viernes, 18 de septiembre de 2026

E. M. Forster. La máquina se para

Con el peligro de la IA como estrella principal en las redes sociales y abriendo noticiarios, este libro de E. M. Forster realiza una proeza que parecía imposible, la de ir aún más allá en la predicción de la amenaza, a un tiempo futuro del nuestro. Esta novela basadísima, que se diría en el lenguaje generacional que toca, hoy más efímero que nunca, nos recuerda que si bien la máquina no es realmente inteligente, el uso que hacemos de ella puede poner en riesgo el sentido de humanidad y a la propia Humanidad tal como los conocemos. Incluso, he aquí lo diferencial y revolucionario de esta novela, aunque la cosa nos saliera bien. Aunque los avisos que se escuchan decir estos días a los responsables de Anthropic y OpenAI, o incluso al mismísimo Elon Musk, van más en la vena del Terminator de James Cameron, el texto de Forster apunta más allá, hacia lo opuesto, hacia el peligro que representa la esperanza de todos los que esperan que se pueda evitar el apocalipsis cibernético y domeñar a la bestia artificial para que nos procure el paraíso terrenal.
En el texto que recupero a continuación hablo de la importancia que La máquina se para ha tenido en el mundo literario. Me referí a ello en la reseña que dediqué a Señor del mundo, la novela precursora de Robert Hugh Benson con la que forma una dupla de protodistopías a las que, por cierto, se les podría quitar el prefijo sin ningún tipo de problema. En estos tiempos oscuros para la civilización, amenazada por las inteligencias artificiales y, una vez más, a punto de sucumbir ante la amenaza fascista, la ficción, siempre atenta a la realidad, aumenta el flujo de distopías. Esa rama admonitoria de la cf y el relato postapocalíptico, siempre portavoz de la catástrofe, se enfrentan en los puntos de venta con los libros decorados y la fantasía romántica, como si con sus respectivos modos de enfocar el colapso, advertencia o escapismo, qusieran imitar, más que alertar, a una realidad que cada vez se presenta más amenazante. Esperemos que nuestro futuro no repita una vez más nuestro pasado. No lo hemos olvidado, como temía el filósofo Santayana, pero los hechos se adulteran hoy con tal pericia que ese pasado aparece más cambiante que el propio futuro, y todas las desgracias repetidas parecen ahora nuevas.
 

