martes, 27 de febrero de 2007

Fernando Marías. Invasor

Invasor
Si Las confesiones de Max Tivoli fue el mejor libro extranjero que leí en 2004, la novela de autor nacional que más me satisfizo fue Invasor, de Javier Marías, premio Dulce Chacón de ese mismo año. En ella, Marías aparca momentáneamente su peculiar versión del género negro* para acercarse al hecho que marcaba la actualidad política del país en aquel momento, apostando por un tono narrativo de naturaleza ambigua alternante entre lo fantástico y lo psicológico.

Irak, agosto de 2003.
En una salida que parecía rutinaria, un médico militar español de la misión de paz se extravía en el desierto junto a otro compañero. Refugiados en una casa perdida, se ven envueltos en una lucha inesperada y salvaje con civiles iraquíes. El militar mata a dos hombres, y resulta asimismo herido de gravedad. Es repatriado en el acto, aparentemente a salvo. Sin embargo, durante la convalecencia en su casa, con su mujer y su hija pequeña, irrumpen en su vida fenómenos inexplicables que lo lanzan hacia una espiral estremecedora.
En el combate que se desencadena, su conciencia y su memoria podrían parecer los principales enemigos, pero hay más. Una presencia pavorosa ha viajado con él, dentro de él, de una forma que ni en su peor pesadilla podría haber imaginado, y busca venganza por los sucesos de la casa abandonada.


Marías recurre al artificio narrativo que perfeccionara hace más de un siglo Henry James en Otra vuelta de tuerca y siembra la duda sobre la veracidad de la historia, utilizando para ello una voz subjetiva enferma; si mental o anímicamente, es algo que deja a elección del lector. La novela permite dos interpretaciones. Pudiera tratarse de una macabra historia de terror con la que Marías, en palabras propias, intenta resucitar el género tal como era en el siglo XIX. O, al contrario, pudiéramos estar ante una novela de corte realista que busca profundizar en el proceso de culpa y en el cargo de conciencia de quien, sin desearlo, mata a un inocente. Es decir, bien la historia de una posesión por la sangre o bien el relato de una esquizofrenia provocada por una culpa patológica.
Temáticas aparte, el escritor vuelve a sobresalir en sus habituales puntos fuertes. Apoyado en un estilo marcadamente cinematográfico (tal como se denomina hoy en día a lo muy visual), logra dotar de una intensidad poco común a las sucesivas escenas de acción y se muestra extremadamente hábil en la conducción del suspense. La tragedia que inicia todo, el misterio en torno a las misteriosas palabras Qitalet Ibni y, por encima del resto, la desasosegante parte final aceleran el pulso del lector y lo sumergen de lleno en un ambiente truculento del que es difícil abstraerse.
Dada la localización de la tragedia, Irak, podrán suponer que también hay un elemento crítico en el argumento. Una lectura alegórica permite la extrapolación a un ámbito global de aquello que, individualmente, pudre y atormenta la conciencia ética del protagonista, convertido en asesino de civiles en una guerra ilegal, un médico que intenta, sin éxito, encontrar armas ficticias en los bolsillos de sus enemigos, para así descriminalizar su acción. Asistiendo al tormento terrible de quien ha asesinado directamente, aun en defensa propia, a dos inocentes, es cabal preguntarse cómo andará la conciencia de quien ha provocado directamente con sus decisiones la muerte de miles de inocentes foráneos, e indirectamente la de 192 compatriotas. Cualquiera podría preguntarse si el culpable de colocar a nuestro país en medio del conflicto no pasará las noches en vela; si, como le ocurre al principal personaje de esta novela, todas esas voces no estarán atormentándoles a él y a sus corresponsables acólitos.
Me gustaría pensar que la mentira conspiratoria del 11-M nació de la misma necesidad del protagonista de transformar semillas de tomate en explosivos, de un intento de exención de culpas, de no querer cargar con tantas muertes. Eso, al menos, convertiría a esos políticos en seres humanos en busca de salvación, ajenos a lujurias electoralistas. Me gustaría creer que es así, pero para desgracia general, eso sólo ocurre en la literatura. La realidad, en estos casos, siempre se evidencia más prosaica.


