Al final, el arte no salva a la persona.
-Woody Allen-
lunes, 20 de agosto de 2007
domingo, 12 de agosto de 2007
Michel Houellebecq. H. P. Lovecraft Contra el mundo, contra la vida

El 15 de marzo pasado se cumplieron 70 años de la marcha de Howard Phillips Lovecraft de este mundo, seguramente en dirección hacia algún perdido y arcano plano cósmico. Si aún permaneciera entre nosotros, habría podido ver cómo el paso del tiempo le ha ido otorgando un prestigio cuya cima aún no se divisa. Basta comprobar que en muchas encuestas entre los amantes del género de terror son legión quienes le colocan, de modo sorprendente, por encima del maestro Edgar Allan Poe, un mito de la literatura.
El díscolo escritor francés Michel Houellebecq engrosa la creciente marea de lectores incondicionales de la obra lovecraftiana, e incluso comparte con todos ellos ese curioso afán proselitista tan común en los admiradores del de Providence. En 1991 publicó un ensayo dedicado a glosar brevemente la vida y obra del norteamericano, texto que la editorial Siruela lanzó en nuestro país el pasado año. He aquí el párrafo promocional del libro:
El díscolo escritor francés Michel Houellebecq engrosa la creciente marea de lectores incondicionales de la obra lovecraftiana, e incluso comparte con todos ellos ese curioso afán proselitista tan común en los admiradores del de Providence. En 1991 publicó un ensayo dedicado a glosar brevemente la vida y obra del norteamericano, texto que la editorial Siruela lanzó en nuestro país el pasado año. He aquí el párrafo promocional del libro:
Autor de La llamada de Cthulhu, Dagón y En las montañas de la locura, H. P. Lovecraft, maestro indiscutible del horror y de lo fantástico, sigue siendo objeto de una fascinación muy especial por parte de nuestros contemporáneos. Fue un hombre extraño, al igual que sus escritos. A pesar de haber nacido en una ciudad portuaria, sintió siempre auténtica fobia al mar. Profundamente apático, hostil a todos los valores del mundo moderno y, a fin de cuentas, de un racismo visceral, sufrió durante toda su vida pesadillas recurrentes. Su intento de llevar una vida normal se saldó con un fracaso. Michel Houellebecq recorre un itinerario fuera de lo común, saludando en Lovecraft al autor de un mito fundador, y extrae de sus escritos un alegato en favor de una literatura vertiginosa, «yuxtaposición de lo minucioso y lo ilimitado, de lo puntual y lo infinito».
Lejos del carácter exhaustivo con que cuenta la biografía escrita por Sprague de Camp, el libro de Houellebecq se presenta, más bien, como un largo y documentalmente dosificado artículo de opinión. En apenas 100 páginas realiza un somero recorrido por los periplos vital y creativo de Lovecraft. Apenas se refiere a su infancia y adolescencia en Providence; el francés prefiere hacer hincapié en la boda del escritor con Sonia Haft Greene y el punto de inflexión que para él supuso el traslado de ambos a Nueva York, donde la imposibilidad de encontrar trabajo e integrarse en la vida social agravaría la naturaleza extraña de Lovecraft y acabaría conduciéndole al divorcio y al retorno a su ciudad natal, lugar en el que finalmente moriría de cáncer intestinal. En opinión del francés, la obra magna de Lovecraft, los denominados Grandes Textos (los que contienen los conocidos Mitos de Cthulhu), se esencia en un odio racista que se recrudece en el escritor tras su residencia en la ciudad neoyorquina.
Houellebecq no desliga al hombre de su obra. Centra su interés tanto en la persona del autor como en su narrativa, cuyo estudio, sin duda el elemento más valioso de esta breve obra, sitúa a mitad del ensayo, rodeado por las
consabidas pinceladas biográficas. El autor disecciona la obra de Lovecraft para mostrar, elemento a elemento, los distintos artificios y herramientas con los que consigue provocar el horror en sus lectores: olores, sonidos, atmósferas... Resulta de gran interés la evidente preocupación de Lovecraft por integrar las distintas disciplinas científicas (biología, matemáticas, geología) en la construcción de sus tramas, pues a su entender, ésta era la mejor forma de lograr un terror objetivo y materialista. Tal como sugiere Houellebecq, este afán cientificista otorga a la obra lovecraftiana carta de pertenencia al género de ciencia ficción.