La reciente concesión del premio Nobel al escritor tanzano Abdulrazak Gurnah es, como casi todos los años, el recordatorio de que la literatura es inabarcable, de que, por mucha avidez y empeño que un lector ponga de su parte, le será imposible llegar a todos los rincones de su vasto territorio. El reino de los libros es casi infinito y las pistas desinteresadas por las que poder encontrar sus joyas más ocultas son, a menudo, bastante escasas. La calidad se esconde caprichosamente en localizaciones diversas, en los recovecos de mil lenguas, en el laberinto de géneros clasificatorios y en los particulares modos de creación, tan ligados a la sensibilidad e idiosincrasia de las distintas culturas. Y sobre todo ello impera el elemento comercial, que lo adultera todo. Piensen, por ejemplo, en que a los habitantes de Tanzania los apellidos Unamuno, Baroja o Delibes les sonaran tan marcianos como a un español el del actual premio Nobel de Literatura, a pesar de tratarse, como sabemos, de escritores monumentales. La triste verdad es que un lector, a lo largo de su vida, sólo tendrá conocimiento de un pequeño porcentaje de todo lo bueno que se ha escrito en la historia del mundo. 
En la lucha por la notoriedad hay, en cualquier caso, literaturas que juegan con ventaja, como las escritas en lengua inglesa. No creo que haya que explicar los motivos, pero lo cierto es que es más difícil que a uno se le escapen joyas ocultas de la literatura anglosajona, o más bien de ciertos países, que de, pongamos por caso, la butanesa. Al escritor E. M. Forster pasó a conocerlo medio mundo por el cine, al ser adaptadas sus cuatro principales novelas en la década de los 80, en el breve periodo de ocho años. El gran David Lean dirigió Pasaje a la India, pero fue James Ivory quien se especializó en Forster, llevando a la gran pantalla Una habitación con vistas, Maurice y Regreso a Howards End. Se trata de uno de esos escritores ingleses clásicos, carne de la BBC, atento a las interioridades de la alta burguesía inglesa y del colonialismo británico, pero, tal como destaca el crítico Harold Bloom en su análisis del escritor, siempre desde una cierta religiosidad no dogmática, centrada más bien en lo espiritual. La única obra suya que yo había leído hasta ahora, Pasaje a la India, cuadra perfectamente con esa descripción. En ella, el hinduismo y el país son tan importantes como la peripecia y los propios personajes. Hay un hálito de globalidad y misticismo en sus historias, una preocupación por la vuelta a las esencias, una perspectiva que encaja muy bien en nuestra época. 
Pero les decía que uno nunca deja de llevarse sorpresas literarias, de descubrir cosas nuevas incluso en el campo que más ronda. El caso es que E. M. Forster, de quien este lector esperaría historias de flema y dinastía a lo Evelyn Waugh o John Galsworthy, escribió en 1909 una novelilla corta, o más bien un cuento largo, que yo no conocía hasta ahora y cuya lectura, 112 años después de su publicación, he disfrutado enormemente. Porque a pesar de su escasa longitud, apenas 55 páginas, me ha parecido la mejor obra de ciencia ficción, la más actual, que he leído en mucho tiempo. La máquina se para es interesante por varios motivos. La mayoría de ellos reside en su carácter distópico, tanto en lo que cuenta como en su significado literario. Forster describe un mundo futuro en el que la Humanidad ha renunciado a la superficie y vive en ciudades subterráneas, recluida y separada voluntariamente en apartamentos individuales. La dependencia de la civilización humana de la tecnología es total. La máquina es la gran cuidadora, tanto del bienestar de las personas como de su propia supervivencia, detalle, este último, que esa sociedad adocenada ha acabado por olvidar. Su existencia eterna al servicio de los humanos se da por sentada, su figura está comenzando a revestirse de cierta religiosidad. La máquina provee y permite que la vida, reducida a la comodidad suma, continúe. No hay casi contacto entre las personas; éstas se comunican y se ven utilizando artilugios sofisticados. El relato sólo cuenta con dos personajes definidos: Vashti, una mujer entrada en edad, y su hijo Kuno, que vive al otro extremo del mundo y le ruega que vaya a verle. Kuno es el consabido protagonista presente en toda distopía, el individuo que tiene una revelación. Tras realizar un viaje clandestino a la superficie, se da cuenta de que no viven en una utopía, sino en su reverso. Narra a su madre la experiencia que le ha abierto los ojos, pero fracasa en el intento de que ella abra los suyos. No volverá a aparecer mas que para decir una sola frase, el anuncio del fin. 
Los dos protagonistas no tienen más profundidad que la que permite la corta extensión del relato, pero cumplen su función con creces. El estilo es cristalino, sencillo. Las descripciones son funcionales, pero producen el efecto deseado. En el breve viaje en aeronave de la madre le bastan unas pinceladas para darle un toque evocador a una Tierra abandonada en su superficie; el relato del hijo tiene sus momentos de descubrimiento y de pavor. A su vez, va añadiendo los detalles de la situación interna, siempre en pro de esa gran funcionalidad narrativa. Con pocos elementos logra dotar de verosimilitud a un mundo que ignora estar al borde del caos, pero su mayor logro reside en el contenido, en los distintos tropos que componen la historia y que se convertirán en habituales, en los años subsiguientes, dentro de la ciencia ficción. De hecho, hablaría de obra seminal e influenciadora directamente si no fuera por la perplejidad que me causa no haber sabido de ella hasta ahora. En España la obra no ha tenido casi predicamento, pero es un relato que ha llegado a contar en antologías anglosajonas con lo mejor que ha dado la cf en distancia corta, al lado de cuentos escritos por los grandes nombres que cualquier aficionado lo suficientemente leído conoce. 
Pero vayamos al grano. Temas que dan cuerpo a La máquina se para y que veremos tratados de distintas maneras a lo largo del siglo. Pueden añadir las decenas que se les ocurran, estos son mis ejemplos: 
· Del sometimiento de la Humanidad a una sola fuerza omnímoda, todo el subgénero de la distopía, desde el Nosotros de Zamiatin, la “precursora” escrita dos décadas después, a Un mundo feliz, en el que Huxley propone un método de sometimiento similar, por bienestar y adocenamiento. 
· De la máquina como elemento perverso en la cima de la pirámide, nuevo dios de los hombres, desde “Respuesta” de Brown a “La Inteligencia Definitiva” de Merino, pasando por Asimov y decenas o cientos de autores (¿pero hay algún autor de cf que no haya escrito sobre la Humanidad a los pies de la máquina?). 
· De la civilización relegada al subsuelo, citando el cine por recurrir a la imagen, de La fuga de Logan a City of Ember, con las cuales comparte, inevitablemente, el final. 
· De los seres humanos rendidos al confort tecnológico y el aislamiento de sus habitaciones, en contacto pero rehuyendo el trato físico con sus semejantes, desde El sol desnudo de Asimov al Ora:Cle de Kevin O'Donnell o, mismamente, nuestro propio presente.
Porque este último es el otro asunto mayúsculo que presenta el relato. No sólo se proyecta al pasado, adelantando temáticas posteriormente sobadas por la literatura de ciencia ficción, sino que se muestra premonitorio, tremendamente atinado con el futuro. Y en esto aclaro previamente que (quienes me conocen lo saben) no le tengo ningún afecto, más bien lo contrario, al carácter visionario del género. Me interesa la literatura, y como tal, me interesa la cf como alegoría, como metáfora del presente, tal como la defendía Ursula K. LeGuin. No leo libros de cf como quien va al vidente, sino porque muestran el pulso de la realidad y la exponen desde perspectivas nuevas, inimaginables previamente a la lectura. A prever satélites estacionarios no le doy más valor que el anecdótico. Que se acierte en algo impresiona por lo bien que se leyeron los problemas de la época en la que la obra fue escrita, pero no me parece otra cosa que una anécdota menor. Sin embargo, con esta obra tengo que rendirme al acierto. No sólo porque sea gargantuesco, sino porque además de tratar un problema de nuestro presente, lo hace de una forma alegórica que proyecta la validez del peligro que anuncia hacia el futuro, hasta cobrar más sentido ahora que entonces. 
La máquina se para es la distopía que cualquier autor actual podría haber escrito para alertar sobre la preocupante y progresiva dependencia a la tecnología digital, smartphone mediante, y a las perversiones involutivas a las que podría conducir al ser humano. He de decir que, una vez más, me deja perplejo una maniobra editorial, en este caso la de publicitar este relato por su carácter visionario del confinamiento pandémico, con el que no mantiene otro parecido que la casualidad. En el relato están aislados en sus apartamentos voluntariamente y en la realidad lo hemos estado a la fuerza, obligados por una causa mayor sanitaria. Creo, sinceramente, que se han quedado muy cortos. La crítica va mucho más allá del asunto encierro, apunta hacia un camino equivocado que tomamos hace unos años. De hecho, he ido a leer el libro la misma semana en la que se produjo el “apagón” de seis horas de las principales redes sociales localizadas en internet (Facebook, Instagram y Whatsapp). Algunos testimonios dados en los noticiarios televisivos, de jóvenes confesando haberse visto perdidos, mostrando en algunos casos síntomas del síndrome de abstinencia como son la ansiedad extrema o incluso el llanto, se parecen mucho a los temores expresados en el libro. Este relato de E. M. Forster apunta en la misma dirección que las inquietudes del popular filósofo Byung-Chui Han sobre la nueva sociedad que está propiciando el uso de los smartphones. Artículos que aluden a una nueva generación muda, temerosa de hablar en directo por teléfono, o a lo que supondría una apocalíptica caída de internet, parecen inspirados en esta novela corta, tal es su capacidad premonitoria. 
La obra es especial por lo predictivo, por el peligro cierto de ese hikikomori global al que podríamos dirigirnos. Se constituye en una excelente alegoría del encierro voluntario y la falta de contacto directo, de una Humanidad cautiva de la pantalla y sus contenidos, del servicio a domicilio y la comunicación a través de redes sociales indirectas, en lo que viene a ser una lectura virtuosa de un presente situado cien años después de su publicación. También es reseñable, como enumeré, por todas las subtemáticas que la vehiculan, que serían tratadas con fruición por los autores del género durante la siguiente centena de años. Pero es que, además, no sólo se adelanta al subgénero que más distinción otorgará a la cf en adelante, la distopía, sino que la propone distinta, de forma no sólo pionera, sino, en un aspecto esencial, contraria a la que va a preponderar posteriormente. Y es que no hay villano aquí, no hay dictador en esta distopía del ser humano sometido a la máquina. Ni ésta es inteligente, ni malvada. Su estatus y presunta volición cuasi divina se los otorga la creencia de los propios sometidos. Son ellos quienes presumen existencia y designio en una entelequia. El infierno de la falsa utopía no tiene más causante que el propio ser humano, la Máquina que otorga la falsa felicidad no es más que eso, una máquina sin intención ni vida, a la que se ha otorgado el destino de los ciudadanos por dejación, por renuncia a otra cosa que no sea la felicidad material que proporciona. 
Y es que la obra es, precisamente, un aviso, un dedo que señala al peligro de rendirlo todo a la comodidad proporcionada por la tecnología, a la pérdida del contacto directo y de los valores espirituales y apegados a la tierra, a lo que hasta hace poco nos definía. No se trata de un ejercicio ludita, de un alegato antitecnológico, sino de una llamada a no perder las raíces de la humanidad, a lo que nos significaba hasta hace poco como humanos. Volviendo a las palabras de Harold Bloom, que describía a E. M. Forster como librepensador y humanista laico: "(en sus obras) Forster desea hacernos ver, esperanzado de que al ver podamos aprender a conectar con nosotros y con los demás". Un anhelo que cobra aún más sentido en nuestros días. Ya pueden levantar la vista de la pantalla.


El texto original de esta reseña fue publicado en la web de crítica C.

