su capacidad de integración es tan buena que, debido a la degeneración que provoca en su cerebro la llamada Sustancia D, acaba vigilándose a sí mismo y disociando en su cabeza ambas personalidades.
Al escritor le importan más el factor humano, la convivencia y el día a día de los drogodependientes que el propio producto adictivo. Dick elude el protagonismo individual desde el principio y convierte a Bob Arctor, su alter ego, en un elemento más entre el grupo de personajes, retardando su entrada en acción. Aunque Dick trata de abordar sus recuerdos con objetividad, en el texto se traslucen una nostalgia oculta y una cierta amargura, acentuadas ambas por la escalofriante nota con la que el autor cierra el libro y en la que se incluye a sí mismo en una lista de lo que bien podrían ser "bajas de guerra". Una mirada a la oscuridad es una de esas novelas de carácter personal en las que el escritor vuelca algo muy íntimo página a página, experiencias que lo marcaron profundamente para el resto de su vida. Y al igual que sucede en otras obras de este tipo, como por ejemplo la magnífica Muero por dentro de Robert Silverberg, la ira y la indefensión acaban por dar paso, de forma irrevocable, a la resignación.
El soporte fantástico —una sociedad conformada en torno a una nueva droga— está supeditado a los verdaderos protagonistas, los personajes, y sólo cobra importancia en el desasosegante y emotivo final. Dick los recuerda con amor (al fin y al cabo, están basados en sus amigos y en él mismo), pero no hace concesiones y los expone al lector tal como existieron y murieron. Llegado el final, cruda y desesperanzada denuncia de un sistema corrupto, no puede evitar convertir a su sosias en un héroe y concederle la redención. Dick no trata tanto de expulsar sus fantasmas como de narrar algo que simplemente fue, que ocurrió y que ya es irremediable. Ahí están, todavía divirtiéndose, todavía sufriendo, personas reales a las que quiso, como Kathy Demuelle o Ray Nelson, y también los extraños sucesos de aquellos días, como la nunca aclarada entrada de fuerzas gubernamentales en su casa.
La cotidianidad yonqui, la influencia de las drogas en la sociedad y el desenfado casi reivindicativo con el que los protagonistas llevan su consumo, así como el efecto de perversión mental que produce en el policía infiltrado su contacto con el mundo de la calle, recoge influencias, por una parte de la corriente beat que imperaba en la época de gestación, a finales de los 60, y por otra de las posteriores películas setenteras que abordaron el tema desde una nueva perspectiva. Dick aporta su inimitable punto de vista e inyecta en su libro grandes dosis de paranoia, esquizofrenia, alucinación, obsesión y, en definitiva, duda de lo real. Y, por supuesto, añade su peculiar sentido del humor, brillante en las numerosas conversaciones entre los colegas, las cuales provocan en el lector más de una carcajada. Formalmente, la novela se abre también a la experimentación estilística, sumando a la narración habitual párrafos en alemán o líneas de diálogos teatrales que ayudan a potenciar los efectos alucinatorios de la narración.
Como siempre, esta creación de Philip K. Dick supone una sorpresa continua, una sensación de déjà vu inverso que se acrecienta con cada página. Dick abordó su obsesión, lo ilusorio de la realidad, con argumentos tan disímiles como originales. El tiempo ha pasado y ha permitido vislumbrar la genialidad en la obra de un escritor tan visionario como desequilibrado. Hoy, cuando el proceso de dickización recorre las artes narrativas, basta echar una ojeada a esta extraordinaria novela para encontrar, por ejemplo, a Quentin Tarantino en sus diálogos, a William Gibson en su atmósfera y, por supuesto, a Tyler Durden en la dualidad de su protagonista.
Lean Una mirada a la oscuridad. Encontrarán al Dick más personal y disfrutarán de una novela extraordinaria.


La versión original de esta reseña fue publicada en el nº 36 de la revista Gigamesh.

martes, 22 de noviembre de 2011

Criminal Blurbs





"Una novela impresionante. Me pareció haberla escrito yo mismo."


-Patrick Rothfuss, autor de El nombre del viento


...


Jamás habían hecho falta explicaciones en esta sección, ya que el delito siempre ha hablado por sí mismo. La única vez que me vi obligado a contarles por qué consideraba "criminal" el blurb (para quien aún no lo sepa, se denomina blurb a esa ingeniosa frase promocional, usualmente de autoría ajena, con la que la editorial intenta animar a la compra del libro), dejé la aclaración para una entrada posterior (ésta en concreto). En aquella ocasión, el elemento censurable procedía de una pésima traducción motivada por la corrección política, cosa que daba bastante juego y se ofrecía a un comentario más extenso. Esta vez, la cosa es mucho más simple, así que les hago partícipes del asunto en esta misma entrada.
En primera instancia, quizás les llame la atención el pequeño defecto de carácter al que apunta el contenido de esas dos frases. Semejante canto al ego sería por sí solo motivo suficiente para figurar aquí. Pero no, no se trata únicamente de eso. En este caso, el blurb resulta criminal no sólo para el libro, sino también para quien lo alabó. El problema vuelve a ser la traducción, que en esta ocasión no es tanto pésima como espuria. Vamos, que el error parece proceder de un acto voluntario, para que me entiendan. Si no, lean y comparen, y ya me dirán.

"Completely fricking awesome. This book pleased every geeky bone in my geeky body. I felt like it was written just for me."

Menuda diferencia, ¿verdad? En definitiva, lo peor del asunto es lo mal parado que sale el pobre Patrick. No sólo aprovechan su prestigio para publicitar un libro de otra editorial, sino que de rebote lo presentan ante el público como a un soberbio. Espero que al menos le hayan pagado bien.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Imágenes de cf. XII


"De todas formas, pensó Fred, hay algo que debo extraer de la cinta; esa frase crítica: «hacerse pasar por un agente». Una frase que también había sorprendido a los compañeros de Arctor. Mañana a las tres, decidió Fred, cuando vaya a la oficina, llevaré una copia —bastará la banda de sonido— y la discutiré con Hank, junto con alguna otra cosa que pueda obtener casualmente.
No deja de ser un inicio, pensó, aunque sea lo único que pueda mostrar a Hank. Es una prueba de que esta vigilancia constante de la casa de Arctor no es una pérdida de tiempo.
Es una prueba, reflexionó, de que yo tenía razón.
Esa observación fue un fallo, un desliz cometido por Arctor.
Ellos lo averiguarán, se dijo. Acecharemos a Arctor hasta que caiga, no importa lo desagradable que sea verle y escucharle. A él y a sus amigos. Esos compinches suyos son tan perversos como él. ¿Cómo he podido convivir con ellos durante todo este tiempo? ¡Vaya forma de vivir! Un absurdo sin fin, como había dicho uno de los otros agentes.
Vivir allí, pensó, en la oscuridad, la oscuridad mental... Y oscuridad, también, en el mundo exterior, en todas partes. Por culpa de esos individuos, del tipo de personas que son.
Cigarrillo en mano, volvió al lavabo. Cerró la puerta con el pestillo. Dentro del paquete de tabaco, bien escondidas, llevaba varias tabletas de sustancia M. Las sacó. Llenó un vaso de agua y se tragó las diez pastillas. Ojalá hubiera traído más. Bueno, se consoló, cuando acabe, cuando vuelva a casa, podré tomarme unas cuantas más."






