miércoles 15 de julio de 2009

Uy, uy, uyyy...

jueves 5 de marzo de 2009

Pellizcos


Pero los únicos que pueden cambiar el mundo son los pesimistas. A los optimistas ya les parece bien como está.


-José Saramago-

viernes 27 de febrero de 2009

Brian Aldiss. Invernáculo

Esta mañana he realizado una compra que había venido posponiendo durante meses, desde el día en que descubrí el volumen cuya cubierta tienen ustedes ahí abajo, a su izquierda, colocado en una de las muchas estanterías con que cuenta una tienda de libros usados que frecuento. Su elevado precio y la irregularidad en su contenido componían una mezcla disuasiva. Y es que este viejo ómnibus reúne cinco novelas de calidad muy dispar. Las pertenecientes a los poco afamados John Mantley Ciencia-Ficción Inglesa. Obras Escogidas Iy Dan Morgan no me interesaban mucho. Para colmo, de las tres restantes, escritas por el gran Brian Aldiss, ya tenía dos en otras ediciones (Invernáculo y Galaxias como granos de arena). Por tanto, sólo una quinta parte del libro despertaba mi interés, la novela titulada Viaje sin término.
Creo que ya lo hemos hablado en alguna otra ocasión. Hace años que me liberé de ese extraño mal que acucia a la mayoría de los seguidores de este preciado género literario, esa necesidad imperiosa de cubrir todo hueco del pasado comprando libros y libros, rebuscando como un poseso en los mercadillos y las viejas tiendas ocultas hasta dar caza a la preciada y elusiva pieza que falta en tu biblioteca. Como decía, a mí ya no me afecta, pero aún así, hay casos aislados, ausencias imperdonables que han de ser subsanadas por obligación, y ésta era una de ellas. Porque Viaje sin término es La nave estelar, y La nave estelar es, en mi opinión, la Gran Novela de Brian Aldiss. Y eso es decir mucho.
Este es uno de esos casos en los que uno se pregunta por qué tal o cuál novela no es reeditada, especialmente cuando sí se están recuperando otras obras de calidad inferior. Seguramente, habrá razones poderosas para ello, puede que incluso obvias, pero para mí representa un misterio absoluto. Aldiss es, sin duda, uno de los grandes del género, tanto en el campo de la teoría como en el de la narrativa. Es uno de esos tres o cuatro escritores (Silverberg, LeGuin; el propio Dick... ¿dónde estaría Dick sin el decisivo apoyo del séptimo arte?) que cualquier lector bregado en la ciencia ficción situaría muy por encima de los que cuentan con más fama, pero que por no se sabe qué motivos nunca lograron cruzar la frontera.
El binomio que conforman La nave estelar e Invernáculo es, sin duda, uno de los más fascinantes e imaginativos logros del género. La fuerza de sus imágenes, el exotismo y la vitalidad de los viajes que en ambas novelas se narran, así como la riqueza y originalidad del conjunto, constituyen uno de los hitos de la ciencia ficción escrita. Ojalá algún editor se animara a recuperar la primera de estas maravillas. Con una nueva traducción, si es posible. Y, puestos a pedir, quizás bajo el viejo título, Viaje sin término, por aquello de evitar el que sin duda es el mayor spoiler literario de la historia. En la (seguramente) larga espera, pueden ustedes leer o releer, tal sea su caso, la segunda novela de este maravilloso díptico, fácil de encontrar en su edición de Minotauro y también presente en esta antología de aguilar, y cuyo primer título, En el lento morir de la Tierra, de nuevo prefiero por encima del más moderno Invernáculo. Aquí tienen una crítica:


Curiosamente, cuanto más se aleja de los dictados científicos, más se acerca la ciencia ficción a la anhelada calidad literaria. Es difícil encontrar una obra de temática hard que pueda ser mostrada sin recato fuera del género, y sin embargo, novelas como ésta que nos ocupa, como Ciudad o como Crónicas marcianas, libros que contienen ficciones imposibles por su escaso respeto hacia los dictados de la ciencia moderna, se destapan como fácilmente exportables gracias a sus valores narrativos, sus descripciones y su riqueza imaginativa.
Invernáculo vio la luz de forma algo compleja. Publicada inicialmente como una serie de cinco relatos cortos en la revista “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”, fue galardonada con el premio Hugo en 1962 en la categoría de relato, aunque, sorprendentemente, por toda la serie conjunta. A modo de fix up novelizado, se publicó ese mismo año con el título Hothouse en el Reino Unido, y bajo el más sugestivo The Long Afternoon of Earth en EE. UU., en una versión reducida que contaba con 8000 palabras menos. En España, la primera edición se tituló En el lento morir de la Tierra y obtuvo una gran consideración en la década de los 70. Fue incluida por algunas revistas especializadas de entonces dentro de la lista de las 10 mejores novelas de todos los tiempos. El gran dibujante y guionista Carlos Giménez utilizó la novela, en plena Transición Hom, de Carlos Giménezespañola, como punto de partida de un cómic inolvidable, el ya mítico Hom. Años después la obra de Aldiss caería en manos de la editorial Minotauro, que lo publicaría con el ya definitivo título de Invernáculo.
Considerada por el propio Aldiss como sucesora de La nave estelar, Invernáculo desarrolla la travesía, en un futuro extremadamente lejano, del niño-hombre Gren y su pareja, Yattmur, desde su hogar en las frondosas ramas del gran baniano que cubre la mitad iluminada de la Tierra, estática en el espacio desde hace millones de años, hasta la cara oscura, poblada por extrañas mutaciones de las antiguas especies pobladoras del planeta. Tras millones de años de exposición a la radiación incrementada de un Sol moribundo, una explosión de fertilidad vegetal se ha extendido hasta abarcar todo el lado iluminado, relegando a los pocos animales que quedan (insectos gigantes en su mayoría) a una supervivencia frágil adaptada al nuevo medio, y sometiendo al hombre a una involución que le ha sumido en el olvido.
Aldiss desborda imaginación y construye un mundo con identidad propia, extraño, rico en detalles, fascinante y aterrador, auténtica exhibición de atrocidades en la que lo vegetal batalla por el sustento diario en una depredación continua, donde los pocos vestigios de la Humanidad que quedan son caricaturas sórdidas, apenas despojos de la antigua dignidad del Hombre. Invernáculo es, sobre todo, una novela que se fundamenta más en la descripción que en el fondo argumental. El viaje iniciático del pubescente Gren y la morilla parásita que lleva en su cabeza, que es también el de toda la posthumanidad, sumerge al lector en un escenario desasosegante, un ecosistema de violenta belleza que subyuga con sus fascinantes aunque imposibles imágenes. Los gigantescos traveseros y su trasiego continuo por el sistema Tierra-Luna a través de kilométricas telas de araña, los combates entre las voraces algas y los árboles costeros por conseguir un centímetro más de espacio o el paso por el Terminador hacia la oscuridad, a lomos de enormes plantas zancudas, constituyen momentos brillantísimos de una imaginería que delata una mayor preocupación del autor por la espectacularidad del escenario que por la plausibilidad de la historia.
La novela, hay que decirlo, se resiente de su origen serializado. Mal construida, parece derivar en un principio hacia una trama paralela que no tarda en desaparecer y que no vuelve a dar muestras de vida hasta el final. El uso del narrador omnisciente lastra a ratos el acercamiento del sentido de extrañeza al lector, ya que utiliza constantemente terminología moderna para describir un mundo en que todo vestigio de civilización ha desaparecido, provocando en ocasiones una sensación de anacronismo. En todo caso, no parece un error de concepción sino una elección voluntaria, germen estilístico del Aldiss que, pocos años después, se convertiría en Invernáculo, de Brian Aldissuno de los abanderados de la new wave inglesa, tan dada a la experimentación.
Invernáculo pervive, pues, como un compendio de vívidas imágenes que describen la fisonomía de un mundo cercano a su fin, un mundo que pasa los últimos días de existencia inmerso en una fértil degeneración. En la conciliación perfecta de estos opuestos radica su mayor grandeza. Si, tal como aseguran los grandes maestros de la literatura, el principio de una novela ha de condensar, ha de resumir el espíritu del libro entero, esta obra se muestra modélica en el cumplimiento absoluto de la norma. Al igual que David Pringle en su famoso ensayo canónico, no puedo evitar reproducir aquí la primera frase de Invernáculo, en traducción de Matilde Horne:

“Obedeciendo a una ley inalienable, las cosas crecían, proliferaban, tumultuosas y extrañas.”



La versión reducida de esta reseña fue publicada en el nº 38 de la revista Gigamesh.

viernes 20 de febrero de 2009

Isaac Asimov. Trilogía del Imperio

'Alamut ediciones' recupera la Trilogía del Imperio, un ómnibus asimoviano previamente publicado por 'Bibliópolis'. Al mismo tiempo, el escritor Rodolfo Martínez publica en su blog el interesante artículo que complementa a las tres novelas incluidas en el libro. Finalmente, un servidor decide aprovechar la coyuntura y cerrar el círculo arrastrando hasta aquí una crítica que, confesémoslo, tampoco tiene mucho de nueva.
Perdón, ¿he oído oportunista?



Tiempos inauditos, estos que vivimos los aficionados españoles a la ciencia ficción. Primero fue el notable incremento en el caudal de novedades. Como si alguien hubiera abierto las compuertas de una presa, decenas de volúmenes, publicados por nuevas y viejas editoriales dedicadas al género fantástico, se desparramaron por los mostradores y anaqueles de las librerías, hasta anegar el mercado. Luego llegó el anhelado reconocimiento y la normalización, con muchos de los mejores narradores contemporáneos alimentando sus nuevas obras con las temáticas del género, inoculando con ello el virus de la cf en casi todas las editoriales generalistas y asentándola, al fin, en la sección más prestigiosa de las tiendas de libros. Y desde hace bien poco, y para acabar con todas las carencias históricas, el sueño definitivo, la llegada de formatos más económicos, como los libros de bolsillo y, finalmente, las ediciones ómnibus de cf.
En los últimos años, la publicación de este tipo de compilaciones en nuestro país, especialmente en el campo de la cf, había rozado lo anecdótico. Era más fácil encontrar en un solo volumen divisiones de novelas que conjuntos de ellas. Y es extraño, porque La Trilogía de las Fundaciones, en edición ómnibusen el mundo editorial anglosajón el ómnibus es un formato bastante popular. Tanto, que a uno se le colorean los mofletes de envidia al comprobar, buscando en internet, el gran número que hay de ellos. El momento del reencuentro con estos containers tan anhelados (me vienen a la memoria aquellos librazos en piel de Orbis) se ha hecho esperar, pero, gracias sean dadas, por fin ha llegado. La posibilidad de conseguir en un solo tomo varias novelas de Brown, o las tres obras magnas de LeGuin, o el tríptico del Imperio asimoviano a un precio inferior a los 30 euros constituye una bendición para los nuevos aficionados y, por qué negarlo, también para los bolsillos más añejos.
Centrándonos en esta Trilogía del Imperio, es innegable que el hecho de tener recopiladas las tres primeras novelas del autor de las Fundaciones, en las cuales se desarrollan historias propias de ese mismo universo, cuenta de salida con un importante valor intrínseco. Cosa distinta es analizar la calidad literaria que atesoran, asunto complicado tanto para el crítico como para el lector debido a la intromisión de un factor de difícil ponderación. En el análisis interfiere una variable que está magníficamente resumida en una de las citas con las que M. John Harrison abre su brillante último trabajo, Nova Swing: “La nostalgia y la ciencia ficción están escalofriantemente relacionadas”.
Y es que resulta difícil aparcar las subjetividades cuando se le guarda cariño al objeto de estudio. De las tres novelas aquí incluidas había leído dos, las tituladas Guijarro en el cielo y Las corrientes del espacio. Sólo Polvo de estrellas me era desconocida. Volverlas a leer ha sido como abrir el baúl de los recuerdos, un reencuentro con sensaciones olvidadas hace mucho tiempo, un viaje al pasado hacia la mente de un adolescente fascinado por las estrellas, hacia espacios y objetos cubiertos por las telarañas de la memoria: el Bibliobús todos los jueves, cubiertas negras gastadas por el uso, hojas de bordes amarillentos, noches de verano a la luz de un flexo, Supertramp sonando muy bajito en un casete de un solo altavoz, ruido de grillos en la oscuridad… Variables de origen parejo se entrometen en la apreciación de esas novelas: los recuerdos, la emoción de entonces, aquel chaval... Es increíble cómo pasa el tiempo. Lo que entonces me parecieron novelas repletas de acontecimientos, continentes de vastos universos, se han transformado, muchos años después, en meras refacciones. En mi cabeza, el análisis ha intentado dejar de lado el recuerdo, se ha batido con él, y, me temo, no ha logrado una victoria completa.
Isaac Asimov forma parte de los denominados "Tres Grandes de la Edad de Oro" de la cf junto con Robert A. Heinlein y Arthur C. Clarke, y, como sus pares, carga con su propio sambenito. Heinlein suele ser tachado de fascista, y al recientemente fallecido Arthur C. Clarke (a mi entender el más grande de los tres) se le acusa de plagiario y de no haber producido más que basura a partir de los 80. Asimov ha cargado siempre con la cruz de su escasa capacidad literaria, lo que no deja de ser curioso en un género tan poco exigente con lo formal y estilístico. Si incluso desde esa idiosincrasia literariamente relajada se reconocen las limitaciones de Asimov en ese sentido, y aun así es considerado una leyenda de la cf, es evidente que algún otro factor especial han de poseer sus narraciones.
Observado con detenimiento, el pecado estilístico del escritor viene dado más por ausencia que por deficiencia. Hay una famosa anécdota que resume perfectamente la naturaleza de su estilo literario. Cuenta Asimov que cuando le presentó en medio de un mar de dudas su primera novela, precisamente Guijarro en el cielo, a Walter I. Bradbury, entonces director de la colección de cf de la editorial Doubleday, éste le preguntó:

- Isaac, ¿sabes cómo escribiría Hemingway ‘El sol salió al día siguiente’?
- ¿Cómo?
- El sol salió al día siguiente.