martes, 15 de septiembre de 2026

VV.AA. Paisajes del apocalipsis

Los lectores de este blog conocen de sobra la devoción que siento por la ciencia ficción. Como he apuntado varias veces, la considero mi patria. La tengo muy presente en mis recuerdos de infancia, me ha acompañado toda la vida y, como decía Rodrigo Fresán, estará conmigo hasta el final. Ello no impide que pueda disfrutar de igual modo, e incluso a veces más, de obras de literatura general y de otros géneros. Igual que no me llevo bien con la fantasía, puro antónimo de la cf, me atrae mucho el terror gótico, las historias sobrenaturales de fantasmas y espectros de todo tipo, así como el terror cósmico de ese genio llamado H.P. Lovecraft.            
En la publicación de este tipo de literatura sobresale la editorial Valdemar, a cuyo alrededor se produce el que es, quizás, el fenómeno más intenso de coleccionismo de todo el género fantástico. Sorprende la cantidad de dinero que pueden llegar a pedir, e incluso a pagar, los seguidores de la colección Gótica y de su rama de bolsillo, El club Diógenes, en el mercado de segunda mano. Esta especie de obsesión de los aficionados responde, a mi entender, a dos factores. Por una parte, aunque ignoro las tiradas, sus libros tienen gran demanda, se agotan con el tiempo y acaban quedando descatalogados; por otra está el formato y el diseño, en tapa dura de lomo curvo, negro, con un tipo de letra preciosista, adornos y bellas ilustraciones en las cubiertas. La combinación de forma y contenido de estos volúmenes provoca una suerte de fascinación, o directamente adicción, cuya única cura se obtiene poseyéndolos.
La atracción estética de estos libros siempre me ha dado, como incondicional de otro género distinto, un poco de envidia. He pensado muchas veces en lo maravilloso que sería tener algo parecido con los grandes clásicos de la cf. Cómo brillarían Los Cantos de Hyperión, la serie de Dune, las Crónicas marcianas o la de las Fundaciones en una colección así. No dudaría, por mucho que tenga esas obras en otras ediciones, en hacerme con ella, pero me temo que, por muchos motivos, se trata de un sueño vano. Aun así, lo cierto es que, en realidad, Valdemar sí ha publicado contadas obras de cf, pero siguiendo la línea general de su catálogo, añeja y mostrando una especial preferencia por el padre del género, H. G. Wells. Digamos que la cf moderna "no es su rollo". Por eso me sorprendió mucho que pusieran a la venta esta antología de cf moderna, publicada en EE.UU. en 2008 y titulada originalmente "Wastelands". Lo cierto es que tampoco se trata de una rareza dentro de la línea editorial, ya que su tema central es el subgénero postapocalíptico, tan cercano siempre al territorio del terror. No sólo está bien traído, sino que además, desde el punto de vista de calidad de la cf, la elección me pareció todo un acierto, al margen de algún punto oscuro que dejaré para el final.
El asunto comercial de la elección tampoco es baladí. Valdemar apostó por la temática fantástica dominante en este siglo, la de mayor atractivo para la venta. "Paisajes del apocalipsis" es una de las muchas colecciones de cuentos de diversos autores recopiladas por John Joseph Adams, uno de los antólogos con mayor renombre dentro del género fantástico. Contiene veintiún relatos más una introducción y una lista final de recomendaciones. Tiene algún cuento flojo (Kadrey y sus particularidades), pero en cuanto a calidad la media es, sin duda, bastante alta. Más de un relato es incluso extraordinario, especialmente los de Butler, Bacigalupi, Kress y Bailey. Esta colección de cuentos constituye un imaginativo y magnífico muestrario del juego que puede dar un escenario postapocalíptico, cuyo atractivo pendula siempre entre la fascinación que ejercen sus paisajes destruidos y el horror hobbesiano al que aboca la caída de la civilización. 
La selección cuenta con una notable diversidad de autores y se constituye en una excelente piedra de toque para que el lego en la cf  pueda conocer a un amplio abanico de escritores a caballo entre el siglo pasado y el actual, muchos de ellos de gran presencia en los años posteriores al de publicación de la antología. En cuanto a las particularidades, pocos relatos fían su apuesta a la sorpresa final. La mayoría de ellos explotan la fascinación que provoca siempre el paso del tiempo sobre los escenarios humanos tras la devastación, el atractivo de la ruina, entre misterioso y evocador. Algunos se sitúan en un futuro cercano, otros en una Tierra lejana que poco o nada recuerda de nuestra civilización actual. Rara vez se mencionan las causas del colapso que destruyó nuestras ciudades, figura central en gran parte de los cuentos, ni qué condujo al fin de nuestra sociedad. La selección cumple el objetivo de toda antología temática, ese equilibrio buscado entre la calidad literaria y el tratamiento del asunto central, logrando crear aquí una sensación casi atmosférica, provocando en el lector una experiencia global de parque temático postapocalíptico. 





Introducción de John Joseph Adams. En opinión del antólogo, el atractivo del género postapocalíptico proviene del deseo de una nueva frontera y de imaginar cómo sería un mundo nuevo, reconstruido con y desde las cosas que ya sabemos. Yo no estoy muy de acuerdo. En mi caso, al menos, la atracción de este subgénero proviene de lo opuesto, del deseo de asistir a la devastación, de ver las ruinas del mundo y contemplar las cenizas del nuestro, no el nacimiento de uno nuevo. No es la promesa de un porvenir en construcción lo que me llama, sino el fracaso y el derrumbe de lo vigente. Creo que el auge de este subgénero durante el principio de este siglo, gran parte de él travestido con la etiqueta distópica, se debe a su coincidencia con la postmodernidad, al gusto compartido por transitar las ruinas de la modernidad. Tengo la convicción, ya expresada varias veces en otros textos, de que el 11-S fue el pistoletazo de salida, el punto de inflexión que escritores y lectores necesitaban para entender, tras un gran periodo de bienestar, que la realidad es en esencia violenta y que la estabilidad puede destruirse en cuestión de segundos. Lo que atrapó las mentes de los ciudadanos no fue la idea de la reconstrucción, sino la pura demolición; la caída de las Torres fue también la de la fe en la seguridad del mundo civilizado.

El sonido de las palabras, de Octavia Butler. La comunicación entre individuos se torna casi imposible. Ella no entiende la palabra escrita ni él la hablada. No se sabe por qué ni cómo, pero tras una especie de ictus global todos perdieron distintas capacidades cerebrales. Pese a todo, los supervivientes intentan seguir siendo humanos, huir de la animalidad y mantener la esperanza en la siguiente generación, pues los niños sí hablan y entienden.

Chatarra, de Orson Scott Card. En la exploración de cuatro edificios de una antigua ciudad, sumergidos en parte en un lago, se escenifica el choque entre el pasado y el futuro, personificado en un joven y sus dos amigos. Él, aventurero; ellos, apegados a las viejas tradiciones y lugares. Por ello le excluyen, aunque él no se dé cuenta hasta el final. Como es habitual en Card, hay un gran manejo de las emociones y los personajes. Y acento mormón, ya que el cuento pertenece al ciclo de "La gente del margen".

Gente de arena y escoria, de Paolo Bacigalupi. Un mundo degradado (mares de residuos, sustratos tóxicos por doquier) al que el hombre se ha adaptado haciendo su cuerpo inmune a la toxicidad. Destaca ese medio ambiente colapsado tan propio de Bacigalupi por el que transita una Humanidad que carece de humanidad, pérdida que se evidencia magistralmente mediante la forma de presentar el trato con un perro. Como anécdota, decir que en la traducción de Fantascy, en la antología "La bomba número seis y otros relatos", lo titularon Seres de arena y escoria, lo cual, desde un punto de vista valorativo, es un tremendo spoiler.

Pan y bombas, de Mary Rickert. Un poco a lo Bradbury, incluso en su vertiente oscura, con un giro final algo macabro. Es un cuento post 11-S que tiene cierto valor por su trato de la xenofobia, pero que carece de originalidad en su conclusión, con niños matando adultos para que expíen su culpa y les permitan crear un orden nuevo. 

De cómo logramos entrar en la ciudad y salir de ella, de Jonathan Lethem. Otro futuro echado a perder de cuyo colapso no hay detalles. Con una trama que recuerda a ratos el concurso maratón de la novela de Horace McCoy ¿Acaso no matan a los caballos?, el autor presenta el concepto de realidad virtual como algo insatisfactorio, un engaño que no puede rivalizar con la auténtica realidad. "Tecnología vieja" en el cuento, se trata de un sucedáneo cercano al teatro, que no funciona sin la complicidad del público.  

Oscuros, oscuros eran los túneles, de George R. R. Martin. Hace 500 años que tuvo lugar un desastre nuclear. La radiación ha transformado a los supervivientes del subsuelo hasta hacerlos parecer ratas a los ojos de los exploradores de túneles. Una de esas historias que exploran la dualidad Morlock/Eloi desde nuevos puntos de vista. Se trata de un buen cuento, aunque en ese orden de cosas, bastante inferior al Subte de Rafael Pinedo, por ejemplo.

Esperando al Zephir, de Tobias S. Buckell. Otro de los cuentos en los que la ciudad cobra gran importancia. Una guerra ha traído el fin del petróleo y, por extensión, de la era de la abundancia. Una chica espera la llegada de un barco eólico para lanzarse a la aventura y salir de su monótona vida. El final hace que parezca una apología del alistamiento a filas.

