martes, 24 de diciembre de 2013

Un cuento

24 de diciembre, Navidad ad portas. Ahí va algo diferente. Ya había colgado algunos relatos antes, pero de menor longitud. La idea es que esto sea una especie de regalo navideño, aunque sospecho que la calidad del cuento igual lo convierte en lo contrario. Bueno, dicen que la intención es lo que cuenta, así que no sean muy duros.
El relato no tiene que ver con la Navidad, aunque el trasfondo toque temas afines. Surgió de un pequeño reto con una gran amiga, y ella sabe que es tan suyo como mío. La idea era coger un cliché y convertirlo en algo diferente, darle un giro que sólo el género fantástico puede aportar. Extrañamente, no se me ocurrió cómo hacerlo desde la ciencia ficción, así que empleé otro registro distinto. El resultado lo tienen a continuación. Doy las gracias a aquellos amigos que, mediante sus consejos y correcciones, me ayudaron a mejorarlo.
Feliz Navidad.


Gloria

Se llamaba Gloria y solía cantar en aquel club, un tugurio perdido en las afueras. Tenía el aspecto de un ángel y la voz más triste de la ciudad. Siempre aparecía de noche, sin previo aviso. Cruzaba la puerta, separaba las cortinas con ambos brazos y a continuación, con las miradas de los clientes prendidas en su cuerpo, se deslizaba escaleras abajo como un bello espectro. Mientras el salón enmudecía, ella avanzaba con lentitud hacia el camerino, donde se preparaba durante media hora. En ese intervalo, se corría la voz y el local se llenaba de gente procedente de todas partes. Cuando Gloria volvía a aparecer, un silencio absoluto se apoderaba de la sala. Con parsimonia, casi flotando, subía al pequeño escenario y cantaba hasta el amanecer.
Así me lo contó el viejo Pete, un escritor alcohólico que sentía debilidad por los garitos más oscuros de los suburbios. Yo le había preguntado por aquel club, y él, como quien guarda un secreto que le atormenta, me había largado lo de Gloria. Había algo raro en ella, decía, algo que le removía las entrañas, por eso nunca se quedaba hasta el final de la actuación. La descripción que hacía de aquella mujer, de su poder de seducción, había despertado mi interés. Más aún tras comprobar lo difícil que era dar con aquel sitio. No había anuncios en la carretera, y el cartel luminoso colgado sobre la puerta apenas se distinguía en la distancia. Cuatro bombillas viejas lo adornaban, pero emitían una luz pobre, escasa, como si estuvieran cansadas de vivir, tanto como las almas que pasaban bajo ellas.
Eché un vistazo desde el exterior. El aspecto de la fachada incrementaba el carácter furtivo del edificio. El amplio muro principal era uniforme, sin ventanas; su color grisáceo se veía oscurecido en algunos tramos por la presencia de grandes manchas de color negro que de cerca asemejaban costras frescas. Regueros carmesíes brotaban de ellas y recorrían la pared hasta el suelo. El edificio parecía sudar a través de su roñosa piel como un hombre más bajo aquel tórrido clima. Era una construcción fea, desagradable, aunque nada que no hubiera visto antes. La ciudad estaba llena de lugares como ese, incluso de peor aspecto.
El viejo Pete me había telefoneado dos horas antes, algo nervioso, para informarme de que Gloria estaba actuando allí aquella noche. Yo había tardado más de la cuenta en encontrar el club y no me lo pensé mucho antes de entrar, lo justo para apurar el cigarrillo y asegurarme de que, efectivamente, se trataba del Blue Demon. Dejé el eterno calor de las calles y me aventuré en su interior. Percibí de inmediato un fuerte contraste; una corriente de aire frío saludaba al recién llegado. Bajé las escaleras sintiendo un progresivo helor. Era una sensación que ya había experimentado antes en locales como ése, faltos de calidez humana. Alcé la vista y no encontré nada fuera de lugar. Aquel agujero hedía a derrota, rebosaba de almas perdidas, de fracasados y maleantes, de una fealdad que resaltaba la presencia de aquella belleza singular sobre el escenario.
El alcohol parecía producir un efecto de consuelo alrededor de las mesas, saciaba vicios y quemaba penas, pero era sólo un complemento. Nadie estaba allí por la bebida, sino para verla a ella. Gloria te atrapaba al primer vistazo. Sonreía y deslizaba su voz por encima de las aturdidas cabezas, melosa y sugerente, e iluminaba aquel pozo de miseria con una efímera promesa de salvación, con el ilusorio aroma de la esperanza. Me bastaron unos segundos para comprender qué arrastraba hasta allí a aquella gente. Era como tocar un pedazo de cielo en el lugar menos indicado.
De pie, al final de la escalera, tuve que hacer un notable esfuerzo para girar la cabeza y ponerme en marcha. Fui hacia la barra. El camarero, un tipo bajito al que le faltaba la oreja izquierda, parecía atender más a la actuación que a la clientela. Le llamé, la segunda vez más fuerte, pedí un vaso de bourbon y me acomodé en un taburete. Mientras me servía con cara de fastidio eché un vistazo general a la sala. Entre el humo del tabaco y la escasa iluminación apenas lograba ver nada que no fuera el pozo de luz del escenario, pero aun así, pude calibrar las dimensiones del local. Ni era más grande que los de la ciudad ni estaba mejor decorado.
Me giré y tomé otro trago. La pared situada tras la barra se veía tan pálida bajo los roñosos apliques como la piel de un cadáver. Estaba salpicada de manchas parduzcas que en la penumbra parecían estirarse como rostros suplicantes, separados por desconchones de pintura. Supuse que el resto del local tendría el mismo aspecto. Una cosa era indudable: la única belleza que podías encontrar allí estaba de pie sobre el escenario.
Los ojos de los hombres y mujeres sentados alrededor de las mesas brillaban en la negrura como luciérnagas alrededor de una vela. Parecían animales sedientos ante un manantial de agua fresca. Gloria, delante de ellos, apenas se movía, pero bastaba el sinuoso balanceo de sus caderas para conducirlos a lugares remotos. Su cuerpo parecía susurrar, mezclando a la par promesas de salvación y de condena. La insinuación implícita en sus labios húmedos actuaba como un imán, pero una luz inocente brotaba de sus ojos, azules como el cielo, negando todo aquello que su voz y su cuerpo sugerían.
Mientras apuraba mi vaso dejé volar la imaginación. Me bastaron unos segundos para alimentar la ilusión creciente de que la conocía, de que había compartido con ella muchos años. A ojos de cualquiera, Gloria debía de ser ambas cosas, soledad y deseo, perversión e inocencia, todo en el mismo paquete. Al menos, así la imaginé en ese momento. Escudado en la distancia, contemplé sus movimientos durante un par de canciones. Su mirada, sin embargo, cruzó la oscuridad y llegó hasta mí, forzándome a girar la cabeza. Me concentré en mi vaso. El whisky era fuerte, pero más soportable que el anhelo escondido en el fondo de aquellos ojos. Lo que allí se adivinaba removía algo en mi interior, algo de otro tiempo.
El arma bajo la gabardina se interponía entre la barra y mis costillas, pero casi agradecí aquel dolor. Sólo cuando agoté la bebida volví a mirar al escenario. Gloria estaba acabando su actuación. El ambiente se había ido cargando con una mezcla de deseo y desesperación, un hálito más espeso que el humo de los cigarros que yacían muertos en los ceniceros, consumidos igual que la esperanza en el corazón de sus dueños. Todas aquellas almas anhelaban a Gloria, esperaban un gesto de ella, una sola mirada, incluso un pequeño desprecio. Eso los habría hecho felices. Por un momento me sentí un privilegiado. Yo no la conocía, sólo iba a interrogarla, a intentar disipar mis sospechas, pero supe al ver la actuación que cualquiera de esos desgraciados habría dado media vida por estar en mi pellejo, por el solo hecho de hablar con ella, de tenerla cerca, de poder olerla.
Sentí una inesperada urgencia por estar a su lado. Debía comprobar su inocencia, certificar que no estaba involucrada en las desapariciones que me habían llevado hasta allí. La canción que ahora interpretaba comenzaba a morir en sus labios. A su conclusión, me había dicho el camarero sin oreja, volvería a su camerino.
Decidí adelantarme. Abandoné la sala y me dirigí hacia él. No encontré nada especial, sólo algunas velas encendidas. El mobiliario estaba compuesto por un par de sillas viejas llenas de lamparones, un espejo de cuerpo entero mellado y un biombo de color beis con un estampado chillón. Me acerqué para observar el dibujo. Mostraba una bandada de cuervos hundiendo sus picos en los restos de un cervatillo. La desagradable escena parecía moverse a la luz de las velas.
No había nada extraño a la vista en aquel cuarto, pero sí al olfato. Un intenso olor impregnaba el aire, un aroma a lavanda e incienso que producía una sensación ambigua, a medio camino entre la inocencia y la seducción. Localicé el origen a mi espalda. Había un manojo de tallos consumiéndose dentro de un pequeño jarrón, sobre una pequeña mesa circular en penumbra, al lado de la puerta. Era el único espacio que las velas no llegaban a iluminar.
El ruido amortiguado de los aplausos, acompañados de varias voces e incluso algún llanto, me puso en guardia. A los pocos segundos, Gloria abría la puerta y me miraba sin sorpresa. Sentí de nuevo aquella inexplicable sensación de reconocimiento.

-Hola, inspector -dijo tras cerrar lentamente.

Intenté no exteriorizar mi sorpresa, pero no tuve éxito. Una pequeña carcajada me hizo notar cuánto le divertía mi envaramiento. Para mi sorpresa, estaba nervioso, no sólo por lo rápido que ella había descubierto mi ocupación, sino también por el efecto que su presencia, ahora mucho más cercana, producía en mí. Su risa parecía sólida pero ingrávida, una corriente cristalina que serpenteaba por el aire recorriendo el cuarto, rozando paredes y techos antes de sumergirse directamente en mi cerebro. Me di cuenta de que Gloria no usaba perfume. No le hacía falta, el aroma que desprendía se elevaba por encima del persistente olor a lavanda y tiraba de mí, obligándome a realizar un esfuerzo para permanecer firme. No se me ocurrió mejor comienzo que preguntarle innecesariamente su nombre.

-Gloria, llámame Gloria -contestó.