Viendo su obra en conjunto, hay que admitir que Asimov tomó buena nota de aquel encubierto consejo, pues su pluma no volvió a perderse en florituras. Claridad, concisión y sencillez rayana en la simpleza son las principales características de su prosa. Sus textos dan cuenta de una cierta escasez de vocabulario, una ausencia casi total de figuras retóricas y un abuso más que notable de los diálogos. Esto último, sin embargo, conforma el pilar básico sobre el que Asimov ha construido su estilo. Y si se calibra detenidamente el peso que Trilogía del Imperio, de Isaac Asimovadquieren en la narración esos diálogos, se acaba por reconocer que el norteamericano mostraba una loable pericia en su uso, no sólo para hacer avanzar la trama, sino también para aportar los datos y el fondo argumental en que ésta se apoya.
Para hacer funcionar su sistema de información basado en diálogos el escritor añade una serie de herramientas internas. Una, invariable, es la del individuo ignorante, casi caricaturizado en su estupidez. Mientras otro personaje le pone al día de lo que ocurre, también el lector es informado. También invariablemente, tras la fachada de estupidez suele esconderse la inteligencia en lo que se descubre finalmente como una interesada pantomima por parte del personaje, estrategia que tanto a él como al autor les resulta muy fructífera. Los diálogos aportan también verosimilitud mediante la creación de aparentes cabos sueltos. Con ellos, se siembra la duda en el lector, que perspicazmente cree haber pillado al escritor en un renuncio para, a continuación, comprobar en su resolución que todo estaba calculado. Esta continua delación de los pensamientos y dudas del lector por boca de los personajes va apuntalando la confianza de éste y su interés por la trama. Así, la elaborada farsa no alcanza sólo a la historia narrada, sino también a la narración misma.
Los diálogos sirven también para caracterizar a los personajes y jugar con las relaciones entre ellos. Donde peor se maneja el escritor es en el trasfondo amoroso entre los protagonistas. Su afición por el almíbar peleado y tontorrón, propio de la década de los 50, es quizás el elemento más castigado por el paso de los años. En el otro extremo, el barniz político que cubre a los personajes secundarios es, sin duda, uno de los aspectos más interesantes de sus historias. Dotados de una cierta complejidad moral y alejados de maniqueísmos dicromáticos, siempre más de lo que aparentan a primera vista, suelen ser hombres de Estado que concilian pragmáticamente sus ideas personales con las debidas a sus respectivos cargos. Su forma de ver las cosas a veces no concuerda con la oficial, aunque sus fines sí lo hagan. Se trata de individuos sensatos, adaptados al sistema pero con ideas propias, a veces tan atractivas que, tal como señala acertadamente Rodolfo Martínez en el artículo que cierra la edición española, se ganan el cariño del lector con más facilidad que los presuntos protagonistas. Y es que a poco que se estudie a éstos, se hace evidente que el papel que interpretan es el de simple detonante. Biron Farril, el amnésico Rik y el terrícola Joseph Schwartz, protagonistas centrales de estas tres novelas, no son más que víctimas ignorantes del gran guiñol político, cuyo equilibrio, de un modo inconsciente, destruirán con su presencia. En realidad, a pesar de que sus nombres brillan en las sinopsis promocionales de estas historias, su auténtico protagonismo es más que discutible.
Está claro que el entramado de personajes dispares es fundamental en las novelas del Imperio. Pero aun teniendo su atractivo, no son tan importantes per se como por la función global que desempeñan. Asimov sabe mezclar bien las intrigas a dos niveles, micro y macro-cósmico. Sabe conjugarlos de forma que los primeros acaban siempre al servicio de los segundos, partiendo de historias particulares que desembocan en asuntos de trascendencia global, que afectan a las sociedades y culturas enteras en juego. Esa direccionalidad ascendente, de lo individual a lo global, de lo personal a lo planetario, tiene una gran capacidad de enganche. El lector comienza intrigado por el periplo personal del protagonista y acaba inmerso en una historia de calado cósmico.
De la intencionalidad política de estas narraciones se puede extraer una de las principales convicciones de Asimov: su fe en el individuo como motor de la Historia y causa de sus cambios. No es ningún secreto el gran interés que tenía el escritor por el pasado, a cuyo estudio dedicó muchos de sus libros. Sus Fundaciones, por ejemplo, están basadas en Historia y decadencia del Imperio romano, de Edward Gibbon. Las novelas que componen este tríptico del Imperio también son reflejo de otros períodos históricos (y, por no repetir, les remito de nuevo al interesante artículo de Martínez). El resultado de todo ello es que, en conjunto, las novelas del Imperio parecen, por momentos, libros de Historia escritos en un futuro lejano, en los que se resumen los procesos políticos que llevaron a la creación o desaparición de diferentes regímenes y naciones. En esos marcos globales, sin embargo, los actos de un solo individuo, de un elemento desestabilizador, pueden derribar imperios. Por muy insignificante que éste sea, puede marcar la diferencia y afectar al gran tablero cósmico. El mulo, personaje central de Fundación e Imperio, es, seguramente, ejemplo máximo de esta convicción asimoviana.
La celebrada reunión de estas tres novelas permite también constatar una cierta evolución en los contenidos ideológicos de las narraciones. Mientras que en los tres casos el argumento gira en torno al universal tema de la opresión política, tanto el enfoque como el resultado final varía. Si en los dos libros creados con posterioridad, Polvo de estrellas y Las corrientes del espacio, los opresores se ven abocados a abandonar el statu quo por la liberación de los oprimidos, en Guijarro en el cielo, sin embargo, son los supuestamente oprimidos quienes fracasan en su intento de exterminar al opresor. En ésta novela, que aun siendo la primera cuenta con un ideario más complejo, hay además matices políticos que no están presentes en las otras, en las que los papeles respectivos de ambas facciones están mucho más claros. Donde sí coinciden es en el eje argumental y el desenlace, pues son los actos del ignorante protagonista los que provocan el cambio en los Las corrientes del espacio, en Martínez Rocatres casos, tanto la liberación de los oprimidos como la salvación del teórico opresor.
Pero es evidente que si Asimov ha logrado interesar a millones de lectores no ha sido sólo por el trasfondo político de sus historias. El lector va a encontrar en este tríptico los elementos más conocidos de la narrativa asimoviana. A saber: un marcado optimismo humanista, habitual en los escritores de su generación; una marcada interconexión con el resto de su obra, la cual conforma una monumental serie que, si se es riguroso, no parece tal cosa; tramas de un marcado tono detectivesco, enfocadas siempre hacia un hecho u objeto secreto que enfrenta a distintas facciones y cuya localización suele estar, como en “La carta robada” de Poe, oculta pero a la vista; protagonismo humano absoluto, en un entorno que carece de alienígenas, y, finalmente, un peculiar sentido del espectáculo marca de la casa. Asimov se esforzaba con igual intensidad tanto en la construcción de la intriga como en su presentación, que muchas veces llegaba a exagerar hasta lo circense. Valgan como muestra los títulos de los episodios finales de Polvo de estrellas (¿Dónde?, ¿Aquí?, Allí), que releídos hoy promueven la sonrisa.
Este monovolumen asimoviano permite al lector más curtido no sólo acceder a todas aquellas características que han convertido al escritor en uno de los más reconocidos de la cf mundial, sino también evaluar si el paso del tiempo ha afectado a estas novelas y, de ser así, cómo ha repercutido esto en la filosofía que tenía el autor acerca del género. Asimov fue un escritor fiel a sí mismo, a su estilo, a sus temas y tipos de personajes en todas sus obras, con la única excepción, quizás, de Los propios dioses, magnífica novela que contaba con unos alienígenas de fascinante biología, y que escribió, según el propio autor, por encima de sus posibilidades. En la línea marcada por John W. Campbell, tenía una idea personal clara de lo que debía ser la cf. Había de ser siempre rigurosa con la ciencia y con lo posible, parecer real. Todo lo que no se ajustara a esa rigurosidad era, para él, mala cf. Así, y por esas razones, calificó de esa forma, por ejemplo, a 1984, la obra maestra de George Orwell, una de las indiscutibles cimas del género.
En mi opinión, los cambios que han traído estas décadas han puesto en entredicho poco de lo contenido en estos títulos, pero sí una de las ideas principales del escritor. Uno de los pilares de su ficción, su apuesta por la amnesia galáctica, cada vez tiene menor crédito. La caída de su Imperio Galáctico, sus argucias argumentales, provienen casi siempre de un olvido de la Historia. Si miramos al pasado, que es de donde Asimov extrae su inspiración, pudiera tener cierto sentido, pero el presente, sin embargo, parece correr en dirección opuesta. Especialmente tras un siglo XX invadido por lo que Javier Marías catalogó irónica pero acertadamente como “erudición exhaustiva y tantas veces inútil”. Sentado ante mi Pentium 4, con la ventana al mundo de la información global abierta, con millones de personas empeñadas en conservar el pasado diariamente, se me hace difícil pensar en un futuro que haya olvidado su historia.
En el mismo orden de cosas, me intriga también, conociendo esa exigencia del rigor científico que pedía para la buena cf, cómo encajó las rectificaciones que, tras los descubrimientos científicos que negaban la verosimilitud de sus ideas, se obligó a sí mismo a colocar en las reediciones de Polvo de estrellas y Las corrientes del espacio. ¿Pensaría que, siguiendo su propia lógica, había escrito mala ciencia ficción? ¿O admitiría finalmente que la ficción está por encima de la realidad y que sus narraciones, por muy desapegadas que estuvieran de lo posible, conservan otros atributos que las seguirán haciendo válidas? ¿Descubriría al fin que la ficción, aunque sea “ciencia ficción”, no se debe a la realidad, sino como mucho a sus posibilidades, y que para la literatura es más importante hacer creíbles las mentiras que basarse en verdades? ¿Qué la literatura es, antes que nada, literatura?
Pero antes de ponerme discursivo, volvamos al principio. En un tono más personal, ¿qué resultado final arroja mi reencuentro con estas novelas? ¿Qué impresión me causan hoy en día, tamizadas por la nostalgia?
Veamos:
Polvo de estrellas, la única que no había leído, me parece un mero aperitivo. Correcta en su construcción, la intriga parte de una tirada de dados argumental (“ve allí, a ver qué sale”), el enredo amoroso ha quedado desfasado y la naturaleza del arma más peligrosa de la galaxia, veneno puro en la actualidad antiamericana, me ha sacado los colores. Imaginar a un escritor españolRetrato de Isaac Asimov proponiendo algo semejante hace que me muerda las uñas.
Guijarro en el cielo, de la que guardaba un recuerdo mítico por aquello de que un humano de mi propio siglo decidiera la suerte de un Imperio galáctico monstruoso, peca, sobre todo, de una mala construcción y un ritmo irregular. Aun siendo el más arriesgado en su especulación ideológica, no acaba de conjugar bien contenido y continente. Se nota, excesivamente, una cierta bisoñez en la que fue su primera novela.
Las corrientes del espacio, de cuya lectura adolescente quedaba bien poco en mi cabeza, ha sido, sin embargo, la novela que mejor regusto me ha dejado. En cuanto a ritmo, estructura, trama y personajes, la más redonda. En el aspecto narrativo es, además, la más sofisticada. Cuenta con un goteo bien medido de adelantos previos de la trama que van empujando al lector poco a poco hacia su desenlace. Su carga ideológica es relevante, y en lo anecdótico, cuenta con algún detalle precursor del Arrakis herbertiano.
Es decir, que, actualizando mi dietario mental, ni Guijarro en el cielo era tan mítica, ni Las corrientes del espacio mediocre. Polvo de estrellas desaparecerá pronto de mi memoria. En todo caso, más allá de calificaciones, me ha satisfecho esta lectura. En un género de iniciación adolescente, que le debe tanto a la nostalgia, encontrarse de nuevo con estas historias, y consigo mismo, es casi un acto obligado para el buen aficionado. No puedo negarlo: me ha encantado volver a verte, chaval.




La versión original de este texto fue publicada en C, el hijo de Cyberdark.

miércoles 18 de febrero de 2009

El lamento del androide

En 1982, un androide al borde de la muerte componía, entre lágrimas y gotas de lluvia, un lamento existencial pleno de poesía y de sentido de la maravilla. Con él, la ciencia ficción dejaba para la historia del cine un monólogo inmortal, que sería repetido hasta la saciedad durante los años posteriores y acabaría instituyéndose en materia de culto. Con él, la ciencia ficción demostraba cuán profunda puede llegar a ser cuando suma con talento metáfora y maravilla.
Han pasado casi 30 años. Hace apenas unos días, la ciencia ficción ha vuelto a regalarle al espectador un momento irrepetible que, se hace evidente en su contemplación, guarda bastantes similitudes con aquel otro. Esta vez el medio bendecido ha sido la televisión. Seguramente, dado el buen momento por el que atraviesan las series norteamericanas, y dada la abulia del aficionado actual, la escena atravesará nuestro presente sin pena ni gloria, pero espero, deseo, que pasado el tiempo, cuando en el futuro se reivindique esta pequeña joya del género audiovisual que es Battlestar Galáctica, estos dos monumentales minutos sean redescubiertos y alabados como merecen.
Hasta ahora, ningún guión cinematográfico había visitado Literatura en los talones. Déjenme solventar esa imperdonable ausencia con mi modesta traducción de este maravilloso extracto, del cual lamento no dar nombres ni más datos por no fastidiarles, a quienes la siguen, la continuidad de la serie.