lunes, 14 de noviembre de 2011

Philip K. Dick. Ubik

En la entrada anterior daba una lista de adaptaciones cinematográficas dickianas. Al parecer, me quedé corto, porque cuanto más investigo el asunto, más proyectos basados en los trabajos o incluso en la misma personalidad de Philip K. Dick me encuentro. Uno al que no me referí es, precisamente, la versión fílmica que en 2013 se pretende hacer de Ubik, obra capital que se cuenta entre la mejor producción de Dick, y  que es, en mi opinión, la que mejor representa el núcleo central de su universo temático. No se sabe si, tal como se dijo en un principio, será Michel Gondry quien traslade esa extraña historia a la pantalla (Olvídate de mí ya era una película tremendamente dickiana), pero sí quién será el protagonista. O al menos, así se anuncia en la IMDB.
Antes de que llegue a los cines, yo les recomendaría la lectura de la novela. En ella encontrarán concentrados en estado puro el talento de su escritor y su originalidad temática. Si aún no tienen el libro y están pensando en adquirirlo, tengan cuidado con la versión que compran. No sé si la habrán mejorado en ediciones posteriores, pero la primera, la que se corresponde con la ilustración que acompaña a esta reseña, es de lo peor que ha pasado por mis manos.


El nombre de Philip K. Dick se ha hecho tan popular en las dos últimas décadas que ha llegado incluso a convertirse en un adjetivo. Curiosamente, el origen de este fenómeno no hay que buscarlo en el mundo literario al que pertenece, sino en el cinematográfico, que de manera incansable ha dedicado sus más recientes éxitos a engrandecer, ya sea por adaptaciones directas, ya por influencias bien marcadas, la figura de un escritor al que siempre obsesionó la percepción de la realidad. Tan desmesurada y prolija fue la incursión del autor en las paranoias de lo irreal y lo verdadero, que en la actualidad lo dickiano se ha convertido en una especie de denominación de origen.
Matrix, Abre los ojos, Dark City, Nivel 13 y un sinfín de películas más, además de las adaptaciones de sus novelas originales, no han podido escapar de esa etiqueta que tanto críticos profanos como reseñadores del género no dudan en colocar a cualquier obra que se interne en los procelosos mundos del cuestionamiento de la realidad. Desde hace unos años, toda historia que incluya falsos universos, ya sean virtuales o alucinatorios, está condenada a la consideración de "puro Dick". Para entender el porqué de esta patente, basta con echarle una ojeada a Ubik, uno de los principales logros del mitificado escritor.
El protagonista, un arruinado Joe Chip, viaja a la Luna con su jefe Glenn Runciter, cuya difunta esposa es mantenida artificialmente en un estado llamado semivida. Acompañados por un pequeño grupo compuesto por anti-psíquicos intentan solucionar los problemas causados a cierta empresa por una serie de telépatas infiltrados. Allí caen en una trampa, un MacGuffin narrativo que no llega a solucionarse, en la que muere Runciter. A la vuelta del grupo a la Tierra, una extraña regresión parece afectar a la realidad, y tras encontrar varios mensajes de su jefe en los lugares más imprevisibles, Chip comienza a sospechar que quizá el muerto no sea aquél, o que quizás todo sea obra de una nueva agente con extraños poderes, o que tal vez, inexplicablemente, lo que les sucede no sea mas que el producto de un gigantesco engaño. Sus compañeros comienzan a morir uno a uno, y la única solución para escapar del embrollo parece ser un extraño producto: el ubik.
La sensación conceptual que deja el libro es semejante a la que produciría un cóctel cuyos ingredientes partieran de las ideas contenidas en las películas anteriormente citadas. Lo cual no deja de ser una impresión falsa, totalmente inversa, pues la novela es, por supuesto, muy anterior a esas películas. Secundadas por los acontecimientos y apoyadas en unos personajes con vida propia, las dudas del protagonista sobre qué es verdadero y qué no lo es sustentan una trama desarrollada con notable agilidad y cuyo misterio creciente mantiene el interés del lector hasta el final. La conclusión de la historia, ajena a lógicas y coherencias,  sacude por los hombros a todo aquel que no hubiera hecho ya una lectura metaficcional del texto y alerta al lector sobre la posibilidad de trasposición de lo narrado a nuestra propia realidad, obligándole a buscar en sus bolsillos monedas con un rostro distinto al usual.
A ese final preñado de implicaciones hay que sumarle los breves textos introductorios situados al comienzo de cada capítulo, el último de los cuales es una verdadera obra maestra en el siempre difícil artificio del impacto sorpresa. Debido a ellos, la concepción de la novela sufre un giro de tuerca, dotando de nuevas implicaciones metafísicas a lo que previamente se presumía como un mero, aunque ingenioso, entretenimiento de suspense. Dios, viene a determinar la narración, no es una entidad, no es un ser personificado: es, sencillamente, la salvación. Que cada uno le dé forma propia, ya sea a través de ídolos, ya sea como un sencillo bote de spray. Es apenas un atisbo de la posterior obsesión religiosa de Dick, un indicio de hacia dónde irían las cosas apenas tres años más tarde.
A pesar del carácter excepcional de la novela, la edición de Ubik perpetrada por La Factoría de Ideas no podría ser más pobre. Desde la colección Solaris Ficción se emperran en destrozar incluso los clásicos con una reprochable falta de respeto hacia quien se gasta en ellos su dinero. Es impresentable la cantidad de erratas y errores de maquetación que presenta el libro, hasta tal punto que a veces no se sabe quién está diciendo qué debido a la inexistente marcación en las distintas líneas de diálogo. Una desidia inexplicable. Y miren que era fácil hacerlo bien. Como se repite con insistencia en la novela, sólo había que seguir las instrucciones.



La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliopolis, crítica en la Red.





viernes, 11 de noviembre de 2011

Pellizcos

Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta. No conozco a nadie que haya hecho declaraciones como ésta, pero sospecho que mi experiencia no es única.
...
La herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que debe usar las palabras.
...
Si creyera que el primer boceto contenía todo el concepto, sería un poeta, no un novelista.


-Philip K. Dick-

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Philip K. Dick. Minority Report y otras historias

Aunque he intentado localizar el volumen original del libro que comento a continuación, principalmente por ver quién fue el responsable de una antología tan atinada, no lo he logrado. El título que aporta Ediciones B, "Minority Report", a secas, tiene un gran número de entradas en cualquier buscador de libros en inglés. Muchas de ellas se corresponden con versiones posteriores, que incluyen algunos cuentos sobre los que se han ido rodando otras películas a lo largo de estos últimos años. Y es que si Philip K. Dick parecía una influencia creciente en 2002, año de publicación de esta antología, ahora, en los estertores del 2011, casi 10 años después, Dick es, sin ninguna discusión, una de las figuras más influyentes en las artes narrativas.
Tras las cuatro películas mencionadas en la reseña, el chorreo de adaptaciones dickianas se ha convertido dos lustros después en un torrente. Añadan las siguientes:

Paycheck (2003)
Una mirada a la oscuridad (2006)
Next (2007)
Radio Free Albemuth (2010)
Destino oculto (2011)
Beyond the Door (2011)
Nebulus (2012)

Más el remake de Desafío total, que llegará el año próximo, más la segunda parte de Asesinos cibernéticos (2009), más alguna serie de televisión, más la enésima barrabasada que perpetrará el director Ridley Scott... En fin, que Jules Verne, el rey de las adaptaciones "literatura-cine" debería de andarse con cuidado.



