sábado, 31 de octubre de 2026

Una soleada mañana de apocalipsis

El último texto que recupero de la trilogía que escribí durante aquellos días de la pandemia es éste, un cuento que vi publicado en digital y en papel gracias a la intervención de dos amigos, circunstancia que expliqué en una antigua entrada. Aunque soy enemigo de las reelaboraciones, el repaso me ha obligado a realizar algún pequeño cambio insignificantes en el orden de redacción. Espero que para mejor, porque ésta es la versión definitiva. Quería recuperarlo precisamente hoy, cumpliendo con esa no tradición que no he seguido todos los años. Si despierta algún tipo de emoción, no es el miedo, pero su tono apocalíptico concuerda, creo yo, con el espíritu de este día, o más bien, de esta Noche de Difuntos. Aunque su tiempo de lectura sea corto, espero que les ayude a encontrar el estado de ánimo ideal, el in the mood que dicen los anglófonos, con el que abordar un noche de lámpara, manta y libros. 


Una soleada mañana de apocalipsis






El despertador me avisa más tarde de lo normal. Durante estas semanas, la ausencia de tráfico me ha permitido posponer la alarma quince minutos y prolongar un poco el sueño. Me levanto y realizo la rutina diaria de aseo y desayuno sin cambiar un solo detalle. Mientras me tomo un café y un dónut, leo en el teléfono móvil las noticias que trae internet, primero los diarios y luego twitter. Repaso los primeros, alerta de sus correspondientes sesgos ideológicos. El segundo lo ojeo directamente con la mascarilla mental puesta.
Twitter es, en estos días de crisis, más estercolero que nunca. A pesar del callo que he criado con los años, hay ciertos comentarios y actitudes que me siguen afectando. Suelo limitar mi lectura a aquellos tuits que dan datos y opiniones desde una autoridad contrastada, pero la curiosidad me arrastra a veces hasta lugares malsanos, a través de los crecientes cauces de rencor político y desechos morales mal intencionados. Como un ciudadano cualquiera, doy por hecho que este malestar intelectual nos estará infectando, al igual que el propio virus, a todos. Ya he asistido a algún enfrentamiento vespertino entre ventanas, entre compañeros y vecinos.
Mientras ella y el niño siguen durmiendo, yo me visto, salgo a la calle y me sumerjo en este apocalipsis blando que estamos viviendo. No tengo que andar mucho. En este presente insólito aparcar cerca de casa no supone un problema, la policía municipal está a cosas más importantes. El coche continúa donde lo dejé, a veinte metros del portal, encima de la acera. Gracias a él, a lo largo de los años he visto y vivido cosas extraordinarias, pero ninguna tan extraña como la que estamos compartiendo estos días. Subo al vehículo, compruebo que la mascarilla, los guantes y el gel sanitario están en su sitio y arranco.
Ruleteo un poco entre calles angostas y edificios silenciosos y me dirijo al puente de Santa María de la Cabeza. Me incorporo a la vía principal. Prolongo la vista y apenas se ven un par de coches desde donde estoy hasta la glorieta, un kilómetro más arriba. Normalmente, cuando paso a diario por este primer tramo siempre me apetece mirar el río, pero el tráfico habitual me impide girar la cabeza. Estas dos últimas semanas he podido hacerlo sin problemas. Miro a derecha e izquierda y la tranquilidad del Manzanares, con su arroyuelo de agua, el creciente verdegal y las numerosas aves en vuelo me aporta sosiego. La primavera, sin duda, ha acabado de instalarse. Sonrío al pensar que esto es solo el principio del festín contemplativo que me aguarda.
La fuente de la glorieta está cubierta por un salpicón de palomas que beben sin ser molestadas. La calle Ferrocarril, en cuyo recorrido suelo emplear diez minutos, siempre con retenciones en los días laborables, pasa por el parabrisas de principio a fin en apenas treinta segundos. Aquí comienzan a aparecer los habitantes más numerosos de las calzadas desde que empezó todo: los autobuses. Como apacibles bestias azules que recorren un mar de aire, moviéndose entre espacios deshabitados, son casi los únicos con quienes comparto la ciudad estos días. Los autobuses, ahora transportes públicos sin usuarios, parecen leviatanes extraños. Sus asientos vacíos aportan contexto a la soledad de las propias calles.
Voy escuchando música en el coche. Clásica, una lista de propio cuño. Se reproduce en modo aleatorio, lo cual suele arrojar resultados caprichosos. Pero no hoy. Hoy no, hoy el orden de las piezas parece querer encajar en el relato apocalíptico de los últimos 20 días. Quizás porque es festivo y la selección ha decidido hacerme un regalo a juego con esta mañana. Es Jueves Santo y la atmósfera no puede ser más propicia.
Subo por el Paseo de las Delicias y suena el Concierto nº 21 de Mozart. Primaveral, alegre, pero dotado de una cierta solemnidad de fondo que se impone como banda sonora de lo que voy viendo y sintiendo. Animados por el ciclo de lluvia y sol estacional, los árboles han estirado sus ramas y aumentado su frondaje. Las hojas crecidas tapan los semáforos. Hay rastros de hojarasca y algún cadáver de paloma junto a los bordillos. El virus también ha provocado bajas en el departamento municipal de limpieza.
Llego a Atocha. Las aceras frente a la Estación están vacías. Los puestos de la Cuesta de Moyano están cerrados. No hay personas bajando la calle, no hay libros expuestos. Silencio y quietud total. Pienso, animado por Mozart, que quizás la naturaleza que habita el Retiro y el Real Jardín Botánico, tan cercanos, haya extendido su influencia hasta sumir a toda la zona en un letargo complaciente, de tempo lento, gozosa ahora por la ausencia de injerencias humanas. Los arbustos y las copas de los árboles tras la verja del Botánico han crecido tanto que comienzan a desbordarla y a aventurarse hacia la calle. Al otro lado de la calzada, los setos parecen más verdes que nunca.
A la altura del Museo del Prado comienza a sonar la séptima de Beethoven. Un pensativo Velazquez contempla desde la altura de su asiento el vacío que se despliega a sus pies, hoy sin la fila de visitantes que, por cientos, suelen hacer cola desde la Puerta de los Jerónimos. El semáforo de la Plaza de Cánovas del Castillo me obliga a detenerme. Prolongo la mirada desde la estatua de Neptuno a la de Cibeles, quinientos metros más allá. Ese tramo de seis carriles suele estar atestado, pero hoy ningún coche se interpone entre ambos dioses.
Nadie. No hay nadie.
Respirando profundamente, llego a la glorieta más famosa de Madrid con los ojos bien abiertos. La mirada yerra, desde la estatua de la diosa hasta el Palacio de Cibeles y de allí a la Puerta de Alcalá, sin una figura humana que se interponga en el trayecto que dibujan mis ojos. Ese movimiento de cabeza se repite durante todo el viaje, de principio a fin, como si estuviese asistiendo a un partido de tenis inolvidable. No quiero perderme nada. No puedo, el asombro no me deja. Como en una postal trucada, las vías, los monumentos, los edificios, todos aparecen nítidos, singulares incluso a lo lejos. Así Colón en su pedestal, así el rostro de Julia, así la enorme bandera.
En el Paseo de Recoletos el cesped de la mediana luce un aspecto esplendente, más denso del habitual. Es un colchón verde moteado de florecillas blancas y pequeños tallos que, desordenados, se alzan sobre el mar de hierba buscando el sol. Al otro lado de la calzada, las glicinias derraman racimos de blanco y lila sobre las verjas que delimitan el Palacio del Marqués de Salamanca. Sin el molesto ir y venir humano, descienden libres y en tropel hasta la superficie. No hay Feria del Libro ni de Artesanía, no hay casetas blancas tapando el paseo, y un colorido intenso domina todo este tramo.
El edificio de la Biblioteca Nacional, en primer plano por la ausencia de paseantes, se alza a las puertas de la Plaza de Colón como un coloso inmutable, el gran vigilante de sueños. En sintonía con la irrealidad del exterior, con las calles vacuas desprendidas de significado, yace la ficción en su interior, a la espera de que los seres humanos vuelvan a dar sentido a los libros.
Continúo subiendo por la desierta Castellana, siempre muy despacio, y atisbo a lo lejos la formación en embudo de un control de policía. Cuando llego a él, aminoro la marcha y el primer agente me indica que me detenga en el lateral. Allí, uno de sus compañeros me pide el justificante de trabajo para, inmediatamente, darme paso sin siquiera mirarlo.
Ah, es usted. Adelante, me dice.