-En todos tus viajes, ¿has visto alguna vez una estrella supernova?

-No.

-No. Bien, yo lo hice. Vi una estrella explotar y expulsar los componentes del Universo. Otras estrellas, otros planetas, y a veces, otra vida.
Una supernova: creación en sí misma.
Estuve allí, quise verlo y ser parte del momento. ¿Y sabes cómo percibí uno de los más gloriosos eventos del universo? Con estas ridículas y gelatinosas órbitas de mi cráneo. Con ojos diseñados para percibir una pequeña fracción del espectro electromagnético. Con oídos diseñados sólo para percibir vibraciones en el aire.

-Nosotros cinco os diseñamos para ser lo más humanos posible.

-¡Yo no quiero ser humano! ¡Quiero ver los rayos gamma, quiero oír los rayos X, y quiero...! Quiero oler la materia oscura.
¿Ves la absurdidad que soy? Ni siquiera puedo expresar estas cosas con propiedad, porque tengo que..., tengo que conceptualizar ideas complejas en este estúpido y limitado lenguaje hablado. Pero sé que quiero poder agarrar con algo mejor que estas garras prensiles, y sentir el viento solar de una supernova fluyendo sobre mí.
Soy una máquina. Y podría conocer mucho más, podría experimentar mucho más, pero estoy atrapado en este cuerpo absurdo. ¿Y por qué? Porque mis cinco creadores pensaron que Dios lo querría así.


Maravilloso. Pero, tal como ocurre con las obras teatrales, las líneas de un guión escrito para el medio audiovisual sólo pueden ser valoradas en su justa medida tras ver, en una pantalla, la interpretación que, apoyados en ellas, realizan los actores. Si no le tienen miedo al enorme spoiler que representa, pueden disfrutarlo aquí tal como debe hacerse.



Extraído del episodio 15 de la cuarta temporada de Battlestar Galactica.

domingo 25 de enero de 2009

Catherine Asaro. Rosa cuántica

Anna Paquin
Hace unos días, Anna Paquin recibía de manos de los nuevos Kirk y Spock un merecido Globo de Oro como premio por su interpretación de Sookie Stackhouse, la protagonista telépata de True Blood. He de confesar que comencé a ver la serie con cierto recelo, y quizás fue ese el motivo por el cual, a los pocos capítulos, me sorprendiera tanto su disfrute. Ese recelo partía de la fuente literaria, que sin haber leído, situaba yo de antemano entre esas decenas de sosias que le han salido, por un lado, a los glamourosos vampiros de Anne Rice, y por otro, a los acníticos chupasangres del "Whedonverso", léase Buffy y compañía. Pero la HBO raras veces defrauda, y en esta ocasión ha sabido acentuar la parte más jugosa de la serie, su esencia de gótico sureño y una cierta morbosidad sexual, para lograr un producto televisivo de interés.
Las Southern Vampire Series, escritas por Charlaine Harris, forman parte de una de esas modas que inundan de vez en cuando las librerías, y que en esta ocasión nace de la mezcla entre el género vampírico y la novela romántica. Desde Rice y Whedon, el medio audiovisual ha fomentado la popularización de éste fenómeno, merced al éxito de películas como Crepúsculo, basada en la serie homónima escrita por Stephenie Meyer, o de series como la que nos ocupa. La novela romántica de terror es, desde hace tiempo, un subgénero muy popular en EE. UU. En España está empezando a arrojar cifras de venta importantes, así que no es extraño que algunas editoriales estén empezando a emplear todas sus fuerzas en explotarlo. La serie de Sookie Stackhouse nos llegó de la mano de La Factoría de Ideas, editorial que publicó los tres primeros títulos en formato de bolsillo, y que llegó incluso a saldarlos a un precio cercano a los tres euros. Ahora anuncia una reedición (supongo que más lujosa y a mayor precio), basándose en el éxito de la serie, y no ha podido evitar (supongo de nuevo) que la editorial Santillana se haga con los derechos de los siguientes libros, los que van del cuarto al octavo.
La novela romántica tiene su público, en su mayoría femenino, y parece ir a más desde que decidió apoyarse en otros géneros con los que parece complementarse a la perfección. La Factoría de Ideas ha creado, incluso, una colección, de nombre Pandora, dedicada a este tipo de literatura. La cosa no queda ahí, pues no sólo el terror, sino también géneros afines como la ciencia ficción han sido aprovechados por numerosas escritoras (suelen ser también mujeres) como plataforma de sus historias románticas. El ejemplo más significativo que nos ha llegado es, sin duda, el de Catherine Asaro, quien, además de numerosos premios de novela romántica, llegó a ganar el Nebula con Rosa cuántica, obra perteneciente, como no, a una serie.
Sin duda, hay quien disfruta mucho con estas hibridaciones. Desgraciadamente, no es mi caso. El tiempo mostrará si esta suma de géneros ha llegado para quedarse o si se trata de algo pasajero. Dejo aquí la reseña original que escribí sobre la mencionada novela vencedora en los Nebula del año 2001.