De cerca, su voz era aún más magnética que en el escenario, turbadora. Intenté mantenerme frío. Le informé del motivo de mi presencia allí, le hablé de las desapariciones que llevaba meses investigando. Tipos anónimos a los que nadie echaba en falta, que un día, simplemente, dejaban de aparecer por sus desastradas viviendas. Jamás dejaban una nota, desaparecían sin más. Lo que al principio fueron unos pocos casos se había convertido últimamente en una sangría. Gloria rió de nuevo antes de preguntarme qué tenía que ver ella con ese asunto.
Sólo estoy indagando, le dije, siguiendo una pista.
Le conté lo de la caja de cerillas, la que había encontrado en el bolsillo de una chaqueta, en uno de los pisos. Tenía dibujado un pequeño demonio azul y el nombre del Blue Demon escrito en letras rojas encima. Le hablé también de lo que me había contado el viejo Pete.
Seguí interrogándola, saqué las fotos de mi bolsillo y le pregunté si reconocía alguno de aquellos rostros, gastados y anónimos. Me dijo que no. Quise saber dónde vivía y quise saber con quién. Quise saber todo acerca de ella, pero no lograba centrar las preguntas. Me sentía extraño, deseaba tocarla, besarla, pero no a mi manera. Algo me atenazaba por dentro. Ella daba largas a mis preguntas mientras se acercaba a mí poco a poco, muy despacio. Carraspeé nervioso, intenté apartar mis ojos de su rostro perfecto y reconducir la conversación, pero Gloria me interrumpió para ofrecerme un trago. Lo acepté y agradecí interiormente el breve respiro que eso me proporcionaba.
Se dirigió a la parte trasera del biombo. Debía de tener un pequeño mueble bar allí, oculto de las visitas. Oí cómo el líquido golpeaba el vaso y eso me hizo chasquear la lengua. Tenía la boca seca.

-No le importará que me cambie mientras hablamos, ¿verdad, inspector?

-No -dije sin más. Sus palabras me producían una sensación agradable en los oídos, un cosquilleo extraño en la nuca. Su brazo apareció por encima de la mampara, desnudo, níveo, sin rastro de vello alguno, con un vaso de cristal azulado en la mano.

-Tome, inspector, sacie su sed.

-Gracias -contesté deleitándome una vez más con su voz, con el tacto de su piel.

Di un trago. No era un gran whisky, pero tenía un toque exótico, algo añadido que lo mejoraba. Mientras ella hablaba, sus prendas iban apareciendo encima del biombo. Me decía que no me preocupara por esos hombres, que sin duda estarían en un mundo mejor que éste. La voz proveniente del otro lado parecía ahora más seria. Ya no reía, su tono era relajado, casi maternal.
Paseé por el cuarto, vaso en mano, con la idea de completar mi inspección. Volví a posar la vista sobre las sillas y la pequeña mesa. Al lado del jarrón había un teléfono que antes no había visto. Me acerqué al espejo roto y busqué un ángulo abierto. Mi posición me permitía ver con mayor claridad, reflejados en él, los contornos de la mampara tras la que Gloria se vestía. Una pierna firme, de carne inmaculada, aparecía y desaparecía de mi visión cada pocos segundos. Se inclinó hacia adelante y logré ver el nacimiento de su espalda. Al enderezarse de nuevo pude contemplar el resto, y fue entonces cuando vi aquellas horribles marcas.
Sentí un escalofrío. Miré mi bebida y supe de repente qué era lo que le daba aquel sabor. Asqueado, tiré el vaso al suelo. Percibí un murmullo a mi espalda y giré la cabeza hacia la puerta. Permanecía cerrada. Se oían lamentos al otro lado, gemidos contritos que clamaban por el perdón. Mi intervención había retrasado la vuelta de Gloria al escenario, y los más débiles, incapaces de esperar, se habían arrastrado hasta su camerino. Pensé fugazmente en aquellos desgraciados, anhelantes, esperando en el pasillo a que yo terminara, ansiosos por rendirse a ella, futuras víctimas de aquel monstruo.
Tenía que ser rápido. Me di la vuelta dispuesto a pasar a la acción, pero Gloria ya estaba a medio metro de mí, sonriendo. Iba envuelta en un azul intenso. El vestido se pegaba a ella como un ser vivo. Sentí un ligero vahído. Estaba demasiado cerca y ahora podía verla claramente. A tan corta distancia no parecía tener veinte años, sino una edad inmemorial. Su rostro, de una perfección dañina, parecía haber sido cincelado en el amanecer de los tiempos. Sus ojos, sin embargo, eran claros como un día despejado, parecían nuevos, pura primavera. Sumergirse en ellos era hacerlo en un mar de agua fresca, sentir el viejo alivio de la inocencia. Hurgaban en mi interior de igual modo que aquellos cuervos en las entrañas del cervatillo muerto.
La sensación de debilidad creció hasta adueñarse de mí. Gloria estaba muy cerca, a sólo unos centímetros. No la recordaba tan alta, y sin embargo tenía mi misma estatura. Sin que yo pudiera evitarlo, agarró con ambas manos mi cabeza y la atrajo hacia sí, hasta juntarla con la suya. Pude oler su aliento, inconfundiblemente divino. Sus ojos absorbían la luz procedente de los míos y la transformaban.

-Déjame ayudarte. Has sufrido mucho, y ya has pagado por ello. Déjame ayudarte. Arrepiéntete. Arrepiéntete, tus pecados serán perdonados. Ven conmigo.

Como un río desbordado, todo lo que me constituía, mi esencia misma, escapaba de mí, dejando limpio mi interior. Todas y cada una de las cosas terribles que había hecho y por las que yo estaba allí eran lavadas una a una, perdonadas, borradas. Cada una de las violaciones, cada uno de los asesinatos, aquellas niñas..., todo se iba difuminando como si nunca hubiera ocurrido.

-Deja que el agua bendita limpie tu interior, ábrete a Dios.

Nuestros cuerpos estaban pegados el uno al otro, nuestras miradas eran sólo una. Mis ojos se habían convertido en un manantial de lágrimas. Jamás, ni en todo el futuro de mi inmortal existencia, habría podido imaginar tanta belleza, tanta inocencia. Gloria me traspasaba su bondad infinita, centrifugaba mi maldad en su interior convirtiéndome en otra persona, en un ser puro, sin mácula.
Eso fue, precisamente, lo que me salvó. Porque yo no quería ser otra persona, quería seguir siendo quien era, el asesino, el violador. A diferencia de esa chusma que lloraba tras la puerta, yo me sentía cómodo con mi naturaleza. No quería ser redimido.
Forcejeé, saqué como pude la daga del interior de mi gabardina, la elevé, y con todas mis fuerzas hundí la hoja en la frente de aquella cosa llamada Gloria. Ella me soltó y dio unos pasos hacia atrás entre horribles alaridos. Vi cómo los símbolos grabados en la empuñadura se iluminaban y se abrían, dejando salir de su interior diminutos zarcillos de aspecto alquitranado, filamentos purulentos que buscaron las cuencas de sus ojos. Cayó al suelo y comenzó a patalear. Su bello rostro se convirtió en una horrible máscara de dolor, deformado por los efectos de la daga. La agonía duró unos minutos. Las almas condenadas que hacían cola en el pasillo, las decenas de arrepentidos que esperaban ser absueltos y sacados de este mundo, debieron de sentirla: los sollozos se convirtieron en gritos que atravesaban la puerta.
Cuando todo acabó me quedé allí agachado, contemplando los estertores de aquella cosa, jadeando con los brazos apoyados en las rodillas. Estúpido, estúpido, me dije. Había estado a punto de ser abducido, de perder mi puesto, mi propio ser, todo. Tenía que haberlo sospechado, haberme preparado mejor.
Cuando aquello acabó de temblar esperé unos minutos y lo examiné con atención. Le arranqué el vestido lentamente y observé lo que había debajo. Allí tirado, sin vida de ningún tipo, seguía teniendo un cuerpo hermoso. Las dos marcas en la espalda, aquel pecho contranatural, la absoluta lisura que sustituía los genitales femeninos... Palpé aquella zona con curiosidad morbosa, pero fue tan insatisfactorio como tocar cualquier parte inocente del cuerpo. Me puse en pie y miré a aquel ser por última vez.
Así que era cierto, en el Cielo andaban desesperados.
Me felicité por mi intuición. En los últimos años, las ciudades del Infierno se habían ido llenando de gente a un ritmo que nada tenía que ver con otras épocas. Algo no debía de andar bien en el mundo terrenal. Que todos acabaran aquí abajo era la prueba de que nadie llegaba arriba. Imaginé el sufrimiento celestial, lo insoportable que debía de ser para ellos un Cielo sin nuevos habitantes, cada vez más envejecido. La desesperación les había obligado a esto, a bajar y raptar gente en los dominios de su enemigo, en nuestro mundo. La conversión, esa vieja y asquerosa arma, seguía siendo su mejor recurso.
Me dirigí a la mesita que había en la esquina, descolgué el teléfono y marqué el número de mi departamento.
-Hola, soy yo. Confirmado, están enviando ángeles... Sí, ángeles... No, no, ya me conoces, he acabado con él. Que manden a alguien a recogerlo. Informa al jefe y prepárate, vamos a tener mucho trabajo.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Criminal Blurbs


"Trece relatos inéditos de Stanislaw Lem."

Eso es lo que se asegura en el fajín promocional del libro. De hecho, el texto de presentación que se puede encontrar en la página web de Impedimenta, la editorial que lo publica, insiste en ello:
Máscara reúne trece relatos del maestro polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem, nunca hasta ahora publicados en castellano.
Bien, no es exactamente un blurb, sino un dato proporcionado por la editorial, pero transmitido con la intención de ganar puntos para el libro, de promocionarlo, y en una sola frase, así que bien puede caber en esta sección. Lo cierto es que se trata de una información falsa. Juan Manuel Santiago recordaba hace unos días que uno de esos cuentos ya fue publicado en España. Y no uno cualquiera, sino precisamente el que da título a la antología. La máscara apareció en el número 2 de la revista Gigamesh, allá por el lejano 1991, con traducción de Carlos Gardini. En realidad, ese mismo texto ya había aparecido anteriormente en el número 5 de la revista argentina Minotauro (segunda época), en enero de 1984. O sea, que estaba publicado previamente en castellano; y no una, sino dos veces.
Esta falta de rigurosidad por parte de las editoriales no es inusual en el mundillo del género fantástico, y suele ser aceptada sin aspavientos. En algunas ocasiones, por ejemplo, las compilaciones de relatos presentadas como "Cuentos completos" no incluyen todos los cuentos del autor. El caso de los cinco volúmenes que Minotauro dedicó a la obra corta de Philip K. Dick es sólo un ejemplo. El de Asimov, en cuyas recopilaciones "completas" publicadas por distintas editoriales jamás se han incluido aquellos relatos que no pertenecían a la ciencia ficción, otro. La presencia de mentirijillas de este tipo, que no tienen otro fin que el de hacer más atractivo el producto a ojos del lector, es más numerosa cuanto más se sumerge uno en el pasado, así que al menos la tendencia va en la dirección correcta.
Lo más lamentable de este caso es que se trata de un ardid innecesario, puesto que, estoy seguro, el lector devoto de Lem no va a dejar de comprar un volumen con 12 cuentos inéditos del maestro porque el decimotercero haya sido publicado previamente. Gardini, además, había realizado su trabajo sobre la versión inglesa de M. Kandel, y la traducción que presenta la editorial Impedimenta ha sido realizada por Joanna Orzechowska directamente del polaco, un plus a valorar. Cabe también que no haya sido una maniobra deliberada y que estemos ante el enésimo caso de torpeza o pereza a la hora de documentarse. Podría ser, por qué no. Al fin y al cabo, la chapuza es otro de los males endémicos de nuestro país (recuerden catástrofes cercanas como la del asunto Sheckley). Sea cual sea la causa, ahí queda el yerro. Me da que seguiremos viendo cosas como esta.





