
a) No te llevas el libro que tú escoges, ya que no se puede alterar el contenido de la mesa expositora, así que el vendedor se apresta "amablemente" a introducir en la bolsa de compra algún ejemplar de los que hay escondidos debajo; ejemplar que luego puedes revisar, sí, pero ya a varios metros del puesto. En la librería esa molestia no existe: libro que agarras, libro que te llevas.
b) No te dan tíquet de compra, con lo que si al llegar a casa te encuentras con la desagradable sorpresa de constatar que, bien el libro tiene algún desperfecto en el que no reparaste, o bien ya lo tenías, olvidado en alguna caja (¿no os ha pasado nunca?; a mí varias veces), has de volver al tenderete e intentar demostrar que no eres un mentirosillo, que realmente compraste el libro allí.
Por lo tanto, ¿qué es lo que me empuja anualmente a recorrer el Retiro por estas fechas? Supongo (y espero) que tiene que ver más con una suerte de visita imaginaria a los Santos Lugares que con un repelente esnobismo de lector (que lo hay). Un ejercicio de friquismo como otro cualquiera, vamos.
Me da que en realidad se trata de eso, de un raro acceso de romanticismo en tiempos de dictadura material, porque ¿de qué otro modo podría denominarse el esperar media hora bajo un sol de justicia para que Antonio Gala (sustitúyase por quien se quiera) te ponga un garabato en un libro?
He visto la luz: el año próximo no vuelvo.
Creo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario