martes, 11 de octubre de 2011

Rodrigo Rey Rosa. Severina

Le he cogido gusto a los libros pequeños, en realidad novelas cortas, breves en longitud, porque son materia ideal para esos periodos en los que te cuesta leer, ya sea por falta de concentración o por algún tipo de insuficiencia anímica. También rinden estupendamente como interludio refrescante entre dos obras de mayor exigencia. Pero si cada vez los busco con más frecuencia es porque suelen, en los casos más afamados, validar ese dicho tan popular que asegura, con la firmeza usual del refranero, que "las mejores esencias se guardan en frascos pequeños". Cierto en ejemplos como los de 84, Charing Cross Road o Paradero desconocido, que así me lo han confirmado.
Hay ocasiones en las que esto no se cumple, y la novela es mala. Pero incluso en esos casos la percepción que se obtiene no es la de haber leído algo horrible, sino insustancial. No deja poso, ni mal regusto, sólo la sensación de haber perdido el tiempo, que por tratarse de una narración breve, no es mucho. Severina cuenta con apenas 100 páginas, y es un libro que se sitúa claramente más cerca del primer extremo que de su opuesto. No es una joya, pero cuenta con algunas virtudes que la definen como una buena novela. De hecho, si al comienzo no acababa de encontrarle el gusto, al final he tenido que reconocer que su lectura me ha sido muy placentera.
Rodrigo Rey Rosa fue galardonado en 2004 con el Premio Nacional de Literatura de su país, Guatemala. Viajero impenitente, se cuenta entre los numerosos casos de escritores (me vienen a la memoria Marcelo Cohen o el mismísimo Haruki Murakami) que le deben mucho a su labor de traductor. En su caso, la influencia de Paul Bowles parece haber sido decisiva. A nivel personal, lo que se me ha hecho evidente, más que su filiación con Bowles, es su herencia literaria, claramente latinoamericana. Rey Rosa, editado durante muchos años por Seix Barral, se estrena en Alfaguara con esta atractiva y enigmática obra.

La monótona existencia de un librero se ve conmocionada por la irrupción de una consumada ladrona de libros. Como en un sueño obsesivo en el que se difuminan las fronteras entre lo racional y lo irracional, el protagonista se va adentrando en las misteriosas circunstancias que rodean a Severina y en la equívoca relación que mantiene con su mentor, a quien presenta como su abuelo, al tiempo que alimenta la esperanza de que la lista de libros sustraídos la ayudará a entender el enigma de su vida.

El autor nos cuenta la historia de una obsesión amorosa. Desde el primer contacto, el librero cae presa de una fascinación que se convierte, con el curso de sus pesquisas, en devoción romántica. En un proceso casi detectivesco, el protagonista va abandonando su vida anterior para volcarse en la resolución de los misterios que van apareciendo ante él: quién es esa mujer de actitud desenfadada, quién es el personaje que la acompaña y, sobre todo, por qué roba libros a lo largo de toda la ciudad. Cuando culmine el proceso de investigación y todo concluya, habrá sido atrapado como un insecto curioso en la tela de una araña.
Lo más sorprendente es que quien oficia esa atracción no es un personaje malvado. Es una buena mujer, de actitud desenfadada y peculiar belleza, y cuyo único objetivo es seguir con su actividad de ladrona de libros. Su pasado es tan misterioso como su presente, pero no hay una actitud perversa en su comportamiento; hurta en las librerías porque así es su naturaleza, no por maldad. Y tampoco busca encandilar al protagonista de forma intencionada. Es él quien se muestra servil y quien se ofrece a compartir su vida con ella, como compañero enamorado, pero en realidad a su servicio. Si ella tiene algo de súcubo, es de manera involuntaria.
El aspecto más sobresaliente de la novela se encuentra en la sutileza con la que es incluido el elemento fantástico en la trama. A la manera de Bioy-Casares, Rey Rosa no hace partícipe al lector de la condición genérica del relato hasta, literalmente, la última línea. Y aunque esa revelación final se veía venir con anterioridad, está apurada hasta tal extremo que cuando ocurre, sorprende. Y una vez más se comprueba con ello la peculiaridad del género literario como herramienta, pues gracias a su condición de literatura fantástica, el misterio principal no necesita ser resuelto al desvelarse como algo accesorio.
Poco más les puedo decir. Lean Severina, es una novela pequeña, pero muy disfrutable.

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