miércoles, 14 de octubre de 2020

Tríptico postapocalíptico en C

 

Hace un par de entradas les informaba de que habían publicado en C, la web con la que colaboro de Pascuas a Ramos (bendita paciencia, Nacho), un pequeño cuento de autoficción que había escrito y en el que relataba mi experiencia de los días más duros de confinamiento, en los que seguí asistiendo a mi lugar de trabajo y pude, por ello, experimentar en carne propia el vacío pandémico de una gran ciudad, tal y como el personaje de una novela de ciencia ficción lo habría hecho. Pues bien, a Jorge Camacho, poeta, intérprete y viejo amigo de tiempos de instituto, le gustó el relato hasta el punto de proponerme traducirlo al esperanto, que siempre me ha parecido un lenguaje, por deliberado, suscrito a la utopía, tan desconocido hoy como cuando lo conocí hace ya casi medio siglo. La idea era publicarlo en una revista literaria con la que él guarda una relación de bastantes años. Ni pude ni quise negarme, claro.
La revista Beletra Almanako (Almanaque de Bellas Letras) me ha llegado esta semana. Es el número 38, así que lleva ya un largo recorrido. Está editada con gusto y tiene el aroma de la literatura. Contiene entrevistas, cuentos, poemas, artículos e incluso sección necrológica, y asemeja el formato de la casi eterna Revista de Occidente, o del Reader's Digest, ya puestos. Al ojearla he recuperado la agradable sensación que da ver tus palabras publicadas en papel, perdida hace años y que ya tenía olvidada, y también me ha venido a la memoria Artifex, revista de porte semejante que nunca logró del todo ser considerada como tal, debido principalmente a que solo presentaba cuentos. He recordado otros intentos, como Jabberwock o como Framauro, que apenas duraron dos números, y he pensado que es una lástima la poca longevidad que, famosas excepciones aparte, han tenido siempre proyectos semejantes dentro de la ciencia ficción. Personalmente, para la literatura siempre me han gustado más las publicaciones de este tipo que aquellas otras repletas de ilustraciones en papel satinado.

 


El caso es que ahora tengo dos cuentos traducidos a esta peculiar lengua. El anterior, titulado La donanto, lo escribí a medias con Jorge, y fue publicado en la revista de cf Sferoj n.8, casualmente impresa en Santander, ciudad a la que luego me han unido tantas cosas, hace casi 30 años. Es curioso cómo a veces el tiempo te permite bañarte, muchos años después, en el mismo río. La recepción de esta revista ha servido de colofón perfecto al tríptico postapocalíptico que he publicado en C durante la cuarentena, que me sentí impelido a escribir tras una sequía que parecía eterna y que para mí será un recuerdo más de este año tremendo, tras el cual nada volverá a ser lo mismo. Dejo aquí los enlaces a las tres entradas. El primero lleva al cuento, el segundo a un artículo de tesis y el tercero a un juego de falsos amigos entre lecturas y realidad.

martes, 8 de septiembre de 2020

Criminal Blurbs


"Y tú que creías que no te gustaba la ciencia ficción..."

Echo en falta el calificativo que completaría la frase, tal vez un bien merecido (por lo que parece) "ignorante". O incluso algo más grueso. Aunque en realidad, lo auténticamente llamativo es cómo el mensaje va dirigido exclusivamente a la captación externa y deja fuera al presumible lector tipo de este libro, o sea, el aficionado a la ciencia ficción. Supongo que lo dan por captado. La presencia de la palabra "puto", tan de moda, en uno de los blurbs puede funcionar como aliciente.




 

lunes, 20 de abril de 2020

Una soleada mañana de apocalipsis, en C





Pasado mañana me cae otro más. Los 53 han sido testigos de un año convulso, en lo personal y en lo general, pero nada comparable a lo que ha ocurrido durante los últimos cuarenta días. Es algo tan gordo que incluso me ha forzado a subir esta entrada. No hace falta que le recuerde a ningún lector de Literatura en los talones la relación que el blog ha mantenido siempre con el subgénero postapocalíptico. Mucha de mi fascinación por los pueblos abandonados, que intento visitar siempre que puedo, proviene de aquel asombro adolescente criado a la luz de los libros y los cómics de ciencia ficción. A lo largo de este mes he podido dar rienda suelta a esa fascinación, visitando lo que siempre creí que no vería: una ciudad entera abandonada, mi ciudad.
Un suceso que parecía imposible, una epidemia de alcance mundial, ha golpeado al planeta encerrando a los seres humanos en sus casas. A causa de la naturaleza de mi trabajo, he sido testigo directo del resultado, y durante semanas he podido recorrer, como un Neville moderno, las calles de un Madrid de ensueño, vacío y espectral. Muchas de las imágenes que he visto estos días se entremezclan con los pasajes recordados de algunos libros. No he querido olvidar nada, y para que quedara constancia he hecho fotografías y he tomado notas, pequeños instantes de una realidad que parece fuera de sitio, fugada del reino de la imaginación.
Abajo tienen una breve muestra de las instantáneas que he tomado en mis trayectos. Pobremente ejecutadas, lucen maravillosamente bien gracias a la labor de edición de una profesional de la fotografía, Loren González. Pueden acceder a su trabajo en el enlace que tienen a continuación. Debajo de él encontrarán otro con la autoficción que transcurre en esos mismos escenarios. Mi cabeza me exigía escribirla, no sé por qué. Quizás buscando constatar que todo esto ha sido real; quizás todo lo contrario. Realidad y ficción se entremezclan estos días en mi mente como lo han hecho en este cuento que hoy se publica en C, la web de crítica literaria. Espero que ambos trabajos sean de su agrado.

LorenFotografía
























martes, 11 de febrero de 2020

Barbagrís, de Brian Aldiss

Acabo de sufrir un ataque de nostalgia viendo el documental "La Terma, semblanza de una época". Sí, yo también estuve allí, aunque, me parece ahora, en menos ocasiones de las que me hubiera gustado. No hay exageraciones ni falsedades en este vídeo, todo es cierto, que diría Han Solo. Viendo, veinte años después, cómo gran parte de los nombres que conformaron aquella tertulia literaria cuentan con un gran número de libros en su haber, algunos incluso con cierto prestigio más allá de los muros del género, y reconociendo cómo aquellas revistas han conformado en parte el pasado y el presente de nuestra literatura fantástica, no se puede negar la enorme importancia que tuvo la Terma. No voy a citar nada; gran parte está en el documental, referido por ellos mismos y por las imágenes.
Como decía, me ha provocado una cierta nostalgia y me ha llamado a la reflexión. Sobre el pasado de la cf en España, sobre cómo era y cómo es y hacia dónde se dirige. Me ha recordado lo desplazados y desinteresados por ella que nos encontramos muchos. Cómo cambian los tiempos. Mi estado de ánimo al respecto se corresponde con el que invade al lector durante la lectura del libro cuya reseña pueden leer a continuación. La publiqué en C, el hijo de cyberdark, uno de los pocos blogs que se ha preocupado por el pasado del género en estos últimos años. Ignoro si la situación, dos años después, sigue siendo la misma. Espero que no. Sospecho que sí.



