martes, 21 de julio de 2009

John C. Wright. La edad de oro

En la anterior entrada mencionaba, por las razones allí expuestas, la novela La edad de oro, de John C. Wright. Lo que no expliqué es que se trata de una de las mejores novelas que han aparecido dentro de la ciencia ficción en las últimas décadas, y también, visto el ninguneo al que fue sometida, uno de los mayores ejemplos de ceguera crítica en toda la historia del género. Se trata de una novela mayúscula, un compendio de la cf con discurso propio, cuya apuesta imaginativa sólo es superada por su enorme ambición. Si tiene un defecto es, precisamente, ser parte de una trilogía, pues las continuaciones no están ni mucho menos a su altura. Ambas novelas, tituladas Fénix exultante y La trascendencia dorada, son puras extensiones de la primera, necesarias para desvelar las incógnitas que dan vida al argumento, atractivas por el universo desplegado anteriormente, pero insulsas en comparación con la novela que abre el ciclo. En ambas sobran páginas, y el discurso político crece hasta acaparar la obra entera, sin que el escenario crezca, sin mostrar filigranas nuevas. Por comparación, el peso de la primera novela resulta ser, y es lógico, inllevable.





Aunque la excelencia de esta novela merece una crítica de mayor enjundia, hay tres palabras que la definen escuetamente.
Descaro: el que derrocha su autor al utilizar sin complejos todo el arsenal de ideas procedentes del acervo histórico del género.
Diversión: toda, como no se recordaba desde Los Cantos de Hyperion.
Incomprensión: la que produce que una de las mejores novelas norteamericanas de ciencia ficción de los últimos años no haya estado presente en los grandes premios, ni siquiera como aspirante.
La primera novela de John C. Wright manifiesta un talante abrumadoramente referencial, incluso a primera vista, con un título que apunta a la época más gloriosa de la ciencia ficción e incluye, en un delicioso homenaje a los orígenes, la pionera nominación de romance. Wright ingiere decenas de referencias en una labor de fagocitosis amable para regurgitar con éxito un mosaico de carácter unitario e identidad propia. Son tantas las alusiones, los lugares comunes que van apareciendo en la novela, que hay momentos en que el lector no sabe si acaba de descubrir otro elemento (diseños atigrados aquí, escaleras lapislázuli allá) o si se sufre de un cierto complejo asociativo producto de la sobredosis.
Zelazny, Bester, Asimov, Van Vogt, Clarke, Heinlein, Vance, Dick y una interminable lista de históricos aportan los mimbres para que Wright, presa de un fulgurante proceso osmótico, construya su absorbente y grandiosa visión del futuro, un fresco prospectivo que presenta no sólo coherencia, sino también un enorme caudal imaginativo de cosecha propia. Si Hyperion se cimentaba en los diversos subgéneros de la ciencia ficción, La edad de oro se nutre sin recato de sus numerosos autores. Wright llega incluso a santificar su desvergüenza riéndose de ella a través de su protagonista, Faetón, quien en cierto momento reprocha de su mujer que “en vez de escribir juega con las ideas de otros”.
El universo construido es, junto con una absorbente trama que curiosamente deja todo en el punto de partida, el mayor aval de una novela devorable en dos asaltos, imposible de abandonar. El único escollo lo constituyen las primeras páginas, que recuerdan las dificultades por exceso de nueva información que presentaba –de nuevo la excelencia- la obra cumbre del hard español, Mundos en el abismo. La recompensa, como en aquel caso, es generosa. La trama gira en torno a Faetón Primo de Radamanto, quien ha borrado voluntariamente de su memoria sucesos de los últimos 250 años de su existencia, y a sus indagaciones al respecto. Wright describe una utopía hedonista situada a medio millón de años en el futuro, y en plena fiebre de realidades virtuales sustitutivas decide rebajar a éstas a la calidad de sucedáneo. En su universo, los mundos virtuales son de uso mayoritario, pero la realidad imperante es la consabida: ¿por qué sumergirse en mundos falsos cuando la tecnología posibilita alterar la percepción de las cosas en el mundo real? Es más fácil transformar nuestros sentidos que crear nuevos entornos.
Bajo esa premisa se configura la relación entre los habitantes de la Ecumene Dorada, un auténtico paraíso de posibilidades. El ciudadano puede manejar el pulso personal del tiempo, la intensidad de los sentidos a varios niveles, transformar los procesos mentales, la forma física. Y todo ello en un medio controlado y ordenado a la perfección, ya que el Sistema Solar ha sido amoldado a las necesidades y querencias de los humanos, por cuya seguridad y derechos velan poderosas mentes mecánicas. La Ecumene es el triunfo de la civilización basada en la pluralidad: de forma, de pensamiento y de creencia. Pero no de ética. El gran problema es que no todos son iguales, pues la riqueza manda, y a mayor distancia de ese Occidente futurista que es el centro del Sistema, los problemas y disconformidades aumentan. Los siete Pares gobernantes discuten la creación de una ley por la que todo siga igual, posiciones regentes incluidas, hasta el fin del Sistema Solar.
Si les resulta familiar no es por casualidad. Toda esa maquinaria, ese entretenimiento de alta graduación cuenta con una fuerte carga ideológica a dos niveles, servida de manos de sus personajes y del conjunto. La edad de oro desarrolla una historia individualista, la de un antihéroe que se opone con todas sus fuerzas a lo establecido. Lo polémico es que se trata de un individuo que, contra toda prueba demostrativa de su equivocación, basándose sólo en su instinto, combate contra un Estado de consenso. Nunca debemos de olvidar que la obra no tiene por qué reflejar los pensamientos del escritor, aunque si bien este apotegma permite mantener las distancias entre Wright y sus por otra parte ideológicamente antagónicos protagonistas, no se puede negar la voluntariedad en la creación de un mundo muy parecido al nuestro, alegoría futurista del momento actual en que el capitalismo neoliberal ha conducido al planeta hacia la globalización y el pensamiento único. La lucha de un hombre consagrado a despertar a una civilización acomodaticia y acomodada cobra un significado especial en estos tiempos en los que el ciudadano ha cambiado la libertad por el bienestar (y en nuestro país, perdonen la digresión, el bienestar por un piso). La frase final del protagonista resulta hoy un anacronismo colosal: “Amo la verdad más que la felicidad; no descansaré.”
Para la traducción, Bibliópolis ha optado acertadamente por Carlos Gardini, quien tradujo al castellano obras como Hyperion y El señor de la luz. El resultado es más que aceptable si omitimos el inadecuado y reiterado empleo de la expresión “por cierto”. En suma, una novela enorme, adictiva, una celebración de un siglo de ciencia ficción a la que ningún aficionado al género debería faltar. Una maravilla con un solo punto negativo: es la primera parte no auto conclusiva de una trilogía.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la Red.

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