miércoles, 18 de noviembre de 2009

Imágenes de cf. III


"El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto."



viernes, 13 de noviembre de 2009

Reflexiones a la luz de un buen libro

Algunos de los Futurianos en 1938
Acabo de terminar la lectura de El fondo del cielo, la última novela de Rodrigo Fresán. Compleja, maravillosa, argentina. Un canto de amor a la ciencia ficción que comienza como roman à clef centralizada en la Edad de Oro y concluye como artefacto metanarrativo. Por el camino, un repaso nostálgico a las bondades del pasado del género y una atinada crítica a los defectos de su dubitativo presente interno. Este libro es, en cierto modo, una sonora bofetada para todo aquél (si aún quedara alguno) que mantenga que sólo se podrá ser un auténtico entendido si se vive o se ha hecho noche alguna vez en los dominios del aficionado, un rapapolvo para quienes crean, en su ignorancia, que las editoriales del género les deben el alma por ser ellos sus únicos clientes.
Hay vida ahí fuera, otro tipo de lectores, gente tan entendida en la historia y conceptos de la cf como lo pueda ser cualquier fandomita al uso. Fresán, de hecho, da un recital de conocimientos en las páginas de este libro, poniendo en boca de sus personajes muchas de las últimas cuestiones a debate en los foros de internet. Ballard, Lovecraft, Clarke, Dick, incluso Loriga, personajes y pedazos de la breve historia del género, trasuntados o citados directamente, campan a sus anchas por las páginas de una novela que, elaborada mediante un estilo ni fácil ni complaciente, exhibe un fondo tan profundo como el del cielo.
Cerradas sus páginas, me he lanzado raudo a buscar otras opiniones en la Red, ya saben, para confrontar pareceres y hurgar un poco en las mentes de los otros lectores. Poco hay aún, pero aquí he encontrado una apreciación que me ha conducido, por caminos diferentes a los que pretendía, hacia una reflexión al margen del libro mismo. En la web La periódica revisión dominical , dentro del párrafo que cierra la reseña, destaca esta parte del texto:

Es cierto que el escritor argentino se nutre de múltiples influencias (imposible no pensar en, por ejemplo, Roth o Bellow cuando se narra en la primera parte la historia de estos dos primos judíos, y más cuando se relata la historia de la muerte del padre de Isaac), pero (...)


Y automáticamente he pensado: se equivoca. El chaval se llama Isaac, es judio, vive en Brooklyn (no en Newark), lee ciencia ficción y va con un tal Ezra a las reuniones de los Futurianos. Así, blanco, en botella. Cierto, lo que parece sugerirse no es exactamente que los dos genios judíos se correspondan con los personajes escondidos dentro de los protagonistas, sino que en su creación quizás hayan estado ambos presentes de algún modo. Sabiendo esto, he pensado que ni aún así, que esa presunción parte de alguien al que le faltan datos, que carece del background que reclama una novela que se sumerge en reconocidos episodios históricos de la ciencia ficción. Eso es lo que he pensado en un principio y luego rectificado.
Hace tiempo que escribo críticas, reseñas, textos o como quieran ustedes llamarlos sobre libros que he ido leyendo, la mayoría de ellos, pura anécdota para el caso, de ciencia ficción. Con los años he adquirido, supongo que como todos los que las escriben, mis propias ideas sobre crítica literaria. Me sitúo muy próximo en algunos puntos a los conceptos del new criticism y, en resumen, creo que un libro se explica por sí solo, independiente a las intenciones del autor o a otros factores externos. Estos pueden ser considerados, y pueden, también, no ser considerados. Es decir, que esa interpretación que apuesta por Bellow/Roth pudiera ser tan correcta como la mía, que lo hace no sólo por Asimov, sino también por su contexto.
Fresán incluye una coda final en el libro en la cual enumera la lista de referencias sobre las que está construida la historia. En esa larga lista no están incluidos ni Roth ni Bellow. Aunque, por otra parte, nadie que haya seguido las reseñas y artículos escritos por Fresán a lo largo de los años podría negar su debilidad por ambos autores, así que nunca sabremos la influencia consciente o inconsciente que éstos hayan podido tener en la creación de los protagonistas de este libro. Porque, tal como señala J. M. Coetzee en la crítica que escribió sobre La conjura contra América, la gran ucronía escrita, precisamente, por Philip Roth:

De todas maneras, un novelista tan experimentado como Roth sabe que las historias que nos disponemos a escribir a veces comienzan a escribirse solas, después de lo cual su verdad o falsedad quedan fuera de nuestras manos y las declaraciones de intenciones de los autores no tienen ninguna relevancia. Más aún, una vez que un libro se lanza al mundo se convierte en propiedad de sus lectores, quienes, a la mínima oportunidad, alterarán su significado de acuerdo a sus propios preconceptos y deseos.


Así pues, ¿cómo quitarle la razón?
Sea como fuere, lean este libro. Si de principio les cuesta, peléenlo. Si son aficionados a la ciencia ficción no se arrepentirán.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Pellizcos

Esta no es una novela de ciencia-ficción, pero sí se nutre de la ciencia-ficción y de mi amor por un género al que, como lector, llegué temprano y del que no me iré hasta el final.


-Rodrigo Fresán-

martes, 10 de noviembre de 2009

William Gibson. Mundo espejo

Dos años hemos tenido que esperar los seguidores de William Gibson a que alguna editorial española se decidiera a volcar a nuestra lengua su última obra, Spook Country. Al final no ha sido Minotauro, su editorial de siempre en castellano, sino Ediciones Urano, dentro de Plata Negra, filial dedicada al noir, la que ha publicado la novela con traducción de Rafael Marín. País de espías -así la han titulado- pertenece, como todas las novelas escritas por Gibson, a una trilogía temática, en este caso anclada en una realidad que va apenas unas décimas de segundo por delante de la nuestra. Esta última serie, que carece aún de nombre y en cuya mitad se sitúa el nuevo volumen, comenzó con Mundo espejo, una gran novela a la que dediqué en su día la reseña que tienen ustedes a continuación, cuyo título es Días del futuro pasado.




Durante el primer lustro de los ochenta, William Gibson previó el futuro. La serie de cuentos del Sprawl, que culminaría en formato largo con la seminal y germinal Neuromante, constituía un adelanto de lo que le esperaba al mundo en un futuro ultra cercano. Tras finalizar aquella visionaria serie de cuentos y novelas, fundadores oficiales del ciberpunk, Gibson inició un viaje temporal en sentido inverso, en dirección a nuestro presente. Mientras la realidad cotidiana avanzaba, la ficción contenida en sus nuevas creaciones literarias retrocedía. Era pues, inevitable, que ambas se encontrasen en esplendente colisión, evento que ha tenido lugar, al fin, en este Pattern Recognition, novela cuyo título ha sido (incorrectamente) reconvertido en su versión española como Mundo espejo.
Aunque podía presuponerse lo contrario, la huida hacia el presente no ha alejado a Gibson de la ciencia ficción. Su capacidad visionaria para encontrar la extrañeza en lo que nos rodea, representada con el poderío estilístico que caracteriza toda su obra, transmite al lector la misma sensación de futuro que en novelas anteriores. Su forma de describir el presente provoca la impresión de que se vive ya en el porvenir. En el presente especular de Gibson, la realidad tecnológica va por delante del hombre, crea nuevas actitudes sociales (como en el Japón moderno, rendido a ese consumismo que predijera Yasuo Tanaka en los ochenta) y propicia formas de pensar modernas edificadas sobre los desechos de las viejas fórmulas (como en la nueva Rusia). Así presenta Gibson a esos países, en los que sitúa a su protagonista Casey (auto homenaje evidente) Pollard, cazadora de tendencias que se gana la vida gracias a un don peculiar: Casey es capaz de reconocer las pautas que anuncian cambios en la moda —de nuevo nos hallamos ante el punto nodal gibsoniano— y distinguir si una nueva idea lanzada al mercado tendrá éxito o no. Como contrapartida, padece una extraña fobia a las marcas, una patología que la conduce a episodios repentinos de pánico ante la visión de populares iconos publicitarios (como, por ejemplo, el orondo muñeco de Michelín).
Casey es, sin duda, uno de los mayores aciertos de la novela. Provoca una formidable respuesta empática en el lector y, a pesar de su disfuncionalidad (o por ella), despierta la simpatía inmediata de todo aquel que haya sufrido el acoso de la publicidad y el marketing actuales (es decir, de cualquier persona). La trama principal se asienta sobre la principal afición de Casey: el denominado metraje, los trozos sueltos de una película anónima que aparecen esporádicamente en distintos sitios de Internet. La obsesión por el metraje ha creado una corriente de seguidores a lo largo de toda la Red, y Casey es contratada por un magnate empresarial para encontrar a los creadores de lo que él considera la campaña de marketing de mayor éxito del nuevo siglo. A través de esa búsqueda, Gibson sitúa al lector en el mundo futurista actual. Lo hace mediante su estilo trabajado, detallista, hábil en la construcción atípica de las frases, inmediato gracias al uso que hace del tiempo narrativo en presente, que junto a la referencia continua a la cultura de marcas entronca con el mejor Brett Easton Ellis, aunque carente de su escabrosidad. Esa referencialidad comercial confiere una pátina de autenticidad necesaria a la trama sin la cual Mundo espejo perdería gran parte de su enfoque realista. En ese mismo afán, se incluyen referencias al 11 de septiembre, que carecen de gratuidad y aportan una sensación de tremendismo sin que, de ese modo, haga falta echar mano de la ficción.
Se trata, sin duda, de la obra más redonda de Gibson desde Neuromante. Sus novelas se han caracterizado generalmente por concederle una mayor importancia a la singladura que al desenlace. Los libros de Gibson se disfrutan por su original estilo literario, por su forma vanguardista de contar y ver nuestra realidad, y por la posibilidad que ofrece de poder circunnavegar, junto a él, parajes tecnológicos extraños y decadentes. Pero en esta ocasión, además, hay una culminación significativa que nos empuja a reflexionar sobre la importancia del arte en nuestra cultura posmoderna y la transformación a la que la han sometido la tecnología actual —con Internet a la cabeza— y la «nueva economía». La novela evalúa la importancia de la Red en nuestras vidas y en cómo está cambiando la cultura mundial, creando nuevas escalas de valores y formas de vida. Gibson se ha acercado esta vez al presente para mostrarnos la transformación de la conciencia social actual.
Mundo espejo ha supuesto todo un éxito para Gibson. Será llevada al cine próximamente, parece que con un presupuesto elevado. La crítica generalista norteamericana la ha cubierto de elogios, sin saber realmente dónde situarla: thriller tecnológico, mainstream vanguardista, obra pynchoniana o No Logo en clave de ficción... Epígrafes para todos los gustos. Lo cierto es que Gibson no es etiquetable y su ficción sigue creciendo. Cabría preguntarse por otro lado, si me permiten una reflexión tan anecdótica, si quienes le negaron a Neuromante la pertenencia a la ciencia ficción por las lagunas informáticas del autor calificarán Mundo espejo como obra hard por su rigurosa descripción de Internet y su funcionamiento.
Volviendo al libro, la editorial Minotauro, que ha editado en exclusiva toda la obra de Gibson en castellano, cambia por primera vez de traductor. Esto no es motivo de queja. Sí lo es el cambio de título, menos apropiado que el original. Pattern Recognition hace referencia a la habilidad de la protagonista, cuya profesión es el consabido reconocimiento de pautas o patrones. El nuevo título proviene de una cita de la novela que sólo se refiere al Reino Unido, donde transcurre un tercio de la acción y que, en opinión de Casey, es una distorsión especular de los EE.UU., y no del mundo, como pretende el texto de contraportada. No está prohibido cambiar un título cuando procede, pero sí es reprochable hacerlo innecesariamente, por criterios comerciales, como viene haciendo Minotauro en los últimos tiempos.


