viernes, 24 de julio de 2009

Cómplice a la fuerza

Haciendo una búsqueda en internet de los sitios en los que había publicado mi reseña de El cálculo de Dios, me he llevado una sorpresa. Aparece en más de cinco direcciones dedicadas a esa actividad que vulgarmente llamamos pirateo. Todas ellas ofrecen un enlace hacia el mismo paquete, cuyo contenido lo componen tres novelas que el responsable de la compilación ha debido de considerar integrantes de una misma temática. Esa es otra sorpresa, porque los tres textos, en formato pdf, pertenecen a El cálculo de Dios, La cena secreta y La sonrisa de la Gioconda. Poco tienen que ver las novelas de Javier Sierra y Luis Racionero con la de Robert J. Sawyer, así que doy por supuesto que habrá sido la ilustración de cubierta, a cuya ambigüedad me refiero en la reseña, la causante de tal confusión. Eso y el más que probable hecho de que el lumbrera no habrá leído el libro, claro. La cosa es colgar algo, lo que sea.
Debería indignarme, aun siendo una nadería, el hurto de mi texto, etc. Pero no. No puedo porque mi texto aparece firmado con mi nombre, es decir, han respetado mi autoría, que es lo unico que pido en este tipo de situación. Nunca he entrado en cuestiones tipo Creative Commons y complejidades similares, me basta con que reconozcan la fuente. Y en este caso la reconocen, ahí está mi nombre. Aunque preferiría que no lo estuviera, porque los "ingenieros" tras este asunto han decidido que no basta con poner, ilegalmente, material a disposición de quien quiera bajárselo. Han creído oportuno también montar una pequeña campaña de marketing para incitar al hurto. Y han decidido promocionar el material con un texto. Con mi texto. Acompañado de mi nombre. De hecho, soy la única persona identificable que sale en todas esas páginas dedicadas al choriceo, porque las otras reseñas no van firmadas.
No voy a gastar tiempo en algo tan poco fructífero como buscar la dirección de correo de todas y cada una de esas páginas para exigirles que quiten mi texto de ahí, pero sí he gastado algo de tiempo en reflexionar sobre el significado de fondo de todo esto. Internet, tan parecido al ciberespacio que imaginó William Gibson, se ha erigido en pocos años en todo un universo con leyes propias. No sólo el software o las formas de conexión van cambiando, no sólo sus contenidos; también evolucionan las leyes internas y la interconectividad. Ese universo aparte va creciendo, y en su evolución va construyendo nuevas formas de moralidad, propias. Vean este caso, si no.
Alguien cuelga material ilegal, y no le importa que lo sea, porque hay una especie de consenso en torno a la gratuidad que debe imperar con los contenidos en internet, una especie de garante de la libertad en este nuevo medio, en este territorio virgen. Da igual que en el mundo exterior esos contenidos estén sujetos a unos derechos de propiedad intelectual explícitos. Sin embargo, ese alguien decide que el texto que ha arrebatado de otro sitio de la Red para utilizarlo como promoción debe ser respetado, llevar el nombre de su autor, puesto que eso es lo que exige la ley acordada por consenso en internet. Es decir, no se respetan los dictados del exterior, pero sí las normas de conducta creadas en este otro universo. Al lado de material robado, otro respetado. Paradójico. O no, si se acaba aceptando que cada universo tenga sus propias leyes.
Será interesante ver, en el futuro, cómo culmina esa vía evolutiva. En tanto, este asunto ha servido de alimento para mi febril imaginación. Anoche, tumbado en la cama, era testigo de una extraña redada policial en la Red que involucraba a todas esas páginas. Como resultado, yo acababa detenido en una infecta prisión. Vivamente, me imaginé que en la sala de visita, tras el cristal, me dirigía a mis padres entre gimoteos y les decía: "Papá, mamá, os lo juro, no tengo nada que ver, yo sólo pasaba por allí".

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