Lo escribió Julio Numhauser y la cantó Mercedes Sosa, aunque ya lo sabíamos desde Heráclito. Panta rei, todo fluye, todo cambia; en la realidad y en la vida, en las costumbres y los hábitos. Y en los pequeños asuntos cotidianos. Si se compara el mercado del libro actual con el del pasado se percibe enseguida un claro contraste. Aquellas tendencias que hace treinta años apenas comenzaban a vislumbrarse, hoy son imperio. La necesidad de estar al día, de leerse lo último, esa novedad de la que todo el mundo habla, ha pasado de mero postureo a obligación. Las editoriales se encargan de que la dependencia sea intensa y esté bien cubierta. No puede ser de otra forma en nuestra amada sociedad capitalista. El negocio es el negocio. El caudal insostenible de novedades, así como la obligación autoinfligida de leer lo que hay que leer, acaba provocando un cierto estrés a ambos lados del libro. Como “ritmo demencial” lo denunciaba el escritor Guillem López, ganador de dos premios Ignotus en la categoría de novela española, en un tuit. “Un día de estos, alguien tendrá que plantear el debate, porque no es normal y no está bien”, acababa diciendo.
Lo cierto es que antes del cambio de siglo, aun existiendo el normal interés por la novedad, no se llegaba a estos extremos. Entonces pesaban más los nombres antiguos que los nuevos, uno quería leerse antes a los escritores consagrados que al autor del último hit, comentar las grandes obras antes que las novedades. Buscabas primero en la biblioteca y luego en la librería. Ahora sucede al revés, el orden se ha invertido y realiza más estar leyendo (e informar de que se está leyendo) lo ultimísimo que hayan puesto a la venta las editoriales o los autores mejor promocionados. Las novelas con más de diez años solo son rescatadas por sucesos ajenos: alguna iniciativa de club de lectura, una película o, como ha sucedido con El cuento de la criada, de Margaret Atwood, gracias al éxito de una serie de televisión. Y esta displicencia se da con los clásicos, a los que es difícil ignorar debido a su pervivencia en las listas o en lasa actualizaciones de los críticos viejunos; si vamos un paso más allá, encontraremos que las novelas con solera cuyo pecado fue el de ser “solamente buenas” están, a estas alturas, casi enterradas.
Llama la atención ese desafecto por lo anterior, el hecho de que atraiga más una novedad cuya calidad está por ver que un libro cuya bonanza literaria ha sido confirmada tanto por numerosas opiniones como por su perdurabilidad. Más cuando el descubrimiento de esos libros añejos por parte del devorador de novedades suele acabar con exclamaciones de sorpresa y satisfacción. Desentrañar las causas de semejante fenómeno no es labor de este texto, pero sí tratar de recuperar uno de esos libros a dos pasos de la excelencia. El fallecimiento de Brian W. Aldiss y algún comentario sorprendente sobre su irrelevancia no me han dejado opción a la hora de elegirlo.
Aldiss es el perfecto ejemplo de por qué se deberían compensar las lecturas o, directamente, obligarse a fijar la vista más allá de la mesa de novedades. Cuenta con un par de obras magníficas, extraordinarias. La nave estelar e Invernáculo suponen una auténtica delicia para el amante de la ciencia ficción evocadora, de potente imaginería y notable ambición. Su obra al completo es interesante y personal, muy reconocible, marcada por un estilo muy definido. Fue un autor dado a la experimentación, fundamental para conocer la mayor revolución que haya conocido el género de ciencia ficción, la denominada new wave. Se contaba, sin duda, entre esos escritores a los que el lector del pasado, iniciado con las novelas de apellidos más conocidos -los populares Asimov, Clarke y Heinlein- llegaba más tarde, tras cruzar la primera línea, solo para darse cuenta de que en muchos de aquellos libros se encontraba una ciencia ficción más compleja, más adulta. Dick, LeGuin, Silverberg..., somos muchos los que hemos madurado con sus lecturas. Y, en la misma medida, con las de Brian Aldiss.
En estas obras del pasado pueden identificarse los cimientos de gran parte de la cf posterior, esos lugares comunes que el lector poco dado a lo añejo, desconocedor por tanto del pasado, creería ahora mismo novedosos. Acabamos de verlo con la admiración que algunos lectores han declarado por la originalidad de Transcrepuscular, de Emilio Bueso, tan semejante en algunos aspectos a Invernáculo de Aldiss, pero es fácil encontrar más ejemplos, incluso de este mismo maestro. Años antes de que autores como George R. R. Martin o N. K. Jemisin desarrollaran sus narraciones en planetas sometidos a ciclos, Aldiss ya practicaba con esa ambientación en la serie de Heliconia. Antes de que P. D. James y Margaret Atwood indagaran en las consecuencias que la esterilidad traería al mundo, el maestro británico ya había desarrollado su propia visión en Barbagrís. No digo que Aldiss inventara estos modos y esas temáticas, pero es indudable que ya los utilizaba hace cuarenta años, y que quien las etiquete como nuevas u originales cometerá un error de bulto.
Christopher Priest, que escribió el obituario para The Guardian pocos días después del fallecimiento de su compatriota, se decanta precisamente por esta novela, Barbagrís (Greybeard, 1964), como la más grande de entre su narrativa larga. Personalmente, creo que tiene obras superiores, las mencionadas hace un par de párrafos, pero la calidad de esta novela es, también, incontestable. En sus páginas se entrecruzan dos subgéneros literarios que a veces parecen el mismo, apocalíptico y postapocalíptico, cuya diferencia suele estribar en una diminuta diferencia de tiempo. Aldiss da primacía al segundo, e intercala el primero, marcha atrás, en los episodios pares. Así, el lector conoce las causas y las consecuencias de un desastre denominado "El Accidente”, que, además de provocar muertes y mutaciones, esteriliza a la Humanidad, abocándola, por este orden, a guerras, enfermedades y, finalmente, un lento abandono. Mientras el hombre envejece, la Naturaleza retoma el mundo. La potente, evocadora imagen que esa inversión de desarrollos provoca es lo primero que llama la atención en el libro, la aventura de un grupo de ancianos a través de un entorno fecundo. Si, en palabras de David Pringle, es esa fecundidad, precisamente, la que configura el sello de identidad del escritor británico, esta novela se declara entonces determinante en su obra, pues al otro lado encuentra, como contrapartida, la esterilidad del ser humano.
Aldiss se sirve de las intermitentes inmersiones en el pasado para, sobre todo, profundizar en la psique del personaje principal. Desde el presente hasta su infancia, la narración recorre los puntos significativos en la vida de Algy Timberlane, apodado Barbagrís por sus compañeros, líder del pequeño grupo de ancianos que navega Támesis abajo y, en apariencia, a sus 55 años, la persona más joven de la Tierra. Pero no es solo el protagonista principal quien goza de complejidad interior; los personajes que le rodean, tanto en el pasado como en el presente, así como los extraños con los que se van cruzando en su descenso por el río (mención aparte para el mesiánico estafador Bunny Jingadangelow, heredero del viejo mundo), declaran sus preocupaciones morales y existenciales en las numerosas conversaciones que constituyen la línea oculta de la aventura. En esos diálogos se tratan temas religiosos, éticos, políticos y algún otro tipo de consideraciones que, unidas a las reflexiones continuas de Barbagrís, dotan de contenido moral a la novela.
Sumando pequeños pasajes, el relato va dejando un poso de profundidad. Apenas dos páginas le bastan a Aldiss para resumir las andanzas y el origen del carácter de Charley, el segundo personaje más importante del libro. Hay un magnífico diálogo entre Algy y el militar Jack Pilbeam en el que se ataca al sistema capitalista: el ejército busca el nacimiento de niños por todo el planeta, pero no por la esperanza que eso supondría para la Humanidad, sino por la necesidad del Sistema de contar con nuevos consumidores para perpetuarse. En otro intercambio de pareceres, una crítica religiosa pretendidamente superficial deviene en un sucinto estudio sobre el gusto del ser humano por el simbolismo. Hay muchas conversaciones interesantes, pero el tema mayor del libro, presente en las reflexiones y las palabras de Barbagrís, viene dado, sin duda, por las consecuencias de la catástrofe mundial.
James y Atwood, mujeres ambas, cuyas historias parten del mismo punto que la de Aldiss, se sirvieron del problema de la esterilidad planetaria para construir sobre ella sendas distopías, interesantes fábulas políticas. El escritor inglés, siendo hombre, pone la mira en el elemento sentimental, en la ausencia de niños en el mundo y en la extinción de la Humanidad. En palabras de su protagonista, la falta de relevo generacional le robaría a la especie el sentido de la existencia, el cual depende de la ilusión de continuidad, de perpetuación. Sin ella, nos limitaríamos a repetir los días sin afán de progreso. Esta preocupación ha sido compartida, en sus respectivos estilos, por autores también masculinos tan dispares como Miguel Delibes o Haruki Murakami. La causa de este diferente enfoque (que supondrá una presunta inversión de términos para aquellos que mantengan un prejuicio de género sobre la diferente sensibilidad hacia los niños que tienen hombres y mujeres), se debe al momento personal del autor en la fecha de creación de Barbagrís. Ese año acababa de perder la custodia de sus hijos en la separación de su mujer y quiso imaginar un mundo sin niños, realizar con ello un ejercicio de catarsis. Donde ellas crearon distopías, él prefirió el postapocalíptico. A pesar de las diferencias, los tres autores coincidieron en incluir en el desarrollo de sus historias una misma preocupación: la búsqueda de un nuevo nacimiento como garante de la esperanza.
Por lo explicado, puede decirse que la novela tiene una interesante carga ideológica y un buen tratamiento de personajes. Pero no se queda solo ahí, porque la superficie, la parte que narra la aventura propiamente dicha, es también notable. A lo largo de los episodios impares, Algy y un reducido grupo de acompañantes abandonan la localidad en la que se habían refugiado durante años, huyendo de la amenaza de una invasión de armiños. Por iniciativa suya, navegarán Támesis abajo encontrándose con los últimos restos de la civilización. Ancianos solitarios, pequeños núcleos de población, la universidad de Oxford, una comunidad religiosa..., un mundo remoto convertido en una enorme residencia geriátrica. El trayecto que realiza el grupo de Barbagrís en su último viaje plasma un mundo parecido al que George R. Stewart presentaba en el clásico La tierra permanece, pero con una Naturaleza mucho más desbocada, siempre más fecunda. En el horizonte futuro se anuncia, a ojos de sus protagonistas, un escenario cercano al que Sara Teasdale previó en su maravilloso poema "Vendrán lluvias suaves", una Tierra en la que lo animal y lo vegetal vuelven a ser dueños, ausente ya el hombre.
Antes de que el suceso final empareje la última reflexión de Algy con la del Neville de Richard Matheson, sucede un pequeño milagro literario. La maestría de Aldiss, su toque particular en la descripción de la travesía de los ancianos por un mundo que marcha hacia lo remoto, crea una imagen que se potencia con la bien diseñada estructura de la novela, ejerciendo un efecto maravilloso en el lector. Aldiss hace confluir el viaje río abajo por un paisaje cada vez más salvaje, casi prehistórico, con el orden inverso de los recuerdos del protagonista. El lector es empujado por la narración y la estructura en la misma dirección, hacia el pasado, hacia la infancia del mundo y el hombre, hacia la culminación del viaje, cercano ya el mar, en una jornada difuminada por la niebla. Llegados a este punto, se hace imposible desdeñar un dato, la aparición dos años antes de El mundo sumergido, el clásico de J. G. Ballard, cuya proximidad de publicación apunta hacia una intención similar. Aldiss consigue el mismo efecto, la inmersión en el pasado, hacia lo primigenio, con armas distintas, sin aludir al surrealismo, con pura narrativa y un juego estructural. Hazaña solo al alcance de quien fue nombrado Gran Maestro de la Ciencia Ficción.
He aquí, resumo, una novela magnífica, digna de ser recuperada. Leerla es rescatar el pasado. En más de un sentido.


