viernes 25 de enero de 2008

Impasse

Según el Diccionario panhispánico de dudas:

Voz francesa que significa ‘situación de difícil o imposible resolución, o en la que no se produce ningún avance’. Su uso es innecesario en español, por existir las expresiones callejón sin salida o punto muerto, de sentido equivalente: «Las posibilidades para encontrar una solución favorable podrían llegar a un callejón sin salida» (Siglo [Guat.] 7.10.97); «Francia es responsable del punto muerto en las negociaciones» (País [Esp.] 11.9.77). A veces se utiliza erróneamente por compás de espera, expresión que significa, simplemente, ‘detención temporal de un asunto’.



Estoy seco. Va a finalizar Enero y no he leído un solo libro en todo el mes; una situación, tal y como le contaba esta mañana a un amigo, inaudita, no vivida en los últimos 25 años. De escribir, como diría el humorista, "ni hablamos".
Y es curioso, porque yo estoy perfectamente. De hecho, bastante mejor que en los últimos tiempos. El canalla de mi subconsciente, sin embargo, parece afirmar lo contrario, así que, por respeto a la gente que se sigue pasando por aquí (algunos a diario, vaya ganas), hago saber que no voy a actualizar este blog durante, al menos, mucho mucho tiempo.
Dejemos pasar los meses y veremos si se trata de un auténtico cul de sac, o si, según el Dpd, he titulado erróneamente esta entrada. Sea como sea, gracias por seguir mis diletancias durante casi dos años.

martes 1 de enero de 2008

Feliz 2008

Siendo éste un blog dedicado a la literatura, no se me ocurre mejor manera de felicitarles el año que con una exquisita muestra de ella. Rafael Marín acaba de colgar en su bitácora el que es en mi opinión su mejor cuento hasta la fecha. Fue publicado en el tercer volumen de "Artifex Segunda Epoca", y en la reseña que escribí para Bibliópolis le dediqué estas palabras: "En un maravilloso ejemplo de cómo hacer literatura de género netamente española, y con un arriesgado estilo narrativo, Marín crea una enternecedora historia de amistad infantil que se sirve del elemento fantástico para recordarnos, además, cuán diferente fue la niñez de nuestros padres de la de nuestros hijos".
Les dejo el enlace y les deseo un buen año.

Una canica en la palmera.

viernes 28 de diciembre de 2007

Por fin, La Guía

Ciencia ficción, novísima guía de lectura
Por fin, con un lustro de retraso, se publica la mil veces anunciada "Novísima guía de lectura de la ciencia ficción". La magnitud del evento viene remarcada, ya que el libro inaugura, además, una nueva colección paralela, Novamás, o lo que es lo mismo, N+. Tras su lectura, se puede concluir que la espera ha merecido la pena.
Si se echaba en falta un poco de picante en el género de la ciencia ficción española, este libro viene a servirlo en dosis superlativas. Desde la provocativa ilustración de cubierta, natural evolución de la que adornaba el volumen precedente, el autor demuestra ya que no teme a nada ni a nadie, y que va a dar su propia visión del tema. Esta aparece, si cabe, más radical que nunca en cuanto a creencias literarias. Conceptualmente, estamos ante una nova de las ideas, un estallido que devora formas y estilos, que arrasa con todo lo que pilla por delante, imponiéndose a las paparruchas y charlatanerías propias de los finolis de la lengua.
El lector se va a encontrar aquí con una selección de las mejores obras que ha dado la cf a lo largo de su historia, hábilmente reseñadas (en todas se incluye el final del argumento) y ecuánimemente escogidas. Todas las compañías españolas del gremio están representadas sin prejuicios, según los libros de interés con que cuentan en sus respectivos catálogos, sin importar cómo se llama la editorial. Ejemplo de lo que digo es que dos de ellas, muy importantes, aportan 3 y 48 libros respectivamente, y ello a pesar de que comparten la misma inicial en sus nombres.
En cuanto al precio, el libro supera los 50 euros, pero esta circunstancia es comprensible si se tiene en cuenta su longitud, ya que consta de más de 300 páginas. La razón de esta exagerada extensión se encuentra en la enorme cantidad de obras reseñadas, en la dificultad que supone incluir el fenómeno de las series (El ciclo barroco, por poner un ejemplo, figura con 8 sesudas reseñas nada menos, una por cada libro editado en España), en el extenso Prólogo de 112 páginas y en el ingenioso epílogo, conformado por 90 páginas en blanco en las que, bajo el título "Sé tú mismo un crítico de ciencia ficción", el lector podrá ir, en años venideros, construyendo, anotación a anotación, su propia visión del género.
En palabras del autor, bastante aclaratorias: "El retraso se ha debido al inabarcable volumen de novedades que estamos viviendo últimamente. Acababa el libro, pero para cuendo éste llegaba a imprenta, ya había 200 nuevas novelas más. Me di cuenta de que la única forma de llevar el proyecto adelante era ponerlo en manos de sus destinatarios, los lectores, y que ellos continuaran el trabajo". Con todo, el capítulo que más espacio ocupa es el titulado "Abdul Hamid II: A mi manera", en el que el autor da su opinión del género actual y obsequia al lector con una visión de futuro que señala los caminos a seguir. De paso, arremete contra los jóvenes falsarios que quieren destruir el orden natural de las cosas con sus absurdas, insufribles y, sobre todo, inmaduras ideas de cuarentones.
En definitiva, todo lo mencionado hace de este libro una lectura imprescindible. Háganse con él (si aún queda algún ejemplar a la venta), y que ustedes lo... gocen.

jueves 27 de diciembre de 2007

Pellizcos

Lo contrario del amor no es el odio, sino el desprecio.