Nunca desfallezcáis, de Jack McDevitt. Este relato breve y encantador comparte escenario con la novela Eternity Road, que da ganas de leer. El mundo es habitable pero está repleto de ruinas. No se conoce la causa, pues los supervivientes han perdido la memoria del pasado. La protagonista recorre un mundo evocador, fascinante a ojos de quien va descubriendo las viejas carreteras y edificios. Se encontrará con un personaje cuasi fantasmal del pasado entre las ruinas del viejo mundo. La conversación que mantienen trae al recuerdo el maravilloso cuento "Encuentro nocturno" de (una vez más) Ray Bradbury.

Cuando los Admindesis gobernaron la Tierra, de Cory Doctorow. En este relato largo se asiste, por primera vez en la antología, al proceso apocalíptico previo. Como es habitual en el autor, el cuento parte de una lectura del mundo actual enfocada hacia la tecnología, sus profesionales y sus usos, a cuyo entorno atribuye las causas del colapso. Una escalada de golpes terroristas simultáneos, pero sin relación entre ellos, lleva a la civilización a su fin. Los grupos terroristas toman el papel de las naciones en el ámbito de la guerra. Al final, Internet y la colaboración entre los administradores de sistemas, héroes del relato, sacan al mundo del atolladero. 

Las últimas formas -o, de James Van Pelt. El primero que aborda las mutaciones como tema central. Como en el final de Soy leyenda, la obra maestra de Matheson, pone el foco en el concepto de normalidad cuando todo ha cambiado. Desde esa perspectiva, presenta una feria cuya atracción son los individuos sanos, no los mutados. No se conoce el origen de las plagas causantes de las mutaciones, pero más que colapso parece haber sido algo gradual, un mutágeno que ha provocado cambios más que un apocalipsis.

Naturaleza muerta con Apocalipsis, de Richard Kadrey. Un pequeño cuento de un autor siempre distinto, un texto provocador y chistoso en apenas cuatro páginas. Muestra un apocalipsis sin causa determinada, una sucesión de sucesos desquiciados que me traen a la memoria la película "Un día de furia". Uno de los textos más flojos del volumen.

Los ángeles de Artie, de Catherinne Wells. Cuento conmovedor. La intuición sugiere que la capa de ozono cayó o que el sol aumentó, no se sabe a ciencia cierta. Sólo las ciudades están protegidas de la radiación solar. En ese contexto se desarrolla la historia del líder de una pandilla de chicos, un mesías de los suburbios, contada por su amiga y lugarteniente. El final toca con pericia el corazón.

El juicio pasó, de Jerry Oltion. A lo James Morrow, se presenta un fin del mundo bíblico. Queda una Tierra vacía y ocho astronautas de regreso debatiendo si es bueno o malo llamar a Dios para que vuelva a por ellos. El tono es de comedia inherente a esa absurdidad, incluso en las implicaciones, pues para llamar la atención de Dios, uno de ellos intenta asesinar a un compañero, lo cual, no hay que ser muy listo para inferirlo, lo conduciría de cabeza al infierno. 

Modo silencio, de Gene Wolfe. Sorprendente cuento escrito al estilo Damon Lindelof, de los que obliga a repensarlo línealmente antes de sacar conclusiones. Los dos protas parecen ir a una velocidad distinta que el entorno, totalmente despoblado, abandonado aunque sin destrucción. De nuevo, no se da información sobre el apocalipsis.

Inercia, de Nancy Kress. Magnífico, narrado desde una voz muy personal, descriptiva de las emociones que se adivinan tras los actos de los demás. Es un relato desarrollado con una gran sensibilidad y cuenta con un final muy emotivo. Es un apocalíptico al que hay que quitarle la condición de post, pues está sucediendo. Hay un virus presente, enfermos abocados a guetos y, sobre todo ello, el intento de exterminar la violencia del cerebro humano, tal como ocurría en Paz interminable, la premiada novela de Joe Haldeman.

Y el profundo mar azul, de Elizabeth Bear. Uno de los cuentos más dañados por el problema del que hablaré al final de la reseña, y quizás por ello difícil de entender. Un mensajero recorre en moto unos EEUU devastados por la radioactividad. Ha habido catástrofes ambientales a la Chernobyl y una guerra. En el cuento no hay nada más allá de la figura de la motorista enfundada en cuero atravesando el paisaje postapocalíptico americano. No hay más atractivo en la historia que ese.

Asesinos, de Carol Emshwhiler. Hubo una guerra sucia entre EEUU y los árabes, tan larga que los supervivientes viven ahora en asentamientos situados en las montañas. Las ciudades fueron abandonadas debido al cambio climático. Un magnífico cuento sobre el difícil entendimiento con el otro en el que, inesperadamente, adquieren una gran relevancia final los celos asesinos.

El circo ambulante de Ginny Caderasdulces, de Neal Barrett, Jr. Simpático cuento de aventuras que recuerda el universo de la serie cinematográfica de Mad Max, con el que comparte el desértico escenario y la importancia que tiene la carencia de gasolina. Se trata de un futuro lejano producto de una serie de guerras. A pesar de la desolación geográfica, el ambiente no muestra debacle, quizás por la cantidad de tiempo pasado. Como el título sugiere, se trata de una narración itinerante, de pueblo en pueblo. 

El fin del mundo tal como lo conocemos, de Dale Bailey. Un relato que recuerda La nube púrpura de M. P. Shiel pero en un tono diametralmente opuesto, cómicamente divertido. Una voz socarrona cuenta cómo se toma el fin del mundo su único superviviente. Un día el resto de habitantes del planeta amanecen "averiados" y sólo queda (más o menos) él. El protagonista no se ve obligado a hacer ejercicios exagerados de supervivencia, puede encontrar lo que necesita en cualquier parte. Sólo le importa su pérdida; todo lo demás (repoblar, recuperar la civilización, eso de salvar la especie) le es indiferente. Él se limita a sentarse y beber. Sin los demás, el mundo carece de peligros. Violencia, rapiña, saqueos...todo lo que representa el cliché hobbesiano, la amenaza del otro, no existe en ese nuevo mundo.  Se trata de un cuento metaliterario que pone en solfa los lugares comunes del subgénero. Con toda seguridad, el post apocalíptico más cozy de todo el volumen.

Una canción antes del ocaso, de David Grigg. Si la civilización cae y surge el barbarismo, ¿podría sobrevivir el arte? ¿Se merecerían los bárbaros heredar el arte, es necesario eliminarlo para resurgir? Postapocalíptico de futuro chungo, con un anciano en el centro del relato y un mundo en ruinas con supervivientes que comen ratas e incluso humanos. Los vándalos son los herederos del mundo, niños que piden cuentas a sus generaciones anteriores por arruinarles su futuro, pero que se han quedado sólo con lo peor de ellas, la violencia. El acto final del anciano deja en el aire preguntas y dudas sobre motivaciones y merecimientos. Un gran final.

Episodio siete: la última defensa contra la jauría en el reíno de las flores púrpura, de John Langan. Quizás el peor del volumen. Una historia tonta de supervivencia un tanto inocentona que se dice contestación al de Bailey y que también tiene un toque a lo Wyndham. Humanos que se transforman en plantas poseídos por seres de otra dimensión, con el protagonismo de un lector de cómics que se erige en protector de una mujer embarazada. Quizás hay puntos de conexión, pero no obtiene el mismo resultado que el cuento de Bailey. Y, ni por asomo, ya que hablamos de plantas invadiendo cuerpos humanos, que La crisis, de M. John Harrison.

Lecturas recomendadas, por John Joseph Adams. Una lista bastante completa con los títulos de decenas de extraordinarias ficciones postapocalípticas que hacen cerrar el libro con una tristeza añadida a la de acabarlo, ya que un gran número de ellas no han sido publicadas en España.