Esta reseña fue publicada por primera vez en C, el hijo de cyberdark.

viernes, 25 de octubre de 2019

Jesús Carrasco. La tierra que pisamos

Y de repente una entrada, una reseña rescatada del pasado. ¿Por qué? Por una cuestión personal. Porque echo de menos recorrer ciertos paisajes más que nunca. Porque echo de menos un tiempo en el que me apetecía volcar mis opiniones en unas cuartillas. Porque me leo y me asalta una sensación extraña.



Cualquier conocedor del subgénero estaría tentado de catalogar La tierra que pisamos como novela ucrónica. La acción, sugerida en el pasado, transcurre en dos lugares que no existen en el tiempo: una Extremadura que, junto con el resto de España, ha pasado a ser territorio colonial, y un nada detallado norte de Europa, lejano corazón de un extenso imperio de raíces germánicas que prolonga sus dominios hasta el África negra. Aunque en la novela no se hace mención de ningún punto Jumbar -ese giro fantástico de la Historia que en toda ucronía separa realidad y ficción-, tanto la localización temporal como la geográfica parecen sugerir la existencia de un Segundo Reich victorioso en la Primera Guerra Mundial, un imperio alemán prolongado en el tiempo que en la novela hace gala de la misma actitud expansiva y cruel que mostraría posteriormente el nazismo.
En rigor, lo cierto es que no hay una ambición ucrónica en las páginas de esta novela, no se trasluce una intención de contar la Historia desde una línea alternativa. No se citan toponimias más allá de lo necesario y cuando esto ocurre, debido a la mayor concreción en las localizaciones españolas que invasoras, tiene un efecto de deriva del subgénero ucrónico a la pura alegoría. El escenario rural que describe la novela, inmerso en el sufrimiento, doliente bajo el yugo de un opresor belicista en el primer tercio del siglo XX, despierta ecos de nuestra propia Guerra Civil. Es imposible, pues, leer los actos de violencia que se desarrollan en la novela y no pensar en aquel conflicto. Lo cierto, sin embargo, es que el libro, salvando los escasos identificadores políticos y geográficos y debido a su atmósfera exótica y a la ausencia de un anhelo de concreción, se acerca más a ese tipo de literatura de corte fronterizo situada en territorios imaginarios, un escenario que ha brillado en la pluma de escritores como Dino Buzzati o J. M. Coetzee. Es, de hecho, con este último con quien los amantes de las comparaciones podrían, por tratamiento narrativo y contenido dramático, emparentar esta novela de Jesús Carrasco.
A la obra no le falta ambición, pues toca temas diversos y de gran calado. La memoria, el dolor emocional, la alteridad, la culpa que acompaña al despertar de la conciencia y, como presencia continua de fondo, el imperialismo civilizatorio que todo lo arrasa separando al hombre de la tierra; de algún modo y una vez más, la poética de la vida rural en retirada, arrinconada por una civilización que no conoce de naturalezas ni de formas de vida alternas. A lo largo de la novela se mezclan el discurso interior y el paisajístico, resultando finalmente en una fusión cercana a la analogía, figura que encuentra explicitud cerca del final, en un pasaje de gran belleza que equipara sin nombrarla la desolación del protagonista con la del bosque arrasado, talado por los mismos responsables del vacío interior de Leva. En este libro, la tierra sufre como sufre el hombre, los hombres, sorprendidos y perplejos por la brutalidad de sus congéneres, hombres también, al fin y al cabo. No es anecdótico que el nombre del verdugo en esta novela, país rápidamente identificable a pesar de no ser nunca citado, signifique, precisamente, "todos los hombres" (allmanis). En realidad, es más una correspondencia que una metáfora lo que se da en el fondo de esta historia, más la evidencia de una relación entre Leva y su hogar, el hombre y la tierra largo tiempo olvidada, arrinconada por el progreso humano y una civilización expansiva que convierte los árboles en traviesas.
En el pequeño juego de dualidades que propone el libro, el invasor y el invadido son representados por otro par antónimo, el de los dos protagonistas humanos de la novela. La anciana Eva Holman, pareja y cuidadora de un viejo militar, siente la necesidad, a lo largo de todo el libro, de saber qué hay en la mente del hombre silencioso que un día aparece en su huerto, de extraer los pensamientos escondidos en su cabeza maltratada. Uno diría que, de alguna manera enrevesada y emulando al personaje de la obra de Ariel Dorfman, posiblemente las notas de "La muerte y la doncella", pues en la relación de ambos protagonistas se inmiscuye continuamente la culpa del torturador, en forma de toma de conciencia, y la inquisición de la víctima, latente en el reprobador silencio del torturado. En el proceso de descifrar los recuerdos del hombre, la anciana va tomando conciencia de la barbarie perpetrada por sus compatriotas hasta, finalmente, asumir como propia la culpa de los suyos. Ese proceso de reconstrucción de la memoria (que remite inevitablemente y de nuevo a la España oscura) ejerce la función del diálogo que ambos personajes no llegan a cruzar. En esa relación transmutada, en el juego entre interpretación y recuerdo, se encuentra, a mi parecer, el mayor triunfo literario de esta obra.
En el apartado estilístico, la escritura de Carrasco sigue hechizando, rica como es en vocabulario y precisión, aunque en algún que otro punto la disposición de las comas parezca algo libre. La narración es ágil, conjuga muy bien los continuos saltos temporales por los que avanza. El punto débil de esta obra no se encuentra en su escritura, sino en el contenido de sus última páginas, un festín del horror excesivo en cuantía, que busca culminar por acumulación pero acaba bordeando el efectismo. Y es que Jesús Carrasco no es un autor que conceda alivios. En Intemperie, su estreno como narrador, novela también recia, demostraba que los aridales y los campos muertos de nuestra península ibérica, encarnados en Extremadura, pueden ser un decorado tan válido para el tenebrismo naturalista como lo es, en la pluma de Cormac McCarthy, el medio oeste americano. En aquella primera novela, a pesar de tener un tono realista, la narración no definía con exactitud la localización geográfica, refiriéndose a una Extremadura vaga, difusa, en la que la tierra era el único valor real e inmutable. Esta segunda obra retoma esa dirección, pero añade datos históricos falsos, ucrónicos, internándose así en los dominios de la literatura fantástica, o lo que es lo mismo, en la frontera de la ficción metafórica. Para un amante de la ciencia ficción, novelas de esta calidad representan un motivo más para la alegría.


