sábado, 3 de diciembre de 2011

El regreso del Señor de la Noche. Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley

Cumpliendo la promesa aperturista que realicé cuando hice la remodelación de Literatura en los talones, les presento aquí una de las novedades. Me comentaba un amigo recién llegado al blog que le había defraudado la falta de reseñas de cómics. "¿Es que no lo consideras literatura?", me preguntó con cierta sorna. Y no, no es que me acerque al pensamiento del ínclito Molina Foix (bien lo sabe el propio Alberto, al que he dejado unos cuantos tebeos), pero me gusta seguir la ortodoxia y el respeto al etiquetaje. El cómic es, sin duda alguna, arte, como lo es la literatura, pero ni el cómic es literatura ni la literatura es cómic. Son artes distintas. Como este blog estaba dedicado por completo al entorno literario, me había limitado, con un par de contadas excepciones, al mundo de los libros. Hasta ahora
Como toma de contacto, comenzaré con un texto que he rescatado del pasado remoto, una breve reseña dedicada a una de las novelas gráficas más grandes que conozco. Su elección me la ha servido en bandeja la polémica desatada por las recientes declaraciones de Frank Miller en su blog, a las que Alan Moore, el mayor genio del cómic contemporáneo, ha respondido de la manera que pueden leer en este enlace. La retrógrada visión que tiene Miller del movimiento ocupacionista de Wall Street sólo habrá sorprendido a los que no hayan seguido su trayectoria, pues hace tiempo que el común de los aficionados sabe de qué pie cojea el afamado guionista y (pésimo) director. La respuesta de muchos aficionados, sin embargo, sí me ha dejado algo perplejo.
Hace años que sé lo que hace la ira con la perspectiva y la ecuanimidad, y sin embargo, cada vez que eso ocurre me vuelve a sorprender. Para algunos, es como si el tiempo lo devorará todo, como si ante la pujanza del presente, el pasado desapareciera de un plumazo. Puedes crear varias obras maestras y ser posteriormente denostado o completamente olvidado si tus siguientes creaciones no están a la altura. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con la figura de Arthur C. Clarke en la ciencia ficción literaria. Creador de algunas de las novelas más importantes del género, fue ninguneado posteriormente debido a la baja (bajísima en algunos casos) calidad de sus últimas obras. Con Miller se da el mismo caso, con serios agravantes. No sólo sus últimos cómics no han estado a la altura. Su ambición por la polivalencia, mancillada debido a su pésimo trabajo en la dirección cinematográfica, le ha colocado además en un mal lugar.
Pero esa entrada en barrena posterior, repito, no debería tener como consecuencia el olvido de su grandeza anterior. Sus obras maestras siguen ahí; la mejor etapa de un superhéroe que yo haya leído, su Daredevil de los 80, sigue ahí; Born Again, culminación de esa época y una de las cimas del cómic, sigue siendo un máster compactado para jóvenes guionistas; El regreso del señor de la noche, la mejor versión de Batman con la que yo me haya cruzado, continúa sorprendiendo con su visión crepuscular del héroe a todos los que lo leen por primera vez; Batman: Año Uno, Ronin, Elektra: Assassin... Todas ellas anteriores a Sin City o 300, obras en su día también muy valoradas y a las que la fama negativa actual del autor sin duda ha perjudicado. Si olvidar esas auténticas joyas del cómic resulta una injusticia y una adulteración del pasado, imagínense entonces la magnitud de la tropelía cuando la discriminación de la obra procede, como en este caso, de un prejuicio ad hominen.
Desechar la obra de un individuo por sus ideas fascistas me parece tan abominable como el propio pensamiento fascista. El ideario de Frank Miller, la persona, huele a podrido, y el autor, sin duda, ha perdido gran parte de su creatividad, pero la calidad de aquellas obras maestras resiste sin mácula el paso del tiempo. Y seguirá resistiendo también las falsas consignas de los airados. Concédanle al César lo que es del César. Denosten al actual Miller si quieren, pero relean al joven, disfruten de su monumental obra. Háganse ese favor a ustedes mismos.



