viernes 2 de marzo de 2012

Esquilando la oveja eléctrica

Esto debe de ser lo que algunos llaman inmortalidad. Hoy se cumplen 30 años del fallecimiento de Philip K. Dick, y sin embargo su nombre y su obra están más vivos que nunca. Juanma Santiago ha sido quien me ha recordado, a través de facebook, el luctuoso aniversario. En conmemoración, Juanma ha rescatado la entrada que hace justo un año dedicó al mismo asunto en su blog, Pornografía emocional, una delicia para todo lector incondicional de Dick que les recomiendo con fervor que lean. Como Literatura en los talones le dedicó todo el pasado mes de noviembre al gran escritor chicagüense, no tengo textos que presentar. A falta de ellos, quizás valgan unos vídeos.
El metomentodo de Santiago L. Moreno fue invitado hace un tiempo a compartir mesa y coloquio con una serie de distinguidos contertulios. El tema a tratar: el binomio Blade Runner/Sueñan los androides con ovejas eléctricas, la película de Ridley Scott vs la novela de Dick en la que se basó. Los invitados: Paco Arellano, Ignacio Armada, Daniel Aubareda, Javier Jarillo, Hector Olarte y el susodicho. ¿Qué hacía Moreno allí? No tengo ni idea. Es más que conocida su aversión a participar en este tipo de iniciativas. Fueron más de dos horas de intensa charla que los chicos del Canal Atómico, con muy buen criterio, han acabado reconvirtiendo en lo que finalmente serán apenas 6 ó 7 cortos de unos 7 minutos de duración. El gran trabajo de posproducción y el cambio de formato son los responsables de que el resultado final sea, en mi opinión, aún más divertido.
He aquí el primer vídeo. Si lo encuentran de su gusto, en el propio canal de youtube podrán acceder, de momento, a otros dos. Con el paso de las semanas se irán subiendo los demás vídeos.




viernes 24 de febrero de 2012

Criminal Blurbs


El noble ejercicio de la caza del blurb esperpéntico se extiende, lo cual me hace el trabajo más fácil. He aquí dos piezas de tronío capturadas en los últimos meses.

Descubierto por Risingson, responsable del blog vonchurchill:

Hellhole, de Brian Herbert y Kevin Anderson


"Por los autores de Dune."

***

Destapado en el blog Productos defectuosos:

La carretera, de Cormac McCarthy


"Basada en la novela ganadora del Premio Pulitzer."


miércoles 22 de febrero de 2012

Un puñado de genios y el difícil arte de la traducción

Aviso, esto no sólo va a ser largo, sino que además se trata de una divagación personal. Que los vídeos no les confundan. Esta entrada va, como el título indica y como es habitual en este blog, de literatura. Si tienen gusto por la música clásica, lo que viene a continuación lo van a reconocer a la primera, y si sólo acuden a ella de vez en cuando, porque han escuchado alguna pieza en una película, o en facebook o donde sea, también. Esta es, sin duda, una de las composiciones musicales más famosas de la historia. Si queda algún despistado que no la haya oído antes, que preste atención, la pieza no es muy larga y le va a encandilar.
Dénle al play, que yo les espero. Sean todo oídos durante dos minutos y, por favor, fíjense especialmente en la interpretación.




Maravilloso, ¿verdad? Se trata del Preludio de la Suite nº 1 en sol mayor para violonchelo, compuesto por Johann Sebastian Bach a principios del siglo XVIII. La interpreta el maestro Rostropovich, uno de los mejores violonchelistas de la historia. Supongo que les habrá gustado. Bien, escuchen ahora esta misma composición en las manos de otro virtuoso del chelo, nuestro inolvidable Pau Casals. Aíslense por un momento del alboroto mundano y concédanle otro par de minutos a la excelencia. Y aunque no posean un oído entrenado, intenten fijarse de nuevo en las particularidades de la interpretación.





Sublime, ¿verdad?
Las Suites para violonchelo escritas por Bach jugaron un papel fundamental en el pulso que el chelo mantenía con la viola da gamba, instrumento dominante desde el siglo XV gracias a su presencia en el entorno privado de la aristocracia. El violonchelo, con apenas 50 años de historia, era más común en los conciertos mayoritarios y recibió un impulso decisivo gracias a las Suites de Bach. Sin embargo, a pesar de su importancia histórica y de su calidad singular, estas fueron consideradas como meros estudios o piezas de carácter didáctico durante casi dos siglos. Es precisamente Pau Casals quien las rescata y consigue para ellas el reconocimiento como obra total del que gozan en la actualidad. La cantidad de veces que este fenómeno ha ocurrido en cualquier campo de la expresión artística es apabullante. Por volver a la literatura, Shakespeare es, seguramente, el paradigma del relativismo valorativo, ejemplo máximo de la transformación que el paso de las épocas, con su cambio de criterios, ejerce en el enjuiciamiento global sobre una obra de arte.
Pero sigo divagando. Permítanme que encauce el tema de una vez.
Hace unos meses colgué una entrada en la sección Pellizcos, una serie en la que suelo incluir alguna frase que en alguna lectura del día me haya llamado la atención, no porque esté de acuerdo o no con lo que enuncia, sino por la relevancia de su contenido. En la ocasión mencionada, el aforismo que cité pertenecía al poeta norteamericano Robert Frost, quien afirmaba lo siguiente: "La poesía es lo que se pierde en la traducción". Como reacción, mi amigo Jorge Camacho, poeta e intérprete profesional, mostró su total desacuerdo con Frost escribiendo en su blog (cuya dirección encontrarán abajo del todo) el siguiente poema:


arte poética


pese al dicho ingenioso pero vano de robert frost
la poesía no es lo que se pierde en la traducción
sino lo que queda.

la rima
el ritmo
el paisaje de una palabra:
cosmética.

imágenes
conceptos
comparaciones y contrastes:
la esencia.

de lo contrario, nadie leería el poema de gilgamesh
la odisea
poemas de la dinastía tang
jaicus y tancas japoneses
las cuartetas de omar jayam.

la poesía es
lo que queda.


No sé ustedes, pero yo este tema lo encuentro fascinante. Cuando uno es joven y está haciendo sus primeros pinitos, suele tender a la literalidad. Se aprende algo más tarde que lo que hay que capturar no es el cuerpo del texto, sino su espíritu. Lo perfecto, claro, el Santo Grial del traductor, sería lograr conjugar ambas cosas de manera que no se perdiera nada en la transformación, lograr teletransportar todas las moléculas semánticas de un idioma a otro sin que se perdiera ninguna. Pero eso, desgraciadamente, es imposible, así que la labor del traductor (o del intérprete), es tratar de ser lo más fiel posible a la intención original del texto a traducir. Y digo del texto, y no del autor, lo que lo hace aún más complicado, pues no todos vemos las mismas cosas en un texto.
Bien, para incidir en este punto, ha llegado la hora de preguntarles qué les han parecido las interpretaciones de los dos geniales violonchelistas. ¿Les han parecido diferentes? ¿Similares? ¿Han captado las sutiles diferencias? Este parece más lento, aquél más vital; uno más delicado, el otro más intenso; se distinguen distintas velocidades por momentos... La pieza es la misma, han tocado las mismas notas, y sin embargo cada uno ha hecho su propia interpretación de ellas. Para los que no tenemos educación musical, han podido parecer iguales, pero no lo han sido. Tenemos a dos grandes maestros intentando hacer una representación sonora que emule con fidelidad a la escrita. Han traducido el texto a música. Si lo hubieran hecho con perfección, los dos deberían haber sonado igual. Y sin embargo no ha sido así.
Tenemos por lo tanto dos interpretaciones distintas de una misma obra. He querido poner un ejemplo en el que los resultados fueran casi similares, sólo diferentes en algunos matices, en meros detalles, un caso en el que los dos intérpretes intentan llevar a cabo la reproducción fiel, exacta, de la obra a representar. Pero hay miles de casos en los que el resultado final arroja versiones muy distintas, la mayoría de veces por una cuestión intencional. Fuera del rigor de la música clásica, en el mundo de las versiones, del volcado a géneros distintos, lo normal, de hecho, es trastocar la obra original, darle un sello personal para que parezca diferente y se adapte a la salsa, al pop, a la rumba... o dentro de un mismo tipo de música, al estilo personal del nuevo intérprete. En la mayoría de casos, es ese punto propio y no la obra lo que el consumidor busca. Al final de ese camino, en el lado opuesto de la clásica, es obligado mencionar el jazz. Permítanme ofrecerles otro ejemplo musical. Escuchen cuán diferente resulta este Blue in Green cuando a las manos de Bill Evans, presente en estas dos versiones, le restamos los labios de Miles Davis.