Esta reseña fue publicada por primera vez en C, el hijo de cyberdark.


miércoles, 18 de abril de 2018

Fredric Brown. Marcianos, Go Home!

Fredric Brown empezó a publicar relatos en los albores de los 40. Autor todoterreno, siguió la evolución natural de algunos de sus contemporáneos, desde el pulp inicial hacia tratamientos más adultos. Demostró su talento en diversos campos, cosechó premios importantes y repartió sus escritos entre varios géneros literarios, principalmente ciencia-ficción y novela negra, e incluso vio cómo algunas de sus obras eran llevadas a la televisión y al cine. Hoy en día, su nombre no despierta una pasión especial, pero seguramente eso sea producto del desconocimiento más que de la valoración intrínseca de su obra. Marcianos Go Home! constituye una oportunidad inmejorable para conocer de primera mano a uno de los autores más reivindicables de la vieja guardia, aquélla que convirtió la década de los 50 en la mejor que haya dado la ciencia-ficción en su centenaria historia.
De Brown se suelen citar su capacidad para epatar en distancias ultracortas y su humor sardónico e inteligente, y en esta novela pueden apreciarse ambos atributos. Aquí presenta una invasión marciana esperpéntica, tanto por el físico de los invasores, que presentan la tradicional imagen del hombrecillo verde, como por el mismo carácter de la invasión, más una visita que una incursión bélica. Eso sí, una visita cuyos turistas representan con maestría el rol de la impertinencia absoluta. Con inteligencia incisiva, Brown arremete contra las actitudes hipócritas que configuran nuestro día a día, y aunque muy pocos párrafos desatan la carcajada, la suma de situaciones configura un conjunto que, por acumulación, acaba provocando la elevación cada vez más pronunciada de la comisura de los labios. A partir de cierto punto, la novela se lee con una permanente sonrisa cínica de reconocimiento.
Por supuesto, eso no es todo. La obra busca la complicidad con el lector también desde el estilo, sumando para que ésta se finiquite de una sola sentada. Las situaciones graciosas están insertadas hábilmente en una trama que, además, conduce paulatinamente a un interés mayor. Finalmente, uno de los famosos giros de Brown, aquéllos que lo convirtieron en rey del ultracorto, cierra el argumento de forma admirable y en consonancia con el tono de la narración. Un final que (tengo su lectura reciente) juega con las mismas implicaciones que Ian Watson introduce muchos años después, a otra escala, en la conclusión de Magia de reina, magia de rey, número 3 de esta misma colección.
Cabe destacar que, por primera vez tras varias ediciones en nuestro país, el lector español puede disfrutar de una traducción completa, ya que muchos términos recortados en anteriores ocasiones, por presuntamente ofensivos, son recogidos en la actual edición de Bibliópolis Fantástica. El volumen se completa, además, con una estimable aportación de Lorenzo Luengo que, partiendo de un deliberado paralelismo estructural con respecto a la novela, incluye un ensayo comparativo entre el libro de Brown y otras dos obras publicadas en su misma época, así como una deliciosa e imaginativa reseña biográfica en clave de ficción. Un toque de originalidad que aleja al ya omnipresente bonus biográfico de la trillada fórmula al uso. Un libro que hay que tener.


Esta reseña fue publicada originalmente en el portal Bibliópolis, crítica en la Red.