Prótesis nº3




* A todo aquel que esté interesado en conocer más datos sobre la relación de Fernando Marías con la novela negra le recomiendo leer tanto la entrevista como el excelente artículo realizados por Luis M. Díaz para el nº 3 de Prótesis, el fanzine consagrado al mundo del crímen.

jueves, 22 de febrero de 2007

M. C. Escher y el arte de lo imposible

El arte de lo imposible
Este libro, editado conjuntamente por el Canal de Isabel II y la Comunidad de Madrid, me permite hacerles llegar, sin que sirva de precedente, una recomendación no literaria. Si viven en Madrid o les es posible acercarse, acudan a la exposición dedicada al holandés M. C. Escher en la sala Arte Canal. Su permanencia se ha prorrogado recientemente hasta el 15 de abril y les aseguro que no se van a arrepentir.
Si estableciéramos una ficticia relación intergenérica entre la literatura y la pintura, podríamos asegurar que Escher ha sido uno de los máximos representantes del fantástico en las artes gráficas.* Baste decir que su cosmogonía particular une la matemática de Penrose con la ficción de Borges. Buscando la vulneración de los límites del medio bidimensional, Escher logró reflejar una realidad tridimensional ilógica, creada, paradójicamente, por medio de herramientas lógicas. Hoyó caminos tan poco frecuentados que en un mundo, el pictórico, tan dado a la rareza personal, Escher se encontró la mayor parte de su vida solo, incomprendido, aislado.
En este libro van a encontrar claros ejemplos de su osadía experimental. Se inicia con una somera presentación del pintor que en seguida da paso a la disección gráfica de su extensa y obsesiva obra. El texto es, naturalmente, lo menos importante aquí; lo que cuenta es el recorrido visual por la herencia pictórica de su protagonista. Los distintos períodos de su carrera, configurados por diferentes temáticas y materiales, son mostrados a traves de sus creaciones, en capítulos bien diferenciados, un plus que permite seguir la evolución del pintor a lo largo de las distintas etapas de su vida.
Las sucesivas láminas marcan un fascinante itinerario que va desde sus claroscuros iniciales hasta ese perfeccionamiento final evidenciado tanto en las metamorfosis de figuras animales y Castrovalva, Abruzzi, 1930humanas como en las elaboradas arquitecturas imposibles. Entre medias hay espacio para embeberse en la belleza del período italiano, para encontrar las claves de la fascinación producida por sus obras dedicadas a la dualidad especular, divertirse con los juegos tridimensionales a los que Escher somete a los cuerpos regulares y para contemplar la infinitud del plano sugerida por la sucesión de figuras complementarias, claramente inspiradas en las repetidas visitas que el pintor hiciera a la Alhambra, fascinado por sus yeserías y mayólicas.
La obra de Escher explora la manipulación del espacio y el tiempo, la búsqueda del infinito y la imposibilidad dimensional, términos caros a los buenos aficionados al género fantástico. Esa vertiente es la que me encaminó hacia la exposición y me obligó a hacerme con el libro. Y sin embargo, paradojas del destino, mi encuentro directo con la obra de Escher me sorprendió finalmente por la cuestión opuesta. Ya conocía gran parte de su obra, pero no su período italiano, y es precisamente éste, el más realista, el que me ha causado una mayor impresión. Los paisajes naturales y artificiales de esa Italia mediterránea, la utilización de la luz y el contraste en la visión única del holandes me trajeron al recuerdo, ignoro por qué motivo, la esencia de algunas narraciones de Buzzati. Eso aumentó mi adoración por el genio.
Aquellos que no puedan acercarse a la exposición pueden conocer la obra de Escher en la web oficial dedicada al pintor. Es un sucedáneo, pero menos es nada.

