jueves, 20 de octubre de 2011

Banana Yoshimoto. N.P.

La lectura de esta novela me ha supuesto una pequeña decepción. Esperaba encontrarme a la misma escritora que tanto me hizo disfrutar con los relatos incluidos en Sueño profundo, pero la Banana Yoshimoto aquí presente, la que escribió N.P., no muestra el mismo pulso en la tarea de encauzar su desbordante sensibilidad. Hay una falta de mesura en el elemento sentimental de esta obra que la sitúa repetidas veces en las lindes de la ñoñería. Y es extraño, porque aunque este es anterior, la publicación de ambos libros fue consecutiva.
En esta historia se echa en falta el elemento fantástico, no por un afán genérico, sino más bien porque la oscuridad que éste aportaba a aquella colección de cuentos servía a la vez de contrapunto y complemento y creaba un efecto fascinante que aquí no se da. La fatalidad, sello de identidad de la japonesa, está muy presente en esta novela, pero de manera embrionaría, como fondo argumental más que atmosférico. El destino de los personajes los condena a la separación, pero sólo en boca de ellos. Yoshimoto no logra hacerlo presente mediante el contexto narrativo. Aunque lo intenta, no logra extraer toda la carga dramática de las implicaciones que la relación incestuosa de la hijastra con su padre, y más tarde con su hermano, debería tener.
Kazami, una joven estudiosa de literatura, investiga el misterio que rodea al libro de cuentos, titulado N.P., de un escritor japonés, Sarao Takase, que escribía en inglés, vivió gran parte de su vida en Estados Unidos y se suicidó a los cuarenta y ocho años, dejando dos hijos, Saki y Otohiko. Poco a poco el lector va sintiendo la fascinación letal que ejerce la obra de Takase sobre quienes se acercan a estudiar N.P., en especial sobre sus traductores al japonés, uno de los cuales, Shoji, novio de Kazami, se quitó la vida después de traducir el relato número noventa y ocho. En cuanto a Kazami conoce en una fiesta a los hijos del escritor, detecta inmediatamente una estela de locura en los ojos de esos hermanos tiernamente incestuosos. Otohiko advierte a Kazami de que otra joven, una auténtica «maniaca», obsesionada por el mismo libro, se cruzará, antes o después, en su camino.
La narración arranca con un misterio que no es tal cosa. En realidad, N.P., el libro, no es mas que un macguffin que permite a los personajes encontrarse y relacionarse, ya que el verdadero protagonismo de esta obra lo ejercen los encuentros entre Kazami y los hermanos. El libro ni está embrujado ni guarda oscuros secretos, pero se constituye en el eje sobre el que giran los componentes de la peculiar familia y su amiga, más como un elemento del que hablar que como objetivo relevante. Ni siquiera la aparición del cuento noventa y nueve aporta intriga alguna a la historia.
Ocurren tan poquitas cosas, es tan remarcada la extrema sensibilidad de los personajes, que todo parece demasiado artificial. Las páginas se centran en el desarrollo de la educación sentimental de Kazami, una veinteañera extremadamente sensible que, a lo largo de todo un verano, se relaciona con otros veinteañeros aún más saturninos. Esto no sería un problema visto desde fuera, pero la novela está narrada en primera persona, de modo que involucra al lector administrándole la carga glucémica de forma demasiado directa. Sólo en el tramo final, la parte más emotiva en cualquier narración, parece venir a cuento el tono melodramático de toda la novela.
Ni la estructura ni la confección de las distintas tramas me parece sobresaliente, y la voz narrativa es excesivamente meliflua. Aunque la narración contiene pasajes de gran belleza, como el desarrollado en el tejado de un antiguo edificio, o el que cierra la novela con un emotivo intercambio de confesiones en la intimidad de una playa en la noche, la confección de los diálogos y la sensibilidad machacona y un tanto cargante de los personajes hacen que el texto parezca a veces una imitación bastante sensiblera del estilo que ha hecho tan sumamente popular a Haruki Murakami. Para recuperar el escritura hipnótica de Yoshimoto tal vez haya que acudir a obras posteriores a Sueño profundo, no a las anteriores. Aunque si son ustedes de natural melancólico, quizás sea esta su novela.
Para acabar, hay un tema de la edición del libro al que quiero referirme. En la contraportada, cerrando la sinopsis, encontrarán la siguiente frase: 
Así es como Kazami se ve envuelta en un inextricable laberinto del que nacerá un amor salvaje, desenfrenado.
No hagan ni caso. Quizás haya algo desenfrenadamente adolescente en esta historia, pero ni por asomo hay nada salvaje. Más bien lo contrario.


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