Este tema apareció por primera vez en 1959, en el álbum "Kind of Blue" de Miles Davis, uno de los discos de jazz más vendidos del siglo pasado, y también tiene su pequeña historia. En el primer vídeo tienen esta primera versión, en la que participan Davis y Evans. Pocos meses después de esa colaboración aparecía "Portrait in Jazz", firmnado por Bill Evans Trio, que incluía la misma composición, la que tienen en el segundo vídeo, esta vez sin la participación de Davis. Ambos genios del jazz reivindicaron la autoría de Blue in Green, sin que aún hoy en día sepamos quién fue el auténtico creador de la pieza. Mi opinión es que debió de ser una de esas colaboraciones estrechas en las que al final es imposible recordar quién ha puesto qué, y que por tanto debería, tal como reivindica el segundo disco, pertenecer a los dos.
Pero discúlpenme de nuevo y volvamos al asunto que nos ocupa. En el caso de los violonchelistas, ¿qué interpretación de las dos creen que es más fiel a la obra original? ¿Cuál es la "verdadera"? Para un lego son casi idénticas, y las diferencias no parecen ni siquiera errores o adulteraciones, sino más bien diferencias de criterio. Bueno, si somos sinceros, podemos dejarlo pasar, porque la verdad es que no parece que importe mucho. Las dos realizaciones de la pieza deben de ser bastante fieles. Nos fiamos del nombre de los intérpretes, y pocos se atreverían a decir que una es peor que la otra. De hecho, las dos nos parecen maravillosas, puesto que lo que valoramos aquí no parece ser la literalidad de la obra, sino la música sumada a la pericia y el sentimiento con los que se expresa. Al fin y al cabo, la mayoría no sabemos leer música, y en muchos casos ni siquiera escucharla, ¿cómo evaluar entonces su fidelidad a la obra original?
Si la cuestión de la exactitud sigue siendo fundamental en ese tipo de música, lo cierto es que hay otros géneros en los que la fidelidad absoluta a la composición escrita no representa ninguna obligación. En el jazz, de hecho, es el eje del cambio. Lo que caracteriza al jazz es la improvisación. Basándose en la armonía, el intérprete puede elaborar nuevos sonidos melódicos hasta cerrar correctamente el nuevo afluente abierto. El citado "Kind of Blue" es, precisamente, el álbum que abre el camino al jazz modal, una nueva manera de afrontar la improvisación tratando de eludir el encorsetamiento del hasta entonces dominante bebop. Cuando escuchamos el tema Blue in Green, lo apreciamos por motivos totalmente ajenos a la fidelidad que pueda guardar a la partitura. Personalmente, me emociona más la versión conjunta que la interpretada posteriormente por Evans. Pero los motivos no tienen nada que ver con lo fielmente que reproduzca la obra original. Aun siendo el piano mi instrumento preferido, me gana la atmósfera melancólica y triste que le imprime al tema la trompeta de Miles Davis.
Si exceptuamos el campo de la clásica, vemos que lo único que se le exige a las distintas interpretaciones de una composición es que mantenga una melodía reconocible. Incluso en el jazz, que tanto juega con ella, tiene que haber puntos de concordancia que nos recuerden de vez en cuando que es ese tema musical el que estamos escuchando y no otro. Ni siquiera tienen que sonar parecido, sólo han de conservar unas notas, las que hacen a la canción identificable. Porque en el arte musical, lo verdaderamente importante es la interpretación, la forma como el texto es convertido en música: la versión del intérprete, para que nos entendamos. Con la literatura, y concretamente con el oficio de la traducción, no ocurre esto. La literatura es más como la música clásica, ha de ser interpretada con la mayor fidelidad posible. Y sin embargo, como ocurre en lo musical, cada vez que una obra es traducida por diferentes profesionales, arroja una versión distinta.
No necesito decirles que estamos hablando en todo momento de un nivel de calidad mínimamente aceptable. Por debajo de él, no se puede hablar ni de interpretaciones musicales ni de traducciones literarias, sino de chapuzas. Aclarado esto, ¿cuál es el baremo a seguir para evaluar qué traducción es la mejor, o cuál es mala y cuál es buena? Pues creo que Robert Frost y Jorge Camacho, autores respectivamente del aforismo y el poema que cité hace unos párrafos, tienen la clave, porque creo que en su desencuentro se revela la verdad. Creo que Frost apuesta por la imposibilidad de la traducción perfecta, y para evidenciarlo, generaliza; Camacho, en su desacuerdo con esa generalización, se va al otro extremo y particulariza. En mi opinión, una traducción será mala cuando pierda la poesía implícita en el texto original, y será buena cuando, tras leer el texto, no sólo quede la poesía. Porque esa poesía metafórica, el alma del texto, no es lo único que lo conforma. Hay también datos que han de ser vertidos correctamente, juegos gramaticales, significaciones léxicas y propiedades del significante que no forman parte de esa poesía. Pero, y aquí me posee el pesimismo frostiano, conociendo las diferecnias intrínsecas entre los distintos idiomas, ¿es posible lograr tal cosa?
Reconozco que el uso que hace Frost del término poesía me gusta. Aunque yo, permítanme volver a la música, prefiero hablar de melodía. La diferencia, como anoté antes, estriba en que en la interpretación literaria no vale con mantener una melodía reconocible, hay que ser fiel al origen. Se permite una cierta creatividad, pero teniendo siempre al texto como centro de todo. El traductor ha de batallar en varios frentes, significante y significado, y tratar de abarcarlos todos. Ocurre que a veces es imposible, los idiomas tienen sus particularidades y en algunas ocasiones no hay puntos de encuentro. Hay "notas" que no pueden ser reproducidas tal como son, y entonces hay que cambiarlas, adaptarlas. Ahí, el traductor ha de ser creativo, respetando, a mi entender, una única ley, la de mantener intacta, precisamente, la melodía. O, tal y como defiende Camacho, la poesía. Les expondré un caso, la última alusión a un genio en esta larga entrada.
Cuando me preguntan por mis escritores contemporáneos predilectos, suelo repetir siempre la misma lista: Philip Roth, Michel Houellebecq, Haruki Murakami, J. M. Coetzee. Y, por encima de todos ellos, Cormac McCarthy. Los otros son figuras enormes de la literatura actual, pero McCarthy es para mí EL escritor. Si los demás me ganan por lo que cuentan, McCarthy me acongoja por cómo lo cuenta. Si analizamos el fondo de sus obras, todos son magníficos, y en cuanto a la forma, al estilo literario, también, pero es en este último orden en el que McCarthy sobresale y se muestra inalcanzable. Su vocabulario pleno de atavismos, infinito, dota de matices bíblicos y connotaciones remotas a su lenguaje. El lirismo oscuro con el que logra arropar a las historias contenidas en los libros que escribe convierte sus textos en poemas escritos en prosa. No hay autor que me haya hecho apreciar tanto el trabajo de un traductor como Cormac McCarthy.
He leído seis novelas suyas, la mitad de las que ha escrito, y de ellas cinco han sido traducidas por Luis Murillo Fort. Si fuéramos estrictos, habría que decir que lo que en realidad he disfrutado ha sido la interpretación que él ha hecho de McCarthy, su versión del escritor. Murillo Fort confiesa en una entrevista que cuando recibió el primer encargo de traducir un libro del norteamericano (En la frontera, segundo de la trilogía del mismo nombre) no sabía dónde meterse, pero que decidió aceptar el reto. Su traducción trata siempre de ser fiel a la obra mccarthyana, pero en la prosa de este autor los puntos de desencuentro entre las diversas lenguas aparecen en mayor número que en la de otros. En los casos en los que la vasta terminología utilizada por el escritor no tiene reflejo en nuestro idioma, el traductor tira de instinto, intentando mantener, precisamente, la melodía. Veamos un ejemplo de su trabajo.
El párrafo que tienen a continuación pertenece a la última novela de Cormac McCarthy, una obra que en este blog no necesita presentación, pues ha sido citada bastantes veces. Se trata de la mejor novela de ciencia ficción del siglo XXI: The Road. Tras el texto original, tienen la versión en castellano.