Es también reseñable que el francés mencione como algo positivo la aversión de Lovecraft a mostrar sexo en su obra y aplauda esta omisión como estrategia funcional para huir del aburrido realismo. Mucho ha debido de cambiar su forma de ver las cosas si echamos un vistazo a la obra posterior del autor de Las partículas elementales, Plataforma o La posibilidad de una isla, novelas en muchos aspectos casi pornográficas. Personalismos aparte, Lovecraft prefería hacer hincapié en los elementos diferenciadores del ser humano, aquellos que le han convertido en un ser civilizado. Es hasta cierto punto normal, dice Houellebecq, que eludiera aquello que lo acerca más al animal: el sexo.
Particularmente, coincido con el autor de este ensayo en la apreciación de que hay algo más en la literatura de Lovecraft de lo que arroja el estudio técnico, algo que elude a todo analisis estílistico o conceptual de su obra. La fascinación que ejercen sus historias, sobre todo en la post adolescencia, proviene de algún punto arraigado en nuestro interior, de profundidades a las que sólo él ha sabido llegar. A pesar de la fuerza y la convicción de las razones expuestas por el francés, cuya tesis final denuncia una cierta misantropía con acento racista en el de Providence, me sigue pareciendo que en la narrativa de Lovecraft hay un elemento indefinible que yo siempre he relacionado con los territorios de la infancia y la adolescencia, con el miedo, puro y sin matices, a lo desconocido.
Houellebecq no desliga al hombre de su obra. Centra su interés tanto en la persona del autor como en su narrativa, cuyo estudio, sin duda el elemento más valioso de esta breve obra, sitúa a mitad del ensayo, rodeado por las
consabidas pinceladas biográficas. El autor disecciona la obra de Lovecraft para mostrar, elemento a elemento, los distintos artificios y herramientas con los que consigue provocar el horror en sus lectores: olores, sonidos, atmósferas... Resulta de gran interés la evidente preocupación de Lovecraft por integrar las distintas disciplinas científicas (biología, matemáticas, geología) en la construcción de sus tramas, pues a su entender, ésta era la mejor forma de lograr un terror objetivo y materialista. Tal como sugiere Houellebecq, este afán cientificista otorga a la obra lovecraftiana carta de pertenencia al género de ciencia ficción.Es también reseñable que el francés mencione como algo positivo la aversión de Lovecraft a mostrar sexo en su obra y aplauda esta omisión como estrategia funcional para huir del aburrido realismo. Mucho ha debido de cambiar su forma de ver las cosas si echamos un vistazo a la obra posterior del autor de Las partículas elementales, Plataforma o La posibilidad de una isla, novelas en muchos aspectos casi pornográficas. Personalismos aparte, Lovecraft prefería hacer hincapié en los elementos diferenciadores del ser humano, aquellos que le han convertido en un ser civilizado. Es hasta cierto punto normal, dice Houellebecq, que eludiera aquello que lo acerca más al animal: el sexo.
Particularmente, coincido con el autor de este ensayo en la apreciación de que hay algo más en la literatura de Lovecraft de lo que arroja el estudio técnico, algo que elude a todo analisis estílistico o conceptual de su obra. La fascinación que ejercen sus historias, sobre todo en la post adolescencia, proviene de algún punto arraigado en nuestro interior, de profundidades a las que sólo él ha sabido llegar. A pesar de la fuerza y la convicción de las razones expuestas por el francés, cuya tesis final denuncia una cierta misantropía con acento racista en el de Providence, me sigue pareciendo que en la narrativa de Lovecraft hay un elemento indefinible que yo siempre he relacionado con los territorios de la infancia y la adolescencia, con el miedo, puro y sin matices, a lo desconocido.