La versión original de esta reseña fue publicada en el nº 41 de la revista Gigamesh.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Imágenes de cf. II

"Pensé en todos aquellos desperdicios, en los plásticos que se agitaban entre las ramas, en la interminable ristra de materias extrañas enganchadas entre los alambres de la valla, y entrecerré los ojos e imaginé que era el punto donde todas las cosas que había ido perdiendo desde la infancia habían arribado con el viento, y ahora estaba ante él, y si esperaba el tiempo necesario una diminuta figura aparecería en el horizonte, al otro extremo de los campos, y se iría haciendo más y más grande hasta que podría ver que era Tommy, que me hacía una seña, que incluso me llamaba."


lunes, 2 de noviembre de 2009

Jorge Camacho. Al margen de pensamientos sobre la demolición de casas

Hace ya tiempo que debería de haber colgado en este espacio alguna de las piezas escritas por Jorge Camacho, consumado poeta y gran amigo mío desde la adolescencia. En la sección donde guardo los borradores duerme, casi desde los inicios, una entrada que pensaba dedicar a la reseña de Eklipsas y Saturno, las dos antologías bilingües en las que se recogen sus principales trabajos. Me temo que pasará aún más tiempo hasta que la despierte, así que ahí tienen, como adelanto, uno de sus poemas. Podría haber elegido cualquier otro, todos ellos brillantes, pero éste en concreto ilustra de modo magistral una vivencia mía reciente.
En ocasiones, la aflicción interna que genera el paso del tiempo no proviene del envejecimiento personal, sino del contraste. Del frío y ajeno contraste. Porque uno ya es otro, y sin embargo el río, revisitado tras muchos años, sigue siendo el mismo.




Al margen de pensamientos sobre la demolición de casas


(Me recuerdo, o lo recuerdo a él, con diez años
el día de la mudanza
a la nueva vivienda en la ciudad extraña,
esperando a que desembalen el sofá
para sentarse a leer de un tirón el libro escogido
de la caja recién llegada y recién abierta.

Con vaguedad
recuerdo al muchacho de diez años
que, absorto, lee “Cómo murieron Hitler y los suyos”
mientras muebles y enseres
ocupaban los espacios vacíos, vírgenes.

Y recuerdo también que, casi 30 años más tarde,
otro yo algo más curtido por la vida,
ambihuérfano y quizás más maduro,
volvió por última vez al mismo piso,
al de los padres, ya vendido,
sin enseres ni muebles,
frío y luminoso.

Como escribió Miguel Espinosa,
las historias principian realmente
por el final.

Es decir, sólo el segundo paréntesis
permite apreciar la sutil curvatura del primero.)





Poema incluido en la antología Eklipsas.

martes, 27 de octubre de 2009

Imágenes de cf. I


"Ni siquiera la extraordinaria potencia luminosa de la bengala fue capaz de iluminar la extensión completa de la enorme cavidad, pero al menos pudo ver lo suficiente para seguir la trayectoria y apreciar su titánica escala. Se encontraba en uno de los extremos de un cilindro hueco, de lo menos diez kilómetros de ancho y de largo indefinido. Desde su punto de vista en el eje central alcanzó a divisar tal cúmulo de detalles en las paredes curvas a su alrededor que su mente no pudo absorber más que una mínima fracción de ellos; estaba contemplando el paisaje de un mundo entero a favor del simple resplandor de un relámpago, e intentó con un deliberado esfuerzo de voluntad congelar la imagen en su mente."





viernes, 23 de octubre de 2009

Errare humanum est?

Hay libros que se adquieren por error. Hasta el lector más bregado puede caer en él cuando se es presa de un cruce de informaciones equívocas. A la mayoría de ustedes, librófagos empedernidos, les sonará esto, pero ya que siempre hay algún comprador infalible entre el público, ahí va un ejemplo aclaratorio. Está, como suele avisarse en esos aterradores telefilmes de sobremesa que tratan sobre familias destrozadas, basado en hechos reales.
Nunca me he considerado un intolerante a la hora de consumir, o incluso devorar, productos artísticos y culturales. Soy muy ecléctico, y eso siempre es un garante de comprensión y respeto al prójimo. Entiendo que haya gustos distintos porque a mí también me gustan cosas muy diferentes, que a veces se encuentran en extremos diametralmente opuestos del espectro cualitativo. Sin embargo, una cosa muy distinta es la valoración objetiva de ese producto que te gusta. Por decirlo de algún modo, siempre entenderé la afición por la basura; lo que no admitiré de ningún modo es que, para dignificar ese gusto propio, luego se niegue que la basura sea tal cosa. El gusto es subjetivo, la calidad intrínseca de una obra de arte no lo es. Si te gusta la basura, te gusta la basura. Así, sin complejos, pero siendo siempre consciente de que se trata, al fin y al cabo, de basura.
Bien, dejemos de divagar. ¿A qué viene realmente todo esto? Pues verán, tengo, como mucha gente, afición por ese tipo de cine denominado palomitero. Sé valorar, tanto en un libro como en un filme, el factor entretenimiento en su justa medida. Al fin y al cabo, se lee y se va al cine para divertirse, aunque luego esa diversión provenga, dependiendo de cada cual, del ámbito intelectual o del puro aspecto lúdico. En el segundo de los casos, mi campeón se llama Roland Emmerich, artífice de esos desaforados blockbusters titulados Godzilla, Independence Day y El día de mañana. Me pirran esas superproducciones catastrofistas, apocalípticas, definitivas, repletas de efectos digitales y destrucción a mansalva. Esa es la razón por la que espero con cierta ansiedad el estreno en nuestros cines de 2012, la última megaproducción dirigida por el alemán. Más despúes de ver el espectacular trailer promocional.



Pues bien, el anuncio de este tour de force de lo cataclísmico ha sido el desencadenante de mi error. El guión de la anterior producción de Emmerich, El día de mañana (The Day After Tomorrow), estaba inspirado en el libro The Comming Global Superstorm, escrito a cuatro manos por Art Bell y Whitley Strieber, quien luego, en solitario, se encargaría de realizar la adaptación literaria de la película. El año pasado, la editorial Minotauro tradujo al español una novela de Strieber titulada 2012, The War for Souls, y la publicó como 2012, a secas. La asociación fue para mí inmediata. En cuanto conocí el proyecto de Emmerich, deduje que se trataba de una nueva colaboración, y corrí a hacerme con el libro. Craso error: la película cuenta con un guión original y no se basa en libro alguno. De hecho, la adaptación que yo buscaba pertenece a otro proyecto, de momento cancelado. Iba ser realizada por Michael Bay respetando su título original, War for Souls, hasta que Emmerich se le adelantó.
Me reprocharán ustedes, y con razón, que no indagara, que no recolectara datos sobre la veracidad de esa posible adaptación. Debería de haber investigado, haber buscado en sitios bien informados de internet la confirmación de mis poco fundamentadas sospechas. Y más teniendo en cuenta que la fiebre por el 2012, año en que todo finalizará según los mayas, compite con los mismísimos Larsson o Hipatia en volúmenes y títulos en nuestras librerías. Comparto todos esos reproches desde el mismo momento en que me di cuenta de mi error. Es cierto que el retoque en el título por parte de la editorial puede llamar un poco a engaño, pero no, debería haberlo comprobado, haber ido a la fuente misma. Y la verdad es que, ahora que lo pienso...
Ahora que lo pienso, resulta que sí lo hice.
Si entran ustedes en la web de Scyla, diseñada por Planeta Ad Network para Timun Mas y Minotauro, las dos filiales dedicadas a la literatura fantástica, podrán contemplar la misma (des)información que me condujo a mí al error y me impidió cotejarlo. Al fin y al cabo, si la misma editorial que ha sacado el libro te dice que en éste se encuentra el origen de cierta película, tú no lo pones en duda. Sería una enorme equivocación si no fuera cierto, ¿no? Podría incluso ser catalogado de maniobra intencionada para ganar lectores. Más si sumamos la información complementaria, como la insólita entrevista realizada a Amanda Peet.

