viernes, 14 de octubre de 2011

Paul Auster. Un hombre en la oscuridad

Paul Auster pertenece a ese reducido y selecto grupo de escritores que cuentan con un ajuar narrativo propio, particular. La cualidad de "austeriano", labrada con talento y tesón por el neoyorquino a lo largo de su extensa bibliografía, es una realidad cuyas bondades disfrutan tanto lectores como críticos. De hecho, las claves de su iconografía narrativa, sobre todo el consabido azar, son conocidas y reconocidas por una legión de admiradores que compran sus obras sin solución de continuidad, según van apareciendo en el mercado.
En la última década, raro ha sido el año en el que no hayamos visto aparecer una nueva novela de Paul Auster. Tal circunstancia ha facilitado la persistente evaluación de su capacidad creativa, la ocasión continua de atisbar hacia dónde se mueven tanto la imaginación como el estilo del escritor y calibrar su posible evolución. Si hacemos caso a la opinión generalizada, la suma de estas dos características -universo narrativo propio y decenio prolífico- ha jugado en contra del autor: Auster, según gran parte de su público, se repite. Tras haber leído Un hombre en la oscuridad, comparto ese criterio, aunque aclaro que, en mi opinión, no es causa suficiente para el menoscabo. La novela cuenta con otras bondades, algunas de ellas sobresalientes.

August Brill ha sufrido un accidente de coche y se está recuperando en casa de su hija, en Vermont. No puede dormir, e inventa historias en la oscuridad. En una de ellas, Owen Brick, un joven mago, despierta en el fondo de un foso. Aparece entonces el sargento Serge, que le ayuda a salir. América está inmersa en una guerra civil. Los atentados del once de septiembre no han tenido lu­gar, y tampoco la guerra de Irak. Los Estados Unidos combaten desde hace tiempo, pero contra ellos mismos. Unos cuantos estados han declarado la independencia. Brick no entiende nada. Pero su misión es asesinar a un tal Blake, o Block, o Black, un hombre que no puede dormir, y que, como un dios, inventa en la noche esa guerra que no acabará nunca si él no muere.

Esta novela de Paul Auster guarda relación de un modo podríamos decir que oblicuo con Viajes por el scriptorium, su anterior trabajo. Las dos conforman un pequeño díptico del que, en lo que a calidad se refiere, sale vencedora, y por mucho, la que nos ocupa. Los elementos comunes de fondo se solapan y pasan a engrosar la sensación reiterativa que sobrevuela los escritos del de Newark en sus últimas obras. De nuevo tenemos a un hombre en los albores de la senectud, en soledad, tocado por alguna desgracia personal que oficia de elemento pivotante en la ficción metaliteraria. De nuevo sus rutinas narrativas toman el mando y se suceden y mezclan en el desarrollo de la historia. Tramas engarzadas en mise en abyme, escenas cinematográficas maravillosamente recreadas en boca de los personajes, escritores dedicados al ensayo o la biografía e incluso pinceladas del antiguo toque noir. Quizá más que de repetitivo se le pueda acusar de endogámico. Sí, he aquí a Auster con sus temas de siempre, sus estrategias de siempre, pero también, y desmintiéndose a sí mismo (recordemos que se situó al borde del retiro hace unos años, argumentando que como autor ya lo había dicho todo), aún con cosas que decir, con capacidad para sorprender.
El primer tercio de la novela transcurre por vericuetos decepcionantes. Parece un Auster agotado, enquistado en su repetitivo universo creativo. Nos cuenta lo habitual, una historia contenida dentro de otra. La más original, perteneciente al género de ciencia ficción, está compuesta con pinceladas más bien pobres. Se trata de una ucronía algo desnuda, que resalta el hecho personal sobre la descripción del entorno imaginario, esos Estados ahora Desunidos de América. Sólo algunas connotaciones dickianas, o algún homenaje entrevisto (a La carretera, de McCarthy) parecen aportar algo. Sin embargo, a punto de caer en lo anodino, justo antes del ecuador de la novela, el elemento metaficcional impone su presencia e impulsa la narración hacia un nivel superior. Con el ascendiente de Dick y Pirandello (o, hagamos patria, de Unamuno) en la trama, el solazamiento entre ambas líneas argumentales, con el protagonista ejerciendo de eje central, se torna fascinante. El narrador, August Brill, se entromete en la historia interna, no sólo en calidad de tal, sino en su faceta de creador, en lo que constituye un interesante juego literario. Hasta que al cabo, abrupta, insospechadamente, la ucronía finaliza.
A partir de ese punto, desposeída de su careta, la narración desvela su artificio. La función del cuento ucrónico no es otra que la de ofrecer al lector acceso al ethos del auténtico protagonista en tanto que narrador. Como ocurre en toda creación, lo que August Brill pone en ese relato proviene en parte de su propia historia. Gracias a esa narración breve, el lector llega a conocer, al indagar en su diseño creativo, en sus anécdotas y en el contexto inventado, parte de la problemática interna del protagonista, a la que se tiene acceso, ya directo, tras su finalización. Desde ese instante, la historia se desarrolla en breves episodios textuales, remembranzas de breves tragedias ajenas, pequeñas joyas en las que el azar busca su propio espacio, e interesantes reflexiones alrededor de grandes momentos cinematográficos y diálogos en los que Auster sabe tocar con maestría las teclas de la emotividad. La confesión, por parte del protagonista, de una vida marital echada a perder y más tarde reencontrada alcanza, en las manos de Auster, niveles de emoción considerables.




Esta novela cuenta con la cantidad suficiente de valores intrínsecos como para hacerla disfrutable, pero además se abre a una serie de conjeturas literarias interesantes. Como complemento a su disfrute, Un hombre en la oscuridad reaviva un par de cuestiones que rescato aquí como anecdóticas, aunque tengan en realidad una gran importancia, acerca de la cuestión literaria, y más concretamente, de la crítica. Dudas que me parecen de relevancia en la determinación de ciertos valores a la hora de encarar una crítica literaria. Por un lado, está la cuestión taxonómica. Tenemos dos historias complementarias, pero distintas. La, podríamos decir, interna, pertenece claramente al género de ciencia ficción. Sin embargo, la externa no, y ese es el motivo por el que la obra entera, Un hombre en la oscuridad, no es considerada tal cosa. Bien, eso me hace preguntarme por el etiquetaje de obras como Las 1000 y una noches o La princesa prometida, en las que un narrador externo introduce el corpus de ambas historias, convirtiéndolas en algo semejante a las vivencias de nuestro Owen Brick austeriano. El género de esos clásicos, ¿depende del narrador que introduce las historias (realismo) o de las historias mismas (aventuras, fantasía)?
En otro orden de cosas, tenemos la faceta crítica. Pongamos como ejemplo al autor y la novela aquí comentados. Auster repite algunas de las constantes de sus últimas obras, lo que incurre en una cierta falta de originalidad, que es uno de los valores a tener en cuenta. Bien, quien acuda primero a esta obra sin conocer las anteriores, no valorará este aspecto como negativo. Quien no cuente en su acervo lector con ningún libro austeriano, quizás acabe la lectura encantado. Entonces, ¿son las obras anteriores de un autor determinantes para la valoración de un libro posterior? ¿Lo es el orden de lectura de esas obras? ¿Es que un libro no tiene vida autónoma, no se explica por sí mismo? Desde luego, no es eso lo que el movimiento formalista preconiza.


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