Relatividad, 1953



Ninguno de nosotros necesita dudar de la existencia de un espacio subjetivo irreal. Pero, personalmente, no estoy seguro de la existencia de un espacio objetivo real. Todos nuestros sentidos revelan sólo un mundo subjetivo para nosotros, todo lo que podemos hacer es pensar y posiblemente suponer que, en consecuencia, podemos colegir la existencia de un mundo objetivo.
M. C. Escher




* Siempre me he preguntado la razón por la que habiendo dado al mundo en el pasado siglo maestros pictóricos de lo irreal como Dalí o Picasso, en literatura, sin embargo, no hemos parido mas que realistas.

domingo, 18 de febrero de 2007

Kafka en la orilla, en Hélice

Kafka en la orillaHélice nº2
Ya está disponible en la Red el segundo número de Hélice, revista de crítica literaria centrada en el género fantástico. Se puede descargar gratuitamente desde su página web.
Entre el excelente material que la compone, cuenta con la crítica de Kafka en la orilla escrita por mi buen amigo Ben. Suscribo hasta la última coma de su contenido, tanto, que en realidad es como si la hubiera escrito yo mismo. Es decir, que si quieren conocer mi opinión sobre la excepcional novela de Haruki Murakami, descarguen la revista y disfruten con ella.

jueves, 15 de febrero de 2007

IV Premio Minotauro



Se ha fallado el premio Minotauro en su cuarta edición. La obra ganadora es una historia de vampiros titulada Ghotika, de la escritora Clara Tahoces. Me estoy planteando hablar largo y tendido sobre este premio y su ya clara influencia negativa para la ciencia ficción española. Mientras me decido, pueden leer la nota de prensa que ha hecho pública la editorial Minotauro en el siguiente enlace.

Premio Minotauro

lunes, 12 de febrero de 2007

Andrew Sean Greer. Las confesiones de Max Tivoli

Me produce una satisfacción especial rescatar esta reseña, pues pertenece a una de esas novelas con las que uno se encuentra contadas veces. Un auténtico disfrute y sin duda lo mejor que leí en todo el año 2004.



Las confesiones de Max TivoliLa literatura general lleva mucho tiempo acudiendo en continuado oleaje al género fantástico para enriquecer con sus premisas sus principales obras. Andrew Sean Greer lo bordeó de manera tangencial en su primera novela, The Path of Minor Planets, y ha acabado por sumergirse en él del todo en esta joya de la literatura titulada Las confesiones de Max Tivoli. El autor, a quien Michael Cunningham califica como devastador y John Updike compara con Nabokov o Proust, se ha servido de un elemento genérico de fondo y un estilo literario genuinamente decadentista para indagar en los laberínticos recovecos del amor.
Max Tivoli, hijo de un misterioso hombre procedente de las oscuras tierras danesas, viene al mundo con una extraña particularidad. Recién nacido, su aspecto es el de un hombre de 70 años, y aunque mentalmente evoluciona en el sentido correcto, físicamente su cuerpo experimenta una regresión progresiva hacia la juventud y, aún más allá, hacia la niñez. En primera persona, a modo de diario retrospectivo, Max relata desde su cuerpo infantil los avatares de su existencia, especialmente su relación con Alicia, el amor de su vida, y con Hughie, su mejor amigo. Desde una melancólica resignación, el protagonista hace partícipe al lector de cómo su enfermedad ha condicionado el desarrollo de su vida, consagrada a un único amor.
En esencia, Las confesiones de Max Tivoli es un emotivo adagio inspirado por un anhelo inalcanzable, escrito con una sensibilidad exquisita que hurga con delicadeza en esa soledad a la que nos abocan la ignorancia del sentimiento ajeno y la tiranía del punto de vista propio. Toda la narración está pensada por Max Tivoli, desde la subjetividad equivocada del monstruo, y por ello el lector entrevé cosas que él ignora, vislumbra el sufrimiento de los otros más allá de su lastimoso monólogo. Este libro es, ante todo, una delicatessen que se degusta con placer, en la que uno se sumerge deliciosamente con la laxitud propia de a quien no molesta el paso del tiempo. Una exquisitez dirigida a paladares exigentes, que gusten del buqué de la buena literatura, de la literatura eterna.