En provecho de las posibles ventas que pudiera propiciar el estreno cinematográfico de la película dirigida por Steven Spielberg, apareció en el mercado español, bajo el auspicio de Ediciones B, "Minority Report y otras historias", una colección de relatos cortos de Philip K. Dick. El afán comercial de esta edición queda patente no sólo por la fotografía que ilustra su cubierta, sino también por la inclusión, junto al que da título al volumen, de los otros tres cuentos escritos por el genio de Chicago que ya habían sido llevados, con mayor o menor acierto, a las pantallas de todo el mundo. Así, junto al excelente El informe de la minoría, se incluyen las historias que dieron origen a las películas Desafío total, El impostor y Asesinos cibernéticos. Es, por tanto, una antología muy completa, en la que sólo falta la obra que dió origen a  la adaptación dickiana de mayor éxito, Blade Runner. Comprensible por otra parte, puesto que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la obra de la que parte, no es en extensión un cuento, sino una novela.
Además de las mencionadas, el libro presenta otras cinco creaciones cortas de Dick que, debido a las distintas épocas de origen y una vez ordenadas cronológicamente, ayudan a seguir la carrera de un escritor cuyo repertorio estilístico y temático era escaso, pero que a su vez contaba con una inagotable imaginación y una gran capacidad para alimentar con argumentos variados e interesantes el repetitivo  tema central sobre el que pivotaban la mayoría de sus historias, la dudosa realidad. Es precisamente en esos argumentos, nutricios en el corpus narrativo de estos cuentos, donde encontramos claros signos de evolución en las inquietudes conceptuales de Dick. Los desarrollos argumentales sufren una transformación que parte desde la duda de la percepción individual, desarrollada coherentemente en el relato, hacia el cuestionamiento narrativamente desequilibrado de la realidad global, cuyo máximo exponente, el esquizofrénico La hormiga eléctrica, locura solipsista abordada por el escritor desde diferentes puntos de vista, carece de interpretación lógica debido a la elusión de las normas de coherencia narrativa.
La presencia en este libro del peculiar sentido del humor de Dick, disfrutable en cuentos como ¡Oh, ser un blobel! y Juego de guerra, y de su interés por temas políticos, ejemplar en la distopía La fe de nuestros padres, denota el plausible esfuerzo del antólogo por mostrar todos los aspectos de un escritor que, dada la adoración que últimamente despierta, parece encaminarse aceleradamente hacia la inmortalidad. En su afán completista, el libro incluye el relato Lo que dicen los muertos, el más largo del volumen, que cuenta con el interés añadido de estar emparentado directamente con Ubik, una de las principales obras del autor. De un modo significativo, la mayor calidad está presente sobre todo en aquellos cuentos que han sido trasladados al celuloide en sus correspondientes versiones cinematográficas. Minority report y Segunda variedad constituyen en sí elaboradas muestras del talento aún no contaminado de un temprano Dick. Podemos recordarlo todo por usted al por mayor contiene, incluso, alguna sorpresa inesperada para todos los fans de Desafío total, la película dirigida con maestría por el holandés Paul Verhoeven.
El total de los cuentos y su trasfondo cinematográfico, humorístico, político o, cómo no, desquiciado, convierten a esta selección en una excelente primera toma de contacto con uno de los escritores más complejos que haya dado la ciencia ficción literaria a lo largo de su historia. Este libro es, ante todo, una buena oportunidad para conocer de primera mano la definición del término dickiano, apelativo que, de seguir progresando en popularidad, pronto compartirá galones con calificativos más prestigiosos como kafkiano o dantesco.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliopolis, crítica en la Red.

martes, 8 de noviembre de 2011

Contraste

Estoy en el metro, dirigiéndome al trabajo, sentado en un vagón repleto de gente. Leo una novela de Cormac McCarthy, y la absorbente historia me aísla del ruido. Leo acerca de un chico que busca. Y que huye. En su viaje atraviesa regiones atávicas, bosques antiguos en los que la presencia humana es un raro accidente. El chico hace noche allí, en los montes, la soledad y el aislamiento presentes. Los habitantes de las semiderruidas casas que encuentra  en su camino son en su mayoría eremitas, personas viejas, olvidadas por el destino. Esos sí buscan conversación, obligados por la soledad, pero en los escasos núcleos de población por los que cruza el chico la gente es adusta, parca en palabras. La comunicación es una batalla diaria, casi una molestia. La supervivencia es lo único que importa, se trabaja de sol a sol, el ocio no existe. Es el siglo XIX, en el Medio Oeste americano.
Levanto la vista: el altavoz anuncia mi estación. Me cuesta volver al mundo, pero al fin coloco el marcapáginas, cierro el rectángulo mágico y guardo las gafas en el estuche. Me levanto y espero, situado a la espalda de algunas personas que están delante de la puerta. Y entonces me fijo. A mi izquierda, una chica joven pulsa nerviosamente las teclas de su Blackberry. El tipo de las gafas que tengo delante mueve la yema del dedo índice por encima de su iphone, la página del diario La Razón en la pantalla. La rubia de al lado lee un mensaje en un teléfono móvil cuya marca no identifico, aunque sí logro ver el texto: "Ya somos 18 para lo del sábado". Cuando llegamos a la estación hay bastante gente esperando. El tren se detiene y se abre la puerta. Mientras salgo, veo cómo dos de las personas que entran al vagón van consultando sus aparatos móviles, puede que hablando con alguien del otro extremo de la Tierra. Es el siglo XXI, en un país europeo cualquiera.
Una cantidad de tiempo irrisoria, apenas siglo y medio, las separa, pero ambas imágenes parecen representar mundos diferentes, seres distintos. El contraste me golpea, y tengo la sensación de que algo indeterminado se me escapa.





jueves, 3 de noviembre de 2011

30 días con Philip K. Dick

Febrero de 1974 fue un mes determinante en la vida de Philip K. Dick. El escritor se recuperaba en su casa de la extracción de una muela del juicio -cuán significativos e irónicos son los hechos a veces- y al abrir la puerta para recoger un envío de analgésicos identificó un símbolo místico conocido como vesica Piscis en el colgante de la repartidora. Ese instante cambió su vida. Dick experimentó una anamnesis instantánea que le despertó a una realidad paralela, un mundo aún en poder del imperio romano, y le puso en contacto con una entidad divina a la que definió como VALIS (Sistema de Vasta Inteligencia Viva).
A partir del mes siguiente, la mente de Dick se sumió completamente en la nueva realidad, gracias en parte a la información proporcionada por un haz de luz rosa. Para dar cuenta de las visiones alucinatorias y los complejos procesos mentales a los que se veía abocado, Dick comenzó a escribir acerca de lo que denominó suceso 2-3-74. Durante los ocho años posteriores (el escritor murió precisamente en 1982) compaginó su creación novelística, de ahí en adelante impregnada de un tinte metafísico y religioso (la denominada Trilogía VALIS), con la transcripción de sus reflexiones a un extraño diario titulado Exégesis. La Exégesis, una suerte de grimorio mental, acabó teniendo una extensión de más de 8000 páginas entre textos mecanografiados, notas escritas a mano, cartas y todo tipo de apuntes.
En 1991 se publicó In the Pursuit of VALIS: Selections from the Exegesis, libro de 278 páginas en el que aparecían algunos de los textos incluidos en el monumental diario, pero el resto permaneció inédito, perdido en el limbo. Dada la popularidad alcanzada por Dick en las últimas décadas, la publicación íntegra de la Exégesis era sólo una cuestión de tiempo. Han pasado casi tres décadas después de su muerte y, por fin, aquí la tenemos. Puesta al día y prologada por Jonathan Lethem y Pamela Jackson, el próximo martes día 8 de noviembre sale finalmente a la venta (en inglés) la Exégesis de Philip K. Dick. O al menos el primer volumen, que cuenta con casi mil páginas.




