lunes, 14 de noviembre de 2011

Philip K. Dick. Ubik

En la entrada anterior daba una lista de adaptaciones cinematográficas dickianas. Al parecer, me quedé corto, porque cuanto más investigo el asunto, más proyectos basados en los trabajos o incluso en la misma personalidad de Philip K. Dick me encuentro. Uno al que no me referí es, precisamente, la versión fílmica que en 2013 se pretende hacer de Ubik, obra capital que se cuenta entre la mejor producción de Dick, y  que es, en mi opinión, la que mejor representa el núcleo central de su universo temático. No se sabe si, tal como se dijo en un principio, será Michel Gondry quien traslade esa extraña historia a la pantalla (Olvídate de mí ya era una película tremendamente dickiana), pero sí quién será el protagonista. O al menos, así se anuncia en la IMDB.
Antes de que llegue a los cines, yo les recomendaría la lectura de la novela. En ella encontrarán concentrados en estado puro el talento de su escritor y su originalidad temática. Si aún no tienen el libro y están pensando en adquirirlo, tengan cuidado con la versión que compran. No sé si la habrán mejorado en ediciones posteriores, pero la primera, la que se corresponde con la ilustración que acompaña a esta reseña, es de lo peor que ha pasado por mis manos.


El nombre de Philip K. Dick se ha hecho tan popular en las dos últimas décadas que ha llegado incluso a convertirse en un adjetivo. Curiosamente, el origen de este fenómeno no hay que buscarlo en el mundo literario al que pertenece, sino en el cinematográfico, que de manera incansable ha dedicado sus más recientes éxitos a engrandecer, ya sea por adaptaciones directas, ya por influencias bien marcadas, la figura de un escritor al que siempre obsesionó la percepción de la realidad. Tan desmesurada y prolija fue la incursión del autor en las paranoias de lo irreal y lo verdadero, que en la actualidad lo dickiano se ha convertido en una especie de denominación de origen.
Matrix, Abre los ojos, Dark City, Nivel 13 y un sinfín de películas más, además de las adaptaciones de sus novelas originales, no han podido escapar de esa etiqueta que tanto críticos profanos como reseñadores del género no dudan en colocar a cualquier obra que se interne en los procelosos mundos del cuestionamiento de la realidad. Desde hace unos años, toda historia que incluya falsos universos, ya sean virtuales o alucinatorios, está condenada a la consideración de "puro Dick". Para entender el porqué de esta patente, basta con echarle una ojeada a Ubik, uno de los principales logros del mitificado escritor.
El protagonista, un arruinado Joe Chip, viaja a la Luna con su jefe Glenn Runciter, cuya difunta esposa es mantenida artificialmente en un estado llamado semivida. Acompañados por un pequeño grupo compuesto por anti-psíquicos intentan solucionar los problemas causados a cierta empresa por una serie de telépatas infiltrados. Allí caen en una trampa, un MacGuffin narrativo que no llega a solucionarse, en la que muere Runciter. A la vuelta del grupo a la Tierra, una extraña regresión parece afectar a la realidad, y tras encontrar varios mensajes de su jefe en los lugares más imprevisibles, Chip comienza a sospechar que quizá el muerto no sea aquél, o que quizás todo sea obra de una nueva agente con extraños poderes, o que tal vez, inexplicablemente, lo que les sucede no sea mas que el producto de un gigantesco engaño. Sus compañeros comienzan a morir uno a uno, y la única solución para escapar del embrollo parece ser un extraño producto: el ubik.
La sensación conceptual que deja el libro es semejante a la que produciría un cóctel cuyos ingredientes partieran de las ideas contenidas en las películas anteriormente citadas. Lo cual no deja de ser una impresión falsa, totalmente inversa, pues la novela es, por supuesto, muy anterior a esas películas. Secundadas por los acontecimientos y apoyadas en unos personajes con vida propia, las dudas del protagonista sobre qué es verdadero y qué no lo es sustentan una trama desarrollada con notable agilidad y cuyo misterio creciente mantiene el interés del lector hasta el final. La conclusión de la historia, ajena a lógicas y coherencias,  sacude por los hombros a todo aquel que no hubiera hecho ya una lectura metaficcional del texto y alerta al lector sobre la posibilidad de trasposición de lo narrado a nuestra propia realidad, obligándole a buscar en sus bolsillos monedas con un rostro distinto al usual.
A ese final preñado de implicaciones hay que sumarle los breves textos introductorios situados al comienzo de cada capítulo, el último de los cuales es una verdadera obra maestra en el siempre difícil artificio del impacto sorpresa. Debido a ellos, la concepción de la novela sufre un giro de tuerca, dotando de nuevas implicaciones metafísicas a lo que previamente se presumía como un mero, aunque ingenioso, entretenimiento de suspense. Dios, viene a determinar la narración, no es una entidad, no es un ser personificado: es, sencillamente, la salvación. Que cada uno le dé forma propia, ya sea a través de ídolos, ya sea como un sencillo bote de spray. Es apenas un atisbo de la posterior obsesión religiosa de Dick, un indicio de hacia dónde irían las cosas apenas tres años más tarde.
A pesar del carácter excepcional de la novela, la edición de Ubik perpetrada por La Factoría de Ideas no podría ser más pobre. Desde la colección Solaris Ficción se emperran en destrozar incluso los clásicos con una reprochable falta de respeto hacia quien se gasta en ellos su dinero. Es impresentable la cantidad de erratas y errores de maquetación que presenta el libro, hasta tal punto que a veces no se sabe quién está diciendo qué debido a la inexistente marcación en las distintas líneas de diálogo. Una desidia inexplicable. Y miren que era fácil hacerlo bien. Como se repite con insistencia en la novela, sólo había que seguir las instrucciones.



La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliopolis, crítica en la Red.





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