No es la primera vez que nos vemos estos días. Me hace un reconocible gesto en arco con la mano invitándome a continuar. Los escasos habitantes de las calles comenzamos a reconocernos poco a poco. Antes de dejar la Castellana identifico a otro de ellos, un rider de Glovo con el que ya me había cruzado dos veces. La peculiar vestimenta que lleva es tan inconfundible como su extraña forma de pedalear. Las bicicletas de los repartidores corren estos días en total libertad por unas calles que hasta hace poco les sometían a una prueba de supervivencia continua. Si no fuera por el peso de la constante amenaza que supone el virus cualquiera diría, al contemplarlos, que hay liberación e incluso alegría en su carrera.
Salgo de la arteria principal de Madrid por la izquierda, en la Glorieta de Emilio Castelar. Me fijo en la estatua central que representa al tribuno que da nombre a la plaza. Está volcado en una oratoria que no encuentra a oyentes reales, sino de piedra. La verdad, la elocuencia, el trabajo, los símbolos que moran a sus pies están tan congelados como las figuras humanas. La imagen es tan simbólica del ahora mismo que me sorprende. Solo hay entes de piedra en esta desolación, lo humano se ha detenido en el tiempo. Mientras espero diligentemente a que el verde me dé paso, observo cómo varias urracas picotean el césped a los pies del monumento.
Dejo la plaza atrás y subo la calle General Martínez Campos de tirón. Encuentro todos los semáforos abiertos, lo cual sería insólito en una situación normal. Siento un cierto fastidio, porque las paradas en los pasos peatonales me dan la oportunidad de atisbar nuevas calles, nuevos vacíos sorprendentes, pequeños momentos para guardar en la memoria. Cuando al fin topo con el color rojo en la Glorieta de Iglesia, encuentro uno de ellos. Es Jueves Santo, pero ni hay misa ni se puede entrar a rezar, así que han plantado una figura enorme del Crucificado en el pórtico. Hay flores en las verjas y dos ancianas cogidas de la mano, sin miedo al contagio, murmurando plegarias a una divinidad que estos días parece tener tanto poder sobre la enfermedad como cualquier ser humano. El campanario empieza a repicar anunciando las diez en punto cuando continúo mi marcha. La mañana ya no es tan luminosa, el sol se ha apagado un poco.
Llego al trabajo. Mascarilla, guantes y gel. Realizo mi actividad, llevar los cubos de basura de la calle a su cuarto, en apenas cinco minutos y sin llegar a cruzarme con nadie. Pienso en los vecinos confinados en sus casas. Si fuera un día laborable me esperarían a continuación dos horas de limpieza y desinfección. Por eso puedo recorrer Madrid en pleno apocalipsis cuando nadie puede, de ahí el privilegio. Porque yo, el último mono Antes de la Pandemia, soy en esta crisis un trabajador esencial para la sociedad. De friegasuelos a protector de la civilización, todo en un suspiro. Otro asunto para la reflexión que caerá en el olvido inmediatamente, cuando todo esto acabe. Pero hoy no me entretengo más, hoy me limito a lo básico, cubos adentro. Porque es fiesta. Hoy cierra casi todo, incluso gran parte de las tiendas de alimentación a las que, casi a escondidas, bajan otros días los madrileños cuando algo se les acaba. Hoy no, y por eso el aspecto de la ciudad es más espectral que nunca.
Antes de volver al coche, camino del garaje, me quedo contemplando el rosal chino durante varios minutos. Una torrentera de flores amarillas se precipita desde el jardín de la finca hasta la rampa de entrada. El color es tan intenso que asemeja una cortina en llamas. Este año la primavera corre desencadenada, sin control, libre. Hago unas fotos para mi archivo del gran colapso y elijo el camino de regreso. Para la ida he subido por el eje vertical que parte Madrid en dos; para la vuelta prefiero comprobar cómo luce este día extremo en otro lugar de la ciudad, hacia el oeste.
Cuando llego a la Glorieta de Quevedo está sonando Grieg. La solemnidad de Aase's Death y del Réquiem de Mozart, que el azar colocará a su conclusión, sumado a unos nubarrones primaverales que amenazan lluvia, van a impregnar con tonos oscuros el trayecto de vuelta. Echo un vistazo a mi izquierda y contemplo una calle Fuencarral vacía. Sus cines, sus tiendas de ropa y complementos, su Casa del Libro no son mas que muros vanos, bocas muertas sin las personas que las alimentan. La pandemia ha tornado la actividad de las compras en un concepto obsoleto. En San Bernardo me cruzo con una camioneta de desinfección del servicio municipal. Los operarios del ayuntamiento combaten al enemigo, sin saber aún si un virus es ser vivo o cosa, con largas mangueras, tratando de cubrir con un manto protector todas las superficies. Miro mis propias manos sobre el volante, peladas por la lejía de días anteriores, y giro hacia Alberto Aguilera.
En Princesa veo por el retrovisor a un taxista despistado. ¿Qué hace un taxi en esta desolación? ¿Qué utilidad tiene? El paisaje y la atmósfera han absorbido mi capacidad de reparar en el elemento humano, en las preocupaciones más evidentes. Aquél parece otro mundo, una realidad de otra dimensión que a veces vislumbro detrás de esta o aquella cortina. El aplauso vespertino desde las terrazas, que me encuentra siempre en la calle, es el único momento en el que tomo conciencia del pasado y del otro presente. Me aturulla su sonoridad. Representa una ruptura con la nada humana, con el nuevo orden que gobierna el resto del día en la ciudad. Cada vez me cuesta más retornar al antiguo mundo.
El taxi me adelanta y rompe mi ensimismamiento. Me parece que va a demasiada velocidad, una procacidad sin razón de ser en este entorno. Una mirada al salpicadero me hace ver que soy yo quien va demasiado lento. Y sin embargo, ya he llegado a la Plaza de España. De cerca, sus altos edificios parecen enormes vigías pendientes de que la nada que se extiende desde la Gran Vía al resto de la urbe permanezca inviolable. Aunque el semáforo está abierto, he de esperar el paso de un anciano que, ayudado por una mujer más joven y por un enfermero, se dirige renqueante a una ambulancia atravesada entre dos carriles. Con la curiosidad sostenida de toda la mañana aprovecho el parón para escrutar la plaza más representativa de Madrid, labor difícil ya que está rodeada de vallas opacas. Sospecho que sin las obras estaría ahora contemplando más vegetación desbordada. Es la emancipación de los jardines, de los parques, de las arboledas. Las enredaderas conforman una cortina de hojas en la entrada al túnel de la M-30. La atravieso y me introduzco en una semioscuridad ausente. No veo ni un solo vehículo en los subterráneos durante varios kilómetros. Me sobrevienen imágenes de jabalíes recorriendo estas galerías, sorprendidos por los faros. Según he podido ver en internet, andan vagando, entre hoza y hoza, por la Ciudad Universitaria.
La salida hacia la A-42 me devuelve a la luz. Las nubes han vuelto a retirarse y estoy de nuevo en el barrio. Como no hay necesidad de buscar aparcamiento, conduzco directamente hasta mi portal. Dejo el coche encima de la acera, doy uso al gel y subo a casa. Tras cerrar la puerta con el pie me esperan el agua y el jabón en el lavabo. Ella y el niño ya se han levantado. Mientras yo recorría mi escenario de ciencia ficción han estado desayunando en esta otra realidad, tras las cortinas. Es reconfortante verlos, sentirlos. Me dan los buenos días, intercambiamos trivilidades y después me encierro en la biblioteca.
Recorro los lomos de los libros con la vista, identifico los títulos, los autores: Stewart, Wyndham, Monteagudo, Christopher, Shiel, Ballard... Toda una vida leyendo esto. Toda una vida fascinado por la temática. Porque la ficción te permite acceder a realidades imaginarias, esas que nunca ocurrirán. Porque, pensamos, los libros son el único reducto de lo imposible, de ese tipo de cosas inauditas que solo suceden dentro de sus páginas, el auténtico motivo por el que las disfrutamos.
Desolados paisajes de la imaginación.
Paso a la siguiente balda, del apocalíptico al postapocalíptico, del presente a lo que podría venir después. He leído esta misma mañana que hay tumultos en el sur de Italia. Coloco mi mano sobre el lomo de un conocido libro, uno de mis favoritos. La portada es negra, casi un presagio. Lo entresaco para ojearlo. En ese momento, el niño entra en la habitación. Lleva un juego consigo y me pregunta, despreocupadamente, si me apunto. Me detengo y le miro, aún con la novela entre los dedos. Su sonrisa es sincera, sus ojos están llenos de vida. El paisaje que se ha desplegado esta mañana ante los míos, ya gastados, es un símbolo de mi futuro, no del suyo. El futuro real aguarda en su mirada.
No hay elección posible. Le digo que sí y empujo el libro de vuelta adonde estaba, a la estantería donde moran las ficciones, los sucesos imaginarios.
A su sitio.