-Eduard Punset-

martes 25 de diciembre de 2007

Connie Willis. El Espíritu de la Navidad y otras historias navideñas

Como todo el mundo sabe, la Navidad en EE.UU. es otra cosa. Allí el período navideño se vive con mayor pompa que en el resto del planeta. De hecho, tiene su propia liturgia, ésa que tan bien ha sabido exportar al resto del mundo a través del cine y la televisión. La habitual colección de clichés que llenan las películas hollywoodienses, fiel reflejo del "american way of life", está representada al completo en esta colección de cuentos navideños de Connie Willis. El Espíritu de la Navidad recoge seis relatos publicados en tan señaladas fechas en la revista Isaac Asimov's Magazine a lo largo de los 90, más dos nuevas aportaciones escritas por la célebre autora para la ocasión. Salvo una de las novedades, "La garra del gato", en la que la Navidad es un mero decorado de fondo, todos son exactamente lo que parecen: cuentos navideños. Aunque eso sí, con la fantasía y la ciencia-ficción siempre presentes.
Todas las pequeñas tradiciones que conforman esa empalagosa época del año están incluidas en la antología. Tiendas de juguetes repletas de niños, apresuradas y masificadas compras en grandes almacenes, la nieve, los boletines de noticias, los regalos del Santa Claus secreto, el muérdago, el pastel de calabaza y hasta los mismísimos personajes del mito cristiano. Y, por supuesto, Dickens. Un conjunto de tópicos que inciden decisivamente en los argumentos y conforman un único decorado, situado curiosamente en un entorno actual y urbano. Cosa llamativa en una autora que gusta de recrear ambientes de época en sus novelas.
En cuanto a los variados argumentos, Willis ofrece lo que en ella es habitual: historias inteligentes repletas de humor cotidiano, pero cargadas de intención, de la fina ironía que la autora tan bien domina. Historias de gentes sencillas narradas de forma dispar, con la riqueza de estilo propia de una gran escritora: indistintamente en primera o tercera persona, en masculino o femenino, con una profusión de personajes que de tan humanos nos resultan familiares. Seres pomposos y mezquinos, hipócritas y egoístas, pero también generosos y repletos de bondad.
La colección, en todo caso, goza de una diversidad temática difícil de encontrar. Una comedia navideña a lo Capra; el juego del escondite con ilustres protagonistas, trasladados en circunstancias extrañas al presente; un Scrooge moderno castigado en una claustrofóbica historia; la tristeza inherente a la Navidad en una extravagante adaptación dickensiana; un cuento detectivesco con un final rompedor; ladrones de cuerpos que mejoran a sus víctimas. Una suma de historias que, junto con la representada en "El poni", única nota negativa en esta antología, evidencian la fértil imaginación de la que es dueña Connie Willis, para mi gusto la mejor autora actual del género.
A todo lo anterior hay que añadir, además, un relato que se debe presentar aparte debido a su inmensa calidad. "Epifanía" es una de las dos novedades aquí incluidas y un cuento realmente importante, una lectura extraordinariamente original de la Segunda Venida de Cristo, que aun siguiendo fielmente la profecía, exime a la Humanidad del tan temido Apocalipsis. Un auténtico ejemplo, también, de lo que puede suponer la ambientación en el desarrollo de un cuento.
El volumen concluye con un regalo de la autora: doce recomendaciones de libros y otras doce de películas, relacionadas todas ellas con la Navidad. Un detalle más que, sumado a la alta calidad de algunos cuentos, convierte a esta antología en un libro muy recomendable, especialmente en estas fechas. Para la anécdota queda el caprichoso cambio del título original, "Miracle and Other Christmas Stories", por otro redundante y sin sentido.




Texto publicado originalmente en Bibliópolis, crítica en la red.



Feliz Navidad.

jueves 29 de noviembre de 2007

Leyendo a Vila-Matas (I): vida y ficción

Al romper una relación sentimental, uno comienza a percibir de manera inmediata ciertas cosas que, no por vistas mil veces, dejan de sorprenderle. En primer lugar, te das cuenta de la gran cantidad de canciones dedicadas al tema. Pareciera, de hecho, que el 90% del poprock esté dirigido a los corazones rotos (ese maldito All By Myself, por ejemplo, excelso monumento a la mala leche). Acabas por apagar el transistor del coche o el ipod por temor a que el exceso de autoconmiseración te deje sin sangre, te sobrevenga una hipopsia y acabes, de propina, redescubriendo la solidez del pavimento. En segundo lugar, eres acosado por el mayor de los tiranos: el recuerdo. Apabulla la fuerza con la que el pasado se impone al presente, e incluso al promisorio nuevo futuro. Cualquier tontería realizada conjuntamente con la ahora ex pareja, aquellos paseos y comidas a los que uno no había dedicado antes un solo segundo de pensamiento, o incluso aquél viaje infernal en el que lo pasaste tan mal, son revisitados con nostalgia como si fueran dorados tesoros por el mero hecho de que son ya irrepetibles. Llega un momento en que uno se mira al espejo y el reflejo le devuelve un rostro extraño, una rara mezcla de Adam Sandler y Ben Stiller en sus comedias románticas más cutres.
Afortunadamente, a continuación llegan más revelaciones, esta vez nada inesperadas. Por ejemplo, la reafirmación en los hábitos de toda la vida, su validez eterna, su perdurabilidad. En mi caso, la lectura, naturalmente. Puesto a esa labor, comencé dando por sentado que no estaría yo para leer, así que intenté dar facilidades. Ya que mi mal reciente procede del ámbito real, de la vida misma (de hecho, es la vida), decidí eludir aquel tipo de libros que trataran de tumultos y solazamientos amorosos o sexuales, dar de lado esas novelas y cuentos que se nutren de la convivencia y la fatalidad, de las exudaciones que se le escapan a la prosaica realidad diaria. Así pues, me dirigí a la pila e hice bajar posiciones a los Amis, Roth y Houellebecq, hasta dar con lo que buscaba. Y lo encontré: Enrique Vila-Matas, la ficción por encima de la vida, la literatura.
La literatura nunca me ha fallado, desde mi infancia siempre ha estado conmigo, y espero que continúe siendo mi compañera de viaje, mi amor indisimulado, por el resto de mis días, transcurran estos en soledad o en multitud. Podría decir que la lectura de Exploradores del abismo me ha salvado, y quedaría genial, pero sería una exageración impropia de alguien tan discreto. Sí es cierto que he obtenido sosiego interior y que me ha dado atenuantes para mi mal. Y lo ha hecho por varios caminos, de varias formas. Por una parte, la del mero entretenimiento, pues la lectura me ha resultado tan absorbente que rara vez me ha permitido divagar hacia otros asuntos. Pero también por su propuesta, que a la postre ha sido definitiva en mi apaciguamiento.
Tengo la virtud (no dudo de que es tal cosa) de embeberme en la atmósfera de los libros que disfruto. Durante el tiempo que dura mi recorrido por ellos, estoy y no estoy. Realizo mis rutinas diarias, pero los colores y olores del libro lo empapan todo. Su universo tira de mí y me ausenta. Vila-Matas propone siempre el predominio de la ficción, el poder de la mirada literaria sobre la obtusa realidad. Debido a mi empatía hacia los libros, eso me ha forzado a buscar la literatura en mi situación, y gracias a ello, todo ha adquirido un tono más amable, nada trágico. En vez de sufrir la realidad, me he convertido en un observador de mi persona. He contemplado con curiosidad auténtica mi paso por el trago amargo de la ruptura. Como el propio Vila-Matas en la ficción, me he convertido, por unos días, en disidente de mí mismo.
Tal ha sido el efecto placébico de semejante estrategia, que, de hecho, me ha sobrevenido una absurda sospecha tras cerrar las cubiertas del libro. Entre sus páginas, alude con reiteración el escritor a un fenómeno que él denomina sincronicidad, aquello que tal vez conozcan muchos de ustedes como serendipia. Concluye que, para que se den este tipo de fenómenos, toda la vida (toda) de cada uno de los implicados en el improbable encuentro ha de haber estado dirigida, hasta en sus más nimios detalles, hacia la encarnación de esa casualidad. Pues bien, yo tengo un raro convencimiento. Creo que el colapso renal sufrido por Vila-Matas, sin el que quizás no habrían sido escritos estos cuentos, no tuvo otra razón de ser que la de crear este libro para que, tras su natural proceso de edición, lo leyera yo en este momento justo, para que yo pudiera abstraerme de mí mismo y, así, observarme siguiendo el ritual de la separación, asistir perplejo a mis intentos de huida ante las canciones tristes, ante el vocerío de los recuerdos. Contemplar, ajeno a las emociones, mi cara de acelga ante el espejo, mis esfuerzos por rehuír antiguas fotos. Y, finalmente, verme disfrazar de homenaje a Enrique Vila-Matas lo que, en realidad, no es más que un tonto desahogo.
Muchas gracias, señor escritor.