La página
La entrevista


Sí, no es su ordenador, no se preocupen: el equivocado trailer insertado en esa equivocada página tampoco funciona. He de aclarar, antes de nada, que no pienso que haya habido mala fe, sino chapuza. El guión de Emmerich trata del apocalipsis maya, se titula 2012 e incluye universos paralelos*. Si Strieber podría acusarlo de plagio, es otra cuestión, pero para evitar errores propiciados por este tipo de semejanzas está el trabajo profesional. Tras haber asumido desde la perplejidad asuntos como el del quinto volumen de los Cuentos completos de Dick, o el de la página de El prestigio, al que me referí hace tiempo, ya no me sorprende absolutamente nada de lo que provenga de esta editorial, antaño la más distinguida de entre las dedicadas a la ciencia ficción en este país. Ya ni siquiera hay que profundizar en el producto, en los libros, en la nueva línea editorial y su giro hacia lo magufo. No hace falta, se ve desde fuera. Estos detalles de "profesionalidad" retratan a una empresa.
Esta vez el coste personal ha sido cuantioso: tiempo invertido en un libro que nunca pretendí leer. En breve podrán echarle un ojo a la reseña. Como adelanto les diré que hay ocasiones en las que un error da como resultado un placer inesperado. Esta no ha sido una de ellas.

* Recién llegado de ver la película, a día 15 de noviembre, me he percatado, a pesar de que en algunos sitios norteamericanos así estaba reseñado, de que no hay presencia de universo alternativo alguno en el guión de la película, con lo que la confusión adquiere ya tintes tan apocalípticos como los de la película.

jueves, 15 de octubre de 2009

Eduardo Vaquerizo. La última noche de Hipatia

A nadie se le escapa a estas alturas que el mundo del libro es, antes que nada y ahora más que nunca, un negocio. No se hacen extrañas, por ello, las maniobras editoriales que suelen gestarse en torno al último fenómeno social, sea éste real o mediático, ni tampoco las aglomeraciones en las librerías de títulos dedicados a un mismo tema, a algún evento reciente o por llegar, de presumible impacto y con capacidad para arrastrar a un gran número de compradores a las tiendas. El consumidor tipo de esta fiebre coyuntural es, además, un cliente fácil. Exige poco en lo literario, pues lo que realmente busca en el libro es profundizar en ese tema concreto que le ha empujado a la lectura. Quiere que le cuenten una historia basada en eso que tanto ha captado su atención, quiere que sea amena, entretenida y, sobre todo, que no se le exijan esfuerzos. Es decir, quiere un best-seller, y las editoriales, por supuesto, corren a satisfacerle con gusto.
Rachel Weisz es Hipatia en Ágora, el filme de Alejandro Amenábar
Sucede que, entre tanto libro cortado por el mismo patrón, a veces se puede encontrar alguno que huye de lo convencional, que da una visión distinta, más arriesgada. Acabamos de asistir a la "fiebre Hipatia" (decir hipática sería colocarse demasiado cerca de la malsonancia) provocada por el estreno de Ágora, la película que Alejandro Amenábar ha centralizado en su figura histórica. En menos de un mes ha aparecido más de una decena de libros dedicados a ella. Si ustedes buscan uno distinto, diferente, acabarán por toparse con La última noche de Hipatia, de Eduardo Vaquerizo. No se trata de algo casual, ya que no estamos ante la típica novela de encargo al uso. Su origen se encuentra en un relato algo más corto escrito ya hace algunos años, uno de esos proyectos que todo escritor deja reposar en el cajón en espera del momento oportuno.


Alejandría, siglo IV de nuestra era. La ciudad se ve sacudida por los vientos de la historia. La tradición helenística de sabiduría y razón se encuentra amenazada por el nuevo poder de la Iglesia.
Hipatia, filósofa y matemática, amada por todos en la ciudad, es la responsable de la Biblioteca, último baluarte de la ciencia. Cuando un nuevo discípulo que dice venir de tierras lejanas se presenta ante ella, la inteligente Hipatia advierte enseguida que oculta un secreto. En efecto, se trata de alguien que ha recorrido los abismos del tiempo para encontrarla... y tal vez salvarla.


Las principales características que hacen de Hipatia un personaje fascinante son dos: su condición de mujer en el mundo antiguo (fue uno de los grandes iconos para la revolución feminista del pasado siglo) y su posición como baluarte de la ciencia y el conocimiento en un momento crítico de la Historia. Vaquerizo ha cruzado de puntillas por encima del primer asunto para centrarse en el segundo. Aunque no descuida al personaje, muestra una mayor querencia hacia el contexto histórico y ese crisol de culturas y religiones que fue la ciudad de Alejandría. Acomete la narración poniendo el acento en lo personal, podría decirse que casi desde el intimismo. Su acercamiento a la historia, por tanto, se aleja radicalmente del propuesto por los escritores de best-sellers.
El escritor madrileño renuncia a la parafernalia externa, al alboroto de las calles, a la pirotecnia y la acción, para emplearse a fondo en la descripción del mundo interior de los diversos personajes. Con ello busca proporcionar al lector una inmersión distinta, de corte más personal, en el pasado alejandrino. Utiliza a cuatro de esos personajes, los tres mejor situados en aquellos sucesos más la protagonista, para mostrar al lector, desde sus respectivas miradas, la suma de factores que condujo a los violentos hechos históricos. Vaquerizo cuenta con ventajas a su favor para conseguir su objetivo, la mayor de ellas, sin duda, su sugerente prosa. Muestra un gran dominio del vocabulario antiguo, y sabe aplicarlo espléndidamente dentro de un tono melancólico y fatalista que realza el contexto histórico y adereza la singladura del lector con tonos ocres.
La calidad de la prosa se vale por sí misma para combatir uno de los puntos más arriesgados de la narración, uno que imaginarán por ya haber sido mencionado. Y es que la falta de momentos de acción en la trama obliga al imperante discurso introspectivo a tirar del carro. Debido a esto, la sensación de relato alargado se hace evidente en ocasiones, aunque no llega a pesar nunca debido al atractivo que, sin interrupción, dimana de la buena escritura del autor.


Ahora mi paisaje es por siempre el verano infinito de Alejandría, el gañir de las gaviotas al anochecer mientras la luz muere en el olor del aceite de los candiles, y la brisa marina sopla fresca, arrastrando las miasmas del calor diurno. En ese paisaje vive ella, sumergida en ese aceite de tiempo, vieja piedra y sensaciones atemporales.


La potente, evocadora prosa de Vaquerizo, plena de eufónicas comparaciones e imaginativas metáforas, lleva en volandas al relato por sí misma. Sin embargo, es también causa de una debilidad puntual. La decisión de utilizar como vehículo de la narración los pensamientos de cuatro de sus personajes conlleva un gran riesgo. No estructural, sino estilístico. El prefecto Orestes, el fanático Cirilo, la mismísima Hipatia y Marta, la viajera temporal, se expresan en primera persona. Y lo hacen con una sola voz, con la misma voz. Paradójicamente, la fuerte personalidad estilística resalta este defecto y lo hace más notorio.
Lo que salva sin complicaciones el autor es la discontinuidad cronológica, esa misma que impide al filme de Amenábar ser una obra redonda. Allí donde el director decide partir su película con la interposición de un breve texto aclaratorio, el escritor recurre a una solución propia de la ficción histórica. Como hiciera Thornton Wilder en Los Idus de Marzo, Vaquerizo opta por la libertad de creación, y salva los años que separan la toma de la Biblioteca y la muerte de Hipatia anulándolos. Fusiona ambos hechos e informa de ello en una nota final en la que menciona a Carl Sagan, inspirador también, no por casualidad, del realizador de Ágora.
Mencionado Sagan, hay que recordar también a todo aquél que no haya querido leer el pequeño texto en la cubierta del libro, que La última noche de Hipatia es una novela de ciencia ficción, y con una larga tradición detrás de ella además. A medio camino entre La patrulla del tiempo, de Poul Anderson, y El libro del día del juicio final, de Connie Willis (y para quien prefiera otro tipo de referentes, ahí está Caballo de Troya, de J. J. Benítez), cuenta con una protagonista de nuestra propia época que decide ingresar, más o menos voluntariamente, en una suerte de agencia temporal para viajar a un punto decisivo del pasado. El carácter introvertido de la protagonista casa perfectamente con el tipo de narración, y el artificio del agente temporal engrosa esa característica de novela diferente, pues la identificación del lector siempre es más fácil con un personaje de la propia época.
También pertenece a la cf el cuento titulado Habítame y que el tiempo me hiele, incluido en el volumen como complemento de la novela, detalle pertinente, pues comparte universo y personajes con ella. Se trata de una breve pieza publicada hace años, que empieza mejor que acaba y que contiene una idea francamente interesante. Según el autor, constituye un raro fix-up (por el número de historias: dos), y añade otro toque muy particular a un libro que, desde luego, es diferente al resto de los publicados con motivo del relanzamiento cinematográfico de Hipatia.

martes, 13 de octubre de 2009

Neal Stephenson. Snow Crash

Acaba de ser publicada en nuestro país Anatema, la última novela escrita por ese adalid de la incontinencia narrativa llamado Neal Stephenson, un éxito de ventas en EE. UU. del cual hice un breve apunte hace unos meses. En los primeros párrafos de la consabida presentación del libro, Miquel Barceló dedica uno de sus inocentes comentarios a la que es, para su gusto, la peor novela de Stephenson hasta la fecha, la por otra parte enormemente popular Snow Crash. La califica de "juvenil", y no seré yo quien le lleve la contraria esta vez. Es más, esa fue precisamente la valoración que hice de ella hace años, cuando escribí el texto que viene a continuación. Después de lo leído en Prospectiva la semana pasada (qué humor tiene usted, señor Marín), su apertura se me antoja rara, incluso chocante. Que ustedes lo disfruten, aunque sólo sea por la contemplación de esos arcos coincidentes en las cubiertas de ambos libros.



El ciberpunk, tal como lo entendemos los aficionados a la ciencia ficción literaria, vino al mundo de la mano de William Gibson. Y poco importa si fue el cuento "Johny Nemonic" en 1981, o la novela Neuromante en 1984, quien debería correr con la gloria de haber sido la primera obra de esa nueva tendencia. Lo que está claro es que, gracias a los cuentos de Gibson y a su posterior Trilogía del Sprawl, un nuevo y polémico subgénero vino en la década de los 80 a refrescar para algunos y denigrar para otros, a sacudir en definitiva, el panorama de la ciencia ficción mundial.
A su vera, nuevos autores fueron incorporando sus propios estilos a las bases marcadas por Gibson en sus obras hasta el punto de que esta nueva corriente, con apenas 10 años de existencia, siempre fiel a sí misma, fue presuntamente finiquitada para ser, acto seguido, inmediatamente resucitada. Conforme a esas eternas modas etiquetadoras que tanto gustan, la nueva visión del efímero subgénero fue denominada de diversas maneras, bajo nombres como ciberpunk de segunda generación, post-ciberpunk y otras lindezas. Neal Stephenson pasó a ser reconocido como uno de sus principales abanderados.
Si Snow Crash, tercer libro del autor, ha de responder a un calificativo, éste ha de ser el de ruidoso. Escrito con un ritmo alocado y un pulso que busca dejar sin resuello, la novela de Stephenson convierte la utilización del tiempo presente, sazonado con la aparición de no pocos tacos, en una oda a la velocidad y el estruendo, a la acción más desenfrenada en un marco irrepetible; tal y como fue concebido, puro cómic, aunque sin viñetas. Todo ello apoyado en una parafernalia macarra en la que hackers informáticos, jovencitas en monopatín, ciborgs caninos y mafiosos fabricantes de pizza luchan, espadas y monopatín en mano, contra megalómanos sin escrúpulos, organizaciones estatales deudoras del Gran Hermano de Orwell y hordas tercermundistas dispuestas a desembarcar por la fuerza en unos EE. UU. disueltos en mil franquicias distintas. Y, curiosamente, paralelo a ese fragmentado, desquiciado y próximo mundo que Stephenson tan bien describe, se encuentra el Metaverso, la otra cara de la moneda.
Mucho más blando y riguroso que el ciberespacio de Gibson, el Metaverso es una auténtica aldea global, bastante más tranquila que el mundo real. El caos intentará invadir este nuevo paraíso virtual por medio de una extraña droga informática que sólo afecta a los programadores: el snow crash. Si Neuromante es crucial en la estética de esta novela, la inspiración creadora de su núcleo central parte de otro libro importante de finales de los 80: El gen egoista. En él, Richard Dawkins recoge y da forma a un puñado de revolucionarias teorías que refieren el evolucionismo de la transmisión cultural como algo vivo y análogo a la evolución biológica, llegando a dar nombre a un concepto que ganaría popularidad rápidamente: el meme.
Stephenson utiliza las teorías de Dawkins acerca de la autorreplicación de las ideas como algo vírico y las aplica a su novela, sumergiéndolas en la antigüedad y los mitos sumerios y rescatando del olvido a sus viejas deidades perdidas. Para el autor de Snow Crash, la información es un virus que se autopropaga por imitación. El cerebro humano es tan programable como el electrónico, y los viejos dioses lo sabían. El truco, tan sencillo como evidente, consiste en conocer el lenguaje de programación. La lucha por conseguir ese lenguaje es lo que cimenta la novela.
Su protagonista (Hiro Protagonist), comienza como un simple repartidor de pizza y acaba como "el héroe de todas las cosas", dejando por el camino unos cuantos fiambres y, sobre todo, mucho ruido. En una escatimada conclusión, el autor nos propone la muerte de uno de los tipos más peligrosos que jamás hayan pisado una novela del género, a manos no del protagonista, sino de quien menos se espera. En un inexplicable cambio de opinión, como si fuera a existir una segunda parte, Stephenson lo deja precisamente en eso: una propuesta. Con un final fiel a sí mismo, es decir, veloz, Snow Crash deja una alegre sensación de divertimento más propia de otros medios muy distintos del escrito. Pero también hay que hablar de otras cosas.
Entre el maremagnum de armas increíbles, tipos duros, gadgets asombrosos, chistes ocurrentes y acción ininterrumpida, el verdadero tema central acaba apareciendo quizá demasiado tarde. Es tanto el ruido inicial que los árboles no dejan ver el bosque hasta la mitad del libro, cuando tanta cáscara (espectacular pero vacía), comienza a cansar un poco. Una mejor integración de la historia memética con los omnipresentes fuegos artificiales habría convertido el producto en algo superior.
En todo caso, Snow Crash es una obra innovadora que hace evolucionar al renacido ciberpunk por los caminos de la novela juvenil de aventuras, sustituyendo la atmósfera noir por el más puro rock and roll. Neto entretenimiento para lectores con ganas de pasar un buen rato. Puro cómic.


El texto original de esta reseña fue publicado en el Sitio de Ciencia-Ficción.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Postpoesía

Fue el genial guionista y dibujante Frank Miller (cuyo All Star Batman me ha parecido sumamente interesante, lo siento) quien, según la mayoría de fuentes consultadas, dijo aquello de "Metropolis is New York in the daytime; Gotham City is New York at night" ("Metrópolis es Nueva York por el día; la ciudad de Gotham es Nueva York de noche"). Con esta analogía quería recalcar tanto el carácter ciclotímico de la Gran Manzana como el origen real de las dos ciudades imaginarias más representativas del universo DC, ése en el que Superman y Batman, dos de los superhéroes de cómic más populares, batallan diariamente en defensa del bien.

En 2006, el gran Enric González publica Historias de Nueva York, que junto a Historias de Londres forma parte de lo que el denomina "guías de contexto sobre una ciudad". Entre los detalles de su crónica, de su peculiar visión de lugares y gentes, comete un pequeño desliz. Un desliz del que no sólo se percatan los lectores del libro que aman el cómic, sino también los lectores de algunas páginas web que lo reproducen en internet.
En octubre de 2009, hace una semana concretamente, la revista dedicada al mundo del libro Qué leer sale al mercado con un interesante contenido. A destacar, una entrevista a Agustín Fernández Mallo, la vanguardia de la vanguardia, quien escribe además un reportaje en el que da una breve visión postpoética de Nueva York. En la introducción, el hombre Nocilla se macula con un patinazo que vuelve a airear el ya olvidado error del pobre Enric:

"Como recuerda Enric González en su magnífico Historias de Nueva York, en los cómics de Marvel se redefinía urbanísticamente NYC de la siguiente manera: la* Metrópolis, el hábitat de Superman, ahí nunca es de noche; Gotham, el sur de Manhattan, reino de la oscuridad y de Batman; Harlem, sólo es eso, Harlem".


De Miller a Mallo, de DC a Marvel, su contraria y competidora. ¿Una idea mareada por tanto transporte?, ¿un meme mutante con mala baba?, ¿una provocativa argucia de escritor?, ¿corporativismo con el ínclito señor Foix?
¿Postpoesía?

*El artículo determinado femenino del singular, que connota un gran conocimiento del cómic, es un aporte del gallego. No todo va a ser copiar y mezclar, que lo postmoderno también necesita material nuevo.

martes, 6 de octubre de 2009

Bernard Beckett. Génesis

Esta novela corta publicada por Ediciones Salamandra es un claro exponente del estado actual de las cosas, la evidencia de un hecho incontestable que sólo niegan a estas alturas los pocos aficionados que, rebujados en una nostalgia parasitaria o enquistados en intereses infantiles, no quieren ver más allá de sus narices. Desde hace casi un lustro, la normalización del género literario de la ciencia ficción es una realidad, como lo es también que el mayor coste que ha tenido tal triunfo ha sido la elusión de su propio nombre. Lean ustedes, si no, el texto con el que esta editorial generalista promociona en la contracubierta una novela cuyos hechos transcurren en el futuro, concretamente en la segunda mitad del siglo XXI, y cuyo entramado distópico sirve poco menos que de acompañamiento a su objetivo real, la Inteligencia Artificial y sus implicaciones metafísicas: "Emocionante fábula especulativa, thriller filosófico y meditación humanista, Génesis es una obra fuera de lo común que escapa de toda etiqueta".


En un futuro no muy lejano, una estudiante llamada Anaximandro se presenta al riguroso examen de ingreso en la Academia, el órgano de gobierno de la utópica sociedad en la que se ha criado. A lo largo de varias sesiones extenuantes, las preguntas del tribunal, que suscitan importantes cuestiones éticas y filosóficas, la llevarán a descubrir una verdad que hará tambalear los cimientos sobre los que se asienta su mundo.