He got up and walked out to the road. The black shape of it running from dark to dark. Then a distant low rumble. Not thunder. You could feel it under your feet. A sound without cognate and so without description. Something imponderable shifting out there in the dark. The earth itself contracting with the cold. It did not come again. What time of year? What age the child? He walked out into the road and stood. The silence. The salitter drying from the earth. The mudstained shapes of flooded cities burned to the waterline. At a crossroads a ground set with dolmen stones where the spoken bones of oracles lay moldering. No sound but the wind. What will you say? A living man spoke these lines? He sharpened a quill with his small pen knife to scribe these things in sloe or lampblack? At some reckonable and entabled moment? He is coming to steal my eyes. To seal my mouth with dirt.


La carretera. Nº338 de Literatura Mondadori 2007 (p. 192) Traducción de Luis Murillo Fort:


Se levantó y fue andando hasta la carretera. Su mancha negra corriendo de lo oscuro a lo oscuro. Luego un retumbo en la distancia. No un trueno. Se notaba bajo los pies. Un sonido sin análogo y por tanto sin descripción posible. Algo imponderable que se movía allí en la oscuridad. La tierra misma contrayéndose de frío. No se repitió. ¿Qué época era del año? ¿Qué edad tenía el niño? Se quedó de pie en la carretera. Silencio. El salitre secándose de la tierra. Las formas lodosas de ciudades inundadas quemadas hasta la marca de nivel del agua. En una intersección unos dólmenes dispuestos en el suelo donde los huesos-oráculo iban convirtiéndose en polvo. El viento como único sonido. ¿Qué dirás? ¿Que un hombre, un hombre vivo, pronunció estas frases? ¿Que afiló una péñola con su navaja para garabatear estas cosas usando endrina o negro de humo? ¿En algún momento computable y tabulable? Viene a robarme los ojos. A sellarme la boca con tierra.


Pueden ver cómo el segundo texto rehuye la literalidad y se transforma en muchas de las frases. Es casi un ser vivo intentando adaptarse a su fuente de origen. El resultado final mantiene, en mi opinión, la melodía inicial. La poesía queda, aunque morfológicamente el texto haya cambiado. ¿Sería mejor aplicar una traducción más apegada al significante? Yo creo que no. De hecho, creo que, debido a su imposibilidad, tal intento se vería repetidamente frustrado. Para demostrárselo, atomicemos el texto. Déjenme aplicar la lupa y resaltar una frase en concreto.


The salitter drying from the earth.


El salitre secándose de la tierra.


¿Les parece una traducción correcta? Si su respuesta ha sido afirmativa e inmediata, quizás se hayan precipitado. No digo que estén equivocados, pero no es una cuestión tan simple como pudiera parecer a primera vista. Al contrario, es tan compleja como fascinante. Lo primero que hemos de hacer para comprobar el posible acierto o error es buscar el significado de la palabra salitter en inglés. Primer problema, porque no la recoge ningun diccionario, ni siquiera los importantes, ni el Oxford, ni el Collins, ni el Webster. Lo siguiente, pues, es hacer una búsqueda inversa. Veamos:


Concise Oxford Spanish Dictionary © 2009 Oxford University Press:
salitre sustantivo masculino
a. ( Min, Quím ) saltpeter(conj.⇒) , niter(conj.⇒)
b. (del agua de mar) salt residue



Nada. Es evidente que la palabra salitter no se corresponde con salitre. En primera instancia, podría deducirse que la similitud ha propiciado un faux-ami, pero cuando buscamos el significado real del término, vemos que este ni siquiera parece existir. ¿Una errata quizás, un lapsus del escritor? No. Una genialidad literaria en la que nadie con una erudición por debajo del nivel Super Nova habría sido capaz de reparar. Lo cierto es que McCarthy rescata esa palabra de otros tiempos, para ser exactos, de hace cuatro siglos. El término salitter aparece en los escritos de Jakob Böhme, un teósofo alemán de la época, que acuña el término para referirse a una cualidad intangible de las cosas, divina en manos de Dios cuando este marca su impronta en la materia que conforma el mundo.

What is in Paradise is made of the celestial Salitter..[it] is clear, resplendent..The forces of the celestial Salitter give rise to celestial fruits flowers, and vegetation.


Es decir, que lo que Cormac McCarthy narra en ese párrafo es una desangelización del mundo, el efecto de un apocalipsis que no sólo ha dejado un paisaje desolado y sin vida, sino que ha privado a la misma tierra de toda gracia mística. Por supuesto, no es que este genio de la literatura se haya puesto a remover cielo y tierra hasta encontrar la palabra justa escondida en el lejano siglo XVII. Seguramente leyó la obra de Böhme o algún estudio bibliográfico sobre el luterano en algún momento del pasado y anotó la palabra en su libreta o en su cabeza, lista para cuando la necesitara. Eso es la escritura, un modo de vida. Trabajo y dedicación continuos. No se trabaja de escritor, se es escritor, las 24 horas del día.
Pero, volviendo al asunto de la traducción, ¿qué palabra utilizaríamos en la conversión de esa frase al castellano ahora que sabemos lo que define salitter? Pues, curiosamente, esa misma o una cercana. Porque Böhme sitúa el origen de esa palabra, precisamente, en salt. En estos versos de su obra Aurora, desde el salitre original, verso a verso, Böhme acaba destilando la palabra salitter, como una suerte de salinidad mística connatural de todas las cosas, de modo que si hiciéramos un estudio etimológico, la palabra sal sería su raíz. Nótese también que se acompaña la palabra salitter del verbo to dry, al igual que en la frase de McCarthy.

 10. For the saltwater or salt [or saltpetre], which still to
this day is found in the earth, hath its original
and descent from the first kindling of the astringent
quality; and so the stones also have their
beginning and descent from thence, as also the
earth.
11. For the astringent quality now attracted
the Salitter very strongly together, and dried it,
whence the bitter earth is proceeded; but the
stones are from the Salitter which at that time
stood in the power of the tone or tune.


A falta de una palabra exacta, creo que la mejor solución es la adoptada por el traductor, nunca sabremos si con pleno conocimiento o sin él. Las otras soluciones se me antojan peores. Dejar el término como está desentonaría a primera vista, más con una nota aclaratoria a pie de página con la que ninguna de las otras páginas cuentan. Inventar un neologismo sería innecesario. Traducirlo como "esencia mística o divina" se integraría peor en el contexto y la sonoridad que salitre, y perdería su doble significado (la sal de la tierra), como lo harían las más específicas salinidad o sal. Creo, en definitiva, que utilizar la palabra salitre era la mejor forma de salvaguardar la melodía.




(* Si desean visitar el blog de Jorge, en el que encontrarán diseminadas algunas de sus poesías, he aquí la dirección de esta entrada: arte poética.)
(** En la Revista de traductología TRANS pueden leer una interesantísima entrevista a Luis Murillo Fort en la que explica cuál es su método para la traducción, y en la que encontrarán algún otro ejemplo de los problemas que la terminología empleada por McCarthy provoca incluso en su idioma original.)
(*** Para saber más sobre el asunto que me animó a componer esta entrada, no duden en echarle un vistazo a la fuente del dato, el blog The First Morning.)


martes 24 de enero de 2012

Rafael Pinedo. Frío

Ya me referí a Plop, la primera novela de Rafael Pinedo, en una entrada que dediqué no hace mucho a la reciente fiebre post-apocalíptica. Si escritores como Carlos Somoza, David Monteagudo o Albert Sánchez Piñol han sido determinantes en la consecución del reconocimiento de la ciencia ficción por parte de la crítica generalista, las dos novelas de Pinedo han aportado una dignidad literaria al género escrito en castellano que pocas veces antes había alcanzado. Plop y Frío han sido publicadas en una editorial "de fuera", y quizás por eso no han gozado del predicamento que merecerían tener entre los aficionados. Ojalá eso cambie algún día.