Hasta ahí llega este magnífico volumen de catástrofes, absolutamente pertinente en estos tiempos de amenazas globales, de fascismos, IAs y cambio climático. La lectura ha sido, para mí, un auténtico disfrute, aunque he de decir también que me han sorprendido algunas pequeñas taras en la edición, descuidos inesperados y también errores provenientes de la traducción, bastantes,  impropios de un libro de semejante fuste. Frases mal interpretadas, alguna redundancia, algún sinsentido y un par de despistes en las entradillas de los cuentos. En al menos dos de ellas, las que dan paso a Lethem y Bacigalupi, traducen el título de forma distinta a la que luego le han dado en el cuento. En la introducción, además, se produce un desajuste por falta de revisión, debido también al auténtico punto recriminable de este volumen, su incompletitud. 
La antología original de John Joseph Adams contiene veintidos cuentos, y así lo menciona también en la introducción de este Gótica: veintidos. Sin embargo, entiendo que por una cuestión de derechos, el primer relato no figura en la versión española, sólo hay veintiuno. Y es una ausencia notable, porque se trata, nada más y nada menos, que de la aportación de Stephen King, que además es de una calidad excepcional. Es uno de los mejores relatos del libro y mantiene relación, en cuanto a tratamiento argumental, con otros dos. El final del desastre es un cuento que se ha copiado mucho y que, debido a ello, sonará a más de uno. El protagonista trata de acabar con la violencia del hombre exponiendo a todo el mundo a un compuesto químico, pero lo que logra es idiotizar a toda la Humanidad, él incluido. Ecos de Haldeman y, principalmente, de Daniel Keyes.
No quiero minimizar el asunto de la edición (es un Valdemar con un precio Valdemar), pero tampoco terminar dando una sensación falsa de lo que opino sobre el libro. He aquí una antología que los amantes de la cf van a disfrutar de verdad y que tampoco defraudará a los devotos de la editorial más cercanos al terror. Da lo que promete y asegura buenas horas de lectura postapocalíptica. En mi caso, particularmente, ha agudizado ese pesar de tantos años que me produce el amor de Valdemar por otros subgéneros como el terror o el western, que también quiero, pero que no puedo comparar con la cf. "Paisajes del apocalipsis" demuestra que gran parte de este tipo de literatura tendría cabida en una línea paralela, que enriquecería el catálogo y no produciría choque alguno. Valdemar Futura sería un gran nombre. Y si no, tampoco sería mucho pedir que se animaran a publicar los dos volúmenes siguientes de la antología, con más cuentos seleccionados por John Joseph Adams del mismo palo. Muchos lo agradeceríamos eternamente, aunque la eternidad parezca, ahora mismo, más lejana que nunca.


                                                                                                                    



miércoles, 2 de septiembre de 2026

Gregory Benford. Ciclo del Centro Galáctico

No es ningún secreto que ya no leo como antes, pero no había caído, hasta recuperar esta reseña, en que uno de los mayores perjudicados con el descenso de la capacidad de lectura son las series. La última que leí, casi la única en estos últimos años, fue española: Los ojos bizcos del sol, de Emilio Bueso, cuya reseña subí aquí hace bien poco. Con la edad y las ganas mermadas, uno se da cuenta de que ha de seleccionar con mayor exigencia para intentar leer lo realmente bueno (aunque a la postre, a veces, la previsión acabe siendo errónea). Entre los libros desestimados están, principalmente, las continuaciones. Es raro que una novela me apasione tanto a estas alturas como para dedicar más tiempo de lectura a un mismo universo.
Comprendo que esto pueda parecer chocante dentro de la realidad del mercado editorial actual, con las estanterías y las mesas de las librerías repletas de series casi siempre largas y voluminosas, pero en la mía es lo que hay. El motivo es el expuesto, porque siendo sincero, lo cierto es que nunca me han desagradado. Las he leído enteras de diversos autores: de Farmer, de Pohl, de Simmons, de Gibson o incluso de Benford, cuya reseña escrita hace seis años recupero en esta entrada. En otros casos preferí seleccionar y apearme a medio camino, como hice con Dune (en el tercer volumen) o las Fundaciones (en el quinto), y también renuncié a ir más allá del primer libro en algunas como Mundo anillo, Cita con Rama y otras tantas autoconclusivas que me dieron la sensación de estiramiento posterior porque sí. Muchas, a mi pesar, no las continué por causa de fuerza mayor, debido a que la editorial decidió cortar por lo sano.   
Lo cierto es que, al final, uno no debería seguir más criterio que el propio gusto o la disposición anímica que se tenga, y creo, sinceramente, que ha de ser así. Algunos preferimos acceder a una mayor variedad de universos y otros pasar más tiempo en un mundo que han disfrutado. Desde mi perspectiva actual, creo que cumplir años te empuja más a lo primero. Por lo ya mencionado, ese tiempo más breve de lectura que te queda, por cansancio y porque también está el asunto de la experiencia. He leído mucha serie como para identificar cuándo es pura estrategia de ventas, circunstancia que a veces no es nada discreta, y para detectar también cuándo un autor ha convertido la escritura de series en su método de trabajo. Demasiados factores como para seguir, a estas alturas, el juego.    
Así es como lo veo ahora mismo, y por eso no dejo de preguntarme, tras todo lo expuesto, por qué sigo comprando entonces esas continuaciones de series cuando las encuentro en mis paseos por ferias, rastrillos y librerías de viejo.  





Ciclo del Centro Galáctico, de Gregory Benford


Aunque hayan estado más en boga que nunca en esta década que el maldito 2020 no acaba de cerrar, el gusto de la ciencia ficción por las series no es, ni mucho menos, algo reciente. Baste recordar que al mismísimo Julio Verne le gustaba establecer relaciones entre novelas y dar continuidad a ciertos personajes en distintas narraciones. Desde el principio, prolongar las historias y los universos en los que estas tienen lugar fue una beneficiosa estrategia editorial alentada por el propio autor, que contaba con las ventajas de tener ya ganados a muchos de los posibles lectores y de ahorrarse desgaste imaginativo y trabajo de documentación en la creación de sus mundos ficticios. El problema con las series vino con el paso de los decenios y la progresiva escalada del fenómeno, que ha acabado culminando en este siglo, tanto en la cf como en otros géneros de la literatura, en un abuso del concepto, en un fructífero estiramiento del chicle que ha producido monstruos, leviatanes de miles de páginas repletas de reiteraciones y de paja. Donde antes valía con una novela de 300 páginas, ahora no bastan ni 1200. La literatura al peso, de la que hay algunas muestras en el pasado, es hoy mayoritaria, hasta el punto de que una novela suele no ser algo independiente, sino sólo el primer paso. Si echamos un ojo a los premios a mejor novela en los últimos años, los Hugo, Nebula, Locus, etc., encontraremos que la novela ganadora de Cixin es la serie de Cixin, la novela de Jemisin es la serie de Jemisin, la novela de Leckie es la serie de Leckie y así todo.
En realidad, lo que ha aumentado es el número, la cantidad de obras planificadas previamente como inicio de algo mayor. Quizás antes no ocurriera con tantas novelas (ahora casi nadie se plantea algo unitario), pero sí con muchos de los libros más populares del año. Llama la atención, dado el éxito que tienen y han tenido las series, que tanto los medios como los aficionados de la cf le hayan dedicado un interés significativamente menor a la hora de elaborar listas, esos populares tops de grandes éxitos y mejores obras que tanto gusta publicar y discutir a críticos y lectores. Creo que el motivo viene dado por el desinterés actual por el pasado. Dada la salvaje diferencia entre esta década y todo lo anterior, debido a esa brecha temporal que se ha abierto entre la cf actual y la añeja, casi mundos aparte, se hace difícil practicar el ejercicio necesario de evaluación para aplicar comparativas y adjudicar puestos. ¿Están las series citadas más arriba a la altura de Dunes, Fundaciones e Hyperiones? ¿Resistirán el paso del tiempo como estas? ¿Serán recordadas? Difícil saberlo. Muchas de las series que en su día tuvieron gran fama y seguimiento hoy están semienterradas. ¿Los titerotes, los cheela, los pajeños? ¿Les suenan estos nombres a los aficionados más jóvenes? No lo creo. Hay una serie en concreto que, seguramente, muy pocos habrán leído, y que dudo que obtuviera lugar en una lista corta de las mejores series de cf de todos los tiempos. Sin embargo, yo le guardo mucho cariño, el suficiente para desempolvarla.
El Ciclo del Centro Galáctico, serie de seis novelas escrita por Gregory Benford, es peculiar en varios sentidos. Uno es el largo tiempo transcurrido entre la apertura y el cierre del ciclo, que va de 1977 a 1996, y que es incluso mayor si contamos la fecha de aparición en revista de la primera parte del primer libro, nada menos que 1973. Alrededor de veinte años a lo largo de tres décadas, en las que, sin mostrar influencias de la moda imperante en cada decenio y a pesar de los libros publicados por Benford entre medias ajenos a la serie, no se aprecia evolución en cuanto al estilo o modos de abordaje. La regularidad estilística es tan extraña como lo es su naturaleza narrativa, que, merced a un salto temporal enorme y a un cambio de los personajes protagonistas, divide en dos el arco central del ciclo, dedicando un par de novelas a unos personajes, tres a otros y una última a todos juntos. La serie es eminentemente hard, de ciencia ficción dura tal como se conocía en los 80, y progresa de principio a fin uniendo diversas subtramas, siempre dentro de las dos historias principales. Cada novela es diferente, y sólo uno de los libros parece prescindible. El tema central es la lucha de la Humanidad por la supervivencia en una Vía Láctea dominada por las máquinas, un argumento que, si bien ha sido tratado en bastantes obras del género (lo primero que me viene a la mente es Akasa Puspa), pocas veces se ha hecho con la profundidad y prodigalidad con que se muestra en esta serie. Veamos los libros uno a uno.




