La nostalgia da, pero también quita. El solaz que ofrece el recuerdo del pasado, siempre edulcorado, adulterado por las imperfecciones de la memoria, tiene también aspectos negativos. Aunque se presenta como un cómodo refugio contra las inclemencias y los estragos que causa el paso del tiempo, regodearse en ella conduce al adocenamiento y la involución, poniendo palos en las ruedas del progreso personal. Cuando el pasado comienza a ser más importante y bonito que el presente y, sobre todo, que el futuro, es señal de que el reloj biológico ha empezado a ganarte la guerra. Aunque ya estoy en esa zona vital, tengo claro que embarrancar en el recuerdo te resta vida. Me declaro más cerca de lo que Woody Allen denunciaba en Midnight in Paris, aquella extraordinaria comedia de ciencia ficción, que del conocido verso de Jorge Manrique. El mito de la Edad de Oro no es más que eso, un mito que se repite y va a más en cada siguiente generación, la falsa impresión de que el pasado siempre fue mejor. Ocurre que en lo personal a veces sí, sobre todo cuando las facultades han mermado mucho y uno ya no es lo que era, pero en la mayoría de los casos no. Lo cierto es que cuando miras más al pasado que al presente dejas de estar al tanto, te pierdes cosas, y eso te saca de tu propia época.
Hace unos días leía, con suma felicidad, que se está dando un movimiento de retorno a los blogs, a escribir textos largos en bitácoras como ésta. Si me alegró la noticia fue porque no se propuso como un acto de nostalgia, sino de rebeldía, de protesta contra la cultura que las redes sociales han impuesto, esa que se alimenta de meros titulares, de textos breves que no dejan nada más que el deseo de mover el dedo sobre la pantalla y que han sepultado el esfuerzo intelectual y la reflexión, una pérdida que alcanza tanto a la lectura como a la escritura. No fue por nostalgia, no. Si se vive atento al presente resultarán obvias las opciones que han venido a cubrir, aunque con otras formas, este tipo de inquietudes, con el mismo deseo de profundizar y dedicarle horas a temas y lecturas. Que acudamos al recuerdo de este medio, que algunos no han dejado y al que otros seguimos retornando de vez en cuando, no debe hacernos ignorar otras realidades presentes de ambición similar. Una de ellas es el mundo del podcast, remedo de la radio en el que existen programas que un mes tras otro ofrecen auténticos masters en distintas disciplinas, sobre todo culturales, muchos de ellos con duraciones de horas y horas, elaborados desde un enorme esfuerzo y conducidos por auténticos expertos.
Adelanto que este no va a ser el caso. El podcast que un par de amigos y yo, tras mucho hablarlo, hemos decidido realizar, no está ideado con un espíritu muy formal. Charlaremos entre nosotros como lo hacemos en los chats que compartimos y en nuestros encuentros, con ánimo más lúdico que docente. Tertuliaremos, hablaremos de cómics, de libros, de películas, de series, de ciencia ficción y de todo aquello que infesta la cultura pop de este siglo, ese absoluto triunfo de nuestra generación que hoy lo permea todo. El mundo respira y se alimenta de aquello que conformó nuestra juventud más temprana y alimentó nuestra madurez, y vamos a charlar sobre ello. Relajadamente, con cierto humor y sin grandes pretensiones. Empezamos Alberto Parrilla, Fernando Ángel Moreno y yo, una formación inicial que no será rígida. Habrá ocasiones en las que no estemos los tres, y otras en las que también, esperamos, habrá invitados. La idea central es pasárnoslo bien y que los oyentes lo hagan con nosotros. Porque quién necesita de la nostalgia cuando la fiesta aún no ha acabado.

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