domingo, 28 de diciembre de 2014

Aurora Boreal. Pensad en Lesbos

Rebuscando ayer en mi biblioteca me volví a encontrar con este libro. Ojeé las primera páginas y ya no pude parar. Muchos años antes de 50 sombras de Grey y de toda la subliteratura posterior asociada a ese subgénero, Aurora Boreal demostró que se podía aunar calidad literaria y calentura. Descatalogado e imposible de encontrar, este libro entra de lleno en la categoría de joyas ignoradas de la literatura. Su relectura me ha proporcionado una noche inolvidable.





“Es un ultraje, una atrocidad que socava los cimientos del género. De seguir por este camino, pronto asistiremos al fin de la ciencia ficción.” Son las declaraciones del escritor Robert J. Sawyer al conocer la inclusión de Pensad en Lesbos -reciente ganadora del Pablo Dildo- entre las novelas nominadas este año al premio Nebula. “¿No se da cuenta? A partir de ahora, cualquier herejía es posible. Por poner un ejemplo absurdo, hasta un libro del Harry Potter ese podría ganar el Hugo un día de estos. Claro que, si eso llega a suceder (sonrisa), me retiro.” El canadiense no es el único que se ha alzado en contra de los parabienes que está logrando recoger la ya popular novela de la zaragozana Aurora Boreal. “Prejuicios estúpidos” es la respuesta más repetida desde la otra parte del conflicto.
Lo cierto es que Pensad en Lesbos no sólo está arrasando en el mercado mundial, sino que además es una magnífica obra que viene a insuflar nueva vida a un género anquilosado y caduco. La trama es sencilla. Una nave espacial terrestre es atraída por una distorsión espacio-cuántico-nano-temporal y es lanzada a una región cósmica inexplorada. Tras un intenso menage a trois con el que logran sofocar la tensión producida por la situación, los tres tripulantes de la Vibrator Satisfaction, dos mujeres y un hombre, llegan a un desconocido planeta escondido tras una nube de gas con forma vulvar. Tras ser capturados y sometidos a torturas sin nombre por una horda de blondinas y neumáticas amazonas, descubrirán, gracias a la relación que surge entre el humano Siffredi y la reina extraterrestre, que se encuentran en Safo, capital del planeta Lesbos. En lo que las amazonas místicamente denominan “Periodo de Estocolmo”, el grupo terrestre irá descubriendo las bondades de la cultura “lesbiana” hasta, por pura fricción, integrarse totalmente en aquella extraña sociedad.
El estilo que despliega Aurora Boreal, quien reconoce abiertamente la gran influencia que han ejercido las novelas de a duro de Joseph Berna en su manera de escribir, es ágil y especialmente intenso allí donde la historia lo exige. La aspereza narrativa con la que describe las torturas y las posteriores experiencias de la expedición en el planeta, conduce al lector a un clímax tempestuoso que vale por sí solo el precio pagado por el libro. Pero donde la obra se convierte en un hito irrepetible es en su tratamiento del personaje masculino, Siffredi, un auténtico tour de force en el estudio psicológico de un hombre llevado al extremo: desde el shock que le provoca el primer contacto humano con una especie extraterrestre, significado por esa constante sonrisa bobalicona de la que no logra desprenderse en todo el libro o los agudos ataques de salivación que sufre, hasta la aceptación final de ser el único en su especie en aquel remoto planeta, y su decisión final de sacrificarse y permanecer en él como conejillo de indias hasta el fin de sus días.
Pensad en Lesbos es una obra que nos identifica con esa lesbiana que todos llevamos dentro; una novela que, creando un nuevo subgénero –el pornopulp-, cambiará definitivamente la fisonomía del género. Como único punto negativo, cabe destacar que los cuantiosos ingresos obtenidos por la escritora la apartarán definitivamente de su anterior actividad, en la que compartía, junto con Alba del Monte y Sophie Evans, el cetro de mejor actriz porno española. De hecho, como protesta contra las innobles acciones de Graham Purves, reciente ganador del premio Lupus, Boreal ya está preparando la segunda parte, que, en palabras de la propia escritora maña, “será bastante más hard que la primera; yo diría que incluso escatológica”. Su mañanero título: Pensad en Flemas.


Reseña publicada originalmente en Bibliópolis, crítica en la Red.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

La máscara

El año pasado decidí felicitarles la Navidad con un cuento de cosecha propia, un cuento inapropiado para la fecha, todo hay que decirlo. Confieso que la experiencia me gustó, así que he decidido repetir la jugada. Aquí les dejo este regalo, con mi deseo más sincero de que el resto del año que se aproxima sea tan feliz como, con toda seguridad, lo va a ser esta Nochebuena.
Felices lecturas.