jueves, 29 de octubre de 2026

Nadie duerme bien en Casablanca




La nostalgia da, pero también quita. El solaz que ofrece el recuerdo del pasado, siempre edulcorado, adulterado por las imperfecciones de la memoria, tiene también aspectos negativos. Aunque se presenta como un cómodo refugio contra las inclemencias y los estragos que causa el paso del tiempo, regodearse en ella conduce al adocenamiento y la involución, poniendo palos en las ruedas del progreso personal. Cuando el pasado comienza a ser más importante y bonito que el presente y, sobre todo, que el futuro, es señal de que el reloj biológico ha empezado a ganarte la guerra. Aunque ya estoy en esa zona vital, tengo claro que embarrancar en el recuerdo te resta vida. Me declaro más cerca de lo que Woody Allen denunciaba en Midnight in Paris, aquella extraordinaria comedia de ciencia ficción, que del conocido verso de Jorge Manrique. El mito de la Edad de Oro no es más que eso, un mito que se repite y va a más en cada siguiente generación, la falsa impresión de que el pasado siempre fue mejor. Ocurre que en lo personal a veces sí, sobre todo cuando las facultades han mermado mucho y uno ya no es lo que era, pero en la mayoría de los casos no. Lo cierto es que cuando miras más al pasado que al presente dejas de estar al tanto, te pierdes cosas, y eso te saca de tu propia época. 
Hace unos días leía, con suma felicidad, que se está dando un movimiento de retorno a los blogs, a escribir textos largos en bitácoras como ésta. Si me alegró la noticia fue porque no se propuso como un acto de nostalgia, sino de rebeldía, de protesta contra la cultura que las redes sociales han impuesto, esa que se alimenta de meros titulares, de textos breves que no dejan nada más que el deseo de mover el dedo sobre la pantalla y que han sepultado el esfuerzo intelectual y la reflexión, una pérdida que alcanza tanto a la lectura como a la escritura. No fue por nostalgia, no. Si se vive atento al presente resultarán obvias las opciones que han venido a cubrir, aunque con otras formas, este tipo de inquietudes, con el mismo deseo de profundizar y dedicarle horas a temas y lecturas. Que acudamos al recuerdo de este medio, que algunos no han dejado y al que otros seguimos retornando de vez en cuando, no debe hacernos ignorar otras realidades presentes de ambición similar. Una de ellas es el mundo del podcast, remedo de la radio en el que existen programas que un mes tras otro ofrecen auténticos masters en distintas disciplinas, sobre todo culturales, muchos de ellos con duraciones de horas y horas, elaborados desde un enorme esfuerzo y conducidos por auténticos expertos. 
Adelanto que este no va a ser el caso. El podcast que un par de amigos y yo, tras mucho hablarlo, hemos decidido realizar, no está ideado con un espíritu muy formal. Charlaremos entre nosotros como lo hacemos en los chats que compartimos y en nuestros encuentros, con ánimo más lúdico que docente. Tertuliaremos, hablaremos de cómics, de libros, de películas, de series, de ciencia ficción y de todo aquello que infesta la cultura pop de este siglo, ese absoluto triunfo de nuestra generación que hoy lo permea todo. El mundo respira y se alimenta de aquello que conformó nuestra juventud más temprana y alimentó nuestra madurez, y vamos a charlar sobre ello. Relajadamente, con cierto humor y sin grandes pretensiones. Empezamos Alberto Parrilla, Fernando Ángel Moreno y yo, una formación inicial que no será rígida. Habrá ocasiones en las que no estemos los tres, y otras en las que también, esperamos, habrá invitados. La idea central es pasárnoslo bien y que los oyentes lo hagan con nosotros. Porque quién necesita de la nostalgia cuando la fiesta aún no ha acabado.








jueves, 22 de octubre de 2026

Ecos postapocalípticos

Cuando se invierten los valores y es la vida la que pasa a imitar al arte, el resultado es siempre chocante. La imitación aporta una visión distinta, a veces más intensa, a veces más pobre, que potencia por contraste la obra cultural sumándole puntos de vista alternativos. La relación entre arte y realidad cobra un significado inesperado cuando se trata de mostrar procesos destructivos como los que tienen lugar en el subgénero apocalíptico/postapocalíptico. Es ahí, en los casos más crudos, donde la vida se impone y la narrativa pierde por goleada. La pandemia tuvo para mí los dos alcances, el de la tragedia personal y el de la vivencia del apocalipsis en modo seguro. Perdí a mi madre en ella y viví con mi padre uno de los momentos más duros de mi vida, pero por el otro lado pude recorrer con fascinación los escenarios del apocalipsis que tanto había transitado en mis lecturas. De la comparación de esa experiencia con las recordadas en la literatura surgió el artículo que viene a continuación de este párrafo.



Ecos postapocalípticos






Haciendo memoria, me doy cuenta de la gran cantidad de libros de literatura postapocalíptica que he leído en los últimos años. No es nada extraño, se trata de uno de los subgéneros de la ciencia ficción que más me gustan. Además, su presencia en las librerías de todo el mundo ha sido apabullante durante las dos últimas décadas, imposible de resistir. Ahora que el confinamiento comienza a estar en el recuerdo, me ha parecido interesante hacer un somero comentario sobre los últimos libros de este subgénero que pasaron por mis manos. No quiero cansar a nadie, así que solo van a ser tres; no deseo hacer una lista de grandes recomendaciones, que ya se han visto demasiadas en los grandes medios, sino significar brevemente la poca conciliación que suele darse entre la ficción literaria y la realidad. Aunque, para qué voy a mentir, estas lecturas son apetecibles sin necesidad de utilizar subterfugios, por sí mismas. Confieso que soy un lector más bien de contraste, de los que prefieren leer aventuras en los mares del sur durante el invierno y relatos polares en verano, pero creo que la excepcionalidad de la situación que vivimos durante cien días y que aún sufre gran parte del planeta bien merece saltarse la norma, y que, por pura catarsis o por identificación escapista, también es sugerente leer ahora historias enmarcadas en escenarios tan singulares (y fascinantes si logramos abstraernos de lo trágico) como el que se ha extendido los últimos meses más allá de nuestras ventanas y hacia el futuro. Lo cierto es que jamás ha habido una atmósfera más propicia para sumergirse en este tipo de lecturas. Los libros son La ciudad, poco después, de Pat Murphy; La muerte de la hierba, de John Christopher y La sequía, de J. G. Ballard.