domingo, 15 de octubre de 2017

Dan Simmons. El ascenso de Endymion e Ilión

Hace años que dejé de indagar sobre los próximos estrenos literarios. No es que no eche un ojo de vez en cuando a uno u otro autor, pero ya no hago búsquedas como antes. ¿A qué se debe? Dada la progresiva falta de interés general que me acucia, supongo que hay un importante componente personal, de años que van cayendo y acumulando kippel en mi conciencia. A veces percibo mi interior como el de una catedral milenaria a los pies de cuyas columnas y pináculos se fuera acumulando por toneladas el polvo de centurias y de cuyos arbotantes y contrafuertes se descolgaran enormes cataratas de arena. El espacio libre cada vez es más exiguo, el nivel de la morralla acumulada sube, así que vas renunciando a cosas. 
Pero no sólo se trata de eso, claro; mi desidia es también efecto de los tiempos que vivimos. Demasiadas novedades, en un número que apabulla a cualquier lector; más si, como yo, ha pasado a dedicarle más de una semana a la lectura de cada libro. Por otra parte, está también el aumento exponencial de información que ha traído internet. Actualmente, ni siquiera hace falta entrar a webs especializadas para indagar en un campo determinado, ya que la propia participación diaria en las redes sociales te mantiene al día de lo que se cuece o de lo que está por venir. Te lo pone fácil. Yo antes buscaba, curioseaba, entraba en las páginas de referencia para ver qué se había publicado en el mundo anglosajón (era difícil encontrar productos de algún otro) y qué libros de mi interés iban a traducirse al castellano. Hace tiempo que ya no, que el exceso de información me cansa. Y el problema es que si lo confías todo a lo que te llega y no a lo que buscas, acabas perdiéndote cosas que te pueden resultar atractivas e ingiriendo muchas más que te importan un comino. 
Recuerdo haber mencionado, hace varios años, mi interés por el libro de Dan Simmons que tienen en la parte superior derecha, The abominable. El autor de Los Cantos de Hyperion y de El Terror brilla especialmente en la descripción de ambientes gélidos, se le da de miedo la creación de monstruos y en este libro trata una de mis temáticas favoritas, la escalada; y con Mallory, nada menos, como personaje importante. Pues bien, se me había olvidado del todo, a pesar de que me suena haber leído que alguien lo estaba traduciendo. Nadie lo ha vuelto a mencionar, y eso ha hecho que desapareciera de mi cabeza. Hasta que un comentario casual en Goodreads me lo ha vuelto a traer. Dicen que el cerebro humano está cambiando debido a la informática, que la navegación diaria ha hecho que cedamos nuestra memoria al buscador de Google. Puede que sea esto lo que me hace olvidar tantas cosas últimamente, el delegar mis recuerdos en una máquina, algo muy de ciencia ficción, aunque podría ser el kipple, concepto que también lo es. Afortunadamente, muchas de las cosas de mi pasado están escritas, la única manera de hacer indeleble un recuerdo. Como el de estas dos reseñas que tienen a continuación, pertenecientes a dos libros de Dan Simmons. Ahí se las dejo.



Lo que pudo ser y no fue


El ascenso de Endymion es la cuarta y última entrega de la serie que Dan Simmons iniciara en 1989 con Hyperion, ganadora del premio Hugo. Que Simmons es uno de los mejores escritores actuales del género no lo duda nadie. En mi opinión, el conjunto formado por Hyperion y La caída de Hyperion, en realidad una sola novela conocida como Los Cantos de Hyperion, constituye la obra cumbre del género de la ciencia ficción canónica, por eso era interesante para mí comprobar cómo intentaría el autor seguir maravillándonos con una continuación que provenía de una historia maravillosamente cerrada.
La primera parte del binomio continuador, Endymion, resultó ser una grata narración de aventuras, convertida por el ameno estilo del escritor en un maravilloso retablo descriptivo del universo que ya conocíamos. Algunas de las imágenes incluídas en la novela permanecerán en mi memoria largo tiempo, tal es la habilidad descriptiva de Simmons (de la cual, por cierto, deberían aprender escritores poco claros como Gregory Benford). También se lanzaban al aire varias incógnitas para su futura solución y se dejaba entrever por dónde iban a ir los tiros en el episodio final, aunque en general no se aportaran muchas novedades. Ese último capítulo en el que debían desarrollarse nuevas ideas y solucionar los temas pendientes es El ascenso de Endymion, que extiende la serie total de dos a cuatro volúmenes.
La novela comienza cuatro años después de donde acabó la anterior. Durante las primeras cien páginas asistimos a la puesta al día de los protagonistas, de nuevo en acción, y a la nueva configuración del espacio humano dominado por Pax, del que ya conocíamos algunas cosas. Los capítulos se suceden entre las notablemente gráficas descripciones de los mundos que visita Raul Endymion y las intrigas que se suceden en la dirección del imperio humano de Pax. A los capítulos que contienen las hazañas individuales de Endymion le suceden capítulos corales que recuerdan claramente el espíritu de La caída de Hyperion.
El ritmo se va acelerando de una manera trepidante hasta llegar al capítulo decimotercero, un capítulo de los más grandes que un servidor haya leído en esto de la ciencia ficción, comparable a los tres que cierran magistralmente la inolvidable Trilogía de las Fundaciones de Isaac Asimov. La maestría en el manejo del diálogo y lo que en este episodio se expone (la explicación del Tecnonucleo sobre lo que pasa) llevan al lector al asombro más absoluto. Con gran coherencia se da una vuelta completa a todo lo que se tenía aceptado como bueno, y uno se da cuenta de que esto podría no ser una continuación, sino parte de un libro escrito en cuatro volúmenes. Hasta el sentido completo de Endymion cambia con las verdades del Tecnonucleo. Así continúa la lectura hasta que nos topamos con la página que abre la segunda parte del libro. A estas alturas, sin haber llegado aún a la mitad de la novela, uno está convencido de estar ante una obra maestra, y de repente...
El comienzo de la segunda parte nos sumerge en otro libro distinto. Hay un cambio de ritmo tal entre la aceleración con la que se llega a este punto y lo que se encuentra a partir de él, que el lector ve su atención mermada. Da la sensación de que Simmons hubiera tenido que dejar de escribir para dedicarse a otras ocupaciones durante un tiempo, porque durante casi doscientas páginas cae en la más reciente moda norteamericana y nos introduce en una cultura orientalista situada en un mundo constituido por altos picachos. La falta de acción más absoluta, envuelta en la reiterativa descripción de este mundo (incluyendo capítulos que no tienen nada que ver con la trama principal y que sobran completamente), provocan lo impensable: Simmons se hace pesado. Y eso no es lo peor. La historia ha saltado repentinamente cinco años, y cuando uno busca el porqué, sólo se le ocurre un motivo: que Aenea, la niña mesías, tenga más de veintiún años; es decir, que sea sobradamente mayor de edad según las normas estadounidenses para que algo inevitable, hacer el amor con el protagonista de treinta y dos años de edad, no levante llagas morales.
Pero eso no es todo. La verdadera idea motora de este volumen aparece aquí: es lo que Aenea llama el Vacío Que Vincula. La explicación de qué es se ofrece en esa desafortunada segunda parte del libro, y está a su escasa altura. El concepto de una dimensión de emociones alternante con el espacio tiempo y a la que se llega principalmente por amor hace que vengan a la cabeza de uno las notas de aquella canción de los Beatles, "All You Need Is Love", y es que la mística y la ciencia ficción, para mi gusto, nunca han casado muy bien. Uno recuerda con espanto, a mitad de esa parte de la novela, las palabras de Simmons: "Con este libro he querido demostrar que el amor es una fuerza universal". Y uno se echa a temblar; el término "hippie" resuena en la mente. Ruega al dios de la ciencia ficción que la respuesta verdadera sea la dada por el Tecnonucleo, y no la de la joven mesías. El rezo recibe la misma respuesta que todos los rezos de la historia.
Inmensamente fastidiado, uno sigue leyendo, y lo que antes hubiera pasado de largo ya no lo perdona. Simmons por fin decide continuar con la acción, y en un combate realmente intenso, como sólo él sabe describir, el que ha sido hasta ahora mero comparsa y un pobre tonto se basta él solito para acabar a puñetazo limpio con una criatura que le reventó las tripas al legendario Alcaudón (el verdadero motor oculto de toda la serie) en el anterior libro.
Llegamos a la tercera y última parte y la acción se torna de nuevo desenfrenada. Simmons decide echar mano de los pesos pesados, y hace aparecer por arte de magia a los protagonistas de los dos primeros libros. Estos le dan más emotividad a la narración, pero el lector, con la mosca tras la oreja, se empieza a preguntar qué hacen aquí, y la verdad es que algunos no hacen nada; ni Rachel, ni Kassad, ni el Cónsul (meramente testimonial su aparición en dos páginas) tienen justificación.
Creo que he dicho ya que Simmons es un escritor como la copa de un pino. Gracias a eso consigue hacernos entrar de nuevo en el libro, aunque ya esté tocado de muerte. De nuevo, la descripción de las batallas espaciales es majestuosa. Aciertos como la Biosfera -una esfera de vida alrededor de una estrella- y sobre todo la Pasión de la mesías Aenea, semejante en casi todo a la del Nuevo Testamento, hacen que el final sea realmente apoteósico, lágrimas incluidas. El universo resultante acaba retrotrayéndonos a las novelas de hace varias décadas, en las que se podía viajar por el espacio con sólo la fuerza del pensamiento. El desenlace y la solución final son ampliamente satisfactorios, o al menos eso parece al cerrar El ascenso de Endymion.
En conclusión, una novela que se sostiene sólo gracias a la maestría estilística de su autor y que iba para obra maestra y lamentablemente se queda en simple divertimento. A diferencia de sus antecesoras, cuando se piensa un poco, se encuentran bastantes incongruencias, y sobre todo, se hace patente que esta novela no estaba pensada, que ha ido haciéndose sobre la marcha en la cabeza del autor. Conceptos como las parcas, de las que no volvemos a saber nada; o la libreyección, que podía haber ayudado a escapar a la mesías sin necesidad de Endymion; el hecho de que Nemes venciera fácilmente al Alcaudón en el anterior libro, y no utilice el arma con la que venció en éste; el uso de los míticos personajes de las primeras novelas sin venir a cuento; la ubicación del Tecnonucleo, que Simmons vende como sorpresa, olvidándose que ya lo comentó en el tercer libro, etc., todo empuja a repudiar la novela. Sin embargo, El ascenso de Endymion gusta y deleita porque Dan Simmons nos engaña mediante su embelesadora escritura y esa inagotable imaginación que sabe desplegar como nadie. Podía haber sido una novela importante, haber aportado de forma inesperada más complejidad a la mejor bilogía que haya visto el género de ciencia fición, y sin embargo se queda en mera impostura. Grandes momentos, pero, debido a sus contradicciones con lo mostrado en Los cantos de Hyperión, también una traición a su glorioso origen.