martes, 17 de diciembre de 2013

Pierre Boulle. El planeta de los simios

Hace un par de entradas, dando mi valoración de Los muertos, la fallida novela de Jorge Carrión, me referí a la diferencia entre los lenguajes en los que se expresan los distintos medios narrativos. Existe un vicio muy extendido entre el público que consiste en valorar una adaptación cinematográfica principalmente (he aquí el problema) por su nivel de fidelidad a la obra original, provenga esta de la literatura, el cómic o el mundo de los videojuegos. Da igual lo bien dirigida, interpretada o narrada que esté; si lo que aparece en pantalla no es un reflejo fiel de lo que el espectador idolatra (en muchos casos un reflejo fiel de cómo el espectador se lo imagina), la apreciación final será negativa. Esa Katniss está gorda, Christian Grey es más perturbador o tal personaje no es negro.
Siempre he pensado que las expectativas matan el arte. Entrar a disfrutar de una obra con una idea preconcebida, con el pálpito de lo que uno va a encontrar (lo que uno quiere encontrar) condiciona la experiencia de una manera crítica. La obra ya no sólo habrá de desplegar las habituales herramientas con las que ganarse al receptor, sino que además tendrá que derribar la imagen previa que éste se había hecho. Me parece un error de bulto. Cada medio es percibido de una forma diferente. En uno prima la imagen, en otro la palabra, en otro la interactividad... Por eso, por mucho que una obra pueda provenir de otra, habrá de nutrirse de las herramientas narrativas propias del nuevo medio. Lo que funciona en uno no tiene por qué funcionar en otro. De hecho -seguro que Marshall McLuhan estaría de acuerdo-, el propio medio la transforma
Por poner un ejemplo simple, el traje amarillo de Lobezno, el personaje de cómic, tan atractivo a la vista en los dibujos del gran John Byrne, sería un horror en imagen real. Por eso hay que transformarlo, oscurecerlo, cambiar la licra por el cuero, hacerlo creíble en un entorno cotidiano. Pero el lenguaje no cambia sólo en el orden estético, también lo hace en el narrativo. Líneas de diálogo que en el cómic o en un libro funcionan perfectamente pueden sonar ridículas en una película. Se leen bien, pero a los oídos quedan mal. Tramas, estructuras, ritmo...; la diferencia es patente a muchos niveles, por eso hay que someterlo todo a un proceso de reciclaje, de adaptación. Y adaptar no es reflejar, es transformar, dar una nueva naturaleza acorde al nuevo destino. La diferencia final de contenidos puede, en ocasiones, ser mayúscula.
Normalmente, la calidad intrínseca de la adaptación, comparativas aparte, suele ser menor que la de la obra originaria, pero a veces ocurre lo contrario. En ocasiones, el emparentamiento con el nuevo medio es tan satisfactorio que arroja una versión superior a la obra de la que parte. A continuación tienen un ejemplo a seguir, el caso de un libro mediocre transformado en película con tanto acierto que la obra resultante se convirtió en un clásico.




Literatura y cine, desde la invención del cinematógrafo, han venido sufriendo extraños arrebatos amatorios, con un resultado que raramente ha dejado satisfecho al consumidor. Esta simbiosis poco equitativa ha provocado en muchas ocasiones una injusta identificación por parte del público entre libro y película. La popularidad de la obra ha venido dependiendo en gran medida de la estimación que lograra la posterior adaptación fílmica, y hay que decir que curiosamente, porque son escasas las ocasiones en las que una película ha seguido, para bien o para mal, lo contado en la novela.
Sin duda, Pierre Boulle es uno de los pocos escritores que pueden congratularse del trato recibido, una excepción a la norma. El séptimo arte ha potenciado enormemente sus novelas, principalmente El puente sobre el río Kwai y El planeta de los simios, hasta el punto de transformar a esta última en una lucrativa franquicia de éxito mundial. Desde que aquella versión en celuloide protagonizada por Charlton Heston se transformara en un film de culto, las cuatro continuaciones y la reciente versión burtoniana han ido sumando puntos para otorgarle la etiqueta de clásico a su origen literario. Lo curioso, para seguir con la excepción definitiva, es que en este caso la versión fílmica atesora más calidad que la novela en la que se basa.
El planeta de los simios es una novela con mensaje. Propone un juego en el que la inversión de papeles fuerza el punto de vista del lector y le obliga a considerar el trato humano hacia los animales. Invita a profundizar más en el texto para encontrar, incluso, una alegoría de trasfondo social en la que el racismo y la discriminación de clases se convierten en protagonistas absolutos de la obra. El problema radica en el instrumento o historia utilizada para comunicar al lector todo ese cúmulo de valores. Basado en una idea realmente interesante, los personajes y la interrelación entre ellos no alcanzan materialidad suficiente para dar calidad a un argumento más propio de la literatura juvenil que de un libro para adultos. En su defensa, en todo caso, justo es aclarar también que el conocimiento de las películas elimina toda sorpresa posible en la novela, truco final incluido.
La aventura del humano Ulysse Merou en un lejano planeta donde reinan los simios y en el que los hombres son esclavos no contiene el grosor literario suficiente para continuar siendo válida hoy en día. Desgraciadamente, el tiempo, juez de universalidades, ha pasado por encima de este falso clásico como un huracán, descubriendo en la trama una evidente dosis de ingenuidad que confiere a algunos pasajes un carácter rayano en el infantilismo. No deja, por ello, de ser curioso que algunos autores actuales intenten utilizar ese mismo método para conseguir similares objetivos, como es el caso de Sheri S. Tepper en El árbol familiar, una novela que persiguiendo el mismo fin va incluso más allá al presentar un final naif, no apto para lectores proclives a sentir vergüenza ajena.
En todo caso, El planeta de los simios supone una de las escasas oportunidades de conocer la ciencia-ficción más representativa de un país vecino, Francia, del que, con contadas excepciones como la de René Barjavel, no se ha publicado prácticamente nada en España. Si tienen unas horas, conocer la versión original de un clásico del cine fantástico siempre supone un ejercicio interesante. Si no, quédense con las películas.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la red.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Pellizcos

Cuando leo una crítica muy negativa, me callo la boca para que el crítico no sepa que lloriqueo. Pero siempre las leo porque quiero aprender, y cuando una crítica está bien hecha, te ayuda a saber lo que hiciste mal. Si todos dicen que algo no funciona, te puedes fiar.

-Stephen King-

lunes, 25 de noviembre de 2013

Breves: Carrión, Boyne, Capote

Los muertos, de Jorge Carrión

Si tuviera que definir Los muertos en una sola frase, sería esta: una buena idea mal llevada a cabo. La ambición que muestra el autor no se puede poner en duda, pero es precisamente ahí, en la osadía de intentar trasladar el lenguaje televisivo al papel, donde éste yerra. No en el orden conceptual, sino en el formal.
Al igual que hiciera Stanislaw Lem en Vacío perfecto, Carrión propone un juego metaliterario, la creación de ensayos sobre obras inexistentes, pero al contrario que el maestro polaco, no deja lugar a la imaginación. El autor acompaña los dos artículos y la entrevista que componen el núcleo de la novela con el material que en estos se analiza, las dos primeras temporadas de una serie de televisión de género fantástico y contenido metaliterario. Donde Lem ofrecía un vacío que llenar con la imaginación del lector, Carrión construye todo un universo, el purgatorio al que van a parar los personajes fallecidos en las obras de ficción.
El reencuentro con los protagonistas de Blade Runner o de Los Soprano, junto a otros muchos personajes reconocibles de la ficción, es tan sugerente como la historia que da vida a la serie, pero el autor pretende fusionar artes distintas, trasladar el lenguaje narrativo audiovisual a la literatura, y no elige el mejor camino. Cada medio tiene su forma de expresarse, y las adaptaciones suelen funcionar mejor cuanto más se alejan de su origen para acercarse al lenguaje de adopción. La literalidad, como era de esperar, condena de inmediato a la novela. Carrión somete el texto a un montaje televisivo, cada párrafo una nueva escena, y eso revierte en un caos difícil de disfrutar. O se tiene una memoria ciclópea para las situaciones, carentes de anclajes, o uno se ve abocado a retroceder en la lectura a cada momento.
Es una lástima, porque la idea original contenida en este artefacto posmoderno era realmente atractiva. El experimento formal, como ha sucedido tantas veces, va en detrimento de la obra.



El niño con el pijama de rayas, de John Boyne

Esta novela fue publicada en una época en la que los libros con protagonista entrañable se pusieron de moda. Su mayor activo, como era usual en ellos, se encuentra en la elección del tipo de narrador. Si Mark Haddon acertaba de pleno al elegir la voz que en primera persona, desde la mente de un adolescente autista, narraba los hechos de su novela El curioso incidente del perro a medianoche, Boyne se va al extremo opuesto y utiliza a un observador neutro, favoreciendo así el contraste que se establece entre el conocimiento de la realidad con el que cuenta el lector y la ignorancia presente en la mirada del niño que protagoniza la historia.
El autor apuntala este efecto con pequeños detalles narrativos. Por ejemplo, la descripción que se hace de un espejismo sin mencionar su nombre, pues el niño no lo sabe. La alcoholemia de la madre o su relación sexual con el joven Kotler, e incluso la alegría de Schmuel son hechos interpretados de forma distinta a lo que en realidad representan por el protagonista. Este artificio narrativo, presente incluso en los títulos de los capítulos, exige la complicidad del lector, y es el mayor responsable del efecto de ternura que el relato produce. Gracias a él, Boyne logra que se establezca una relación à la Benigni, de falsedad teñida de inocencia, entre los hechos que suceden en los aledaños de un campo de concentración nazi y el modo como el niño los percibe.
La novela se engrandece en el último tramo, precisamente desde la aparición en ella del personaje que le da título. El crimen del nazismo se hace presente en toda su magnitud, y el escritor cierra su relato de forma admirable, con una frase que añade un último escalofrío a los ya coleccionados durante el terrible desenlace. Bajo la doble mirada a la que el libro ha acostumbrado al lector, las últimas palabras adquieren un significado macabro.