Obras como La máquina del tiempo, 1984 o la más reciente Tránsito constituyen claros ejemplos del gusto por el uso de alegorías y metáforas en la ciencia ficción. La idiosincrasia del género lo convierte en terreno propicio para trasladar cualquier tema importante de nuestro tiempo a la literatura de lo improbable. Catherine Asaro, siguiendo ese camino, propone uno de los paralelismos más desquiciados que se hayan dado jamás y transmuta, cual reina Midas, un proceso de mecánica cuántica en una historia de ciencia ficción... romántica.
La novela consta de dos partes cuyos escenarios son dos entornos seudomedievales: la provincia feudal de Argali en el planeta Balumil, y Lyshriol, un mundo de aspecto pastoril. En la primera, la gobernadora Kamoj se casa obligada por una cláusula legal con Havyrl Leostelar, un misterioso extraño venido de tierras lejanas, cosa que enoja a su prometido, Jax Ponteferro, dueño y señor de una provincia vecina. Kamoj descubre en seguida que su marido es en realidad el príncipe de un imperio estelar, hombre maravilloso y buen amante, pero ¡oh tragedia! también aficionado a la botella. El pérfido Ponteferro, que la maltrataba con asiduidad, y a quien pese a todo sigue atada por condicionamiento genético, no se resigna, y pondrá en peligro el destino mismo de la galaxia. En la segunda parte, el príncipe Vyrl lleva a Kamoj a conocer a su familia, y se asiste a un episodio presuntamente trascendental para el equilibrio político estelar.
Rosa cuántica, pese a lo ya comentado, no es un hard romántico, ya que la cf dura sólo se muestra en la alegoría y el discurso cuántico con el que, de forma espontánea, sorprende al lector el provinciano Ponteferro. En realidad se trata de una space opera de carácter light, sin acción galáctica alguna, cuyo único momento «fuerte» reside en la violación de la protagonista. Curiosamente, la parte que mejor funciona es la Rosa cuántica, de Catherine Asaroprimera, el drama romántico medieval. Asaro sabe dosificar bien la información que ofrece y logra que no decaiga cierto interés morboso por la trama. Cerca del final de esa primera parte se atisba la única aportación interesante de la novela: el condicionamiento genético para crear esclavos, una práctica que condiciona no sólo la fisiología de la víctima, sino también su carácter. La protagonista, perteneciente a una cultura inferior expuesta al cambio, debe superar los acondicionamientos internos de su propio ser para ejercer la libertad de elección. Ecos leguinianos en los que la autora no quiere —o no sabe— profundizar y que no suponen más que un breve espejismo.
La trama galáctica posterior, el contenido real de ciencia ficción, va decididamente cuesta abajo, no sólo por la impericia en los diálogos de opereta, redundantes y aburridos, ni por la pobre descripción de escenarios, escasa en el desarrollo de situaciones, sino porque además la carga dramática de la trama no resulta clara. Las irrisorias maniobras a gran escala y el lío genealógico están sojuzgados a la relación sentimental de los amancebados y al dolor afectado con que se separan. La causa de esta falta de profundidad hay que buscarla en el hecho de que Rosa cuántica es la sexta novela en la saga del Imperio Eskoliano, que desarrolla los sucesivos avatares de la dinastía Rubí, con lo que algunas referencias pierden fuerza y significado por desconocimiento de la historia en que está inmersa.
Desgraciadamente, hay que anotar una nueva tropelía en la edición. El texto, que aparece como servido directamente de la mano del traductor, presenta anomalías tales como preposiciones y artículos mal situados, párrafos repetidos y una media de erratas inadmisible por página. Esperemos que la presencia de un corrector de estilo, anunciado en los próximos números, sirva para detener esta sangría.
Asaro, distinguida hasta la fecha con varias nominaciones y triunfos en los premios Pearl y Sapphire, de marcado carácter romántico, consiguió con Rosa cuántica el Nebula 2001, lo que para este crítico supone un revelador indicativo, más que de la calidad del libro, del estado de los premios en el género durante los últimos años. Sin duda, la peor novela publicada hasta la fecha por la colección Solaris Ficción.



La versión reducida de esta reseña fue publicada en el nº 38 de la revista Gigamesh.

sábado 24 de enero de 2009

Edgar Allan Poe. Narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket

El pasado día 19 se cumplieron 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe, genio y escritor, escritor y genio cuya influencia en la literatura posterior, especialmente en los géneros más afines a este blog, fue decisiva. Los medios informativos se han volcado estos días con la efeméride, pero de todos los especiales y noticias dedicados al evento, me quedo quizás con el escueto y certero resumen que Fernando Savater realiza hoy en Babelia, titulado Los hijos de Poe.
Vaya, como homenaje por mi parte, esta reseña que realicé hace años, un breve comentario dedicado al que es, para mi gusto, su mayor logro literario. Sé que hablar de Poe es hablar de sus cuentos, pero yo me quedo con la oscura complejidad, con el misterio que domina esta novela. Ese continuo misterio que insufla vida a la mayoría de sus creaciones, y que podemos encontrar tanto en la obra como en los últimos días del escritor, los previos a su muerte.
¡Tekeli-li!




La única novela que escribió Edgar Allan Poe es, seguramente, su obra más polémica. El tiempo ha coronado a la mayoría de cuentos del autor como clásicos indiscutibles de la literatura, arrojando sobre Poe, además del título de maestro supremo del terror y lo fantástico, el blasón de la paternidad de la novela de detectives. Son tan populares sus relatos cortos que ni siquiera hace falta mencionarlos. Esa unanimidad de criterios se rompe, sin embargo, con esta Narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket, en la que el Poe más complejo despierta disparidad incluso entre sus más insignes hermeneutas.
El libro es, en realidad, la crónica de un viaje, una odisea que transcurre por los cauces del más crudo realismo para devenir, finalmente, en irresoluta aventura marcada por lo fantástico. Las peripecias marítimas del señor Pym, a pesar de la innatural sucesión de momentos pavorosos, de situaciones inmersas en el más puro horror humano (claustrofobia y catalepsia, amotinamientos sangrientos, antropofagia y buques fantasma), muestran un realismo poco usual, un aire de veracidad al que sin duda contribuyen las continuas referencias documentales con que Poe salpica la novela, y que no resultan extrañas en manos de un personaje que dice estar recordando acontecimientos vividos que le marcaron profundamente.
Sin duda, el origen de la controversia que produce esta obra reside en los sorprendentes últimos capítulos, que abundan en un tono fantástico chocante con el realismo expuesto anteriormente. Ese elemento último no resulta ser el natural desenlace de algo previamente insinuado en la historia (ni siquiera sutilmente, tal como aconsejaba el maestro argentino Adolfo Bioy Casares), sino que responde a una aceleración de sucesos inauditos forzada por el autor, hasta tal extremo, que le resulta imposible, más allá de cierto punto, continuar la narración. Poe opta por una finalización inesperada, que escatima al lector su conclusión natural.
Es el mismo escritor quien ofrece, en apariencia, la clave del misterio. Incluido como personaje de la novela, dice de él mismo que nunca llegó a creer en esta última parte del testimonio del señor Pym, lo que no deja de ser una ilustrativa confesión de los motivos por los que la novela podría haber acabado tan abruptamente. El final, repleto de sugerencias que el lector ha de concluir con la imaginación, parece señalar intenciones alegóricas, aunque Julio Cortázar, prologuista de esta edición, asegura que Poe siempre se desmarcó de este tipo de apreciaciones. Si se acepta esto, se puede deducir que, quizá, la única forma de hacer creíble todo el conjunto era dejarlo inconcluso.
El interés que provoca el desarrollo de esta historia es tan intenso que el primer sentimiento que invade a quien concluye su lectura es de ansiedad, de anhelo por continuar con los avatares del señor Pym y su pericia para la supervivencia. A pesar de la mencionada anomalía argumental, cuando al cabo se considera el resultado global de la lectura se hace difícil no concluir que se ha experimentado, tal y como está, el disfrute de una obra magna. Las influencias e influenciados por este libro son muchos: Defoe, Coleridge, Stevenson, Hodgson, Verne o Lovecraft aportan o beben de las aventuras marítimas de Arthur Gordon Pym. Grandes nombres para tratarse de un error. De hecho, los dos últimos intentaron continuar esta extraña historia por sus propios medios, escribiendo dos maravillosas novelas: La esfinge de los hielos y En las montañas de la locura.
Me temo que la polémica asociada a esta joya de la literatura sobrevivirá al paso del tiempo. Algunos seguirán viendo en ella una novela fallida, producto del cansancio o de la falta de confianza de su autor; otros, sin embargo, apostarán, como muchos lectores antes que ellos, por el talento y el genio de Poe, fascinados aún por esa misteriosa figura blanca que aguarda, silente, en el abismo de lo inefable. Cuéntenme entre estos últimos.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la Red.

