jueves, 22 de octubre de 2026

Ecos postapocalípticos

Cuando se invierten los valores y es la vida la que pasa a imitar al arte, el resultado es siempre chocante. La imitación aporta una visión distinta, a veces más intensa, a veces más pobre, que potencia por contraste la obra cultural sumándole puntos de vista alternativos. La relación entre arte y realidad cobra un significado inesperado cuando se trata de mostrar procesos destructivos como los que tienen lugar en el subgénero apocalíptico/postapocalíptico. Es ahí, en los casos más crudos, donde la vida se impone y la narrativa pierde por goleada. La pandemia tuvo para mí los dos alcances, el de la tragedia personal y el de la vivencia del apocalipsis en modo seguro. Perdí a mi madre en ella y viví con mi padre uno de los momentos más duros de mi vida, pero por el otro lado pude recorrer con fascinación los escenarios del apocalipsis que tanto había transitado en mis lecturas. De la comparación de esa experiencia con las recordadas en la literatura surgió el artículo que viene a continuación de este párrafo.



Ecos postapocalípticos






Haciendo memoria, me doy cuenta de la gran cantidad de libros de literatura postapocalíptica que he leído en los últimos años. No es nada extraño, se trata de uno de los subgéneros de la ciencia ficción que más me gustan. Además, su presencia en las librerías de todo el mundo ha sido apabullante durante las dos últimas décadas, imposible de resistir. Ahora que el confinamiento comienza a estar en el recuerdo, me ha parecido interesante hacer un somero comentario sobre los últimos libros de este subgénero que pasaron por mis manos. No quiero cansar a nadie, así que solo van a ser tres; no deseo hacer una lista de grandes recomendaciones, que ya se han visto demasiadas en los grandes medios, sino significar brevemente la poca conciliación que suele darse entre la ficción literaria y la realidad. Aunque, para qué voy a mentir, estas lecturas son apetecibles sin necesidad de utilizar subterfugios, por sí mismas. Confieso que soy un lector más bien de contraste, de los que prefieren leer aventuras en los mares del sur durante el invierno y relatos polares en verano, pero creo que la excepcionalidad de la situación que vivimos durante cien días y que aún sufre gran parte del planeta bien merece saltarse la norma, y que, por pura catarsis o por identificación escapista, también es sugerente leer ahora historias enmarcadas en escenarios tan singulares (y fascinantes si logramos abstraernos de lo trágico) como el que se ha extendido los últimos meses más allá de nuestras ventanas y hacia el futuro. Lo cierto es que jamás ha habido una atmósfera más propicia para sumergirse en este tipo de lecturas. Los libros son La ciudad, poco después, de Pat Murphy; La muerte de la hierba, de John Christopher y La sequía, de J. G. Ballard.


La ciudad, poco después
, de Pat Murphy. En los estertores del ciberpunk, cuando la ciencia ficción se veía invadida por futuros cercanos sucios y tecnologías deshumanizadoras, la escritora Pat Murphy logró sustraerse del entorno dominante y escribir una novela contracorriente, tanto por el tono como por la mirada, ambos dirigidos al pasado y a un tipo de ciencia ficción optimista que ya había dejado de hacerse. Con un espíritu afín a escritores clásicos como Bradbury o Simak, Murphy escribe una pastoral urbana que sustituye el elemento religioso por el artístico, un adelantado alegato neohippie en formato postapocalíptico, desarrollado con una narrativa absolutamente deliciosa que emparenta a la ciencia ficción con el realismo mágico.
La trama de la novela se resume de forma sencilla: años después de una pandemia que ha diezmado a la Humanidad, una adolescente viaja desde las afueras hasta la ciudad de San Francisco, donde los escasos habitantes utilizan el arte y sus diversas manifestaciones como modo de vida y enlace simbiótico con el entorno urbano. La integración de la chica en esa especie de comuna, las peculiaridades del reparto coral y de sus singulares creaciones, la preparación de los ciudadanos ante la amenaza externa, representada por un general reconstruccionista, y la confrontación final entre ambos órdenes, viejo y nuevo, iluminan las páginas de una novela que se desarrolla con una sensación (que no sentido) de la maravilla exquisita. Se trata de un canto al arte y al pacifismo que hunde sus raíces en el intento de utopía más inocente que haya dado la sociedad norteamericana. Ciencia ficción de los 50, con espíritu de los 60 y escrita en los 80. Una osadía literaria que suma el arte al consabido mensaje de amor y paz.
Me sigue sorprendiendo el poco predicamento que han tenido tanto esta obra como su autora en el mundo de la cf. En algunas de las enciclopedias más importantes del género se la despacha con una línea; en otras ni siquiera figura. Aldiss, Di Filippo, Pringle o Clute no parecen tenerla en cuenta. En España, donde también el feminismo ha asaltado la cf (y en realidad, todo) en estos últimos años, el silencio es el mismo. Pat Murphy tiene un buen número de premios importantes (Nebula, Dick, Locus, Fantasy Award, Sturgeon...), además de ser la cofundadora del James Tiptree Jr., el gran premio de la cf dedicado a ampliar el entendimiento de las cuestiones de género. Tiene publicadas varias obras interesantes y cuenta con esta novela excepcional como buque insignia de su ficción. Quizás el hecho de que el libro no profundice en ese tema en concreto le ha restado utilidad e interés en determinados círculos. Ni siquiera la reciente polémica con el premio Tiptree ha traído el recuerdo de su nombre. En todo caso, esta novela me parece absolutamente reivindicable por su desprejuiciada esencia retro, su belleza literaria y la inusitada propuesta de postapocalíptico que presenta. Para saber más de ella, en la web de crítica C hay una magnífica reseña escrita por Alfonso García.


La muerte de la hierba, de John Christopher. Un virus está sacudiendo China y el este de Asia. En Europa, los gobernantes transmiten tranquilidad y lo anuncian como algo lejano, un problema que no llamará a sus puertas. Cuando el virus llega a Occidente, el primer ministro británico decide que la medida más sensata de salvación es sacrificar a unos cientos de miles para que el resto sobreviva. Les suena, ¿verdad? Esta novela fue escrita en 1956 y no puede parecer más actual. Pero, antes de que la imagen de Boris Johnson y su discurso se instale en la mente del lector, confieso una pequeña trampa: el virus afecta a todo tipo de herbáceos, no a los humanos. La mortalidad viene dada por la hambruna, y la solución del primer ministro es lanzar bombas atómicas sobre las principales ciudades del Reino Unido para que, de ese modo, el escaso alimento alcance para los supervivientes.
Esta obra del apocalíptico británico, enmarcada en la tradición de escritores como H. G. Wells, John Wyndham, Nevil Shute o S. Fowler Right es, sin duda, la más actual de todas. Aborda y perfecciona la rama más visitada del subgénero, aquella que basa su premisa en la supervivencia y el retorno a la ley del más fuerte. Sus personajes, puestos sobre aviso de lo que viene, tratan de recorrer los kilómetros que separan Londres de un valle en el que vive el hermano del protagonista, un lugar cerrado, defendible y con posibilidades para la pervivencia. En el transcurso de una semana, el barniz de la civilización irá desprendiéndose por el camino y las circunstancias abocarán a toda la partida a renunciar a los códigos sociales de humanidad y respeto más básicos. Violaciones, robos, asesinatos a sangre fría y, en definitiva, toda la violencia que nos hemos acostumbrado a ver en las historias de supervivencia postapocalípticas omnipresentes en estos últimos años.
Es reseñable la brecha de tiempo que se abre entre la publicación de La muerte de la hierba y el empacho de survivals con los que el fenómeno zombie y el auge del postapocalíptico han asaltado pantallas, libros y cómics a lo largo de este siglo. Porque esa violencia que parece tan actual ya estaba presente en aquella novela de hace más de 50 años, trasladada a las páginas con un poder de convicción que obliga a cualquier lector, de aquella y de esta época, a aceptarla como lógica e inevitable. De todas sus bondades, esa es sin duda la mayor, la capacidad que tiene el texto, edificado casi en su totalidad sobre diálogos, para mostrar el derrumbe de los valores civilizatorios durante el breve viaje de un grupo de londinenses de clase media por la campiña inglesa. La asunción del uso de la violencia por el grupo para lograr alcanzar un objetivo en el que les va la vida a corto y largo plazo es progresiva, nada chocante, diríase que incluso sensata. Y sin embargo, los personajes pasan en un momento crítico, tras sufrir un asalto violento, de ser víctimas del mal a instituirse en sus representantes, sin siquiera reflexionarlo, como algo natural. La corriente de violencia se prolonga hasta el desenlace, sumamente trágico, pero, en sintonía con el sentido de los acontecimientos y el desarrollo de la obra, asumido por todos.
Como señalaba, la profusión de diálogos lleva todo el peso informativo de la novela. No solo en cuanto a la construcción de los personajes y sus interrelaciones, sino también en lo respectivo a las acciones, a la situación global e incluso a los pequeños pasajes descriptivos en los que se aporta contexto y atmósfera literaria. El preludio de la catástrofe, esa sensación conocida de paz antes de la tormenta, está narrado con una placidez fatua, en conversaciones a caballo entre las playas veraniegas y la casa de campo, en un tono diríase íntimo, casi bradburiano. A lo largo de la novela apenas hay muestras del desastre que les ha obligado a huir, pero basta una simple imagen a medio camino, la de los niños de la expedición deteniendo su juego en el campo, en un silencio premonitorio roto por el vuelo de bombarderos sobre sus cabezas, para asentar la certeza del colapso. Todo llega nítido al lector y todo a golpe de diálogo.
La muerte de la hierba es, con toda seguridad, la representante más convincente del ramal hobbesiano de la literatura apocalíptica. Es una lectura adictiva a la par que convincente, que explota sin exageraciones y con una naturalidad pasmosa el desarrollo de una máxima habitual en este tipo de literatura, el homo homini lupus como evidencia desnuda tras la caída de las normas que rigen y permiten nuestra convivencia. La educación, la solidaridad, la fraternidad o el moderno empoderamiento femenino pierden todo su valor y significado en sistemas en los que la fuerza pasa a ser el actor principal que asegura la supervivencia. Este libro es un recordatorio de que nuestro bienestar es, en realidad, poco más que un consenso.


La sequía, de J. G. Ballard. El colapso viene dado en esta ocasión por una sequía permanente. Una capa de productos químicos cubre los océanos, impidiendo la evaporación y, por ende, las lluvias. Los ríos y los lagos son barrizales innavegables llenos de escombros. El protagonista verá, en primera instancia, el abandono de su pequeña ciudad, marcado por pequeños actos de violencia en grupo y por las extrañas actitudes de los pocos habitantes que deciden no marcharse, para finalmente viajar, como la mayoría antes que él, a la costa, en busca del agua que permanece bajo la piel química que cubre los mares. Tras años de supervivencia en las playas, abriendo canales en las salinas, vuelve a casa para comprobar la degradación final de aquellos que se quedaron.
David Pringle, que no sentía devoción por esta novela, definió a Ballard como una voz única. Creo que, a fin de cuentas, es con lo que me quedo tras la lectura de La sequía, la esencia inequívocamente ballardiana que la nutre, esos paisajes desolados y extraños tan bien descritos, el efecto que tienen en los personajes que los recorren, la relación entre el demolido decorado exterior y las conductas humanas que genera. A lo largo de la serie de los desastres naturales, conformada por cuatro novelas, Ballard le arrebata al hombre la sociedad que ha creado y lo expone a una civilización en fuga. Donde el postapocalíptico al uso suele buscar el miedo, historias de supervivencia y violencia, el británico prefiere indagar en la respuesta interior, en las actitudes y conductas del ser humano expuesto a la ausencia de sentido social y de progreso, de los sistemas y elementos que configuran nuestra vida y el concepto de normalidad. Mientras que el resto de escritores se fijan en el efecto más llamativo de la caída de la civilización, la ley del más fuerte, Ballard centra su interés en los efectos que el derrumbe produciría en la mente, en aquello que construye los significados y el núcleo del ser humano. Donde otras narraciones colocarían actos de violencia, Ballard presenta a sus personajes tomando el sol y bañándose en piscinas privadas en medio de la mortal sequía.
Todo lo que me sorprendió en El mundo sumergido, segunda novela de su ciclo postapocalíptico, se revela en esta tercera como obsesión. En La sequía se repiten inquietudes y modos de la obra anterior. Ballard ha encontrado su camino, el que desde aquí será su sello de identidad, y lo explora a conciencia. En ausencia de civilización, la vuelta al limo primordial. Lo que las aguas mantenían bajo la superficie en su anterior novela sale a flote en esta, como el subconsciente asomándose para salpicar de barro nuestro pensamiento consciente. Es el ser humano desnudo, boqueando por la ausencia de sentido, sin los constructos sociales que han conformado hasta entonces los modos y el oxígeno de su existencia. Las extrañas conductas de sus personajes, sus insólitas actitudes, son aberraciones reactivas, la respuesta a la ruina exterior y a la carencia de sentido producida por un mundo que ya no es.
El destilado producido por la interrelación entre la adulterada psique humana y las fascinantes descripciones del paisaje, el consabido estilo ballardiano, es absolutamente disfrutable, pero en la narrativa se pueden encontrar defectos. Hay acciones que no quedan muy claras, e incluso se percibe un desconcertante baile de personajes. La elipsis central, un salto de tiempo sin previa explicación, descoloca durante unas cuantas páginas. La traducción de Francisco Porrúa bajo uno de sus heterónimos deja también alguna rareza, pero los defectos narrativos son exclusivos del autor. Curiosamente, reconociendo que Ballard se va perfeccionando a sí mismo libro a libro, considero que la calidad de esta serie de los desastres naturales, a falta de leer la primera novela, corre a la inversa. El mundo sumergido, quizás por el impacto de lo original e inesperado, me pareció extraordinaria. En La sequía vuelve a maravillarme el juego paralelo entre el paisaje y la molicie interior, pero me impresiona menos. En El mundo de cristal, sublimación de la imagen ballardiana, de cuyo poder de fascinación da fe la película Aniquilación de Alex Garland que bebe de ella, mi interés por lo que hay tras la estética decae del todo. Aun así, la perspectiva única de Ballard convierte a cualquiera de sus obras en un producto interesante.



Y bien, después de todo, ¿qué hemos podido identificar de esas novelas en este apocalíptico blando que hemos vivido? Supongo que esto dependerá del factor personal, de las circunstancias propias y la información recibida durante la crisis. Cada uno de los lectores habrá tenido sus propias sensaciones. En mi caso, alguna de las situaciones que he visto, escuchado o leído en las noticias desde marzo me han asaltado y traído pasajes y ecos de algunas de las obras postapocalípticas que más huella dejaron en mi memoria. Estas tres, por ser las últimas que he leído, las tenía más presentes, y aun así, poca sintonía entre hechos y realidad he encontrado. Uno puede buscar parecidos, concomitancias, escenas semejantes, pero lo único que va a encontrar son ecos. Solo ecos, y sin embargo, con qué fuerza susurran y rebotan en las paredes del cerebro. Sin la literatura, el parecido es insignificante, pero desde su perspectiva, cuánto fascinan esos casi inaudibles sonidos. En algún caso, como cantos de sirena.
En cuanto a expresiones artísticas, los conciertos de terraza a terraza a la caída del sol, las calles vacías llenas de música o alguna representación de danza individual en el patio comunitario me han recordado a la novela de Murphy, la semilla de lo que podría ser. Pero lo cierto es que el arte mayoritario ha florecido en internet, en la originalidad despertada en Tik Tok o Instagram, en los vídeos personales. Es algo que ninguna novela postapocalíptica de siglos anteriores pudo imaginar, y la prueba de que nuestra línea temporal, en algún momento del pasado reciente, cambió de rumbo. Todo lo que ocurra a partir de ahora, sea arte, información o contacto, pasará obligatoriamente por las redes.
De la novela de Ballard poco ha podido llegar, prácticamente nada a la mayoría que ha vivido confinada en sus casas. Es cierto que los que hemos seguido trabajando sí hemos podido ver paisajes urbanos desiertos, y que eso, al menos en mí, ha producido un cierto extrañamiento ballardiano a ratos (no sé si también el acopio de papel higiénico como primera respuesta al apocalipsis, algo surrealista), pero las ficciones del británico se desarrollan más en el post, en una degradación que, por suerte, no hemos podido llegar a sentir. Aunque alguna actitud extraña sí se ha llegado a dar, como, por poner uno de varios ejemplos llamativos, la del ciudadano de Guadalajara que fue a Madrid a comprar pan. Aunque también se podría acordar que la conversión de muchos vecinos en gendarmes de las terrazas ha tenido algo de deriva mental. Y no, lo de los políticos no entraría en esta categoría, sino en la de la siguiente novela, la que trata la desviación hobbesiana.
Porque, efectivamente, más allá de los rumores de tumultos en tierras italianas, la verdadera violencia colateral de este colapso de tres meses ha estado en el estamento político, en la soberbia de no reconocer errores, en la desvergüenza de hacer electoralismo con el desastre. La bajeza que los ciudadanos hemos tenido que soportar, la atmósfera de mendacidad formada en torno a una catástrofe planetaria que solo en nuestro país se ha llevado por delante a decenas de miles de ancianos, ha sido la traslación, el eco de la magnífica novela de John Christopher. No ha habido violencia en las calles, pero si el equivalente a disparos, violaciones y linchamientos en el graderío y los bastidores políticos. Y no por motivos de supervivencia, sino por el más bajo motivo, el ansia de poder. La correspondencia con la novela ha llegado al punto de provocarme la identificación de uno que otro personaje sin escrúpulos con ciertos diputados (y diputadas) del Congreso.
Afortunadamente, la realidad ha abierto su propio camino al margen de la literatura para demostrar que el debate entre Hobbes y Rousseau sigue tan vivo como siempre y que ambos aciertan y se equivocan. El Estado ha demostrado su indispensabilidad y su labor como paraguas social contra los desastres ante los que el neoliberalismo se muestra desnudo e impotente, que el ámbito de lo público es crucial para el mantenimiento de la civilización y el progreso humanos. Y también se ha evidenciado que la sociedad, en este nuevo presente las redes sociales, pueden pervertirnos. Pero si es cierta la protervia en el ser humano, también lo es la presencia de bondad. Las personas del sector sanitario (y de otros en menor medida) han demostrado que la bondad existe. No siendo “héroes”, un calificativo literario que en este caso abomino por la romantización que supone de la cruda realidad, sino profesionales extremos y bienhechores, que han trabajado más allá de su deber y de todo lo exigible, jugándose la salud e incluso la vida. Quizás España no tenga la mejor Sanidad del mundo, pero puede que sí el mejor personal sanitario, ese que lo da todo.




Y acabo ya, aludiendo a lo que escribí casi al principio: ecos. Algunos, los que tenemos la picazón de lo postapocalíptico desde la adolescencia, los hemos sentido en estos tres meses. Como el amante de la literatura de viajes que recorre tierras que siempre le han fascinado en los libros. He expuesto algunos de los que he podido identificar. Pero en mi caso aún ha habido algo más, algo que me obligó a escribir un cuento y que tendré como recuerdo para siempre. Aquellos diez días de confinamiento casi absoluto, en los que pude recorrer un Madrid vacío, me proporcionaron otro nivel de identificación, algo más intenso que un eco, una sensación de ausencia humana total, de soledad allí donde he vivido más de medio siglo. Fue algo que me trajo a la cabeza dos textos, no como ecos, sino como certezas. Ambos hablan de lo mismo por distintos medios, y expresan perfectamente mis sentimientos en aquellos trayectos.
El poema que Sara Teasdale escribió tras la I Guerra Mundial, Vendrán lluvias suaves, cuyo título aprovecharía años después Ray Bradbury para uno de sus más recordados cuentos. Estos son los doce versos:

Vendrán lluvias suaves y olor a tierra mojada,
Y golondrinas rolando con su chispeante sonido;
Y ranas en los estanques cantando en la noche,
Y ciruelos silvestres de trémula blancura.
Los petirrojos vestirán su plumoso fuego
Silbando sus caprichos sobre el cercado;
Y nadie sabrá de la guerra, a nadie
Preocupará cuando al fin haya acabado.
A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si toda la humanidad pereciera;
Y la propia Primavera, cuando despertara al alba,
Apenas se daría cuenta de nuestra partida.


Y el párrafo final de La carretera, de Cormac McCarthy:

Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.

Formas distintas, fondos idénticos, la sensación que tuve esos días: la Naturaleza, nuestro planeta, ya estaban ahí mucho antes de llegar nosotros, y seguirán existiendo cuando ya no estemos. La Humanidad es efímera, somos una anécdota, una pequeña nota en el cuaderno del tiempo.



La versión original de este artículo fue publicada en la web de crítica C.



jueves, 15 de octubre de 2026

Criminal Blurbs






"Hay más imaginación vívida en esta obra que en volúmenes enteros." 
 
-Ursula K. Le Guin 
 


En este caso, descubrimos una nueva modalidad: el blurb oui-ja. La Gran Maestra de la ciencia ficción, fallecida en 2018, elogía desde la tumba este libro publicado originalmente en 2025. ¿Error o maniobra? El verdadero texto del elogio escrito por Le Guin hace años es este: 

"There’s more vivid imagination in a page of Nnedi Okorafor’s work than in whole volumes." 
— Ursula K. Le Guin

A ver, no se puede negar que, considerada como silogismo, la frase es acertada. Le Guin dice que hay más imaginación en una página de la obra de Okorafor que en volúmenes enteros, y esto es una obra de Okorafor, ergo... Lo que extraña de la osada ilación de esta frase, que por cierto habría sido perfectamente válida tal como se creó, es, como siempre, el hecho de que nadie, no ya el perpetrador, sino ninguno de los responsables de los pasos posteriores que trasladan el blurb hasta el fajín promocional del libro, haya pensado que ese salto lógico llamaría la atención, porque Le Guin lleva tiempo sin estar entre nosotros, y se le está atribuyendo el mantenimiento de su valoración con obras futuras, Pero sobre todo, por el propio título de la obra, que produce un efecto cómico ciertamente macabro. 


jueves, 8 de octubre de 2026

El auge de la literatura postapocalíptica

Con el avance de la edad, la sensación que se tiene del paso del tiempo es de aceleración geométrica. Todo parece cada vez más corto y más rápido. Es un fenómeno que, paradójicamente, se percibe con mayor intensidad con el tramo más reciente, el de los últimos años vividos, que recordando los tiempos más lejanos. El abismo de lo efímero se evidencia más al rememorar cosas que ocurrieron hace apenas un lustro que al retrotraerse a sucesos de hace tres décadas: ese estreno de cine, aquella celebración, la presentación de tal libro. ¡Pero si eso ocurrió antes de ayer! ¿Cómo va a hacer cinco años? 
Bueno, ahí está la pandemia, un hecho de estatura histórica que sucedió hace la friolera de seis años y, sin embargo, uno recuerda como si sólo hubiera pasado un verano. El confinamiento duró varias semanas y me permitió escribir tres textos de naturaleza distinta, aunque comunes en su procedencia, los tres nacidos de la atmósfera del momento. Me he dado cuenta del pequeño abismo al mirar las fechas de su publicación original en C, la web de crítica literaria, y he pensado que bien podía traerlos ya aquí. El primero fue este artículo, el de carácter más objetivo, culminación de una tesis que llevaba macerando en mi cabeza varios años. Es de los textos a los que les guardo un mayor cariño, pues me parece que cuenta con algo de valor, que su proposición tiene un poco más de estatura y acierto que el resto de escritos que realizo habitualmente. Como todos ellos, no ha ido a ninguna parte, pero es que uno no escribe para eso, sino porque te lo pide el cuerpo. Así pues, ahí lo tienen, para que lo lean si quieren, si les pica la curiosidad y el teléfono móvil les deja algo de tiempo libre. 
Si les surge la pregunta al finalizar su lectura, la respuesta es sí, aún pienso que son las obras más importantes que ha dado la ciencia ficción en lo que va de siglo, y sí, aún sigo esperando esa gran novela de la pandemia. Buscando la capacidad adivinatoria, se me podría achacar que en mis previsiones no tuviera en cuenta lo inesperado, ¿pero quién podría haber imaginado lo que sucedió después y sus consecuencias? ¿Quién habría sido capaz de prever, antes de la Revolución de los últimos quince años, que al postapocalíptico le sucedería el romantasy?



El auge de la literatura postapocalíptica






No es difícil dar con los motivos del auge que está teniendo en estos años la literatura postapocalíptica, el subgénero de la ciencia ficción que aborda el colapso civilizatorio y los hechos posteriores. Se trata de un tipo de narración propicio para tiempos convulsos, definición que encaja perfectamente con este primer cuarto del siglo XXI. En sus primeras dos décadas se han ido produciendo, uno tras otro, acontecimientos y situaciones globales que han calado en el imaginario colectivo, facilitando la aceptación de la fabulación catastrofista. Debido a ello, las mesas de las librerías, las salas de cine y las pantallas de televisión han venido exhibiendo, a lo largo de todos estos años, ficciones basadas en la supervivencia tras el desastre, narraciones postapocalípticas puras en algunos casos -el clásico survival tras la hecatombe-, y mestizas en otros, como las extendidas hacia la distopía o el fenómeno zombi. Ahora que este gran desastre en forma de pandemia ha relegado a la Humanidad a sus hogares, la expansión y aceptación definitivas de este tipo de literatura, incluso en los dominios del realismo, parecen inevitables.
El postapocalíptico, que a veces muestra el propio proceso destructor y otras sólo lo utiliza como punto de partida, es uno de los subgéneros más distinguidos e importantes de la ciencia ficción y quizás el más antiguo. Está presente en la Epopeya de Gilgamesh (2500-2000 a.E.C.), la primera narración escrita que se conoce y en la que se alude a un diluvio universal anterior que casi acaba con la Humanidad. Avanzando en el tiempo, en julio de 1816, un mes después de la reunión de Villa Diodati en la que Mary Shelley concibió la semilla de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), obra que para algunos teóricos inicia la ciencia ficción, el anfitrión Lord Byron dio a conocer Darkness, un poema de esencia inequívocamente apocalíptica. Incluso la propia Shelley, pocos años más tarde, abordaría el subgénero con El último hombre (1824), novela que transcurre en un escenario inmerso en lo apocalíptico. En ella, el novum ya es utilizado con intenciones alegóricas, tal como lo haría después, en numerosas ocasiones, la ciencia ficción. Más adelante, un autor de máxima relevancia como Edgar Allan Poe escribió lo que podríamos llamar proto ciencia ficción, salpicando con detalles apocalípticos algunos de sus cuentos. Jules Verne y H. G. Wells, padres del género para otra importante facción de estudiosos, incluyeron de forma desigual la temática en sus obras, mucho más presente en la del segundo, escritor primordial de la ciencia ficción, que en la del autor francés. El postapocalíptico entró con pie firme en el siglo XX mediante obras como La nube púrpura (1901), de M. P. Shiel, y La peste escarlata (1912), novela pandémica escrita por Jack London.
Durante los siguientes cien años, este subgénero corrió parejo a la agitación de los tiempos, pero también a la propia evolución del ámbito literario en el que fue enmarcado. Reivindicado como temática propia de la ciencia ficción, se convirtió, ya desde las mismas narraciones pulp, en una constante utilizada por la mayoría de sus autores. En la primera mitad del siglo XX cobraron importancia las distopías, ficciones políticas que utilizaban como punto de partida una crisis mundial, origen de un nuevo mundo. Nosotros, Un mundo feliz y 1984 pasarían, por su excelente calidad y el universal contenido de sus alegorías, a formar parte del catálogo de grandes obras de la ciencia ficción. Desde entonces, ya no dejarían de escribirse y filmarse narraciones postapocalípticas, y éstas se constituirían en el dedo señalador de los temores y preocupaciones colectivos preponderantes en sus respectivas épocas. La Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el SIDA o el ecologismo de fin de siglo tuvieron su reflejo en los distintos relatos, que fueron alimentando el catálogo apocalíptico con cataclismos por guerras nucleares, virus pandémicos, asteroides destructores, catástrofes ecológicas y un sinfín de desgracias globales tras las cuales el hombre intentaba sobrevivir y volver a crear una civilización estable.
Con pocos altibajos, la presencia del subgénero a lo largo del siglo pasado fue continua. Los autores ingleses, fervientes seguidores de la temática, nunca dejaron de explotarla. Los correligionarios de la new wave, movimiento literario que encontró un filón en la catástrofe global, se sirvieron de ella apoyándose en la herencia de los 50 y 60, utilizándola como campo de pruebas para la experimentación formal y la búsqueda de paralelismos con los espacios interiores del ser humano. En los años 70, el fin de todo fue un tema recurrente también en los cines. Pero aunque el postapocalíptico fue una presencia ineludible a lo largo de la centuria y sumó muchas obras maestras al acervo del género (El día de los trífidos, La Tierra permanece, Soy leyenda, Cántico por Leibowitz, La muerte de la hierba, El mundo sumergido, La ciudad poco después...), a partir de la siguiente década fue perdiendo protagonismo y no volvería a ser preponderante hasta comenzado el siglo XXI. Los años 80 del ciberpunk, los 90 de la space opera y el revival pulp que supuso la new weird en los albores del nuevo siglo parecieron relegar al subgénero a un segundo plano.
En realidad, la causa de esta pérdida de interés se debió, principalmente, a la dependencia que tiene este tipo de literatura de las inquietudes catastrofistas del momento, de una realidad colectiva coyuntural que en tiempos de paz, con alguna notable excepción, suele conducirlo al olvido. La ciencia ficción, a diferencia de lo que suelen señalar los articulistas externos desde un vergonzante desconocimiento, jamás ha sido una disciplina adivinatoria. El objetivo de la ficción especulativa que la conforma no es la videncia ni el acierto. El sentido de su existencia no se encuentra en la predicción, un efecto colateral en realidad, sino en el paralelismo alegórico, en arrojar lecturas del presente disfrazadas de metáfora fantástica. Y de todas las ramas que parten de la cf, el postapocalíptico, con el apocalíptico que lleva implícito, es sin duda el subgénero más atado a la realidad y los miedos del momento. En los tiempos de paz y aperturismo mundiales que cerraron el siglo, Perestroika y Caída del Muro mediantes, hubo poca inquietud generalizada, desde luego ninguna por el desastre global.