Desayuno en Tiffany's, de Truman Capote

Truman Capote es alabado especialmente por A sangre fría, un libro que fue etiquetado como nonfiction novel (término que no goza de mis simpatías) y que hoy se señala como padre del Nuevo Periodismo. Los dos biopics con los que el cine nos sorprendió hace unos años dieron cuenta de la complejidad de la persona; leer el resto de sus obras atestigua la colosal talla literaria del escritor. Desayuno en Tiffany's es más recordada por el rostro y la voz de Audrey Hepburn que por sus páginas, y sin embargo es una novela corta magnífica, en cuyo texto sobresalen la sofisticación que hizo a aquella historia tan atractiva para el público y una mayor profundidad en el tratamiento del tema más escabroso.
Sin dejar la sutileza, hace que el lector se haga preguntas sobre las distintas clases de prostitución, negando al dinero su protagonismo indispensable dentro del término. Quizás utilizar las armas propias de tu sexo para conseguir lo que quieres, aunque sea otro tipo de cosas, pueda considerarse también como tal. La condición de Holly se hace más evidente en el texto, pero el objetivo que persigue Lula Mae con su ajetreada vida social no es la riqueza, sino el renacimiento, la reinvención de sí misma. A través de sus conversaciones con el anónimo narrador, a quien ella llama Fred, Capote hace un elogio de la literatura, situándola por encima del cine. Paradójico, teniendo en cuenta el éxito posterior de la película.
La guinda del libro es, en este caso, tan suculenta como el plato principal. Tres cuentos acompañan a la pieza que le da título, todos ellos excelentes. El estilo de Capote es sutil y emotivo. El autor muestra una gran capacidad para despertar sentimientos intensos en el lector. El primero, titulado "Una casa de flores", remite al gótico sureño y trata sobre la libertad de elección, con un tipo de amor peculiar de fondo. "Una guitarra de diamantes" es un relato maravilloso, lectura obligada para todo aquel que disfrutó con el film Cadena perpetua y el cuento de Stephen King que le dio vida. De "Un recuerdo navideño" sólo puedo decir que, por su tremenda carga dramática, llenó mis ojos de lágrimas. Estos tres magníficos relatos son una invitación para acceder a sus Cuentos completos.


jueves, 14 de noviembre de 2013

La importancia de tomar notas

Igual ya se lo he contado a ustedes, pero tengo la costumbre de poner mi firma y la fecha de fnalización en los libros cuya lectura completo. Los considero pedazos de mi ciclo vital y conservo, desde hace un tiempo, todos los que leo, me hayan gustado o no. Durante algunos años, precisamente aquellos en los que más libros leí, cogí la costumbre de incluir en ellos un resumen de apenas dos o tres frases, lo que me habían parecido, acompañado de alguna nota sobre lo que acontecía en aquel tiempo en la realidad cotidiana, tanto personal como general. Los libros mismos se convierten así en un conciso y peculiar diario, un pequeño testigo de la vida. Confieso que me supone un pequeño placer descubrir estas notas cuando repaso mi biblioteca. Los recuerdos de entonces me roban a veces una pequeña sonrisa. Les sugiero que hagan la prueba; no es un ejercicio cuyos frutos se recojan al instante, pero les aseguro que merece la pena.
Pero no es este el asunto del que quería hablarles. A veces encuentro cosas distintas dentro de esos libros. Aunque he escrito bastantes críticas de mis lecturas, hay un número importante de ellas que en su día pretendí reseñar y que, por mútiples razones (la pereza especialmente), quedaron sin comentario. Son libros que localizo rápido entre el resto por un detalle en particular: aparecen hinchados. Entre la cubierta y la guarda suelen contener varias hojas arrancadas de un bloc de notas, manchadas en su día por mi escritura. Cuando las encuentro, las leo, y si recuerdo lo suficiente del libro como para que sigan teniendo sentido, intento darles salida escribiendo algo breve para el blog. Pero es algo que no siempre ocurre. De hecho, lo normal es que ya no recuerde por qué escribí algunos de los comentarios, y entonces vuelvo a colocar las hojas en donde las encontré y devuelvo el volumen a su sitio, por si en una relectura próxima me sirvieran para algo.
Notas, sí, de eso quería hablarles.
Nadie que se maneje en internet y en las redes sociales será ajeno a uno de los fenómenos que ambos han potenciado. Me refiero al síndrome del escritor: todo lector lleva a un escritor frustrado en su interior. Antes, la dificultad para publicar y un pudor hoy inexistente mantenían a ese grupo de riesgo a raya. La población de escritores se reducía a unas cifras sensatas. Desde la aparición de internet todo ha cambiado, las dificultades que ejercían de limitador han ido desapareciendo una a una. Los procesadores de texto con sus autocorrectores, el envío de originales a la editorial o a concurso mediante el e-mail (adiós fotocopias), la autoedición al gusto, los cientos de incautos contactados en redes sociales a los que acosar enviando spam..., todo son facilidades. El único coto para el escritor novel es su propio sentido común, pobre defensa contra el entusiasmo ignorante que lo lanza a emular a sus ídolos. Hoy, todo el mundo escribe ficción, y eso configura un mercado, lo cual conduce inevitablemente hacia la proliferación de los manuales de escritura. Ya saben, Cómo ser un autor de éxito, Aprenda a escribir ficción en diez cómodos pasos, Los secretos de la escrituraEl método Dan Brown y toda esa vaina.
Permítanme que llame su atención sobre el detalle que más me sorprende de todo esto. No todos los lectores se han lanzado a escribir ficción, claro, muchos (yo mismo) han tirado por otro camino. Blogs, portales y revistas digitales favorecen el crecimiento del crítico literario aficionado. Con tanto libro que analizar era irremediable. El número es tan alto como el de los presuntos escritores, y sin embargo, no veo un fenómeno docente paralelo, no hay manuales del buen crítico. Lo sé, sería estúpido asegurarle a alguien que se hará de oro con la ensayística, pero es que ni siquiera hay manuales escritos por aficionados, algo que sí es común en el terreno de la narrativa. No dejo de verlo como un síntoma de lo mal que están las cosas en esa disciplina, al menos por estos pagos. Otro día les hablaré de los analistas del fandom, de su difícil independencia y de los diversos conceptos que hay de crítica y reseña, de los blogs y de si se puede exigir profesionalidad a un aficionado, cuestiones con bastante miga.
A fin de cuentas, cada uno es responsable de lo que escribe. Personalmente, creo que hay dos palabras que están en la base de todo: autoexigencia y respeto. El conocimiento y las herramientas para escribir bien llegan con lo primero, lo segundo es lo que me impulsa a leer el texto de alguien o no leerlo. Respeto por quien va a leer tu texto, pero también por quien ha escrito el libro que analizas. Desde luego, estás en tu derecho de dar tu opinión, pero cómo la das te convierte en mejor o peor crítico. Creo que la mayoría de los que intentamos hacer cosas en este campo somos autodidactas. Yo no me atrevería a dar las claves de cómo hacer una buena crítica; hay varias maneras, y todas válidas. Si una persona joven me pregunta, le diría que, a falta de esos manuales, el secreto es el de siempre: leer. No sólo libros de ficción, esos que le hacen a uno querer escribir sobre su contenido, sino precisamente aquellos en los que se trata la materia que queremos dominar. Hay ensayos de autores como Philip Roth, J. M Coetzee, Somerset Maugham, Mario Vargas Llosa, David Lodge, Harold Bloom, Cyril Connolly y muchos otros dedicados a la crítica literaria. Leerlos es aprender a escribirla.
La crítica (reseña, análisis, llámenlo como quieran si les rechina el término) también es cuestión de estilo, y hay cosas que son optativas, pero puedo asegurarles que algunas son imprescindibles. Una de ellas es la toma de notas, tan obligada como la reescritura para el autor de ficción. No se puede analizar una obra partiendo sólo del recuerdo, de la impresión final, porque uno se olvida de cosas de las que se ha ido dado cuenta durante la lectura, y porque un final potente o flojo adultera la valoración que teníamos de las partes del texto que lo preceden. Si uno se toma la crítica en serio, ha de tomar notas. Para mí son la clave de todo. Sobre ellas construyo mis conclusiones finales, en un pulso feroz con la impresión que me ha dejado el cierre del libro, y en base a ellas estructuro y escribo mis reseñas. Son notas de contenido diverso, algunas de ellas meras impresiones, otras datos, otras valoraciones, otras destellos de párrafos de mi futuro texto. A veces complejas, a veces absurdas, a veces ingenuas. Un caos.
Volviendo al principio, les decía que, cuando repaso mi biblioteca, encuentro a veces este tipo de notas olvidadas en los libros. El domingo pasado, por ejemplo, comprobé que en el ejemplar de La Tierra permanece había unas cuantas. Recordé perfectamente qué hacían allí. Cuando leí La carretera, en el año 2007, pensé que sería una buena idea hacer una comparativa con una obra de temática similar perteneciente al género. En algunas webs especializadas norteamericanas comenzaban a equiparar el libro de Cormac McCarthy a Cántico por Leibowitz, la magnífica novela de Walter M. Miller Jr., quizás por el indudable parecido entre sus escenarios, pero a mí me pareció que daría más juego la comparación con el clásico escrito por George R. Stewart, una de las obras esenciales del subgénero postapocalíptico. Las dos novelas mostraban personajes itinerantes, pero tenían múltiples puntos de contraste. Decidí releerla y comparar impresiones con las que ya tenía anotadas de La carretera, bajo el objetivo de escribir algo al respecto. Y ahí se quedó, en el limbo de los proyectos olvidados. Ahora leo las notas que tomé durante la lectura y me doy cuenta de que no recuerdo la procedencia de algunas frases, así que no puedo darles uso. ¿O tal vez sí?
A veces olvido la libertad que da un blog. Es un rincón de tu propiedad, una finca privada en el planeta internet: tu casa. Puedes hacer lo que te plazca en él, así que, ¿por qué no? A continuación tienen ustedes la transcripción de las notas que tomé en su día sobre La Tierra permanece, seguidas del proceso de hilación y destilado al que posteriormente las someto. Seguramente, esto no interese a nadie. O puede que sí. Puede que algún chaval que esté empezando a escribir sobre sus lecturas, ante la carencia de material teórico sobre esta actividad, lo encuentre útil. Puede que alguien tenga curiosidad por conocer el proceso interno de construcción de mis reseñas, como yo tengo interés por conocer esa mecánica en las de los demás. Con esto no pretendo enseñar a nadie cómo hacer una reseña. Como dije, cada uno tiene su sistema, pero estoy convencido de que la toma de notas está presente en todos ellos, sean estas complejas, sofisticadas, ingenuas, caprichosas o simples.  Esto que viene a continuación es mi método. Así es como yo lo hago, sólo eso.




