Con el avance de la edad, la sensación que se tiene del paso del tiempo es de aceleración geométrica. Todo parece cada vez más corto y más rápido. Es un fenómeno que, paradójicamente, se percibe con mayor intensidad con el tramo más reciente, el de los últimos años vividos, que recordando los tiempos más lejanos. El abismo de lo efímero se evidencia más al rememorar cosas que ocurrieron hace apenas un lustro que al retrotraerse a sucesos de hace tres décadas: ese estreno de cine, aquella celebración, la presentación de tal libro. ¡Pero si eso ocurrió antes de ayer! ¿Cómo va a hacer cinco años?
Bueno, ahí está la pandemia, un hecho de estatura histórica que sucedió hace la friolera de seis años y, sin embargo, uno recuerda como si sólo hubiera pasado un verano. El confinamiento duró varias semanas y me permitió escribir tres textos de naturaleza distinta, aunque comunes en su procedencia, los tres nacidos de la atmósfera del momento. Me he dado cuenta del pequeño abismo al mirar las fechas de su publicación original en C, la web de crítica literaria, y he pensado que bien podía traerlos ya aquí. El primero fue este artículo, el de carácter más objetivo, culminación de una tesis que llevaba macerando en mi cabeza varios años. Es de los textos a los que les guardo un mayor cariño, pues me parece que cuenta con algo de valor, que su proposición tiene un poco más de estatura y acierto que el resto de escritos que realizo habitualmente. Como todos ellos, no ha ido a ninguna parte, pero es que uno no escribe para eso, sino porque te lo pide el cuerpo. Así pues, ahí lo tienen, para que lo lean si quieren, si les pica la curiosidad y el teléfono móvil les deja algo de tiempo libre.
Si les surge la pregunta al finalizar su lectura, la respuesta es sí, aún pienso que son las obras más importantes que ha dado la ciencia ficción en lo que va de siglo, y sí, aún sigo esperando esa gran novela de la pandemia. Buscando la capacidad adivinatoria, se me podría achacar que en mis previsiones no tuviera en cuenta lo inesperado, ¿pero quién podría haber imaginado lo que sucedió después y sus consecuencias? ¿Quién habría sido capaz de prever, antes de la Revolución de los últimos quince años, que al postapocalíptico le sucedería el romantasy?
El auge de la literatura postapocalíptica

No
es difícil dar con los motivos del auge que está teniendo en estos años la literatura postapocalíptica, el subgénero de la ciencia
ficción que aborda el colapso civilizatorio y los hechos
posteriores. Se trata de un tipo de narración propicio para tiempos
convulsos, definición que encaja perfectamente con este primer cuarto del siglo XXI. En sus
primeras dos décadas se han ido produciendo, uno tras otro,
acontecimientos y situaciones globales que han calado en el
imaginario colectivo, facilitando la aceptación de la fabulación
catastrofista. Debido a ello, las mesas de las librerías, las salas
de cine y las pantallas de televisión han venido exhibiendo, a lo
largo de todos estos años, ficciones basadas en la supervivencia
tras el desastre, narraciones postapocalípticas puras en algunos
casos -el clásico survival
tras la hecatombe-, y mestizas en otros, como las extendidas hacia la
distopía o el fenómeno zombi. Ahora que este gran desastre en forma
de pandemia ha relegado a la Humanidad a sus hogares, la expansión y
aceptación definitivas de este tipo de literatura, incluso en los
dominios del realismo, parecen inevitables.
El
postapocalíptico, que a veces muestra el propio proceso destructor y otras sólo lo utiliza como punto de partida, es uno de los
subgéneros más distinguidos e importantes de la ciencia ficción y quizás el más antiguo. Está presente en la Epopeya
de Gilgamesh (2500-2000
a.E.C.),
la primera narración escrita que se conoce y en la que se alude a un
diluvio universal anterior que casi acaba con la Humanidad. Avanzando en el tiempo, en
julio de 1816, un mes después de la reunión de Villa Diodati en la
que Mary Shelley concibió la semilla de Frankenstein
o el moderno Prometeo (1818),
obra que para algunos teóricos inicia la ciencia ficción, el
anfitrión Lord Byron dio a conocer Darkness,
un poema de esencia inequívocamente apocalíptica. Incluso la propia Shelley, pocos años más tarde, abordaría el subgénero con El
último hombre (1824),
novela que transcurre en un escenario inmerso en lo apocalíptico. En ella, el novum ya es utilizado con intenciones alegóricas, tal como lo haría después, en
numerosas ocasiones, la ciencia ficción. Más adelante, un autor de
máxima relevancia como Edgar Allan Poe escribió lo que podríamos
llamar proto ciencia ficción, salpicando con detalles apocalípticos algunos
de sus cuentos. Jules Verne y H. G. Wells, padres del género para
otra importante facción de estudiosos, incluyeron de forma desigual la temática
en sus obras, mucho más presente en la del segundo, escritor primordial de la ciencia ficción, que en la del
autor francés. El postapocalíptico entró con pie firme en el siglo
XX mediante obras como La
nube púrpura
(1901), de M. P. Shiel, y La
peste escarlata (1912),
novela pandémica escrita por Jack London.
Durante
los siguientes cien años, este subgénero corrió parejo a la
agitación de los tiempos, pero también a la propia evolución del
ámbito literario en el que fue enmarcado. Reivindicado como temática
propia de la ciencia ficción, se convirtió, ya desde las mismas
narraciones pulp,
en una constante utilizada por la mayoría de sus autores. En la
primera mitad del siglo XX cobraron importancia las distopías,
ficciones políticas que utilizaban como punto de partida una crisis
mundial, origen de un nuevo mundo. Nosotros,
Un
mundo feliz
y 1984
pasarían, por su excelente calidad y el universal contenido de sus
alegorías, a formar parte del catálogo de grandes obras de la
ciencia ficción. Desde entonces, ya no dejarían de escribirse y
filmarse narraciones postapocalípticas, y éstas se constituirían en
el dedo señalador de los temores y preocupaciones colectivos
preponderantes en sus respectivas épocas. La Segunda Guerra Mundial,
la Guerra Fría, el SIDA o el ecologismo de fin de siglo tuvieron su
reflejo en los distintos relatos, que fueron alimentando el catálogo apocalíptico con cataclismos por guerras nucleares, virus
pandémicos, asteroides destructores, catástrofes ecológicas y un
sinfín de desgracias globales tras las cuales el hombre intentaba
sobrevivir y volver a crear una civilización estable.
Con
pocos altibajos, la presencia del subgénero a lo largo del siglo
pasado fue continua. Los autores ingleses, fervientes seguidores de
la temática, nunca dejaron de explotarla. Los correligionarios de la
new
wave,
movimiento literario que encontró un filón en la catástrofe
global, se sirvieron de ella apoyándose en la herencia de los 50 y
60, utilizándola como campo de pruebas para la experimentación
formal y la búsqueda de paralelismos con los espacios interiores del ser humano. En
los años 70, el fin de todo fue un tema recurrente también en los
cines. Pero aunque el postapocalíptico fue una
presencia ineludible a lo largo de la centuria y sumó muchas
obras maestras al acervo del género (El
día de los trífidos,
La
Tierra permanece,
Soy
leyenda,
Cántico
por Leibowitz,
La muerte de la hierba,
El mundo sumergido,
La ciudad poco después...),
a partir de la siguiente década fue perdiendo protagonismo y no volvería a ser preponderante hasta comenzado el siglo XXI. Los
años 80 del ciberpunk, los 90 de la space
opera
y el revival pulp
que supuso la new
weird
en los albores del nuevo siglo parecieron relegar al subgénero a un
segundo plano.
En realidad, la causa de esta pérdida de interés se
debió, principalmente, a la dependencia que tiene este tipo de
literatura de las inquietudes catastrofistas del momento, de una
realidad colectiva coyuntural que en tiempos de paz, con alguna
notable excepción, suele conducirlo al olvido. La ciencia ficción,
a diferencia de lo que suelen señalar los articulistas externos
desde un vergonzante desconocimiento, jamás ha sido una disciplina
adivinatoria. El objetivo de la ficción especulativa que la conforma
no es la videncia ni el acierto. El sentido de su existencia no se
encuentra en la predicción, un efecto colateral en realidad, sino en
el paralelismo alegórico, en arrojar lecturas del presente
disfrazadas de metáfora fantástica. Y de todas las ramas que parten
de la cf, el postapocalíptico, con el apocalíptico que lleva
implícito, es sin duda el subgénero más atado a la realidad y los
miedos del momento. En los tiempos de paz y aperturismo mundiales que
cerraron el siglo, Perestroika y Caída del Muro mediantes, hubo poca
inquietud generalizada, desde luego ninguna por el desastre global.
Pero eso iba a cambiar una mañana de septiembre de 2001. La
caída de las Torres Gemelas sacudió la realidad de todos los
habitantes del planeta, abriendo una brecha en la falsa seguridad
mundial que se había ido construyendo en las dos últimas décadas
tras la apertura soviética y la naciente globalización. Estados
Unidos, país preponderante en aquel momento, fue atacado en su
propio territorio continental con el mundo entero como espectador. Un
par de rascacielos, edificios civiles con casi 3000 personas en su
interior, se derrumbaron por el impacto de sendos aviones comerciales como si de una película catastrofista se tratase, entre nubes de
polvo en plena Nueva York, la capital mundial de la normalidad. En
imágenes reales, tomadas desde diferentes ángulos y servidas en
directo a todo el planeta. Con esa caída, el concepto de
civilización vulnerable retornó del olvido al que los ciudadadanos
occidentales lo habían relegado. La realidad era inestable,
insegura; el realismo se tornó dudoso. Desde ese momento, todo era posible.
Diariamente, los
escritores del mainstream,
de la rama central de la literatura que solía eludir el género
fantástico como si fuera veneno, se vieron asaltados desde televisores y periódicos por
imágenes y ficciones que rebasaban el concepto de normalidad
anterior. Sus inquietudes, impregnadas de la atmósfera de irrealidad
que teñía artículos y discursos en todas partes, del clima de
inseguridad en los años subsiguientes, comenzaron a dirigirse hacia
escenarios en los que las posibilidades inauditas pesaban más que lo
cotidiano. El goteo de obras de ciencia ficción escritas fuera del
género se convertiría en un torrente a partir de 2004, en una serie
correlativa de años prodigiosos para este tipo de literatura.
Importantes escritores de la considerada Gran Literatura abordarían
el género fantástico con obras de gran calidad y lo tomarían por
asalto. Autores como Philip Roth, David Mitchell, Kazuo Ishiguro,
Hari Kunzru y Michel Houellebecq, quien se sumergió del todo en la
temática postapocalíptica con La
posibilidad de una isla,
cogerían por sorpresa a todos sus incondicionales y, especialmente,
a los lectores de cf. El aluvión de incursiones semejantes en años
posteriores demostraría que, en realidad, lo de esos años era
una mera avanzadilla.
En
ese sembrado literario, las semillas comenzaron a germinar en gran
número. No era solo la mayor cantidad de obras de cf, sino el
significativo aumento de lectores que, ahora sí, parecían mostrar
un interés desprejuiciado por las narraciones fantásticas, pasando
por caja en librerías y cines. En pleno ascenso del fenómeno zombi,
un concepto importado del terror y convertido a la ciencia ficción,
las cifras de ventas de Guerra
Mundial Z,
una especie de diario del apocalipsis zombi escrito en clave realista
por Max Brooks, vendría a demostrar que el mercado para la ficción
postapocalíptica podía producir pingües beneficios. Durante más
de una década, legiones de infectados por el virus definitivo se
apoderarían de las páginas y pantallas de todo el planeta. Libros,
series, películas, cómics... Fue considerada una moda que se
acabaría extinguiendo como las anteriores, dejando sólo un fugaz
esplendor para el recuerdo. Y así podría haber sido, pero dos obras
fundamentales en la historia de la ciencia ficción vendrían,
paralelamente, a reventar todas las expectativas de la literatura no
realista, apuntalando la presencia del subgénero postapocalíptico
en el zeitgeist
del naciente siglo XXI: La
carretera,
de Cormac McCarthy, y Los
juegos del hambre,
de Suzanne Collins.
En
2007, un año después de su publicación, La
carretera,
del norteamericano Cormac McCarthy, gana el premio Pulitzer y
conquista las librerías de todo el mundo. Es un postapocalíptico de
manual, escrito con una madurez y un estilo extraordinarios, propios
de un escritor siempre candidato al Nobel. El eco cultural que tiene
en todo el planeta es insólito. Es llevada al cine y autores de toda
índole comienzan a imitar su estilo y escenarios. Reseñadores del
género a los que coge fuera de juego comienzan a usar el nombre del
autor como adjetivo, lo mccarthyano,
para calificar los libros que encuentran dignos. Críticos de la literatura
realista empiezan a darse cuenta del cambio de paradigma y aventuran de dónde
vendrá la literatura importante en los años siguientes. Extramuros,
la relevancia de la novela anima definitivamente a los buenos
escritores que ya estaban pensando en abordar el género fantástico.
La sinergia creada entre la atmósfera post 11-S y la calidad de La
carretera
lleva al postapocalíptico, y a la ciencia ficción en general, hasta
las zonas de las librerías y plataformas audiovisuales que antes la
rechazaban.
En
2008, Suzanne Collins contribuye decisivamente a ese proceso desde la
propia literatura fantástica con Los
juegos del hambre,
una novela young
adult,
primera de una trilogía cuyos efectos en la expansión de la literatura postapocalíptica serían, a la postre, incluso
mayores. Que uno de los escritores importantes creara una gran obra
abordando ese tipo de literatura conllevaba una apertura, una puerta
de entrada buscada durante décadas, pero en realidad era un fenómeno
que ya se había dado antes, siempre con resultados apenas
temporales. Sin embargo, la obra de Collins procede del propio género
fantástico, y el éxito que supone a varios niveles, desde la aceptación
comercial a la identificación política, va más allá. Las películas
convierten la temática de la trilogía en la más leída y vista
durante los siguientes años, abriendo un abanico de posibilidades que
empiezan a ser tenidas en cuenta muy en serio.
Por
un lado, se hace evidente que incluso los libros juveniles
procedentes de un género hasta entonces denostado y meramente,
creían, escapista pueden convertirse en una máquina de hacer
dinero. Por otro, ciertos acontecimientos demuestran que el calado de
la obra rebasa lo meramente comercial. El economista Paul Krugman
pone Los
juegos del hambre
como ejemplo en sus columnas del New York Times. La juventud del
sudeste asiático comienza a utilizar el signo de respeto del
Distrito 12 en sus manifestaciones de protesta. La frase “si
nosotros ardemos, tú arderás con nosotros” es incluida en textos
y blogs escritos por airados adolescentes. Los medios se hacen eco de
la repercusión de las películas y novelas en los jóvenes, su
mensaje es tomado en serio. El calado distópico de la obra es
global.
A partir de ahí, el ascenso de la distopía, una
ficción política de raigambre postapocalíptica, es aprovechada por
editoriales y autores para, por fin, acabar con la mala imagen que
impide a la ciencia ficción hacer llegar sus obras fuera de las fronteras. La respuesta popular y las insólitas cifras de ventas,
así como el respetable pasado de ese tipo de ficción política,
impulsan la sustitución de los términos apocalíptico y
postapocalíptico, e incluso el de ciencia ficción, de mala fama,
por el de distopía. Desde ese momento, toda ficción que presente
una crisis de cualquier tipo, política o natural, situada en el
futuro será presentada por editoriales, críticos e incluso autores
bajo la elegante y digna etiqueta de distopía. Así, la presencia
del género postapocalíptico y su derivado político irá creciendo
en todos los productos de consumo cultural hasta situarse en las
primeras posiciones de interés en los años subsiguientes.
Paradójicamente, sin su propio nombre.
Estas
dos obras postapocalípticas, La
carretera
y Los
juegos del hambre,
son las principales culpables literarias de la expansión que ha
tenido la ciencia ficción como género dominante en el siglo XXI. Entrando en ellas desde una perspectiva comparativa, lo
primero que llama la atención es que, por
esas extrañas cuestiones de la literatura, ya sea por pura
sincronicidad o por homenaje no confeso, estos dos libros
trascendentales, publicados con apenas un par de años de diferencia
en Estados Unidos, comienzan de manera similar, con los personajes principales ejecutando una misma acción.
Así principian ambas novelas:
Este
es, curiosamente, el único punto formal en el que coinciden, pues
las dos obras son, en ese aspecto, muy diferentes. Precisamente, la
tormenta perfecta de la que forman parte, junto con la inercia
producida por el 11-S y continuada por la crisis económica
planetaria de 2008, viene dada por la disparidad de sus contenidos y
del tipo de público al que llegan. Abarcan ambos sectores, el culto
y el popular, reuniéndolos bajo un mismo foco de interés: qué
ocurrirá tras el fin de la civilización tal como la conocemos. La
carretera
es el relato del viaje de un hombre y un niño en busca del mar, a
través de un mundo deflagrado y cubierto por la ceniza, sorteando
antropófagos y enfermedad. Es una historia centrada en lo
individual, en la supervivencia de un padre y su hijo como último
reducto de humanidad en una naturaleza vacía. Ellos son los
portadores de la llama, una representación simbólica de la
esperanza civilizatoria, la luz última ante el glaucoma de un mundo
frío. Los
juegos del hambre
es, en el otro extremo, una distopía canónica en la que, a pesar del protagonismo de su
personaje central, lo importante es lo colectivo, la revolución
social, el conflicto por la recuperación de la justicia e igualdad
en un estado tiránico. Katniss no es mas que una herramienta
utilizada por un sistema político cíclico que busca regenerarse. Se
trata de una historia de inquietud global, pero es ella, el
individuo, quien al final tiene la decisión y el poder de cambiar el
sistema, de devolver la civilización a un gobierno y un estado incivilizados.
Formalmente distintos, maravillosamente complementarios,
estos libros abarcan los dos grandes relatos de interés humano: el
individuo y la sociedad; la persona y el Estado. Muestran dos
posibilidades de afrontar el desastre y ponen el foco en dos tipos
diferentes de reconstrucción, la personal y la social. Sin embargo,
si se miran las conclusiones finales, ambas obras caminan en paralelo
a pesar de las diferencias marcadas por sus propios relatos. Siguiendo una constante en toda su obra, la
novela de McCarthy incide en la futilidad de los actos humanos ante
una naturaleza indiferente en la que, sin embargo, el peligro real son los propios seres humanos. En la
trilogía de Collins el sistema se perpetúa ignorando el sufrimiento
y los deseos de sus ciudadanos, meros instrumentos de subsistencia.
Sin embargo, a pesar de sus respectivos fracasos personales, son el
padre y Katniss, el sinsajo, quienes marcan finalmente la diferencia global, salvando el concepto de humanidad con sus
decisiones y sus actos.
Estas dos historias fueron publicadas en un mundo
temeroso y receptivo, en el que los lectores volvían a sopesar la
posibilidad del fin, con la amenaza de una guerra de civilizaciones
aún no superada y a las puertas de un desplome económico de alcance
mundial. Inseguros ante el carácter frágil de la realidad y
dispuestos a creer fatalidades y alternativas, la llegada de estas
dos novelas, con sus crisis futuras posibles, impactó en los
lectores y, por extensión, en la cultura general del momento como
una piedra en un estanque. Las ondas de expansión que crearon en los
campos literario y audiovisual ayudaron a la ciencia ficción a
alcanzar su privilegiado lugar actual. No solo fueron imitadas hasta
la saciedad, estilos literarios incluidos, sino que popularizaron la
ciencia ficción a nivel mundial y consolidaron el acceso a un
espacio de la literatura que a este tipo de narrativa siempre le
había estado vedado. Son, en mi opinión, las dos obras más
importantes aportadas por el género en lo que va de siglo XXI.
A
sus hombros han ido llegando a las librerías cientos de novelas y
cuentos postapocalípticos de calidad dispar. El 90% olvidables,
independientemente de su procedencia. Distopías fabricadas en serie,
juveniles y adultas; autoediciones desde el fandom; experimentos
provenientes de la literatura general; presuntos superventas caseros
y hasta obras de relleno sin más razón de ser que la de
diversificar el catálogo del autor. Muchas de las obras de éxito
han sido, curiosamente, fanediciones que dieron el salto desde
internet, un fenómeno visto en otros ámbitos literarios. En el
mundo anglosajón, best
sellers
como El
pasaje,
Espejismo
o
Estación
once
han vendido millones de copias. En España, el fenómeno ha dado
novelas autóctonas muy interesantes y con gran aceptación, como
Fin,
Cenital
o El
año de la plaga.
En definitiva, el interés incondicional del consumidor ha hecho que
en muchos casos ya no importe la procedencia o la calidad; si vende,
va directamente al cine o a la televisión, el medio que lleva el
mando estos años. Todo lo que tiene la impronta postapocalíptica
interesa, y todo lo que interesa vende. Es el capitalismo, amigo.
La pregunta que cabe hacerse, ahora que el concepto de
apocalipsis ha saltado de los libros a la realidad, es: ¿qué
podemos esperar después de esto? Si miramos atrás, la oscuridad del
año sin verano provocada por la erupción del Tambora trajo el que
para muchos fue el nacimiento de la ciencia ficción. Los efectos del
11-S y la Gran Crisis Económica provocaron el ascenso de la
narrativa postapocalíptica en la literatura mundial. ¿Qué obras
producirá este baño de irrealidad que ha afectado a todo el
planeta? ¿Cómo serán los libros del postapocalipsis pandémico?
Con la realidad cotizando por debajo del barril de petróleo, todo
parece indicar que la narrativa de la próxima década seguirá
expresándose en los mismos términos de estos últimos años. Es
previsible que la tendencia a lo fantástico incluso se agudice.
Puede que la Gran Novela de la Pandemia, que a buen seguro ya estarán
intentando escribir la mitad de los autores del planeta, lleve a la
ciencia ficción todavía más allá, al final de esta revolución
nada silenciosa, hacia un nuevo orden literario.
La versión original de este artículo fue publicada en la web de crítica literaria C.