El subgénero post-apocalíptico presenta dos focos principales de atención, dos atractores dependientes que suscitan poderosamente el interés del lector. Uno es el escenario, la posibilidad que éste nos ofrece de contemplar las ruinas de nuestro mundo bajo un hálito que suele pendular entre el lirismo y la devastación. El otro es el relato de los supervivientes, es decir, el factor humano, asunto que, como es sabido, nutre y da sentido a la literatura en su casi totalidad. La fascinación implícita en el primero de estos dos aspectos nos permite sobrellevar las penurias que dan vida al segundo. En sus dos novelas publicadas, Rafael Pinedo ha prescindido sin embargo de uno de ellos, el escenario, renunciando así a rebajar la extenuante sordidez que esencia el drama humano. Toda una declaración de intenciones.
A primera vista, el aspecto más llamativo en la obra de Pinedo es, precisamente, su crudeza. No sólo por las realidades sórdidas que plantea, sino, más aún, por las acciones que realizan sus personajes. Se trata de una narrativa de la supervivencia en la cual el ser humano es despojado casi por entero de cualquier atisbo de lo que nosotros entendemos como civilización. Es precisamente ese extremo el que permite al autor hurgar en los entresijos de nuestras normas sociales, de los métodos de convivencia que hemos creado como motor del progreso y que nos definen como seres humanos. Pinedo expone esas convenciones grupales a la desnudez de un mundo desposeído de adornos, vaciado hasta el hueso, y se pregunta por su utilidad bajo esas condiciones.
Sus libros inciden, precisamente, en la relatividad de las normas culturales, en la imposible separación entre las reglas de convivencia consensuadas y su propio contexto social. Eso los sitúa en la órbita de novelas como Desgracia, en la que su autor, J. M. Coetzee, aludía a la imposibilidad de entendimiento entre bases culturales distintas. En Plop, su primera novela, el escritor argentino señala que cada entorno exige su propia base cultural. Cuanto más se acerca el hombre a la animalización, más básicas se tornan las reglas de conducta. En Frío, la utilidad de la rutina religiosa como guía de comportamiento se demuestra no sólo inútil, sino contraproducente en un mundo vacío. En un mundo post-apocalíptico, las reglas tanto sociales como individuales, al igual que el hombre físico, han de adaptarse o morir. Esa regresión moral consecuente a la caída de la civilización configura el novum de ambas obras.
De hecho, Plop y Frío forman parte, junto con la aún inédita Subte, de una trilogía temática que tiene, en palabras del propio autor, la destrucción de la cultura como fondo. En su primera y extraordinaria novela, las leyes y los ritos tribales marcaban el devenir de un grupo humano llevado casi hasta la animalización. El protagonista de Plop se valía de ellas para medrar y ascender hasta la cima jerárquica de su tribu. Al final, no es su tiranía o su crueldad lo que acaba con su posición (y su vida), sino su intento postrero de vulnerar las normas, algo que el resto se ve incapaz de tolerar. En Frío aparece el mismo tema, el respeto por la norma cultural incluso en las situaciones más extremas, aunque el conflicto en este caso no es grupal, sino individual, y la convención social es aquí sustituida por la religiosa.
La protagonista sobrevive en un convento a una ola de frío extremo que devasta el mundo. Sus compañeras se unieron al éxodo general y ella decidió quedarse. Ahora es su única moradora, junto con las ratas y el omnipresente frío. La novela recoge la crónica de su supervivencia, en la que se entromete de forma crítica su devoción religiosa y algún visitante ocasional no muy bien recibido. Su actividad diaria es un informe de penurias. Sus fatigosas abluciones semanales, la colocación de trampas de caza, el despellejamiento de las presas…, toda actividad que realiza está sujeta a la tiranía del frío y a otra aún más despótica: el cumplimiento estricto de sus rituales religiosos.
La obsesión por su creencia, en la que cobran una gran importancia los tabúes sexuales, da lugar a situaciones que muchos lectores encontrarán perturbadoras; más, incluso, que la propia protagonista, cuya ignorancia sobre su propia sexualidad afecta a la narración misma cubriéndola con un velo que el lector ha de destapar. Frío ofrece momentos buñuelescos de morbosa brillantez. La fornicación con la imagen de Cristo, la eucaristía con las ratas o el proceso de limpieza de la niña encontrada en la nieve constituyen imágenes desasosegantes, de una potencia devastadora, que dejan su impronta indeleble en la mente del lector. No es éste un libro fácil para sensibilidades extremas.
Al igual que Plop, esta novela se divide en capítulos breves, de tres o cuatro páginas. El estilo narrativo continúa siendo conciso, aunque la exposición descriptiva goza de una mayor presencia y la linealidad argumental es más contundente. Pinedo posee un gran dominio del tiempo, y presenta una serie de flashbacks en el momento justo, sin que afecten al ritmo del discurso. En ellos se representa un episodio crucial en la formación del personaje y su futura personalidad, un pequeño drama personal que explica su posterior forma de pensar. El resto de la narración supone una escalada de sucesos que culmina con una imagen final tan terrible en apariencia como brillante en su significado.
Hay un aspecto que sobresale incluso por encima de los demás en el buen hacer de Pinedo: su pericia como narrador. Con Frío refrenda lo que ya había apuntado en su primera obra, que es un escritor con voz propia, quizás la virtud más difícil de conseguir en su oficio. La economía de medios, el uso de una tercera persona casi infantil, desprovista de adornos y de cualquier signo de enjuiciamiento moral, que se entremezcla con algunos pensamientos de la protagonista, crea una voz singular que es indivisible del contenido. Sin ese tono la narración no sería la misma, no provocaría el mismo efecto en el lector.
Es este aspecto, más que la pura similitud de los futuros descarnados que ambos describen, lo que le acerca a la prosa de Cormac McCarthy. Su gusto por la concreción y la economía formal lo acercan a la segunda etapa del norteamericano, pero incluso desde una mayor parquedad. Su narrativa conceptual parte, como la de aquél, de una fuente de creación interior, propia, personal. Son los miedos y obsesiones del propio autor los que le empujan a la creación literaria, no con un afán simbólico o metafórico, sino utilizándola como herramienta de acusación directa, para denunciar lo que todos escondemos. En opinión de ambos, si se desnuda al ser humano de sus ropajes civilizados emergerá a la vista el animal superviviente. Es difícil saber de dónde parte el pesimismo de Pinedo. Tal vez de aquel oscuro diciembre argentino de revueltas y brutalidad en las calles. Tal vez de algún drama propio. Seguramente, de alguna oscura región interior. Lo cierto es que su visión literaria es desoladora.
En mi opinión, y por todas las razones expuestas, estamos ante una novela extraordinaria. Rafael Pinedo falleció a finales de 2006. Una auténtica desgracia, no sólo personal, sino también literaria. Su legado, representado de momento por estas dos magníficas obras, es impresionante. El díptico formado por Plop y Frío se encuentra, a mi entender, entre lo mejor que haya dado la ciencia ficción post-apocalíptica en castellano hasta la fecha. Es una auténtica tragedia que obras como estas permanezcan en el anonimato mientras que otros tipos de literatura muy inferior inundan la mayoría de las páginas personales en la Red. La ciencia ficción sigue su camino ascendente ante la mirada ajena de sus aficionados.



Reseña publicada originalmente en Prospectiva.

domingo 15 de enero de 2012

Imágenes de cf. XIII


Arrastrando tras de sí las provisiones, Regulo salió de la nave y volvió despacio al asteroide. La explosión que destruyó al Alberich y mató a Alexis y a Nita había expulsado suficiente material de la roca como para darle impulso angular. Giraba despacio sobre su eje más corto. Regulo se afirmó las provisiones contra el traje, le dirigió una última mirada a la nave siniestrada, se colocó detrás del asteroide y entró en la negra y profunda sombra. Sabía qué debía hacer. A tres millones de kilómetros, el Sol se extendería a más de veinticinco grados del cielo. Regulo debía permanecer lo suficientemente cerca de la superficie para quedar protegido por la sombra. Sería su única protección contra el rugiente horno en la otra cara del asteroide.

(...)