Nunca confíes en el narrador.

jueves 22 de noviembre de 2007

SdE: Todo tiene su fin

Esta sección no va más allá. Su vida ha sido tan breve como la de Ben, mi añorado heterónimo. Es lo malo que tiene el tiempo: con el uso se desgasta, como todo lo demás. Las cosas jamás vuelven a ser como fueron, el pasado es irrecuperable.
No más Eve.

miércoles 21 de noviembre de 2007

¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía (Parte IV)

Luz

Tres hilos principales recorren las páginas de Luz. Michael Kearney es un físico del presente que, según lo expuesto en las otras dos historias, descubrirá junto a su compañero Brian Tate el sistema de viaje interestelar. En el siglo XXV, Seria Mau Genlicher se ha fusionado con su nave, la Gata Blanca, y recorre los alrededores del halo en una extraña alianza con la raza nástica, enemigos de la humanidad. En ese mismo futuro, Ed Chianese es perseguido por las calles de NuevoLuz, edición española Venuspuerto, el enclave humano en el Canal en el que proliferan las técnicas de realidad virtual, las drogas de diseño y una raza alienígena caída en desgracia. Dominándolo todo, con una presencia tangencial en el presente y visceral en el futuro, se encuentra el Canal Kefahuchi, una singularidad cósmica de enormes dimensiones, una fisura de luz en el espacio rodeada por billones de toneladas de instrumentos alienígenas, olvidados como chatarra por cientos de razas que intentaron averiguar su secreto en el lejano pasado, sin éxito alguno. Las tres líneas argumentales acaban por converger gracias a la aparición de un personaje que había permanecido oculto en las tres historias, un ser perteneciente a la especie más avanzada de entre los antiguos exploradores del Canal, que lleva milenios esperando en soledad a que el plan definitivo se cumpla.
Vista la trama, es obvia la pertenencia de Luz al género de la ciencia ficción. Es casi un compendio de éste. Su relato transcurre en escenarios más que reconocibles, en el corazón del género. Las vivencias de Kearney se incluyen dentro de lo que podríamos llamar “relatos de científicos”, aunque con una orientación muy distinta a la presentada en la novela Cronopaisaje, de Gregory Benford. La historia de Seria Mau está inmersa en una de las space operas más originales de los últimos tiempos. La ambientación y temática del relato de Ed Chianese lo acercan al ciberpunk de estilo eminentemente gibsoniano. Ejerciendo de principio activo, el Canal Kefahuchi desempeña el papel de arquetípico constructo cósmico inconmensurable, presto a ser explorado pero no comprendido, como sucedía con los ya clásicos Rama o el Mundo Anillo. Harrison lleva la premisa aún más allá, al robarle su fisicidad al artefacto y convertirlo en algo casi espiritual. En el centro de las tres historias, oculto, maniobra un alienígena siguiendo un plan ancestral poco claro. Y como colofón, el mensaje de trascendencia final, inesperadamente optimista, acerca la novela de Harrison a algunas de las tesis de su más ilustre y antitético compatriota, sir Arthur C. Clarke. Concluyamos, pues, que Luz es una novela de cf clásica. No bordea el género, no lo elude, se sumerge en él y se nutre de él en sus valores más puros. Space opera, hard y ciberpunk; no ucronía, distopía o fábula futurista. ¿Qué convierte a esta novela en especial? ¿Qué la hace distinta de las demás? Sin duda alguna, el tratamiento de los personajes y el estudio que realiza mediante ellos de la condición humana. Quitémosle la primera capa a la historia y veamos qué hay bajo la piel.
Kearney es un asesino en serie que huye de su demonio privado, el Shrander. Desde que le robó unos dados, fabricados con un material de apariencia semejante a la de huesos humanos gastados, se le aparece con algún ominoso fin. La única forma que Kearney encuentra para aplacarle es el asesinato. Seria Mau, por otra parte, decidió a los 11 años renunciar a su humanidad. Se negó a convertirse en la adulta que un padre proclive al abuso quería que fuera tras la muerte de su madre. Su huída la llevó a fusionarse con una nave K, un proceso irreversible que la recluyó en un tanque cerrado y la convirtió en otra cosa. Ahora mata a los de su propia especie en connivencia con los násticos, enemigos de los humanos. Finalmente tenemos a Ed Chianese, un centella émulo del consabido perdedor gibsoniano. Antes fue piloto de sumernaves, una actividad de riesgo dentro del Canal, uno de los mejores a la hora de entrar hasta donde nadie lo había hecho y volver con vida. Olvidada su gloria, pasa los días en los tanques de RV, escondido de todo, viviendo una vida falsa, enganchado a la mentira. El Canal Kefahuchi, concepto central de la novela, une a los tres personajes: potencia las percepciones de Kearney, ofrece su amplio perímetro a los vagabundeos de Seria y marca el pasado y el futuro de Ed.
Pero esos son tan sólo los datos básicos. Tal como los protagonistas repiten con insistencia, hay “Siempre más, más después de eso”. Cuantas más capas se retiran, más aparecen. ¿Qué mueve realmente a los protagonistas humanos de esta historia? ¿Qué comparten y cuál es la base de sus torturadas existencias? Quizás la huída de sí mismos, la negación de sus posibilidades de futuro que empujó a los tres a realizar en su día una elección errónea, imposible de enderezar. A la edad de tres años, Kearney tuvo atisbos de una fractalidad, la posibilidad de un nivel escondido en la realidad, esas “chispas en todo” que también percibiría Ed Chianese cuatro siglos más tarde. Sin embargo, decidió enterrar esa posibilidad de trascendencia y su propia condición especial. Se sumergió en la fantasía de Retama, un lugar ideado en el que la realidad exterior, metaforizada en el sexo compartido, no pudiera tocarle. En sus relaciones sexuales renuncia a realizar la penetración porque eso le mantiene en los dominios de Retama, le aporta la sensación de no ser afectado por la realidad. Tras su tropiezo con el Shrander, su miedo le empuja a buscar como remedio apotropaico el asesinato.
El problema de Seria es complementario y contrario a la vez. Tampoco quiso convertirse en adulta, pero en oposición a Kearney, ella no creó un espacio privado en su infancia, así que escogió otro camino distinto, desgraciadamente irreversible. Como simbionte de la nave, ve imposible recuperar su condición anterior, pero tampoco puede evitar que la siga atrayendo. Seria es humana, pero su imposibilidad de demostrarlo la convierte en un monstruo obligado a huir hacia adelante y eliminar toda relación con su pasado. En el exterminio de sus congéneres busca “pruebas de sí misma”.
En otro extremo distinto, el hastío, el vació interior y el aburrimiento existencial han empujado a Ed hacia la evasión definitiva. Al contrario que Kearney, esta realidad se le ha quedado pequeña, y busca otras en las que divertirse y dar sentido a su vida. Se convierte por ello en un centella, un adicto a la RV donde no tiene que ser más él mismo. Es eso, precisamente, lo que la presencia alienígena busca lograr con sus planes a largo plazo con la humanidad. Cuando Ed atisba la alternancia, está por fin preparado para comprender lo incomprensible, el Canal Kefahuchi, un misterio a varios niveles. En primera instancia, es un enigma galáctico desentrañable para las numerosas razas que han intentado abordarlo con mentalidad positivista; más allá, el Canal es luz en su concepción neoplatónica, el centro de donde surge la conciencia universal, el trasfondo de la realidad. O el demiurgo gnóstico, sólo entendible desde la espiritualidad. Su forma lo dice todo.