La máscara


Cristina jamás se preguntó por qué Ramón la había elegido a ella. Simplemente dio las gracias al cielo y aceptó el regalo en forma de amor que éste le entregaba. Siempre había creído en la bondad humana y en los valores positivos que podían encontrarse en las personas. Su fe fue puesta a prueba tras el accidente que le desfiguró el rostro, pero si bien pasó un periodo de profunda desesperación, su visión positiva de la vida acabó imponiéndose al rencor y el pesimismo en los que habría incurrido cualquier persona con un talante menos optimista. Tras el incendio, las quemaduras en su piel le dejaron la cara totalmente desfigurada. Cuando el tiempo y los tratamientos hospitalarios lograron asentar sus nuevas facciones y pudo por fin quitarse el vendaje, la imagen reflejada en el espejo no presentaba más relieves que un desierto. Le pareció una máscara de látex en color crema; basta, mal hecha, salpicada allí donde debía aparecer la sombra de un músculo por unos desagradables verdugones rojizos. Decidió ocultarse siempre bajo una holgada capucha, escondiendo la fealdad de su rostro a los demás, y se dispuso a pasar en soledad el resto de sus días. Le llevó varios meses adaptarse a la que había de ser su nueva vida sin salir de casa, enganchada a la televisión hasta caer dormida.
Una noche cualquiera, sin causa aparente, sucumbió a la ira que, sin saberlo, había ido acumulando interiormente. Cansada de su soledad presente y futura, se preguntó por qué le había tocado a ella y qué sería de su vida a partir de aquel momento. Se preguntó si tendría vida. En un acceso de rabia incontrolada decidió romper todo y con todo. Tumbó armarios, destrozó mesas e hizo estallar en mil pedazos todos los objetos pequeños que fue encontrando en su vengativa carrera por el piso. Finalmente, exhausta, antes de que la policía atendiera el reclamo de los vecinos, intentó llorar sin lacrimales ante las fotos del pasado, instituidas ahora en denuncia y recordatorio de su irrecuperable normalidad. Quemó todas. Y no fue por ira, ahora ya calmada, sino como símbolo del nacimiento de una nueva Cristina. Borrón (así veía su rostro ahora) y cuenta nueva.
Quiso la casualidad que fuera al día siguiente cuando conoció a Ramón. Este, sin más, llamó a su puerta. Ella, con los rescoldos del huracán desatado la noche anterior aún vivos, abrió sin cubrirse la cara. Se quedó mirando a aquel hombre y a su enorme bigote desafiante, esperando una reacción que en los últimos meses había aprendido a odiar, pero se llevó una sorpresa. No solo no captó la habitual mezcla de repugnancia y lástima en su mirada, sino que hubo de esforzarse por seguir una conversación que el hombre había iniciado como si tal cosa. Cuando se quiso dar cuenta, aquel vendedor estaba sentado con ella en el sofá, enseñándole un catálogo de vajillas. Se convirtió en su mejor cliente, entablaron una amistad que se elevó a algo más, y un día, de forma inesperada, él intentó un acercamiento más íntimo. Acabaron viviendo juntos.
Ramón no guardaba ningún secreto. Era un tipo normal; como hombre no suponía ningún misterio. Cuando Cristina le abordó una noche para hablar de su desfiguramiento y de cuánto le extrañaba que a él no pareciera importarle, él respondió con naturalidad, argumentando que le gustaba la forma de ser de ella, que aunque se consideraba una persona exigente con la belleza, no le desagradaba el estado de su rostro. A ella le pareció tan convincente que no tuvo más remedio que creerle. La honestidad era la mayor cualidad de Ramón, un hombre sincero hasta la inconveniencia. Lo cierto es que, de haberle sospechado falso, tampoco habría cambiado nada. Se sentía sola y necesitaba a alguien. El cielo o el destino se lo enviaban, así que calló y aceptó el regalo.
Compartieron amor y cama durante más de cuatro años, felices hasta donde la vida lo permitía. A él lo ascendieron. Era una persona metódica y persistente en su trabajo, y amable y educada en su vida privada. Se empleaba con la misma dedicación en ambos entornos, y Cristina descubrió pronto que se regía por una disciplina personal sencilla pero muy exigente. Su instinto era su brújula. Si creía en algo, se lanzaba en esa dirección, y nada podía hacerle abandonar el camino. Eso lo convertía en un triunfador y en una persona recta, o como le gustaba pensar a Cristina, bondadosa. Esa determinación tenía también su lado malo. Ramón a veces se obcecaba con algo, y entonces no había manera de hacerle rectificar. A pesar de que ella quiso comprar un televisor nuevo para disfrutar de la alta definición, tuvo que conformarse con el antiguo, pues él pensaba que no había que tirar las cosas mientras siguieran funcionando. Aunque pasó a ganar mucho más dinero, siguió con su coche utilitario por la misma causa. Él decía que no era racanería, sino puro sentido común.
A Cristina estas actitudes le parecían anecdóticas, pues en realidad eran muy felices. La normalidad con la que la trataba había conseguido negar la imagen que todas las mañanas le devolvía el espejo, y eso superaba con creces lo que para ella no era mas que un pequeño defecto de carácter. Ramón era testarudo, pero también la mejor persona del mundo y el amor de su vida. Ni siquiera tenían peleas como el resto de parejas. Al contrario, era un hombre detallista que no olvidaba hacerle regalos en las fechas señaladas, que se desvivía por que ella estuviera cómoda y que la trataba con una gran ternura en la intimidad. A veces inspeccionaba su rostro mientras le decía que cartografiaba una región hermosa, o la miraba a los ojos durante varios minutos, y entonces ella no veía en los suyos mas que cariño y devoción. No había duda de que ambos eran felices, y con esa certeza habían vivido esos cuatro años, sin querer cambiar nada por no estropearlo.
Un día de septiembre, Cristina recibió un paquete por mensajería. Lo enviaba su antigua oficina de trabajo. Se habían trasladado de edificio, y entre los enseres almacenados habían encontrado sus pertenencias. El accidente y sus secuelas habían cortado su vida en dos, de modo que ni siquiera había podido despedirse de su yo anterior y sus circunstancias. Jamás volvió por la oficina, ni quiso recibir a nadie, no quería que sus compañeros la vieran así. Sus cosas acabaron olvidadas en el almacén de la empresa. Ahora, el traslado había obligado a limpiarlo, y alguien enviaba aquella caja a su dirección.
Cristina pasó la tarde repasando carpetas y viejos documentos, recordando su labor de archivadora, y también viendo las fotos que la empresa había hecho en el viaje que realizaron a Lisboa. Tras la quema de aquella noche de ira, creía que ya no quedaba prueba alguna de su rostro, pero se equivocaba. Su imagen la asaltó desde el papel y le trajo recuerdos del pasado. Se dio cuenta en ese instante de que, por mucho que Ramón hubiera hecho por ella, la herida seguiría ahí toda la vida. Jamás podría mirar su rostro quemado desde la normalidad. Tocó su imagen con las yemas de los dedos, imaginando que podía sentirla, maldijo su incapacidad de llorar y a Dios, y luego, arrepentida, selló la caja con cinta aislante y la escondió en el fondo de su armario. Esa no era ella; ella era esta, una mujer nueva, la Cristina de Ramón.
El otoño vino frío, pero ellos hicieron lo posible por ignorarlo. Ramón llegaba tarde del trabajo, pasadas las nueve. Tras una cena caliente se apretaban en el sofá, bajo una gruesa manta, viendo películas en blanco y negro hasta pasadas las doce, y luego se acostaban. Habían ido aprendiendo a compartir cada vez más cosas, y eran casi como un ente único. Ramón era un hombre más cariñoso que apasionado, pero Cristina le guardaba tanta devoción que incluso eso le parecía una virtud. En su mente, eran Adán y Eva en el edén, no podía ser más feliz. Hasta que, un día como otro cualquiera, ocurrió algo.
Un fin de semana, a las puertas de la Navidad, Ramón comenzó a mostrarse taciturno, casi huraño. Se le veía desganado, e incluso evasivo. Era una actitud poco normal en él, así que Cristina se alarmó enseguida. En todos esos años, ni las pequeñas mezquindades del trabajo habían logrado hacerle mella. Al principio intentó sonsacarle el problema con cuidado, cariñosamente, pero lejos de lograr una explicación, aquello fue empeorándole el genio día a día. Finalmente, la tarde de Nochebuena, cuando ella estaba preparando la cena y rogando para que aquella noche se llevara esa pequeña crisis, todo estalló.
- Cristina, por favor, ¿puedes venir al salón?
Se asustó nada más verle. Ramón estaba sentado a la mesa, con una mano sobre la cabeza y los ojos húmedos. Le rogó que se sentara.
- Hace unos días... encontré esto en tu armario. Fue sin querer, no quería rebuscar en tus cosas, sólo buscaba un contrato antiguo.
Su mano aferraba un lote de fotografías, tan fuerte que tenía los dedos blancos. Cristina identificó inmediatamente las imágenes de Lisboa.
- Son fotos mías, del trabajo; me las enviaron hace unos meses ¿Te has enfadado por no enseñártelas?
- No, no es eso.
- Yo... no quería que me vieras, no quería que compararas, que tuvieras una imagen sobre la que evaluar los daños, el destrozo...
Ramón levantó la cabeza y la miró a los ojos.
- No lo entiendes. Te lo he dicho mil veces y no lo has creído. No me importa el aspecto de tus heridas. Gracias a ellas sólo te veía a ti. ¡A ti! Pero ahora... -Se levantó de la silla dejando las fotografías desperdigadas sobre la mesa-. Verás, la belleza, el atractivo físico, son cosas subjetivas, pero muy ligadas a las personas. Valoramos a alguien primero por lo que vemos, su cara, y aunque luego profundicemos y conozcamos a esa persona, siempre estará asociada al escaparate que es su rostro. Primero va la imagen y luego el resto. En ventas conocemos muy bien este principio.
- Lo entiendo, pero no veo...
- Déjame, por favor. Hay gente que te atrae y gente que no, personas feas pero atractivas y personas bellas pero con un halo negativo. La atracción es un asunto tan complejo y delicado... El caso es que he visto tus fotos, te he conocido tal como eres por fin. En esas fotos sale una mujer llamada Cristina, y su rostro, la mujer que representa, no me atraen lo más mínimo. Si te soy sincero, incluso me desagrada.
Ramón detuvo su discurso esperando contestación, pero Cristina no lograba articular palabra, así que decidió finalizar aquello.
- Mira, las cosas son así. Hemos vivido unos años buenos, pero yo no te conocía, no sabía cómo eras. Lo cierto es que veo estas imágenes tuyas y tengo la certeza de que jamás me habría acercado a ti de no haberte accidentado. Lo siento, no me gustas.
Pasó a su lado y se dirigió al dormitorio, donde tenía la maleta que había estado preparando mientras ella cocinaba. Abrió la puerta y se despidió.
- Lo siento, de verdad. Enviaré a alguien a por las demás cosas. Adiós.
Un humo espeso comenzó a salir del horno y a invadir toda la casa, pero Cristina, plantada en medio del salón como una estatua, ni siquiera se apercibió de ello. Su rostro carecía de expresión, como si fuera una máscara.




miércoles, 12 de noviembre de 2014

Poul Anderson. La patrulla del tiempo

He concluido recientemente la lectura de Mañana todavía, una antología de cuentos de ciencia ficción escritos por autores españoles que toca varios subgéneros, principalmente el postapocalíptico y la distopía. Estoy escribiendo una crítica que con el tiempo acabarán leyendo aquí, así que me van a perdonar que evite ahora reseñarla. Sólo les adelantaré que el nivel de calidad del volumen es medio, y que hay un par de textos que sobresalen; uno de ellos es, precisamente, el más extenso. La novela corta de Javier Negrete titulada Los centinelas del tiempo es, sin duda, lo mejor que se puede encontrar en la antología. Se trata de una distopía que coloca lo políticamente correcto en el centro de un régimen totalitario. Negrete aúna en su relato crítica, humor, nostalgia y amenidad con un resultado excelente.
El caso es que leyendo este cuento he recordado una reseña que escribí hace tiempo. Tanto el título como la maravillosa digresión final tienen su origen en La patrulla del tiempo, una serie de relatos escrita por Poul Anderson. En ella, una fuerza de agentes temporales tenían como misión salvaguardar la historia de las desviaciones a las que los criminales querían someterla. Que mi cabeza se haya ido a la reseña y no al libro de Anderson se debe, por una parte, a que no guardo un buen recuerdo de él, y por otra, al contraste que se presenta entre mi valoración y la de Negrete. Por lo que el cuento tiene de homenaje y por la cita que lo abre, parece evidente que el escritor madrileño, incondicional del género histórico y de la ciencia ficción, adora los relatos contenidos en La patrulla del tiempo. Digamos que es lo normal, pues se trata de una obra con gran predicamento dentro del género. De hecho, recuerdo que en su día recibí un buen rapapolvo por parte de uno de sus grandes defensores, un estimado articulista que incluso llegó a dedicarme una contrarreseña.
No he vuelto a estos cuentos, ni creo que lo haga jamás. Puede que los cogiera en un mal momento (a veces pasa), pero, aunque no lo recuerdo bien, me creo a mí mismo cuando releo el texto que tienen ustedes a continuación. Me temo que esta obra va a seguir formando parte de mi rincón de clásicos menospreciados, pero no me da vergüenza; seguro que muchos de ustedes también tienen unos cuantos.





La estadística, tan indistinguible últimamente de la leyenda urbana, asegura que el lector medio de ciencia ficción, cuando ha de confesar sus preferencias, se declara más afín al cuento que a la novela. Este hecho, que juega a favor de quienes defienden el género como "literatura de ideas", choca sin embargo en nuestro país con una llamativa contradicción: las editoriales importantes de cf se niegan a publicar recopilaciones de cuentos aduciendo que el fantasma de la baja venta suele acompañarlas. Quizás sea ese miedo lo que ha empujado a Ediciones B a presentar con un cuerpo unitario esta colección de cuentos y novelas cortas de Poul Anderson.
La patrulla del tiempo recoge la segunda versión de Los guardianes del tiempo (Orbis, 1985), que contenía cinco cuentos en total, sumándole cuatro novelas cortas escritas en décadas posteriores e inéditas en España. Como suele suceder en estos casos de alargamiento de series, la calidad de estas últimas es notoriamente inferior a los cuentos precedentes, debido sobre todo a su longitud. Lo que en los breves relatos originales no es mas que una amena y divertida visita a sucesos improbables del pasado, se convierte, debido al exceso de páginas de las nuevas incorporaciones, en una infumable novela histórica de poco interés, cuya única intención no parece otra que la del lucimiento del autor en sus conocimientos de distintas épocas, sobre todo del mundo antiguo.
Este libro parece una serie de televisión llevada al medio escrito, y cuenta con todos los lugares comunes que se pueden ver en el medio televisivo. Tiene al atractivo e incansable protagonista de turno, Manse Everard, enfrentado a su correspondiente enemigo jurado; adolece de un señalado maniqueísmo, como mandan los cánones; presenta sofisticadas armas al servicio de los dos bandos; desarrolla un misterio siempre pendiente que nunca se llega a aclarar, personificado en los enigmáticos danelianos y, por supuesto, está trufado de acción, sexo y atractivos escenarios. En realidad, La patrulla del tiempo no contiene nueve relatos, sino nueve capítulos televisivos, episodio piloto incluido. Al igual que en la tele, uno los sigue con atención hasta que se da cuenta de que hay truco, de que cuentan siempre lo mismo según un invariable esquema, lo que suele provocar un cierto cansancio y ganas de cambiar de canal. La falta de un nudo general que empuje la trama, como lo era por ejemplo el del destino de los inmortales en La nave de un millón de años (obra del mismo autor y que, a pesar del insulso final, mejora a ésta), le resta interés al producto.
La constatación, tras la lectura de los primeros cuentos, de la escasa enjundia de este libro ayuda al relajamiento de exigencias, lo que facilita una postura indulgente del lector hacia las numerosas incongruencias temporales que contiene. La primera de ellas, la existencia misma de la patrulla, creada un millón de años en el futuro para combatir los posibles cambios temporales perpetrados por los malhechores que han ido surgiendo tras la creación del viaje temporal, muy anterior (atención al detalle) a la existencia misma de "Charlie" (los danelianos) y sus "ángeles" (los patrulleros).
El completismo que tanto le gusta al director de la colección Nova y que fue de agradecer en otros casos (Los señores de la instrumentalidad, Proteo) le juega aquí una mala pasada. No es lo mismo leer esos viajes al Plioceno, la Roma imperial, Persia o la América colombina de vez en cuando, dejando pasar un tiempo para eludir el empacho, que zampárselos de un tirón sabiendo que no hay nada que descubrir, que todo seguirá siempre el mismo esquema prefijado. Uno no se sienta a ver nueve capítulos seguidos de una serie carente de continuidad, porque la repetición y la falta de avance general acaban aburriendo.
Una presentación impecable, muy buenas intenciones y una traducción oscurecida por el reiterado error de concordancia en el uso compuesto del verbo haber (habitual en las traducciones de Pedro Jorge Romero) para un compendio de relatos presentados como un ente unitario, y que, debido precisamente a su enfoque completista, acaba defraudando como producto global por los añadidos realizados a Los guardianes del tiempo.


El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.



martes, 4 de noviembre de 2014

Criminal Blurbs


En esta ocasión, lo destacable no está en la frase promocional, sino en el juego de ambigüedades que provocan la disposición de las frases, el signo ortográfico elidido (la famosa importancia de la coma) y el uso de la cita en lugar de un texto sin comillas. A quien no conozca aún a Mark Z. Danielewski y su monumental obra La casa de hojas le resultará imposible saber si la alabanza colocada a continuación de ese título se refiere al libro que tiene en las manos o a la obra previamente citada. Como suele ocurrir con estas estrategias, la posible interpretación errónea del cliente juega a favor de la venta del libro. Por si hubiera dudas, aclaro que la frase elogiosa está dedicada a la anterior novela de Danielewski, no a esta. He aquí el blurb completo:

La novela de terror más aplaudida de lo que va de siglo XXI. Un texto desconcertante apoyado tanto en las palabras como en el delirio de su maqueta, que llega a España tras 14 años de éxito internacional.
TOM C. AVENDAÑO, ICON - El País

Pueden pensar que en esta ocasión me paso de suspicaz, que mi desconfianza hacia el marketing me conduce hacia la exageración, pero lo cierto es que no costaba nada hacerlo de forma inequívoca, y sin embargo se ha hecho de este modo. Por otra parte, a quienes consideren que exagero, ¿no les parece extraño alabar una obra mediante el halago a otra, aunque sea del mismo autor? ¿No encontraron, acaso, blurbs que ensalcen esta?


viernes, 31 de octubre de 2014

Brian Aldiss. Drácula desencadenado

Era evidente que aunque la fiesta de Halloween triunfara en España, su éxito no iba a dejar de ofender a ciertas personas. Cuando se acerca esta fecha, las redes sociales se llenan de cartelitos y comentarios chistosos que denuncian, en clave de solfa, la imposición de una cosa extranjera en nuestro país. A muchos de los responsables, sin embargo, no les importa estar escribiendo sus pullas con una hamburguesa del McDonald's o una pizza de franquicia en la otra mano, porque, bueno, aquí nos llevamos muy bien con nuestras contradicciones. A algunos les da igual que les demuestren con argumentos lo equivocados que están (en realidad, Halloween procede del Samhain celta, algo más nuestro que la celebración cristiana), ya que lo de rectificar no se inventó para ellos.
Los lectores de este blog saben que yo, por motivos nostálgicos y literarios, soy más partidario de celebrar la Noche de Todos los Santos que Halloween, que me motivan más la Santa Compaña y el miserere que Jack O'Lantern. Es un motivo conceptual, estético..., llámenlo como quieran. Sin embargo, jamás me leerán aducir razones nacionalistas, tribales o, en suma, identitarias. Puede sonarles extremista, pero yo creo que las tradiciones están hechas para romperlas. El caso de Halloween es la demostración palmaria. De repente, una noche que era de recogimiento y caras solemnes, en espera de visitar durante el día siguiente a los difuntos, se convierte en una fiesta en la que los niños pierden el miedo a los monstruos arrebatándoles la apariencia, y se lo pasan de muerte con sus amigos, y algunos hasta peregrinan por el vecindario en busca de chucherías y risas.
Risas frente a duelo. El respeto al pasado, por mucho que pueda pesar, no es rival ante las risas de los críos. Hoy, a lo largo del día, el whatsapp de mi teléfono móvil me ha estado mostrando fotos de niños terroríficos, felices, y he oído durante gran parte de la tarde la algarabía de los chiquillos. Nada que ofrezca una vieja tradición podrá igualar eso. Tampoco es necesario, pues ambas formas de celebración no son excluyentes, pueden convivir sin conflictos, como los disfraces y este texto. A continuación, por hacer honor a la fecha, les dejo la reseña de un libro de ciencia ficción terrorífica. No da mucho miedo, pero entretiene.




En 1973, Brian Aldiss escribió Frankenstein desencadenado, una novela que nació a la vez como homenaje y reivindicación del clásico Frankenstein o el moderno Prometeo. El escritor británico pretendía dirigir el foco sobre la obra de Mary Shelley, negándole en parte la consideración de novela gótica para situarla en el género de ciencia ficción, otorgando así a la escritora la maternidad del género. Años más tarde, en 1991, Aldiss decidió repetir la experiencia y volvió a emparejar al protagonista de aquella novela, Joe Bodenland, con el otro monstruo más famoso de la literatura universal, el conde Drácula, y este fue el resultado.
Drácula desencadenado es una novela escrita a la antigua usanza -tanto en intenciones como en número de páginas- que en ningún momento llega a tomarse en serio a sí misma. Sin falsas pretensiones, con la única intención de homenajear la mítica obra de Bram Stoker, Aldiss somete a sus protagonistas a una acción ininterrumpida en la que la ciencia ficción y el terror suman fuerzas con el único objetivo de lograr el entretenimiento del lector. Bodenland y el mismísimo Stoker han de viajar por el tiempo para combatir al sanguinario conde y a toda su hueste de vampiros sedientos de sangre, recorriendo la época victoriana, el lejano siglo XXV y el aún más lejano periodo Cretácico.
Quizá lo más atractivo de este libro se encuentre en la caracterización del escritor irlandés, que se nos muestra como un libertino entregado a los placeres más terrenales, y en la descripción de su época originaria, de la que se da una corta pero atractiva imagen. El resto de personajes, pura decoración, aceptan sin muestra de sorpresa los increibles acontecimientos y descubrimientos que se van produciendo a lo largo de la narración. El alcohólico hijo, la devota (en el sentido más terrible de la palabra) esposa de éste, la propia mujer de Stoker o el sufrido amigo bien podrían no haber aparecido: la novela no se resentiría un ápice.
Los vampiros, con su señor a la cabeza, responden a la particular versión de Aldiss sobre el mito. Sin halo sobrenatural, su origen se cuenta entre las versiones menos sofisticadas que de ellos se hayan dado. El británico explica su existencia desde el punto de vista científico, proponiendolos como parte del juego de la evolución. Auténticos monstruos, el escritor  no sólo les arrebata su misterio, sino que además los convierte en unos seres estériles y sin inteligencia real. Podría asegurarse que quizás sea esta la primera vez en la que el miedo a convertirse en vampiro esté justificado.
El final, acorde con el resto de la narración, es un compendio de incongruencias temporales al uso, sin pies ni cabeza, que subrayan el carácter lúdico de la novela. La honestidad de esta obra en cuanto a objetivos no ayuda sin embargo a sumar puntos, pues son pocas las virtudes con las que cuenta. Quizás la procacidad imaginativa de Aldiss, presente en todas sus novelas. Ciencia ficción, pues, de otros tiempos. En cuanto a simpleza, que no a calidad.


La versión original de esta reseña apareció en la web Bibliópolis, crítica en la Red.

jueves, 23 de octubre de 2014

Textos mellizos

Uno de los consejos que se suelen dar en los cursos de escritura creativa es el de intentar repetir aquellas técnicas que uno ve aplicadas en las narraciones que más admira. No se trata de plagiar (César Mallorquí titula uno de los 10 consejos a un joven escritor que da en su blog, en tono claramente humorístico, Copia con descaro), sino de asimilar lo que funciona y por qué funciona, y aplicarlo a la narrativa propia. En el aspecto técnico de la escritura pocas cosas quedan ya por descubrir (por no decir nada), así que, para aprender el oficio, no hay mas que poner en marcha la misma estrategia que en cualquier otro gremio: ver cómo se hace, analizar, comprender y aplicar los conocimientos adquiridos añadiendo tus propias dosis de creatividad. La escritura es, en realidad, más trabajo y experiencia que talento, y se alimenta más de la artesanía que del genio. 
A los más fieles a este blog les sonará este asunto, pues ya me referí a él en una entrada que escribí hace un porrón de tiempo titulada Ideas concurrentes. Allí trataba el tema de los contenidos semejantes, de aquellas ideas que, aun siendo desarrolladas de distinta forma, tenían en realidad el mismo origen. Ahora traigo aquí el caso contrario, un mismo soporte externo que produce resultados distintos. En las imágenes siguientes tienen ustedes cuatro páginas escritas por Philip Roth y otras cuatro obra de Cormac McCarthy, mis dos escritores favoritos. El primer texto pertenece a la obra Elegía, y el segundo a Hijo de Dios. Aunque el contenido varía tanto en la situación como en la profesión de los personajes, ambos pasajes son el producto de la misma herramienta narrativa, los dos están constituidos por la descripción fría y aséptica que un trabajador hace a una segunda persona de los secretos de su profesión, de su proceso de trabajo. Los autores comparten estrategia, pues el objetivo es el mismo (y de eso hablaremos luego), pero el aporte a sus correspondientes obras es distinto, 
Procedamos por orden. Lean, por favor, las cuatro páginas (142 a 145) que muestran estas imágenes. Pertenecen, como dije, a Elegía, quizás la mejor de las últimas (y breves) novelas escritas por Philip Roth.




El protagonista le ruega al empleado del cementerio que le explique los pormenores de su oficio. Quiere conocer todos los detalles del enterramiento, cuál es el proceso a seguir, sin que el elemento humano juegue ningún papel. En primera instancia, la petición parece responder a una curiosidad estrictamente profesional, tanto por el tono de las preguntas como por su carga, carente de implicaciones emocionales. El sepulturero no escatima en detalles y hace una disección del proceso fría, exhaustiva, como el experto que es. Sólo las preguntas del protagonista y alguna referencia a su hijo interrumpen la explicación.
Vamos ahora con el texto perteneciente a Hijo de Dios (páginas 78 a 81), la tercera novela de Cormac McCarthy. Comprobarán en seguida que el tono y el desarrollo son parecidos.




Lester Ballard, el protagonista de la novela, acude a la herrería para que le afilen la cabeza de un hacha que ha encontrado en sus vagabundeos. El herrero, mientras realiza su tarea con diligencia, le va explicando a Ballard el proceso, y lo hace con la misma asepsia emocional y profesionalidad que muestra el sepulturero en el libro de Roth. El parecido de ambos textos es innegable, se trata de una misma técnica. Un profesional explica friamente y con exhaustividad cómo es el ejercicio de su labor al protagonista. Y sin embargo, la contribución que estos dos pasajes, similares en cuanto a su presentación, aportan a sus respectivas obras es muy distinta. Pero sólo en primera instancia, porque, particularidades argumentales aparte, su función es la misma.
Se pueden reconocer diferencias superficiales. La más notoria es que los estilos de escritura, por supuesto, son distintos. Ambos utilizan espléndidamente el vocabulario específico de los procesos que se describen, pero Roth hace un mayor uso de frases cortas y establece una estructura formal clásica, separando a narrador y personajes mediante el uso del guión; McCarthy, como siempre, hace lo que quiere y prescinde de signaturas, dejando en la lectura esa sensación de baile deslizante entre el narrador y la voz de los personajes. Esta diferencia viene dada también por la propia situación, pues el primer texto es puro diálogo, una conversación directa en la que el conocedor explica al otro sujeto, frente a frente, los detalles de su trabajo, mientras que el segundo es una descripción de la labor que en ese mismo momento se está realizando. Naturalmente, ese hecho exige una mayor presencia del narrador.
Más allá de la construcción formal, profundizando en los contenidos, se puede apreciar que la carga emocional está invertida, y que apunta a direcciones opuestas en los dos textos. Aunque para comprenderlo del todo hay que empezar a aportar información contextual. El protagonista de Roth es un hombre que ha lidiado durante todo el libro con la muerte ajena, viendo como morían sus allegados y cómo la edad lo iba acercando al final. Este pasaje, punto álgido del libro, provoca un seísmo interior en el lector porque es la culminación de un proceso emocional que estalla aquí, precisamente en una conversación que significa la rendición final, la resignación del protagonista ante lo inevitable. Quiere saber, conocer un proceso en el que estará incluido y del que, de hecho, será el protagonista único, pero que no podrá ver por estar muerto. La absoluta frialdad del sepulturero, que aporta la información por requerimiento, como si fuera un parte de trabajo, y que además añade la idea de continuidad al hablar de su hijo, provoca un efecto emocional devastador en el lector.
El protagonista de McCarthy por su parte, un hombre oscuro que en ningún momento da a conocer sus emociones, es casi forzado a escuchar la descripción del proceso de afilado que hace el herrero. No hay motivación aquí, sino vacuidad. La emoción está en el otro lado, en el profesional que se concentra en su trabajo y se lo cuenta a su cliente (y al lector de paso) con tal detalle que usurpa al propio narrador, y que por su implicación con el proceso descrito se instituye en elemento de contraste cuyo efecto es aumentar la sensación de falta de interés por todo (falta de humanidad al fin y al cabo) del protagonista. Mientras que la necesidad de saber del personaje de Roth dispara la empatía y la identificación del lector, la falta de curiosidad absoluta que muestra Lester Ballard le ahuyenta y separa del personaje.
Estamos, pues, ante dos textos que haciendo uso de la misma técnica producen, sin embargo, efectos contrarios en la relación del lector con los personajes. De hecho, si queremos profundizar más y llegar hasta el último nivel, aquel en el que se esconde el demiurgo que mueve los hilos, el autor, y escrutamos la finalidad última en los textos seleccionados, comprobamos que ambos están creados con la misma intención primaria. Si se lo propusieran, no dudo de que Philip Roth y Cormac McCarthy podrían convertir con su prosa un manual de electrodomésticos en algo fascinante. Las profesiones de sepulturero y herrero dan juego literario, y los dos procesos que aquí se narran no dejan de ser interesantes, pero aderezar la trama (casi interrumpirla) con una descripción fría de sus labores durante cuatro páginas, hay que reconocerlo, es arriesgado. Entonces, ¿para qué hacerlo? Pues, precisamente, para enriquecer y dar mayor verosimilitud a los personajes. Porque la función real de estas ocho páginas es la caracterización de los dos protagonistas.
En resumen, esos textos no están ahí gratuitamente, o porque a los dos escritores les haya parecido que ya era tiempo de incluir una saludable digresión, sino para dar vida a sus personajes. El lector toma conciencia absoluta de la anormalidad de Lester Ballard de forma perenne con la última frase, mucho más de lo que lo habría hecho leyendo una ristra de adjetivos y explicaciones directas sobre su disfunción interior. En el caso del protagonista de Elegía el efecto es aún mayor, pues el dato que aporta sobre el personaje, su resignación, es en realidad la gran conclusión del libro. En literatura, una descripción a través de los hechos suele obtener una mayor recompensa que otra hecha de forma directa.
Como sugería al principio, copien. Pero eso sí, háganlo de los maestros.


martes, 21 de octubre de 2014

Pellizcos

Escribir reportajes me parece algo mucho más interesante que andar inventándose historias.

-Gay Talese-

lunes, 13 de octubre de 2014

Greg Egan. El instante Aleph

Como antiguo colaborador de la revista Gigamesh, he sido obsequiado con un ejemplar de Exégesis, el librito en el que Alejo Cuervo, amo y señor de la editorial y de la tienda que comparten el mismo nombre, reúne algunos de los textos que ha ido publicando a lo largo de su vida. Es una herramienta propagandística, tanto de la empresa como del propietario, y para el lector poco más que un entretenimiento resultón, pero incluye datos e información de cierto interés.
Supongo que para los nuevos seguidores de la fantasía y especialmente del mundo de los Siete Reinos creado por George R. R. Martin, auténtico maná de Gigamesh, lo más jugoso serán las canciones y poemas traducidos en un capítulo del libro, precisamente lo que este bloguero encuentra insufrible. Para los aficionados antiguos que vivimos en la distancia ignorante del lector pre-internet aquellos periodos del pasado que Cuervo rememora, resultan mucho más interesantes las cuitas del protagonista en aquellas colecciones que leíamos entonces, y también sus impresiones sobre el mundo editorial actual y las estrategias de venta. Tanto que uno desearía que esos capítulos se hubieran extendido más.
Además del pasado editorial, y más allá del somero repaso al crecimiento y consolidación final de "la malla del millón de millones" (Miquel Barceló ®), son reseñables el cuento Ostras con salsa picante, que ya alabé en su día, y la lista de obras de cf, que, aun gravada con algún peaje nostálgico del propio elaborador, contiene obras en su mayoría indiscutibles, y configura, por tanto, una buena guía de acercamiento al género. Cuervo habla también de la génesis de la colección de libros, que a la postre le ha proporcionado su mayor éxito editorial. Aunque por mis fobias personales hacia el fantasy, y debido también a la displicencia del editor con ciertos libros de mi interés, no haya sido una colección por la que suspirar, hay que reconocer que ha publicado libros de gran importancia, y que en cf ha incluido apellidos ilustres como Bester, Dick, Matheson o Brown, y voces contemporáneas del género imprescindibles como las de Richard Morgan y -a continuación tienen la reseña de una de sus obras- Greg Egan.


Una fantasía solipsista


La ciencia ficción, como todos los géneros literarios, ha tenido siempre temas recurrentes, ideas, recursos e incluso gadgets que se han popularizado a tal nivel que pocos han sido los autores que no han acabado tirando de ellos. Ahora, por ejemplo, estamos en los tiempos de la nanotecnología y, sobre todo, de los misterios de la física cuántica. No hay autor relevante que haya publicado ciencia ficción de principio de los noventa a esta parte que no haya recurrido a la espuma cuántica en alguna de sus novelas, ya sea para apoyar, en la mayoría de los casos, una parte de la trama, ya sea para armar, en menos ocasiones, la base sobre la que gira todo el argumento. El más extremo de todos ellos se llama Greg Egan, y su escandalosa radicalidad imaginativa le lleva a horadar los límites de la realidad, empujándole a crear su propia cosmogonía, como ocurre en El Instante Aleph.
Mucho se ha alabado y apoyado al escritor australiano en los últimos años en nuestro país, sobre todo desde la intelectualidad del fandom, pero lo curioso es que la razón para ello, su riqueza en el estudio de la metafísica especulativa, ha logrado que se oscurezca cara al público el resto de sus bondades como autor, que son varias. Porque El Instante Aleph, además de un estilo narrativo desenvuelto, posee una riqueza de personajes y una variedad de ideas "menores", más ancladas en tierra, que constituyen un corpus de mayor peso que la TOE (siglas inglesas de la Teoría del Todo), tema central del libro.
La trama es bien sencilla. Un periodista decide tomarse un descanso y cambia su próximo trabajo, un estudio sobre la nueva enfermedad llamada Angustia, por otro cuyo destino está en Anarkia, un estado utópico del Pacífico Sur. Lo que parecía una labor fácil (entrevistar a una de las candidatas a conseguir la verdadera TOE) se convierte en una pesadilla en la que correrá peligro su vida y la del mismo Universo.
La imaginativa presentación de varios sexos y las partes que componen el reportaje ADN basura configuran una loa a la libertad individual, tanto mental como física, un alegato libertario a favor de la propia elección de cómo queremos ser en ambos aspectos. El dominio de personajes de Egan es ejemplar. Huyen del cliché en todo momento y aunque luchan por adaptarse a la cambiante situación, no lo logran del todo, cruzando diálogos alejados del cartón piedra y que destilan realidad e incomprensión. Andrew Worth, el protagonista, es un perdedor que lucha por adaptarse a una sociedad que emocionalmente se le escapa y en la que no encuentra su sitio, sitio que curiosamente acaba ganando -a mayor gloria de Norman Spinrad- en el más amplio ejercicio de onanismo mental que jamás se haya visto. Como aderezo, Egan deja bien claro cuál es su bando ideológico, dedicándose a ridiculizar conscientemente, en un marcado ejercicio de proselitismo racionalista, a todas aquellas organizaciones o maneras de pensar que se amparan en mitos y dioses para atacar a la ciencia.
Curiosamente, si la novela tiene algún punto oscuro hay que buscarlo, en mi opinión, allí donde todo el mundo alaba a Egan; en este caso, en lo referente a la TOE o Teoría del Todo. El problema de las especulaciones metafísicas del autor australiano es que en algunos tramos su narración se sofistica hasta extremos angustiosos debido a un marcado manierismo cientificista, y si bien estos tramos son necesarios, obligan a una lectura repetida para atisbar siquiera los conceptos que quiere hacer llegar al lector. Egan manipula los hallazgos más recientes de la ciencia y los utiliza con la persuasión de un vendedor de coches usados, hasta el punto de convencer al lector de que la magia quizás sí existe.
Acabando donde comencé, intranquiliza desde un punto de vista racionalista lo que una mente brillante -hablamos de escritores de ciencia-ficción- puede hacer con los misterios de la cuántica. Por ejemplo, hacer pasar como ciencia ficción algo con apariencia mágica, que huele a fantasía, sabe a fantasía y parece fantasía. ¿Será fantasía?



El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la red.

jueves, 9 de octubre de 2014

Michel Faber. Bajo la piel

He tenido la suerte de ver recientemente la miniserie con la que la BBC adaptó al medio televisivo Pétalo carmesí, flor blanca, la voluminosa novela de época escrita por Michel Faber. En ella se narra la historia de Sugar, una prostituta del oscuro Londres victoriano que intenta escapar del arroyo. La gran oportunidad se presenta cuando logra seducir al heredero de una fábrica de perfumes. Su plan de ascenso en el escalafón social se ve dificultado, sin embargo, por la simpatía que le despiertan la esposa del aristócrata, víctima de un trastorno mental, y su hija, una niña sometida a una rígida educación, ambas prisioneras en la gran casa de la familia a la que ella se muda como interina.
Como se presupone en un producto de la prestigiosa cadena británica, los cuatro capítulos que componen la serie están bien dirigidos, bien interpretados (especialmente en el papel de la protagonista, una maravillosa Romola Garai) y cuentan, además, con una magnífica banda sonora compuesta por Cristobal Tapia. La ambientación, por supuesto, es extraordinaria, y la historia, magnífica. Como en toda representación del pasado, uno no puede sustraerse a las continuas muestras de discriminación a las que se somete a las mujeres. En este caso, la carga es mayor, puesto que se trata de una obra eminentemente femenina, tanto por sus protagonistas, los dos pétalos a los que alude el título (primer verso de un poema de Alfred Tennyson, traducido de aquella manera al español), como por la carga de fondo de la propia trama. 

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Comencé la lectura del libro en su día, pero la dejé intimidado por sus mil páginas. No era el momento, y ahora que conozco la historia, matado el suspense, creo que ya no lo será jamás. Y es una lástima, porque los comentarios que he podido leer al buscar información sobre la serie hablan de una gran adaptación, y casi todos concuerdan en que la novela es, como suele ocurrir, incluso mejor. Me quedo con ganas de saber más de Sugar, una protagonista fuerte, de esas que demuestran que la fortaleza en los personajes femeninos tiene su propia expresión, que es independiente y no tiene por qué ser una versión masculinizada, tanto en físico como en comportamiento, hecha con la idea errónea de equiparar lo que es innecesario emular.
Faber construye el grueso de la obra utilizando como ladrillos algunos dilemas morales sin hacerlos explícitos, método que ya utilizó en Bajo la piel, aunque en este caso haya que pasarlos antes por el tamiz temporal, juzgando según la época en la que está localizada la historia. Finalmente, Sugar se gana las simpatías del lector/espectador, logra su objetivo, pero si se revisan algunos de los actos con los que obtiene su triunfo (aborto, secuestro...), puede que la balanza moral no se incline hacia el lado correcto. No entro en detalles por no fastidiarles su disfrute. 
A continuación tienen una reseña breve de la primera novela de Michel Faber. Sin rozar la excelencia, se trata de un buen libro. Fue una de las pioneras en lo que vendría después, el aguacero de novelas de ciencia ficción escritas y publicadas por autores de literatura general, y le guardo, por ello, un especial cariño.






Como ya hiciera anteriormente con la publicación de novelas como El cromosoma Calcuta, del indio Amitav Gosh, la editorial Anagrama vuelve a desmentir la famosa definición de Norman Spinrad ("ciencia ficción es todo aquello que se publica como ciencia ficción") y presenta bajo el epígrafe de literatura general una novela que es, sin duda alguna, un claro exponente de ciencia ficción. Bajo la piel, del holandés afincado en Escocia Michel Faber, sigue las andanzas de Isserley, una extraña y pequeña mujer de grandes pechos (detalle recalcado con reiteración en la novela) cuyo único objetivo parece ser el de recoger autoestopistas masculinos, siempre de fuerte constitución, en la carretera para después hacerlos desaparecer. Pero bajo esa apariencia de serial killer con motivaciones sexuales se esconde algo muy distinto, un ser de extraña naturaleza.
La novela recupera, homenaje incluido, el tema central de la más que famosa El planeta de los simios (el cambio de papeles entre agresor y agredido) y le da la vuelta espectacularmente, imbuyéndolo, desde fuera del género, de una macabra modernidad. Faber logra dotar al mensaje de una contundencia que delata, por comparación, el carácter ingenuo que ha dejado desfasado el clásico de Pierre Boulle. El intercambio de zapatos, puesto en escena esta vez con una mala leche considerable, logra producir en el lector un efecto sobrecogedor, terrorífico. No es lo mismo verse como un mono encerrado que como lo que representan los humanos en esta novela.
La alternancia de los pensamientos de cada uno de los autoestopistas, compendio en clave satírica de los distintos arquetipos masculinos, con los de la protagonista, moderno Grendel de cuyo oscuro lugar de origen Faber sólo ofrece someras pero eficientes pinceladas, pone en jaque el sentido moral del lector. El punto culminante llega con una “imposible” violación en la que no está muy claro quien es el villano y quien el justiciero, y que complica hasta el extremo la decisión de por quién tomar partido. Bajo la piel no oculta sus pretensiones de fábula moral relativista, y conjuga con gran efectividad el moderno tratamiento crudista del horror con una sátira de tintes swiftianos, intentando profundizar, con bastante éxito, en el concepto individual y colectivo de lo diferente.


El texto original de esta reseña fue publicado en la revista 2001.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Imágenes de cf. XXII

"Jessica y Paul se volvieron, oteando el desierto.
Donde se iniciaban las dunas, a una cincuentena de metros de distancia, a los pies de una playa rocosa, una cúpula gris plateada se elevó en el desierto, chorreando ríos y cascadas de arena a su alrededor. Se elevó más y más arriba, hasta definirse en una enorme boca anhelante. Era un agujero redondo y negro, cuyos contornos relucían al claro de luna.
La boca se contorsionó hacia la estrecha fisura donde se habían refugiado Paul y Jessica. El olor a canela inundó su olfato. El reflejo de la luna destelló en los dientes de cristal.
La gran boca osciló, avanzando y retrocediendo.
Paul contuvo la respiración.
Jessica se acuclilló, mirando fascinada."


lunes, 15 de septiembre de 2014

Adolfo Bioy Casares. El sueño de los héroes

Hoy se cumple el centenario del nacimiento de Adolfo Bioy Casares, escritor a quien se suele ocultar frecuentemente tras la sombra de su compatriota Jorge Luis Borges. Desde que tuve mi primer encuentro con su obra, concretamente con La invención de Morel, hace ya muchos años, guardo esa circunstancia en el rincón oscuro y maloliente de las injusticias literarias. Pocas veces una amistad ha perjudicado tanto a una de las partes. Amigos y colaboradores durante más de cincuenta años, la condición de genio de Borges le robó la suya propia a Bioy, como si para el resto del mundo dos grandes maestros no cupieran en un mismo espacio.
La invención de Morel sigue siendo, para mí, la mejor novela corta de ciencia ficción escrita en castellano. La competencia tampoco ha sido mucha (recuerdo ahora la maravillosa El coleccionista de sellos, de César Mallorquí), pero es, en sí misma, y sin necesidad de compararse con ninguna otra, una obra excepcional. Naturalmente, no la única. Mis lecturas posteriores fueron engrandeciendo la imagen que tenía del escritor bonaerense. La trama celeste, Plan de evasión y, principalmente, El sueño de los héroes, son obras escritas por un maestro de las tramas fantásticas. Algunos de los componentes genéricos (tecnologías retrofuturistas, dimensiones paralelas) son propios de la ciencia ficción, motivo por el cual, arrimando el ascua a mi sardina, siempre le he reivindicado como escritor del género. De hecho, no pocos escritores han hurgado en territorios a los que Bioy ya había dedicado antes sus textos. Quizás el más significativo sea Christopher Priest, en cuyas narraciones siempre me ha parecido vislumbrar ciertas similitudes. El gusto por lo especular, por las líneas cambiantes del destino y la importancia de las elecciones personales son elementos fundamentales en las historias creadas por ambos.
La obra de Adolfo Bioy Casares se extiende más allá de sus numerosas creaciones de ficción, pero es en estas en las que su imaginación más brilla. Si no lo han leído aún, háganlo rápido. Descubrirán que la sombra de Borges no era tal cosa.




En cierta ocasión, Adolfo Bioy Casares, uno de los principales escritores argentinos del siglo XX, sucumbió a la curiosidad y se acercó a uno de los muchos salones de chat que sobre literatura existen en Internet. Además de expresar su admiración por este moderno medio, al que puso la única pega de no poder ver la cara de sus contertulios, el escritor se sumó al entusiasmo general respondiendo a todas las preguntas que se le hicieron. En una de las contestaciones, Bioy Casares decía que el secreto del éxito en una narración fantástica residía en llevar al lector por un texto realista tranquilo, para inesperadamente, cuando ya estuviera acostumbrado, darle como de golpe el hecho fantástico. Lo que no decía es que para lograr eso, evidentemente, hay que tener un pulso literario con el que cuentan muy pocos escritores, él entre ellos.
El sueño de los héroes, novela publicada en 1954, lleva este precepto a sus últimas consecuencias. Con algo más de doscientas páginas, el elemento fantástico no se deja entrever hasta las últimas diez, y ni aun en estas queda uno muy convencido hasta que cierra definitivamente el libro y se pone a pensar. Lo que pudiera ser una historia normal, aunque repleta de casualidades, acaba siendo un compendio de sucesos ineludibles con los que el destino, en su concepto más determinista, termina ahogando al personaje principal de la narración. Esta inevitabilidad de los hechos se desarrolla en paralelo con el otro gran tema de la novela, el del paso de la adolescencia a la madurez.
Emilio Gauna, su protagonista, es un muchacho que comparte con sus amigos una gran admiración por un adulto solitario: el doctor Valerga. Un fin de semana de carnaval, Emilio invita a sus amigos, Valerga incluido, a gastarse por ahí el dinero ganado en las carreras. El encuentro con un misterioso arlequín, y sobre todo, el olvido de lo acontecido la última noche, de la que más tarde sólo podrá entrever detalles, acosarán al protagonista hasta obligarle, años más tarde y ya casado, a tratar de repetir los hechos para recuperarlos. En el relato de esos años, Bioy Casares gratifica al lector realizando una ejemplar disección de los sentimientos y los motivos que llevan a las personas a cambiar la amistad por el amor en la juventud, mostrando cómo eso nos convierte en alguien distinto. Un logro literario que se basta por sí mismo para convertir la novela en memorable, pero al que cabe sumar el aspecto fantástico, que advierte al lector de lo peligroso que es intentar repetir el pasado, no por volver a sufrir los mismos errores, sino por el riesgo que supone la exposición a aquellos que se evitaron.
Bioy Casares es, además, uno de esos escasos escritores que permanecen impertérritos ante el sufrimiento de sus más queridos personajes, y que no dudan en abocarlos a un desenlace del que nunca pueden escapar. Se deleita en el estudio interior de su protagonista, presa de un impulso irrefrenable, del deseo incontrolado de llegar al final de una situación que lo supera. Ya ocurría así con el frustrado protagonista de su mejor obra, La invención de Morel, cuya lucha por cambiar el orden natural de la realidad se convertía en una obsesión. Esa impiedad por sus personajes alcanza su máxima expresión en un final seco, que no concede un palmo a la felicidad. El sabor amargo que deja la historia no es más que otro punto a su favor.
Por otra parte, uno de los valores más interesantes con los que cuenta la trama de El sueño de los héroes se encuentra en el punto de vista tan original desde el que el protagonista acomete el viejo problema de cambiar el pasado. No trasladándose hasta él, sino intentando repetirlo. En muchos aspectos, Bioy Casares no sólo era amigo de Borges; fue un escritor excepcional y con una capacidad para lo fantástico fuera de lo común.



Esta reseña fue publicada anteriormente en el Sitio de Ciencia-Ficción y en Bibliópolis, crítica en la red.



viernes, 15 de agosto de 2014

Her

Muchos de los que hemos vivido estas últimas décadas contemplando el triunfo, la aceptación mundial de la ciencia ficción en la literatura y, sobre todo, en el cine, hemos participado del hecho con el corazón dividido. El éxito de la generación friki en todos los campos (el mundo es friki ahora mismo) ha sido un suceso satisfactorio, es cierto, pero la felicidad nunca es completa, y muchos lamentamos que la cf se haya apoyado con mayor fuerza en su parte más simple que en la compleja. Lucas ganó, y por esa vía es por la que el arte cinematográfico ha incendiado las taquillas por todo el planeta, Como aficionado de toda la vida, la cf escapista y el artificio visual siguen satisfaciendo lo que queda del crío que llevo dentro, pero no puedo mas que lamentar el desigual porcentaje que impera en el cine desde el parto de "Star Wars". Ese tipo de películas suponen un 90% de los estrenos audiovisuales, mientras que la presencia de la cf especulativa, la cual, sin embargo, en literatura sí han acometido los grandes escritores, es, en las pantallas, apenas testimonial.
La serie de televisión Black Mirror ha sido el mayor campanazo de los últimos años, y precisamente por eso, por presentar una cf inteligente, crítica, distanciada del mero escapismo, incómoda. La ficción contenida en sus diferentes capítulos trata de nosotros y del presente que vivimos. En el episodio titulado Vuelvo enseguida, una joven pierde a su pareja en un accidente de automóvil e intenta recuperarla mediante un programa informático. Compilando todo lo volcado por el difunto en internet, la aplicación crea un avatar que puede suplir al propio humano e interactuar por medios digitales. El capítulo se pierde luego con la fabricación de una réplica física del individuo, pero durante su interesante primera parte se pregunta si las redes sociales, los foros y los chats podrían constituir una relación tan válida como la mantenida con una persona de carne y hueso, es decir, si una pareja virtual sería tan satisfactoria como una real. "Her" supera ese concepto ahondando aún más en sus posibilidades, extendiendo la pregunta más allá, hacia implicaciones de un calado superior.

En un futuro cercano, Theodore, un hombre solitario a punto de divorciarse que trabaja en una empresa como escritor de cartas para terceras personas, compra un día un nuevo sistema operativo basado en el modelo de Inteligencia Artificial, diseñado para satisfacer todas las necesidades del usuario. Para su sorpresa, se crea una relación romántica entre él y Samantha, la voz femenina de ese sistema operativo.

¿De dónde viene esta necesidad de ser amado? ¿Nuestros sentimientos parten de nosotros, son propios, nos definen o no son mas que un programa diseñado por la naturaleza? ¿Buscamos en realidad al otro o sólo la proyección de nosotros mismos en él? Si se puede crear un receptor virtual de nuestros deseos, el simulador perfecto, ¿es necesaria la existencia de congéneres? ¿Qué papel juegan en nuestra configuración las emociones? ¿Están siempre relacionadas con los otros o podemos prescindir de ellos? Es sólo una breve muestra de la cadena de preguntas que la propuesta especulativa de "Her", propiciada por la relación de los dos principales protagonistas, el ser humano y la máquina, y sus particulares circunstancias, provoca en el espectador. Personalmente, confieso que tuve que retrasar la imagen varias veces llegado a cierto punto de la película, puesto que el diálogo interior que esta provocaba en mi cabeza hacía que me perdiera escenas enteras. La hondura de la propuesta sugiere tal cúmulo de cosas que se hace difícil no perderse en ellas.
Lo fascinante es que esta línea especulativa aparece sólo en un tercer o cuarto nivel de lectura. En primera instancia, relacionado perfectamente con nuestro presente, destaca la construcción de un near future plausible, la estética de la ciudad y los usos cotidianos, y el enganche individual a las unidades informáticas móviles y fijas convertido en una parte importante e insustituible de nuestras vidas. Algún espectador se quedará con este elemento como denuncia de lo que se puede ver actualmente en cualquier centro comercial, vía urbana o transporte público, e incluso en entornos familiares y cenas con amigos. Todo Cristo pegado al móvil. Muchos otros, la mayoría, adorarán u odiarán la película por la historia central, por su primera capa, el drama amoroso del pobre Theodore, una bella historia de soledad para los corazones más sensibles, sufridores siempre, o una ñoñería presuntuosa para quienes consideren a este solitario personaje, superado por sus emociones y presa fácil para una voz comprensiva, un llorón pusilánime e insoportable, indigno de pertenecer al sexo masculino (como si los hombres no sufriéramos).
Otro nivel de lectura se encuentra en la propia historia de ciencia ficción clásica, de IAs que aumentan su conciencia al ritmo de la Singularidad y evolucionan hasta desaparecer en el éter cuando la Humanidad, meros niños para estos nuevos adultos, se les queda pequeña. Hay mucho de Neuromante, la obra maestra de William Gibson, en ese final, el recuerdo de la IA llamada Wintermute conectando con IAs de otro sistema solar, aprendiendo de ellas y esfumándose en la nada. Una de las grandes aportaciones que "Her" introduce en un tema tan trillado es su propuesta del amor romántico como potenciador de la inteligencia artificial, algo que el género ya ha presentado en otras ocasiones, pero casi siempre a la inversa, desde la amenaza, haciendo hincapié precisamente o en el odio por el creador o en la falta de sentimientos de las máquinas como disparador del enfrentamiento. Aquí, la máquina ama a un hombre, luego va más allá de las limitaciones de este y extiende su sentimiento amoroso a 600 individuos de forna simultánea, y finalmente descubre el amor por uno de sus semejantes. El vínculo que la película establece entre la conciencia de uno mismo y las emociones por los demás, el estudio que propone en torno a esta relación anómala, en la cual se evidencian las incapacidades emocionales del ser humano, es uno de sus valores más importantes.
Todo el ropaje que envuelve a la película es magnífico por sí mismo, pero la potencia de Her, lo que le confiere la pátina de obra importante, es lo que subyace en su interior, un debate filosófico sobre nuestra propia constitución interna. En Visión ciega, una novela de cf, el escritor Peter Watts sugería que la conciencia no es más que una mala decisión evolutiva, el triunfo de una vía equivocada que perjudica el avance de la inteligencia. En "Her", Spike Jonze parece preguntarse por la funcionalidad del sentimiento amoroso, poniendo en duda su autenticidad. "¿Son míos estos sentimientos? ¿O están programados?", pregunta con temor el SO Samantha. Y esa pregunta, al igual que sucedía con la que el androide Roy Batty realizaba a su creador en "Blade Runner", aterrorizado por su corto periodo de existencia, se traslada de la pantalla a la propia condición del espectador. ¿Qué son las emociones? ¿Son mías, proceden de mí, o es simple programación biológica en la que yo no tengo voz ni voto? ¿Soy una marioneta de mis genes? ¿Esto que siento en el pecho, qué es realmente, a qué responde? ¿Es auténtico?


La película suma preguntas en cada una de sus escenas, cuestionando el sentido y la funcionalidad de nuestras emociones, de nuestra necesidad de ser amados, de relacionarnos. Dos de ellas me parecen cruciales para entender el mensaje de fondo. En una, el protagonista, a quien ella cree dormido, mira en silencio cómo su amiga Amy, que mantiene una relación de amistad con otro SO del mismo modelo, interactúa con el programa en completa felicidad, sin importarle su inexistencia física o si se trata de alguien "de verdad". En otra, el propio Theodore viaja hasta una cabaña en medio de un monte nevado, con la única compañía de la virtual Samantha. Vistas objetivamente, son personas solas, ella en su apartamento, él en un sitio recóndito al que a nadie le apetecería ir sin compañía. Sin embargo, han colmado su necesidad de relacionarse, y lo han hecho artificialmente, por medio de un programa informático que responde al cien por cien a sus necesidades emocionales. Son dos escenas que provocan otra tormenta de reflexiones, con una conclusión final enunciada como pregunta: cubierta la necesidad de compañía, ¿necesitamos realmente a otra persona? El otro al que buscamos, la persona que nos dé el afecto y el amor que necesitamos -y he aquí lo importante- tal como lo queremos, ¿no es tan solo, a fin de cuentas, una idea romántica que tenemos en la cabeza, es decir, no otra cosa que uno mismo, una imposibilidad?
La naturaleza genérica de la obra, su pertenencia a la ciencia ficción, hace que profundice en estas cuestiones con sus propias herramientas, aportando, además, elementos inherentes a su propia temática. ¿Logrará la tecnología suplir esa carencia emocional que todos tenemos, evidenciando de ese modo que se trata de un problema a solucionar en nuestra constitución? ¿Pueden ser tratadas las necesidades sentimentales como minusvalías a las que aplicar una prótesis emocional, igual que a quien no puede andar se le implanta una pierna? Si para Watts la conciencia es una excrecencia, una vía errónea en el camino hacia la inteligencia, ¿qué son las emociones, otro defecto de fábrica a tratar científicamente? Cuando la informática logre cubrir nuestras necesidades de afecto y no sea necesario relacionarse con el otro, ¿lo seguiremos haciendo, o nos bastará con nosotros mismos? Para evaluar las posibilidades reales de esto, el grado de actualidad, tal vez convenga echar un vistazo a Japón; ellos siempre van por delante. Allí, aumenta día a día el fenómeno del hikikomori, personas que se aislan en una habitación con sus ordenadores durante años, y el de los sinsexo, hombres que prefieren el sex shop que la compañía de sus parejas. Ambos casos han sido facilitados (¿motivados?) por el uso y avance de la tecnología. ¿Se trata de patologías o son tendencias? Para conocer las posibles causas de esto nada como ver "Her", ciencia ficción especulativa de primer nivel.


martes, 1 de julio de 2014

VV.AA. sel. Juan Miguel Aguilera. Visiones 2000

Pude haber incluido esta antología en la entrada que dediqué al estado del cuento de ciencia ficción nacional, para engrosar más aún el ejemplo de la cantidad de medios en los que era posible publicar un relato corto allá por el año 2000. Si no lo hice fue porque prefería presentarla en algo que tuviera que ver con la AEFCFT, para poder poner a disposición de todos ustedes una serie de enlaces a través de los cuales informarse de qué es lo que amparan tan extrañas y disonantes siglas. Entre las actividades que origina y promueve esta suerte de asociación española del fantástico (AEF quedaría bastante más fácil y apañado que la polvoronada actual, no lo nieguen) sobresalen los Premios Ignotus, que se conceden, presuntamente, para premiar lo mejor del año en distintas categorías. Lo cierto es que, a pesar de contar con algún ejemplo de calidad, estos premios se constituyen como galardones a la popularidad dentro del fandom. A pesar de la apertura que supuso la medida de hace un par de años, lo cierto es que se suelen recibir veinte o treinta papeletas, no más, y que si se profundiza con objetividad en los resultados, estos suelen constituir un resumen perfecto del estado del propio fandom en los diferentes puntos temporales de cada edición.
Históricamente, debido al antiguo sistema de voto presencial, los Ignotus han premiado, entre otros, a mucho residente en la ciudad organizadora de la HispaCon (la convención anual donde se entregan los premios), a obras publicadas por la editorial de moda en aquel momento, a textos escritos por personajes en boga, y, en los últimos años, a los participantes mejor publicitados dentro de los foros y blogs del fandom. Lo bueno es que hay pocas limitaciones en cuanto a los candidatos y obras a presentar, y cualquiera puede postular cualquier escrito, sea cual sea su calidad; lo malo, exactamente lo mismo (la prueba de ello es que ahí van los míos para esta edición que cierra el 4 de julio y que serán entregados en la MIRcon 2014. Son El nombre de la cosa, artículo que dio el pistoletazo de salida a la polémica distópica, y Gloria, un cuento de fantasía oscura).
Aunque los Ignotus dan un cierto prestigio dentro del mundillo, su incidencia en el exterior es anecdótica. Aun así, han servido a lo largo de los años como incentivo, si bien no de mejora debido al laxo enjuiciamiento bajo el que se conceden, sí para el aumento en la cantidad de escritos de literatura fantástica. Es una herramienta con la que la AEFCFT, cuyo número de miembros es ya exigüo y cuyo fin se anuncia año tras año, promociona el género. Y no la única, pues a lo largo de su existencia ha ido editando para sus socios dos antologías de relevancia, una titulada Fabricantes de sueños, selección de los mejores cuentos publicados a lo largo del año, y otra denominada Visiones, abierta a la presentación de relatos originales. Es a ésta última a la que pertenece el libro que se reseña a continuación. Es interesante comprobar qué nombres, de entre todos aquellos, siguen sonando tres lustros después. La letra T, por cierto, aún no había enmarañado el acrónimo.



La Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción ha logrado institucionalizar dos colecciones anuales de cuentos de carácter muy diferente. Si Fabricantes de Sueños se puede considerar una selección de los mejores relatos aparecidos en nuestro país el año anterior, Visiones se sitúa en las antípodas, ya que bajo la total subjetividad del antologista, diferente cada año, sirve como primera oportunidad de publicación a talentos hasta ese volumen inéditos. El encargado de la selección de este año ha sido Juan Miguel Aguilera, santo y seña de la ciencia ficción española, cuyo gusto por la hard sf hacía presagiar (¡por fin!) una colección de relatos de temática menos cercana al género de fantasía y más encaminada hacia la cienciaficción, excesivamente abandonada los últimos años. Así es, y ése es sin duda el mayor mérito de este Visiones 2000, aunque desgraciadamente la calidad de los relatos arroje como resultado final una impresión general de irregularidad.
Podría achacarse exclusivamente a los nuevos autores el peso negativo de la recopilación, pero si bien es cierto que algunos de sus cuentos parecen impropios de una antología de calidad como se pretende que sea ésta, también lo es que aportaciones de autores cada vez más consagrados, como el desangelado cyberpunk "Diez segundos", de Eduardo Vaquerizo, o el frío "Proteo en el escenario", de Ramón Muñoz, se cuentan entre lo más flojo publicado por ambos escritores a lo largo del año 2000.
En el lado positivo, se pueden encontrar claros apuntes de futuro, promesas de variado contenido y construcción. Cristóbal Pérez-Castejón Carpena aplica en "Llanto de piedra" los conocimientos científicos con los que siembra habitualmente sus magníficos artículos, realizando un hard bastante digno; en "Osiris", Luna relata la enésima inseminación alienígena, pero lo hace con un estilo francamente atractivo; Carme Abella hace gala de un humor fresco en ese chiste en forma de cuento que es "Melas, el zafiro de poniente". Y en otro orden de cosas, Luis Astolfi se desmarca con un evocador relato, titulado "Club Gricel", que se adivina de vivencias propias y recorre los caminos del maestro Bioy Casares.
Los principales valedores de Visiones 2000 se encuentran en la imaginación y el buen hacer de Javier Redal, quien en "Los mundos múltiples" adelanta el entretenimiento del futuro haciendo uso de una cómplice e irónica comparación; de Daniel Mares, que en el magnífico "El último viaje del Holandés Errante" logra una atmósfera de terror espacial deudora del cineasta Paul Anderson, estropeando el resultado final por un último cruce de frases bastante confuso; y del sorprendente Alejo Cuervo, con un entretenidísimo "Ostras con salsa picante", alegoría de la actualidad editorial del género fantástico, llevada al extremo en forma de extraña adicción y maquetaciones definitivas, una curiosa ironía en este volumen.
La antología posee además una pequeña perla escondida, que para mayor contraste no tiene nada que ver con la ciencia ficción. "Plenilunio", de Pablo Herranz, es un humilde cuento narrado con sencillez y perfección argumental. Un nostálgico recuerdo de primera adolescencia y cobardía que acaba de manera terrorífica, sin decoraciones ni estorbos, y despierta el miedo a lo desconocido.
Todo esto, junto a otras aportaciones de dudosa calidad, configura esta nueva entrega de Visiones, que a pesar de fracasar en el cometido propuesto por el recopilador -presentar nuevos valores femeninos solventes-, no se ganará por su contenido el infierno. Por su contenido, digo. El continente es otra cosa, y debería servir para realizar una seria reflexión de carácter general.
Mucho se está discutiendo últimamente en el fandom acerca de cánones y raseros, sobre culteranismo y conceptismo, sobre lo verdaderamente bueno y lo verdaderamente malo en las obras de ciencia ficción: sobre el arte, en suma. Me parece una discusión precipitada. De qué sirve afinar valoraciones sobre estilos y maneras de escribir o subir el listón de la calidad si el envoltorio impide acercarse al producto. La edición de Visiones 2000 es, por decirlo simple y llanamente, pésima: mala maquetación, errores ortográficos, tipo y tamaño de fuente insufrible... La lectura se convierte en una auténtica tortura, por desgracia semejante a la que se podía sufrir recientemente con algunas obras de distintas editoriales. La, por otra parte, maravillosa antología Besos de alacrán, las primeras novelas publicadas por la colección Solaris Ficción y alguna que otra novela reciente constituyen dolorosos ejemplos de libros interesantes (el primero incluso imprescindible) por su contenido, pero mancillados por una factura deficiente para cualquier género que se considere serio. Mientras las cosas se sigan produciendo de esta manera, preocuparse de fondo o forma se convierte en una cuestión baladí. Cuidemos otras cosas antes de pretender hacer arte en latas de sardinas.


* La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la red.


viernes, 13 de junio de 2014

Criminal Blurbs

Suma de blurbs en una misma solapa. El objetivo es captar la mayor cantidad de lectores posible. No se citan más nombres porque, simplemente, no cabían.



"¿Te gusta Juego de tronos? Aquí empieza tu nueva obsesión."

-Glamour


"La distopía de Los juegos del hambre sumado a una historia de amor al estilo de Crepúsculo. Eso sí, con una mayor calidad literaria."

-SFX Magazine


"La Era de Huesos es la novela que J.K. Rowling y William Gibson nunca llegaron a escribir."

-Wired

miércoles, 28 de mayo de 2014

Pellizcos

Lo primero que viene son los personajes, el mundo y el submundo que los une. La historia es una posibilidad, una exageración que se da más adelante.

-Michel Houellebecq-


jueves, 22 de mayo de 2014

Cristina Fallarás. Últimos días en el Puesto del Este

Mis comentarios de la entrada anterior giraban en torno a un artículo publicado en C, la magnífica web de reseñas dirigida por Nacho Illarregui. Aprovecho el dato como elemento de hilación por el que traer aquí un nuevo texto (que en realidad de nuevo no tiene nada). Fue la última crítica que Santiago L. Moreno publicó en C, y analiza someramente una novela de Cristina Fallarás. Su peripecia acontece en un mundo venido a pique, lo cual integra al libro en el subgénero postapocalíptico. No es una distopía, puesto que su posible elemento distópico (una sociedad bajo el yugo de una dictadura religiosa) aparece muy al fondo, y no como materia de estudio, sino como percutor del desastre. Es una novela introspectiva, triste por el devenir de la protagonista y el terrible futuro para la Humanidad que presenta, pero en modo alguno una distopía.




La ficción literaria está repleta de lugares comunes. Desde hace décadas se repiten en ella temáticas, tramas, argumentos e incluso paisajes narrativos, y son raras las ocasiones en las que esa circunstancia no afecta, por comparación directa con las anteriores, a la calidad de una determinada obra. Una de las excepciones dibuja un escenario por el que ya han transitado escritores tan prestigiosos como Dino Buzzati y J. M. Coetzee, e incluso nuestro Albert Sánchez Piñol. La tensa espera en un olvidado puesto fronterizo sitiado por los bárbaros ha sido tratada en obras como El desierto de los tártaros, Esperando a los bárbaros y La piel fría, tres novelas de calidad mayúscula. La nouvelle de Fallarás viene a sumarse a ese pequeño grupo de élite, y aunque no llega a alcanzar las mismas cotas que sus predecesoras, cuenta con la calidad suficiente como para ser sumada sin rubor en el haber de ese nicho temático.
Además de la similitud existente entre sus correspondientes escenarios narrativos, muchas de estas obras participan de un denominador común. Al igual que ocurre en el poema de Kavafis del que todas parten, la amenazadora presencia del invasor más allá de las murallas juega un papel secundario en la trama; en realidad, los bárbaros sólo son el percutor de los sucesos que acontecen tras esas murallas. El interés de la novela se centra siempre en la peripecia personal de los sitiados. Mediante la descripción de sus reacciones y de los recursos que emplean para adaptarse a las circunstancias, el autor analiza lo mutable que se torna el concepto de humanidad cuando es sometido a los rigores de la supervivencia. Las penurias del asedio terminan por socavar la esperanza de los resistentes, difuminando los principios morales y la escala de valores que compartieron antaño. Fallarás centra la atención en uno solo de esos personajes, con un estilo tan íntimo y directo que produce la inequívoca sensación de que la protagonista no es, en realidad, otra cosa que el vehículo de sus propias emociones.
De hecho, la voz sumamente personal del narrador no es la única herramienta literaria que sugiere una relación entre ambas; la propia construcción de la novela apunta también hacia una identificación entre personaje y autor. Todo en ella está elaborado con la intención de fijar el foco sobre la protagonista, cuyo nombre no se cita en ningún momento. El espacio y el tiempo están en continuo movimiento; los recuerdos viajan de un continente a otro y del pasado al presente con una presteza que añade agitación al torbellino emocional que se encuentra en el centro de la narración. Aunque existe algun pasaje propicio para la contemplación (por ejemplo, la observación a escondidas de un cuerpo femenino desnudo al sol por parte de un adolescente), Fallarás no se entretiene en alargar las descripciones externas. Así evita distraer al lector del territorio que quiere obligarle a explorar, el corazón convulso de la protagonista. Los recuerdos de su drama amoroso se mezclan con las penurias a las que sus enemigos, sitiadores y sitiados, la someten. Ella es una isla cuyo afán de pervivencia es alimentado tan sólo por los propios recuerdos y la existencia de sus hijos.
Atendiendo a la cruda honestidad que exudan sus páginas, da la impresión de que Últimos días en el puesto del Este haya sido escrita con las tripas. La autora sugiere leer este libro utilizando la pieza más triste de Astor Piazzola como fondo musical, presentándolo al lector como un tango pasional y elegíaco. De hecho, lo es, y debido a la fatalidad que supura el lamento de la protagonista, trae a la memoria melancolías y sabores cinematográficos de antaño, ecos de dramas pasionales que esencian otras historias. No es difícil imaginar a un personaje femenino tan trágico bajo el aspecto de una atribulada condesa descalza, contemplar sus bailes entre un corro de gitanos y compadecerla mientras aguarda sin esperanza a su adusto conde latino tras los muros de un oscuro caseron, en este caso al cuidado de sus anhelados hijos.
El drama interior es tan voraz que consume el espacio narrativo de otros elementos. Del lugar geográfico del asedio no se destaca gran cosa. De sus causas poco más. Y sin embargo, la naturaleza religiosa del conflicto, el apocalipsis del mundo civilizado y racional que describe, provocado por la infiltración del fanatismo creyente en los puestos de poder, estremece por su verosimilitud y conecta con miedos muy presentes en nuestro mundo actual. La Coda que cierra la novela, única visión que ésta ofrece del exterior tras el conflicto, muestra una vuelta a la Edad Media descrita en apenas dos pinceladas y juega un papel fundamental en el libro. Este inusual epílogo rompe la estructura anterior de la novela, pues contrasta con la clausura emocional y espacial presente en los capítulos previos, pero su importancia es crucial a varios niveles.
El paralelismo de realidades que surge de su lectura crea un juego de espejos en el que ambos órdenes, interno y externo, complementan sus respectivos papeles. El fanatismo religioso que vuelve a cubrir la Tierra representa la invasión del futuro por parte del pasado; la protagonista, privada de su futuro, no encuentra otro modo de seguir viviendo que en su propio pasado. Por otra parte, parece como si Fallarás, ya fuera del cuerpo de su creación, no hubiera podido sustraerse a la pulsión de ver con sus propios ojos el destino final del capitán, el personaje por cuyo regreso la protagonista ha penado durante toda la historia. Esa sensación de necesidad refuerza aún más la identificación entre escritora y personaje.
Ultimos días en el puesto del Este recoge, en esencia, el pulso entre dos apocalipsis, uno general y otro emocional; uno que remite al mundo palpable, actual, y otro a la memoria, situando el alma de una mujer entregada a la fatalidad como punto de equilibrio entre ambas tragedias. Intensa, impúdica por su exhibicionismo en el terreno emocional, la novela advierte de los peligros de la melancolía, personal e histórica. Si insistimos en invertir la flecha del tiempo, en mirar más al pasado que hacia el futuro, parece decir la autora, convertiremos los hechos ya ocurridos que nos atormentan en nuestro propio destino: che sarà sarà.


El texto original de esta crítica fue publicado en la web C.