Monstruos sin forma, provenientes del pasado, acechantes desde el armario o bajo la cama; construcciones ciclópeas, vistas desde la perspectiva de un niño; olores nuevos, ajenos, desagradables; gentes extrañas, frías e inhumanas, como lo son todas fuera de la propia familia. Y en sus últimas obras, la constatación de que el enemigo está dentro de uno mismo, de que inevitablemente la transformación en adulto acabará atrapándote. Incluso la ausencia mencionada por Houellebecq de elementos como el dinero y el sexo, o el hecho de que Lovecraft siempre lamentó haber perdido la infancia ("La edad adulta es el infierno", llegó a decir), avalan también esta teoría propia.
Acceder al recuerdo que el universo lovecraftiano dejó en el lector, pasados los años, resucita
imágenes olvidadas de pequeños y polvorientos rincones en librerías escondidas, de rojos crepúsculos de fin de verano, de fiebre y lecturas de cama. Ajeno a cualquier análisis, es más un sentimiento que algo definible, un aroma rescatado de una época en la que el mundo era mucho menos complejo y sólo los monstruos de la oscuridad constituían una amenaza, cuando aún se ignoraba que el verdadero mal no procede de lo desconocido, sino de lo familiar.
Esta hipótesis que propongo, que focaliza la atracción de lo lovecraftiano en la añoranza por un tiempo anterior a la madurez personal, puede dar, por otra parte, origen a una cierta polémica, a una cuestión un tanto incómoda para los que nos consideramos seguidores del autor de los Mitos. Si, como digo, ese componente nostálgico, de olvidada adolescencia, es tan importante en el gusto por Lovecraft, cabe preguntarse si, al igual que ocurre con cierta ciencia ficción, no estaremos ante la obra de un autor de literatura juvenil. Aunque la percepción que tengamos sea la de un escritor demasiado importante para ser considerado de tal modo.
Acceder al recuerdo que el universo lovecraftiano dejó en el lector, pasados los años, resucita
imágenes olvidadas de pequeños y polvorientos rincones en librerías escondidas, de rojos crepúsculos de fin de verano, de fiebre y lecturas de cama. Ajeno a cualquier análisis, es más un sentimiento que algo definible, un aroma rescatado de una época en la que el mundo era mucho menos complejo y sólo los monstruos de la oscuridad constituían una amenaza, cuando aún se ignoraba que el verdadero mal no procede de lo desconocido, sino de lo familiar.Esta hipótesis que propongo, que focaliza la atracción de lo lovecraftiano en la añoranza por un tiempo anterior a la madurez personal, puede dar, por otra parte, origen a una cierta polémica, a una cuestión un tanto incómoda para los que nos consideramos seguidores del autor de los Mitos. Si, como digo, ese componente nostálgico, de olvidada adolescencia, es tan importante en el gusto por Lovecraft, cabe preguntarse si, al igual que ocurre con cierta ciencia ficción, no estaremos ante la obra de un autor de literatura juvenil. Aunque la percepción que tengamos sea la de un escritor demasiado importante para ser considerado de tal modo.
jueves, 9 de agosto de 2007
Kressmann Taylor. Paradero desconocido
La noticia sobre la gran afición de Adolf Hitler por la música rusa y judía publicada recientemente en Der Spiegel impresiona porque se abre a dos posibilidades, a cuál más terrorífica. La primera es, quizás, la que menos podría sorprendernos, pues da una imagen del genocida que ya ha sido explotada literariamente, la de un personaje
desequilibrado que trata de reprimir y esconder sin éxito la a su juicio insana atracción que ejerce sobre él aquello a lo que considera deleznable. Es decir, algo similar a lo que le ocurría al Amon Goeth de "La lista de Schindler" con su sirviente judía. La segunda posibilidad es, sin duda, aún más espeluznante, porque sugiere a un Hitler lúcido, decidido a exterminar fríamente a un pueblo cuyas creaciones admira, el judío, por puro interés, por mero provecho económico y político.