  • Mala traducción, sudamericana: refrigeradora por nevera, señales de tránsito por señales de circulación. Sin duda el mal más acusado de la Minotauro de Porrúa.
  • La portada es cojonuda. Esa imagen de los cimientos del Golden Gate sobre secano es fascinante.
  • Con la amenaza del cambio climático el subgénero postapocalíptico se vuelve a poner de moda. Salvo excepciones como THE ROAD, el subgénero ha caído en manos del best-seller. En los años posteriores a la IIGM y en los pertenecientes a la Guerra Fría el peligro nuclear también aumentó el miedo por el fin del mundo, que no sólo venía de la mano de la bomba atómica. La cf fue pródiga en tales obras.
  • La esencia de la cf está en los finales de los 40 y todos los 50. Sencilla, sin barroquismos. Los personajes y el medio, y el sentido de la maravilla en lo simple.
  • Ante la evidencia de que antes de llegar al espacio habrá que solucionar los problemas que tenemos en casa, la cf espacial, tan en boga en sus orígenes cuando la esperanza de progreso parecía infinita, ha perdido el interés que tenía antes para el público general.
  • La nube púrpura, Soy leyenda, The Road.
  • PREVALECE.
  • El comienzo del último párrafo de la pág. 36 es un buen resumen del tipo de traducción. "De pronto pensó en el teléfono. Levantó el tubo y oyó el zumbido familiar. Discó un número; cualquier número."
  • Ya desde el principio pasajes breves para el recuerdo: el "entierro" del alcoholizado en una sepultura automovilística, entre mantas; la conquista del protagonista por parte de una perrita abandonada; un luminoso que sigue anunciando intermitentemente en la noche de la desierta ciudad. No llega a Bradbury en el tono lírico, de todas formas.
  • El rebaño aún cuidado por dos perros, ya sin su amo. La travesía del desierto es evocadora.
  • No hay género novelístico al que le siente mejor el lirismo elegíaco que a la cf. La Tierra permanece, Crónicas marcianas, Ciudad...
  • Canto a la madre Tierra.
  • Sólo los parásitos echarán en falta al hombre.
  • Cuando el hombre no esté. Recuerda al cuento de Bradbury de Crónicas marcianas. Los procesos naturales continúan, pero sus creaciones se degradan.
  • Al contrario que SHIEL, pasa de puntillas sobre el tema religioso del hombre.
  • Los incendios, las hormigas, las ratas, el apagón.
  • El fin del mundo pone las cosas en perspectiva. Igual que en la enfermedad vemos la pequeñez de nuestras cuitas diarias, la agonía del mundo delata la estupidez de las convenciones sociales. En un pasaje simple pero maravilloso, ella le confiesa llorando que le ha mentido, que es mulata. La reacción de él al soltar una carcajada coincide con la del lector, que se da cuenta del absurdo.
  • Situados a lo largo de la narración, alternándose con ella, breves párrafos en cursiva describen la lenta agonía del mundo creado por el hombre: sus animales domésticos, sus plantas, sus objetos ahora abandonados. Suman de forma decisiva para conformar el tono elegíaco de la historia. Bellísima. El entorno es el fin fundamental, la Naturaleza recuperando lo que el hombre le había quitado.
  • STEWART se descubre como un gran optimista. Su concepto del hombre es esperanzador. Aunque remarca la bajeza intelectual de la mayoría de la Tribu, sus actitudes morales siempre invitan a la esperanza. No hay peleas entre ellos, ni envidias, ni adulterios, ni gusto por el alcohol. Es decir, el ser humano desprovisto de la civilización actúa tan limpia y honestamente como los animales. Esa visión edulcorada desvirtúa ligeramente el argumento. Los bajos instintos del hombre, parece decir, provienen de la civilización, no de su esencia. Y sin embargo, la civilización es el objetivo final a alcanzar, porque también es la máxima expresión y logro del hombre.
  • "Pero hemos honrado a los muertos, y cuando dejemos de hacerlo, no seremos hombres." Emocionante párrafo que acaba así. Tras el funeral de Joey. La cruda realidad raras veces sigue los planes de los hombres. El elegido muere.
  • A pesar de que ISH niega que para él el martillo sea un símbolo, sí que lo es. ¿De qué?
  • La llegada del extraño, su asesinato como primer hecho de Estado, su vuelta a la Universidad, los libros bajo el polvo. En un futuro sin lectores, ¿de qué sirve? ¿No sería mejor quemar todo y comenzar un nuevo mundo? El protagonista de LA NUBE PURPURA quemaba por megalomanía, él estaba solo, y eso hace la diferencia.
  • Somos animales sociales con idea de progreso. La vida del protagonista, lo que le espera, cambia cuando decide tener un hijo. De pasar el resto de su vida sobreviviendo en soledad, aislado de los demás supervivientes, a volver a edificar una sociedad humana, una civilización que acoja y dé sentido a la vida de su hijo. Eso, el tener un objetivo, le devuelve la esperanza y la fe. Somos más en conjunto que como individuos.
  • El último párrafo de la p. 239 se puede integrar en The Road. "¿Y los pumas, los osos, los toros salvajes? Los toros que incluso parecían despreciar al hombre, como en otros tiempos."
  • "Sin valor, la vida es una muerte lenta."
  • La parte final me ha emocionado aún más que cuando la leí con menos años, porque ahora tengo una perspectiva cercana sobre la vejez de la que entonces carecía. Otra prueba más de que se trata de gran literatura, pues no se disfruta más de jovencito, como mucha cf, sino al contrario; y por otra parte, no es literatura de ideas, sino de personajes, otra prueba más del error de considerar la cf como tal cosa.

Como ya adelanté, hay de todo. Citas, pequeños discursos, impresiones, reflexiones, palos y alabanzas; lo que la lectura va despertando en mi cabeza en diferentes momentos. A veces se puede adivinar, incluso, el estado anímico que me provocan las sucesivas páginas. Suelo dejar un par de días para reflexionar sobre generalidades, ya saben: de qué va el libro en realidad, qué temas aborda y cómo está escrito. Bajo el paraguas de las conclusiones finales intento después hilar lo anotado. Si les parece, probemos a elaborar un hipotético borrador.
Sin duda, habrá un apartado para el tema de la traducción, título incluido. La ilustración de cubierta exige citar a Ballard. Los diversos puntos discursivos..., si los puedo aprovechar en algún párrafo, bien; si no, a la papelera. Puedo compararla con otras obras, hacer hincapié en su tono elegíaco y calibrar su lugar entre las novelas de mayor lirismo que ha dado el género. Buscaré y encontraré que el título del cuento de Bradbury es Vendrán lluvias suaves. Tengo suficientes pasajes apuntados sobre los que pensar, reflexionar si suman algo más grande entre ellos, por qué están ahí, y qué me dicen de los personajes. Citar el optimismo será fundamental en la reseña, porque sitúa al autor en el extremo conceptual opuesto a La carretera. Los paisajes exteriores también son contrarios. La ciencia ficción suele ser bastante pesimista, así que me resulta muy curioso el hecho de que la obra perteneciente al género en esta ocasión no lo sea, y sin embargo, la obra de McCarthy, del escritor "de fuera", sí. Esta parte me encanta, porque es de este tipo de conclusiones desde donde puedo ponerme a investigar y teorizar.
El tema religioso y el respeto por la Naturaleza, quizás la misma cosa, tendrán su cabida. Pensaré qué simboliza el martillo. Y desde luego, una de las partes fuertes del texto habrá de ser el mensaje político de la obra, la difícil conciliación entre su aparente elogio de la sociedad como sublimación del hombre y su crítica a la civilización moderna. Eso me remite a Aristóteles y su "animal social" por un lado, y me da la posibilidad de complementarlo con el "hombre como lobo para el hombre" de Hobbes, una subtemática permanente en los postapocalìpticos, lo cual me obliga a profundizar en los conceptos descritos por ambos filósofos. También está el tema de la perpetuación, de darle sentido al futuro sólo a través de los hijos. Y sin duda el tema final de la vejez dará para más conclusiones (el problema que tendría actualmente es que esta parte es una de las que ya no recuerdo). Para la parte estilística mencionaré las cursivas como elemento diferenciador de los pasajes en los que se describe la naturaleza. Finalmente, recordar una vez más y con un ejemplo de primera mano que la cf no es sólo literatura de ideas es siempre una buena forma de acabar una crítica.
Tras este proceso de unión y ampliación de lo recogido en las notas viene el análisis personal, la manera de desarrollar y dar sentido unitario a todo esto. Por supuesto, es necesario tener unos conocimientos mínimos de redacción para poder presentar todo en condiciones óptimas al lector. El uso del diccionario es imprescindible. El estilo de escritura es importante, aunque no tanto como que todo esté correctamente escrito. Estimo que con el mío esta reseña se irá hasta las 1500 o 2000 palabras. Luego la repasaré varias veces, y le daré vueltas a más de una frase, y borraré otras cuantas. Sólo después de este largo proceso la criatura estará lista para ser presentada a los posibles lectores, que la leeran o no, le encontrarán utilidad o no y coincidirán con ella o no.
Así es como hago yo lo que hago. Todo el proceso de elaboración descrito es posible gracias a la toma de notas. Sin ellas podría hablar de generalidades, de si los personajes están bien o mal y de cuánto me ha gustado la obra, pero nada más, no habría en mi análisis mayor profundidad que en una palangana. La toma de notas, como la reescritura en la narrativa, son fundamentales. Quien quiera tomarse esto de la crítica/reseña/comentario de libros en serio deberá tenerlo muy presente.






jueves, 24 de octubre de 2013

Últimos días en el Puesto del Este, en C

No sé si les ocurrirá lo mismo, pero cada vez que cometo un error de esos que te sacan los colores, lo que se conoce vulgarmente como una metedura de pata, el recuerdo de la escena me persigue durante mucho tiempo. No hablo de la escritura, sino de la realidad, eso que todavía existe más allá de nuestros ordenadores. No recordaba ya la última vez que caí en una, así que tenía que haberme imaginado que el cosmos pronto se iba a equilibrar. En mi última visita a la Feria del Libro por fin sucedió. Tenía una lista mental de compras posibles, y dos libros marcados como obligatorios. Uno de ellos era Últimos días en el Puesto del Este, la novela corta escrita por Cristina Fallarás.
No recuerdo si fue por la mañana o por la tarde, sólo que tenía prisa. A mitad de recorrido, divisé la caseta de Salto de Página, y viendo que en esos momentos no tenía visitantes, aceleré el paso para poder buscar el libro con tranquilidad, algo que en muchas ocasiones es muy difícil debido a la aglomeración de gente. Los apelotonamientos enfrente de los puestos suelen ser mayúsculos, así que quise aprovechar la coyuntura para despachar la compra con rapidez. Ni me fijé en los carteles, la verdad. Llegué por la parte izquierda y bendije mi buena suerte: estaba repleta de ejemplares del libro que quería comprar. Creo recordar que la dependienta me dijo hola alegremente, y que yo respondí por reflejo, sin mirar. Agarré uno de los volúmenes, comprobé que estaba en perfecto estado, lo olisqueé como hago siempre, y se lo planté en la mano a la vendedora con un sonoro "¿cuánto es?". Hubo un pequeño silencio, o al menos así lo recuerda mi mente, quizás por dramatizar la cagada, y a continuación, Cristina Fallarás, con el rostro y el cuerpo de Cristina Fallarás y el libro en la mano, me dijo: no soy una vendedora, soy la autora.
Bien, les ahorro el detalle de los balbuceos posteriores para no aburrirles, pero estuvieron a la altura de lo que los había causado. Afortunadamente, la escritora tiene un talante estupendo, bromeó conmigo, intentó quitarle hierro al asunto y escribió una dedicatoria en el interior de mi ejemplar que conservaré en los años venideros como si fuera oro en paño. No les diré cuál era el texto de esa dedicatoria, pero sí que tenía mucho que ver con lo que uno va a encontrar dentro de la novela. Una vez leída, no me cabe duda de que aquello era cierto. Si les interesa echar un vistazo a las conclusiones que saqué tras su lectura, pueden leer la reseña que basándose en ellas ha escrito Santiago L. Moreno para C, la estupenda web de crítica literaria.
Aquí: Últimos días en el Puesto del Este.


domingo, 4 de agosto de 2013

Imágenes de cf. XIX

"Poco después de medianoche hubo un visible incremento de la deflagración, cuando por todas partes empecé a ver edificios que lanzaban llamaradas hacia el cielo, entre grandes hurras de entusiasmo, cinco, diez, veinte y cuarenta, todos a la vez; hasta donde alcanzaba mi vista, saltaban, se detenían un momento, caían, mientras mi espíritu experimentaba misterios de la sensación cada vez más profundos, estremecimientos más dulces. Disfrutaba de mi placer despacio, a sorbitos. Cuando algún ángel de llamas más alto que los otros se alzaba para mantenerse con los brazos extendidos, y desparramarse después, me levantaba un poco y le aplaudía, como si fuese un actor, o me ponía a dar voces, llamándoles con nombres de mujer, "más alto, Polly, loca", "salta, Cissy, que eres una pulga", o "estalla, Bertha": porque ahora era como si viese el pandemonio a través de unas gafas rojas, el aire espantosamente caliente, mis ojos como los de quien mira detenidamente el corazón de calderas ardientes, y un picor que corría por la piel. Hubo un momento en que me puse a tocar en el arpa la Cabalgata de las Walkirias, de Wagner.