En el océano de la noche


Adelantando la diversidad estructural de la propia serie, el primer libro cuenta, como toda ella, con salto temporal y tramas aparentemente diferenciadas. A modo de fix-up, reune las distintas entregas publicadas previamente en la revista If, y hay que decir que el cosido se nota. En la primera parte, el astronauta Nigel Walmsley explora un cometa que se dirige a la Tierra, pero descubre que es otra cosa y decide contravenir las órdenes. Es quizás la parte más interesante de la novela, ciencia ficción con suspense que, pura anécdota personal, recordaría años después jugando a The Dig, la aventura gráfica de Lucasfilm de enorme parecido. Tras un salto de varios lustros, la narración entra de lleno en el drama humano, tratado con profusión y de forma un tanto morosa, hasta el punto de conformar la parte más gruesa de la historia. Las cuitas sentimentales del protagonista, inmerso en un triángulo emocional con tragedia incluida, son el telón de fondo sobre el que se despliegan los elementos de la trama. Mientras se enfrentan ciencia y religión, se suceden los acontecimientos: la llegada de otro artefacto espacial, el descubrimiento en la Tierra de una especie de bigfoots y, finalmente, el hallazgo de otra nave espacial oculta en la luna.
La naturaleza original, de cuentos unidos, se nota, y el manejo de Benford del drama personal de Walmsley es algo plúmbeo, pero la exploración del cometa, así como el suspense y el misterio que aportan los artefactos alienígenas, mantienen el interés lo suficiente como para querer seguir tirando del hilo y abrir el siguiente libro. No es la mejor presentación para una serie de media docena de volúmenes, pero tampoco la peor. La variedad de subtramas le resta unidad, pero le aporta, precisamente, variedad. Lo cósmico está bien planteado y la amenaza final a la Humanidad, o más bien a todo lo orgánico en la galaxia, intriga e invita a continuar. Un libro de primer contacto elusivo, intrigante a ratos y meramente correcto.




A través del mar de soles


La segunda novela se desarrolla, como la propia serie, por dos caminos distintos pero complementarios. Es una novela de exploración espacial y, a su vez, de invasión terrestre. En ella se desarrolla el viaje de la nave Lancer por los sistemas solares cercanos, situados a escasos años luz de la Tierra, mientras que en paralelo se informa de los acontecimientos que suceden en el planeta madre, cuyos océanos han sido invadidos por dos tipos de seres, los Espumeantes y los Pululantes. En el centro de ambas historias, Benford insiste en complicar la vida privada de su protagonista, Nigel Walmsley, ya entrado en años. Particularmente, creo que esta novela es mejor que la anterior, en parte porque es una obra más compacta y mejor estructurada, con un buen sentido del ritmo, y porque presenta la fascinación que ejerce lo posible, la aventura del primer viaje al vecindario del Sistema Solar en una suerte de astronáutica de futuro cercano.
La ciencia ficción a dos bandas que se desarrolla en sus páginas ofrece lo mejor de Benford, su capacidad para desplegar una literatura de ideas atractiva. Los detalles de navegación, del entorno y de la propia nave, así como la descripción de los alienígenas EM, proporcionan un buen disfrute para el devoto de la cf dura. A su vez, el relato de la invasión de los océanos terrestres genera un efecto de contrapunto, de referencia al desastre en el remoto hogar, que potencia la sensación de lejanía de la expedición espacial. El drama entre personajes sigue adoleciendo de una cierta pesantez, pero el componente genérico raya a buena altura. Especialmente tras las conclusiones finales, que dejan al lector a punto para iniciar el viaje hacia una galaxia enigmática y hostil, quizás dominada por máquinas que tratan de exterminar la vida orgánica.




Gran río del espacio


Cuando el lector espera seguir al viejo protagonista al centro de la galaxia, abre las páginas del tercer volumen y se encuentra con algo totalmente distinto, sin ningún tipo de información al respecto. Las novelas de Nigel Walmsley dejan paso a las novelas de Killen Bishop, cuya relación con las anteriores parece ser ninguna. Si las primeras anuncian el argumento principal de la serie (los comienzos y el arco central), las segundas se presentan como novelas "externas", ambientadas en el futuro lejano, en el universo al que se encaminaban las primeras pero sin conexión aparente. En Gran río del espacio, los restos de una Humanidad nómada transitan en un errar continuo, sin esperanza, en un planeta cuyos legítimos moradores son las máquinas inteligentes. Durante bastantes páginas, el presumible último reducto humano en la galaxia se dedica a escapar como puede de la misteriosa civilización mec.
Uno de los mayores logros de este tercer libro reside, precisamente, en la más sugerida que explicada descripción de esa civilización. Los humanos, cuyos conocimientos tecnológicos son heredados y proceden de la tradición, no del entendimiento, son una mera molestia para la sociedad de máquinas, a la que ni siquiera preocupan. La repentina aparición de un tipo de mec casi olvidado, el (y no “la”) Mantis, cuyo interés en los humanos sólo será descubierto al final de la novela, imprime acción y suspense en la trama. Otras presencias inorgánicas, los Aspectos, personalidades grabadas en soportes injertados en los cerebros humanos, adquieren tanta importancia que a veces parecen disputarse con ellos el protagonismo de la novela.
De nuevo, las ideas que Benford despliega bastan para mantener el interés por el contenido hasta el final, aunque en el otro extremo, la forma literaria, es obligado señalar el abuso de su sello de marca, el fárrago estilístico. Ya no hay culebrón, la ajenidad del mundo descrito y el despliegue hard lo ocupan todo, pero el estilo narrativo se hace excesivamente pesado en algunos tramos. Las descripciones de lugares y procesos son demasiado barrocas y complicadas, con una adjetivación que por momentos se torna más y más difícil de entender, hasta el punto de que a veces es imposible hacerse una idea mental de la imagen que el escritor quiere hacer ver. El libro destaca más por la originalidad del mundo que plantea que por cómo lo describe. Novela fresca, innovadora, pero de lectura trabajosa debido a su escritura.