Es hora ya de hacer justicia a Philip Kindred Dick, en mi opinión el autor más influyente de los últimos 20 años. Potenciado por el cine, su mensaje ha calado hondo, no sólo en el hacer creativo de la inmensa mayoría de escritores de nuestra época (de Roberto Bolaño a Greg Egan, de Jorge Carrión a Philip Roth), sino en la mismísima percepción ontológica del individuo del s.XXI, mostrándose determinante en la construcción del actual zeitgeist posmoderno.
Con la idea de rendirle homenaje, y aunque Dick ya ha tenido antes representación en este blog (La invasión divinaCantos de sirena), quiero celebrar la aparición de su obra más inclasificable dedicándole un mes a la memoria de algunas de sus novelas. A lo largo de noviembre iré rescatando las reseñas que escribí sobre ellas en el pasado, e incorporaré algún texto más de reciente cuño, no publicado previamente. Así, la espera se nos hará también más corta.
Según asegura Lethem, "Exégesis es una obra absolutamente impactante, brillante, repetitiva y contradictoria. Puede que contenga el secreto del universo". Lo cual, a pesar de mi alegría por la publicación, me lleva a preguntarme: ¿No será una insensatez introducirnos en la cabeza de Philip K. Dick? Acceder a la mente de ese hombre bien podría significar nuestro fin. Quizá estemos abriendo una puerta que no deberíamos cruzar. A fin de cuentas, los agoreros del 2012 bien pudieran estar refiriéndose a esto cuando hablaban del advenimiento del fin del mundo.






lunes, 31 de octubre de 2011

A medianoche

Caspar David Friedrich, The Cemetery Entrance
Si llevan tiempo siguiendo este blog sabrán que esta es una de mis fechas favoritas. Hay algo en la Noche de Todos los Santos que me fascina, el eco de un terror infantil que me impelía entonces, tras pasar el ritual del Tenorio en TVE, a esconderme debajo de las mantas y a buscar en la radio, girando la ruedecilla, algún programa especial en el que novelaran las obras características de Becquer o Espronceda. Nunca he sido un amante de las tradiciones. Disfruto de la belleza estética contenida en la celebración, pero, generalmente, no del significado. Esta de hoy, sin embargo, me parece que cuenta con un matiz literario que no tienen otras; de hecho, me parece la fiesta de todo un género.
Aunque el terror actual no me llama en absoluto, sigo disfrutando enormemente con todo lo escrito de Lovecraft hacia atrás. La estética y la elocuencia gore acabaron con todo el atractivo que el terror tenía para mí. Si buscan complacerme, denme terror sobrenatural; gótico, romántico oscuro o decimonónico. Pero no me den a leer a tipos como Jack Ketchum o Rampsey Campbell. Piensen en mí como en un tierno infante que, fascinado por la atmósfera, huye de la narración si esta se vuelve desagradablemente sangrienta. Búsquenme algo como el cuento que viene a continuación. Está escrito por Santiago L. Moreno, un habitual de esta bitácora, y su intención, al igual que la mía, es que sientan un poco de miedo. Miedo espiritual, provocado por la ambientación y por el concepto, no por la casquería.



A medianoche


Es lugar común que la muerte es la peor de las desgracias. Sin embargo, ciertos sucesos acaecidos en el pasado me invitan a poner en duda tal sentencia. Durante un período de mi vida marcado a fuego en mi memoria tuve la certeza de que el ser humano puede verse expuesto a penas mayores en algún momento de su existencia. A lo largo de dos terribles años, mi esposa, mi adorada Adele, sufrió en cuerpo y alma los rigores de un cruel padecimiento. En nuestro viaje nupcial, realizado por tierras africanas, contrajo unas extrañas fiebres que invadieron su cuerpo, sumiéndola en un estado de postración y dolor cercano a la muerte. Una debilidad progresiva se apoderó de ella, absorbiéndole la vida de forma lenta e impiadosa. Presa del dolor y la preocupación, puse mi fortuna en juego y no reparé en gastos. Los mejores médicos de Europa pasaron por la mansión a lo largo de aquellos dos años, pero poco pudieron hacer. A pesar de los gravosos tratamientos, su piel se fue cuarteando, su carne mermó hasta la insignificancia y sus ojos, antaño llenos de vida, se fueron apagando al igual que lo hace una llama a la que se le niega el aire.
Cuántas noches maldije mi propia debilidad, mi rendición ante sus requerimientos. Fue ella, precisamente, quien sugirió el destino de nuestro viaje, quien insistió en visitar aquel remoto país ecuatorial. Había algo en esas tierras que le interesaba, algo relacionado con su más querido pasatiempo, el cual yo consideraba, sin decírselo, una engañifa para incautos. Cuando me enseñó las fotos, incluidas en uno de sus extraños libros, no me parecieron otra cosa que simples avalorios. Hacía meses que buscábamos un lugar exótico para nuestra luna de miel, y aquel destino, afirmaba ella, colmaba ambas expectativas. Quise negarme, pero mis reticencias perdieron toda su fuerza ante los argumentos de sus ojos claros. Viajamos, al fin, y bordeamos el desastre. Tormentas marítimas, caminos enlodados, condiciones insalubres, junglas oscuras y hombres extraños. No sé en qué momento ni cómo los obtuvo, seguramente en una de sus inexcusadas y peligrosas ausencias, pero a la vuelta nuestro equipaje contaba con elementos nuevos: dos sacos repletos de objetos tribales, sumamente extraños, y la terrible enfermedad que, en estado de incubación, esperaría a nuestro desembarco en Inglaterra para dar muestras de su existencia.
Los primeros meses fueron malos, pero suaves en comparación con lo que vendría después. Sus libros esotéricos, por los que siempre había sentido auténtica devoción y que yo consideraba un pasatiempo inocuo, parecían mantenerla animada. Pero el paso de los días no fue el aliado que esperábamos, sino todo lo contrario. Desgraciadamente, la enfermedad fue ganando terreno, restándole fuerzas y confinándola al limitado espacio de su dormitorio. El último año de vida de mi esposa fue un tormento para ella y también para los que la cuidábamos. En las escasas ocasiones en las que me retiraba a mi cuarto a descansar, podía oír, a pesar de los gruesos tabiques, su sufrimiento nocturno. Las cuidadoras se afanaban en su descanso, pero sin aparentes resultados. Su respiración trabajosa, la agitación continua y los lamentos de dolor convertían las noches en un suplicio infernal.
La aurora traía un cierto consuelo, pues la luz del día parecía devolverle un pálido reflejo de sus antiguas fuerzas. Mi Adele las malgastaba en la enfebrecida lectura de sus libros. Pidió que le llevaran los ejemplares más antiguos, guardados en un arcón del desván desde antes de nuestro viaje. Con ellos se había iniciado su interés por ese espacio misterioso que sucede a la vida. Se los había comprado hacía unos años a un buhonero viejo cuya mirada torva y aspecto desaliñado sugerían algún tipo de trastorno. Todos ellos trataban el tema de la muerte. En algunos se ofrecían extrañas visiones del más allá y en los más desgastados se daba cuenta de los métodos utilizados por las más antiguas culturas para burlarla. Textos profanos, extrañas letanías y una serie de macabras ilustraciones adornaban las amarillentas páginas.