Hitler no estaba solo, claro. Particularmente, lo que más me llama la atención de la tragedia nazi es el asunto civil. Siempre me he preguntado cómo pudo la ciudadanía alemana ya no sólo sumarse a la causa, sino simplemente permitir tales tropelías. Desde luego hay libros que tratan el tema, y la nación germana sigue avergonzándose, a veces hasta la exageración, de su pasado más oscuro. Bastante ilustrativo en cuanto a ésta y otras cuestiones adyacentes, Paradero desconocido, de la autora norteamericana Kressmann Taylor, sigue hoy, casi 70 años después de su publicación, representando con maestría la esencia de aquel drama en sus escasas 60 páginas.
desequilibrado que trata de reprimir y esconder sin éxito la a su juicio insana atracción que ejerce sobre él aquello a lo que considera deleznable. Es decir, algo similar a lo que le ocurría al Amon Goeth de "La lista de Schindler" con su sirviente judía. La segunda posibilidad es, sin duda, aún más espeluznante, porque sugiere a un Hitler lúcido, decidido a exterminar fríamente a un pueblo cuyas creaciones admira, el judío, por puro interés, por mero provecho económico y político.Hitler no estaba solo, claro. Particularmente, lo que más me llama la atención de la tragedia nazi es el asunto civil. Siempre me he preguntado cómo pudo la ciudadanía alemana ya no sólo sumarse a la causa, sino simplemente permitir tales tropelías. Desde luego hay libros que tratan el tema, y la nación germana sigue avergonzándose, a veces hasta la exageración, de su pasado más oscuro. Bastante ilustrativo en cuanto a ésta y otras cuestiones adyacentes, Paradero desconocido, de la autora norteamericana Kressmann Taylor, sigue hoy, casi 70 años después de su publicación, representando con maestría la esencia de aquel drama en sus escasas 60 páginas.
Este libro publicado por primera vez en 1938 cuenta la historia de dos amigos y socios que viven en California, Martin Schulse, alemán, y Max Eisentein, un judío estadounidense. En 1932, Martin decide volver a Alemania, empieza a partir de ese momento un intercambio de cartas en las que enseguida se descubre el cambio de valores que sufre Martin por su acercamiento a la situación política de Alemania.
El género epistolar ha ofrecido una gran rentabilidad a la literatura moderna. Raramente visitado por los escritores, cuenta con un gran número de novelas notables en su currículum, de Las amistades peligrosas a 84, Charing Cross Road, pasando por el mismísimo Drácula. La novela que nos ocupa, Paradero desconocido, es otra gran muestra de cómo el uso del intercambio de cartas como método narrativo hace llegar al lector los distintos puntos de vista de un modo absolutamente directo e impactante. El breve cruce de misivas entre Martin y Max nos acerca a un proceso personal de enemistad entre dos hombres, y, en un aspecto más global, al germen del fanatismo nazi previo a la II Guerra Mundial.
Lo más impresionante en esta historia es su capacidad para hacer comprender al lector un drama humano de grandes dimensiones mediante el relato particular, y sumamente breve, de una amistad convertida en odio. Sin duda, en su planificación reside su mayor logro. La enorme información contenida en los pequeños detalles, la casi imposible pero perfecta construcción de personajes en tan pocas líneas y el carácter universal de su argumento, una relación interpersonal degradada a causa de una ideología nacionalista venenosa, conforman un drama perfectamente cerrado que acaba cumpliendo su promesa de fatalidad de manera sorprendente.
Entre la primera carta, fechada el 12 de noviembre de 1932, y la última, el 3 de marzo de 1934, apenas transcurre año y medio, exactamente el período en el que se inicia el proceso de perversión moral de todo un país que posteriormente
lo conduciría hacia la monstruosidad y la guerra. Martin, con su viciada visión sobre la nueva Alemania, es el espejo de toda una nación que sucumbe al hambre, la vergüenza y el deseo de recuperación del orgullo perdido para elegir la podredumbre. Max, al perpetrar su venganza, también cae bajo el influjo de una barbarie que abocó al mundo a su mayor locura. El método utilizado por Max para obtener su triunfo evidencia, por otra parte, que no hay Estado más débil que aquél que no confía en sus ciudadanos.