* La versión original de este texto fue publicada en el portal Bibliópolis, crítica en la red.



Un yanqui en la corte del rey Príamo


No voy a citar Hyperion. Considero injusta la carga de la comparación a perpetuidad que ha de soportar el resto de la obra de un autor cuando éste ha dado a luz, en algún momento anterior de su carrera, una novela definitiva. Más injusto si cabe en Dan Simmons, un escritor de su tiempo que sabe moverse entre distintos géneros, que desborda oficio en los diversos campos literarios en los que publica, sea ciencia ficción, terror o suspense. Se apunta además en algunas críticas hacia el sospechoso parecido de la nueva novela con aquella obra maestra. No me lo parece. Más allá de algunas coincidencias puntuales –la personalidad de Hockenberry, el tele transporte, el concepto de noosfera-, Ilión presenta una trama y una estructura absolutamente independientes, propias. La última novela de Simmons ha de explicarse por sí misma, no en competición con insuperables hitos del pasado.
Articulada en la alternancia de tres líneas argumentales confluyentes, se puede catalogar como space opera con anhelos literarios. Más aún que en la reciente La edad de oro, de John C. Wright, el aspecto externo de la narración es procazmente zelazniano, profuso en tecnologías con apariencia mágica que confieren a sus portadores el poder de dioses. En el corazón de la obra resuena el afán del autor por homenajear a algunos clásicos de la literatura universal, principalmente la Iliada, de Homero, y La tempestad, de William Shakespeare. También hay referencias a En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y a alguna otra obra del bardo inglés, aunque estas últimas no forman parte del basamento de la historia como las anteriores, sino que amenizan el discurso narrativo y alimentan el diálogo entre dos peculiares personajes.
Simmons conduce al lector por un Sistema Solar repartido entre unos seres mecánicos llamados moravecs, que habitan el sistema jupiterino y los asteroides, y una raza de posthumanos encarnados en los dioses griegos legendarios, pobladores del Monte Olimpo marciano. Aparentemente al margen, los escasos últimos humanos viven en la Tierra una suerte de utopía basada en la automatización y la ignorancia. En el núcleo de la novela, la guerra de Troya es revisitada y alterada por el escólico Hockenberry, un humano del siglo XXI al que los dioses han resucitado para que estudie in situ la contienda. El autor comienza la novela en el mismo punto que la Iliada, retocando el texto original. Imita el lenguaje homérico en varios aspectos, como la reiteración de los atributos de sus personajes al nombrarlos, y logra hacer interesante la revisión del texto de Homero merced al punto de vista moderno y al dominio de la acción, uno de sus mayores activos. Los enfrentamientos entre héroes y dioses son, sencillamente, espectaculares.
Mientras que la primera línea argumental glosa la epopeya troyana, la segunda describe las andanzas de un grupo de humanos a través de zonas olvidadas e inaccesibles de la Tierra. Su objetivo es encontrar la forma de subir a los anillos orbitales, donde les aguarda un tenebroso secreto. Sobresale en estos capítulos la imaginación de Simmons, su facilidad para componer imágenes poderosas, lugares inolvidables y exóticos por los que transitan los personajes hacia su destino. En la parte final comparten escenario con los principales protagonistas de La tempestad, Calibán y Próspero, así como Ariel y el misterioso Setebos, que sugieren la existencia de otras entidades ajenas a robots y superhombres en el sistema. El conflicto troyano y la singladura humana a través de una Tierra cambiada ofrecen grandes momentos y sobrada amenidad. Sin embargo, la novela cojea. El motivo se encuentra en la diferencia de velocidades que se da entre ambas narraciones y una tercera protagonizada por dos moravecs pedantes, que avanza pesadamente entre debates literarios y descripciones de naturaleza hard, sin interés alguno. Puede el lector saltarse capítulos enteros, como el de los maniobras en la nave destruida en órbita o el del arribo a Marte, sin que por ello quede afectada su comprensión del conjunto.
A este problema cada vez más extendido, el inflado innecesario de páginas conocido en el mercado angloparlante como Fat Fiction, se une otra epidemia de la literatura fantástica actual, la de las series. Es difícil escribir una crítica coherente de una novela que no acaba, que lo deja todo en el aire en espera de futura conclusión, quizás, si hay suerte, en el siguiente volumen de la enelogía. Ilión o la citada La edad de oro no son mas que dos ejemplos, pero hay infinidad. Para colmo, la edición española es una nueva agresión al lector. Ediciones B ha decidido resucitar el chollo de las novelas por entregas, pero por el antiguo método del pan y los peces. Paga una y cobra dos, o tres, como en el caso de los libros de Neal Stephenson, así una bilogía se convierte en una tetralogía; y una trilogía en una... a saber. Lo más llamativo es que el propio director de la colección, Miquel Barceló, también se queja de ello, por lo que, aparentemente, está al margen de la maniobra. La especulación parece ser el signo de estos tiempos, al menos en España.
En última instancia, lo importante es la literatura, y en este caso habrá que esperar a que aparezca el prometido Olympos para emitir juicio definitivo sobre la calidad y habilidad demostrados por Dan Simmons en esta nueva incursión en el género de la cf. De momento, clembuterol aparte, Simmons va bien.


* La versión original de este texto fue publicada en el número 41 de la revista Gigamesh.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Criminal Blurbs


"Vienen cuando hace frío me ha recordado al Stephen King más terrorífico, justo antes de que dejase el alcohol y las drogas y levantase el pie del acelerador literario más oscuro."