En torno a los protagonistas humanos y su relación con el enigma cósmico gira el corpus de la novela, sumando e interrelacionando otros elementos que, por su complejidad, adquieren importancia propia. Tanto la conjunción de escenarios como los demás personajes, siempre al servicio de lo que Harrison quiere contar, demuestran una enorme potencia imaginativa. Tío Zip y Billy Anker, a pesar de su relación consanguínea -o más bien debido a ella- personifican dos conductas opuestas: el materialismo y el espíritu de aventura desinteresado. Harrison se sirve de ellos para criticar la fiebre mercantilista que se ha apoderado actualmente de la ciencia. La búsqueda de tecnología en la Playa, el sobrecargado entorno del Canal, no está motivada por el afán de mejorar a la humanidad. Buscar entre la chatarra dejada por las anteriores razas galácticas no es más que un lucrativo negocio. En el lado opuesto, los surferos de sumernaves como Billy Anker arriesgan su vida por diversión, para poner a prueba su espíritu. Valentine Sprake es el conocedor, un arquetipo harrisoniano. Sabe lo que está haciendo Kearney y conoce la existencia del Shrander. O eso parece, pues sólo tenemos la inestable percepción mental del mismo Kearney como prueba. Tate comienza siendo un físico capaz, con familia, ejemplo de normalidad, pero a medida que avanza en la investigación y el Canal comienza a hacer notar su presencia, se vuelve más oscuro, ominoso, proceso que culmina en la desasosegante escena de la casa hermetizada, locura en estado puro. Anna es, sin duda, el contrapunto más importante de Kearney dentro del carácter insano de la historia. Tendente a la autoayuda, coloca cartelitos en paredes y puertas buscando reafirmarse. Anoréxica, suicida frustrada, necesita a Kearney a pesar de, y por sus disfunciones. Los momentos compartidos por la suicida y el asesino, su muestra de necesidad mutua, contienen la mayor riqueza literaria del libro.
El universo creado por Harrison vive para sus personajes, pero no sólo de ellos. Las imágenes de conjunto, la terminología que inventa, tienen una potencia inusual. La Playa, donde reposan como si de un cementerio de naves se tratara, los restos de civilizaciones muertas hace eones; Nuevo Venuspuerto, el enclave humano en el halo, con sus callejas repletas de vida, drogas de nombres tan sugerentes como café electrique, AbH o parches genéticos, y realidades virtuales donde evadirse; los Hombres Nuevos, especie perdedora apegada a la basura que crea el hombre; las naves k, que batallan en 10 dimensiones y 4 ejes temporales distintos; operadores sombra y cultivares; lugares como Bahía Radio o Motel Splendido. Todo un universo propio detallado con gran imaginación y maestría.
Tanta riqueza hace de Luz una novela inabarcable, que ni siquiera en repetida lectura descubre todas sus cartas. Una y otra vez se descubren nuevos matices escondidos en algún párrafo. Siempre hay algún nuevo punto de vista para dar solución a sus misterios, algún nuevo nivel, una nueva forma de mirar la novela. Hay tiempo hasta para el juego. Si se intercambian las letras de cada uno de los nombres de la manada Khrisna Moire que persigue a Seria Mau se obtiene recompensa; si se investiga el lugar de procedencia de Ed, se descubre la razón de su apodo. “Más, siempre más después de eso.” Al igual que sus obsesiones, Luz está trufada de detalles coincidentes, gestos, expresiones, incluso personajes especulares. Como en “Egnaro”, los detalles ocultos parecen indicar la existencia de algo voluntario, de una creación y un secreto escondidos tras la trama. Harrison juega a obsesionar al lector como obsesiona a sus personajes, a invitarle a buscar una conciencia oculta detrás del telón de las historias que narra. Los gatos, la relación filial, las anormales actitudes sexuales, los infinitos detalles. Luz es un libro más de preguntas que de respuestas, una singladura por los senderos escasamente iluminados del interior humano. Cada lector encontrará soluciones distintas a algunos de los interrogantes, conclusiones concurrentes o conclusiones dispares. Unicamente se puede aseverar esto: la elusiva realidad que se esconde tras estas tres historias unívocas, esa conciencia oculta que maneja este mundo ficticio, proyecta la silueta del propio M. John Harrison. Para afrontar la lectura de Luz cabe seguir el consejo que el Shrander le da a Ed Chianese en las páginas finales del libro: “No quiero que lo comprendas. Quiero que lo navegues. Ve profundo”.
Esta novela no viene a salvar a la ciencia ficción, pero sí a marcar el único camino válido para salvaguardar la identidad del género: demostrar que se puede hacer literatura de ideas con un Solaris, de Stanislav Lemalto contenido literario. Huxley, Burgess, Ballard, Orwell y otros pocos elegidos lo lograron desde la frontera. Desde dentro, desde una temática clásica, prácticamente nadie lo había conseguido. Sólo una obra se ha acercado antes a lo que Harrison logra aquí, pero su autor estaba demasiado aislado como para que nadie siguiera su ejemplo. Me refiero a Solaris, de Stanislaw Lem, con la que Luz guarda una relación estrecha. Ambas novelas comparten naturaleza interna. Un misterio, de carácter inefable, sirve de percutor y telón de fondo para el desarrollo interior de sus personajes, que afectados por lo incomprensible evidencian en sus reacciones algunos de los rasgos ocultos de la naturaleza humana. Lo que se presenta como el intento de comprensión de la entelequia cósmica (el océano viviente de Solaris y el Canal Kefahuchi) se transfigura en un estudio de la psique humana a través de unos elementos internos y externos que los torturan. A partir de ahí, por supuesto, cada una de las dos novelas elige sus propios argumentos. La metafísica y la condición humana, el carácter universal del proceso interior de sus personajes, colocan las aspiraciones de ambas obras en el mainstream literario, aun perteneciendo de manera obvia a la cf.
Solaris es un clásico indiscutible, apreciado por sus valores literarios generales. La ambición intelectual de las dos versiones fílmicas y el reconocimiento de la crítica literaria generalista así lo atestiguan. Sin embargo, nadie en el poderoso mercado anglosajón supo o pudo aprovechar la brecha abierta por el polaco en los muros literarios del gueto. Los tiempos han cambiado. Cuarenta años después de aquella obra, escritores importantes acuden en oleadas cada vez mayores al género a coger lo que quieren, sin padecer atávicas vergüenzas ni cargos de conciencia. Constituyen una nueva generación que viene sin recelo. Ven la normalidad de la cf desde fuera ¿Será capaz la cf de ver esa misma normalidad desde dentro? Gracias al ejemplo que representa Luz, el proteccionismo ya no es necesario. La identidad del género está a salvo.
Esta novela es una invitación. Si se da la espalda a su propuesta, su autor pasará a ser un involuntario émulo de Lem, dejando para la historia una maravillosa obra que pudo significar algo más y no fue. De Harrison depende continuar en esta misma línea; de los demás, seguir su estela. Para quienes nos adscribimos a la tercera vía, esa ciencia ficción clásica de alta calidad literaria, Luz es, sin duda, lo más grande que le ha sucedido al género de la ciencia ficción en los últimos años.