lo conduciría hacia la monstruosidad y la guerra. Martin, con su viciada visión sobre la nueva Alemania, es el espejo de toda una nación que sucumbe al hambre, la vergüenza y el deseo de recuperación del orgullo perdido para elegir la podredumbre. Max, al perpetrar su venganza, también cae bajo el influjo de una barbarie que abocó al mundo a su mayor locura. El método utilizado por Max para obtener su triunfo evidencia, por otra parte, que no hay Estado más débil que aquél que no confía en sus ciudadanos. Paradero desconocido pertenece a ese tipo de obras que tuvieron un gran éxito en su época y que, posteriormente, el tiempo decidió enterrar, obras que de tarde en tarde vuelven a ser reivindicadas como se merecen. Ya entonces, Europa, inmersa en plena guerra, no logró ver publicada la obra hasta años más tarde. Llama la atención el hecho de que la autora, cuyo auténtico nombre era Katherine Kressmann, fuera invitada a utilizar un seudónimo masculino con la excusa de que la historia era "demasiado dura para aparecer firmada por una mujer". En 1938 sólo Katherine Kressmann parecía saber lo que se les venía encima.
martes, 7 de agosto de 2007
Una cuestión de peso
Es una verdad demostrable que en la literatura la calidad no guarda relación alguna con la longitud de la obra. Vamos, que como en casi todo, cantidad y calidad no son valores dependientes. Hace algunos años, casi siglos, mantuve una amigable discusión en una de las listas de correo que frecuentaba (y aún frecuento) acerca del a mi parecer injusto hecho de que sea el primero de esos términos y no el segundo el que determine el precio de los libros. Aunque a primera vista pueda no parecerlo, se trata de un debate más complejo de lo que la mera lógica señala. Efectivamente, el auténtico motivo es con toda certeza el más prosaico. La materia prima determina unos costes mayores para el editor según aumenta el número de páginas. Por otra parte, cuanto más gordo, más ha de costar, ¿no es cierto?
Pues no.
Aceptemos por un momento que la literatura es industria, mero objeto de consumo, y echemos la vista a otro tipo de artículos que también lo son. El cine, su pariente más cercano, no comulga con esa ley del tonelaje. Las entradas de las películas no varían su precio según la duración que tengan éstas. El taquillero le cobrará al espectador los mismos seis euros y pico tanto si entra a ver los 87 minutos de "Los Simpson: la película", como si decide pasar a la sala donde reponen "Lawrence de Arabia" en su gloriosa versión de 222 minutos. Y aún más extraño: le cobrará exactamente lo mismo aunque una de las películas le haya costado al exhibidor bastante más dinero que la otra. ¿Se imaginan ustedes que una botella de Don Simón de 2 litros de capacidad fuera mucho más cara que una de Vega Sicilia de 75 cl sólo por contener más vino? ¿Es que sería lógico que cinco kilos de jamón de recebo costaran más que cuatro de jamón de bellota?
Si la valoración del precio de un libro "al peso" no es lógica ni siquiera desde el punto de vista industrial,
imagínense desde una perspectiva cultural. Si la literatura es arte, ¿no sería más razonable cobrar los libros según su calidad, según su capacidad para sublimar los sentimientos del lector? Me temo que ahí está el quid de la cuestión. Porque si es cierto que hay quórum en la definición de calidad de un buen jamón o un exquisito caldo, y lo que dictan los expertos en esos campos es aceptado sin reserva, no hay sin embargo consenso en la definición de calidad literaria. Y así pasa lo que pasa, que volúmenes pertenecientes a series de género y best sellers cuyo contenido se olvida en una semana se publican con un precio próximo a los 30 euros, y maravillas de la literatura como el libro que me ha llevado a escribir todo esto, y cuyo impacto no abandonará jamás mi memoria, supera escasamente los 10.
Sí, cierto, el de 30 euros tiene 800 páginas, ofrece más tiempo de diversión pura y dura. No enaltece, pero te lo pasas guay durante un mes. El de 10 conmueve, hace pensar, y se erige en testimonio histórico, pero apenas cuenta con 60 páginas y se lee en un viaje de metro. Muy bien, no seré yo quien me ponga a discutir sobre gustos y valores intrínsecos, pero al menos el que prefiere el Don Simón sobre el vino bueno tiene una excusa aceptable para hacerlo: es más barato.