martes 6 de enero de 2009

Entrevista: Cormac McCarthy

Como regalo del Día de Reyes, inauguro hoy una sección videográfica que contendrá diversas entrevistas realizadas a algunos escritores de renombre. No se me ocurre mejor manera de iniciarla que con el grandioso Cormac McCarthy. Aquí tienen la única ocasión en la que el genial escritor norteamericano, que al igual que Salinger o Pynchon siempre se ha mostrado sumamente esquivo para esto de la fama, ha aparecido en el medio televisivo. Fue hace apenas dos años, concretamente en el programa que dirige y presenta Oprah Winfrey. Contiene muchos y evidentes puntos de interés para todos aquellos que adoramos su obra, y entre ellos, queridos aficionados a la ciencia ficción, la génesis de La carretera. Vayan por delante, eso sí, mis condolencias para quienes no se defiendan bien en la lengua de Shakespeare.




















domingo 28 de diciembre de 2008

El fin de Hyperion

La reseña que rescato hoy procede de tiempos más alegres, tiempos que ahora se me antojan muy lejanos. Era época de bonanzas; el precio de los pisos sólo se había doblado, los primeros inmigrantes anunciaban una futura oleada de mano de obra barata y la televisiva Tamara, que luego se vería obligada a cambiar su nombre artístico, se instituía en paradigma y epítome del famoseo carroña al triunfar con una cosa musical titulada "No cambié".
También eran tiempos más felices para el fandom. Había varias revistas dedicadas al género de ciencia ficción, numerosas webs de contenidos y otras tantas de contacto entre aficionados. La interrelación fluía caudalosamente y el ánimo general estaba por las nubes. Pero sobre todo, imperaba el buen humor; había eso que se denomina buen rollo. Todo ha cambiado, no me pregunten por qué. Si me pongo, si hago un esfuerzo mental, se me ocurren muchas causas. O ninguna. Quizás es que ahora somos más viejos, quizás el humor, como tantas y tantas cosas, se acabe yendo con la edad por el desagüe. O quizás es que la vida se complica, y nos resta el ánimo que empleábamos en todas aquellas cosas.


Con cierta frecuencia suele darse el caso de escritores que, fascinados por la cultura y las gentes de un país recientemente visitado, no pueden evitar dedicarle de manera soterrada su siguiente obra. Lo que ya resulta algo más extraño es que esta rendición influenciada tenga lugar en los dominios de nuestro amado género, más aún si de lo que tratamos es de la exitosa conclusión de la serie más importante que ha dado la ciencia ficción a lo largo de su historia.
Si bien es cierto que The Crook Factory, una ucronía situada en Cuba y protagonizada por Ernest Hemingway, adelantaba ya una pista sobre las nuevas inquietudes del escritor norteamericano, nadie podría haber sospechado que, tras viajar a España, Simmons quedaría tan marcado por nuestra tierra que terminaría salpicando el cierre definitivo de los Cantos de Hyperion con múltiples referencias ibéricas. Teniendo en cuenta que la crítica ha considerado esta última novela como su mejor trabajo, podemos sentirnos todos orgullosos.
Aunque pudiera parecer que al término de El ascenso de Endymion todo quedaba bien cerrado y sin posibilidades de continuación, la maestría de Simmons ha vuelto a demostrar que allá donde reside el verdadero talento, mejorar la perfección no es un objetivo imposible. Sin trucos, sin artificios extraños o que pudieran pelearse con la coherencia interna de la serie, el autor, gracias a una idea breve pero de enormes implicaciones (Aenea mintió), logra situarnos de nuevo en medio de una vorágine de acción, intriga y "sense of wonder" que no sólo refuerza lo expuesto en la tetralogía original, sino que se presenta como la lógica e inevitable conclusión.
Han transcurrido 2001 años desde la muerte de Aenea, y NeoPax ofrece a una Humanidad sin cruciformes el don reciclado de la libreyección. La tranquilidad es rota por una aparición apocalíptica, el Miurón, una presencia zaina que roba el alma de los humanos mediante el terrible sistema de Empitonamiento Múltiple Simultaneo (EMS). Mientras NeoPax envía al religioso De Franco, único ser en la galaxia poseedor de un Supercruciforme de Resurrección Inmediata (CRI), las Tumbas de Tiempo se abren de nuevo. De ellas sale el hijo de Aenea y Endymion, a quien las profecías presumen con poderes místicos y denominan como el Bulfaiter. Ayudado por la vieja alfombra voladora de su padre, el Bulfaiter descubrirá una conspiración de inenarrables proporciones: su madre mintió, el Vacío Que Vincula (VQV) no existe y los responsables de enviar al Miurón son los Osos, Tigres y Leones (OTL) en alianza con el TecnoNúcleo, que insospechadamente aun pervive en las notas del último hit galáctico, I didn't change. El punto culminante tiene lugar en un perdido planeta en el que confluyen, en las escenas de acción más salvajes que jamás se hayan escrito, el Miurón, el Bulfaiter y el padre De Franco.
Como no soy de esos odiosos críticos que para reseñar cuentan toda la novela, no contaré el final, en el que el Alcaudón aparece y se despacha a gusto, exterminando a los tres contendientes, tras lo cual viaja al pasado donde acaba con la vida de los pequeños Aenea y Endymion, borrando así de la historia el tercer y cuarto libro de la saga, y tras lo cual se jauntea hasta Hyperion, donde después de acabar con chinches, insectores y un adolescente disfrazado de Portavoz de los Muertos, acude a las Tumbas de Tiempo. Allí la imagen de Hari Seldon le somete a un largo discurso sobre lo que le espera, con la intención oculta de que deponga su violenta actitud. Las últimas páginas del libro gozan de una carga emocional nunca experimentada con anterioridad por quien esto escribe: el Alcaudón se quita la máscara, tras la que aparece el rostro cansado del viejo poeta Silenus, héroe central y definitivo de toda la saga.
Aunque en la trama apenas se vislumbre la influencia española de la que hablaba, es en los detalles donde reside el claro homenaje a nuestro país. Hechos como que los personajes consuman en sus largos viajes tortilla de patatas o jamón de Jabugo; las maniobras con la alfombra voladora con las que el Bulfaiter se defiende ante el Miurón, componiendo magistrales Manoletinas, Verónicas y Naturales (MVN); el discurso en inglés antiguo del padre De Franco o incluso el nombre del planeta en el que se desencadena el enfrentamiento decisivo, The Sellings II, marcan con saña decisiva muescas rojigualdas en esta obra maestra.
La acción, el terror, la metafísica, la religión, el amor y lo cañí se conjugan en esta novela inconmensurable, cumbre desde ya mismo de la iconografía literaria y ejemplo de arte irrepetible en el género de ciencia ficción. Sin duda el mejor libro de los últimos tres días.
Un gran comienzo para una nueva editorial que aparece con fuerza en el panorama español, compitiendo en calidad, precio y presentación con los gigantes nacionales.