(…)

A cada lado del asteroide pasaba una corriente de gases ionizados, que salían de la hirviente superficie que daba al Sol y eran arrastrados por la ligera presión. El halo que formaban desparramaba los rayos del Sol, formando una fantasmal funda de azul, verde y blanco que revoloteaba a su alrededor. Cien metros más abajo, la superficie oscura de la roca comenzaba a burbujear y humear al volverse lentamente, asándose al resplandor del Sol como una pierna de cordero en un asador. La observó con mirada fría. Debía mantenerse apartado de ella, ahora y en las próximas setenta horas. No importaba. Era una razón más por la que no podía permitirse quedarse dormido otra vez. No volvería a hacerlo.


martes 27 de diciembre de 2011

Ian Watson. Magia de Reina, Magia de Rey

Hace un par de semanas cumplí una vez más con el saludable hábito de asistir a la cena que todos los años organiza la Tertulia de Santander. Como siempre, la belleza de las tierras cántabras y de sus gentes, y el reencuentro con muchos de los asistentes, algunos de ellos buenos amigos, me dejó con ganas de repetir el año próximo. Además de la cena, en la que se regalan libros por sorteo, es tradición que durante la tarde previa al acto gastronómico tenga lugar un evento literario. Se suele celebrar en la librería Gil, y consiste, por lo general, en la presentación de algún libro publicado a lo largo del último año. El autor contesta a las preguntas de los oyentes y luego se suma a la cena. Este año le ha tocado el turno a Putas de Babilonia, del escritor británico Ian Watson.
Watson es, desde hace tiempo, un habitual de nuestro país (hay algo en España que le seduce), así que no tuvo problemas para integrarse rápidamente en la celebración. Tuve la suerte de compartir con él una cerveza y escuchar atentamente sus respuestas a las preguntas que Nacho Illarregui, máximo responsable de Prospectiva, le iba haciendo. Me pareció una de esas personas cuyo aspecto engaña a primera vista. Pequeño de lejos, siempre risueño y dueño de un gran sentido del humor, puede dar la impresión desde el auditorio de que se está ante un venerable bonachón. En la distancia corta, sin embargo, toda la afabilidad se torna inteligencia, especialmente en su mirada. Hace gala, además, de esa impecable dicción inglesa-inglesa que tanto nos fascina a los que seguimos la versión original en las pantallas. El caso es que quedé gratamente sorprendido en el trato directo con el escritor, aunque me temo que no sucedió lo mismo a la inversa.
Mi forofismo futbolístico me llevó a preguntarle si le gustaba el noble deporte (al fin y al cabo, esa misma noche se jugaba el clásico). Para que se hagan una idea de cuánto no es así, me expuso un caso de la selección inglesa, uno de los dos únicos partidos completos que ha visto en su vida, en términos muy negativos. Teniendo en cuenta lo que representa la selección nacional para un inglés, casi una cuestión de Estado, y lo poco que a él le importaba aquello, el asunto quedó zanjado allí mismo. Desgraciadamente, mis posteriores alaridos en los tres goles que el Barcelona le endosó al Real Madrid durante la cena, ante los cuales expresó cierto desagrado, tampoco debieron de ayudar mucho. Qué le vamos a hacer, me apasiona tanto el fútbol como la literatura, una dualidad que, en todo caso, no resulta nada extraña. Si a ustedes les parece que sí, indaguen un poco en internet. Se llevarán una tremenda sorpresa.
Como posible desagravio, y aunque él no lo sabrá jamás, aquí les dejo la reseña del último libro de Ian Watson que he leído. Como revela la última frase, han pasado algunos años desde que lo hice, así que quizás vaya siendo hora ya de rescatar alguno de los que reposan en aquel lado de la estantería, ese que guarda mis intereses pasados.




Como escritor, Ian Watson siempre se ha decantado por la variedad y el cambio. Enemigo de la repetición, gusta de encadenar proyectos con escasa o ninguna relación entre ellos. Tras publicar la trilogía de la Corriente Negra, serie enmarcada en el género de ciencia ficción a pesar de su aspecto fantástico, el escritor británico se embarcó en otra de sus originales apuestas: Magia de reina, magia de rey, un extraño ejercicio de porte similar que se dirige en su conclusión hacia el -inevitable tratándose de Watson- elemento trascendente.
La novela se publicó en 1986, y la primera de sus tres partes, “Magia de reina, magia de peón”, se incluyó de forma casi simultánea en el número de septiembre de The Magazine of Fantasy & Science Fiction. En ese mismo número, Orson Scott Card realizaba una breve reseña y aludía a la figura de Pirandello en alabanza a la novela de Watson. Seguramente haya que ir bastante más lejos buscando comparaciones, por ejemplo al relato satírico propio de la literatura europea del siglo XIV. Las dos primeras partes del libro retrotraen al lector hasta los ambientes y personajes que proliferaban en las obras de Bocaccio o Chaucer.
Watson traslada las reglas del juego del ajedrez a un entorno renacentista, y lo hace de manera brillante. La forma en que los movimientos de ajedrez forman parte de la acción es realmente ingeniosa, “mágica”. Saltos de caballo, cambios de peón por dama o comidas al paso se alternan con la historia del aprendiz de peón, Pedino, quien impulsado por el amor intentará buscar otra salida a la eterna lucha cíclica que mantienen Bellogard y Chorny, reinos cuya clase dirigente representa respectivamente a las piezas blancas y negras en un mundo que se constituye en extraño tablero de ajedrez.
La guerra continua que Watson coloca como eje central del libro, inexplicable y eterna, recuerda a otros magnos enfrentamiento librados en el campo de la ciencia ficción, como por ejemplo la inextinguible lucha entre arañas y serpientes que narrara el maestro Leiber en sus Crónicas del gran tiempo. Pero cualquyier similitud desaparece al final, en el último tercio del libro. Allí, el protagonista se ve inmerso en un metajuego, un recorrido por universos paralelos al suyo regidos por las normas del Monopoly, el Serpientes y Escaleras y otros juegos que Pedino recorrerá, en claro contraste con la despreocupación de sus compañeros de viaje, en busca de lo que todo ser humano desea: respuestas a su existencia.
Magia de reina, magia de rey es una fantasía con espíritu de ciencia ficción, un juego que se sirve de otros juegos para disertar sobre los distintos planos de existencia, sobre lo ficticio y lo real, el destino y la libertad. Escrito con gran agilidad, su lectura es un breve y raro disfrute que deja bien claros sus objetivos, no se extiende más de lo necesario y libra al lector del habitual abuso de páginas. Un arriesgado acierto de Watson cuya publicación en nuestro país refrenda el buen arranque de la joven colección Bibliópolis Fantástica.


El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.

sábado 3 de diciembre de 2011

El regreso del Señor de la Noche. Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley

Cumpliendo la promesa aperturista que realicé cuando hice la remodelación de Literatura en los talones, les presento aquí una de las novedades. Me comentaba un amigo recién llegado al blog que le había defraudado la falta de reseñas de cómics. "¿Es que no lo consideras literatura?", me preguntó con cierta sorna. Y no, no es que me acerque al pensamiento del ínclito Molina Foix (bien lo sabe el propio Alberto, al que he dejado unos cuantos tebeos), pero me gusta seguir la ortodoxia y el respeto al etiquetaje. El cómic es, sin duda alguna, arte, como lo es la literatura, pero ni el cómic es literatura ni la literatura es cómic. Son artes distintas. Como este blog estaba dedicado por completo al entorno literario, me había limitado, con un par de contadas excepciones, al mundo de los libros. Hasta ahora
Como toma de contacto, comenzaré con un texto que he rescatado del pasado remoto, una breve reseña dedicada a una de las novelas gráficas más grandes que conozco. Su elección me la ha servido en bandeja la polémica desatada por las recientes declaraciones de Frank Miller en su blog, a las que Alan Moore, el mayor genio del cómic contemporáneo, ha respondido de la manera que pueden leer en este enlace. La retrógrada visión que tiene Miller del movimiento ocupacionista de Wall Street sólo habrá sorprendido a los que no hayan seguido su trayectoria, pues hace tiempo que el común de los aficionados sabe de qué pie cojea el afamado guionista y (pésimo) director. La respuesta de muchos aficionados, sin embargo, sí me ha dejado algo perplejo.
Hace años que sé lo que hace la ira con la perspectiva y la ecuanimidad, y sin embargo, cada vez que eso ocurre me vuelve a sorprender. Para algunos, es como si el tiempo lo devorará todo, como si ante la pujanza del presente, el pasado desapareciera de un plumazo. Puedes crear varias obras maestras y ser posteriormente denostado o completamente olvidado si tus siguientes creaciones no están a la altura. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con la figura de Arthur C. Clarke en la ciencia ficción literaria. Creador de algunas de las novelas más importantes del género, fue ninguneado posteriormente debido a la baja (bajísima en algunos casos) calidad de sus últimas obras. Con Miller se da el mismo caso, con serios agravantes. No sólo sus últimos cómics no han estado a la altura. Su ambición por la polivalencia, mancillada debido a su pésimo trabajo en la dirección cinematográfica, le ha colocado además en un mal lugar.
Pero esa entrada en barrena posterior, repito, no debería tener como consecuencia el olvido de su grandeza anterior. Sus obras maestras siguen ahí; la mejor etapa de un superhéroe que yo haya leído, su Daredevil de los 80, sigue ahí; Born Again, culminación de esa época y una de las cimas del cómic, sigue siendo un máster compactado para jóvenes guionistas; El regreso del señor de la noche, la mejor versión de Batman con la que yo me haya cruzado, continúa sorprendiendo con su visión crepuscular del héroe a todos los que lo leen por primera vez; Batman: Año Uno, Ronin, Elektra: Assassin... Todas ellas anteriores a Sin City o 300, obras en su día también muy valoradas y a las que la fama negativa actual del autor sin duda ha perjudicado. Si olvidar esas auténticas joyas del cómic resulta una injusticia y una adulteración del pasado, imagínense entonces la magnitud de la tropelía cuando la discriminación de la obra procede, como en este caso, de un prejuicio ad hominen.
Desechar la obra de un individuo por sus ideas fascistas me parece tan abominable como el propio pensamiento fascista. El ideario de Frank Miller, la persona, huele a podrido, y el autor, sin duda, ha perdido gran parte de su creatividad, pero la calidad de aquellas obras maestras resiste sin mácula el paso del tiempo. Y seguirá resistiendo también las falsas consignas de los airados. Concédanle al César lo que es del César. Denosten al actual Miller si quieren, pero relean al joven, disfruten de su monumental obra. Háganse ese favor a ustedes mismos.



