jueves, 29 de noviembre de 2007

Leyendo a Vila-Matas (I): vida y ficción

Al romper una relación sentimental, uno comienza a percibir de manera inmediata ciertas cosas que, no por vistas mil veces, dejan de sorprenderle. En primer lugar, te das cuenta de la gran cantidad de canciones dedicadas al tema. Pareciera, de hecho, que el 90% del poprock esté dirigido a los corazones rotos (ese maldito All By Myself, por ejemplo, excelso monumento a la mala leche). Acabas por apagar el transistor del coche o el ipod por temor a que el exceso de autoconmiseración te deje sin sangre, te sobrevenga una hipopsia y acabes, de propina, redescubriendo la solidez del pavimento. En segundo lugar, eres acosado por el mayor de los tiranos: el recuerdo. Apabulla la fuerza con la que el pasado se impone al presente, e incluso al promisorio nuevo futuro. Cualquier tontería realizada conjuntamente con la ahora ex pareja, aquellos paseos y comidas a los que uno no había dedicado antes un solo segundo de pensamiento, o incluso aquél viaje infernal en el que lo pasaste tan mal, son revisitados con nostalgia como si fueran dorados tesoros por el mero hecho de que son ya irrepetibles. Llega un momento en que uno se mira al espejo y el reflejo le devuelve un rostro extraño, una rara mezcla de Adam Sandler y Ben Stiller en sus comedias románticas más cutres.
Afortunadamente, a continuación llegan más revelaciones, esta vez nada inesperadas. Por ejemplo, la reafirmación en los hábitos de toda la vida, su validez eterna, su perdurabilidad. En mi caso, la lectura, naturalmente. Puesto a esa labor, comencé dando por sentado que no estaría yo para leer, así que intenté dar facilidades. Ya que mi mal reciente procede del ámbito real, de la vida misma (de hecho, es la vida), decidí eludir aquel tipo de libros que trataran de tumultos y solazamientos amorosos o sexuales, dar de lado esas novelas y cuentos que se nutren de la convivencia y la fatalidad, de las exudaciones que se le escapan a la prosaica realidad diaria. Así pues, me dirigí a la pila e hice bajar posiciones a los Amis, Roth y Houellebecq, hasta dar con lo que buscaba. Y lo encontré: Enrique Vila-Matas, la ficción por encima de la vida, la literatura.
La literatura nunca me ha fallado, desde mi infancia siempre ha estado conmigo, y espero que continúe siendo mi compañera de viaje, mi amor indisimulado, por el resto de mis días, transcurran estos en soledad o en multitud. Podría decir que la lectura de Exploradores del abismo me ha salvado, y quedaría genial, pero sería una exageración impropia de alguien tan discreto. Sí es cierto que he obtenido sosiego interior y que me ha dado atenuantes para mi mal. Y lo ha hecho por varios caminos, de varias formas. Por una parte, la del mero entretenimiento, pues la lectura me ha resultado tan absorbente que rara vez me ha permitido divagar hacia otros asuntos. Pero también por su propuesta, que a la postre ha sido definitiva en mi apaciguamiento.
Tengo la virtud (no dudo de que es tal cosa) de embeberme en la atmósfera de los libros que disfruto. Durante el tiempo que dura mi recorrido por ellos, estoy y no estoy. Realizo mis rutinas diarias, pero los colores y olores del libro lo empapan todo. Su universo tira de mí y me ausenta. Vila-Matas propone siempre el predominio de la ficción, el poder de la mirada literaria sobre la obtusa realidad. Debido a mi empatía hacia los libros, eso me ha forzado a buscar la literatura en mi situación, y gracias a ello, todo ha adquirido un tono más amable, nada trágico. En vez de sufrir la realidad, me he convertido en un observador de mi persona. He contemplado con curiosidad auténtica mi paso por el trago amargo de la ruptura. Como el propio Vila-Matas en la ficción, me he convertido, por unos días, en disidente de mí mismo.
Tal ha sido el efecto placébico de semejante estrategia, que, de hecho, me ha sobrevenido una absurda sospecha tras cerrar las cubiertas del libro. Entre sus páginas, alude con reiteración el escritor a un fenómeno que él denomina sincronicidad, aquello que tal vez conozcan muchos de ustedes como serendipia. Concluye que, para que se den este tipo de fenómenos, toda la vida (toda) de cada uno de los implicados en el improbable encuentro ha de haber estado dirigida, hasta en sus más nimios detalles, hacia la encarnación de esa casualidad. Pues bien, yo tengo un raro convencimiento. Creo que el colapso renal sufrido por Vila-Matas, sin el que quizás no habrían sido escritos estos cuentos, no tuvo otra razón de ser que la de crear este libro para que, tras su natural proceso de edición, lo leyera yo en este momento justo, para que yo pudiera abstraerme de mí mismo y, así, observarme siguiendo el ritual de la separación, asistir perplejo a mis intentos de huida ante las canciones tristes, ante el vocerío de los recuerdos. Contemplar, ajeno a las emociones, mi cara de acelga ante el espejo, mis esfuerzos por rehuír antiguas fotos. Y, finalmente, verme disfrazar de homenaje a Enrique Vila-Matas lo que, en realidad, no es más que un tonto desahogo.
Muchas gracias, señor escritor.




Nunca confíes en el narrador.

5 comentarios:

  1. De puta madre. Como te dije, esta tarde me voy a Trántor. Nos vemos a la vuelta, después del puente de la Fundación.

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  2. Soy una intrusa, perdona. Pero... ¿podrías definir el olor de un libro? Mil gracias, claro.

    nuria

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  3. En un territorio incierto como es éste, nadie es intruso, todos son bienvenidos. Podría responderte desde la literalidad y hablar del gran número de matices que ofrece un libro a la pituitaria. Es una de las manías que tengo (yo y mucha gente, me consta). Siempre que tengo un libro en las manos, hago correr sus páginas con el pulgar y coloco la nariz a escasos centímetros. Me engancha el olor a papel impreso. Así que se puede decir que cada libro es diferente también por su propio olor.
    Pero no, no preguntas eso. Te refieres al olor en sentido ficticio. Bien, como digo, las historias que insuflan vida a las páginas de un libro, cuando me atrapan, lo hacen de tal modo que no las experimento sólo como imágenes, sino también como sensaciones diferentes, con los cinco sentidos, por lo que aun siendo en sentido metafórico, se puede decir que esos libros adquieren para mí olor, sabor, música y textura determinados.
    Es algo muy personal, así que no sé si te servirá la explicación de algo.

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  4. Estaba pensando bastante (y sigo haciéndolo) en los olores y otras dimensiones sensoriales de lugares y paisajes cuando leí tu entrada.

    Hacía un tiempo me había encontrado con que en una isla del Pacífico los Ongee para preguntar "¿qué tal? "utilizaban la expresión (traducida literalmente) "¿qué tal está tu nariz?" Para ellos el olfato está en el centro de su universo y de su forma de estar en el mundo. Incluso su calendario está basado en los olores de las flores.

    A priori podemos pensar que nuestra conceptualización del espacio poco tiene que ver con la suya. Pero de repente me acuerdo de una amiga que con voz tenue y mirada perdida me habla acerca de un amante que no le conviene demasiado "...pero me gusta tanto su olor...". Y me toca dudar sobre la lejanía de los Ongee.

    ¿A qué huele un libro? Es una pregunta metafórica pero también literal. El caso es que nuestra experiencia es muy, muy sensorial. Los libros huelen (a través de su olor podríamos intentar saber si es nuevo, viejo, si ha pasado por muchas manos o si ha estado olvidado en un rincón durante unas décadas) y además nos remiten a un mundo sensorial, como tú dices, de olores, sonidos, sabores y texturas, porque los libros nos hablan de la vida. Quizás un libro sea también como un mil hojas sensorial (en sus hojas se van desgranando los diversos sentidos).

    Así que... gracias por tu respuesta y tu tiempo. Me ayuda.

    nuria.

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