A veces, cuando entraba en la habitación para conocer su estado, un extraño desasosiego se apoderaba de mí. La depauperada imagen de Adele, casi en los huesos y con el pelo ahora blanco, las desagradables encuadernaciones de aquellos libros repartidos por la enorme cama, los objetos africanos con los que había ordenado decorar el cuarto, algunos de los cuales manoseaba durante horas..., todo conformaba en mi mente un cuadro de aspecto macabro. Cuanto más intentaba convencerla de dejar aquella actividad obsesiva, más se volcaba ella en la lectura. Leía en voz baja, susurrando palabras desconocidas, pasaba las páginas con una notable agitación y cambiaba caprichosamente de libro, estirando los brazos con una cierta violencia, tanteando en la cama con furia. Los sonidos que salían de su boca eran, a veces, ininteligibles.
Tan morbosa actividad fue, sin embargo, la última pasión de mi esposa, cuya alma pareció contagiarse del deterioro que sufría su cuerpo. La mujer a la que tanto quería fue desapareciendo poco a poco. La sonrisa dulce y la mirada limpia de las que me había enamorado fueron abandonando su rostro. Durante los últimos meses su desgracia se me hizo insoportable y me limité a entrar en su cuarto al anochecer. Rezaba por ella y me despedía hasta el día siguiente dándole un delicado beso en la frente, un beso que, Dios me perdone, provenía a esas alturas más de la conmiseración que del amor. Yo posaba mis labios en su arrugada y pálida frente y me retiraba a mi dormitorio hasta el alba, dejándola el resto de la noche al cuidado de las enfermeras.
En los días previos a su muerte, sin embargo, sucedió algo que me perturbó enormemente. Una noche, al acercar mi rostro al suyo, me sujetó del brazo con sus huesudas manos y me susurró al oído: “No quiero besos piadosos, no me tengas lástima. La muerte es mejor que la vida”. Mi sorpresa fue tan grande que, por puro acto reflejo, me separé de ella con cierto apresuramiento. Había un brillo mortecino en sus ojos y creí ver en ellos una convicción absoluta. Volvió a sus libros y yo me dirigí a mi cuarto, sintiendo un extraño desasosiego que después consideré absurdo. No volví a besarla en vida. Cuando lo hice de nuevo habían pasado dos semanas, y Adele yacía fría e inmóvil en su ataúd. Había fallecido apenas hacía unas horas, y en su rostro, libre ahora de dolor, destacaba una enigmática sonrisa. Quiso el diablo, en su última burla, que Adele muriera a las doce en punto en la noche más oscura, una hora difícil de olvidar, una hora que en adelante me señalarían todos los relojes y que, allá donde fuera, me recordaría su suplicio, día tras día, durante el resto de mi vida.
Tras dar sepultura a mi amada en el panteón familiar, en una ceremonia discreta y a la que apenas acudieron los sirvientes y unos pocos amigos, hice lo imposible por no volver a pisar aquellas desdichadas tierras. Dejé la mansión al cuidado de los guardeses y me embarqué sin elegir destino. Viajé sin rumbo durante meses persiguiendo el olvido, con la firme intención de no regresar jamás. La tristeza me había convertido en otro hombre, pero el recuerdo no me abandonaba. Pasado un año, sin embargo, me vi obligado a volver. Un vecino me informó por carta de un hecho insólito. Corrían rumores de que en las noches de luna nueva, similares a aquella en la que murió Adele, extraños acontecimientos alteraban las cercanías del panteón donde reposaban sus restos. Al leer aquello, la ira se apoderó de mí. Ni siquiera muerta permitían su descanso. Regresé inmediatamente a mi antiguo hogar para acabar con aquella farsa de una vez por todas. Con la intención de desvelar la superchería que importunaba el eterno descanso de mi esposa determiné que, en la próxima noche de luna nueva, acudiría al cementerio en compañía de un par de amigos y de algunos policías.
Logré reunir un grupo de siete personas, ocho contando mi presencia. Llegada la fecha, atravesamos los muros del camposanto en una noche sin luz. Nos situamos en una pequeña loma cercana al panteón y, sentados en la oscuridad, en silencio, esperamos en vano durante dos horas. La ausencia de iluminación lunar dificultaba la visión, aunque las siluetas, tanto de las tumbas como del panteón, eran fácilmente reconocibles. Sólo el murmullo de algunos insectos se entrometía en la extraña serenidad nocturna. Había una gran humedad y el frío era intenso. Nuestra paciencia comenzaba a declinar cuando, inesperadamente, el campanario de la aldea cercana repicó señalando las doce de la noche.
No tuve tiempo de sentir el peso del recuerdo. Sin previo aviso, un viento helado se alzó de la nada barriendo las hojas del suelo. Un torbellino de bruma se dirigió hacia nosotros pasando por encima de las tumbas, recorriendo los alrededores del panteón y creando furiosos remolinos a su paso. Llegó hasta nuestra posición y nos envolvió en un frío atroz. Un vocerío ululante emanaba de los alrededores. Colérico, mientras los demás gemían y temblaban de terror, decidí adelantarme desafiante en medio de aquél tumulto. Ningún meteoro, por furioso que fuera, me impediría velar por el descanso de mi amada. Bastaron, sin embargo, unos segundos a solas para que todo mi valor desapareciera, la sangre se me helara en las venas y saliera huyendo, tropezando tras los pasos de mis compañeros, de aquel maelstrom vociferante.
En años posteriores, durante las frías y oscuras noches de luna nueva, recordaría entre escalofríos el horror de aquel instante. No por las ráfagas heladas, ni por los horribles sonidos, tan similares a la risa de un demente, sino por aquel contacto blando y húmedo, grotescamente delicado, que sentí en mi rostro antes de salir corriendo. Justo en la frente, en el mismo punto en el que yo había besado su agonizante cuerpo tantas noches.



Santiago L. Moreno



viernes, 28 de octubre de 2011

Una mirada a la Nada

Hoy he cometido un acto visceral como lector. El autor del libro se ha mostrado tan persuasivo, tan inexorable en su argumentación, que no he podido resistirme a su discurso: me ha convencido del todo. A principios de los años 70, el gran Stanislaw Lem, al igual que tantos otros escritores a lo largo del tiempo, se vio aquejado por un síndrome que suele ser más habitual que proclamado. Trabajar la ficción comenzó a producirle un cierto cansancio. Como vía de escape, decidió crear la Biblioteca del Siglo XXI, conformada por varios volúmenes en los que juega con el concepto de la creación literaria. Sólo con el concepto puro, no con ese producto posterior ya refinado que son los libros.
En uno de esos volúmenes, titulado Magnitud imaginaria, Lem hace un canto al ninguneado arte de la Introduccionística. Se trata de una colección de prólogos, cuatro en total, a los que no complementa texto alguno. Esos prólogos, puerta de entrada a cuatro libros ficticios, estan a su vez prologados por una presentación en la que Lem hace gala de su proverbial persuasión narrativa. Su idea al escribir el libro, explica, es la de ofrecer al lector un Prólogo a la Nada. La Nada, el único lugar que nos está vedado y al que él nos da libre acceso merced a este artificio, pues tras estos prólogos no hay, efectivamente, nada. Es la imaginación del lector, apoyada en esos capítulos previos que en realidad configuran el todo, quien debe asumir desde la interioridad ese espacio vacío.
En palabras del autor, Magnitud imaginaria es, en concreto, un intento de "precipitar al lector a la Nada y no perturbar su oído en plena ascensión". El motivo por el que Lem utiliza el Prólogo como herramienta para conseguir tal objetivo no se reduce al potencial intrínseco en éste, sino que responde también al deseo de reivindicar una parte del libro que ha sido menospreciada por la Literatura a lo largo de su historia. En su búsqueda de justicia, Lem quiere involucrar al lector y, así, pide su ayuda.