Pues no.
Aceptemos por un momento que la literatura es industria, mero objeto de consumo, y echemos la vista a otro tipo de artículos que también lo son. El cine, su pariente más cercano, no comulga con esa ley del tonelaje. Las entradas de las películas no varían su precio según la duración que tengan éstas. El taquillero le cobrará al espectador los mismos seis euros y pico tanto si entra a ver los 87 minutos de "Los Simpson: la película", como si decide pasar a la sala donde reponen "Lawrence de Arabia" en su gloriosa versión de 222 minutos. Y aún más extraño: le cobrará exactamente lo mismo aunque una de las películas le haya costado al exhibidor bastante más dinero que la otra. ¿Se imaginan ustedes que una botella de Don Simón de 2 litros de capacidad fuera mucho más cara que una de Vega Sicilia de 75 cl sólo por contener más vino? ¿Es que sería lógico que cinco kilos de jamón de recebo costaran más que cuatro de jamón de bellota?
Si la valoración del precio de un libro "al peso" no es lógica ni siquiera desde el punto de vista industrial,
imagínense desde una perspectiva cultural. Si la literatura es arte, ¿no sería más razonable cobrar los libros según su calidad, según su capacidad para sublimar los sentimientos del lector? Me temo que ahí está el quid de la cuestión. Porque si es cierto que hay quórum en la definición de calidad de un buen jamón o un exquisito caldo, y lo que dictan los expertos en esos campos es aceptado sin reserva, no hay sin embargo consenso en la definición de calidad literaria. Y así pasa lo que pasa, que volúmenes pertenecientes a series de género y best sellers cuyo contenido se olvida en una semana se publican con un precio próximo a los 30 euros, y maravillas de la literatura como el libro que me ha llevado a escribir todo esto, y cuyo impacto no abandonará jamás mi memoria, supera escasamente los 10.Sí, cierto, el de 30 euros tiene 800 páginas, ofrece más tiempo de diversión pura y dura. No enaltece, pero te lo pasas guay durante un mes. El de 10 conmueve, hace pensar, y se erige en testimonio histórico, pero apenas cuenta con 60 páginas y se lee en un viaje de metro. Muy bien, no seré yo quien me ponga a discutir sobre gustos y valores intrínsecos, pero al menos el que prefiere el Don Simón sobre el vino bueno tiene una excusa aceptable para hacerlo: es más barato.
sábado, 14 de julio de 2007
Recomendación estival
Me gustaría extenderme en las razones por las que han de leer este libro, pero la falta de tiempo me impulsa a esgrimir un argumento nada elaborado. Sencillamente, es uno de los cuatro o cinco mejores libros que he leído en toda mi vida, sin duda el mejor del género de viajes que haya devorado (porque eso es lo que uno acaba haciendo cuando la intensa emoción se lo permite). Por otra parte, la mejor época para disfrutar de una aventura polar es, sin duda, el crudo verano; ese que por fin, tras enorme retraso para lo que nos tiene habituados, ha venido a derramarse sobre las noches y los días de una impaciente Madrid.
En edición de bolsillo, y por tanto baratito (apenas 5 euros), un libro irrepetible: El peor viaje del mundo, de Apsley Cherry-Garrard.
Aclaro que las páginas del tremendo y terrible diario de Scott no ocupan todo el libro, sino sólo su tramo final, y que aún así, no son mas que el punto culminante de una aventura cuya intensidad y calado humano raras veces he visto superado en la literatura.
En edición de bolsillo, y por tanto baratito (apenas 5 euros), un libro irrepetible: El peor viaje del mundo, de Apsley Cherry-Garrard.
La exploración polar es la forma más cruel y solitaria de pasarlo mal. El explorador británico Apsley Cherry-Garrard nos lo cuenta a través de sus vivencias en la expedición del capitán Scott al Polo Sur (1910-1913), en la que éste y tres de sus hombres hallaron la muerte. A partir de las anotaciones que dejó Scott y, sobre todo, de su propia experiencia, Apsley reconstruye en este libro aquellos tres años de penalidades y heroísmo.