Santiago L. Moreno



Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV

¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía fue publicado originalmente en Jabberwock 1, anuario de ensayo fantástico.

sábado 17 de noviembre de 2007

¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía (Parte III)

M. John Harrison y la nueva revolución

Volviendo al asunto de las revoluciones, si en estos momentos hay algo en marcha, Pensad en Flebas, de Iain M. Bankssin duda es en Gran Bretaña. No es extraño que sea en aquellas islas donde se registra la máxima concentración de calidad en los últimos años. Allí se originó la New Wave en los 60, y lo que ocurre actualmente tiene mucho que ver con aquel movimiento expansionista. Los autores británicos llevan algún tiempo explorando un nuevo camino que puede convertirse en el germen de algo mucho más grande. Pecando de grandilocuencia, se podría afirmar que lo que allí ocurre puede convulsionar los cimientos del género. Por un lado, una serie de escritores como Stephen Baxter, Alastair Reynolds, Paul McAuley, Ken MacLeod y, especialmente, Iain Banks con su Serie de la Cultura, están reconfigurando la space opera mediante una visión moderna, transhumanista e intergenérica de las tradicionales aventuras espaciales, concordante con la forma de pensar del siglo XXI y sus nuevas tecnologías; por otro, ha surgido una actitud literaria que, si bien aún no puede considerarse un movimiento, sí goza de una recurrencia común a nuevas formas de encarar el género fantástico. Se caracteriza por una posmoderna y libertaria fusión de subgéneros que suele dar como resultado novelas inclasificables, de difícil ubicación, y que sólo pueden ser etiquetadas bajo el vasto epígrafe de literatura fantástica.
Autores como China Mieville, Steph Swainston o M. John Harrison fusionan subgéneros y presentan obras donde la cf, el terror y la fantasía, en alguna de sus muchas vertientes, se entrelazan con tinte surrealista dando como resultado novelas de fisonomía exótica y marcado eclecticismo. Este nuevo paso, que acucia aún más la maltrecha identidad de la cf, ha sido bautizado por Mieville como weird fiction por su paralelismo, en cuanto a la ausencia de barreras y al mestizaje literario, con lo publicado en la añeja revista Weird Tales, que en los años 20 hospedara a H. P. Lovecraft, Clarke Ashton Smith o Robert E. Howard en sus páginas. Algunos críticos se han aprestado a señalar la importancia de esta naciente New Weird, aunque las propias palabras de Harrison, respondiendo a su posible participación en el fenómeno, dejanMichael John Harrison abierta una versión de los hechos más clarificadora: “Yo a esto lo llamo hacer lo que quiera”.
M. John Harrison comenzó escribiendo para la revista New Worlds hace ya casi 40 años. Como Christopher Priest, creció a la sombra de gigantes como Ballard, Aldiss o el propio Moorcock, aportando su buen hacer a la New Wave, y llegando a participar en el universo literario colectivo de Jerry Cornelius. Aunque reconoce la importancia que tuvo la revista en su gestación como escritor, declara que muy poco queda en él de todo aquello. A Harrison la New Wave se le quedó corta: “Yo quería ser libre para escribir cualquier cosa, incluso aquello que desaprobábamos”. Eso es lo que los escritores de las islas británicas están haciendo en estos momentos. Quizás la New Weird no sea en realidad mas que la evolución final de aquel otro movimiento, su eclosión definitiva producida por la liberación de sus propias barreras. Lo cierto es que el nuevo fenómeno se presenta como un crisol capaz de contener con éxito las complejas y desinhibidas mixturas presentes en las literaturas de género actuales. Para la calidad literaria es una buena noticia; para la ortodoxia de la cf, quizá no tanto. El giro comienza a ser tan violento que casi obliga a darle la vuelta al principio de Spinrad. La ciencia ficción que conocíamos comienza a derivar hacia otra cosa. Los adeptos a la trinidad conformada por los tres subgéneros fantásticos están de enhorabuena. El tiempo de los puristas se acerca a su fin, es la era del cambio.
Para evitarlo, haría falta un ejercicio de reafirmación, intentar el imposible. ¿Recuerdan? Ciencia ficción clásica de alta calidad literaria. Y aquí es donde entra la paradoja, porque quien realiza el tirabuzón imposible es parte esencial, precisamente, del a priori antitético nuevo movimiento. A veces sucede que la solución se encuentra en dirección opuesta a donde se la sospecha. Haciendo lo que le da la gana, asentado en el extremo contrario al rígido dogma, M. John Harrison ha creado una quimera. Su novela, Luz, es ciencia ficción nuclear, pero sobre todo es literatura en estado sólido. Es el desenlace de una larga carrera en solitario, que El curso del corazón, de M. John Harrisonfiel a sus principios literarios, da su máximo fruto en un terreno que se le suponía adverso.