-Antonio Torrubia. LIBRERÍA GIGAMESH

Aquí tenemos un nuevo enfoque para el blurb comparativo: engrandecer la novela de un autor aludiendo a la decadencia de otro de mayor renombre. El blurb man intenta elogiar por equiparación, como es usual, pero su maniobra a la inversa y las prácticas que parece considerar causa de aquella extinta grandeza acaban dándole a su texto un cierto tono humorístico, como de ensañamiento.


lunes, 21 de agosto de 2017

Robert C. Wilson. Darwinia y Los cronolitos


Hay premios inmerecidos cuya concesión no responde a la presión de lobbies ni a modas temáticas concretas. En algunos casos, tienen su origen en un equivocado sentido de la justicia, un deseo de romper de una vez el cántaro que tantas veces había ido a la fuente. Sobra decir que, tanto la propia causa de justicia como el perjuicio que supone para el resto de participantes, hacen que la entrega de ese premio sea, triste paradoja, injusta. Debido a la anterior entrada sobre el premio Hugo, he recordado a Robert J. Sawyer y su novela Homínidos, pero también a Robert Charles Wilson, un buen autor que durante años encabezó la alternativa a la complejización y autorreferencialidad del género con una serie de novelas escritas a la manera clásica, sin complicaciones.
Tras ser nominado tres veces, dos de ellas con las obras que encontrarán ustedes reseñadas más abajo, a Wilson le llegó la recompensa con Spin, novela aclamada por la cual no comparto devoción. Fue uno de esos casos en los que uno se queda solo contra el mundo; me pareció que, al igual que le había ocurrido años antes al también canadiense Sawyer, no habían premiado su mejor novela, sino un merecimiento acumulado. Si me preguntan, creo que esta es Los cronolitos, aunque también es cierto que no he podido leer sus últimas obras. En España, Wilson ha pasado a ser uno de esos escritores "quemados", una víctima de los movimientos editoriales. La Factoría de Ideas publicó gran parte de su obra en Solaris Ficción, pero no pudo hacerlo con Spin, el premio Hugo, que fue publicado en Omicron, de Roca Editorial. Extintas las dos colecciones, nadie ha querido coger el testigo, ni para publicar las dos continuaciones de un premio Hugo, que en teoría siempre ayuda en las ventas, ni para publicar las tres novelas independientes escritas después por el autor, una de las cuales fue nominada a ese mismo premio en 2009.
Es una lástima, pero, debido a los vaivenes editoriales y a otras cuestiones de mercado algo más complejas, los lectores españoles perdemos la posibilidad de seguir leyendo a autores interesantes y de completar series interrumpidas, que acaban quedando cojas en las estanterías. Un autor o una serie "quemados" dejan al lector desamparado, máxime cuando algunas de esas series no han sido creadas al socaire de un éxito, sino que han sido concebidas como un cuerpo entero, aunque dividido en entregas. Seguro que ustedes, como yo, tienen más de una en la cabeza; díganme las suyas y yo les diré las mías.



Darwinia

En ocasiones, se hace difícil encontrar las palabras exactas con las que definir qué sentimientos despierta en su conclusión un determinado libro. En otras, sin embargo, es tarea sumamente fácil. Esta novela de Robert C. Wilson, por ejemplo, sólo provoca sinónimos: enojo, irritación, enfado. Y no por su ideología o por su baja calidad, sino por su defectuosa construcción; por suponer, en suma, una gran ocasión desperdiciada.
Darwinia comienza de manera fulgurante, bajo una premisa realmente atractiva. En 1912, de la noche a la mañana, Europa es misteriosamente sustituida por una espesa jungla de flora y fauna desconocidas. Con una prosa más que cuidada, vaga lentitud y exquisito gusto por lo antiguo, el autor logra reproducir los aromas de la imprescindible literatura de viajes de principios del siglo XX. La América que habrá de convivir con las consecuencias del llamado "Milagro" y las nuevas tierras de Darwinia, vividas a través de los ojos y experiencias de los principales protagonistas, se convierten en un decorado de lujo para el desarrollo del principal motor de esta obra: el misterio que envuelve a la transfigurada Europa.
Con este comienzo, Darwinia se prefigura como una novela realmente absorbente, capaz de jugar con subgéneros presumiblemente dispares, aunando la supuesta ucronía y el consabido macroartefacto (¿qué otra cosa sino esto es en realidad el nuevo continente de Darwinia?) en un conjunto impulsado continuamente por una indescifrable incógnita. Sin olvidar tampoco el magnífico telón de fondo que supone la posibilidad de especular con una Historia en la que no existió Primera Guerra Mundial ni influencia alguna de Europa en el decisivo siglo XX.
Sin embargo, como en la vida misma, la sinrazón aparece a veces en el terreno de lo creativo. Llegado el primer tercio del libro, en un defraudante ataque de impericia, el autor decide cortar dolorosamente el ritmo y la vida de la narración insertando un breve Interludio, tras el cual pretende continuar las cosas donde las dejó. En él, se desvela anticipadamente, con pelos y señales, el origen y causas del misterio darwiniano, lo que provoca el desinflamiento total de la trama, que a partir de ese momento, conducida con pulso inestable, deja de interesar del todo.
Aunque la idea interna que da origen al prodigio del cambio de Europa es enormemente interesante, lo que resta del libro resulta ya tan falto de intriga que la lectura se torna anodina; el conocimiento del secreto mata la curiosidad. Del posible estudio histórico paralelo no se dan mas que breves apuntes. Hasta la prosa se devalúa. Sólo al final, en la lógica y anunciada conclusión, la novela vuelve a ganar cierta altura debido a un breve conchabeo con el terror lovecraftiano. Sin embargo, la presunta profundidad que se adivina en las últimas páginas no logra calar debido al estado de desinterés con que se llega a ellas.
Darwinia es un ejemplo más de lo que pudo haber sido y no fue. Una ilustración maravillosa, un excelente comienzo, unas ideas dignas del mejor creador, pero en resumen, una historia mal contada.



Los cronolitos

La novela más reciente de Robert Charles Wilson, candidata al premio Hugo de 2002 y co-ganadora del premio John W. Campbell Memorial de ese mismo año, confirma la fijación del autor por una misma idea como base central de su interesante obra. Esto no es algo nuevo (recordemos que el gran Dick basó la casi totalidad de su creación literaria en dar vueltas y vueltas sobre el mismo asunto) ni, en este caso, negativo. Las tres novelas de Wilson publicadas hasta el momento por La Factoría de Ideas tienen su origen en alguna misteriosa aparición o desaparición. En Darwinia, el continente europeo al completo era sustituido de la noche a la mañana por una inexplorada jungla extraterrestre; en Mysterium, un pueblo del medio oeste americano se trasladaba a una realidad alternativa; en Los cronolitos, una serie de colosales monumentos procedentes del futuro próximo comienza a aparecer a lo largo y ancho de Asia. Afortunadamente, el escritor canadiense no reitera los argumentos y dota a sus novelas de historias originales con tramas muy distintas.
Los cronolitos se desarrolla en un futuro cercano en el que la sociedad se ve empujada al desastre debido a la aparición espontánea de enormes monumentos, los cronolitos del título, que conmemoran las futuras victorias de un genio militar llamado Kuin, casi dos décadas más adelante. La razón de ser de estos cronolitos parece evidente: crear un bucle de retroalimentación para que el efecto, inexorablemente, conduzca a la causa. La inestabilidad que provoca la sucesiva aparición de los monumentos da paso a una sociedad cada vez más caótica, con lo que la llegada de Kuin, y su triunfo, parecen inevitables. En medio de todo ello, Scott Warden trata de sobrevivir a la extraña marea de acontecimientos, en la que además parece jugar sin saberlo un papel importante.
Miquel Barceló alertaba recientemente a los lectores de la colección Nova sobre la exagerada preponderancia de la tendencia denominada near future en la actual ciencia-ficción, pero si bien es cierto que este libro podría incluirse de refilón en ese cajón de sastre (más bien en una especie de “desastre cercano”), su verdadero campo de ficción es el de los fenómenos temporales. Y se mueve en él, a pesar de la dificultad que supone toda historia contada al revés, admirablemente. Sin utilizar paradojas ni el fácil artificio de los universos paralelos, el resultado final, un bucle temporal autorregenerativo, se cierra de forma sorprendentemente correcta. La propuesta de efecto-causa está impecablemente tratada, y prueba de ello es la ausencia de cabos sueltos en un final que, aunque carezca de fuerza, no podía ser otro.
Los personajes son creíbles, y a pesar de mostrar esa cantidad de desgracias personales tan en boga en la cf actual, Wilson no se permite la pesadez de Gregory Benford o el amarillismo de Robert J. Sawyer. Los cronolitos es, sin duda, la obra más redonda de Wilson hasta el momento. Entretenida, inteligente y sin material de relleno. Y es ciencia-ficción. ¿Qué más se puede pedir en estos tiempos?