La ciudad, poco después
, de Pat Murphy. En los estertores del ciberpunk, cuando la ciencia ficción se veía invadida por futuros cercanos sucios y tecnologías deshumanizadoras, la escritora Pat Murphy logró sustraerse del entorno dominante y escribir una novela contracorriente, tanto por el tono como por la mirada, ambos dirigidos al pasado y a un tipo de ciencia ficción optimista que ya había dejado de hacerse. Con un espíritu afín a escritores clásicos como Bradbury o Simak, Murphy escribe una pastoral urbana que sustituye el elemento religioso por el artístico, un adelantado alegato neohippie en formato postapocalíptico, desarrollado con una narrativa absolutamente deliciosa que emparenta a la ciencia ficción con el realismo mágico.
La trama de la novela se resume de forma sencilla: años después de una pandemia que ha diezmado a la Humanidad, una adolescente viaja desde las afueras hasta la ciudad de San Francisco, donde los escasos habitantes utilizan el arte y sus diversas manifestaciones como modo de vida y enlace simbiótico con el entorno urbano. La integración de la chica en esa especie de comuna, las peculiaridades del reparto coral y de sus singulares creaciones, la preparación de los ciudadanos ante la amenaza externa, representada por un general reconstruccionista, y la confrontación final entre ambos órdenes, viejo y nuevo, iluminan las páginas de una novela que se desarrolla con una sensación (que no sentido) de la maravilla exquisita. Se trata de un canto al arte y al pacifismo que hunde sus raíces en el intento de utopía más inocente que haya dado la sociedad norteamericana. Ciencia ficción de los 50, con espíritu de los 60 y escrita en los 80. Una osadía literaria que suma el arte al consabido mensaje de amor y paz.
Me sigue sorprendiendo el poco predicamento que han tenido tanto esta obra como su autora en el mundo de la cf. En algunas de las enciclopedias más importantes del género se la despacha con una línea; en otras ni siquiera figura. Aldiss, Di Filippo, Pringle o Clute no parecen tenerla en cuenta. En España, donde también el feminismo ha asaltado la cf (y en realidad, todo) en estos últimos años, el silencio es el mismo. Pat Murphy tiene un buen número de premios importantes (Nebula, Dick, Locus, Fantasy Award, Sturgeon...), además de ser la cofundadora del James Tiptree Jr., el gran premio de la cf dedicado a ampliar el entendimiento de las cuestiones de género. Tiene publicadas varias obras interesantes y cuenta con esta novela excepcional como buque insignia de su ficción. Quizás el hecho de que el libro no profundice en ese tema en concreto le ha restado utilidad e interés en determinados círculos. Ni siquiera la reciente polémica con el premio Tiptree ha traído el recuerdo de su nombre. En todo caso, esta novela me parece absolutamente reivindicable por su desprejuiciada esencia retro, su belleza literaria y la inusitada propuesta de postapocalíptico que presenta. Para saber más de ella, en la web de crítica C hay una magnífica reseña escrita por Alfonso García.


La muerte de la hierba, de John Christopher. Un virus está sacudiendo China y el este de Asia. En Europa, los gobernantes transmiten tranquilidad y lo anuncian como algo lejano, un problema que no llamará a sus puertas. Cuando el virus llega a Occidente, el primer ministro británico decide que la medida más sensata de salvación es sacrificar a unos cientos de miles para que el resto sobreviva. Les suena, ¿verdad? Esta novela fue escrita en 1956 y no puede parecer más actual. Pero, antes de que la imagen de Boris Johnson y su discurso se instale en la mente del lector, confieso una pequeña trampa: el virus afecta a todo tipo de herbáceos, no a los humanos. La mortalidad viene dada por la hambruna, y la solución del primer ministro es lanzar bombas atómicas sobre las principales ciudades del Reino Unido para que, de ese modo, el escaso alimento alcance para los supervivientes.
Esta obra del apocalíptico británico, enmarcada en la tradición de escritores como H. G. Wells, John Wyndham, Nevil Shute o S. Fowler Right es, sin duda, la más actual de todas. Aborda y perfecciona la rama más visitada del subgénero, aquella que basa su premisa en la supervivencia y el retorno a la ley del más fuerte. Sus personajes, puestos sobre aviso de lo que viene, tratan de recorrer los kilómetros que separan Londres de un valle en el que vive el hermano del protagonista, un lugar cerrado, defendible y con posibilidades para la pervivencia. En el transcurso de una semana, el barniz de la civilización irá desprendiéndose por el camino y las circunstancias abocarán a toda la partida a renunciar a los códigos sociales de humanidad y respeto más básicos. Violaciones, robos, asesinatos a sangre fría y, en definitiva, toda la violencia que nos hemos acostumbrado a ver en las historias de supervivencia postapocalípticas omnipresentes en estos últimos años.
Es reseñable la brecha de tiempo que se abre entre la publicación de La muerte de la hierba y el empacho de survivals con los que el fenómeno zombie y el auge del postapocalíptico han asaltado pantallas, libros y cómics a lo largo de este siglo. Porque esa violencia que parece tan actual ya estaba presente en aquella novela de hace más de 50 años, trasladada a las páginas con un poder de convicción que obliga a cualquier lector, de aquella y de esta época, a aceptarla como lógica e inevitable. De todas sus bondades, esa es sin duda la mayor, la capacidad que tiene el texto, edificado casi en su totalidad sobre diálogos, para mostrar el derrumbe de los valores civilizatorios durante el breve viaje de un grupo de londinenses de clase media por la campiña inglesa. La asunción del uso de la violencia por el grupo para lograr alcanzar un objetivo en el que les va la vida a corto y largo plazo es progresiva, nada chocante, diríase que incluso sensata. Y sin embargo, los personajes pasan en un momento crítico, tras sufrir un asalto violento, de ser víctimas del mal a instituirse en sus representantes, sin siquiera reflexionarlo, como algo natural. La corriente de violencia se prolonga hasta el desenlace, sumamente trágico, pero, en sintonía con el sentido de los acontecimientos y el desarrollo de la obra, asumido por todos.
Como señalaba, la profusión de diálogos lleva todo el peso informativo de la novela. No solo en cuanto a la construcción de los personajes y sus interrelaciones, sino también en lo respectivo a las acciones, a la situación global e incluso a los pequeños pasajes descriptivos en los que se aporta contexto y atmósfera literaria. El preludio de la catástrofe, esa sensación conocida de paz antes de la tormenta, está narrado con una placidez fatua, en conversaciones a caballo entre las playas veraniegas y la casa de campo, en un tono diríase íntimo, casi bradburiano. A lo largo de la novela apenas hay muestras del desastre que les ha obligado a huir, pero basta una simple imagen a medio camino, la de los niños de la expedición deteniendo su juego en el campo, en un silencio premonitorio roto por el vuelo de bombarderos sobre sus cabezas, para asentar la certeza del colapso. Todo llega nítido al lector y todo a golpe de diálogo.
La muerte de la hierba es, con toda seguridad, la representante más convincente del ramal hobbesiano de la literatura apocalíptica. Es una lectura adictiva a la par que convincente, que explota sin exageraciones y con una naturalidad pasmosa el desarrollo de una máxima habitual en este tipo de literatura, el homo homini lupus como evidencia desnuda tras la caída de las normas que rigen y permiten nuestra convivencia. La educación, la solidaridad, la fraternidad o el moderno empoderamiento femenino pierden todo su valor y significado en sistemas en los que la fuerza pasa a ser el actor principal que asegura la supervivencia. Este libro es un recordatorio de que nuestro bienestar es, en realidad, poco más que un consenso.