Desde aquellos tiempos en New Worlds, Harrison se ha estado buscando a sí mismo. De carácter inconformista, sus novelas ramonean entre géneros. Ciencia ficción, en The Centauri Device, una space opera incluida en "Las cien mejores novelas de ciencia ficción", de David Pringle, de la que sin embargo no se siente muy orgulloso. También fantasía propia, como la serie de Viriconium, en la que atenta contra las normas preponderantes en el género. Posteriormente iría perfeccionando una temática más personal, hasta encontrar su nicho literario definitivo en novelas inclasificables como El curso del corazón o Signs of Life. Entró de lleno en el mainstream (de nuevo el "síndrome de Ballard") con Climbers, una novela sobre el mundo de la escalada, y cuando ya nadie lo consideraba recuperable, publicó Luz, una obra que ha insuflado vida al género.
Al igual que Philip K. Dick o Christopher Priest, Harrison ha convertido el tratamiento de la realidad alterna en una monomanía. Al contrario que en las narraciones de Dick, el misterio nunca se hace patente, aunque se evidencie en pistas sugeridas aleatoriamente, en comentarios hechos por dementes y conversaciones ajenas escuchadas al margen. La manera como Harrison hace llegar la verdad oculta e indefinida del mundo al lector siempre es indirecta, comunicada a través de sus personajes, núcleo central de sus historias. El secreto es compartido por uno de ellos con el protagonista, que cae presa de la obsesión. El concepto del legado cobra gran importancia, pues gracias a él es como pasa de mano en mano la información. Como dice uno de los personajes en El curso del corazón: “Creo que no imponemos nuestras inquietudes a los demás, sino que las legamos como pequeñas herencias”. En las historias de Harrison, esas inquietudes abarcan realidades enteras. Así, hace partícipe al lector de la sospecha, sugiere otra realidad latente, intersticial, más allá del conocimiento, entreverada con los acontecimientos y sucesos que ocurren en la vida de sus protagonistas, siempre remarcada a través de los sentidos; presencias, olores, matices de luz... El significado de esa búsqueda de lo intangible es metafórico; lo fascinante es darle sentido, decidir si esa realidad oculta no es más que la plasmación de eso que todos buscamos, de lo indefinido; quizás el sentido de la vida. O si se trata, a otro nivel de lectura, de algo real o de una alucinación insana de sus personajes.
En cada una de sus obras, Harrison ha presentado esa realidad inasible bajo diferentes nombres. Su primera aparición se puede encontrar en la colección monográfica "El mono del hielo", donde Egnaro es a la vez la existencia alternativa y el título del cuento que la cobija. En El curso del corazón, el Pleroma, un espacio que trata de evidenciarse desde la trastienda delEl mono del hielo, de M. John Harrison todo, comparte trasfondo con el Coeur descrito por Michael Ashman, un personaje inventado por uno de los protagonistas que es a la vez una extraña modernización de Sherezade. En Luz, como veremos más adelante, el Canal Kefahuchi es una singularidad que ejerce un efecto de apertura en los sentidos internos de los protagonistas hacia una extraña trascendencia.
Además de sus complejas obsesiones argumentales, Harrison cuenta con un dominio maestro de las técnicas literarias. Su prosa es exacta, altamente descriptiva. Los ambientes que describe están en consonancia con el interior de sus personajes. Oscuridad, lluvia, fríos escenarios que ensombrecen el alma y recuerdan el tedio de las grises y solitarias tardes de invierno. Magistral en el manejo de la estructura temporal, Harrison intercala una serie de flashbacks en la narración, aportando poco a poco los datos que le faltan al lector para la construcción correcta de cada uno de los personajes. Cada paso indaga en un pasado cada vez más lejano hasta descubrir el punto original de la aflicción del personaje en conjunción con el desarrollo final de la trama en el presente.
Esas formidables cualidades se concretan de forma definitiva en Luz, potenciadas por las características que aporta la particular idiosincrasia del género de ciencia ficción. Es una novela en la que los acontecimientos están sometidos a la evolución interior de sus personajes, como siempre, su activo más importante. A través de ellos, disfuncionales, perturbadores y perturbados, desasosegante muestrario de nuestras regiones más oscuras, se exploran sentimientos y verdades de calado universal, como el miedo a la trascendencia, la irrevocabilidad y unicidad de la libre elección y la dificultad del cambio. En definitiva, la condición humana y su temor a lo indefinido. Ese estudio de nuestra psique se nutre de un material genérico que no se sitúa en fronteras ni en ese territorio nebuloso llamado slipstream. Los personajes de Luz ostentan su universalidad sin complejos, desde dos líneas temporales separadas por cuatrocientos años y en un contexto conformado por naves espaciales, misterios cósmicos y mecánica cuántica.


Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV


¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía fue publicado originalmente en Jabberwock 1, anuario de ensayo fantástico.

viernes 16 de noviembre de 2007

¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía (Parte II)

La actualidad del género

A comienzos de los años 90, en medio de una de esas sequías cíclicas que solían acuciar al género en España, el ánimo general se avivó con el debate más interesante que se haya vivido por estos pagos. Por una parte, el entorno de la revista Gigamesh se mostraba partidario de una ciencia ficción más literaria, que fuera cuidadosa con el aspecto formal de la narrativa; por otra, losRevista Gigamesh nº 3 responsables de la revista Bem y de la colección de libros Nova defendían la cf como literatura de ideas, en la cual lo importante era el fondo de lo narrado, que permitía, apoyado en el “sentido de la maravilla”, la exploración de ciertos temas desde perspectivas que sólo concede este género. Por supuesto, ninguno se declaraba excluyente. Más cuidado formal no quiere decir vacuidad, así como preponderancia de la idea no significa descuido estilístico. En realidad, la diferencia no se basaba exclusivamente en una cuestión forma versus fondo, no se enfrentaban cultismo y conceptismo, sino algo más común a la idiosincrasia del género. El mayor cuidado estilístico, tras la herencia dejada por la New Wave, es más propio de la cf soft, mientras que la idea recibe un tratamiento más contundente en la cf hard. Así pues, unos defendían al escritor J. G. Ballard como paradigma de sus reivindicaciones, no sólo por su prosa, sino también por el contenido literario y universal de sus historias. En el otro bando, se prefería a escritores más apegados a los parámetros clásicos del género, como el triunvirato conocido con el sobrenombre de “Killer B’s” (Gregory Benford, Greg Bear y David Brin), más imaginativo en sus creaciones en cuanto a las implicaciones científicas, bastante menos en las existenciales.
La encendida discusión, aparecida con el consabido retraso propio de este país, no era nueva. En los años 50, las tres principales revistas norteamericanas de aquella época representaban en origen, de forma incluso más dividida, a nuestras dos facciones del conflicto. John W. Campbell Jr., en Astounding, continuaba su labor de construir buenas historias de trasfondo científico con la idea como eje principal; Horace L. Gold, en Galaxy, dirigía a sus autores hacia argumentos en los que el hecho humano fuera más importante, dando más relevancia a lo experimentado por los personajes que a la tecnología; Anthony Boucher, en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, hacía hincapié en lo literario, premiando sobre todo lo demás la calidad en la escritura de las narraciones. Seguramente, esa suma de fracciones contribuyó decisivamente a edificar una época dorada tanto en nombres como en títulos, plagada de obras maestras. Años más tarde, la New Wave partiría definitivamente en dos un género que desde los 70 ha derivado entre la idea y el estilo, y rara vez se ha apoyado en ambos.
Volviendo a España, aquella divergencia fue la nota más destacable en una década de escasez salvada casi en exclusiva por los libros de Nova, las revistas de Gigamesh y la sempiterna Minotauro. Acabó la década, el siglo e incluso el milenio, y la realidad que muestra el año 2004, en comparativa con lo anticipado en aquellas discusiones, es muy distinta a lo esperado. Estamos, sin ninguna duda, ante el mejor momento de la cf en nuestro país. Al menos cuatro revistas importantes se dedican a ese cajón de sastre que es el género fantástico, cuyos libros -cf incluida- son reseñados en publicaciones profesionales de literatura general; numerosas editoriales, tanto antiguas como de nuevo cuño, presentan novedades en las librerías en cadencia y cantidad espectaculares; por otra parte, Internet une a cientos de aficionados en foros dedicados a la temática. Incluso la producción nacional ha Antología premio UPC 1995despegado gracias a premios excelentemente remunerados como el Minotauro o el UPC, y también a que editoriales importantes se aventuran con nuestros autores. El momento es tan bueno que incluso plagas propias de la prosperidad han aparecido en el otrora famélico género, como la piratería, la especulación o la estafa.
Los negocios van bien, pero ¿y la literatura? Asentados en la nueva realidad del género, en este momento de bonanza, ¿en qué quedó aquel intenso debate? ¿Podemos ver, a la luz del momento, quién ha ganado el partido? En realidad, los hechos demuestran que ambas partes se equivocaban; o, al menos, que no tenían la razón absoluta. La facción defensora de la literatura de ideas echaba mano del refranero y proclamaba que prefería ser cabeza de ratón que cola de león. Hay algo romántico en la apología del gueto, ese canto a la marginalidad de tintes autoconmiserativos. Se puede entender el aprecio por la vida tribal, en el terruño. Sin embargo, no es entendible la pretensión ulterior de que eso es mejor que una vida llena de lujo y comodidades. Los placeres solitarios pueden ser más satisfactorios, pero eso no los hace mejores. No, eso habla de nuestras querencias como individuos y de nuestras limitaciones, del gusto propio, no de la calidad objetiva. Es cierto que hay obras de cf que cuentan con una calidad literaria innegable desde el punto de vista más exigente, pero precisamente, y no por casualidad, son las obras que muestran un mayor cuidado formal, estilístico y temático. Las que defiende el sector pro literario. Sin embargo, éste también yerra. Exige calidad, pero se obsesiona con la aceptación exterior. Quiere, anhela que desde el mainstream se reconozca la valía literaria de la cf cuando la tiene, y eso convierte al género en un pedigüeño, en el adolescente que busca la aquiescencia de su padre, sea como sea. Esa actitud encuentra su máxima expresión en una premisa falsa y enormemente peligrosa, aquella que dice que el baremo de calidad de una obra de género se mide por su grado de exportabilidad. Es decir, que una obra de género se convierte en respetable sólo si consigue el nihil obstat de un lector que no es afín a la lectura de género.