Las derivaciones de esa normalización antes citada, de esa ampliación a nuevos tipos de lectores, ha afectado no sólo al distintivo del género, sino también, colateralmente, a sus aficionados más antiguos. Algunas de las ideas que sustentan a estas novelas no son nuevas. De hecho, para el lector especializado tienen ya muchos años, y sin embargo están sorprendiendo y emocionando a estos nuevos lectores, e incluso a escritores y críticos que, inocentes, poco o nada bregados en la cf, las ven como dechados de originalidad. Recordemos, por ejemplo, el asunto de Philip Roth, quien aseguró que lo que él había intentado con La conjura contra América no se había hecho jamás. Seguramente, el genio norteamericano se refería a otros asuntos concernientes a la creación literaria, pero lo cierto es que algunos aficionados se indignaron al interpretar que lo que intentaba era arrogarse la invención de la ucronía, un subgénero de la ciencia ficción con muchos años ya a cuestas. Y es que la reacción del aficionado suele responder a dos tipos de actitud: reaccionaria (indignación, sarcasmo, abandono de la lectura) y constructiva (leve sonrisa, aprovechamiento de las otras cualidades del libro).
Génesis va a poner de nuevo a prueba esa bipolaridad, pues aunque utiliza material manido, cuenta con un desarrollo interesante. El giro final, ese que tanto ha epatado a los nuevos lectores, se hace evidente para cualquier seguidor de la cf muchas páginas antes. La idea central más brillante no es más que la enésima revisión de los memes de Dawkins, aunque hay que admitir que de una forma sumamente atractiva. Quizás el ejemplo que utiliza uno de los personajes para explicarlo, el nada original "enigma de la habitación china", no está tan bien expuesto como para aclarar nada, pero el diálogo que mantienen dos de los protagonistas, hombre y máquina, cuenta con suficientes puntos de interés como para que atraiga al lector. Los datos que se dan de la sociedad utópica tampoco son frescos, y hay que estirarlos mucho para que la línea de actuación del protagonista pueda encajar dentro de lo creíble, pero hay que reconocer que eso se da incluso en las grandes distopías del género.
La conclusión tras todo esto induce a pensar que la pega principal de esta novela estriba en su fecha de creación, en el retraso que lleva con respecto a la historia evolutiva del género. De haberla escrito su autor el siglo pasado, no me cabe duda de que habría sido publicada en una colección de género, pues se trata una clásica novela de cf que por su naturaleza podría haber encontrado acomodo, con toda normalidad, dentro de la New Wave. Forma y contenido remiten a los años 60 y 70, tanto por el método narrativo, un examen académico que a modo de entrevista va desarrollando la historia, como por la temática elegida, que hurga en la definición misma de ser humano e indaga en algunas de las cuestiones internas y esenciales del Hombre, como son la conciencia y la identidad.
En el momento actual, Génesis constituye para el lector común una lectura rápida, compleja por las ideas que expone, brillante en su inesperado giro final e incluso provocativa y emotiva a ratos. El lector de ciencia ficción con conocimiento del género se va a encontrar, sin embargo, con un compendio de temas ya vistos anteriormente, con ciencia ficción de calidad pero poco original, que cuenta, además, debido a la edad de sus protagonistas y a alguna línea enaltecedora, con un cierto tono juvenil. Eso sí, el final, el auténtico final más allá del giro inesperado, contiene bondades suficientes (bondades terribles) como para gustar a ambos independientemente de su bagaje.

sábado, 3 de octubre de 2009

Haruki Murakami. After Dark

En espera de que la siempre eficaz Lourdes Porta acabe de traducir 1Q84, la gargantuesca novela orwelliana en cuya creación Haruki Murakami ha invertido estos últimos cinco años, los numerosos seguidores del escritor japonés podemos deleitarnos leyendo sus dos últimas obras After Dark, de Haruki Murakamipublicadas en España. Una de ellas es Sauce ciego, mujer dormida, una suculenta colección de relatos que se cuenta entre los finalistas del premio Xatafi-Cyberdark; la otra, After Dark, una deliciosa novela corta en la que abundan esos peculiares planteamientos narrativos, marca de la casa, que tan atractivos les resultan a los lectores del escritor nipón. Como habrá una ocasión más pertinente para reseñar la antología (quizás cuando gane, si gana, el citado premio en la categoría de novela (?)), me limitaré en esta ocasión a escribir una sucinta crítica de After Dark, una breve y rara perla que deja, durante su lectura, un notable regusto cinematográfico.
La presencia del cine en esta novela no resulta, por supuesto, inesperada. Murakami ya ha demostrado en sus anteriores narraciones la admiración que profesa al séptimo arte, tanta como a la música pop o el jazz, que en esta ocasión aporta incluso el título. Si en Al sur de la frontera, al oeste del sol, fascinante reinvención por momentos de la magistral Vértigo, se podía vislumbrar la presencia de Alfred Hitchcock en numerosos episodios de la trama, en After Dark se nos aparece el espíritu inasible de David Lynch, quizás la imagen especular desde el punto creativo de lo que constituye Murakami en el mundo de la narrativa. Desde el plano secuencia cenital con el que se inicia la novela hasta los extraños episodios oníricos, cuyas descripciones vienen dadas por travellings circulares, casi más filmadas que escritas, o incluso la presencia gráfica de relojes en la cabecera de cada uno de los capítulos, todo transcurre con un lenguaje que se antoja más fílmico que literario.


Cerca ya de medianoche, Mari, sentada sola a la mesa de un restaurante, se toma un café, fuma y lee. Un joven la interrumpe: es Takahashi, un músico al que ha visto una única vez, en una cita de su hermana Eri, modelo profesional. Ésta, mientras tanto, duerme en su habitación, sumida en un sueño profundo, «demasiado perfecto, demasiado puro». Mari ha perdido el último tren de vuelta a casa y piensa pasarse la noche leyendo en el restaurante; Takahashi se va a ensayar con su grupo, pero promete regresar antes del alba. Mari sufre una segunda interrupción: Kaoru, la encargada de un «hotel por horas», solicita su ayuda. Mari habla chino y una prostituta de esa nacionalidad ha sido brutalmente agredida por un cliente. Dan las doce. En la habitación donde Eri sigue sumida en una dulce inconsciencia, el televisor cobra vida y poco a poco empieza a distinguirse en la pantalla una imagen turbadora: una amplia sala amueblada con una única silla en la que está sentado un hombre vestido de negro.
Lo más inquietante es que el televisor no está enchufado...


Murakami divide su novela en dos líneas argumentales complementarias; ambas, tal como apuntaba antes, inspiradas por el medio cinematográfico. Mientras que los sueños de Eri parecen diseñados por Lynch, la línea argumental anclada en la realidad despierta reminiscencias muy evidentes (no sólo nominales) de After Hours, la película de Martin Scorsese cuyo título fue insuperablemente destrozado en la adaptación española (por si lo han olvidado, ¡Jo, qué noche!). Esa dualidad no sólo afecta al argumento, sino que se apodera de la novela en otros aspectos y dibuja a veces fascinantes pareados.
Existe una simetría oculta entre personajes, entre sus actitudes, incluso en el espacio narrativo, imágenes dobles que conforman reflejos borrosos, cruces entreverados que funcionan como motor anónimo de la intriga. Ejemplos de ello: el espejo que sostiene la imagen de Mari y después del maltratador, o el escenario compartido por la hermana y este último, quienes coinciden, además, en algún aspecto interno, pues ambos se ven obligados a ser fieles a su destino, a lo que se espera de ellos, a lo que los define: su belleza en un caso, su habilidad laboral en el otro. La propuesta de inmersión, a múltiples niveles, es metanarrativa. Uno de los personajes se pregunta qué hacen los objetos cuando ya no los vemos, y la narración, en primera persona del plural, comparte sólo con el lector la respuesta, pues nadie observa desde dentro, desde el espacio diegético, el extraño comportamiento del televisor, del espejo. Al igual que solamente el lector ve, desde la habitación, lo que ocurre dentro del televisor.
Al valor de su propia trama, de su universo individual, la novela añade las rutinas narrativas del japonés, esos puntos de encuentro que cualquiera de sus seguidores identifica a la primera. Hay gatos, hay discos de vinilo, hay locales y grupos y música de jazz, la cual se encarga de poner, una vez más, banda sonora a la historia. Hay, también, romanticismo adolescente y referencias a un padre violento. Y son evidentes las influencias literarias de siempre, aunque en este caso se imponga más Capote que Salinger, en los diálogos entre los jovenes, en los paseos por el parque, en la figura de Eri, la glamurosa hermana, y su fatalidad inherente.
La corta extensión de la novela y el estilo siempre sencillo del escritor japones propician una lectura rápida, de apenas un par de sentadas. Murakami sabe cómo procurar una lectura nada trabajosa, una experiencia atractiva y estimulante. Vuelve a construir un universo en el que lo adolescente y lo onírico se unen en igualdad para conducir al lector a un callejón que parece no tener salida, pero que quizás la tenga si se busca con la intensidad suficiente. Como en novelas anteriores, de After Dark no se sale al cerrar el libro, sino tras un periodo de reflexión que es parte decisiva en su disfrute. Como Eri, dormida en ese metafórico limbo del que no puede escapar, el lector ha de depurar una narración que subsiste en el mundo de las sensaciones, en el de la intuición más que en el de la certeza. Y eso a mí, devoto del autor desde hace años, me sigue pareciendo fascinante.





martes, 18 de agosto de 2009

Christopher Priest. El último día de la guerra

Con algunos autores, aquellos a los que el lector profesa una cierta devoción, la espera es un martirio. Han pasado más de cinco años sin poder leer nada del genial Christopher Priest, y la verdad, uno echa de menos el ingenio y el talento siempre presentes en sus (meta)narraciones. Escribí la reseña que viene a continuación, que en su día titulé Magistral juego de espejos, tras leer la que, aún a fecha de hoy, sigue siendo su última novela.



Llega un momento en el que algunos escritores, dominados por una extraña obsesión temática y estilística, dirigen sus pasos hacia un determinado nirvana literario. Una vez alcanzado, se acomodan en él y se imponen la tarea de perfeccionar, obra tras obra, su particular espacio narrativo, atacándolo desde distintos frentes. Si nos ceñimos a nuestro género, la ciencia ficción, habría que citar a ilustres escritores como William Gibson, Philip K. Dick o James Ballard. Y sin duda, a Christopher Priest, autor originario -cómo no- de la New Wave, quien repitiendo esquemas desde diferentes enfoques ha ido creciendo literariamente hasta llegar a El último día de la guerra, si no su novela más redonda, sí en la que mejor ha sabido plasmar su idiosincrasia narrativa.
Priest siempre se ha declarado admirador de la obra de Jorge Luis Borges, pero aunque la influencia directa del argentino es notoria en algunas de sus narraciones, es más reseñable el efecto orientativo que ha tenido en su obra. Priest ha hecho derivar su narrativa hacia un terreno literario ya transitado, hace bastantes años, por Adolfo Bioy Casares, otro grande de la literatura rebajado equivocadamente por algunos a simple epígono borgiano. Un claro ejemplo es el maravilloso cuento “Un verano infinito”, que en los ochenta marcaría para Priest el inicio de un camino sin retorno hacia una voz propia, y que parece una escena sustraída de La invención de Morel, sin duda la obra cumbre del bonaerense. Ha llovido bastante, y la narrativa de Priest, en plena madurez, conserva aún evidentes paralelismos con la creada por el argentino. Sus historias se acercan más a una suerte de realismo fantástico que al género de ciencia ficción. Narrativamente, le pueden más sus personajes que el escenario, aunque como a Bioy Casares, no le importa finiquitarlos, ya sea de manera trágica o exiliándolos a un limbo indefinido. El mayor punto de entendimiento entre ambos escritores se encuentra, sin duda, en su afán por la repetición, en su obsesión por el indiscernimiento entre lo real y lo ficticio, el original y la copia. En este libro tienen una clara muestra de ello: quien haya quedado fascinado con el enigma aéreo que bifurca El último día de la guerra encontrará en “La trama celeste”, irrepetible cuento de Bioy Casares, motivos para el reconocimiento y el asombro.
La novela que nos ocupa reúne los hallazgos de las anteriores obras de Priest. Los mismos acontecimientos son atestiguados desde distintos puntos de vista. La diferencia de versiones crea realidades distintas, o mejor dicho, sólo las crea si el lector así lo decide, pues el diálogo que Priest establece con él va más allá de los caminos habituales que sigue una novela. Por un lado, tenemos la realidad conocida por todos; por el otro, una intención de realidad que, en un intento de concretarse, se cruza con la vigencia creando un juego literario en el que el lector no es un elemento pasivo, pues, siempre en la cuerda floja, ha de sumar y decidir qué partes pertenecen a qué, y finalmente ser testigo externo del resultado final implícito en la construcción, no en lo que se narra.
El último día de la guerra no es una ucronía, es una novela de género bélico que desgrana un cruce de realidades alternativas basadas en dos testimonios disociados. En ese elemento bélico se encuentran las causas de que la novela no sea redonda. El exceso descriptivo con el que Priest alarga las misiones de bombardeo quizá responda a un deseo del autor por remarcar, gracias al aporte de una documentalidad exhaustiva, la línea perteneciente a nuestra realidad, pero lo cierto es que perjudica notablemente el ritmo de la narración, que hasta bien entrado el libro se hace tediosa. Luego, la magnitud del resultado que arroja el juego posterior hace olvidar ese trabajo de lectura inicial.
La novela no es una ucronía porque no responde exclusivamente al consabido what if, sino que (y en esto recuerda a la espléndida El coleccionista de sellos, de Cesar Mallorquí) juega a alternar posibilidades distintas, en este caso con tanta maestría que pudiera parecer que se mezclan, aunque nunca sea así (más bien al contrario, pues las pocas veces que está a punto de ocurrir esa fusión, finalizan bruscamente). En el trasfondo pervive una historia sencilla, el sueño optimista de un hombre bueno que busca instituirse en realidad, y al que sólo la presencia de un tercer personaje -que las leyes de la lógica narrativa invalidarían de no ser precisamente él quien convalida el juego propuesto- concede un atisbo de posibilidad. Para lograr hacer factible el ejercicio metaliterario, Priest tira del mismo arsenal utilizado otras veces: saltos en el tiempo, notas insertas, párrafos de diarios, tiempos verbales distintos… Con estos artificios busca, como en anteriores obras, trascender la norma narrativa, pues le importa más la historia a desarrollar que la linealidad, algo que no por repetido resulta menos fascinante.
La historia biforme de los gemelos Sawyer en la segunda gran guerra, descrita con un estilo narrativo brillante y beneficiada además por el factor autóctono del argumento, supuso para el autor la consecución de los premios Arthur C. Clarke y British Science Fiction, por encima, incluso, de obras maestras como Luz, de M. John Harrison. De la edición española, a cargo de la editorial Minotauro, cabe señalar que a pesar de su excelente presentación en tapa dura y correcta traducción, existen un par de detalles negativos. Puede ser mojigatería el referirme a la escasa fijación de los adornos dorados de la sobrecubierta, que acaban pegados a los dedos, pero sin duda no lo es señalar el enorme desacierto (que desgraciadamente comienza a ser usual) en el cambio del título, cuyo original, The Separation, aparte de ser en su brevedad uno de los sellos de marca del autor, es en esta ocasión tremendamente significativo.


La versión original de esta reseña fue publicada en el nº 39 de la revista Gigamesh.

lunes, 17 de agosto de 2009

Pellizcos


Me entristece, porque hace unos cinco años hubo un boom de novelas elegantes, extrañamente literarias, que jugaban con el tiempo: la novela de Niffenegger era una de ellas, y Las confesiones de Max Tivoli, de Andrew Sean Greer, otra. Y ahora nos llega la versión cinematográfica de aquel boom, con La mujer del viajero en el tiempo y Benjamin Button (que parece una adaptación de Max Tivoli, aunque oficialmente no lo fuese). Estas películas son como versiones chick-flick de G. I. Joe - personajes unidimensionales, cursis, simples e inmaduros.


-Charlie Jane Anders-

sábado, 1 de agosto de 2009

Adulteración

Según el DRAE:

adulterar.
(Del lat. adulterāre).
1. tr. Viciar, falsificar algo. U. t. c. prnl.


Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg LarssonTuve recientemente la suerte de compartir mesa con el escritor Eduardo Vaquerizo. Entre chuletones y buen vino, nos contaba lo difícil que había sido encontrar un título adecuado para su siguiente novela, la esperada continuación de Danza de tinieblas, una reconocida y multipremiada ucronía que pudimos disfrutar hace ya más de tres años. Si bien nos dijo que ya tenía el título decidido, me fue imposible callarme la tonta gracieta que acababa de inventar. No recuerdo cuál fue mi proposición de título exacta, pero para que se hagan una idea del chiste, debió de ser una cosa parecida a "El cabo de alguaciles que jugaba con antorchas delante del inquisidor". O algo así.
Ahora que se ha puesto de moda la trilogía Millenium escrita por el sueco (y ahora difunto) Stieg Larsson. Ahora que se ha puesto, de hecho, tan, tan de moda que ha llegado a acaparar el espacio de las librerías, a invadirlo casi por completo. En estos momentos de Milleniunmanía, digo, es bueno recordar la adulteración a la que han sido sometidos los títulos de las tres novelas que forman parte de la trilogía, que siendo parte importante de la obra en sí, extiende ese denigrante acto hasta su conjunto. En estos dos enlaces, correspondientes a sendos textos de distinta autoría, publicados en la versión digital del diario El País, queda clara la naturaleza de la adulteración:

Francisco Hidalgo

Javier Ocaña

Por si la vagancia estival les supera, permítanme resaltar, a modo de resumen, un par de párrafos bastante elocuentes:

F.H.: En los tres casos se ha sustituido el título original, claro y contundente, por otro confuso y enrevesado -o sencillamente absurdo, en el caso del tercer libro-. Y los tres, en cambio, son una torpe traducción literal de las versiones francesas.

J. O.: (...) la traducción de estas novelas por parte de Juan José Ortega Román y Martin Lexell se ha realizado directamente del sueco, y sólo para los títulos la editorial ha preferido basarse en el francés, presumiblemente siguiendo criterios comerciales.


Es decir, una adulteración de parte de la obra, de la obra en sí, con un claro objetivo comercial. El verdadero problema de todo esto es que, si bien al principio podría resultar evidente la estupidez y gratuidad ocultas en esa argucia, la de buscar más compradores de un libro mediante el alargamiento del título, los resultados finales han acabado por santificarla. Y el hecho de que el éxito de ventas no provenga de esa maniobra (eso es incontestable: en paises que han respetado el título original el éxito ha sido el mismo) es lo de menos. Ya comienzan a verse en los expositores de las librerías títulos de semejante jaez, así que prepárense para lo que ha de venir.
En todo caso, aunque la fisonomía que presentan las librerías de todo el mundo (la misma: Larsson overdose) convertiría en pertinente la presencia del affaire Millenium en esta entrada, he de confesar que en realidad aparece aquí de rebote. El asunto que me ha hecho escribir lo que están leyendo es el estreno, este mismo fin de semana, de la película Desgracia. Desgracia, de Steve JacobsBasada en la obra maestra escrita por J. M. Coetzee, cuenta también con un título trastocado, aunque en este caso, parece ser, no por motivos comerciales. Quien lo denuncia en su crítica cinematográfica es, de nuevo, Javier Ocaña. Y una vez más con razón. Si atendemos al diccionario Collins:

disgrace [dIs'greIs] (=state of shame)
deshonra,f ignominia f

El desconcertante cambio en la traducción del título es fatal, pues Deshonra, que es como debería haberse traducido, alumbra como un faro los hechos que se producen en la narración, apunta hacia un sentido de la lectura, un factor personal del protagonista, esencial en los hechos descritos, que Desgracia, directo, innegable, pero carente de significado interno, no tiene. Ignoro la causa del cambio, pero se trata, no hay duda, de un desacierto imperdonable.

sábado, 25 de julio de 2009

20030 A.D.

Después de morir, el hombre abrió los ojos, pestañeó varias veces, miró a su alrededor y sonrió satisfecho. El plan, una vida entera dedicada a la virtud cristiana, había funcionado. Una hueste de ángeles le dio la bienvenida y lo condujo ante el Altísimo.

-¿Es esto el Cielo? -preguntó el hombre.

-Lo es -respondió Él.

-¿Eres tú Dios?

-Lo soy.

Dicho esto, la Presencia Divina alzó ambos brazos. -Nada has de temer. Tus actos en la Tierra te han hecho merecedor del Paraíso. A partir de ahora vivirás aquí. En paz. Eternamente.

-Eternamente... Sí, sin duda. ¿Pero aquí? -El hombre alzó su rostro hacia Dios y sonrió-. Permíteme dudarlo.

Un complejo conjunto de sonidos escapó aceleradamente de entre sus labios hasta completar el código de balizamiento fonético. Mientras el desconcierto comenzaba a traslucirse en el rostro divino, a varios universos de distancia el localizador interdimensional construido bajo el desierto de Nueva Teherán hizo contacto y trasladó las coordenadas al teletransportador. En menos de un nanosegundo, una brillante esfera de apariencia metálica apareció sobre la cabeza de Dios.
Al verla, el hombre profirió un alarido gozoso.

-¡Allahu Akbar!

Antes de que el grito llegara a su fin, la bomba D, diseñada para eliminar dimensiones enteras, estalló sumiendo el Cielo en la nada.





La versión original de este cuento fue publicada en Prospectiva.

viernes, 24 de julio de 2009

Cómplice a la fuerza

Haciendo una búsqueda en internet de los sitios en los que había publicado mi reseña de El cálculo de Dios, me he llevado una sorpresa. Aparece en más de cinco direcciones dedicadas a esa actividad que vulgarmente llamamos pirateo. Todas ellas ofrecen un enlace hacia el mismo paquete, cuyo contenido lo componen tres novelas que el responsable de la compilación ha debido de considerar integrantes de una misma temática. Esa es otra sorpresa, porque los tres textos, en formato pdf, pertenecen a El cálculo de Dios, La cena secreta y La sonrisa de la Gioconda. Poco tienen que ver las novelas de Javier Sierra y Luis Racionero con la de Robert J. Sawyer, así que doy por supuesto que habrá sido la ilustración de cubierta, a cuya ambigüedad me refiero en la reseña, la causante de tal confusión. Eso y el más que probable hecho de que el lumbrera no habrá leído el libro, claro. La cosa es colgar algo, lo que sea.
Debería indignarme, aun siendo una nadería, el hurto de mi texto, etc. Pero no. No puedo porque mi texto aparece firmado con mi nombre, es decir, han respetado mi autoría, que es lo unico que pido en este tipo de situación. Nunca he entrado en cuestiones tipo Creative Commons y complejidades similares, me basta con que reconozcan la fuente. Y en este caso la reconocen, ahí está mi nombre. Aunque preferiría que no lo estuviera, porque los "ingenieros" tras este asunto han decidido que no basta con poner, ilegalmente, material a disposición de quien quiera bajárselo. Han creído oportuno también montar una pequeña campaña de marketing para incitar al hurto. Y han decidido promocionar el material con un texto. Con mi texto. Acompañado de mi nombre. De hecho, soy la única persona identificable que sale en todas esas páginas dedicadas al choriceo, porque las otras reseñas no van firmadas.
No voy a gastar tiempo en algo tan poco fructífero como buscar la dirección de correo de todas y cada una de esas páginas para exigirles que quiten mi texto de ahí, pero sí he gastado algo de tiempo en reflexionar sobre el significado de fondo de todo esto. Internet, tan parecido al ciberespacio que imaginó William Gibson, se ha erigido en pocos años en todo un universo con leyes propias. No sólo el software o las formas de conexión van cambiando, no sólo sus contenidos; también evolucionan las leyes internas y la interconectividad. Ese universo aparte va creciendo, y en su evolución va construyendo nuevas formas de moralidad, propias. Vean este caso, si no.
Alguien cuelga material ilegal, y no le importa que lo sea, porque hay una especie de consenso en torno a la gratuidad que debe imperar con los contenidos en internet, una especie de garante de la libertad en este nuevo medio, en este territorio virgen. Da igual que en el mundo exterior esos contenidos estén sujetos a unos derechos de propiedad intelectual explícitos. Sin embargo, ese alguien decide que el texto que ha arrebatado de otro sitio de la Red para utilizarlo como promoción debe ser respetado, llevar el nombre de su autor, puesto que eso es lo que exige la ley acordada por consenso en internet. Es decir, no se respetan los dictados del exterior, pero sí las normas de conducta creadas en este otro universo. Al lado de material robado, otro respetado. Paradójico. O no, si se acaba aceptando que cada universo tenga sus propias leyes.
Será interesante ver, en el futuro, cómo culmina esa vía evolutiva. En tanto, este asunto ha servido de alimento para mi febril imaginación. Anoche, tumbado en la cama, era testigo de una extraña redada policial en la Red que involucraba a todas esas páginas. Como resultado, yo acababa detenido en una infecta prisión. Vivamente, me imaginé que en la sala de visita, tras el cristal, me dirigía a mis padres entre gimoteos y les decía: "Papá, mamá, os lo juro, no tengo nada que ver, yo sólo pasaba por allí".

jueves, 23 de julio de 2009

Gracias

Samuel Eto'o

(...)
Amo el silencio para elevar el canto
Pero acaso tú eres la fuente herida
Conozco la gran fisura revelada por los siglos
El tiempo es largo
Y el destino de mi tierra no la puede detener




Paul Dakeyo

miércoles, 22 de julio de 2009

Robert J. Sawyer. El cálculo de Dios

La otra novela que mencioné hace dos entradas, El cálculo de Dios, se centra en el tema religioso, pero incluye una idea muy sugerente. Quizás toda especie inteligente, llegado cierto punto de progreso, prefiera las realidades virtuales al gusto por encima del viaje espacial y elija volcarse hacia adentro, no al exterior. Esa podría ser la razón por la que no vemos en el cielo señal alguna de civilizaciones anteriores a la nuestra, las cuales, a la velocidad exponencial a la que parece avanzar el progreso tecnológico, deberían contar ya con los conocimientos para construir artefactos capaces de hacerse notar, tanto por sus efectos como por sus dimensiones. Más si el número de esas civilizaciones es alto, que es lo que sugiere un uso optimista de la Ecuación de Drake.
Robert J. Sawyer, autor de este libro, está, además, a punto de ponerse de moda y adquirir la fama que otorga el medio audiovisual a un escritor. Su novela Recuerdos del futuro, que leí en su día pero confieso haber olvidado casi por completo, será reconvertida en serie de televisión y se anuncia ya como el boom de la próxima temporada. Algunos la colocan como sucesora de Perdidos, la mejor serie de género fantástico que haya dado el medio. Desde luego, Flash Forward se presenta, gracias a su argumento, como el instrumento ideal para el uso de esa compleja narración dislocada que ha impuesto en el medio la serie de J. J. Abrams, alimentada por retrocesos y avances temporales. Los nombres de los responsables involucrados en el proyecto son, también, una buena garantía de éxito.



A primera vista, parece derivarse un cierto engaño de la aparente propuesta que hace este libro de título anfibológico. Tanto la manera de venderlo como el tratamiento que Robert J. Sawyer da a la historia tiñen el producto de cierto sensacionalismo. La “sixtina” ilustración de portada y el texto de apoyo que la acompaña apuntan directamente hacia el canónico Dios-religión, y sin embargo, toda la disquisición gira en torno a la posible existencia de un Dios-ciencia, un diseñador universal que se sirvió de medios científicos para configurar esta realidad. Es decir, mientras que el debate propuesto en la narración es deísta, las armas de promoción del libro prometen un enfoque teísta.
Obviando la maniobra, digamos que se trata de un tema nada nuevo para la ciencia-ficción, la cual lo ha tratado con distinta suerte en varias ocasiones. El autor canadiense reconoce, incluso, la deuda contraída con el difunto Carl Sagan, quien en la maravillosa conclusión de su novela Contact (castrada en el filme homónimo en servicio de una mayor accesibilidad) resumió prodigiosamente la idea que da vida a las páginas de El cálculo de Dios. Donde Sagan se bastó del número pi para presuponer la manufactura del universo, Sawyer inventa una historia completa en la que, como es habitual en este autor, las implicaciones morales de ese hecho cobran mayor importancia que el hecho en sí.
Con la facilidad habitual en él, Sawyer narra, con amenidad y didactismo, la relación entre un extraterrestre que busca información y un paleontólogo del museo de Ontario. Las grandes extinciones sucedidas en nuestro planeta, coincidentes en el tiempo con las ocurridas en su mundo de origen, traen a Hollus, un alienígena de aspecto arácnido, hasta la Tierra. El primer contacto, de comicidad resultona, redunda en la parafernalia sawyeriana: libros del género, cine fantástico, televisión de moda y el fenómeno trekkie. El resto de la historia alterna ilustrativas discusiones sobre geología, biología, astronomía y demás ramas científicas con los conflictos morales que le suponen al vulnerable protagonista -científico ateo, pero enfermo de cáncer- las pruebas de la existencia de un Creador. A medio camino, sobresale una idea realmente interesante, popularizada por el cine hace bien poco, sobre el final lógico de toda civilización tecnológica, posible causa de que no encontremos señales en el cosmos de civilizaciones más antiguas que la nuestra. La conclusión resulta feble para las expectativas creadas, pero goza de la suficiente consistencia para cerrar con dignidad la novela.
El mayor valor del libro reside, curiosamente, en el asunto con el que comenzaba esta crítica. Para todo aquel que viva su ateismo como antítesis de la religión, como arma de enfrentamiento, El cálculo de Dios representa una ocasión ejemplar para reconsiderar si ciertas ideas provocan rechazo por su contenido o tan sólo por el ropaje que las cubre, y si lo que se esconde tras ambos disfraces, teísta y deísta, es la misma cosa u otras muy distintas.
Sawyer sigue sin encontrar su obra magna, pero en su descargo se puede decir que es un escritor imaginativo, de propuestas inteligentes y desrrollos livianos, cuya creación literaria nunca cae en el aburrimiento al que otros autores actuales de renombre someten a sus lectores. La pesadez de El cálculo de Dios, al menos, sólo está en las gargantuescas dimensiones con las que la colección Nova intenta maquillar, desde hace unos números, los precios que cobra al consumidor.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la Red.

martes, 21 de julio de 2009

John C. Wright. La edad de oro

En la anterior entrada mencionaba, por las razones allí expuestas, la novela La edad de oro, de John C. Wright. Lo que no expliqué es que se trata de una de las mejores novelas que han aparecido dentro de la ciencia ficción en las últimas décadas, y también, visto el ninguneo al que fue sometida, uno de los mayores ejemplos de ceguera crítica en toda la historia del género. Se trata de una novela mayúscula, un compendio de la cf con discurso propio, cuya apuesta imaginativa sólo es superada por su enorme ambición. Si tiene un defecto es, precisamente, ser parte de una trilogía, pues las continuaciones no están ni mucho menos a su altura. Ambas novelas, tituladas Fénix exultante y La trascendencia dorada, son puras extensiones de la primera, necesarias para desvelar las incógnitas que dan vida al argumento, atractivas por el universo desplegado anteriormente, pero insulsas en comparación con la novela que abre el ciclo. En ambas sobran páginas, y el discurso político crece hasta acaparar la obra entera, sin que el escenario crezca, sin mostrar filigranas nuevas. Por comparación, el peso de la primera novela resulta ser, y es lógico, inllevable.





Aunque la excelencia de esta novela merece una crítica de mayor enjundia, hay tres palabras que la definen escuetamente.
Descaro: el que derrocha su autor al utilizar sin complejos todo el arsenal de ideas procedentes del acervo histórico del género.
Diversión: toda, como no se recordaba desde Los Cantos de Hyperion.
Incomprensión: la que produce que una de las mejores novelas norteamericanas de ciencia ficción de los últimos años no haya estado presente en los grandes premios, ni siquiera como aspirante.
La primera novela de John C. Wright manifiesta un talante abrumadoramente referencial, incluso a primera vista, con un título que apunta a la época más gloriosa de la ciencia ficción e incluye, en un delicioso homenaje a los orígenes, la pionera nominación de romance. Wright ingiere decenas de referencias en una labor de fagocitosis amable para regurgitar con éxito un mosaico de carácter unitario e identidad propia. Son tantas las alusiones, los lugares comunes que van apareciendo en la novela, que hay momentos en que el lector no sabe si acaba de descubrir otro elemento (diseños atigrados aquí, escaleras lapislázuli allá) o si se sufre de un cierto complejo asociativo producto de la sobredosis.
Zelazny, Bester, Asimov, Van Vogt, Clarke, Heinlein, Vance, Dick y una interminable lista de históricos aportan los mimbres para que Wright, presa de un fulgurante proceso osmótico, construya su absorbente y grandiosa visión del futuro, un fresco prospectivo que presenta no sólo coherencia, sino también un enorme caudal imaginativo de cosecha propia. Si Hyperion se cimentaba en los diversos subgéneros de la ciencia ficción, La edad de oro se nutre sin recato de sus numerosos autores. Wright llega incluso a santificar su desvergüenza riéndose de ella a través de su protagonista, Faetón, quien en cierto momento reprocha de su mujer que “en vez de escribir juega con las ideas de otros”.
El universo construido es, junto con una absorbente trama que curiosamente deja todo en el punto de partida, el mayor aval de una novela devorable en dos asaltos, imposible de abandonar. El único escollo lo constituyen las primeras páginas, que recuerdan las dificultades por exceso de nueva información que presentaba –de nuevo la excelencia- la obra cumbre del hard español, Mundos en el abismo. La recompensa, como en aquel caso, es generosa. La trama gira en torno a Faetón Primo de Radamanto, quien ha borrado voluntariamente de su memoria sucesos de los últimos 250 años de su existencia, y a sus indagaciones al respecto. Wright describe una utopía hedonista situada a medio millón de años en el futuro, y en plena fiebre de realidades virtuales sustitutivas decide rebajar a éstas a la calidad de sucedáneo. En su universo, los mundos virtuales son de uso mayoritario, pero la realidad imperante es la consabida: ¿por qué sumergirse en mundos falsos cuando la tecnología posibilita alterar la percepción de las cosas en el mundo real? Es más fácil transformar nuestros sentidos que crear nuevos entornos.
Bajo esa premisa se configura la relación entre los habitantes de la Ecumene Dorada, un auténtico paraíso de posibilidades. El ciudadano puede manejar el pulso personal del tiempo, la intensidad de los sentidos a varios niveles, transformar los procesos mentales, la forma física. Y todo ello en un medio controlado y ordenado a la perfección, ya que el Sistema Solar ha sido amoldado a las necesidades y querencias de los humanos, por cuya seguridad y derechos velan poderosas mentes mecánicas. La Ecumene es el triunfo de la civilización basada en la pluralidad: de forma, de pensamiento y de creencia. Pero no de ética. El gran problema es que no todos son iguales, pues la riqueza manda, y a mayor distancia de ese Occidente futurista que es el centro del Sistema, los problemas y disconformidades aumentan. Los siete Pares gobernantes discuten la creación de una ley por la que todo siga igual, posiciones regentes incluidas, hasta el fin del Sistema Solar.
Si les resulta familiar no es por casualidad. Toda esa maquinaria, ese entretenimiento de alta graduación cuenta con una fuerte carga ideológica a dos niveles, servida de manos de sus personajes y del conjunto. La edad de oro desarrolla una historia individualista, la de un antihéroe que se opone con todas sus fuerzas a lo establecido. Lo polémico es que se trata de un individuo que, contra toda prueba demostrativa de su equivocación, basándose sólo en su instinto, combate contra un Estado de consenso. Nunca debemos de olvidar que la obra no tiene por qué reflejar los pensamientos del escritor, aunque si bien este apotegma permite mantener las distancias entre Wright y sus por otra parte ideológicamente antagónicos protagonistas, no se puede negar la voluntariedad en la creación de un mundo muy parecido al nuestro, alegoría futurista del momento actual en que el capitalismo neoliberal ha conducido al planeta hacia la globalización y el pensamiento único. La lucha de un hombre consagrado a despertar a una civilización acomodaticia y acomodada cobra un significado especial en estos tiempos en los que el ciudadano ha cambiado la libertad por el bienestar (y en nuestro país, perdonen la digresión, el bienestar por un piso). La frase final del protagonista resulta hoy un anacronismo colosal: “Amo la verdad más que la felicidad; no descansaré.”
Para la traducción, Bibliópolis ha optado acertadamente por Carlos Gardini, quien tradujo al castellano obras como Hyperion y El señor de la luz. El resultado es más que aceptable si omitimos el inadecuado y reiterado empleo de la expresión “por cierto”. En suma, una novela enorme, adictiva, una celebración de un siglo de ciencia ficción a la que ningún aficionado al género debería faltar. Una maravilla con un solo punto negativo: es la primera parte no auto conclusiva de una trilogía.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la Red.

lunes, 20 de julio de 2009

Cénit

Hojeando Lunáticos, de Andrew Smith, uno de esos libros publicados estos meses al socaire de la efeméride que hoy celebramos, he encontrado dos focos de atención. Uno en la ingeniosa transmutación del título, que delicioso en su doble sentido, sacrifica sin embargo la poética del original, Moondust, quizás, reconozcámoslo, demasiado norteamericana. El otro punto de atención tiene su origen en unas líneas perdidas entre el texto que adorna la contracubierta. En él puede leerse que el volumen recoge una serie de entrevistas a los moonwalkers que aún permanecen con vida*, cuyas existencias, tras su paseo lunar, parecen haber estado marcadas por la excentricidad. Resalta el citado texto que el autor del libro ha realizado sus entrevistas “sabiendo que, un día, en un futuro no muy lejano, posiblemente nadie en la Tierra sabrá lo que es poner un pie en otro mundo”. Esa frase, tan sencilla, me ha calado hondo, pues se me antoja certeramente apocalíptica.
Hace tiempo que los aficionados a la ciencia ficción somos conscientes de que una de las principales causas de la escasez creativa y cualitativa que vive el género en su rama literaria (dentro de sus muros, quiero decir, puesto que a nivel general seguramente estemos en el mejor momento de su historia) ha sido el abandono real del espacio. Mientras que en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo la aventura espacial tuvo apoyos y gran predicamento, en estos últimos 20 años, perdidos en el perfeccionamiento lento y mal presupuestado de las tecnologías espaciales, las grandes gestas se han dado de lado. La conquista del cosmos ya no está en el imaginario común, no interesa a nadie, y otras tecnologías y espacios han ocupado su lugar reconduciendo los anhelos y esfuerzos del ser humano: la informática, la genética... El futuro que prevemos, si es que lo hay, es ciberpunk, centrado en las realidades ficticias y el acondicionamiento de este planeta; el espacio ya no nos fascina, se ha convertido en el gran olvidado.
Si contemplamos un futuro desde el optimismo, este vendrá de crear mundos a medida, propios, no de conquistar los ya existentes. ¿Por qué arriesgar con lo desconocido, llegar más lejos, cuando podríamos moldear lo conocido al gusto propio? La cf, por supuesto, ya ha tratado este nuevo rumbo profusamente, no sólo dentro del subgénero ciberpunk. Obras tan distintas como El cálculo de Dios, de Robert J. Sawyer, o La edad de oro, de John C. Wright, por poner dos ejemplos, hablan de la inmersión en mundos virtuales, o de la alteración de nuestros sentidos para captar la realidad como queramos. Puede que haya futuro, pero, desde luego, cuando pensamos en él ya no imaginamos colonias espaciales en otros planetas, en otros sistemas solares, sino universos ficticios, falsos pero más satisfactorios. Algo a lo Matrix.
Por eso, la llegada a la Luna se me antoja nuestro cénit. Aquél lejano día de julio tocamos techo, nuestra civilización llegó lo más lejos en el espacio a donde va a llegar jamás. Olvídense de Marte (dudo que eso ocurra), de las sondas espaciales sin vida (arrojar algo a metros de distancia no es haber estado allí). No. Nuestra aventura acabó en la Luna. Esta frase perdida en el envés de un libro me ha traído la certeza de esto que les digo. Dentro de pocos años, cuando muera el último de los doce, el último moonwalker, con él se irá la prueba viva de nuestra hazaña más grande. Inertes, allí arriba, para futuros visitantes, unas huellas indelebles, unos pocos artefactos, vieja cacharrería de una civilización que saltó hasta donde pudo, y acto seguido renunció. Nunca habíamos estado tan lejos, ni lo volveremos a estar. Jamás.
¿Pesimista? Tal vez, pero no me negarán que bastante literario.


* Resulta paradójico que el moonwalker más popular, ese que no pisó nunca la luna, haya fallecido precisamente hace unos días.