La sequía, de J. G. Ballard. El colapso viene dado en esta ocasión por una sequía permanente. Una capa de productos químicos cubre los océanos, impidiendo la evaporación y, por ende, las lluvias. Los ríos y los lagos son barrizales innavegables llenos de escombros. El protagonista verá, en primera instancia, el abandono de su pequeña ciudad, marcado por pequeños actos de violencia en grupo y por las extrañas actitudes de los pocos habitantes que deciden no marcharse, para finalmente viajar, como la mayoría antes que él, a la costa, en busca del agua que permanece bajo la piel química que cubre los mares. Tras años de supervivencia en las playas, abriendo canales en las salinas, vuelve a casa para comprobar la degradación final de aquellos que se quedaron.
David Pringle, que no sentía devoción por esta novela, definió a Ballard como una voz única. Creo que, a fin de cuentas, es con lo que me quedo tras la lectura de La sequía, la esencia inequívocamente ballardiana que la nutre, esos paisajes desolados y extraños tan bien descritos, el efecto que tienen en los personajes que los recorren, la relación entre el demolido decorado exterior y las conductas humanas que genera. A lo largo de la serie de los desastres naturales, conformada por cuatro novelas, Ballard le arrebata al hombre la sociedad que ha creado y lo expone a una civilización en fuga. Donde el postapocalíptico al uso suele buscar el miedo, historias de supervivencia y violencia, el británico prefiere indagar en la respuesta interior, en las actitudes y conductas del ser humano expuesto a la ausencia de sentido social y de progreso, de los sistemas y elementos que configuran nuestra vida y el concepto de normalidad. Mientras que el resto de escritores se fijan en el efecto más llamativo de la caída de la civilización, la ley del más fuerte, Ballard centra su interés en los efectos que el derrumbe produciría en la mente, en aquello que construye los significados y el núcleo del ser humano. Donde otras narraciones colocarían actos de violencia, Ballard presenta a sus personajes tomando el sol y bañándose en piscinas privadas en medio de la mortal sequía.
Todo lo que me sorprendió en El mundo sumergido, segunda novela de su ciclo postapocalíptico, se revela en esta tercera como obsesión. En La sequía se repiten inquietudes y modos de la obra anterior. Ballard ha encontrado su camino, el que desde aquí será su sello de identidad, y lo explora a conciencia. En ausencia de civilización, la vuelta al limo primordial. Lo que las aguas mantenían bajo la superficie en su anterior novela sale a flote en esta, como el subconsciente asomándose para salpicar de barro nuestro pensamiento consciente. Es el ser humano desnudo, boqueando por la ausencia de sentido, sin los constructos sociales que han conformado hasta entonces los modos y el oxígeno de su existencia. Las extrañas conductas de sus personajes, sus insólitas actitudes, son aberraciones reactivas, la respuesta a la ruina exterior y a la carencia de sentido producida por un mundo que ya no es.
El destilado producido por la interrelación entre la adulterada psique humana y las fascinantes descripciones del paisaje, el consabido estilo ballardiano, es absolutamente disfrutable, pero en la narrativa se pueden encontrar defectos. Hay acciones que no quedan muy claras, e incluso se percibe un desconcertante baile de personajes. La elipsis central, un salto de tiempo sin previa explicación, descoloca durante unas cuantas páginas. La traducción de Francisco Porrúa bajo uno de sus heterónimos deja también alguna rareza, pero los defectos narrativos son exclusivos del autor. Curiosamente, reconociendo que Ballard se va perfeccionando a sí mismo libro a libro, considero que la calidad de esta serie de los desastres naturales, a falta de leer la primera novela, corre a la inversa. El mundo sumergido, quizás por el impacto de lo original e inesperado, me pareció extraordinaria. En La sequía vuelve a maravillarme el juego paralelo entre el paisaje y la molicie interior, pero me impresiona menos. En El mundo de cristal, sublimación de la imagen ballardiana, de cuyo poder de fascinación da fe la película Aniquilación de Alex Garland que bebe de ella, mi interés por lo que hay tras la estética decae del todo. Aun así, la perspectiva única de Ballard convierte a cualquiera de sus obras en un producto interesante.



Y bien, después de todo, ¿qué hemos podido identificar de esas novelas en este apocalíptico blando que hemos vivido? Supongo que esto dependerá del factor personal, de las circunstancias propias y la información recibida durante la crisis. Cada uno de los lectores habrá tenido sus propias sensaciones. En mi caso, alguna de las situaciones que he visto, escuchado o leído en las noticias desde marzo me han asaltado y traído pasajes y ecos de algunas de las obras postapocalípticas que más huella dejaron en mi memoria. Estas tres, por ser las últimas que he leído, las tenía más presentes, y aun así, poca sintonía entre hechos y realidad he encontrado. Uno puede buscar parecidos, concomitancias, escenas semejantes, pero lo único que va a encontrar son ecos. Solo ecos, y sin embargo, con qué fuerza susurran y rebotan en las paredes del cerebro. Sin la literatura, el parecido es insignificante, pero desde su perspectiva, cuánto fascinan esos casi inaudibles sonidos. En algún caso, como cantos de sirena.
En cuanto a expresiones artísticas, los conciertos de terraza a terraza a la caída del sol, las calles vacías llenas de música o alguna representación de danza individual en el patio comunitario me han recordado a la novela de Murphy, la semilla de lo que podría ser. Pero lo cierto es que el arte mayoritario ha florecido en internet, en la originalidad despertada en Tik Tok o Instagram, en los vídeos personales. Es algo que ninguna novela postapocalíptica de siglos anteriores pudo imaginar, y la prueba de que nuestra línea temporal, en algún momento del pasado reciente, cambió de rumbo. Todo lo que ocurra a partir de ahora, sea arte, información o contacto, pasará obligatoriamente por las redes.
De la novela de Ballard poco ha podido llegar, prácticamente nada a la mayoría que ha vivido confinada en sus casas. Es cierto que los que hemos seguido trabajando sí hemos podido ver paisajes urbanos desiertos, y que eso, al menos en mí, ha producido un cierto extrañamiento ballardiano a ratos (no sé si también el acopio de papel higiénico como primera respuesta al apocalipsis, algo surrealista), pero las ficciones del británico se desarrollan más en el post, en una degradación que, por suerte, no hemos podido llegar a sentir. Aunque alguna actitud extraña sí se ha llegado a dar, como, por poner uno de varios ejemplos llamativos, la del ciudadano de Guadalajara que fue a Madrid a comprar pan. Aunque también se podría acordar que la conversión de muchos vecinos en gendarmes de las terrazas ha tenido algo de deriva mental. Y no, lo de los políticos no entraría en esta categoría, sino en la de la siguiente novela, la que trata la desviación hobbesiana.
Porque, efectivamente, más allá de los rumores de tumultos en tierras italianas, la verdadera violencia colateral de este colapso de tres meses ha estado en el estamento político, en la soberbia de no reconocer errores, en la desvergüenza de hacer electoralismo con el desastre. La bajeza que los ciudadanos hemos tenido que soportar, la atmósfera de mendacidad formada en torno a una catástrofe planetaria que solo en nuestro país se ha llevado por delante a decenas de miles de ancianos, ha sido la traslación, el eco de la magnífica novela de John Christopher. No ha habido violencia en las calles, pero si el equivalente a disparos, violaciones y linchamientos en el graderío y los bastidores políticos. Y no por motivos de supervivencia, sino por el más bajo motivo, el ansia de poder. La correspondencia con la novela ha llegado al punto de provocarme la identificación de uno que otro personaje sin escrúpulos con ciertos diputados (y diputadas) del Congreso.
Afortunadamente, la realidad ha abierto su propio camino al margen de la literatura para demostrar que el debate entre Hobbes y Rousseau sigue tan vivo como siempre y que ambos aciertan y se equivocan. El Estado ha demostrado su indispensabilidad y su labor como paraguas social contra los desastres ante los que el neoliberalismo se muestra desnudo e impotente, que el ámbito de lo público es crucial para el mantenimiento de la civilización y el progreso humanos. Y también se ha evidenciado que la sociedad, en este nuevo presente las redes sociales, pueden pervertirnos. Pero si es cierta la protervia en el ser humano, también lo es la presencia de bondad. Las personas del sector sanitario (y de otros en menor medida) han demostrado que la bondad existe. No siendo “héroes”, un calificativo literario que en este caso abomino por la romantización que supone de la cruda realidad, sino profesionales extremos y bienhechores, que han trabajado más allá de su deber y de todo lo exigible, jugándose la salud e incluso la vida. Quizás España no tenga la mejor Sanidad del mundo, pero puede que sí el mejor personal sanitario, ese que lo da todo.