Hacia las tres de la mañana alcancé la cima de mis perversas delicias, los párpados borrachos se me cerraron de placer, y mis labios se abrieron en una sonrisa babeante; una sensación de ansiada paz, de poder sin límites, me consolaba: porque todo lo que alcanzaba a ver, entre lágrimas, juntando sus cien mil truenos, y rugiendo al sur con la voz de su tormento más allá de las nubes, se tambaleaba hasta el horizonte como un océano de fuego sin humo, en el que jugaban y se bañaban todos los que habitan en el Infierno, entre gritos, carreras y algazara; y yo —el primero de mi especie— había enviado una señal a los planetas más próximos."



jueves, 25 de julio de 2013

Evgueni Ivánovich Zamiátin. Nosotros

Enlazando con la entrada anterior, en la que cargaba contra la espantosa adulteración a la que se está viendo sometido el término "distopía" (que al paso que vamos acabará por sustituir al mismísimo "ciencia ficción"), me es obligado rescatar la siguiente reseña. ESTO, señores, es una verdadera distopía.



En las conferencias recogidas en el libro En torno a la literatura, el autor chino Gao Xingjian defiende el concepto de “literatura fría”. Según proclama, el escritor no debe estar sujeto a obligaciones ideológicas de ningún tipo, ni propias ni provenientes del Estado. El escritor ha de verse libre de este tipo de presiones para poder realizar el acto de creación literaria de la forma más pura, ajeno a utilitarismos, con una total autonomía. Este concepto de la escritura cobra aquí relevancia tanto por sus implicaciones como por la singularidad de quien lo propone, el único autor chino premiado con el Nobel de Literatura, obligado a emigrar por motivos ideológicos. El régimen comunista, incómodo con las innovaciones formales que introducía en sus obras, puso bajo vigilancia “cultural” a Gao Xingjian, quien tuvo que andarse con cuidado tras la denominada “campaña contra la contaminación intelectual”. Su transgresión no era política, sino cultural, pero no le dejaron otra opción que el exilio.
La biografía de Evgueni Ivánovich Zamiátin coincide en muchos puntos con la peripecia del Nobel chino, sobre todo en lo relativo a la compartida visión del acto literario y a que por ella se viera obligado a abandonar su patria. Abocado al exilio a causa de las reacciones políticas y culturales que provocó su obra, el ruso estaba también convencido del predominio de la propia literatura sobre cualquier servidumbre ideológica. Su vínculo con los Hermanos Serapion, comunidad defensora del arte por el arte como hecho ajeno a compromisos políticos, es un ejemplo más de que el Zamiátin escritor no reconocía débitos literarios con el aparato ideológico de la Revolución. Lo principal para él era la literatura. La singularidad de ese principio, sumada a hechos vitales de su biografía tales como el historial de exilios previos y su ambición viajera, dio a Zamiátin la imagen de un intelectual atípico, sospechoso para el Estado y la sociedad rusos.
El gran pensador marxista León Trotski, autor de Literatura y revolución, daba gran importancia a la relación entre los nuevos autores y el compromiso revolucionario. En su ensayo habla precisamente de Zamiátin y su obra Los isleños describiéndolo como un sujeto poco convencional y un escritor obsesionado por los elementos formales.

A decir verdad, el tema lo cogió de los ingleses. Zamiatin los conocía y los pintó bastante bien en una serie de esbozos no malos, pero sí superficiales, como buen extranjero observador y de talento que no tiene pretensiones especiales. (…) Aunque Zamiatin es aquí más sutil, tampoco alcanza gran profundidad. Después de todo, él mismo es un “isleño”, habitante de una isla muy pequeña de la Rusia actual.
Escriba sobre los rusos de Londres o sobre los ingleses de Leningrado, Zamiatin sigue siendo un emigrado interior. Por su estilo, algo ampuloso y exponente de las buenas normas literarias que le son propias (y que rayan con el esnobismo), Zamiatin parece haber sido creado para enseñar a los círculos de jóvenes “isleños”, instruidos y estériles.

Así lo presenta Trotski: ajeno al sistema y responsable de una literatura, aunque sofisticada, no comprometida, estéril, carente de prestancia ideológica. Este último punto es fundamental, pues incide en esa obligatoriedad política situada en el extremo opuesto al que comparten Xingjian o Zamiátin, y que escritores como Jean-Paul Sartre (“La literatura es sólo una excusa para el compromiso político”) o George Orwell (quien cargando de contenido político los descubrimientos de Zamiatin crearía 1984, la distopía definitiva) consideraban fundamental. En su ensayo, Trotski sentencia como falsa la postura del autor no involucrado en la realidad sociopolítica del momento.

El rasgo más peligroso de los “Serapion” es su jactancia de carecer de principios. Eso es estupidez y tontería. Como si pudieran existir artistas “sin tendencia”, sin relaciones definidas con la vida social -aunque estén implícitas y no se formulen en términos políticos-.