jueves, 8 de febrero de 2007

III Encuentro de Novela Negra

III Encuentro de Novela Negra de Barcelona En Barcelona se celebra estos días el III Encuentro de Novela Negra, evento del que pueden ustedes obtener toda la información con sólo acercarse a la página web de los organizadores.
Es una ocasión excelente para sumergirse en el mundo de la literatura de género, tanto negro como policíaco, ramas de un mismo tronco que, a pesar de compartir cierta consanguineidad, no son la misma cosa. Para conocer más a fondo ambas vertientes, les aconsejo que echen un vistazo a la web cuyo enlace tienen ustedes a continuación, lugar de visita imprescindible para todos los amantes del noir: La Gangsterera.

sábado, 3 de febrero de 2007

Cristina Fernández Cubas. Parientes pobres del diablo

De nuevo un libro que no merecía figurar en este blog sólo por un asunto anecdótico, aquel de las ilustraciones análogas. Estamos ante el primer autor español (así, en general) que viene a visitarnos, así que prestémosle toda la atención que se merece. He aquí un libro corto, casi de descanso. Parientes pobres del diablo se asemeja en brevedad y fisonomía a Sueño profundo, la recomendable antología de Banana Yoshimoto editada también por Tusquets. Consta de tres cuentos largos (o nouvelles, en registro afrancesado) que tocan temáticas diversas, pero que comparten un denominador común, el de la respuesta humana ante el elemento sobrenatural. Tres historias en las que el encuentro de los personajes con lo fantástico provoca reacciones de signos opuestos: aceptación, repudia e indiferencia.

Un comerciante sufre en África los efectos de una extraña maldición al alojarse en un pequeño hotel en apariencia tranquilo y confortable. Un joven de buena familia decide emplear su tiempo y sus viajes en investigar una casta humana nacida para el mal, perfecta encarnación de lo diabólico. Una anciana suspicaz, temerosa de que sus familiares la ingresen en una residencia, atribuye a un «simpático» moscardón su alteración de rutinas y el reencuentro con viejas compañeras de colegio, con las que revive —¿o transforma?— escenas del pasado.


La narrativa de Cristina Fernández Cubas gana con la distancia; cuando no se tiene el texto delante, éste comienza a adquirir profundidad. Su estilo, de una gran pulcritud, ha hecho del alejamiento narrativo, tal como se indica en laParientes pobres del diablo contracubierta, su virtud principal. Sin embargo, lo que en autores como J. G. Ballard revierte en un extrañamiento enriquecedor, en Cubas se constituye en una excesiva frialdad que hace muy difícil la empatía e identificación con los personajes. Es más tarde, cuando se deja pasar el tiempo y se reflexiona sobre lo leído, cuando la narración comienza a sugerir implicaciones que se habían pasado por alto.
"La fiebre azul" abre la antología y es, para mi gusto, el cuento de mayor calidad. Los párrafos dedicados al hecho sobrenatural con que se topa el protagonista, su encuentro con la esencia de sí mismo en el oscuro cuarto de un motel, traen a la memoria al Mauppassant más terrorífico. Es un cuento de rasgos metafóricos que muestra, en clave de autodescubrimiento, el hastío tanto familiar como personal de un estafador profesional travestido de burgués. Las descripciones africanas, tan someras como sobrias en el estilo sin adornos de Cubas, ofrecen la información justa para situar a personajes y hechos (principal preocupación de la autora) en un entorno que, debido a esa racanería descriptiva, podría haber transcurrido en cualquier otro sitio de haber elegido un par de sustantivos distintos. El hogar, tal como descubrirá finalmente el protagonista, no está donde uno decide, sino donde uno se lo encuentra.
"Parientes pobres del diablo" da título al libro y se presenta como el más ortodoxo de los tres cuentos. Lejos de gustarme, me ha parecido incluso el más flojo debido a su prebisibilidad. Es el único cuento de los tres que busca con firmeza un desenlace lógico, una conclusión sorpresa que resulta tan previsible que defrauda. Quizás porque Lovecraft ya describió, hace casi un siglo, el sobrecogimiento inicial y asunción posterior de quien se descubre miembro de una especie maldita.
"El moscardón", sin embargo, se declara tan críptico que es quizás el que más gana en la meditación posterior. Cabos aparentemente sueltos y misteriosas apariciones del pasado parecen erigirse en protagonistas de la historia, pero no son mas que elementos al servicio del verdadero tema que trata este misterioso cuento, que no es otro que la naturaleza perecedera de la memoria.
En todo caso, se trata de un libro recomendable por su estilo equívocamente llano, puesto al servicio de enigmáticas tramas que invitan a ejercitar el cerebro, a preguntarse por posibles significados. Cristina Fernández Cubas ha desarrollado con los años la capacidad que sólo poseen los grandes escritores: hacer pensar.