Pero eso iba a cambiar una mañana de septiembre de 2001. La caída de las Torres Gemelas sacudió la realidad de todos los habitantes del planeta, abriendo una brecha en la falsa seguridad mundial que se había ido construyendo en las dos últimas décadas tras la apertura soviética y la naciente globalización. Estados Unidos, país preponderante en aquel momento, fue atacado en su propio territorio continental con el mundo entero como espectador. Un par de rascacielos, edificios civiles con casi 3000 personas en su interior, se derrumbaron por el impacto de sendos aviones comerciales como si de una película catastrofista se tratase, entre nubes de polvo en plena Nueva York, la capital mundial de la normalidad. En imágenes reales, tomadas desde diferentes ángulos y servidas en directo a todo el planeta. Con esa caída, el concepto de civilización vulnerable retornó del olvido al que los ciudadadanos occidentales lo habían relegado. La realidad era inestable, insegura; el realismo se tornó dudoso. Desde ese momento, todo era posible.
Diariamente, los escritores del mainstream, de la rama central de la literatura que solía eludir el género fantástico como si fuera veneno, se vieron asaltados desde televisores y periódicos por imágenes y ficciones que rebasaban el concepto de normalidad anterior. Sus inquietudes, impregnadas de la atmósfera de irrealidad que teñía artículos y discursos en todas partes, del clima de inseguridad en los años subsiguientes, comenzaron a dirigirse hacia escenarios en los que las posibilidades inauditas pesaban más que lo cotidiano. El goteo de obras de ciencia ficción escritas fuera del género se convertiría en un torrente a partir de 2004, en una serie correlativa de años prodigiosos para este tipo de literatura. Importantes escritores de la considerada Gran Literatura abordarían el género fantástico con obras de gran calidad y lo tomarían por asalto. Autores como Philip Roth, David Mitchell, Kazuo Ishiguro, Hari Kunzru y Michel Houellebecq, quien se sumergió del todo en la temática postapocalíptica con La posibilidad de una isla, cogerían por sorpresa a todos sus incondicionales y, especialmente, a los lectores de cf. El aluvión de incursiones semejantes en años posteriores demostraría que, en realidad, lo de esos años era una mera avanzadilla.
En ese sembrado literario, las semillas comenzaron a germinar en gran número. No era solo la mayor cantidad de obras de cf, sino el significativo aumento de lectores que, ahora sí, parecían mostrar un interés desprejuiciado por las narraciones fantásticas, pasando por caja en librerías y cines. En pleno ascenso del fenómeno zombi, un concepto importado del terror y convertido a la ciencia ficción, las cifras de ventas de Guerra Mundial Z, una especie de diario del apocalipsis zombi escrito en clave realista por Max Brooks, vendría a demostrar que el mercado para la ficción postapocalíptica podía producir pingües beneficios. Durante más de una década, legiones de infectados por el virus definitivo se apoderarían de las páginas y pantallas de todo el planeta. Libros, series, películas, cómics... Fue considerada una moda que se acabaría extinguiendo como las anteriores, dejando sólo un fugaz esplendor para el recuerdo. Y así podría haber sido, pero dos obras fundamentales en la historia de la ciencia ficción vendrían, paralelamente, a reventar todas las expectativas de la literatura no realista, apuntalando la presencia del subgénero postapocalíptico en el zeitgeist del naciente siglo XXI: La carretera, de Cormac McCarthy, y Los juegos del hambre, de Suzanne Collins.
En 2007, un año después de su publicación, La carretera, del norteamericano Cormac McCarthy, gana el premio Pulitzer y conquista las librerías de todo el mundo. Es un postapocalíptico de manual, escrito con una madurez y un estilo extraordinarios, propios de un escritor siempre candidato al Nobel. El eco cultural que tiene en todo el planeta es insólito. Es llevada al cine y autores de toda índole comienzan a imitar su estilo y escenarios. Reseñadores del género a los que coge fuera de juego comienzan a usar el nombre del autor como adjetivo, lo mccarthyano, para calificar los libros que encuentran dignos. Críticos de la literatura realista empiezan a darse cuenta del cambio de paradigma y aventuran de dónde vendrá la literatura importante en los años siguientes. Extramuros, la relevancia de la novela anima definitivamente a los buenos escritores que ya estaban pensando en abordar el género fantástico. La sinergia creada entre la atmósfera post 11-S y la calidad de La carretera lleva al postapocalíptico, y a la ciencia ficción en general, hasta las zonas de las librerías y plataformas audiovisuales que antes la rechazaban.
En 2008, Suzanne Collins contribuye decisivamente a ese proceso desde la propia literatura fantástica con Los juegos del hambre, una novela young adult, primera de una trilogía cuyos efectos en la expansión de la literatura postapocalíptica serían, a la postre, incluso mayores. Que uno de los escritores importantes creara una gran obra abordando ese tipo de literatura conllevaba una apertura, una puerta de entrada buscada durante décadas, pero en realidad era un fenómeno que ya se había dado antes, siempre con resultados apenas temporales. Sin embargo, la obra de Collins procede del propio género fantástico, y el éxito que supone a varios niveles, desde la aceptación comercial a la identificación política, va más allá. Las películas convierten la temática de la trilogía en la más leída y vista durante los siguientes años, abriendo un abanico de posibilidades que empiezan a ser tenidas en cuenta muy en serio.
Por un lado, se hace evidente que incluso los libros juveniles procedentes de un género hasta entonces denostado y meramente, creían, escapista pueden convertirse en una máquina de hacer dinero. Por otro, ciertos acontecimientos demuestran que el calado de la obra rebasa lo meramente comercial. El economista Paul Krugman pone Los juegos del hambre como ejemplo en sus columnas del New York Times. La juventud del sudeste asiático comienza a utilizar el signo de respeto del Distrito 12 en sus manifestaciones de protesta. La frase “si nosotros ardemos, tú arderás con nosotros” es incluida en textos y blogs escritos por airados adolescentes. Los medios se hacen eco de la repercusión de las películas y novelas en los jóvenes, su mensaje es tomado en serio. El calado distópico de la obra es global.
A partir de ahí, el ascenso de la distopía, una ficción política de raigambre postapocalíptica, es aprovechada por editoriales y autores para, por fin, acabar con la mala imagen que impide a la ciencia ficción hacer llegar sus obras fuera de las fronteras. La respuesta popular y las insólitas cifras de ventas, así como el respetable pasado de ese tipo de ficción política, impulsan la sustitución de los términos apocalíptico y postapocalíptico, e incluso el de ciencia ficción, de mala fama, por el de distopía. Desde ese momento, toda ficción que presente una crisis de cualquier tipo, política o natural, situada en el futuro será presentada por editoriales, críticos e incluso autores bajo la elegante y digna etiqueta de distopía. Así, la presencia del género postapocalíptico y su derivado político irá creciendo en todos los productos de consumo cultural hasta situarse en las primeras posiciones de interés en los años subsiguientes. Paradójicamente, sin su propio nombre.
Estas dos obras postapocalípticas, La carretera y Los juegos del hambre, son las principales culpables literarias de la expansión que ha tenido la ciencia ficción como género dominante en el siglo XXI. Entrando en ellas desde una perspectiva comparativa, lo primero que llama la atención es que, por esas extrañas cuestiones de la literatura, ya sea por pura sincronicidad o por homenaje no confeso, estos dos libros trascendentales, publicados con apenas un par de años de diferencia en Estados Unidos, comienzan de manera similar, con los personajes principales ejecutando una misma acción. Así principian ambas novelas:






Este es, curiosamente, el único punto formal en el que coinciden, pues las dos obras son, en ese aspecto, muy diferentes. Precisamente, la tormenta perfecta de la que forman parte, junto con la inercia producida por el 11-S y continuada por la crisis económica planetaria de 2008, viene dada por la disparidad de sus contenidos y del tipo de público al que llegan. Abarcan ambos sectores, el culto y el popular, reuniéndolos bajo un mismo foco de interés: qué ocurrirá tras el fin de la civilización tal como la conocemos. La carretera es el relato del viaje de un hombre y un niño en busca del mar, a través de un mundo deflagrado y cubierto por la ceniza, sorteando antropófagos y enfermedad. Es una historia centrada en lo individual, en la supervivencia de un padre y su hijo como último reducto de humanidad en una naturaleza vacía. Ellos son los portadores de la llama, una representación simbólica de la esperanza civilizatoria, la luz última ante el glaucoma de un mundo frío. Los juegos del hambre es, en el otro extremo, una distopía canónica en la que, a pesar del protagonismo de su personaje central, lo importante es lo colectivo, la revolución social, el conflicto por la recuperación de la justicia e igualdad en un estado tiránico. Katniss no es mas que una herramienta utilizada por un sistema político cíclico que busca regenerarse. Se trata de una historia de inquietud global, pero es ella, el individuo, quien al final tiene la decisión y el poder de cambiar el sistema, de devolver la civilización a un gobierno y un estado incivilizados.
Formalmente distintos, maravillosamente complementarios, estos libros abarcan los dos grandes relatos de interés humano: el individuo y la sociedad; la persona y el Estado. Muestran dos posibilidades de afrontar el desastre y ponen el foco en dos tipos diferentes de reconstrucción, la personal y la social. Sin embargo, si se miran las conclusiones finales, ambas obras caminan en paralelo a pesar de las diferencias marcadas por sus propios relatos. Siguiendo una constante en toda su obra, la novela de McCarthy incide en la futilidad de los actos humanos ante una naturaleza indiferente en la que, sin embargo, el peligro real son los propios seres humanos. En la trilogía de Collins el sistema se perpetúa ignorando el sufrimiento y los deseos de sus ciudadanos, meros instrumentos de subsistencia. Sin embargo, a pesar de sus respectivos fracasos personales, son el padre y Katniss, el sinsajo, quienes marcan finalmente la diferencia global, salvando el concepto de humanidad con sus decisiones y sus actos.
Estas dos historias fueron publicadas en un mundo temeroso y receptivo, en el que los lectores volvían a sopesar la posibilidad del fin, con la amenaza de una guerra de civilizaciones aún no superada y a las puertas de un desplome económico de alcance mundial. Inseguros ante el carácter frágil de la realidad y dispuestos a creer fatalidades y alternativas, la llegada de estas dos novelas, con sus crisis futuras posibles, impactó en los lectores y, por extensión, en la cultura general del momento como una piedra en un estanque. Las ondas de expansión que crearon en los campos literario y audiovisual ayudaron a la ciencia ficción a alcanzar su privilegiado lugar actual. No solo fueron imitadas hasta la saciedad, estilos literarios incluidos, sino que popularizaron la ciencia ficción a nivel mundial y consolidaron el acceso a un espacio de la literatura que a este tipo de narrativa siempre le había estado vedado. Son, en mi opinión, las dos obras más importantes aportadas por el género en lo que va de siglo XXI.
A sus hombros han ido llegando a las librerías cientos de novelas y cuentos postapocalípticos de calidad dispar. El 90% olvidables, independientemente de su procedencia. Distopías fabricadas en serie, juveniles y adultas; autoediciones desde el fandom; experimentos provenientes de la literatura general; presuntos superventas caseros y hasta obras de relleno sin más razón de ser que la de diversificar el catálogo del autor. Muchas de las obras de éxito han sido, curiosamente, fanediciones que dieron el salto desde internet, un fenómeno visto en otros ámbitos literarios. En el mundo anglosajón, best sellers como El pasaje, Espejismo o Estación once han vendido millones de copias. En España, el fenómeno ha dado novelas autóctonas muy interesantes y con gran aceptación, como Fin, Cenital o El año de la plaga. En definitiva, el interés incondicional del consumidor ha hecho que en muchos casos ya no importe la procedencia o la calidad; si vende, va directamente al cine o a la televisión, el medio que lleva el mando estos años. Todo lo que tiene la impronta postapocalíptica interesa, y todo lo que interesa vende. Es el capitalismo, amigo.
La pregunta que cabe hacerse, ahora que el concepto de apocalipsis ha saltado de los libros a la realidad, es: ¿qué podemos esperar después de esto? Si miramos atrás, la oscuridad del año sin verano provocada por la erupción del Tambora trajo el que para muchos fue el nacimiento de la ciencia ficción. Los efectos del 11-S y la Gran Crisis Económica provocaron el ascenso de la narrativa postapocalíptica en la literatura mundial. ¿Qué obras producirá este baño de irrealidad que ha afectado a todo el planeta? ¿Cómo serán los libros del postapocalipsis pandémico? Con la realidad cotizando por debajo del barril de petróleo, todo parece indicar que la narrativa de la próxima década seguirá expresándose en los mismos términos de estos últimos años. Es previsible que la tendencia a lo fantástico incluso se agudice. Puede que la Gran Novela de la Pandemia, que a buen seguro ya estarán intentando escribir la mitad de los autores del planeta, lleve a la ciencia ficción todavía más allá, al final de esta revolución nada silenciosa, hacia un nuevo orden literario.