Sucedió en los 80. John Byrne se acercaba desde la ortodoxia a la perfección estética mediante un dibujo limpio y una  narrativa cristalina, abordando las historias clásicas desde perspectivas más modernas. A su vez, Alan Moore sentenciaba con acento iconoclasta la corrección política y la estrechez clásica argumental norteamericanas. En medio de todo ello, un guionista colosal llamado Frank Miller incorporaba, partiendo de una estética noir, una tercera vía merced a la utilización de un método ya probado, aunque nunca de forma tan contundente en el campo superheróico: empujar a los personajes de siempre hasta territorios extremos, allí donde jamás había llegado superhéroe alguno. Así, dotó de humanidad y una pátina de locura a un personaje tradicionalmente segundón, Daredevil, regalando a los lectores una etapa imborrable, culminada posteriormente con una conclusión que convulsionó el mundo del cómic, Born Again, una de las mejores obras que jamás haya visto el medio. En 1986, Miller se embarcó en la ambiciosa empresa de relanzar a un mito cuyos matices oscuros, en estado latente desde su creación, nunca habían sido explotados a conciencia. Batman, el hombre murciélago, iba a ser rebautizado.
En El regreso del Señor de la Noche, Miller despliega todo un abanico de personajes irrepetibles, acercándolos sin secretos al lector mediante la continua exposición de sus pensamientos y diálogos. En la forma que tiene Miller de entender el cómic, el personaje es lo más importante, no el decorado. Dotados de una sinceridad que sobrecoge, de una honestidad total, desempeñan su papel con la dignidad propia de quien asiste a la muerte de un icono, de un ser casi mitológico. El malvado Dos Caras nunca tuvo opciones. No importa el aspecto físico que uno tenga, pues Batman sabe (y con él todos) que la auténtica fealdad reside en el interior, que la belleza exterior no es más que un disfraz, una máscara tras la que esconderse. Joker, representación del mal, debe su razón de ser a la existencia del bien. Si no hay Batman no hay Joker. Al contrario de lo que el cómic ha declarado clásicamente, es el héroe quien crea al villano y no al revés. En este caso, la encarnación del Joker es la más perversa que se haya visto, quizás por ser la última. Sabe que su única oportunidad de triunfo está en robar la "virginidad" de Batman ensuciando su nombre, de arrastrarlo definitivamente al otro lado, allí donde ya no podrá esconderse tras los valores éticos que mantienen su cordura.
Este Batman crepuscular necesita a alguien que cargue con un peso que ya no es capaz de soportar, por eso busca, más que acepta, al nuevo Robin. Superman, su única competencia real en todos estos años, epítome del bien, éticamente superior, sufre el rencor de Batman. Por obligarle a abandonar años atrás, y por lo que representa. Batman ve al kryptoniano como a un ser débil, sin matices, y por tanto incompleto, un dios que por su condición nunca podrá comprender a un hombre común. Han pasado los años, y entre ellos ya no hay disfraces. Ellos son Clark y Bruce, dos personas, dos iguales. Del esperado enfrentamiento final entre ambos sólo puede morir el más debil, y este es Bruce Wayne. La conclusión final no puede ser otra, estuvo ahí siempre: sin personalidad secreta, Batman ya no tiene por qué ocultarse bajo el disfraz de Wayne. Si en Born Again el guionista asesinaba al superhéroe como medio para que el ser humano se encontrara a sí mismo, aquí procede a lo contrario. Matt Murdock se disfrazaba de Daredevil; Bruce Wayne siempre fue la máscara tras la que se protegía el ser real, Batman. Miller juega con lo que mejor domina, la dualidad y el sentido moral, demostrando con gran maestría que en sus terrenos reina el claroscuro.
Estéticamente, el dibujo sacrifica el preciosismo por la fluidez de la narración, y aunque en algunos momentos se muestra algo confuso, en otros compone viñetas de una brillantez apabullante, auténticos cuadros impresionistas en los que la forma adquiere más valor que el detalle. Si encuentran una edición lujosa no miren el precio. Tendrán una oportunidad única de acceder a una obra imprescindible del cómic de superhéroes y al mejor trabajo de uno de sus indiscutibles maestros. El Regreso del Señor de la Noche contiene una riqueza conceptual mayor que la que reúnen algunos buenos libros. Si jamás han probado esto del cómic, no se lo piensen, es un punto de partida inmejorable.



El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.


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