domingo, 28 de enero de 2007

Cantos de sirena


Ulises y las sirenas. de Herbert James Draper

El completismo es el hijo perverso del coleccionismo. En vez de considerarse un hobby o un ejercicio de realización personal, debiera ser reconocido como una peligrosa costumbre de alta virulencia. Cuando uno deja que los impulsos primarios se impongan al sentido común suele acabar siendo presa de una posterior insatisfacción. Sobre todo cuando el dinero está de por medio, algo que, tratándose de libros, es como decir siempre. Cierto es que algunas veces ese afán por tenerlo todo de una colección, autor o temática proviene de un proceso lógico basado en satisfacciones anteriores, pero desgraciadamente, en la mayoría de los casos esa promesa de felicidad no es tal, sino una necesidad perentoria que no se sabe muy bien de dónde procede.
En realidad, esa atracción se corresponde más con los cantos de sirena homéricos, aquellos que prometían paraísos pero otorgaban perdición. Saco el tema debido a una epifanía que me sobrevino ayer, cuando ya tenía el dinero en unaCuentos completos I, Minotauro mano y el tercer volumen de los Cuentos completos de Philip K. Dick en la otra. Ver el libro, cogerlo sin ojearlo siquiera y sacar la cartera fueron un solo hecho del que, por cierto, no tuve constancia hasta algo más tarde, cuando a medio camino del mostrador me obligué a reflexionar. El caso es que, si se mira el asunto por encima, todo animaba a la compra. "Se trata de Dick, son apenas 20 euros al año y además ya tienes los dos anteriores. Qué puñetas, recordando otras bazofias que has comprado, hacerte con éste es casi una cuestión de justicia", me dije a mí mismo. Sin embargo, al aplicar un poco de sensatez, lo ventajoso de la operación dejaba de estar tan claro.
El sello Minotauro comenzó con la publicación de los Cuentos completos de Dick en 2005, y hasta el momento ha ido lanzando al mercado un volumen al año. El problema que presentan las obras completas, sean cuales sean el autor y el género, es que contienen tanto lo bueno como lo malo. Es siempre preferible una selección de lo mejor en cada campo, y si se puede elegir al antologista, miel sobre Cuentos completos II, Minotaurohojuelas. Hay casos en los que toda la obra corta de un autor puede ser contenida en un solo volumen; entonces sí merece la pena, porque por el mismo precio y un poco más de grosor tendremos no sólo las obras de más calidad, sino todas sin excepción, entre las que puede esconderse alguna perla no apreciada con justicia por los críticos. No me arrepiento, por ejemplo, de haber adquirido recientemente de esa forma los Cuentos completos de Flannery O'Connor o de Katherine Mansfield. Al fin y al cabo se trata en ambos casos de un solo libro. Sin embargo, el asunto que nos ocupa es muy distinto.
Esta obra completa consta de cinco volúmenes, y cada uno de ellos supera las 400 páginas. Hablamos de más de 2000 páginas en las que hay cuentos de todo tipo y calidad. Siendo honesto, sé que me va a costar mucho acabar el primer volumen, y sería un milagro lograrlo con el segundo. Ambos recogen la primera etapa de un Dick que ofrecería sus obras más importantes a partir de los 60, una década después. Por otra parte, a pesar de que la ciencia ficción (literatura de ideas para algunos críticos) se siente más cómoda en la distancia corta, siempre he preferido las novelas a los cuentos. En este caso, además, no se trata de unCuentos completos III, Minotauro escritor que destaque por su estilo y al que se pueda disfrutar simplemente desde la satisfacción estética. Es decir, que, por todos esos motivos, tuve que admitir en ese momento que jamás llegaría a leer el volumen que tenía en las manos. A lo sumo acudiría a un par de cuentos cuando se presentara alguna ocasión coyuntural en el futuro. Me hice la siguiente pregunta: ¿Merece la pena gastar más de 100 euros entre todos los Cuentos completos, cuando además ya tengo otras antologías que incluyen sus mejores piezas cortas?
La respuesta fue "no".
Reconozco haberme sentido orgulloso al devolver el libro al estante. Incluso a pesar de que más tarde, cuando llegué a casa, me encontré con un nuevo problema derivado de mi decisión. Por decirlo de algún modo, ahora me estorbaban los dos primeros volúmenes, sabiendo que se quedarían solos, incompletos. Eso me produjo un picor difícil de rascar.


Apéndices:
Cuentos completos III, Martínez RocaA. Hay casos aún más extremos. Hay quien ya tiene los tres en la edición antigua de Martínez Roca (que no llegó a sacar los dos últimos), y aún así ha comprado los Minotauro para que hagan juego con los dos próximos volúmenes, inéditos en España.

B. Al margen de la reflexión personal, la edición de estas obra completas de Dick me parece, en todo caso, plausible. Necesaria incluso, pues se trata de uno de los autores imprescindibles del género de ciencia ficción.

C. Hoy he vuelto y lo he comprado. Quién creían ustedes que era, ¿Ulises?

martes, 23 de enero de 2007

Robert C. Wilson. Mysterium

Toca rescatar reseña, en este caso de Robert Charles Wilson, uno de los autores que mejor han sabido dar continuismo a la ciencia ficción tradicional de componente hard, aquella que convirtiera en clásicos del género a escritores como Arthur C. Clarke, Poul Anderson o Larry Niven. Canadiense de origen, Wilson siempre tiene algo interesante que ofrecer en sus novelas. Aunque muestra un interés preponderante por las ideas, jamás escatima recursos en la construcción de personajes. En comparación con su más afamado compatriota, Robert J. Sawyer, y sus ineficaces intentos de conjugar ambos elementos mediante el abuso de problemas personales y chascarrillos friquis, Wilson manifiesta ser un escritor de mayor empaque. Actualmente, es el último ganador del premio Hugo con la novela titulada Spin.

MysteriumAlgunas ideas son tan atractivas que pueden dar vida a varias historias distintas. Eso parece pensar Robert C. Wilson, de quien La Factoría de Ideas vuelve a publicar una de sus principales obras, la más importante si a los premios conseguidos nos remitimos. En Darwinia, el autor canadiense presentaba como punto de partida la sustitución, de la noche a la mañana, del continente europeo por una jungla desconocida, y las consecuencias que semejante desaparición provocaban en el resto del mundo. En Mysterium, obra anterior menos pretenciosa y sugerente pero mejor acabada, se encuentra en origen la misma idea, aunque enfocada desde la perspectiva contraria, la de los desaparecidos. Sin embargo, a pesar de compartir la misma premisa de salida -el cambio de lugar de un punto geográfico determinado-, ambas novelas se diferencian notablemente en sus argumentos y derivan temáticamente hacia horizontes distintos.
El traslado involuntario de ciudadanos de finales del siglo XX a un mundo atrasado de fuertes connotaciones religiosas y militares –una mezcla de nazismo e inquisición- otorgan a Wilson la posibilidad de realizar un ejercicio distópico que discurre en su mayor parte dentro de los límites de lo que podríamos llamar literatura de “campo de concentración”.
Al contrario que otros escritores del género, el canadiense opta por no recargar planteamientos ya descritos, cosa en la que podría haber incidido radicalizando la historia y convirtiéndola en una alegoría del Holocausto. Afortunadamente, se decanta por la sencillez argumental, y profundizando lo justo en la nueva sociedad que describe, huyendo del inútil relleno de decorados, dirige su atención hacia los personajes y, en ultima instancia, cerca del final, hacia el elemento hard de la historia. Un elemento que, por cierto, se antoja bastante simple y consta, como no, del obligatorio aderezo cuántico. El detalle curioso lo representa un paradójico personaje central, un agnóstico que alcanza su plenitud a través del gnosticismo helénico.
Mysterium es, sin más, una novela agradable de leer, sencilla y entretenida.


jueves, 18 de enero de 2007

Jinetes en la tormenta

Releyendo la entrada de hace un par de días, me doy cuenta de que por mucho que uno se afane en alabar el novelón y el buen hacer de McCarthy, nada logrará aproximarlo al lector tanto como su lectura directa. Así pues, ahí van un par de extractos de ese viaje sobrenatural a través del desierto, hacia el país infernal.

Decidieron cabalgar de noche, jornadas silenciosas salvo por el traqueteo de los carros y el resollar de los animales. Extraño grupo de ancianos bajo el claro de luna con los bigotes y las cejas teñidos de blanco por el crepúsculo. A medida que avanzaban, las estrellas se daban empellones y cruzaban el firmamento dibujando arcos para morir al otro lado de las montañas negras. Acabaron conociendo bien el cielo nocturno. Ojos occidentales que veían más bien construcciones geométricas que los nombres dados por los antiguos. Atados a la estrella polar daban la vuelta a la Osa Mayor mientras Orión aparecía por el suroeste como una enorme cometa eléctrica. La arena era azul a la luz de la luna y las llantas de los carros giraban entre las siluetas de los jinetes como aros relucientes que viraran y rodaran exangües y vagamente náuticos cual finos astrolabios, y las gastadas herraduras de los caballos eran como una plétora de ojos que parpadearan a ras del suelo del desierto. Vieron tormentas tan distantes que ni siquiera se las oía, silenciosos relámpagos como sábanas de luz y la negra espina dorsal de la cordillera parecía palpitar antes de ser engullida de nuevo por las tinieblas. Vieron caballos salvajes correr por la llanura, batiendo sus sombras en la noche y dejando a su paso en el claro de luna un polvo vaporoso, apenas una alteración cromática.

(...)


Aquella noche atravesaron una región salvaje y eléctrica en donde extrañas formas blandas de fuego azul corrían por el metal de los arreos y las ruedas de los carros giraban como aros de fuego y pequeñas formas de luz azul pálido iban a posarse en las orejas de los caballos y en las barbas de los hombres. Toda la noche fucilazos sin origen visible temblaron en el oeste más allá de las masas de cúmulos, convirtiendo en azulado día la noche del desierto lejano, las montañas en el repentino horizonte negras y vívidas y ceñudas como un paisaje de un orden distinto cuya verdadera geología no era la piedra sino el miedo. La tormenta se acercó por el suroeste y los relámpagos iluminaron el desierto a su alrededor, azul y árido, grandes extensiones estruendosas surgidas de la noche absoluta como un reino diabólico invocado de repente o tierra suplantada que no dejaría rastro ni humo ni ruina llegado el día, como no los deja una pesadilla.

Meridiano de sangre, Cormac McCarthy.