Ambas propuestas aciertan y a la vez se equivocan. Los puntos débiles en sus estrategias conducen a serios desequilibrios. El solipsismo produce una merma en la calidad que deviene ineludiblemente en deterioro. El lector que adquiere mundo fuera de las imaginarias fronteras del gueto y atesora por ello un cierto acervo literario, abandona al poco el género decepcionado por la baja calidad literaria que encuentra. Por otra parte, el anhelo por agradar a la crítica general, por obtener el reconocimiento exterior, empuja al escritor a buscar las zonas de menor conflicto, de mayor plausibilidad literaria. Así, las novelas ganan en calidad, pero a costa de alejarse de la naturaleza inherente a la cf al instalarse en escenarios menos abruptos para el lector generalista. Una catalogación de las escasas novelas del género aceptadas por la crítica general arroja un resultado clarificador. Un mundo feliz, 1984 o Farenheit 451 son, esencialmente, obras político sociales. No hay carnet de pertenencia a la ciencia ficción, es cierto, pero es innegable que sí existe una escala gradual según la temática y los argumentosJames Graham Ballard esgrimidos. Por herencia de Gernsback y Campbell, el hard o la space opera son más identificables como cf que, por ejemplo, la ucronía.
Las dos maneras de ver el género, por tanto, adolecen de una cierta falta de miras. El noventa y nueve por ciento del género es basura, es cierto, pero también lo es que su núcleo no es exportable. Ni una gestalt internacional magnífica, cuyos componentes fueran Proust, Shakespeare y Cervantes, lograría, en su obra de mayor calidad, llegar al gran público con un argumento construido en torno a las vicisitudes de una especie no humanoide en las lindes de una estrella de neutrones. La ciencia ficción es el género más extremo, el que se expresa con una radicalidad imaginativa más exagerada. Eso exige una complicidad que la mayoría de lectores no están dispuestos a conceder. Sus fronteras son exportables, su núcleo no.
Así pues, los autores capaces de crear novelas de primera magnitud literaria se encuentran más a gusto fabulando en la frontera del género, donde la permisividad ajena es menos rígida. James G. Ballard, quizás el mayor exponente de la cf de empaque, es paradigmático. Sus primeras novelas de desastres entran dentro de los cánones de la cf. Posteriormente, sus obsesiones han continuado siendo las mismas, pero, desde que escribiera Crash, su abandono del género en busca de horizontes personales inexplorados es evidente. Tal como dice Amis: “Con Crash, Ballard se liberaba de ese género; de hecho estaba en camino de volverse sui generis”. Hay más casos, como el de Ray Bradbury, poseedor del estilo más apreciado en la edad clásica de la ciencia ficción, que siempre bordeó el límite. La propuesta resultante de esto no apunta hacia el relajamiento de la calidad, sino todo lo contrario. Se necesita esa misma calidad, pero en el núcleo central de la ciencia ficción, para que sobreviva y se potencie. Moorcock, en los lejanos 60, llamaba la atención sobre “la necesidad de aumentar el nivel literario de la cf para evitar que los escritores de fuera, con técnicas superiores, puedan manipularla”. Proféticas palabras, si devolvemos la vista al presente.
En estos últimos años el género ha sido desbordado por los nuevos acontecimientos. El gran boom de la fantasía en otros medios ha convertido al género fantástico en una fábrica de mixturas. Muchos autores, tal como se reclamaba, han empezado a mirar hacia fuera, pero no en la dirección que se esperaba. Algunos lo han hecho hacia el thriller científico, que goza del favor del público (y del dinero), o hacia la fantasía tan en boga. Ambos fenómenos se han hecho Bajo la piel, de Michel Faberpatentes en las últimas ediciones de los premios anuales que tradicionalmente se otorgan en el mundillo de la cf. Los eminentes Hugo y Nebula se han convertido en un auténtico caos, un festín de apellidos ajenos a la cf como Rowlings o Gaiman, más propios de otros campos.
Lo más sorprendente, sin embargo, ha sido el ascenso de un proceso silencioso que no ha seguido el guión marcado por los teóricos. No han sido los autores de dentro los que han intentado exportar el género, sino los grandes escritores de fuera los que, en oleadas, han empezado a edificar sus narraciones sobre elementos fantásticos, cf incluida. Es decir, no ha habido exportación. Son ellos los que han venido y han cogido lo que necesitaban. Y sin pedir permiso, como era de esperar. De Michel Faber a Andrew Sean Greer, de Philip Roth a Michael Cunningham, una colección de autores ilustres apoyan sus nuevas historias en premisas fantásticas. El resultado final es que dentro del género no ha cambiado la calidad, aunque en muchos casos sí el registro; y, desde el otro lado, esos escritores foráneos han comenzado a subvertir las normas del género, a jugar en los límites externos, a hacer una cf de calidad literaria a la que insisten en denominar de otra forma, ya sea novela futurista, de especulación científica o ficción política. Incluso desde el mismo género se le ha colocado el epígrafe de slisptream. La conclusión delata una evidente crisis de identidad en el campo de la ciencia ficción. Fuera, se hace una cf con mayor calidad que nunca, pero que no es cf. Dentro, continúa la tradición de la literatura de ideas, pero el gueto se constriñe cada vez más por la nueva concepción posmoderna de los géneros.
¿Existe una solución? Si es así, desde luego pasa por la unión de los aciertos de ambas facciones y la erradicación de sus desaciertos. Una tercera vía. Ciencia ficción clásica con una importante concentración literaria, que cumpla unas exigencias objetivas de calidad estilística, estructural y temática, que apruebe con nota cualquier examen formal y de fondo aplicable a cualquier obra literaria común, pero que trate los temas habituales de la cf. No para buscar el reconocimiento exterior, ni para consumo exclusivo del gueto. Ciencia ficción clásica de alta calidad literaria para lectores que disfrutan con la literatura bien escrita y con las posibilidades imaginativas yLuz, edición inglesa especulativas que sólo la cf es capaz de ofrecer. Las palabras “gueto” y “reconocimiento” son ya presa de la obsolescencia, ignorémoslas. Esto es literatura. No más falacias ni muros inventados.
¿Pero es posible escribir una obra de ciencia ficción desde la ortodoxia y dotarla a la vez de una gran calidad literaria? Es difícil, pero no imposible. M. John Harrison lo ha demostrado. Luz, su increíble última novela, aúna mediante una excelente prosa el space opera y la cf hard, potenciados por un tratamiento de personajes exquisito, de marcado carácter universal, que indaga en los secretos del alma y la psique humanas. Una obra singular que no debería pasar desapercibida.


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¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía fue publicado originalmente en Jabberwock 1, anuario de ensayo fantástico.