"Por eso, precisamente, la Prologología no puede seguir sometida al anatema de la esclavitud, ajena a todo esfuerzo de liberación. De modo que llamo a la rebelión (...)"

Como dije, Lem ha sido tan persuasivo que me ha convencido. Pero ya me conocen, suelo aprovechar ciertas coyunturas en favor propio. Me he dado cuenta de que mi apoyo a Lem me servía en bandeja la posibilidad de tomar, por segunda vez desde que abrí el blog, una actitud vilamatiana, algo que ya estaba echando de menos. No sé cuán cerca me coloca esto de ser calificado como lector Bartleby, pero he decidido, una vez terminado el prólogo de presentación, no leer los prólogos subsiguientes, la tétrada que constituye el corpus principal de la obra. He preferido no hacerlo y me he rebelado como pedía el autor, asomándome con ello a la Nada más absoluta. Dos pájaros de un tiro.
Debe de ser la primera vez en mi vida que renuncio a una lectura por respeto, por ser consecuente con el mensaje del libro, y no por aburrimiento.


(Si les pica la curisidad, aquí tienen mi primera actitud vilamatiana: Leyendo a Vila-Matas (I): vida y ficción.)



viernes, 21 de octubre de 2011

Imágenes de cf. XI


"–¡Batís, no lo haga! ¡Usted no es un asesino!

No me escuchaba. Yo me hallaba a las puertas de la muerte y la cabeza no me respondía. Sólo se me presentaban, absurdamente, las imágenes de un sueño antiguo y banal. Pero cuando Batís ya estaba levantando el hacha, sufrió un fenómeno extraño. Una debilidad interior, y a la vez un destello de lucidez, que iluminaba su expresión igual que un meteorito atravesando la atmósfera. Aún con el arma alzada, me miró con la felicidad desgraciada de aquel científico que un día abrió los ojos al sol hasta que la exposición le quemó las retinas, sólo para saber cuánto tiempo podía la vista humana resistir la luz.

–El amor, el amor... –dijo.

Bajó el hacha con una dulzura triste. Escuchaba violines. Era un hombre que cierra silenciosamente la puerta tras la cual duermen sus hijos.

–El amor, el amor... –repitió, suavemente, con algo en la expresión del rostro que recordaba a una sonrisa."





jueves, 20 de octubre de 2011

Banana Yoshimoto. N.P.

La lectura de esta novela me ha supuesto una pequeña decepción. Esperaba encontrarme a la misma escritora que tanto me hizo disfrutar con los relatos incluidos en Sueño profundo, pero la Banana Yoshimoto aquí presente, la que escribió N.P., no muestra el mismo pulso en la tarea de encauzar su desbordante sensibilidad. Hay una falta de mesura en el elemento sentimental de esta obra que la sitúa repetidas veces en las lindes de la ñoñería. Y es extraño, porque aunque este es anterior, la publicación de ambos libros fue consecutiva.
En esta historia se echa en falta el elemento fantástico, no por un afán genérico, sino más bien porque la oscuridad que éste aportaba a aquella colección de cuentos servía a la vez de contrapunto y complemento y creaba un efecto fascinante que aquí no se da. La fatalidad, sello de identidad de la japonesa, está muy presente en esta novela, pero de manera embrionaría, como fondo argumental más que atmosférico. El destino de los personajes los condena a la separación, pero sólo en boca de ellos. Yoshimoto no logra hacerlo presente mediante el contexto narrativo. Aunque lo intenta, no logra extraer toda la carga dramática de las implicaciones que la relación incestuosa de la hijastra con su padre, y más tarde con su hermano, debería tener.
Kazami, una joven estudiosa de literatura, investiga el misterio que rodea al libro de cuentos, titulado N.P., de un escritor japonés, Sarao Takase, que escribía en inglés, vivió gran parte de su vida en Estados Unidos y se suicidó a los cuarenta y ocho años, dejando dos hijos, Saki y Otohiko. Poco a poco el lector va sintiendo la fascinación letal que ejerce la obra de Takase sobre quienes se acercan a estudiar N.P., en especial sobre sus traductores al japonés, uno de los cuales, Shoji, novio de Kazami, se quitó la vida después de traducir el relato número noventa y ocho. En cuanto a Kazami conoce en una fiesta a los hijos del escritor, detecta inmediatamente una estela de locura en los ojos de esos hermanos tiernamente incestuosos. Otohiko advierte a Kazami de que otra joven, una auténtica «maniaca», obsesionada por el mismo libro, se cruzará, antes o después, en su camino.
La narración arranca con un misterio que no es tal cosa. En realidad, N.P., el libro, no es mas que un macguffin que permite a los personajes encontrarse y relacionarse, ya que el verdadero protagonismo de esta obra lo ejercen los encuentros entre Kazami y los hermanos. El libro ni está embrujado ni guarda oscuros secretos, pero se constituye en el eje sobre el que giran los componentes de la peculiar familia y su amiga, más como un elemento del que hablar que como objetivo relevante. Ni siquiera la aparición del cuento noventa y nueve aporta intriga alguna a la historia.
Ocurren tan poquitas cosas, es tan remarcada la extrema sensibilidad de los personajes, que todo parece demasiado artificial. Las páginas se centran en el desarrollo de la educación sentimental de Kazami, una veinteañera extremadamente sensible que, a lo largo de todo un verano, se relaciona con otros veinteañeros aún más saturninos. Esto no sería un problema visto desde fuera, pero la novela está narrada en primera persona, de modo que involucra al lector administrándole la carga glucémica de forma demasiado directa. Sólo en el tramo final, la parte más emotiva en cualquier narración, parece venir a cuento el tono melodramático de toda la novela.
Ni la estructura ni la confección de las distintas tramas me parece sobresaliente, y la voz narrativa es excesivamente meliflua. Aunque la narración contiene pasajes de gran belleza, como el desarrollado en el tejado de un antiguo edificio, o el que cierra la novela con un emotivo intercambio de confesiones en la intimidad de una playa en la noche, la confección de los diálogos y la sensibilidad machacona y un tanto cargante de los personajes hacen que el texto parezca a veces una imitación bastante sensiblera del estilo que ha hecho tan sumamente popular a Haruki Murakami. Para recuperar el escritura hipnótica de Yoshimoto tal vez haya que acudir a obras posteriores a Sueño profundo, no a las anteriores. Aunque si son ustedes de natural melancólico, quizás sea esta su novela.
Para acabar, hay un tema de la edición del libro al que quiero referirme. En la contraportada, cerrando la sinopsis, encontrarán la siguiente frase: 
Así es como Kazami se ve envuelta en un inextricable laberinto del que nacerá un amor salvaje, desenfrenado.
No hagan ni caso. Quizás haya algo desenfrenadamente adolescente en esta historia, pero ni por asomo hay nada salvaje. Más bien lo contrario.