Sucedió en los 80. John Byrne se acercaba desde la ortodoxia a la perfección estética mediante un dibujo limpio y una  narrativa cristalina, abordando las historias clásicas desde perspectivas más modernas. A su vez, Alan Moore sentenciaba con acento iconoclasta la corrección política y la estrechez clásica argumental norteamericanas. En medio de todo ello, un guionista colosal llamado Frank Miller incorporaba, partiendo de una estética noir, una tercera vía merced a la utilización de un método ya probado, aunque nunca de forma tan contundente en el campo superheróico: empujar a los personajes de siempre hasta territorios extremos, allí donde jamás había llegado superhéroe alguno. Así, dotó de humanidad y una pátina de locura a un personaje tradicionalmente segundón, Daredevil, regalando a los lectores una etapa imborrable, culminada posteriormente con una conclusión que convulsionó el mundo del cómic, Born Again, una de las mejores obras que jamás haya visto el medio. En 1986, Miller se embarcó en la ambiciosa empresa de relanzar a un mito cuyos matices oscuros, en estado latente desde su creación, nunca habían sido explotados a conciencia. Batman, el hombre murciélago, iba a ser rebautizado.
En El regreso del Señor de la Noche, Miller despliega todo un abanico de personajes irrepetibles, acercándolos sin secretos al lector mediante la continua exposición de sus pensamientos y diálogos. En la forma que tiene Miller de entender el cómic, el personaje es lo más importante, no el decorado. Dotados de una sinceridad que sobrecoge, de una honestidad total, desempeñan su papel con la dignidad propia de quien asiste a la muerte de un icono, de un ser casi mitológico. El malvado Dos Caras nunca tuvo opciones. No importa el aspecto físico que uno tenga, pues Batman sabe (y con él todos) que la auténtica fealdad reside en el interior, que la belleza exterior no es más que un disfraz, una máscara tras la que esconderse. Joker, representación del mal, debe su razón de ser a la existencia del bien. Si no hay Batman no hay Joker. Al contrario de lo que el cómic ha declarado clásicamente, es el héroe quien crea al villano y no al revés. En este caso, la encarnación del Joker es la más perversa que se haya visto, quizás por ser la última. Sabe que su única oportunidad de triunfo está en robar la "virginidad" de Batman ensuciando su nombre, de arrastrarlo definitivamente al otro lado, allí donde ya no podrá esconderse tras los valores éticos que mantienen su cordura.
Este Batman crepuscular necesita a alguien que cargue con un peso que ya no es capaz de soportar, por eso busca, más que acepta, al nuevo Robin. Superman, su única competencia real en todos estos años, epítome del bien, éticamente superior, sufre el rencor de Batman. Por obligarle a abandonar años atrás, y por lo que representa. Batman ve al kryptoniano como a un ser débil, sin matices, y por tanto incompleto, un dios que por su condición nunca podrá comprender a un hombre común. Han pasado los años, y entre ellos ya no hay disfraces. Ellos son Clark y Bruce, dos personas, dos iguales. Del esperado enfrentamiento final entre ambos sólo puede morir el más debil, y este es Bruce Wayne. La conclusión final no puede ser otra, estuvo ahí siempre: sin personalidad secreta, Batman ya no tiene por qué ocultarse bajo el disfraz de Wayne. Si en Born Again el guionista asesinaba al superhéroe como medio para que el ser humano se encontrara a sí mismo, aquí procede a lo contrario. Matt Murdock se disfrazaba de Daredevil; Bruce Wayne siempre fue la máscara tras la que se protegía el ser real, Batman. Miller juega con lo que mejor domina, la dualidad y el sentido moral, demostrando con gran maestría que en sus terrenos reina el claroscuro.
Estéticamente, el dibujo sacrifica el preciosismo por la fluidez de la narración, y aunque en algunos momentos se muestra algo confuso, en otros compone viñetas de una brillantez apabullante, auténticos cuadros impresionistas en los que la forma adquiere más valor que el detalle. Si encuentran una edición lujosa no miren el precio. Tendrán una oportunidad única de acceder a una obra imprescindible del cómic de superhéroes y al mejor trabajo de uno de sus indiscutibles maestros. El Regreso del Señor de la Noche contiene una riqueza conceptual mayor que la que reúnen algunos buenos libros. Si jamás han probado esto del cómic, no se lo piensen, es un punto de partida inmejorable.



El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.


miércoles 30 de noviembre de 2011

Philip K. Dick. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Aunque me hubiera gustado incluir más reseñas de sus libros y algún texto sobre las películas, el tiempo no da para más. El mes acaba aquí, y este pequeño homenaje al gran Philip K. Dick también. Es lo malo que tiene el marcarse plazos: al final uno se ve obligado a cumplirlos. Esto no quiere decir que Dick no vuelva a aparecer en Literatura en los talones. Su obra es infinita, se vuelve a ella una y otra vez porque en su interior bullen cuestiones universales. En su búsqueda del trasfondo de la realidad, la narrativa de Dick ofrece una alternativa a la religión como principal intérprete de nuestra existencia, propone una nueva forma de acometer la eterna búsqueda del elusivo sentido de nuestra presencia en el mundo. Tengo la impresión de que apenas hemos empezado a vislumbrar la influencia ejercida por Dick, y que conforme avancen los años, más crecerá su impronta. Ya sea directamente o con el propósito de valorar a alguno de sus epígonos, lo dickiano volverá a visitar estos lares. Seguro.
Como despedida, es obligado terminar este mes tan especial revisando una novela que, si bien no se encuentra entre lo más granado de su obra, resultó crucial para la popularidad posterior de Dick. No a causa de sus virtudes literarias, sino por ser la base de la que partió Blade Runner, una película que en su estreno pasó casi desapercibida, pero a la que el paso del tiempo ha barnizado con una pátina de inmortalidad. Tanto es así, que de un tiempo a esta parte resulta prácticamente imposible encontrar esta novela con su verdadero título, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, usualmente desplazado por el de la versión cinematográfica. Con esta reseña, que alude a ambos órdenes, el cinematográfico y el literario, se cierra el ciclo que este blog ha dedicado a Philip K. Dick a lo largo del mes de noviembre.