La versión original de este artículo fue publicada en la web de crítica literaria C.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Ensayos en breve: Merteuil, VV. AA, Garci

Liberad el feminismo, de Morgane Merteuil


Más que un ensayo, lo que contiene este libro es un largo artículo de opinión. Hay muy pocas citas en este texto y además no muy significativas. Bastante mejor defendida al final que al principio, la tesis de Merteuil, antigua secretaria general y portavoz del Sindicato de Trabajadoras Sexuales francés, abunda en los argumentos presentados por Virginie Despentes en su conocida Teoría King Kong, la cual cita varias veces. Carga contra el feminismo antiprostitución, culpándole incluso de la peligrosidad y persecución de esa profesión, y por el camino consigue alguna frase memorable.
Despentes denunciaba la hipocresía y el puritanismo de cierto tipo de feminismo, el que defiende la potestad de la mujer sobre su propio cuerpo para abortar pero no para prostituirse. Merteuil va más lejos y compara la falta de crédito que las feministas antiprostitución les dan a las mujeres que la ejercen voluntariamente, a quienes acusan de alienadas, con el "no es sí" de los agresores sexuales. Alude también la autora al histórico "Manifiesto de las 343", redactado por Simone de Beauvoir y firmado por una larga lista de nombres ilustres, para equiparar las reivindicaciones a favor del aborto con las suyas en defensa de su actividad, perseguida y puesta en riesgo por cierta rama del feminismo. A mi parecer, Merteuil logra hilar bien su argumentación, aunque en este caso predica a un creyente. Mi visión de esa actividad como algo fríamente profesional hace, por otra parte, que me produzca cierta sorpresa el empleo de ciertos apelativos malsonantes, que están ahí, supongo, a la busca de cierto efecto.   



Barrio del Pilar, del Grupo de Historia Urbana


He aquí la historia del Barrio del Pilar, construido en la época del desarrollismo de los años sesenta, lugar donde me crié y viví durante más de 30 años. Situado al noroeste de Madrid, la construcción del Centro Comercial la Vaguada y la lucha vecinal que provocó lo llevaron a los noticiarios. Este libro se erige como catálogo geográfico e histórico de un barrio madrileño que fue y es el paradigma de otros muchos. Aunque faltan puntos importantes, como el macabro impacto que tuvo la heroína en los años 80, que acabó con parte de una generación, la historia de fundación y crecimiento del barrio está bien documentada. El texto se acompaña de gran cantidad de planos y fotografías que muestran la vida del barrio en aspectos como transportes, educación, ocio o vida vecinal. Las fotografías, cedidas desinteresadamente, proceden de archivos, hemerotecas y colecciones de vecinos del barrio. 
Para este lector ha sido un auténtico festival de la nostalgia. Es muy emocionante poder volver a ver los lugares en los que me crié, expuestos, tal como eran entonces, en fotos y textos informativos. He podido comprobar cuán sinceros se mostraban mis recuerdos y cuánto habían falseado la imagen de algunos lugares y acontecimientos. Yo jugué en esas plazoletas de tierra, me embarré y recorrí esas callejas mil veces y fui testigo de las manifestaciones por la construcción del centro comercial La Vaguada. A pesar del formato pequeño, este libro me ha parecido una delicia, el eco de una época irrecuperable.



Ray Bradbury, humanista del futuro, de Jose Luis Garci


Este libro, publicado en la editorial Helios, fue, quizás, el primer ensayo de ciencia ficción que leí, allá por principios de los años 80. Las Crónicas marcianas me habían dejado en un estado de euforia que me hizo devorarlo en apenas dos días. Años más tarde volví a leerlo como documentación para un pequeño encargo y pude sumar a mi interpretación de la lectura valores nuevos, como el de conocer las maneras del antiguo fandom, el de Luis Eduardo Aute, Jose Luis Garci y otros nombres ilustres de la cultura posterior española. Aun teniendo la antigua edición, no me he resistido a darle otro tiento con esta recuperación tan pertinente que ha hecho Hatari! Books.
Ensayo biográfico escrito por uno de nuestros grandes directores de cine cuando el aliento de la juventud animaba todo aquello que luego determinaría su estilo. Escrito desde la devoción al escritor de Waikegan, refleja con exactitud todo aquello que le hizo grande. Las características de aquel Garci temprano, intimista y emocional hasta el candor, le sientan como un guante al estudio del humanismo que reflejó Bradbury en su obra. Es una lástima que, debido al año original de publicación (1971) sólo abarque sus primeras antologías, pero es precisamente eso lo que le da al lector la posibilidad de asistir a la conjunción de ambos en dos momentos únicos, la cima del escritor y la gestación del cineasta. La importancia que da al guión de Moby Dick dentro del libro es una muestra de por dónde irían luego los tiros.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Ecos del pasado

 





Leído en:


UNA MUJER DEL PUEBLO DE HIERRO

Ediciones B. Colección Nova
En la presentación de Miquel Barceló
2005

martes, 22 de septiembre de 2026

M. John Harrison sigue haciendo lo que quiere

El sello Alamut acaba de reeditar, más de veinte años después, en un formato más lujoso que el de su primera publicación, la que a mi entender es la obra maestra de M. John Harrison. La nueva edición es en tapa dura e incluye el ensayo que escribí sobre la novela para el primer volumen de la revista Jabberwock, un texto que, años más tarde, puse a disposición de los lectores del blog en una sucesión de cuatro entradas. En él hacía un breve repaso a la historia de la ciencia ficción y explicaba los motivos por los que Luz me parecía (y sigue pareciendo) un magistral punto de encuentro entre la ortodoxia del género y los modos creativos con los que la literatura convencional ha incorporado definitivamente la cf a su catálogo en este siglo.
Desde mi primer encuentro con la obra del británico he intentado hacerme con todo lo que de él se ha ido publicando en castellano, una gran parte en edición argentina, guardando las lecturas para períodos de claridad mental en los que poder acometer las complejidades de una creación que cuenta con una notable escritura y una gran sofisticación. A estas alturas, sin albergar duda alguna, coloco a M. John Harrison en el mismo nivel que a J. G. Ballard. No cuenta con su capacidad visionaria, pues sus obsesiones y tratamientos son otros, pero es tenedor de una excelencia y alcance literarios que, para mí, le sitúan en la misma órbita. Harrison pertenece a ese tipo de escritores que, pronto en su carrera, encuentran su propia geografía literaria y que, una vez asentados, retornan una y otra vez a sus claves creativas para explorarlas y profundizar en ellas desde nuevas perspectivas. Como William Gibson, Philip K. Dick, Christopher Priest o el mismo Ballard, con quien además compartió espacio en la revista New Worlds de Moorcock, en tiempos de la new wave inglesa. El sello de Harrison es siempre reconocible, esa mirada distinta que busca siempre lo que se esconde tras la realidad, en planos de existencia solapados, más entreverados que ocultos. 
Duele que una parte importante de su producción aún no haya sido publicada en español. Grandes libros como Climbers, una novela de alpinismo alabada por la crítica generalista, la inclasificable Signs of Life o Empty Space, conclusión de la Trilogía del Canal Kefahuchi que comenzó con Luz, tampoco han sido traducidas. Afortunadamente, lo más lógico es que veamos publicada próximamente su última novela, The End of Everything, un postapocalíptico que se apoya creativamente en uno de sus cuentos anteriores, La crisis, publicado en la antología "Deberías venir conmigo ahora". Pertenece a ese tipo de libros deudores de Picnic junto al camino, el clásico de los hermanos Strugatski, en cuanto a la existencia de una zona en la que una realidad fluctuante ha sido infectada por alienígenas intrusos y extraños objetos extraterrestres que algunos humanos recolectan con distinto resultado. Algo parecido podía verse en Nova Swing, la continuación de Luz, y en muchos de sus cuentos. Precisamente, es este tipo de escenario inestable donde Harrison suele colocar sus ficciones, indagando en los cruces de realidades y los efectos que estas tienen en el interior de sus personajes.
Decía que seguramente veremos esta novela traducida al castellano porque acaba de ser incluida en la short list del Booker Prize de este año. Si se alzara con la victoria, Harrison se convertiría, con 81 años, en el premiado de mayor edad, relevando a Margaret Atwood, otro gran nombre de la ciencia ficción que lo ganó con 79. Sería una tremenda alegría para sus lectores, y también, en mi opinión, un caso de justicia. Aunque no se le otorgara el premio, su pertenencia a esta lista, cuyos libros siempre acabamos viendo publicados en las majors españolas, aseguraría el interés de editoriales que no deberían dudar en publicarlo.
Enhorabuena, Mike, estamos todos de suerte.


viernes, 18 de septiembre de 2026

E. M. Forster. La máquina se para

Con el peligro de la IA como estrella principal en las redes sociales y abriendo noticiarios, este libro de E. M. Forster realiza una proeza que parecía imposible, la de ir aún más allá en la predicción de la amenaza, a un tiempo futuro del nuestro. Esta novela basadísima, que se diría en el lenguaje generacional que toca, hoy más efímero que nunca, nos recuerda que si bien la máquina no es realmente inteligente, el uso que hacemos de ella puede poner en riesgo el sentido de humanidad y a la propia Humanidad tal como los conocemos. Incluso, he aquí lo diferencial y revolucionario de esta novela, aunque la cosa nos saliera bien. Aunque los avisos que se escuchan decir estos días a los responsables de Anthropic y OpenAI, o incluso al mismísimo Elon Musk, van más en la vena del Terminator de James Cameron, el texto de Forster apunta más allá, hacia lo opuesto, hacia el peligro que representa la esperanza de todos los que esperan que se pueda evitar el apocalipsis cibernético y domeñar a la bestia artificial para que nos procure el paraíso terrenal.
En el texto que recupero a continuación hablo de la importancia que La máquina se para ha tenido en el mundo literario. Me referí a ello en la reseña que dediqué a Señor del mundo, la novela precursora de Robert Hugh Benson con la que forma una dupla de protodistopías a las que, por cierto, se les podría quitar el prefijo sin ningún tipo de problema. En estos tiempos oscuros para la civilización, amenazada por las inteligencias artificiales y, una vez más, a punto de sucumbir ante la amenaza fascista, la ficción, siempre atenta a la realidad, aumenta el flujo de distopías. Esa rama admonitoria de la cf y el relato postapocalíptico, siempre portavoz de la catástrofe, se enfrentan en los puntos de venta con los libros decorados y la fantasía romántica, como si con sus respectivos modos de enfocar el colapso, advertencia o escapismo, qusieran imitar, más que alertar, a una realidad que cada vez se presenta más amenazante. Esperemos que nuestro futuro no repita una vez más nuestro pasado. No lo hemos olvidado, como temía el filósofo Santayana, pero los hechos se adulteran hoy con tal pericia que ese pasado aparece más cambiante que el propio futuro, y todas las desgracias repetidas parecen ahora nuevas.
 