Estas dos reseñas fueron publicada originalmente en Bibliópolis, crítica en la red.


viernes, 18 de agosto de 2017

Roger Zelazny. Tú el inmortal


Se acaban de conceder los premios Hugo de 2017. La lista de ganadores ha llamado la atención debido al número de mujeres que contiene. La presencia femenina en la categoría reina, la de novela, solo ha sido usual en las últimas décadas: en los últimos 30 años, 18 premios han recaído en hombres y 14 en mujeres, lo cual no llega a ser absolutamente igualitario, es cierto, aunque tampoco tenga por qué serlo, digámoslo, un premio basado presuntamente (subráyese) en la calidad. Aunque esto no es una competición entre sexos, lo más reseñable de este año ha sido el dominio femenino casi absoluto, extendido a prácticamente todas las categorías; por la alternancia que supone, se trata, sin duda, de una buena noticia para el progreso de la ciencia ficción.
En cuanto al premio Hugo en sí, saben los lectores de este blog que hace bastantes años que dejé de tenerlo en cuenta. Me interesa únicamente por su utilidad, por su valor como aproximación al estado de popularidad de ciertos autores y temas. Y es que, debido al sistema de votación, los Hugo, al igual que nuestros entrañables premios Ignotus, son vulnerables a circunstancias y movimientos como los que en años recientes provocaron el lamentable affair de los Puppies. Sea como sea, en unos premios en los que la calidad hace tiempo que dejó de ser determinante, que gane el lado correcto, moralmente hablando, no deja de ser buena noticia.
Un vistazo al historial de premios en la categoría grande, la de novela, da una idea exacta de cómo ha ido degradándose el premio Hugo con los años. Con alguna contada excepción, un porrón de libros en su mayoría incontestables (excelentes, obras maestras, clásicos...) recorre la línea temporal hasta los ochenta, década en la que comienza a colarse alguna novela, digamos, más floja, un signo de debilidad que poco a poco va aumentando hasta la pérdida de identidad del premio en la década de 2000. No estoy diciendo que no haya buenas obras en estos últimos años, me estoy refiriendo a la decreciente densidad de ellas, a concesiones a la popularidad exterior y a la inclusión de textos de un subgénero que en origen no estaba en el corazón del premio.
La desconfianza se paga, y en mi caso me ha llevado a no leer un solo premio Hugo en los últimos años. No se preocupen, soy un tipo de mente abierta y confío aún en las recomendaciones de algunos (contados) compañeros, así que me dispongo a hacerlo en cuanto tenga tiempo. Aunque cada vez me apetezca más volver la vista atrás y adentrarme de nuevo en aguas ya navegadas, novelas como este viejo premio Hugo que reseñé hace ya unos cuantos años.



En el último año hemos asistido en nuestro país a la reivindicación de Roger Zelazny. Tras la reedición en formato de bolsillo por parte de Minotauro de El señor de la luz y la publicación de obras tan brillantes como La edad de oro, de John C. Wright, e Ilión, de Dan Simmons, deudoras en distinta forma del tratamiento mitológico zelazniano, cabía esperar la reaparición de su segunda obra más reseñable.
Tú el inmortal, ganadora del premio Hugo en 1966 (compartido nada menos que con el Dune de Herbert), fue la primera novela publicada por el autor, que ya había ofrecido muestras de su originalidad e ingenio en un gran número de cuentos, tales como “Una rosa para el Eclesiastés”, “Las puertas de su cara, las lámparas de su boca” e incluso “...Y llámame Conrad”, embrión del interesante clásico que se reseña en este texto. Precursor de la new wave en su rama norteamericana, Zelazny fue un escritor de rápida eclosión que inmediatamente ganó prestigio y alcanzó su máximo potencial al orientar su estilo narrativo, brillante en lo descriptivo, fresco en los directos y desnudos diálogos, hacia una suerte de fantasía científica en la que la ciencia toma aspecto de magia en el más estricto sentido clarkiano.
En ésta, su ópera prima, Zelazny presenta los mimbres de una visión temática que perfeccionaría y culminaría sólo un año más tarde en su mejor obra, El señor de la luz, donde la ciencia acaba siendo algo tangencial, que conforma la excusa de una trama de aspecto puramente fantástico, una epopeya divina basada en el panteón de dioses hinduista. Por Tú el inmortal desfilan héroes y monstruos trasuntados de una mitología distinta, la griega, aunque en un escenario más afín a la ciencia ficción.
El protagonista es Conrad Nomikós, humano inmortal debido (quizás) a los efectos de la radiación que cubrió amplias zonas de la Tierra tras la Guerra de los Tres Días, un apocalipsis atómico que dio como resultado una alta población de mutantes. Antiguo héroe revolucionario, ahora en el anonimato por voluntad propia, ostenta un pequeño cargo en el ministerio terrestre que le otorga una posición privilegiada entre congéneres humanos y extraterrestres veganos, salvadores y por ello nuevos arrendadores del planeta. Conrad recibe el encargo de servir de guía en la expedición que conducirá al vegano Cort Myshtigo desde Egipto hasta una oscura Grecia plagada de peligrosos monstruos. Un viaje que, de alguna manera, se adivina crucial para el destino de la humanidad.
Los dos mayores atractivos de la novela se encuentran tanto en su desarrollo aventurero, que convierte la lectura en un auténtico disfrute, como en el carisma de su personaje principal. Es cierto que se puede distinguir un importante poso ideológico en las obras de Zelazny, pero éste se asienta más en la esencia del protagonista que en los ejercicios de alta política que se repiten de fondo en sus novelas. Suele ser siempre un francotirador revolucionario que, a pesar de su aparente desgana, coloca su anhelo de justicia social por delante de lo demás, incluso a veces de sus mismos compañeros; un solitario antihéroe dado a la filantropía. Tras los grandes poderes, los terribles enfrentamientos y las maniobras de alto nivel, siempre destaca el anhelo individual del personaje destinado a la lucha desinteresada.
El Zelazny de esta obra aún no ha radicalizado su visión literaria y busca agradar al lector. Quizá por eso es menos trascendente, pero también más fácil de digerir. La editorial Bibliópolis ha decidido, motivada seguramente por la corta extensión de la novela, añadir un ensayo, obra de Iván Fernández Balbuena, dedicado al autor y a la obra, así como ofrecer una nueva traducción de Joaquín Revuelta. Mientras las ya numerosas editoriales de cf de nuestro país sigan reflotando clásicos como éste, no habrá año sin buenos libros.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la Red.