Reseña publicada anteriormente en Biliópolis, crítica sin red.

jueves 25 de diciembre de 2008

Listas

La capacidad comparativa es una de las herramientas más utilizadas por la mente humana. Recurrimos a ella continuamente, para comprender el mundo, para valorarlo y catalogarlo. A poco que analicemos los métodos con los que hacemos llegar nuestro punto de vista al prójimo, habremos de admitir que no existe un recurso más potente que la utilización de un ejemplo. El ejercicio de contraposición, en apoyo o denuesto según venga al caso, facilita la elaboración de conclusiones válidas respecto a las cualidades del objeto ponderado, sea éste material o conceptual. Fenómenos tan populares como los premios o las listas parten de esa necesidad humana de comparar. Cierto es que hay muchas personas a las que les desagrada el supuesto aspecto competitivo que rodea a ambos (Rafael Marín reniega de lo que él considera "carreras de caballos"; Javier Marías, aun con cierto tono humorístico, habla de vejación), pero es indudable que, acto seguido de su anuncio, tanto las listas como los premios consiguen, casi siempre, levantar una notable expectación.
Diciembre es un mes propicio para las valoraciones, para resumir de forma jerárquica lo que ha dado de sí el año en diversas materias. La mundialmente famosa revista Time, por ejemplo, publica siempre por estas fechas una lista con aquello que ha constituido, en su opinión, el top ten anual en diversas categorías. Estas van desde lo usual (por ejemplo, "Películas") hasta lo peregrino ("Meteduras de pata en la campaña electoral"). Si tenemos en cuenta su fuerte carácter autóctono, esta lista adquiere un gran valor como referente del sentir norteamericano en cuestiones de gran interés. Hace tres años que la sigo con la sana curiosidad de conocer qué se cuece al otro lado del Atlántico, para estar al día en algunas de las categorías y para comparar el contenido de otras con mis propias opiniones. Y, qué diablos, para practicar uno de mis mayores vicios: la procrastinación.
Curioseando a través de los numerosos enlaces, me regocijan, primero, las calificaciones dadas en algunas categorías que no tienen mucho que ver con el tema que trato en este blog, o al menos no directamente. Son asuntos de importancia dispar, que afectan con intensidades distintas mi sensibilidad. Por ejemplo: la presencia en sus correspondientes números uno de Wall-E, una auténtica maravilla de la ciencia ficción cinematográfica, y de La constante, el laberíntico y maravilloso episodio perteneciente a "Perdidos", a mi parecer la mejor serie de la televisión actual (o de siempre); el segundo puesto que otorgan a la victoria en Wimbledon de Rafael Nadal en el denominado "partido de todos los tiempos", o, sin salir del deporte, el reconocimiento de la gesta española en la Eurocopa por parte de un país que no admira el fútbol; todos y cada uno de los momentos olímpicos, cuyo simple recuerdo me emociona (Bolt, Phelps, Isinbayeva, la final de baloncesto, por no hablar de la ceremonia inaugural), que demuestran que las Olimpiadas son, seguramente, la más grande manifestación en vivo del espíritu humano. Todos ellos, y cada uno, calibran el grado de conexión entre mi percepción de lo remarcable y la de los demás.
Pero olvidémonos pronto de lo anterior, cuya única utilidad es personal. En lo que atañe a este blog, es decir, en aquello que tiene que ver con la literatura y el género fantástico, cabe destacar, de inicio, una insustancial anécdota. La categoría de no ficción está encabezada por The Forever War, ensayo de Dexter Filkins que analiza el papel de EE. UU. en las dos guerras en las que se ha visto envuelto recientemente, y que, como pueden imaginarse, no comparte mas que el título con cierta obra maestra de la cf. En cuanto a la categoría de ficción, John Updike cierra el top ten con la secuela de Las brujas de Eastwick, ahora viudas, precedido por Neil Gaiman y su The Graveyard Book. El cuarto puesto supone para mí una sorpresa, ya que si bien es un hecho que la crítica y el público lector han aceptado finalmente la integración de la cf limítrofe en la generalidad, es más raro comprobar que también lo hace con la parte del género más complicada. Las noticias que me han llegado de Anathem, de Neal Stephenson, me hacen sospechar que se trata de un libro de complejidad mayúscula, integrado en la parte hard del género, esa cuya lectura exige una cierta especialización. Y sin embargo, ahí está, como cuarto libro de ficción del año.
La campanada de la lista la da el difunto Roberto Bolaño, o más bien su obra póstuma, 2666. Oprah Winfrey no es sólo el personaje televisivo estadounidense más popular y que más cobra, sino también el más influyente. Sus consejos literarios ayudaron, y mucho, a que La carretera, del maestro Cormac McCarthy, fuera allí el libro del año en 2006. La apuesta de la presentadora por el chileno ha ayudado a encumbrarlo hasta la cima del mercado estadounidense. El olfato de Oprah para la buena literatura parece ser tan fino como su indiscutible talento para el espectáculo. Tengo que confesar que aún no he leído la ciclópea novela de Bolaño (quien quiera una opinión cualificada, que le eche un ojo, por ponerles un ejemplo norteamericano, a lo escrito por Jonathan Lethem en The New York Times), pero sin haberlo hecho, hay algo en torno a ella que me conmueve.
2666 consta de cinco partes, en realidad cinco libros que acaban por conformar un conjunto que cobra todo su sentido, parece ser que inmenso, al ser considerado en su totalidad. El autor, viendo cercana su muerte, decidió que el sustento de los suyos era más importante que la fidelidad a su obra, y dejó ordenada la salida al mercado en cinco partes. Y he aquí lo inaudito. Sus herederos, en connivencia con Jorge Herralde, su editor, decidieron que la obra era más importante que la ganancia pecuniaria, y así 2666 vio la luz casi como la había imaginado su autor. Digo casi porque, desgraciadamente, no logró concluirla del todo. Gran parte de su éxito, primero en castellano y ahora en inglés, se debe a esa edición unitaria.
Si son ustedes aficionados al fantástico, tendrán ahora mismo dibujada en el rostro una tímida y cínica sonrisa de reconocimiento. Si aún queda alguien que ignore el asunto, sepan que casi todas las novelas del anteriormente citado Neal Stephenson fueron divididas arbitrariamente en dos o tres volúmenes por la editorial encargada de publicarlas en España. Así, una novela fue dividida en tres, y una serie posterior, que originalmente constaba de tres libros, se acabó publicando en -ya no estoy muy seguro- ocho o nueve. Eso quiere decir que el aficionado español que quiso leer la obra completa tuvo que pagar el triple que un norteamericano, y que el autor vio cómo su creación, pensada unitariamente, era sajada en pro de mayores beneficios. Ahora contemplo el éxito de 2666, del gran Roberto Bolaño, y pienso que a veces, sólo a veces, las cosas son como deberían ser.