La reciente concesión del premio Nobel al escritor tanzano Abdulrazak Gurnah es, como casi todos los años, el recordatorio de que la literatura es inabarcable, de que, por mucha avidez y empeño que un lector ponga de su parte, le será imposible llegar a todos los rincones de su vasto territorio. El reino de los libros es casi infinito y las pistas desinteresadas por las que poder encontrar sus joyas más ocultas son, a menudo, bastante escasas. La calidad se esconde caprichosamente en localizaciones diversas, en los recovecos de mil lenguas, en el laberinto de géneros clasificatorios y en los particulares modos de creación, tan ligados a la sensibilidad e idiosincrasia de las distintas culturas. Y sobre todo ello impera el elemento comercial, que lo adultera todo. Piensen, por ejemplo, en que a los habitantes de Tanzania los apellidos Unamuno, Baroja o Delibes les sonaran tan marcianos como a un español el del actual premio Nobel de Literatura, a pesar de tratarse, como sabemos, de escritores monumentales. La triste verdad es que un lector, a lo largo de su vida, sólo tendrá conocimiento de un pequeño porcentaje de todo lo bueno que se ha escrito en la historia del mundo. 
En la lucha por la notoriedad hay, en cualquier caso, literaturas que juegan con ventaja, como las escritas en lengua inglesa. No creo que haya que explicar los motivos, pero lo cierto es que es más difícil que a uno se le escapen joyas ocultas de la literatura anglosajona, o más bien de ciertos países, que de, pongamos por caso, la butanesa. Al escritor E. M. Forster pasó a conocerlo medio mundo por el cine, al ser adaptadas sus cuatro principales novelas en la década de los 80, en el breve periodo de ocho años. El gran David Lean dirigió Pasaje a la India, pero fue James Ivory quien se especializó en Forster, llevando a la gran pantalla Una habitación con vistas, Maurice y Regreso a Howards End. Se trata de uno de esos escritores ingleses clásicos, carne de la BBC, atento a las interioridades de la alta burguesía inglesa y del colonialismo británico, pero, tal como destaca el crítico Harold Bloom en su análisis del escritor, siempre desde una cierta religiosidad no dogmática, centrada más bien en lo espiritual. La única obra suya que yo había leído hasta ahora, Pasaje a la India, cuadra perfectamente con esa descripción. En ella, el hinduismo y el país son tan importantes como la peripecia y los propios personajes. Hay un hálito de globalidad y misticismo en sus historias, una preocupación por la vuelta a las esencias, una perspectiva que encaja muy bien en nuestra época. 
Pero les decía que uno nunca deja de llevarse sorpresas literarias, de descubrir cosas nuevas incluso en el campo que más ronda. El caso es que E. M. Forster, de quien este lector esperaría historias de flema y dinastía a lo Evelyn Waugh o John Galsworthy, escribió en 1909 una novelilla corta, o más bien un cuento largo, que yo no conocía hasta ahora y cuya lectura, 112 años después de su publicación, he disfrutado enormemente. Porque a pesar de su escasa longitud, apenas 55 páginas, me ha parecido la mejor obra de ciencia ficción, la más actual, que he leído en mucho tiempo. La máquina se para es interesante por varios motivos. La mayoría de ellos reside en su carácter distópico, tanto en lo que cuenta como en su significado literario. Forster describe un mundo futuro en el que la Humanidad ha renunciado a la superficie y vive en ciudades subterráneas, recluida y separada voluntariamente en apartamentos individuales. La dependencia de la civilización humana de la tecnología es total. La máquina es la gran cuidadora, tanto del bienestar de las personas como de su propia supervivencia, detalle, este último, que esa sociedad adocenada ha acabado por olvidar. Su existencia eterna al servicio de los humanos se da por sentada, su figura está comenzando a revestirse de cierta religiosidad. La máquina provee y permite que la vida, reducida a la comodidad suma, continúe. No hay casi contacto entre las personas; éstas se comunican y se ven utilizando artilugios sofisticados. El relato sólo cuenta con dos personajes definidos: Vashti, una mujer entrada en edad, y su hijo Kuno, que vive al otro extremo del mundo y le ruega que vaya a verle. Kuno es el consabido protagonista presente en toda distopía, el individuo que tiene una revelación. Tras realizar un viaje clandestino a la superficie, se da cuenta de que no viven en una utopía, sino en su reverso. Narra a su madre la experiencia que le ha abierto los ojos, pero fracasa en el intento de que ella abra los suyos. No volverá a aparecer mas que para decir una sola frase, el anuncio del fin. 
Los dos protagonistas no tienen más profundidad que la que permite la corta extensión del relato, pero cumplen su función con creces. El estilo es cristalino, sencillo. Las descripciones son funcionales, pero producen el efecto deseado. En el breve viaje en aeronave de la madre le bastan unas pinceladas para darle un toque evocador a una Tierra abandonada en su superficie; el relato del hijo tiene sus momentos de descubrimiento y de pavor. A su vez, va añadiendo los detalles de la situación interna, siempre en pro de esa gran funcionalidad narrativa. Con pocos elementos logra dotar de verosimilitud a un mundo que ignora estar al borde del caos, pero su mayor logro reside en el contenido, en los distintos tropos que componen la historia y que se convertirán en habituales, en los años subsiguientes, dentro de la ciencia ficción. De hecho, hablaría de obra seminal e influenciadora directamente si no fuera por la perplejidad que me causa no haber sabido de ella hasta ahora. En España la obra no ha tenido casi predicamento, pero es un relato que ha llegado a contar en antologías anglosajonas con lo mejor que ha dado la cf en distancia corta, al lado de cuentos escritos por los grandes nombres que cualquier aficionado lo suficientemente leído conoce. 
Pero vayamos al grano. Temas que dan cuerpo a La máquina se para y que veremos tratados de distintas maneras a lo largo del siglo. Pueden añadir las decenas que se les ocurran, estos son mis ejemplos: 
· Del sometimiento de la Humanidad a una sola fuerza omnímoda, todo el subgénero de la distopía, desde el Nosotros de Zamiatin, la “precursora” escrita dos décadas después, a Un mundo feliz, en el que Huxley propone un método de sometimiento similar, por bienestar y adocenamiento. 
· De la máquina como elemento perverso en la cima de la pirámide, nuevo dios de los hombres, desde “Respuesta” de Brown a “La Inteligencia Definitiva” de Merino, pasando por Asimov y decenas o cientos de autores (¿pero hay algún autor de cf que no haya escrito sobre la Humanidad a los pies de la máquina?). 
· De la civilización relegada al subsuelo, citando el cine por recurrir a la imagen, de La fuga de Logan a City of Ember, con las cuales comparte, inevitablemente, el final. 
· De los seres humanos rendidos al confort tecnológico y el aislamiento de sus habitaciones, en contacto pero rehuyendo el trato físico con sus semejantes, desde El sol desnudo de Asimov al Ora:Cle de Kevin O'Donnell o, mismamente, nuestro propio presente.
Porque este último es el otro asunto mayúsculo que presenta el relato. No sólo se proyecta al pasado, adelantando temáticas posteriormente sobadas por la literatura de ciencia ficción, sino que se muestra premonitorio, tremendamente atinado con el futuro. Y en esto aclaro previamente que (quienes me conocen lo saben) no le tengo ningún afecto, más bien lo contrario, al carácter visionario del género. Me interesa la literatura, y como tal, me interesa la cf como alegoría, como metáfora del presente, tal como la defendía Ursula K. LeGuin. No leo libros de cf como quien va al vidente, sino porque muestran el pulso de la realidad y la exponen desde perspectivas nuevas, inimaginables previamente a la lectura. A prever satélites estacionarios no le doy más valor que el anecdótico. Que se acierte en algo impresiona por lo bien que se leyeron los problemas de la época en la que la obra fue escrita, pero no me parece otra cosa que una anécdota menor. Sin embargo, con esta obra tengo que rendirme al acierto. No sólo porque sea gargantuesco, sino porque además de tratar un problema de nuestro presente, lo hace de una forma alegórica que proyecta la validez del peligro que anuncia hacia el futuro, hasta cobrar más sentido ahora que entonces. 
La máquina se para es la distopía que cualquier autor actual podría haber escrito para alertar sobre la preocupante y progresiva dependencia a la tecnología digital, smartphone mediante, y a las perversiones involutivas a las que podría conducir al ser humano. He de decir que, una vez más, me deja perplejo una maniobra editorial, en este caso la de publicitar este relato por su carácter visionario del confinamiento pandémico, con el que no mantiene otro parecido que la casualidad. En el relato están aislados en sus apartamentos voluntariamente y en la realidad lo hemos estado a la fuerza, obligados por una causa mayor sanitaria. Creo, sinceramente, que se han quedado muy cortos. La crítica va mucho más allá del asunto encierro, apunta hacia un camino equivocado que tomamos hace unos años. De hecho, he ido a leer el libro la misma semana en la que se produjo el “apagón” de seis horas de las principales redes sociales localizadas en internet (Facebook, Instagram y Whatsapp). Algunos testimonios dados en los noticiarios televisivos, de jóvenes confesando haberse visto perdidos, mostrando en algunos casos síntomas del síndrome de abstinencia como son la ansiedad extrema o incluso el llanto, se parecen mucho a los temores expresados en el libro. Este relato de E. M. Forster apunta en la misma dirección que las inquietudes del popular filósofo Byung-Chui Han sobre la nueva sociedad que está propiciando el uso de los smartphones. Artículos que aluden a una nueva generación muda, temerosa de hablar en directo por teléfono, o a lo que supondría una apocalíptica caída de internet, parecen inspirados en esta novela corta, tal es su capacidad premonitoria. 
La obra es especial por lo predictivo, por el peligro cierto de ese hikikomori global al que podríamos dirigirnos. Se constituye en una excelente alegoría del encierro voluntario y la falta de contacto directo, de una Humanidad cautiva de la pantalla y sus contenidos, del servicio a domicilio y la comunicación a través de redes sociales indirectas, en lo que viene a ser una lectura virtuosa de un presente situado cien años después de su publicación. También es reseñable, como enumeré, por todas las subtemáticas que la vehiculan, que serían tratadas con fruición por los autores del género durante la siguiente centena de años. Pero es que, además, no sólo se adelanta al subgénero que más distinción otorgará a la cf en adelante, la distopía, sino que la propone distinta, de forma no sólo pionera, sino, en un aspecto esencial, contraria a la que va a preponderar posteriormente. Y es que no hay villano aquí, no hay dictador en esta distopía del ser humano sometido a la máquina. Ni ésta es inteligente, ni malvada. Su estatus y presunta volición cuasi divina se los otorga la creencia de los propios sometidos. Son ellos quienes presumen existencia y designio en una entelequia. El infierno de la falsa utopía no tiene más causante que el propio ser humano, la Máquina que otorga la falsa felicidad no es más que eso, una máquina sin intención ni vida, a la que se ha otorgado el destino de los ciudadanos por dejación, por renuncia a otra cosa que no sea la felicidad material que proporciona. 
Y es que la obra es, precisamente, un aviso, un dedo que señala al peligro de rendirlo todo a la comodidad proporcionada por la tecnología, a la pérdida del contacto directo y de los valores espirituales y apegados a la tierra, a lo que hasta hace poco nos definía. No se trata de un ejercicio ludita, de un alegato antitecnológico, sino de una llamada a no perder las raíces de la humanidad, a lo que nos significaba hasta hace poco como humanos. Volviendo a las palabras de Harold Bloom, que describía a E. M. Forster como librepensador y humanista laico: "(en sus obras) Forster desea hacernos ver, esperanzado de que al ver podamos aprender a conectar con nosotros y con los demás". Un anhelo que cobra aún más sentido en nuestros días. Ya pueden levantar la vista de la pantalla.


El texto original de esta reseña fue publicado en la web de crítica C.