El escritor, en respuesta a las críticas recibidas por Nosotros y a la persecución ideológica a la que fue sometido tras su publicación, acusó a sus detractores de no haber entendido la novela. Contra las premisas propias del formalismo ruso del que Zamiátin era simpatizante, Nosotros fue considerada como una herramienta al servicio de las ideas sociales y políticas del escritor. “Ideas” tremendamente subversivas, para algunos contrarias a la Revolución, pues aunque la novela cuenta con varias posibilidades de abordaje, es el carácter distópico lo que resalta sobre el resto. Así, el estado totalitario que presenta la novela resultó para muchos identificable. Zamiátin tuvo que pedirle a Stalin la merced del exilio para evitar algo peor. Murió en Francia, pocos años después, dejando para la posteridad, además de una obra ingente, la primera gran distopía de la literatura del siglo XX.
Al margen del debate intencional, el contenido político en Nosotros salta a la vista. Aunque la novela ofrece diversos niveles de lectura, el punto de interés se centra en su carácter distópico. El protagonista, D-503, es poco más que un número en una sociedad homogénea conformada por individuos que han renunciado de forma casi total a su individualidad. La privacidad no existe, excepto para la relación sexual, un corto periodo de tiempo al día en el que, como excepción, se pueden correr las cortinas del hogar y ocultar tu actividad a los demás. El fin principal de la sociedad es la producción, llevada a cabo bajo la doctrina taylorista, una teoría real basada en la organización científica del trabajo defendida por Frederick Winslow Taylor en su Principles of Scientific Management (1911). Los ciudadanos, considerados sin rubor simples números, rinden pleitesía a la figura del Gran Benefactor, el dictador de facto de un Estado en el que se glorifica la razón en la misma medida que se condena la imaginación como fuente de todo mal.
El enfrentamiento entre estos dos elementos aparece en la novela ya en su primer capítulo, titulado ANOTACIÓN NÚMERO 1. La Integral, uno de los motivos centrales de la historia, es el cohete que llevará el “bienhechor yugo de la razón” al cosmos, a los habitantes de otros mundos. El Periódico Estatal pide a todos los números la escritura de poemas y odas que loen la grandeza del Estado Único y la felicidad matemáticamente infalible que proporciona, que compongan versos sobre la mayor obra de ingeniería realizada. La matemática como símbolo de perfección, de imposibilidad de error, está muy presente en los capítulos del diario que escribe D-503. El lector la verá enfrentada al caos incontrolable de las emociones, formando parte de una dualidad que acabará por desestabilizar la cabeza y la vida del pobre y patético ingeniero.
Antes de entrar a analizar el escenario que presenta Nosotros, tanto en el aspecto político como en lo social, hay que tener en cuenta que la voz narrativa con la que Zamiátin acerca ese mundo distópico al lector, mediante un diario escrito, tiñe de subjetividad el contenido de la historia y pone en duda su veracidad. El lector no es testigo de la realidad del Estado Único, sino de la visión que de él tiene D-503. Y eso es sumamente importante, no sólo por la evidente carga de parcialidad que conlleva, sino porque el responsable técnico de la construcción de la Integral es, además, lo que podríamos catalogar como, seré explícito, un lechuguino. El protagonista, ingeniero como el propio Zamiátin, es presentado como un hombre inflexible, alienado, entregado al sistema. Su enfrentamiento al Estado, su vulneración de las normas, no partirá de una reflexión moral, ni de nuevas inquietudes políticas, sino del motivo más prosaico imaginable: el encaprichamiento amoroso.
Todas las convicciones previas del ingeniero, tan convincentemente descritas en los primeros capítulos de su diario, son dejadas de lado debido a la arrolladora fuerza de la pasión. El protagonista, tan estirado como intransigente, se sumerge en un proceso de acercamiento obsesivo a I-330, una mujer a la que conoce por casualidad. Ella le arrastrará, sin que él llegue a ser siquiera consciente de ello, hacia la insurrección. No hay en el protagonista una toma de conciencia, ni siquiera un atisbo de rebeldía contra el sistema. No es mas que una herramienta neutra utilizada por los auténticos revolucionarios de la novela. Incapaz de pensar por sí mismo, para él sólo tienen sentido los preceptos que le llegan por los medios de comunicación de masas del Gran Benefactor, el dogma estatal. Cuando finalmente lo transgrede, es para poder cobrar su recompensa carnal.
La relación entre ambos números es, de hecho, más física que romántica. El narrador alude a aquello que le fascina de forma velada, como quien estuviera reconociendo la caída en lo pecaminoso. Las alusiones a sus labios y al triángulo que conforma su frente, a su cuerpo cada vez que rememora sus instantes con ella, son frecuentes. La lucha interior de semejante individuo, estirado, contradictorio, débil, patético en suma, choca con la realidad distópica exterior con cierta sorna, dando una sensación de humor inteligente bajo la superficie sin cuya patencia la lectura de Nosotros pierde contexto y significación. Un humor con más de un matiz, que se torna sarcástico en los párrafos en los que el protagonista ataca la creencia católica y sus inconsistencias, ridiculizándola en contraposición a los logros del Estado Único. Fernando Ángel Moreno, autor de la extensa introducción a la obra, señala en ella, precisamente, la importancia que cobra el humor en esta novela, imprescindible para hacer una lectura apropiada en su conjunto. Es quizás esta parte la que los críticos rusos no entendieron, un clavo más en el ataud de amargura que debió sentir Zamiátin a su alrededor tras su aparente fracaso.
En cuanto a la característica por la cual Nosotros perdurará en la historia de la Literatura, esto es, su cualidad distópica, cabe resaltar su condición seminal dentro del subgénero. Esta novela no es sólo la primera gran distopía del siglo XX, es también, por influencia y presencia de algunos de sus elementos en obras posteriores, la madre de todo un subgénero. Y sin embargo, se puede afirmar que la construcción de la anti utopía en Nosotros es casi minimalista. Apenas se conocen detalles de ese Estado Único más allá de quien lo gobierna y del resultado principal de sus acciones, el sometimiento agradecido de sus habitantes a la muerte de la individualidad y a la lógica como motor de la producción. Las paredes de las casas son transparentes, y la ciudad está encerrada tras un muro que protege a sus habitantes del barbarismo creado por antiguas guerras. No hay nada más. Ese estado totalitario apenas está bosquejado. Y sin embargo, imprime su sello con fuerza en la mente del lector.
La descripción que se hace de esa sociedad en la novela es casi una generalización. Apenas se dan detalles de ella, sólo pequeñas particularidades que atañen al protagonista, evidencias de su admiración por la belleza de un Estado cuasi matemático, pero son pocos los hechos en los que se ve envuelto. El lector recibe la información sobre el Estado Único de una sola fuente, a través de los rendidos escritos en el diario, y es precisamente la alienación de quien los escribe el elemento que permite adquirir una lectura correcta de la magnitud distópica de esa sociedad. El ideario reflejado por D-503 en sus escritos, su percepción del Estado, más que elogiosa, ditirámbica, obliga a realizar una doble lectura. La ironía subyacente en el exagerado tono del ingeniero delata una realidad opuesta, la de un sistema totalitario del que no son necesarias más descripciones. El pensamiento de los rebeldes no llega a estar nunca al alcance del lector, ya que ni I-330 ni S-4711, por motivos evidentes, hacen partícipe de él al protagonista.
Tampoco hay mucha peripecia en la novela. No es este un libro extravertido, abierto a grandes acciones. Prepondera el contenido ideológico. Pocos acontecimientos de relevancia suceden en sus escasas 200 páginas: contadas visitas a una casa antigua, otra al exterior del muro y el corto viaje de prueba de la Integral. No hay nada más. Y sin embargo, el contenido de la novela resuena alto y claro en la cabeza del lector. Gracias a esa escasez de elementos, a la parquedad en los detalles que conforman ese Estado totalitario, la obra ha atravesado casi una centuria manteniendo su vigencia, a salvo de las inconsistencias y exageraciones que han acabado con otras distopías más explícitas. De hecho, como señalé antes, se la puede considerar como la madre de las grandes obras posteriores con las que el subgénero ha ido poniendo sobre aviso a la Humanidad.
La influencia de Nosotros en novelas como Un mundo feliz, Farenheit 451 y 1984 es bastante evidente, no sólo por el reconocimiento explícito de sus autores, sino porque en ellas se pueden encontrar materiales semejantes a aquellos con los que Zamiátin creó su obra. Aunque es cierto que hay obras anteriores que tratan la misma temática, en Nosotros se establecen las bases definitivas de la anti utopía, un Estado futuro que el sistema de gobierno asegura perfecto, pero que en realidad se asienta sobre la eliminación de los elementos de libertad o humanidad que definen al ser humano. En definitiva, la distopía se instaura por definición como el reverso de la utopía, como una utopía falsa. Esa circunstancia se revela meridianamente clara para cualquier lector que se aventure en la lectura de Nosotros. Así lo fue, desgraciadamente, para los críticos marxistas.
La guinda de este magnífico libro la pone su impecable edición. Nosotros es el tercer número de la nueva colección de Cátedra dedicada a las letras populares. La ilustración de cubierta corresponde a un sello de 1967, año del lanzamiento de la primera Soyuz, conmemorativo de la exploración espacial soviética. La traducción es nueva, directa del ruso, a cargo de Alfredo Hermosillo y Valeria Artemyeva. Y como es norma en la prestigiosa editorial, la novela viene complementada con un extenso artículo de 90 páginas escrito por el teórico de la literatura Fernando Ángel Moreno, uno de los mayores expertos españoles del género. Si bien es más que discutible la inclusión de algún nombre y subgénero en el estudio sobre las distopías, el análisis tanto de la vida como, especialmente, de la obra de Zamiátin (aborda el estudio de Nosotros desde diferentes niveles de lectura e interpretaciones: cristianismo, psicología, política...), lo convierte en un texto de acompañamiento imprescindible, el mejor ensayo español de ciencia ficción publicado en 2011.
Quizás no sea esta la mejor novela distópica del siglo XX (este honor le corresponde a 1984, por su confección extremadamente compleja y visionaria de un Estado anti utópico), pero se trata sin duda de una obra extraordinaria. En el cuarto punto de su ensayo “Por qué escribo”, George Orwell, precisamente autor de 1984, distopía deudora de Nosotros, asegura que lo hace en gran medida por propósitos políticos. Escritores como Evgueni Ivánovich Zamiátin y Gao Xingjian intentaron ejercer su oficio ajenos a esos propósitos, pero fueron juzgados precisamente por ellos. Desde nuestra actual perspectiva, pocos podrían negar que en el fondo de una novela como Nosotros y detrás del premio Nobel concedido al escritor chino refulge el hecho político. Una vez más se demuestra que la obra del escritor, al igual que hace un hijo, se libera de sus padres al llegar a cierta edad y se convierte en un ser independiente.



Esta reseña fue publicada originalmente en la web Prospectiva.

martes, 23 de julio de 2013

El nombre de la cosa

En un determinado momento de la película Parque Jurásico, el matemático Ian Malcolm, personaje interpretado por el actor Jeff Goldblum, asegura muy convencido: "la vida se abre camino". Es una frase que suelo utilizar como ocurrente comodín cuando me encuentro con un conflicto que, sospecho en ese momento, se acabará resolviendo por sí solo. Generalmente el tiempo me da la razón; en muchas ocasiones, para mi infortunio. Hace años, por ejemplo, que andamos buscando una nueva nomenclatura, algo que sustituya al malhadado término "ciencia-ficción" con la idea de acercar este tipo de literatura a los lectores y críticos externos. Durante décadas, el deseo de encontrar un sustituto a la palabreja, causante de evidentes gestos de disgusto en los rostros ajenos, ha suscitado enconadas discusiones en el fandom. A mí, la verdad, nunca me preocupó mucho esta historia, siempre pensé que la cuestión se acabaría solucionando por sí misma, que cuando los grandes autores comenzaran a utilizar las temáticas y escenarios propios del género, la vida se abriría camino.
Cuando a mediados de la pasada década la cf comenzó a ser tratada (por fin) con legítimo interés fuera de sus fronteras, Julián Díez propuso el término Prospectiva, y Fernando Ángel Moreno se sumó a esa propuesta aplicándole sus propios matices (les recomiendo que lean los dos artículos de Díez incluídos en los números 2 y 10 de la revista Hélice). Aquello tuvo continuidad en una web, Prospectiva, y un libro, Teoría de la literatura de ciencia ficción, y algunos de ustedes recordarán incluso la pequeña guerra que propició lo que en realidad no era mas que una nueva corriente de pensamiento, abierta como todas a discusión. En el fandom siempre se ha preferido la bronca al debate, eso es un hecho, así que la cosa no ha dado (aún) los frutos deseados. Personalmente, no me adscribí al movimiento porque siempre pensé que el término ciencia ficción, con su mala fama, sería dado de lado por las editoriales y críticos generalistas, pero que, tal como se iba demostrando con cada novedad que aparecía en las librerías, las etiquetas que emplearían no serían nuevas, sino que bajarían al nivel siguiente y utilizarían los subgéneros propios de la cf como definición y asiento particular de cada obra.
Así fue. De repente las librerías se llenaron de thrillers futuristas, parábolas post-apocalípticas, historias alternativas y todo tipo de imaginativas mezclas que jamás habíamos visto. Por supuesto, al lado de ellas nunca aparecía el término ciencia ficción, cosa, en mi opinión, irrelevante. Era una manera válida de reconocer a la bicha sin nombrarla. Jamás me he sentido talibán en esto de las denominaciones. Cuando los tebeos se convirtieron en cómics me pareció bien, y cuando estos lo hicieron en novelas gráficas me pareció aún mejor, puesto que empezaron a ser leídos por personas que antes no lo habrían hecho. Eso amplió el universo del arte secuencial, sobra decir que para mi propio beneficio. Pensé que con la ciencia ficción ocurriría lo mismo, pero claro, olvidé las palabras de Ian Malcolm que precedían a las anteriormente citadas:
"John, el tipo de control al que usted aspira no es de ningún modo posible. Si algo nos ha enseñado la historia de la evolución es que la vida no puede contenerse, la vida se libera, se extiende a través de nuevos territorios y rompe las barreras dolorosamente, incluso peligrosamente, pero así es."
Así es, sí. Vean si no.
Saben que hace escasamente un mes falleció Richard Matheson. Algunos de ustedes recordarán que le dediqué una entrada a tan funesto acontecimiento. Como ocurre siempre que muere alguien de cierta notoriedad, el diario El País lo mencionó en la sección de obituarios. Allí fue donde me di de bruces con el aborto que pueden ustedes encontrar en la foto que tienen abajo: fantasía distópica.
Soy leyenda.
Fantasía.
Distópica.
...
Lo reconozco, me quedé corto. Jamás supuse que llegarían tan lejos, no sólo a sortear el nombre del género, sino a intentar cambiar la definición de sus categorías temáticas, la propia historia de un género literario con miles de obras a sus espaldas, una taxonomía asentada tras más de cien años de recorrido. No me enfado por lo anecdótico, porque un ignorante tilde de fantasía y distopía a la vez lo que no es ni una cosa ni la otra, sino uno de los mejores post-apocalípticos que ha dado la ciencia ficción. No es eso. Jamás he dicho nada cuando la han catalogado como novela de vampiros, porque eso sí cuela. En realidad, me indigno porque esto es sólo un guijarro más en una playa de burradas. Busco en Google, y para "fantasía distópica" me salen más de 7.000 resultados, y cada día que miro, la cifra sube. El escritor Emilio Bueso gana el premio Celsius con su novela apocalíptica de futuro cercano Cenital y corre presto a calificarla como distopía. Toda obra literaria o cinematográfica que transcurre en el futuro es presentada ahora mismo como distópica. El horror, el horror...
Esta aberración proviene, se lo pueden imaginar, del éxito obtenido por Los juegos del hambre, la novela que inicia la trilogía precisamente distópica de Suzanne Collins. Sucede que, para abrirse camino, la industria elige siempre los senderos del dinero. El petardazo de esa serie provocó un estallido de novelas distópicas en el sector de lo que los norteamericanos llaman young-adult, literatura para jovenes en proceso de maduración mental. El término distopía empezó a ser identificado, por una suma de ignorancia, falta de respeto y sentido del negocio, con el futuro, fuera éste del signo que fuera. Vendía, daba dinero, y sonaba bien como sustituto del punto temporal en el que sucede la mayor parte de la ciencia ficción. Suena mejor que futurismo y demás sinónimos, pero lo cierto es que es una simplificación vergonzosa de lo que verdaderamente significa esa palabra.
En realidad, el término "distopía" fue acuñado por John Stuart Mill en la segunda mitad del siglo XIX, y es normal que naciera de la mente de quien fue parlamentario, economista y filósofo, pues en esencia reúne política, economía y pensamiento.
"It is, perhaps, too complimentary to call them Utopians, they ought rather to be called dys-topians, or caco-topians. What is commonly called Utopian is something too good to be practicable; but what they appear to favour is too bad to be practicable." 
Esas son las palabras de Mill que encontrarán en el Oxford English Dictionary si buscan el significado del término Dystopia. Recurramos a la etimología de la palabra para recalcar aún más su sentido no sólo negativo, sino antitético. Distopía viene a significar "mal lugar" (dis-topos), y nace, como pueden comprobar en el extracto anterior, por oposición a utopía, o sea, "no lugar" (ou-topos). Igual les cansa por sabido, pero quien concibe la utopía tal como hoy la entendemos es Tomás Moro en su libro Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía. El estado soñado como ideal político de perfección. No existe la propiedad privada, todos son iguales, hay libertad religiosa, derecho al voto... Ignoro a quiénes se refiere Mill en la definición antes citada, pero es evidente que los acusa de practicar lo contrario a la utopía, y buscando una denominación para ese nuevo concepto opuesto, inventa la distopía. Osea, una política presumiblemente buena, pero en realidad perniciosa: el reverso de la utopía,
Como ocurre tantas veces, con el paso del tiempo el término va adquiriendo complejidad, pero sin perder nunca su esencia. La ciencia ficción se apropia del concepto y, mediante las historias recogidas en sus obras, le da su sentido final. Las principales distopías del siglo XX no dejan lugar a dudas sobre qué es una distopía. Nosotros, Un mundo feliz, 1984 y Farenheit 451, por citar las cuatro principales, se sustentan en los mismos pilares. Describen sociedades fácilmente identificables como antiutopías o falsas utopías. El Estado somete a sus ciudadanos, se presenta como ideal pero coarta la libertad del individuo. Cada una de esas novelas presenta sus particularidades, pero las cuatro son idénticas en ese aspecto.
La última de estas cuatro novelas se publicó hace ya más de 50 años, y desde entonces el género ha dado un gran número de distopías, y en todas ellas han estado presentes Estados opresores disfrazados de bienhechores, naciones instituidas como falsas utopías. Lean las definiciones de distopía que localicen en los numerosos tratados del género y en todos encontrarán lo mismo. En la "Ultimate Enciclopedia of Science Fiction" de David Pringle, que es la que más a mano tengo, se habla de distopía en estos términos: "a politically nasty place to live (opposite of Utopia, a good place)". La crítica política y social están siempre presentes en una distopía, siempre dimanadas de una lectura inversa de su apariencia. Por mucho que lo utilicen críticos ignorantes desde fuera del género o autores decididos a conseguir una mayor comercialización de su producto, un futuro cercano, un futuro apocalíptico, un futuro, en definitiva, sin esos elementos de falsa similaridad con la utopía, no son distopías. Lo serán algún día si, presos de la indulgencia, nos rendimos y damos pábulo a semejante error. Y luego también al siguiente, hasta que todo se borre y nada quede, y aceptemos comenzar desde cero.
Y entonces, cien años de historia se habrán ido, gracias a nosotros, por el retrete.