martes, 18 de octubre de 2011

Las opiniones y los culos

Decía Harry Callahan que las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene uno. Esa sentencia nunca había sido tan fácil de contrastar como en estos tiempos de internet. El nuevo medio ha multiplicado las posibilidades de que tu opinión sea leída por un gran número de personas. Y no importa quién seas, ni la calidad o ideología contenidas en tu comentario; ni siquiera cómo lo expreses. Todo vale en la Red. Protegido por el anonimato, sin necesidad de enfrentar físicamente a tu oponente, sin que tu podredumbre interior se vea expuesta a tus conocidos, tienes vía libre para soltar toda la cicuta que lleves dentro, para difamar, zaherir o insultar directamente a aquella persona o idea contra los que sientes algún tipo de animadversión.
Cuando se menciona el ombliguismo del fandom en la ciencia ficción, suele ser debido a la defensa a ultranza que sus feligreses hacen de las bondades del género. El aficionado cree que el suyo es un entorno especial, que lo que ocurre en su círculo no ocurre en ningún otro, pero esa convicción no sólo abarca factores positivos, se extiende también a las facetas negativas. Luis G. Prado, editor y factótum de Bibliópolis, mostraba hace un tiempo su descontento por esa creencia compartida dentro del fandom de que sólo en el género de ciencia ficción se presentan libros tan horriblemente editados. Basta echar una mirada ahí fuera para darse cuenta de que, si bien es cierto que quizás (con toda probabilidad) en la cf se dé un mayor número de casos, también hay ejemplos de mala factura dentro de las colecciones dedicadas a cualquier otro tipo de literatura. Corre también la idea de que el grado de impresentabilidad en los foros de cf, esto es, de que el número de trolls presentes en las diversas webs dedicadas al género, no tiene parangón en otros campos. Como tantas otras impresiones que los aficionados arrastran desde hace años, ésta no puede ser más falsa. Échenle, si no, un vistazo a las siguientes líneas.
En los pasados días, el mundillo literario español ha visto alterada su tranquilidad por uno de esos eventos que, con una cierta cadencia, vienen a revolverlo todo y a no aportar nada. La publicación de "Mi madre es un pez", una antología de cuentos conformada por una mezcla heterogénea de escritores ya consagrados, como Eduardo Mendoza o Rodrigo Fresán, y nuevos valores en alza, como Jon Bilbao o Javier Avilés, fue presentada por el suplemento cultural Tendències como presunta génesis de un naciente movimiento literario denominado Nuevo DRAMA. Resulta que los diversos autores no sabían nada del asunto. La responsabilidad real de la proclama se debe, según parece, a los antólogos y a los firmantes del artículo. Alguno de los escritores involucrados, como Javier Calvo, presente tanto en la imagen como en el texto del reportaje, se han apresurado a desmentir su participación en el asunto; los comentarios han proliferado en bitácoras y páginas personales y, en resumen, se ha montado la de Dios es Cristo.
Se me hace difícil no estar de acuerdo con las premisas de este movimiento fantasma, puesto que propone una vuelta a la literatura de siempre, a colocar al lector, y no a los otros escritores, como receptor del libro, y, en definitiva, a erigirse como una fuerza reaccionaria anti-nocilla. En palabras de Sergi Bellver, quien parece ser el ingeniero del asunto, la presunta nueva corriente busca "renegar de la versión más vacua de la posmodernidad", frase que, en mi opinión, define perfectamente la mayoría de las creaciones de la Generación Nocilla. En la entrada que titulé Postpoesía tienen ustedes una anécdota referente a Agustín Fernández Mallo, el autor enseña de la generación, que aun no siendo mas que eso, pura anécdota, puede servir como indicio especulativo sobre la presunta profundidad de sus creaciones. Si les interesa todo este asunto del Nuevo DRAMA, encontrarán una explicación más completa en el blog La medicina de Tongoy. Pero, por favor, no presten atención sólo al texto informativo. Lean, sobre todo, los comentarios, porque de eso va el asunto que intento abordar en esta entrada.
No les voy a pedir que den cuenta de las casi 400 opiniones. Si la cosa les parece tan interesante como a mí, lo harán, pero si no, basta con que lean diagonalmente, o con que al menos echen un vistazo a los primeros 100 mensajes. Van a entender perfectamente lo que les explicaba en el primer párrafo de esta entrada. El 90% de los opinadores se esconde bajo el anonimato, la mayoría de ellos para escribir desde el desprecio, e incluso en algún caso, para insultar con mayor o menor gracia a todo aquello que se mueva. Naturalmente, el nivel de los ataques se corresponde con el nivel de lo atacado, es decir, que no sólo verán trolls en acción, no; verán trolls "cultos", de esos a los que el fandom siempre le ha gustado calificar (autocalificándose él mismo) de manera despectiva  como gafapastas. Se darán cuenta pronto de que la diferencia entre impresentables, se muevan en el círculo que se muevan, es casi inexistente. En uno de los mensajes, un Anónimo llega a confesar que cada vez que ve a cierto escritor (cuyo nombre cita), siempre tiene la impresión de que éste no ha (perdón) follado en su vida.



¿Sorprendente? No, al contrario. Precisamente, este tipo de conducta proviene tanto del alto concepto que muchos tienen de sí mismos como del complejo de inferioridad de otros tantos, y de un afán de sentar cátedra, exhibir los propios conocimientos y mostrar la superioridad personal sobre el resto. Es lógico pensar que cuanto mayor sea el nivel cultural y la creencia en uno mismo, con mayor intensidad urgirá la necesidad de demostrarlo. Podría pensarse, por otra parte, que se trata de un defecto muy español, pero no, no se circunscribe a nuestro carácter nacional. Precisamente, todo este asunto de los comentarios navajeros me ha traído a la memoria otro que tuvo lugar hace un par de años en el Reino Unido. En 2009, el diario The Guardian promovió una suerte de encuesta en la que se preguntaba por los peores libros de la década. Lean los comentarios de los lectores (casi 900). Libros magníficos como El atlas de las nubes, de David Mitchell, o Chesil Beach, de Ian McEwan, son puestos a caldo con saña por los propios lectores británicos; también son vilipendiados muchos de los autores y novelas galardonados con el mismísimo Man Booker Prize. Lo peor es el tono de muchos de los mensajes.
El crítico John Sutherland hizo el siguiente extracto significativo. Por ejemplo, sobre  la alabada novela Sábado, de McEwan, se puede leer lo siguiente en la sección de comentarios:
"...está empapada en su propia mierda"
"...hace ya tiempo que me cagué en mi ejemplar, le prendí fuego y lo arrojé al jardín"
"...es pura mierda para el cerebro".
Naturalmente, Sábado era, en las fechas en las que se realizó la encuesta,el fenómeno literario del momento. Ya saben, la envidia, el complejo de inferioridad, los egos erectos..., en fin, todo eso que he citado antes. Pero no es McEwan el único maltratado, hay caña para todos:
"Un estudiante de 8 años se avergonzaría de entregar La vida de Pi como trabajo de clase"
"Nunca me abandones, de Ishiguro, es de hecho una mierda"
"El mar, de Banville, no es más que onanismo literario"
"Desgracia, de Coetzee: personajes inexplicables y diálogos sorprendentemente malos".
En fin, que ese defectillo de carácter no es exclusivamente nuestro, sino que se extiende, más bien, a toda la especie humana. Así que ya lo saben. Si algún día son bendecidos con el éxito o la fama, no les extrañe darse de bruces en internet con los improperios de gente a la que no conocen pero a la que parece que les deben la vida. Aunque la tecnología es coyuntural, el odio gratuito es eterno, y siempre acaba encontrando un camino para expresarse.