Permítanme que les haga un breve recordatorio de algunas de las novelas escritas en castellano estos dos últimos años, todas ellas publicadas en editoriales generalistas. Los muertos, de Jorge Carrión, en Mondadori, reúne a Roy, Pris y demás Nexus 6 en lo que viene a ser una especie de más allá poblado exclusivamente por personajes de ficción; Tan cerca de la vida, de Santiago Roncagliolo, en Alfaguara, narra la historia de una suerte de androide que no sabe que lo es y que se enamora de otra androide entre claras referencias intertextuales a la figura del Nexus 6; Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero, en Seix Barral, presenta como protagonista a una replicante cuya caducidad la sume en los lógicos problemas existenciales. Más allá de la referencia directa, otros autores españoles, como Pablo Tusset o Javier Avilés, homenajean de un modo u otro a Blade Runner en sus últimas obras.
Aunque he presentado el ejemplo local para que fuera más significativo, este fenómeno referencial no es exclusivamente español, sino planetario. Y no sólo abarca la literatura, sino que ha marcado a otros medios como el del cómic, y obviamente aún más, a los que exigen una pantalla para su disfrute. La película dirigida por Ridley Scott se cuenta, sin duda, entre las más influyentes de los últimos 25 años. La fascinación que produce ha marcado no sólo a la generación que la vio nacer, sino a todas las posteriores. Sin embargo, esa fascinación no ha motivado a la mayoría de prosélitos para acudir directamente a la fuente, a leer la novela de la que Blade Runner procede. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, a pesar de haber sido adaptada reciéntemente al cómic, y tal como señalan con pesar los guionistas que han escrito los textos prologales de sus capítulos, escritores de la talla de Warren Ellis o Ed Brubaker, sigue siendo una novela desconocida. Una auténtica lástima, pues se trata de una oportunidad única para conocer de primera mano en qué consiste, en general, el proceso de la adaptación cinematográfica.

El futuro. La falta de recursos naturales en la Tierra ha obligado al hombre a colonizar otros planetas, y para trabajar bajo sus duras condiciones ha creado réplicas de humanos conocidas como andrillos. Rick Deckard es un cazador de bonificaciones que caza réplicas de hombres que han huido de las colonias para vivir como verdaderos humanos. Una tarea que se complicará cuando tenga que dar caza a una nueva generación de andrillos, los Nexus 6, lo que le hará comenzar a dudar de su propia humanidad.

Las diferencias entre el filme y la novela son tantas que se puede hablar perfectamente de obras distintas, y no sólo por la variedad del medio. Tanto las historias de fondo como el tema central que tratan son disímiles. Los cambios en el guión responden más a la intención de crear un producto nuevo, diferente a la obra de la que parte, que al deseo de mejorarla. Algunos son bastante arbitrarios, como la elección de los nombres. Si en algunos casos se respetan los originales, en otros son completamente distintos. Podría tratarse de una mera cuestión eufónica, pero cuando se compara Rossen Association con Tyrrell Corporation, J. R. Isidore con J. F. Sebastian, o Polokov y Luba con León y Zhora, no se le encuentra mucho sentido al cambio. Sobre todo si tenemos en cuenta que Roy, Pris, Deckar y otros tantos siguen llamándose de la misma forma.
La película original (la previa a las adulteraciones a las que posteriormente la sometería su director) ahonda en el concepto de mortalidad desde la metáfora. Utiliza la condición humana de su protagonista como punto de contraste con el que comparar el lamento existencial de los androides. La breve duración de los Nexus, su tragedia vital, se enfrenta al personaje especular que es Deckard, obligando al espectador a mirarse en un espejo que le invita a reflexionar sobre su propia condición mortal. De la misma forma, las preguntas que el androide Batty le hace a su creador son las mismas que se hacen los seres humanos. O al menos los creyentes que, en la misma línea que el Nexus 6, se muestren menos sumisos: ¿por qué crear a un ser condenado a una vida tan corta? ¿Por qué esa crueldad? Para los no creyentes, en su condición de creadores directos de otras vidas, la pregunta es aún más incómoda.
La novela, sin embargo, toca ese tema de refilón. La caducidad de los andrillos es la misma, cuatro años, pero casi no hay referencias a ella. No es ese el tema principal, sino la empatía como elemento diferenciador. Lo que la obra literaria plantea es una cuestión de índole algo distinta: ¿qué nos hace humanos? Hay un momento del libro en el que Deckard, un cazador de bonificaciones cuyo trabajo consiste en sacar de la circulación a los androides, se pregunta si no será él también un andrillo. Le preocupa la relación empática que a raíz de acostarse con una de ellos ha empezado a sentir por los Nexus. En definitiva, que empiece a considerarlos humanos le hace preguntarse si no será uno de ellos, pero a la vez, sus sentimientos hacia ellos son precisamente los que le afirman como humano, pues los androides no tienen capacidad empática.
La Tierra de la novela, al contrario que sucede en la película, está casi despoblada. El polvo radiactivo dejado por la Guerra Terminal ha provocado que la mayoría de la gente haya huído a las colonias, y que los pocos que quedan apenas salgan a la calle. Algunos viven en los suburbios, en edificios vacíos. Los animales, que en la película sólo están presentes simbólicamente, tienen un gran peso en la trama. Tener uno es un signo de distinción, que aumenta si el animal es de verdad, no artificial. Curiosamente, todo en ese mundo parece ser eso, artificial. El Amigo Buster, locutor de moda es, seguramente, un androide. Mercer, el nuevo mesías de esa sociedad, no es más que un truco rodado en un estudio. O quizás sea eso lo que intenta hacer creer el locutor, precisamente para desligar a los humanos de su religión empática.
Todo en la novela remarca la capacidad emocional del ser humano como hecho distintivo. El Penfield, un órgano de ánimos programable, permite al usuario cambiar su estado por otro distinto. El humor de Dick, presente en todas sus obras, se deja notar en la denominación de programas como "deseos de ver la televisión, no importa lo que haya" o "reconocimiento satisfactorio de la sabiduría superior del marido en todos los temas". Y en la proliferación del kippel, esos desechos diarios, generalmente inorgánicos, que invaden nuestras casas y se reproducen por sí mismos hasta llenarlo todo.
También la religión está centralizada en el potencial de la emoción. El mercerismo está basado en la historia de un individuo pretendidamente especial, Wilbur Mercer, quien, se asegura (en una historia que podría ser tan falsa como la del Nuevo Testamento),  tenía ya en su infancia la capacidad de resucitar a los animales muertos. Tras su sacrificio y resurrección, vive en una realidad virtual a la que se accede mediante una caja negra de empatía. Los humanos se enganchan a ellas para intercambiar su estado emocional con los demás en una suerte de catarsis global a la que acceden mediante la representación del ascenso entre pedradas a una montaña, un presunto episodio del pasado de Mercer. Deckard la experimentará en última instancia sin necesidad de hacer uso de la máquina.
Ese final es consecuente con gran parte de la producción de Dick. Si uno trata de atar todos los cabos, epifanía final incluida, le va a ser difícil hacerlo con éxito, sobre todo en lo concerniente a Mercer. Los últimos pasajes parecen esconder una realidad oculta, y la imagen de un sapo encontrado por el protagonista en el desierto bien podría esconder una explicación alternativa. Al igual que el clásico final de Ubik, éste no casa bien con la lógica de la narración, pero potencia las implicaciones de la historia dotando a la novela de una segunda lectura, curiosamente la misma que ha estado obsesionando al director Ridley Scott a lo largo de todos estos años, forzándole a retocar una y otra vez la película.
En el aspecto negativo cabe señalar que la novela adolece de una pequeña disfunción estructural. La aparición a mitad de libro de una subtrama alterna insospechada rompe el ritmo de lectura. La visita de Deckard a una comisaría de existencia improbable significa un giro inesperado en la trama que estira demasiado la suspensión de incredulidad. Por otro lado, el tema de fondo, los personajes y el mundo descrito gozan de un atractivo singular. Puede que esta obra no se cuente entre las mejores de Dick, pero como ocurre con tantas otras de su bibliografía, presenta suficientes puntos de interés como para considerar su lectura más que notable. Por lo fenoménico y por sus valores literarios. Y por su actualidad. El trasfondo de la historia cobra una gran significación en estos tiempos que corren, tan dados a la incomprensión y el nihilismo. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? no es sólo el libro en el que se basó Blade Runner, es mucho más que eso.