Mareas de luz


La cuarta entrega de la hexalogía es, para mi gusto, la de mayor calidad, la joya escondida en esta serie, una magnífica novela de ciencia ficción dura. Es buena como ente independiente, pero también porque funciona como colector del efecto de complementariedad que los tres volúmenes anteriores han ido produciendo. Al cierre de esta cuarta novela se tiene la sensación, al fin, de que algo grande, un collage enorme, comienza a tomar forma y sentido en la cabeza.
Siguiendo a la Familia Bishop, la novela narra las vicisitudes de Killeen, protagonista de la anterior novela, y los suyos en un nuevo planeta. Allí habrán de combatir, junto con otros humanos gobernados por un megalómano, contra una nueva especie más poderosa que los mecs, que el lector conocerá como los cíbers o las podia. Reconocidos cíborgs, mitad orgánicos, mitad máquinas, estos seres que recuerdan a gigantescas arañas constituyen, con su comportamiento y su creíble organización social, una de las mejores aportaciones del ciclo. Para esta nueva especie, los componentes de la Familia no son más importantes que las moscas. Poseedores de una increíble tecnología capaz de "domar" cuerdas cósmicas con las que sangrar los distintos planetas por donde pasan, los cíbers pretenden desvelar el misterio que ata a los mecs con los múltiples cuásares de la galaxia, ignorantes, por otra parte, de la importancia secreta que los humanos tienen en el orden universal.
Con esta nueva aventura, la epopeya de los Bishop adquiere tintes colosales merced a la lucha constante contra la plétora de seres superiores que se les van poniendo por delante y a los que, uno por uno, van superando. La acción apenas decae y los elementos heredados de la novela anterior, principalmente los Aspectos, ayudan a dar más profundidad, si cabe, a los ya conocidos personajes. Los elementos hard, más abundantes en esta novela que en las anteriores, son de una magnitud gargantuesca. Cuerdas cósmicas, enormes inteligencias orgánicas, construcciones y maniobras orbitales que son puro sentido de la maravilla, caídas a través del eje planetario, tallos espaciales... Todo esta espectacularidad conceptual rinde al servicio de los elementos que nutren el arco de la serie, configurando un misterio cada vez mayor, con un apéndice final que arroja al lector en medio una intriga de escala cósmica en la que los humanos parecen imprescindibles.
En el debe, Benford sigue colando algunas descripciones farragosas a las que no hay manera de encontrar sentido literal. A veces es imposible imaginar espacialmente lo que quiere mostrar. En esta novela llega incluso a acompañar algunas acciones con dibujos, algo inusitado pero, dadas las descripciones, de agradecer. Aun así, esta novela representa, sin duda, el punto álgido del Ciclo del Centro Galáctico. Además de su calidad intrínseca, deja toda una batería de preguntas a contestar, el mejor modo de enganchar al lector para que continúe leyendo la serie.




Abismo frenético


En la quinta parte de la serie confluyen dos circunstancias que, por sí solas, serían capaces de condenar a cualquier novela de una serie al fracaso. Una es la gran calidad de la anterior, la otra es el inexplicable error de bulto del autor, que decide afrontar la entrega más exigida engordando un cuento corto. Durante páginas repletas de diálogos, algo inaudito en Benford, asistimos a la huida, siempre hacia el centro galáctico, de los Bishop, la miriapodia Quath y el resto de familias incorporadas en el anterior volumen, con los mecs pisándoles los talones. El protagonista no es en este caso el capitán Killeen Bishop, sino su hijo Toby, un adolescente que como tal no podrá impedir meterse en líos. Tras encontrar refugio en una improbabilidad física llamada esti, en la que conviven humanos supervivientes de distintas épocas y en la que el cambio de las leyes físicas es continuo debido a la proximidad del gran agujero negro central de la Vía Láctea, el inocente Toby se verá perdido y más tarde perseguido por uno de los viejos enemigos de la familia, el mortal Mantis.
De nuevo tenemos una historia diferenciada en dos partes. En la primera, que recoge exclusivamente la huida del Argo, sorprende un Benford inédito, de estilo claro y ágil, lo que da como resultado una lectura rápida y cómoda, en la que influye decisivamente el hecho de que las novedades contenidas sean inexistentes, ya que no hay ninguna idea nueva en más de cien páginas. En la segunda parte, aparece por fin el autor para desplegar toda la suerte de virtudes y defectos que le caracterizan. El concepto del esti, siempre cambiante en su composición, está descrito con la complicada y farragosa manera de escribir que ya se ha padecido a ratos en volúmenes anteriores. Es tal la simbiosis entre el lugar en cuestión y la prosa que lo describe, que se llega a dudar sobre si lo extraño es el esti o el estilo.
El concepto de esta suerte de singularidad nace en un relato corto que Benford quiso aprovechar, intentando extenderlo, equivocadamente, para la ocasión. El problema es que esta idea no se basta por sí misma para sustentar, como el escritor pretende, una novela, ni siquiera de corta extensión, así que se nota de forma desmesurada que el ochenta por ciento de la obra no es más que insulso y vulgar relleno. La parte de la huida, compuesta por multitud de diálogos y breves descripciones; los mismos personajes, incluyendo algún enemigo resucitado; la persecución por el esti, con más de cien páginas mostrando lo mismo, y otras argucias de escritor veterano no tienen otra función que la de engordar el libro. Y es poco lo positivo. El acierto de permitirnos observar al capitán Killeen desde una perspectiva exterior, la primera aparición de las inteligencias mecánicas supremas y el reencuentro final con el viejo protagonista de las dos primeras novelas. El esti, concepto central del libro, podía haberse presentado en 20 páginas del anterior o del siguiente. Comparado, además, con el que lo precede, Abismo frenético queda como el peor volumen de la serie.




Navegante de la luminosa eternidad


Tras el fiasco de la anterior novela, el ánimo ya está bajo, así que ayuda saber que todo finaliza aquí, que no hay más viaje, que en este último volumen es donde se juntan todos los caminos. Benford unifica las dos líneas principales que han dado sustento a la serie durante más de 2000 páginas y crea una obra coral, en la que los principales protagonistas de ambas líneas argumentales, la familia Bishop y el extemporáneo astronauta Nigel Walmsley, se reúnen para saldar cuentas con los terribles mecs y, de paso, otear el lejano futuro del universo. Este sexto y último volumen del ciclo transcurre por entero en esa anomalía espacio temporal llamada esti. Aquí puede apreciarse con mayor claridad esa especie de mundo río en continuo conflicto consigo mismo en el que Killeen y Toby, padre e hijo, lucharán con todas sus fuerzas por volver a reunirse, mientras que el anciano Walmsley logrará atisbar, al fin, los hilos que mueven los destinos del cosmos y conocer a los supremos titiriteros que los manejan. 
En esta nueva muestra de la ciencia ficción más flagrantemente hard, el autor especula con la existencia de inteligencias fuera de escala y utiliza, como muchos otros autores en la década de los noventa, las teorías dawkinianas de los memes, situando a éstos ya no sólo como entidades superiores, sino también como un elemento más de la cadena alimenticia cósmica. El destino final de las luchas entre orgánicos y mecánicos se manifiesta como un simple movimiento casual en el inescrutable juego de los dioses. Como en toda la serie, la inquebrantable imaginación de Benford y las manías de estilo cohabitan a lo largo de los distintos capítulos, mezcladas aquí y allá con ecos literarios, episodios como el de la búsqueda de Toby río arriba a lo Mark Twain, o el del viaje de la familia Walmsley, en plan robinsones suizos. Benford sucumbe también a la tentación de repetir motivos previamente utilizados en otras de sus obras, en este caso con la aparición del mapache protagonista en Tras la caída de la noche, aquél engrudo que presumía ser la continuación del maravilloso clásico de Arthur C. Clarke en el que se basaba una de sus obras maestras, La ciudad y las estrellas.
En cuanto a la conclusión del ciclo, el ingenioso final con el que se entona el adiós a esta monumental serie, bien merece por sí solo la lectura de esta última novela. La respuesta que ofrece Benford a ese virus informático solucionador de invasiones mecánicas que los libros y películas del siglo XXI han convertido en lugar común es sutil y elegante, maravillosamente distinta. Y para bien de la serie, hay que decir que nada improvisada. Navegante de la luminosa eternidad no es, sin duda, el mejor volumen de los seis, pero aporta un final muy digno.