domingo, 16 de octubre de 2011

viernes, 14 de octubre de 2011

Paul Auster. Un hombre en la oscuridad

Paul Auster pertenece a ese reducido y selecto grupo de escritores que cuentan con un ajuar narrativo propio, particular. La cualidad de "austeriano", labrada con talento y tesón por el neoyorquino a lo largo de su extensa bibliografía, es una realidad cuyas bondades disfrutan tanto lectores como críticos. De hecho, las claves de su iconografía narrativa, sobre todo el consabido azar, son conocidas y reconocidas por una legión de admiradores que compran sus obras sin solución de continuidad, según van apareciendo en el mercado.
En la última década, raro ha sido el año en el que no hayamos visto aparecer una nueva novela de Paul Auster. Tal circunstancia ha facilitado la persistente evaluación de su capacidad creativa, la ocasión continua de atisbar hacia dónde se mueven tanto la imaginación como el estilo del escritor y calibrar su posible evolución. Si hacemos caso a la opinión generalizada, la suma de estas dos características -universo narrativo propio y decenio prolífico- ha jugado en contra del autor: Auster, según gran parte de su público, se repite. Tras haber leído Un hombre en la oscuridad, comparto ese criterio, aunque aclaro que, en mi opinión, no es causa suficiente para el menoscabo. La novela cuenta con otras bondades, algunas de ellas sobresalientes.

August Brill ha sufrido un accidente de coche y se está recuperando en casa de su hija, en Vermont. No puede dormir, e inventa historias en la oscuridad. En una de ellas, Owen Brick, un joven mago, despierta en el fondo de un foso. Aparece entonces el sargento Serge, que le ayuda a salir. América está inmersa en una guerra civil. Los atentados del once de septiembre no han tenido lu­gar, y tampoco la guerra de Irak. Los Estados Unidos combaten desde hace tiempo, pero contra ellos mismos. Unos cuantos estados han declarado la independencia. Brick no entiende nada. Pero su misión es asesinar a un tal Blake, o Block, o Black, un hombre que no puede dormir, y que, como un dios, inventa en la noche esa guerra que no acabará nunca si él no muere.

Esta novela de Paul Auster guarda relación de un modo podríamos decir que oblicuo con Viajes por el scriptorium, su anterior trabajo. Las dos conforman un pequeño díptico del que, en lo que a calidad se refiere, sale vencedora, y por mucho, la que nos ocupa. Los elementos comunes de fondo se solapan y pasan a engrosar la sensación reiterativa que sobrevuela los escritos del de Newark en sus últimas obras. De nuevo tenemos a un hombre en los albores de la senectud, en soledad, tocado por alguna desgracia personal que oficia de elemento pivotante en la ficción metaliteraria. De nuevo sus rutinas narrativas toman el mando y se suceden y mezclan en el desarrollo de la historia. Tramas engarzadas en mise en abyme, escenas cinematográficas maravillosamente recreadas en boca de los personajes, escritores dedicados al ensayo o la biografía e incluso pinceladas del antiguo toque noir. Quizá más que de repetitivo se le pueda acusar de endogámico. Sí, he aquí a Auster con sus temas de siempre, sus estrategias de siempre, pero también, y desmintiéndose a sí mismo (recordemos que se situó al borde del retiro hace unos años, argumentando que como autor ya lo había dicho todo), aún con cosas que decir, con capacidad para sorprender.
El primer tercio de la novela transcurre por vericuetos decepcionantes. Parece un Auster agotado, enquistado en su repetitivo universo creativo. Nos cuenta lo habitual, una historia contenida dentro de otra. La más original, perteneciente al género de ciencia ficción, está compuesta con pinceladas más bien pobres. Se trata de una ucronía algo desnuda, que resalta el hecho personal sobre la descripción del entorno imaginario, esos Estados ahora Desunidos de América. Sólo algunas connotaciones dickianas, o algún homenaje entrevisto (a La carretera, de McCarthy) parecen aportar algo. Sin embargo, a punto de caer en lo anodino, justo antes del ecuador de la novela, el elemento metaficcional impone su presencia e impulsa la narración hacia un nivel superior. Con el ascendiente de Dick y Pirandello (o, hagamos patria, de Unamuno) en la trama, el solazamiento entre ambas líneas argumentales, con el protagonista ejerciendo de eje central, se torna fascinante. El narrador, August Brill, se entromete en la historia interna, no sólo en calidad de tal, sino en su faceta de creador, en lo que constituye un interesante juego literario. Hasta que al cabo, abrupta, insospechadamente, la ucronía finaliza.
A partir de ese punto, desposeída de su careta, la narración desvela su artificio. La función del cuento ucrónico no es otra que la de ofrecer al lector acceso al ethos del auténtico protagonista en tanto que narrador. Como ocurre en toda creación, lo que August Brill pone en ese relato proviene en parte de su propia historia. Gracias a esa narración breve, el lector llega a conocer, al indagar en su diseño creativo, en sus anécdotas y en el contexto inventado, parte de la problemática interna del protagonista, a la que se tiene acceso, ya directo, tras su finalización. Desde ese instante, la historia se desarrolla en breves episodios textuales, remembranzas de breves tragedias ajenas, pequeñas joyas en las que el azar busca su propio espacio, e interesantes reflexiones alrededor de grandes momentos cinematográficos y diálogos en los que Auster sabe tocar con maestría las teclas de la emotividad. La confesión, por parte del protagonista, de una vida marital echada a perder y más tarde reencontrada alcanza, en las manos de Auster, niveles de emoción considerables.




Esta novela cuenta con la cantidad suficiente de valores intrínsecos como para hacerla disfrutable, pero además se abre a una serie de conjeturas literarias interesantes. Como complemento a su disfrute, Un hombre en la oscuridad reaviva un par de cuestiones que rescato aquí como anecdóticas, aunque tengan en realidad una gran importancia, acerca de la cuestión literaria, y más concretamente, de la crítica. Dudas que me parecen de relevancia en la determinación de ciertos valores a la hora de encarar una crítica literaria. Por un lado, está la cuestión taxonómica. Tenemos dos historias complementarias, pero distintas. La, podríamos decir, interna, pertenece claramente al género de ciencia ficción. Sin embargo, la externa no, y ese es el motivo por el que la obra entera, Un hombre en la oscuridad, no es considerada tal cosa. Bien, eso me hace preguntarme por el etiquetaje de obras como Las 1000 y una noches o La princesa prometida, en las que un narrador externo introduce el corpus de ambas historias, convirtiéndolas en algo semejante a las vivencias de nuestro Owen Brick austeriano. El género de esos clásicos, ¿depende del narrador que introduce las historias (realismo) o de las historias mismas (aventuras, fantasía)?
En otro orden de cosas, tenemos la faceta crítica. Pongamos como ejemplo al autor y la novela aquí comentados. Auster repite algunas de las constantes de sus últimas obras, lo que incurre en una cierta falta de originalidad, que es uno de los valores a tener en cuenta. Bien, quien acuda primero a esta obra sin conocer las anteriores, no valorará este aspecto como negativo. Quien no cuente en su acervo lector con ningún libro austeriano, quizás acabe la lectura encantado. Entonces, ¿son las obras anteriores de un autor determinantes para la valoración de un libro posterior? ¿Lo es el orden de lectura de esas obras? ¿Es que un libro no tiene vida autónoma, no se explica por sí mismo? Desde luego, no es eso lo que el movimiento formalista preconiza.