lunes 28 de noviembre de 2011

Philip K. Dick. Una mirada a la oscuridad

Hay novelas tan buenas entre las casi 40 escritas por Philip K. Dick y es tan grande la variedad con la que supo rodear su tema favorito, la realidad dudosa, que no sólo los meros aficionados, sino también sus exégetas dan respuestas distintas si les preguntas cuál es la mejor de entre todas las escritas por el norteamericano. Mi favorita es Una mirada a la oscuridad, a pesar de que otras cuantas me tienten bastante. Ubik representa el núcleo conceptual del ideario que a la postre le daría la popularidad, Valis recoge con primor el proceso de su metamorfosis mística, El hombre en el castillo supuso una revolución dentro del subgénero ucrónico, y obras como Los tres estigmas de Palmer Eldritch o Tiempo de Marte atesoran también bondades indiscutibles. Sin embargo, aunque todas esas novelas poseen trasfondos de inmensa originalidad y calado, creo que la que reseño a continuación las supera en cuanto a virtudes literarias.
Fue adaptada al cine hace unos años, aunque con un resultado un tanto insatisfactorio debido, en mi opinión, a la técnica de dibujo sobre imagen real empleada por su director Richard Linklater. Si bien hay otras novelas "espaciales" en las que el uso del rotoscopio hubiera servido para potenciar el escenario, en esta, que desarrolla una historia en la que lo importante no es el decorado sino los personajes y los diálogos, no me parece precisamente apropiado. La novela, de marcado cariz autobiográfico, muestra más de Philip K. Dick, la persona, que ninguna otra, y es una obra tan sincera y honesta que en su momento llegó, incluso, a emocionarme.



A principio de los 70, la relación de Philip K. Dick con las drogas se estrechó hasta alcanzar un punto crítico. Fueron tiempos difíciles para el iluminado de Chicago. La pancreatitis producida por el abuso de anfetaminas estuvo a punto de acabar con él. Al mismo tiempo, Nancy, su cuarta mujer, lo abandonaba llevándose con ella a la hija de ambos. Dick tocó fondo, dejó de escribir y se encerró en su casa de Santa Venetia junto con una caterva de amigos con los que compartía su adicción a las drogas. De aquel oscuro periodo de malestares, abusos y desgana existencial sólo dimanó un aspecto positivo, una obra soterradamente autobiográfica titulada Una mirada a la oscuridad.
La novela, publicada en 1977, ofrece una vívida panorámica del mundillo de la droga, especialmente del lumpen que se mueve a su alrededor. Narra las desventuras de un policía llamado Fred y su inmersión en el submundo del narco callejero bajo el disfraz del traficante Bob Arctor. Para eludir el riesgo de ser reconocido como agente de policía, Fred lleva un dispositivo de camuflaje en todas sus apariciones. Su capacidad de integración es tan buena que, debido a la degeneración que provoca en su cerebro la llamada Sustancia D, acaba vigilándose a sí mismo y disociando en su cabeza ambas personalidades.
Al escritor le importan más el factor humano, la convivencia y el día a día de los drogodependientes que el propio producto adictivo. Dick elude el protagonismo individual desde el principio y convierte a Bob Arctor, su alter ego, en un elemento más entre el grupo de personajes, retardando su entrada en acción. Aunque Dick trata de abordar sus recuerdos con objetividad, en el texto se traslucen una nostalgia oculta y una cierta amargura, acentuadas ambas por la escalofriante nota con la que el autor cierra el libro y en la que se incluye a sí mismo en una lista de lo que bien podrían ser "bajas de guerra". Una mirada a la oscuridad es una de esas novelas de carácter personal en las que el escritor vuelca algo muy íntimo página a página, experiencias que lo marcaron profundamente para el resto de su vida. Y al igual que sucede en otras obras de este tipo, como por ejemplo la magnífica Muero por dentro de Robert Silverberg, la ira y la indefensión acaban por dar paso, de forma irrevocable, a la resignación.
El soporte fantástico —una sociedad conformada en torno a una nueva droga— está supeditado a los verdaderos protagonistas, los personajes, y sólo cobra importancia en el desasosegante y emotivo final. Dick los recuerda con amor (al fin y al cabo, están basados en sus amigos y en él mismo), pero no hace concesiones y los expone al lector tal como existieron y murieron. Llegado el final, cruda y desesperanzada denuncia de un sistema corrupto, no puede evitar convertir a su sosias en un héroe y concederle la redención. Dick no trata tanto de expulsar sus fantasmas como de narrar algo que simplemente fue, que ocurrió y que ya es irremediable. Ahí están, todavía divirtiéndose, todavía sufriendo, personas reales a las que quiso, como Kathy Demuelle o Ray Nelson, y también los extraños sucesos de aquellos días, como la nunca aclarada entrada de fuerzas gubernamentales en su casa.
La cotidianidad yonqui, la influencia de las drogas en la sociedad y el desenfado casi reivindicativo con el que los protagonistas llevan su consumo, así como el efecto de perversión mental que produce en el policía infiltrado su contacto con el mundo de la calle, recoge influencias, por una parte de la corriente beat que imperaba en la época de gestación, a finales de los 60, y por otra de las posteriores películas setenteras que abordaron el tema desde una nueva perspectiva. Dick aporta su inimitable punto de vista e inyecta en su libro grandes dosis de paranoia, esquizofrenia, alucinación, obsesión y, en definitiva, duda de lo real. Y, por supuesto, añade su peculiar sentido del humor, brillante en las numerosas conversaciones entre los colegas, las cuales provocan en el lector más de una carcajada. Formalmente, la novela se abre también a la experimentación estilística, sumando a la narración habitual párrafos en alemán o líneas de diálogos teatrales que ayudan a potenciar los efectos alucinatorios de la narración.
Como siempre, esta creación de Philip K. Dick supone una sorpresa continua, una sensación de déjà vu inverso que se acrecienta con cada página. Dick abordó su obsesión, lo ilusorio de la realidad, con argumentos tan disímiles como originales. El tiempo ha pasado y ha permitido vislumbrar la genialidad en la obra de un escritor tan visionario como desequilibrado. Hoy, cuando el proceso de dickización recorre las artes narrativas, basta echar una ojeada a esta extraordinaria novela para encontrar, por ejemplo, a Quentin Tarantino en sus diálogos, a William Gibson en su atmósfera y, por supuesto, a Tyler Durden en la dualidad de su protagonista.
Lean Una mirada a la oscuridad. Encontrarán al Dick más personal y disfrutarán de una novela extraordinaria.


La versión original de esta reseña fue publicada en el nº 36 de la revista Gigamesh.

martes 22 de noviembre de 2011

Criminal Blurbs





"Una novela impresionante. Me pareció haberla escrito yo mismo."


-Patrick Rothfuss, autor de El nombre del viento


...


Jamás habían hecho falta explicaciones en esta sección, ya que el delito siempre ha hablado por sí mismo. La única vez que me vi obligado a contarles por qué consideraba "criminal" el blurb (para quien aún no lo sepa, se denomina blurb a esa ingeniosa frase promocional, usualmente de autoría ajena, con la que la editorial intenta animar a la compra del libro), dejé la aclaración para una entrada posterior (ésta en concreto). En aquella ocasión, el elemento censurable procedía de una pésima traducción motivada por la corrección política, cosa que daba bastante juego y se ofrecía a un comentario más extenso. Esta vez, la cosa es mucho más simple, así que les hago partícipes del asunto en esta misma entrada.
En primera instancia, quizás les llame la atención el pequeño defecto de carácter al que apunta el contenido de esas dos frases. Semejante canto al ego sería por sí solo motivo suficiente para figurar aquí. Pero no, no se trata únicamente de eso. En este caso, el blurb resulta criminal no sólo para el libro, sino también para quien lo alabó. El problema vuelve a ser la traducción, que en esta ocasión no es tanto pésima como espuria. Vamos, que el error parece proceder de un acto voluntario, para que me entiendan. Si no, lean y comparen, y ya me dirán.

"Completely fricking awesome. This book pleased every geeky bone in my geeky body. I felt like it was written just for me."

Menuda diferencia, ¿verdad? En definitiva, lo peor del asunto es lo mal parado que sale el pobre Patrick. No sólo aprovechan su prestigio para publicitar un libro de otra editorial, sino que de rebote lo presentan ante el público como a un soberbio. Espero que al menos le hayan pagado bien.