En definitiva, el Ciclo del Centro Galáctico es una serie de ciencia ficción dura trufada de ideas y conceptos atractivos, despierta el sentido de la maravilla en alguna que otra ocasión, cuenta con buenos personajes, subtramas de menor altura y un argumento bien desarrollado aunque peor narrado. El estilo de escritura es, probablemente, junto con la cantidad de páginas sobrantes, lo peor de esta larga serie. Los títulos de las novelas, todos de reminiscencias marinas, pueden servir de ejemplo y resumen de lo que guardan en su interior: algo pomposos pero a su vez tremendamente evocadores, una construcción de bellos significantes que, sin embargo, no concuerdan en tono con sus significados. Sin duda, este ciclo no es un clásico, pero tampoco debería ser olvidado.



El texto original de esta reseña fue publicado en la web de crítica C.


lunes, 31 de agosto de 2026

Vamos a morir todos (otra vez)


























Esta suerte de prostitución de los libros que llevamos contemplando unos años, productos maquillados y adornados como modelos de alta costura, lomos pintados e ilustraciones arrebatadoras o con letras de oro, bellezas cuya mayor sofisticación se encuentra en un aspecto físico desde el que reclaman la atención del consumidor como sirenas homéricas, parece no tener fin. Esta estrategia de márqueting, de hecho, va a más. En su doble condición, arte y cultura vs. negocio e industria, el mundo editorial está apostando, más que nunca, por lo segundo.   
No es, ni mucho menos, la primera vez que la estrategia de kiosko llega a las librerías más grandes, adhiriendo regalos al libro cual coleccionable de septiembre, pero esta en particular me parece muy significativa, un símbolo de aquello que viene infestando las estanterías y mesas de novedades, especialmente en los géneros romántico y fantástico, desde hace unos años. Porque no se me ocurre una concreción mejor de lo que lleva tiempo pasando en el mundo del libro, de la estrategia de fondo, de cómo se ha transformado la motivación de consumo y dónde buscan el negocio, que el regalo de un pintauñas como anzuelo.   

domingo, 9 de agosto de 2026

Ensayos en breve: Howe, Jiménez, Moliné

Marvel Cómics. La historia jamás contada, de Sean Howe

La Biblia del marvelita, un culebrón interpretado por sus mitos. Para todos los lectores de las generaciones Vértice y Forum que hayan seguido con su afición a lo largo de los años, es este un libro imprescindible por muchos factores. Imprescindible por la nostalgia, imprescindible para conocer el factor humano tras las historias, para saber de dónde surgieron la mayor parte de las maravillosas y locas ideas que acabaron poniendo el alias a la empresa y para darse cuenta, de una vez por todas, de cuán indisoluble es el factor personal, vivencial, de la creación artística. Este libro es una ventana abierta a la historia y evolución de la todopoderosa Marvel a través de las personas y las historias que construyeron el mito desde el cómic, antes del cine y el dinero.
¿Quieres saber de dónde vino la idea de Born Again? ¿Por qué murieron Fénix y Gwen? ¿A qué se debieron las alucinantes odiseas cósmicas de Starlin? ¿Te gustaría hacer un egotour al corazón de la empresa que te hizo soñar en la adolescencia, pasear por el mítico bullpen marvelita y asistir a la tormenta de ideas más alocada que hayas visto? ¿Quieres comprobar cómo el mal empresarial, personificado en los vicios capitalistas norteamericanos, casi acaba con el sueño y cómo, tras la caída, se logró remontarla? Ilusionados creadores luchando contra mezquinos ejecutivos; el dinero malversando el talento, la imaginación y la maravilla; Gordon Gekko pervirtiendo el arte y a sus creadores, a los herederos de Lee, Kirby y Ditko, e incluso a ellos mismos. Acompaña a mitos como Thomas, Englehart, Shooter, Miller, Claremont, Byrne o Pérez a traves de los años que cambiaron el noveno arte. Conoce al núcleo duro de Image, ¿luchadores por la libertad o transfugas?, o asiste, alucinado, a cómo Star Wars salvó a la Casa de las Ideas. Si quieres ver las raíces, el nacimiento del alma de este siglo, la germinación del zeitgeist cultural que impera en estos momentos, no dejes de leer este libro.



Chicago-Marte por 15 centavos, de Javier Jiménez Barco

Cuando la calidad se da por asumida, el éxito de una colección descansa, a veces, en una cuestión de formato. Que se lo pregunten a Valdemar y su colección Gótica si no, pura droga para coleccionistas. El contenido es lo más importante, pero en estos tiempos de conflagración visual, de portadas doradas, lomos pintados y libros que parecen pavos reales, tener una presencia atractiva tanto en los puntos de venta como en la promoción es sumar puntos para el triunfo. Los libros de Diábolo son bonitos por fuera y por dentro. Hay quien dirá que no dejan de ser ensayos con aspecto de Taschen, pero lo cierto es que a mí, y al parecer a bastante gente, nos funciona. Tapa dura, papel estucado, temas bien escogidos (algunos mejor tratados que otros) y profusión de ilustraciones de portadas.
Como el subtítulo indica, este libro da un magnífico repaso a la historia de las revistas pulp, el criadero de novela popular más determinante en los últimos cien años. Dividido en subgéneros, el texto recorre los distintos nombres de las diversas publicaciones, así como los de autores y editores fundamentales, desde la época de las precursoras dime novels hasta la crisis del papel y su declive, sesenta años más tarde. Interesante en lo textual, invaluable en su riqueza gráfica, cuenta con un surtido de portadas e ilustraciones que ofrecen una muestra del festival de la imaginación que supusieron aquellas revistas. Darse un paseo por los orígenes de la novela negra, el weird, la espada y brujería, la ciencia ficción y otros subgéneros de novela popular es una auténtica gozada.



Cuando Daredevil se llamaba Dan Defensor, de Alfons Moliné

Este libro es nostalgia y poco más. Quien lo lea pretendiendo encontrar algo parecido al magnífico ensayo de Sean Howe sobre la editorial Marvel, pero centrado esta vez en Ediciones Vértice, se va a llevar un chasco de los gordos. Se trata de una especie de almanaque, un histórico de publicaciones de la editorial española sin más valor que el de recuperar, a golpe de portadas cortesía de López Espí y Enrich, o de dibujos de Tunet Vila, el aroma de unos años tan lejanos como diferentes de los actuales. Es infancia y adolescencia empaquetada lo que habita estas páginas, recuerdos de tiempos en los que todo era más difícil de conseguir y, por tanto, más valorado.

La edición es lujosa, en tapa dura, con papel satinado, gran profusión de imágenes y una maquetación muy ordenadita. El buen aspecto gráfico choca con la calidad del texto, bastante mal redactado y con lagunas que se solventan con muchos "tal vez", varios "dicen que" y algunas referencias a la rumorología. La poca información que se da, más allá de las fechas de publicación, parte siempre de la duda. No hay entrevistas, no hay datos contrastados sobre los motivos de cambios y acontecimientos en las publicaciones, casi nada sobre los protagonistas, esa modesta versión española del bullpen marvelita que uno esperaba encontrar.
No es, por tanto, un libro informativo más allá de la base cronológica, y tampoco un ensayo de tesis, ni siquiera de opinión, no es mas que una colección de recuerdos gráficos ordenados por fechas. Como decía, pura mercancía nostálgica, que no digo que para algunos no pueda ser suficiente.