miércoles, 3 de julio de 2013

Nuevas publicaciones

Dos viejos amigos virtuales vuelven a ponerse en marcha, al menos de momento. Lo bueno que tienen las publicaciones en internet es, precisamente, que su cierre nunca parece definitivo. El medio permite una suerte de hibernación que, si las ganas acompañan, puede suspenderse en cualquier momento. La web Prospectiva, convertida ahora en Literatura Prospectiva, parece desperezarse y lavarse la cara. La revista Hélice, tras un importante lapso de tiempo, resurge con un interesantísimo nuevo número. Quien esto escribe se alegra por ello, y no sólo porque ambas reapariciones cuenten con textos de mi honorable imitador, Santiago L. Moreno. Aquí les dejo los enlaces por si tienen tiempo y les apetece echar un vistazo:

· Presentación del sello Fantascy, en Literatura Prospectiva

· Reseña de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, de Philip K. Dick, en el volumen II nº 2 de la Revista Hélice, reflexiones críticas sobre ficción especulativa
Reflexiones:
-Hard y Prospectiva: Dos poéticas de la ciencia ficción: Desarrollo del contrato ficcional en dos subgéneros de la ciencia ficción, por Fernando Ángel Moreno
-Drinking up green matter: Ray Bradbury: The Proto-environmentalist in Farenheit 451, por Hayley Keight
-Time paradoxes in science fiction, por Cornel Robu
Críticas:
-Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. Philip K. Dick
-Steampunk: Antología retrofuturista. Félix J. Palma [ed.]
-La nave. José Pablo Barragán 
Doble Hélice:
-Cenital, Emilio Bueso
Textos Recuperados:
-Leimar Garcia-Siino

martes, 25 de junio de 2013

Mi relación con Richard Matheson


Hay escritores por los que no sentimos una especial predilección, autores a los que recordamos por alguna novela puntera o por aquel par de cuentos que nos tocaron la fibra sensible, pero que tampoco nos vuelven locos. En contadas ocasiones sucede que, al repasar su obra, te acaba sorprendiendo cuán presentes han estado en tu vida. Ayer murió Richard Matheson, a quien siempre he respetado principalmente por ser el autor de esa obra maestra titulada Soy leyenda, pero hoy, al hacer memoria, he podido constatar con cierta perplejidad el gran número de veces que me he cruzado con él, o él conmigo, a lo largo de los años.
No tengo muy claro cuándo se dio nuestro primer encuentro, dudo entre dos recuerdos. Uno pertenece a aquellas mitificadas noches de la primera adolescencia en las que, sentado en la oscuridad del comedor, no me perdía ni una sola de las películas que programaban en La clave, el magnífico programa que presentaba José Luis Balbín en el UHF y que tan afín era al género fantástico. La película, en este caso, era El increíble hombre menguante, y muchas de sus escenas quedaron grabadas en mi memoria: la lucha con el gato, la araña monstruosa, aquel discurso final del protagonista tan cercano a los tebeos de trasfondo cósmico que leía entonces...
Aquella pudo ser la primera ocasión en la que me topé con Matheson, a oscuras, sentado en el sofá del salón. O tal vez no. Nuestro primer encuentro pudo también ocurrir en una butaca, en una de las sesiones dobles de El Pilar a las que acudía siempre que lograba estirar la paga semanal (35 pesetas) que por entonces me daban mis padres. El Pilar era uno de aquellos cines de barrio en los que reponían películas bajo el dudoso calificativo de reestrenos a precios que no tenían nada que ver con los actuales. Allí fue donde vi, junto a uno de los muchos productos de la Hammer que tenían al conde Drácula como protagonista, La leyenda de la casa del infierno, a la que yo siempre he llamado "La casa Belasco", por abreviar y por su relación con los tebeos que la editorial Vértice publicaba del Hombre Lobo de la Marvel (Werewolf By Night), que a mí me pirraban y que en la última época de Doug Moench no fueron otra cosa que una indisimulada adaptación de La casa infernal.



Tras aquellos primeros encuentros casuales, yo aún no relacionaba sus obras con el apellido Matheson. Mi verdadera toma de contacto consciente con el escritor fue aquel libro de páginas gastadas que, a mediados de los ochenta, cogí prestado del Bibliobús, una biblioteca móvil cuya llegada yo esperaba con cierta ansiedad tras las sobremesas de los jueves. Soy leyenda me gustó mucho, especialmente porque, a pesar de la apariencia interna de novela vampírica, de terror, era ciencia ficción. Sólo en la relectura de años posteriores me di cuenta de que además era ciencia ficción con mensaje, y de la relevancia de su extraordinario final. Cuando se habla de la mentalidad distinta del lector de ciencia ficción, de su mente abierta, se está hablando en realidad de la influencia de novelas como ésta. Soy leyenda es, sin duda alguna, una de las novelas del siglo XX que mejor han sabido denunciar lo relativo que es el concepto de normalidad.
Siguió pasando el tiempo. Cuando el fenómeno Spielberg barrió el mundillo cinematográfico de los 80, obligando a sacar a la luz sus primeras películas, reconocí, ahora sí, el apellido del escritor a la primera. El diablo sobre ruedas, primer trabajo largo del director norteamericano, estaba basado en un cuento de Richard Matheson, lo cual para mí empezaba a ser ya un signo inconfundible de calidad. La presencia del escritor en los guiones fue, de hecho, lo que despertó mi interés en conseguir capítulos de la serie The Twilight Zone. Desgraciadamente, aún no habíamos entrado en la era de internet, y por muchas gestiones que hice la cosa fue imposible. No volví a leer nada suyo en bastante tiempo, y su nombre fue bajando puestos en mi memoria.
Pero Matheson era pertinaz. Algunos años después, escuchando recopilatorios de las bandas sonoras de cine compuestas por John Barry, quedé fascinado por el tema central de En algún lugar del tiempo, una película desconocida para mí y de la cual comencé a buscar datos (ahora sí, estábamos en la era de internet, gracias sean dadas). Por supuesto, descubrí que estaba basada en una novela de Richard Matheson. Vi la película, me gustó, y decidí prestar más atención en adelante a aquel viejo escritor cuyo principal haber, según decían todos, eran sus cuentos. Afortunadamente, pude comprobar esa afirmación de primera mano, fácilmente. De la noche a la mañana, su nombre comenzó a aparecer con periodicidad por todas partes.



La editorial Valdemar publicó Pesadilla a 20.000 pies, una colección de relatos de terror en la que se incluían algunos de los cuentos de la serie televisiva que en su día no pude localizar. Se llevaron al cine nuevas adaptaciones de su obra, como Más allá de los sueños y Acero puro, se publicaron más antologías e incluso cierta editorial, desgraciadamente no muy de fiar, anunció la publicación de sus cuentos completos. Finalmente, su opus magnum, Soy leyenda, fue llevada de nuevo al cine, con Will Smith en el papel que en su día interpretaran Vincent Price, Charlton Heston e incluso Mark Dacascos. La película era bastante digna, siempre que en el blu-ray le cambiaras el final oficial por el alternativo, claro.
Hace apenas un par de meses, un amigo me dijo que debido a una promoción tenía varios libros repetidos. Me dio a elegir entre la famosa saga de fantasía medieval que parte el bacalao o una selección breve de cuentos de Richard Matheson. No tuve que pensarlo mucho; Martin nunca tuvo posibilidades. Matheson ha estado ahí, insistentemente, a lo largo de todos estos años, dándome toquecitos en los hombros, aumentando en prestigio y presencia continuamente hasta ocupar más espacio en mi vida que algunos de los escritores situados por encima de él en mis preferencias. Ahora dicen que ha muerto, y no logro sacudirme de encima la sensación de que voy a echar mucho de menos esa presencia casual pero continua en los próximos años.