Aclaro que las páginas del tremendo y terrible diario de Scott no ocupan todo el libro, sino sólo su tramo final, y que aún así, no son mas que el punto culminante de una aventura cuya intensidad y calado humano raras veces he visto superado en la literatura.
lunes, 9 de julio de 2007
II edición del Premio Xatafi-Cyberdark. Ganadores
Sustraigo de Lecturas en una isla desierta, el blog de J. Fidel, la relación de vencedores en esta segunda edición.
La Asociación Cultural Xatafi en colaboración con la tienda on-line Cyberdark.net tiene el placer de dar a conocer a los ganadores de los Premios Xatafi-Cyberdark de la crítica de literatura fantástica 2007, concedido a las mejores obras de literatura fantástica, ciencia ficción y terror editadas el año anterior, según el criterio de un jurado compuesto por Ignacio Illarregui Gárate, J. Fidel Insúa, Cristobal Pérez-Castejón, Juan Manuel Santiago, Javier Vidiella, Mariano Villarreal y Arturo Villarrubia.INICIATIVA EDITORIAL:- Planeta-De Agostini, por «Biblioteca de Ciencia Ficción», de distribución en quioscos.RELATO EXTRANJERO:- "Aprendiendo a ser yo", de Greg Egan (Axiomático, AJEC).LIBRO DE FICCIÓN EXTRANJERO:- Kafka en la orilla, de Haruki Murakami (Tusquets).RELATO NACIONAL,con un premio de 150€:- "Huerto de cruces", de Santiago Eximeno (Paura 3, Bibliópolis).LIBRO DE FICCIÓN ESPAÑOL con un premio de 350€:- Parientes pobres del diablo, de Cristina Fernández Cubas (Tusquets).
miércoles, 4 de julio de 2007
viernes, 15 de junio de 2007
Lunar Park, en Hélice

Ya se puede descargar el número cuatro de la revista digital Hélice. Como en anteriores entregas, la calidad literaria y el género fantástico son los sumandos que ocupan el centro de atención. Un interesante coloquio a tres bandas y una serie de excelentes críticas configuran este excepcional cuarto número, en el que se ha "colado", por cierto, la dedicada a Lunar Park, la maravillosa última novela del norteamericano Bret Easton Ellis. Espero que les guste la reseña tanto como me ha entusiasmado a mí cierto anuncio publicitario presente en la revista. Deduzco que el segundo volumen de la antología anual Jabberwock rondará las librerias en breve.
viernes, 8 de junio de 2007
SdE: Un lugar llamado nada
Doce amigos estadounidenses están a punto de emprender el viaje de su vida, desde el pie del Himalaya en China hacia las selvas inexploradas de Birmania, para profundizar en el arte y la cultura de ambos países. La mañana del día de Navidad, todos menos uno -que sufre resaca- inician una excursión de medio día, pero ya no regresan. Los diez amigos se encuentran en medio de la selva, en una poblado secreto donde se oculta una tribu medio extinguida que ve en uno de ellos a su salvador, el líder que han estado esperando para que les proteja de la violencia del régimen militar birmano.
Eve es una gran seguidora de Amy Tan, hasta tal punto que ha leído todas sus novelas. Ésta última, por llevar la contraria a la crítica, es la que más le ha gustado. Es preciosa y diferente, dice.
Lejos del carácter costumbrista que prima en los anteriores libros de la norteamericana, Un lugar llamado nada ahonda en temas de índole cultural y político. Lleva al lector hasta una Birmania a la par exótica y totalitaria. Narrada por un fantasma, su coralidad la aleja también de la norma, pues en las novelas de Tan siempre había primado el punto de vista particular, y especialmente la relación materno filial.
Un libro con descripciones y momentos maravillosos que debido a su condición singular no se configura, sin embargo, como buena piedra de toque para conocer las inquietudes habituales de su autora.
jueves, 7 de junio de 2007
SdE: Susurros de Eve
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