Y acabo ya, aludiendo a lo que escribí casi al principio: ecos. Algunos, los que tenemos la picazón de lo postapocalíptico desde la adolescencia, los hemos sentido en estos tres meses. Como el amante de la literatura de viajes que recorre tierras que siempre le han fascinado en los libros. He expuesto algunos de los que he podido identificar. Pero en mi caso aún ha habido algo más, algo que me obligó a escribir un cuento y que tendré como recuerdo para siempre. Aquellos diez días de confinamiento casi absoluto, en los que pude recorrer un Madrid vacío, me proporcionaron otro nivel de identificación, algo más intenso que un eco, una sensación de ausencia humana total, de soledad allí donde he vivido más de medio siglo. Fue algo que me trajo a la cabeza dos textos, no como ecos, sino como certezas. Ambos hablan de lo mismo por distintos medios, y expresan perfectamente mis sentimientos en aquellos trayectos.
El poema que Sara Teasdale escribió tras la I Guerra Mundial, Vendrán lluvias suaves, cuyo título aprovecharía años después Ray Bradbury para uno de sus más recordados cuentos. Estos son los doce versos:

Vendrán lluvias suaves y olor a tierra mojada,
Y golondrinas revoloteando con su chispeante sonido;

Y ranas en los estanques cantando en la noche,
Y ciruelos silvestres de trémula blancura.

Los petirrojos lucirán su plumoso fuego
Silbando sus caprichos sobre el cercado;

Y nadie sabrá de la guerra, a nadie
Preocupará cuando al fin haya acabado.

A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si toda la humanidad pereciera;

Y la propia Primavera, cuando despertara al alba,
Apenas se daría cuenta de nuestra partida.


Y el párrafo final de La carretera, de Cormac McCarthy:

Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.

Formas distintas, fondos idénticos, la sensación que tuve esos días: la Naturaleza, nuestro planeta, ya estaban ahí mucho antes de llegar nosotros, y seguirán existiendo cuando ya no estemos. La Humanidad es efímera, somos una anécdota, una pequeña nota en el cuaderno del tiempo.



La versión original de este artículo fue publicada en la web de crítica C.



jueves, 15 de octubre de 2026

Criminal Blurbs






"Hay más imaginación vívida en esta obra que en volúmenes enteros." 
 
-Ursula K. Le Guin 
 


En este caso, descubrimos una nueva modalidad: el blurb oui-ja. La Gran Maestra de la ciencia ficción, fallecida en 2018, elogía desde la tumba este libro publicado originalmente en 2025. ¿Error o maniobra? El verdadero texto del elogio escrito por Le Guin hace años es este: 

"There’s more vivid imagination in a page of Nnedi Okorafor’s work than in whole volumes." 
— Ursula K. Le Guin

A ver, no se puede negar que, considerada como silogismo, la frase es acertada. Le Guin dice que hay más imaginación en una página de la obra de Okorafor que en volúmenes enteros, y esto es una obra de Okorafor, ergo... Lo que extraña de la osada ilación de esta frase, que por cierto habría sido perfectamente válida tal como se creó, es, como siempre, el hecho de que nadie, no ya el perpetrador, sino ninguno de los responsables de los pasos posteriores que trasladan el blurb hasta el fajín promocional del libro, haya pensado que ese salto lógico llamaría la atención, porque Le Guin lleva tiempo sin estar entre nosotros, y se le está atribuyendo el mantenimiento de su valoración con obras futuras, Pero sobre todo, por el propio título de la obra, que produce un efecto cómico ciertamente macabro. 


jueves, 8 de octubre de 2026

El auge de la literatura postapocalíptica

Con el avance de la edad, la sensación que se tiene del paso del tiempo es de aceleración geométrica. Todo parece cada vez más corto y más rápido. Es un fenómeno que, paradójicamente, se percibe con mayor intensidad con el tramo más reciente, el de los últimos años vividos, que recordando los tiempos más lejanos. El abismo de lo efímero se evidencia más al rememorar cosas que ocurrieron hace apenas un lustro que al retrotraerse a sucesos de hace tres décadas: ese estreno de cine, aquella celebración, la presentación de tal libro. ¡Pero si eso ocurrió antes de ayer! ¿Cómo va a hacer cinco años? 
Bueno, ahí está la pandemia, un hecho de estatura histórica que sucedió hace la friolera de seis años y, sin embargo, uno recuerda como si sólo hubiera pasado un verano. El confinamiento duró varias semanas y me permitió escribir tres textos de naturaleza distinta, aunque comunes en su procedencia, los tres nacidos de la atmósfera del momento. Me he dado cuenta del pequeño abismo al mirar las fechas de su publicación original en C, la web de crítica literaria, y he pensado que bien podía traerlos ya aquí. El primero fue este artículo, el de carácter más objetivo, culminación de una tesis que llevaba macerando en mi cabeza varios años. Es de los textos a los que les guardo un mayor cariño, pues me parece que cuenta con algo de valor, que su proposición tiene un poco más de estatura y acierto que el resto de escritos que realizo habitualmente. Como todos ellos, no ha ido a ninguna parte, pero es que uno no escribe para eso, sino porque te lo pide el cuerpo. Así pues, ahí lo tienen, para que lo lean si quieren, si les pica la curiosidad y el teléfono móvil les deja algo de tiempo libre. 
Si les surge la pregunta al finalizar su lectura, la respuesta es sí, aún pienso que son las obras más importantes que ha dado la ciencia ficción en lo que va de siglo, y sí, aún sigo esperando esa gran novela de la pandemia. Buscando la capacidad adivinatoria, se me podría achacar que en mis previsiones no tuviera en cuenta lo inesperado, ¿pero quién podría haber imaginado lo que sucedió después y sus consecuencias? ¿Quién habría sido capaz de prever, antes de la Revolución de los últimos quince años, que al postapocalíptico le sucedería el romantasy?



El auge de la literatura postapocalíptica






No es difícil dar con los motivos del auge que está teniendo en estos años la literatura postapocalíptica, el subgénero de la ciencia ficción que aborda el colapso civilizatorio y los hechos posteriores. Se trata de un tipo de narración propicio para tiempos convulsos, definición que encaja perfectamente con este primer cuarto del siglo XXI. En sus primeras dos décadas se han ido produciendo, uno tras otro, acontecimientos y situaciones globales que han calado en el imaginario colectivo, facilitando la aceptación de la fabulación catastrofista. Debido a ello, las mesas de las librerías, las salas de cine y las pantallas de televisión han venido exhibiendo, a lo largo de todos estos años, ficciones basadas en la supervivencia tras el desastre, narraciones postapocalípticas puras en algunos casos -el clásico survival tras la hecatombe-, y mestizas en otros, como las extendidas hacia la distopía o el fenómeno zombi. Ahora que este gran desastre en forma de pandemia ha relegado a la Humanidad a sus hogares, la expansión y aceptación definitivas de este tipo de literatura, incluso en los dominios del realismo, parecen inevitables.
El postapocalíptico, que a veces muestra el propio proceso destructor y otras sólo lo utiliza como punto de partida, es uno de los subgéneros más distinguidos e importantes de la ciencia ficción y quizás el más antiguo. Está presente en la Epopeya de Gilgamesh (2500-2000 a.E.C.), la primera narración escrita que se conoce y en la que se alude a un diluvio universal anterior que casi acaba con la Humanidad. Avanzando en el tiempo, en julio de 1816, un mes después de la reunión de Villa Diodati en la que Mary Shelley concibió la semilla de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), obra que para algunos teóricos inicia la ciencia ficción, el anfitrión Lord Byron dio a conocer Darkness, un poema de esencia inequívocamente apocalíptica. Incluso la propia Shelley, pocos años más tarde, abordaría el subgénero con El último hombre (1824), novela que transcurre en un escenario inmerso en lo apocalíptico. En ella, el novum ya es utilizado con intenciones alegóricas, tal como lo haría después, en numerosas ocasiones, la ciencia ficción. Más adelante, un autor de máxima relevancia como Edgar Allan Poe escribió lo que podríamos llamar proto ciencia ficción, salpicando con detalles apocalípticos algunos de sus cuentos. Jules Verne y H. G. Wells, padres del género para otra importante facción de estudiosos, incluyeron de forma desigual la temática en sus obras, mucho más presente en la del segundo, escritor primordial de la ciencia ficción, que en la del autor francés. El postapocalíptico entró con pie firme en el siglo XX mediante obras como La nube púrpura (1901), de M. P. Shiel, y La peste escarlata (1912), novela pandémica escrita por Jack London.
Durante los siguientes cien años, este subgénero corrió parejo a la agitación de los tiempos, pero también a la propia evolución del ámbito literario en el que fue enmarcado. Reivindicado como temática propia de la ciencia ficción, se convirtió, ya desde las mismas narraciones pulp, en una constante utilizada por la mayoría de sus autores. En la primera mitad del siglo XX cobraron importancia las distopías, ficciones políticas que utilizaban como punto de partida una crisis mundial, origen de un nuevo mundo. Nosotros, Un mundo feliz y 1984 pasarían, por su excelente calidad y el universal contenido de sus alegorías, a formar parte del catálogo de grandes obras de la ciencia ficción. Desde entonces, ya no dejarían de escribirse y filmarse narraciones postapocalípticas, y éstas se constituirían en el dedo señalador de los temores y preocupaciones colectivos preponderantes en sus respectivas épocas. La Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el SIDA o el ecologismo de fin de siglo tuvieron su reflejo en los distintos relatos, que fueron alimentando el catálogo apocalíptico con cataclismos por guerras nucleares, virus pandémicos, asteroides destructores, catástrofes ecológicas y un sinfín de desgracias globales tras las cuales el hombre intentaba sobrevivir y volver a crear una civilización estable.
Con pocos altibajos, la presencia del subgénero a lo largo del siglo pasado fue continua. Los autores ingleses, fervientes seguidores de la temática, nunca dejaron de explotarla. Los correligionarios de la new wave, movimiento literario que encontró un filón en la catástrofe global, se sirvieron de ella apoyándose en la herencia de los 50 y 60, utilizándola como campo de pruebas para la experimentación formal y la búsqueda de paralelismos con los espacios interiores del ser humano. En los años 70, el fin de todo fue un tema recurrente también en los cines. Pero aunque el postapocalíptico fue una presencia ineludible a lo largo de la centuria y sumó muchas obras maestras al acervo del género (El día de los trífidos, La Tierra permanece, Soy leyenda, Cántico por Leibowitz, La muerte de la hierba, El mundo sumergido, La ciudad poco después...), a partir de la siguiente década fue perdiendo protagonismo y no volvería a ser preponderante hasta comenzado el siglo XXI. Los años 80 del ciberpunk, los 90 de la space opera y el revival pulp que supuso la new weird en los albores del nuevo siglo parecieron relegar al subgénero a un segundo plano.
En realidad, la causa de esta pérdida de interés se debió, principalmente, a la dependencia que tiene este tipo de literatura de las inquietudes catastrofistas del momento, de una realidad colectiva coyuntural que en tiempos de paz, con alguna notable excepción, suele conducirlo al olvido. La ciencia ficción, a diferencia de lo que suelen señalar los articulistas externos desde un vergonzante desconocimiento, jamás ha sido una disciplina adivinatoria. El objetivo de la ficción especulativa que la conforma no es la videncia ni el acierto. El sentido de su existencia no se encuentra en la predicción, un efecto colateral en realidad, sino en el paralelismo alegórico, en arrojar lecturas del presente disfrazadas de metáfora fantástica. Y de todas las ramas que parten de la cf, el postapocalíptico, con el apocalíptico que lleva implícito, es sin duda el subgénero más atado a la realidad y los miedos del momento. En los tiempos de paz y aperturismo mundiales que cerraron el siglo, Perestroika y Caída del Muro mediantes, hubo poca inquietud generalizada, desde luego ninguna por el desastre global.




Pero eso iba a cambiar una mañana de septiembre de 2001. La caída de las Torres Gemelas sacudió la realidad de todos los habitantes del planeta, abriendo una brecha en la falsa seguridad mundial que se había ido construyendo en las dos últimas décadas tras la apertura soviética y la naciente globalización. Estados Unidos, país preponderante en aquel momento, fue atacado en su propio territorio continental con el mundo entero como espectador. Un par de rascacielos, edificios civiles con casi 3000 personas en su interior, se derrumbaron por el impacto de sendos aviones comerciales como si de una película catastrofista se tratase, entre nubes de polvo en plena Nueva York, la capital mundial de la normalidad. En imágenes reales, tomadas desde diferentes ángulos y servidas en directo a todo el planeta. Con esa caída, el concepto de civilización vulnerable retornó del olvido al que los ciudadadanos occidentales lo habían relegado. La realidad era inestable, insegura; el realismo se tornó dudoso. Desde ese momento, todo era posible.
Diariamente, los escritores del mainstream, de la rama central de la literatura que solía eludir el género fantástico como si fuera veneno, se vieron asaltados desde televisores y periódicos por imágenes y ficciones que rebasaban el concepto de normalidad anterior. Sus inquietudes, impregnadas de la atmósfera de irrealidad que teñía artículos y discursos en todas partes, del clima de inseguridad en los años subsiguientes, comenzaron a dirigirse hacia escenarios en los que las posibilidades inauditas pesaban más que lo cotidiano. El goteo de obras de ciencia ficción escritas fuera del género se convertiría en un torrente a partir de 2004, en una serie correlativa de años prodigiosos para este tipo de literatura. Importantes escritores de la considerada Gran Literatura abordarían el género fantástico con obras de gran calidad y lo tomarían por asalto. Autores como Philip Roth, David Mitchell, Kazuo Ishiguro, Hari Kunzru y Michel Houellebecq, quien se sumergió del todo en la temática postapocalíptica con La posibilidad de una isla, cogerían por sorpresa a todos sus incondicionales y, especialmente, a los lectores de cf. El aluvión de incursiones semejantes en años posteriores demostraría que, en realidad, lo de esos años era una mera avanzadilla.
En ese sembrado literario, las semillas comenzaron a germinar en gran número. No era solo la mayor cantidad de obras de cf, sino el significativo aumento de lectores que, ahora sí, parecían mostrar un interés desprejuiciado por las narraciones fantásticas, pasando por caja en librerías y cines. En pleno ascenso del fenómeno zombi, un concepto importado del terror y convertido a la ciencia ficción, las cifras de ventas de Guerra Mundial Z, una especie de diario del apocalipsis zombi escrito en clave realista por Max Brooks, vendría a demostrar que el mercado para la ficción postapocalíptica podía producir pingües beneficios. Durante más de una década, legiones de infectados por el virus definitivo se apoderarían de las páginas y pantallas de todo el planeta. Libros, series, películas, cómics... Fue considerada una moda que se acabaría extinguiendo como las anteriores, dejando sólo un fugaz esplendor para el recuerdo. Y así podría haber sido, pero dos obras fundamentales en la historia de la ciencia ficción vendrían, paralelamente, a reventar todas las expectativas de la literatura no realista, apuntalando la presencia del subgénero postapocalíptico en el zeitgeist del naciente siglo XXI: La carretera, de Cormac McCarthy, y Los juegos del hambre, de Suzanne Collins.
En 2007, un año después de su publicación, La carretera, del norteamericano Cormac McCarthy, gana el premio Pulitzer y conquista las librerías de todo el mundo. Es un postapocalíptico de manual, escrito con una madurez y un estilo extraordinarios, propios de un escritor siempre candidato al Nobel. El eco cultural que tiene en todo el planeta es insólito. Es llevada al cine y autores de toda índole comienzan a imitar su estilo y escenarios. Reseñadores del género a los que coge fuera de juego comienzan a usar el nombre del autor como adjetivo, lo mccarthyano, para calificar los libros que encuentran dignos. Críticos de la literatura realista empiezan a darse cuenta del cambio de paradigma y aventuran de dónde vendrá la literatura importante en los años siguientes. Extramuros, la relevancia de la novela anima definitivamente a los buenos escritores que ya estaban pensando en abordar el género fantástico. La sinergia creada entre la atmósfera post 11-S y la calidad de La carretera lleva al postapocalíptico, y a la ciencia ficción en general, hasta las zonas de las librerías y plataformas audiovisuales que antes la rechazaban.
En 2008, Suzanne Collins contribuye decisivamente a ese proceso desde la propia literatura fantástica con Los juegos del hambre, una novela young adult, primera de una trilogía cuyos efectos en la expansión de la literatura postapocalíptica serían, a la postre, incluso mayores. Que uno de los escritores importantes creara una gran obra abordando ese tipo de literatura conllevaba una apertura, una puerta de entrada buscada durante décadas, pero en realidad era un fenómeno que ya se había dado antes, siempre con resultados apenas temporales. Sin embargo, la obra de Collins procede del propio género fantástico, y el éxito que supone a varios niveles, desde la aceptación comercial a la identificación política, va más allá. Las películas convierten la temática de la trilogía en la más leída y vista durante los siguientes años, abriendo un abanico de posibilidades que empiezan a ser tenidas en cuenta muy en serio.
Por un lado, se hace evidente que incluso los libros juveniles procedentes de un género hasta entonces denostado y meramente, creían, escapista pueden convertirse en una máquina de hacer dinero. Por otro, ciertos acontecimientos demuestran que el calado de la obra rebasa lo meramente comercial. El economista Paul Krugman pone Los juegos del hambre como ejemplo en sus columnas del New York Times. La juventud del sudeste asiático comienza a utilizar el signo de respeto del Distrito 12 en sus manifestaciones de protesta. La frase “si nosotros ardemos, tú arderás con nosotros” es incluida en textos y blogs escritos por airados adolescentes. Los medios se hacen eco de la repercusión de las películas y novelas en los jóvenes, su mensaje es tomado en serio. El calado distópico de la obra es global.
A partir de ahí, el ascenso de la distopía, una ficción política de raigambre postapocalíptica, es aprovechada por editoriales y autores para, por fin, acabar con la mala imagen que impide a la ciencia ficción hacer llegar sus obras fuera de las fronteras. La respuesta popular y las insólitas cifras de ventas, así como el respetable pasado de ese tipo de ficción política, impulsan la sustitución de los términos apocalíptico y postapocalíptico, e incluso el de ciencia ficción, de mala fama, por el de distopía. Desde ese momento, toda ficción que presente una crisis de cualquier tipo, política o natural, situada en el futuro será presentada por editoriales, críticos e incluso autores bajo la elegante y digna etiqueta de distopía. Así, la presencia del género postapocalíptico y su derivado político irá creciendo en todos los productos de consumo cultural hasta situarse en las primeras posiciones de interés en los años subsiguientes. Paradójicamente, sin su propio nombre.
Estas dos obras postapocalípticas, La carretera y Los juegos del hambre, son las principales culpables literarias de la expansión que ha tenido la ciencia ficción como género dominante en el siglo XXI. Entrando en ellas desde una perspectiva comparativa, lo primero que llama la atención es que, por esas extrañas cuestiones de la literatura, ya sea por pura sincronicidad o por homenaje no confeso, estos dos libros trascendentales, publicados con apenas un par de años de diferencia en Estados Unidos, comienzan de manera similar, con los personajes principales ejecutando una misma acción. Así principian ambas novelas:






Este es, curiosamente, el único punto formal en el que coinciden, pues las dos obras son, en ese aspecto, muy diferentes. Precisamente, la tormenta perfecta de la que forman parte, junto con la inercia producida por el 11-S y continuada por la crisis económica planetaria de 2008, viene dada por la disparidad de sus contenidos y del tipo de público al que llegan. Abarcan ambos sectores, el culto y el popular, reuniéndolos bajo un mismo foco de interés: qué ocurrirá tras el fin de la civilización tal como la conocemos. La carretera es el relato del viaje de un hombre y un niño en busca del mar, a través de un mundo deflagrado y cubierto por la ceniza, sorteando antropófagos y enfermedad. Es una historia centrada en lo individual, en la supervivencia de un padre y su hijo como último reducto de humanidad en una naturaleza vacía. Ellos son los portadores de la llama, una representación simbólica de la esperanza civilizatoria, la luz última ante el glaucoma de un mundo frío. Los juegos del hambre es, en el otro extremo, una distopía canónica en la que, a pesar del protagonismo de su personaje central, lo importante es lo colectivo, la revolución social, el conflicto por la recuperación de la justicia e igualdad en un estado tiránico. Katniss no es mas que una herramienta utilizada por un sistema político cíclico que busca regenerarse. Se trata de una historia de inquietud global, pero es ella, el individuo, quien al final tiene la decisión y el poder de cambiar el sistema, de devolver la civilización a un gobierno y un estado incivilizados.
Formalmente distintos, maravillosamente complementarios, estos libros abarcan los dos grandes relatos de interés humano: el individuo y la sociedad; la persona y el Estado. Muestran dos posibilidades de afrontar el desastre y ponen el foco en dos tipos diferentes de reconstrucción, la personal y la social. Sin embargo, si se miran las conclusiones finales, ambas obras caminan en paralelo a pesar de las diferencias marcadas por sus propios relatos. Siguiendo una constante en toda su obra, la novela de McCarthy incide en la futilidad de los actos humanos ante una naturaleza indiferente en la que, sin embargo, el peligro real son los propios seres humanos. En la trilogía de Collins el sistema se perpetúa ignorando el sufrimiento y los deseos de sus ciudadanos, meros instrumentos de subsistencia. Sin embargo, a pesar de sus respectivos fracasos personales, son el padre y Katniss, el sinsajo, quienes marcan finalmente la diferencia global, salvando el concepto de humanidad con sus decisiones y sus actos.
Estas dos historias fueron publicadas en un mundo temeroso y receptivo, en el que los lectores volvían a sopesar la posibilidad del fin, con la amenaza de una guerra de civilizaciones aún no superada y a las puertas de un desplome económico de alcance mundial. Inseguros ante el carácter frágil de la realidad y dispuestos a creer fatalidades y alternativas, la llegada de estas dos novelas, con sus crisis futuras posibles, impactó en los lectores y, por extensión, en la cultura general del momento como una piedra en un estanque. Las ondas de expansión que crearon en los campos literario y audiovisual ayudaron a la ciencia ficción a alcanzar su privilegiado lugar actual. No solo fueron imitadas hasta la saciedad, estilos literarios incluidos, sino que popularizaron la ciencia ficción a nivel mundial y consolidaron el acceso a un espacio de la literatura que a este tipo de narrativa siempre le había estado vedado. Son, en mi opinión, las dos obras más importantes aportadas por el género en lo que va de siglo XXI.
A sus hombros han ido llegando a las librerías cientos de novelas y cuentos postapocalípticos de calidad dispar. El 90% olvidables, independientemente de su procedencia. Distopías fabricadas en serie, juveniles y adultas; autoediciones desde el fandom; experimentos provenientes de la literatura general; presuntos superventas caseros y hasta obras de relleno sin más razón de ser que la de diversificar el catálogo del autor. Muchas de las obras de éxito han sido, curiosamente, fanediciones que dieron el salto desde internet, un fenómeno visto en otros ámbitos literarios. En el mundo anglosajón, best sellers como El pasaje, Espejismo o Estación once han vendido millones de copias. En España, el fenómeno ha dado novelas autóctonas muy interesantes y con gran aceptación, como Fin, Cenital o El año de la plaga. En definitiva, el interés incondicional del consumidor ha hecho que en muchos casos ya no importe la procedencia o la calidad; si vende, va directamente al cine o a la televisión, el medio que lleva el mando estos años. Todo lo que tiene la impronta postapocalíptica interesa, y todo lo que interesa vende. Es el capitalismo, amigo.
La pregunta que cabe hacerse, ahora que el concepto de apocalipsis ha saltado de los libros a la realidad, es: ¿qué podemos esperar después de esto? Si miramos atrás, la oscuridad del año sin verano provocada por la erupción del Tambora trajo el que para muchos fue el nacimiento de la ciencia ficción. Los efectos del 11-S y la Gran Crisis Económica provocaron el ascenso de la narrativa postapocalíptica en la literatura mundial. ¿Qué obras producirá este baño de irrealidad que ha afectado a todo el planeta? ¿Cómo serán los libros del postapocalipsis pandémico? Con la realidad cotizando por debajo del barril de petróleo, todo parece indicar que la narrativa de la próxima década seguirá expresándose en los mismos términos de estos últimos años. Es previsible que la tendencia a lo fantástico incluso se agudice. Puede que la Gran Novela de la Pandemia, que a buen seguro ya estarán intentando escribir la mitad de los autores del planeta, lleve a la ciencia ficción todavía más allá, al final de esta revolución nada silenciosa, hacia un nuevo orden literario.


La versión original de este artículo fue publicada en la web de crítica literaria C.