miércoles, 19 de marzo de 2014

Daños colaterales

He vuelto a recuperar el ritmo de lectura. Y es un notición, créanme, porque llevaba mucho, demasiado tiempo preso de la más absoluta pereza. ¿Cómo lo he logrado? Lo primero que he hecho es marcarme un objetivo modesto: 30 libros antes de que acabe el 2014. Lo segundo, crucial, desengancharme del ordenador. Lo tercero ha venido dado por las circunstancias. Me he visto obligado a cambiar el coche por el metro como método de transporte, y los viajes al lugar de trabajo son largos. Por último, las prestaciones de Goodreads como archivador me han permitido sistematizar mi actividad lectora, algo que para un tipo tan amante del orden como yo es fundamental. Así pues, un reto, un método para llevarlo a cabo y la disposición necesaria, medidas perentorias tomadas para solucionar un mal preocupante e insólito: la falta de apetito por la lectura.
De momento, la cosa va bien, aunque el cumplimiento de la disciplina que me he marcado está teniendo efectos colaterales. Ya les conté hace unos años, en la entrada titulada Lecturas abandonadas, cómo había logrado superar una vieja y perniciosa costumbre, la de acabar todo libro que comenzaba, así como la causa que había motivado el cambio. Desde entonces ha caído algún que otro libro inconcluso, pero no tantos como para tener que contarlos usando más de una mano. Desde que empecé mi reto, sin embargo, he renunciado en un breve espacio de tiempo a la lectura de dos novelas. Y lo peor de todo es que, debido al ritmo que semejante actitud me proporciona, estoy comenzando a cogerle gusto. Llegar al número de lecturas establecido y la visión de la gran cantidad de libros aún no leídos que abarrotan mi biblioteca personal son motivos complementarios que se suman para acicatear mi disposición. Debido a ello, mi mano está más suelta que nunca en este aspecto.
El primer libro que dejé tirado fue Historia cero, de William Gibson. Es el último volumen de una trilogía escrita por uno de mis escritores favoritos. Por supuesto, ya había leído los dos anteriores, Mundo espejo y País de espías, el primero magnífico, el segundo peor. Esta podría ser una de las causas de mi abandono. No comencé la lectura muy animado debido a que se mueve en el mismo universo que la novela anterior, y para colmo cuenta con la misma protagonista, la ex-cantante Hollis Henry. Nada más comenzar, tuve la misma sensación que había sufrido con el segundo libro: Gibson parecía escribir de forma distinta, el dislocado estilo de sus obras de ciencia ficción ya no estaba. Sí su puntillismo en las descripciones, pero no la musicalidad de antaño. Desconozco si es debido a ello, y tampoco lo quiero investigar, pero el traductor de aquellos libros no es el mismo que el de estos dos. Para colmo, el mcguffin que dispara la trama en esta historia, el diseño textil y sus conexiones con la ropa de combate, me pareció, además, harto aburrido.
Había leído todos los libros publicados en nuestro país escritos por William Gibson (lo que viene a ser toda su obra), y como ya mencioné, es el tercer libro de una trilogía (trilogía a la Gibson, sin más continuidad que la temática), y, calibren el grado de mi sufrimiento, lo dejé pasadas las cien páginas. Exactamente en el mismo punto que acabo de dejar la lectura de Iris, la novela de ciencia ficción escrita por Edmundo Paz Soldán y publicada por Alfaguara con una cubierta más propia de una colección del género. En este caso se trataba de la primera novela que intentaba leer del autor boliviano. La historia es desarrollada por medio de distintos narradores, y, al menos los dos que me dio tiempo a conocer, utilizan un lenguaje que hace uso constante de neologismos procedentes de la fusión entre la lengua castellana y el inglés. Como en otros casos de inmersión directa, no hay explicaciones, el lector ha de aprender sobre la marcha. Este tipo de estrategia narrativa no supone ninguna novedad en la ciencia ficción, pero es bastante exigente con el lector. Mundos en el abismo, una de las mejores novelas de la cf española, ha sido criticada por ello más de una vez.
No es ese, sin embargo, el motivo de mi desánimo. Se hace evidente desde las primeras páginas (y esto no es malo sino todo lo contrario) que el libro trata de convertirse, como ocurre en casi toda la cf, en una alegoría, una herramienta que haciendo uso de la metáfora trata temas como el colonialismo, la ocupación territorial y el terrorismo en su función distorsionadora. La ambientación sudamericana es muy clara y quizás el elemento más interesante de la parte que he leído. El mayor problema es que en más de cien páginas no ocurre apenas nada, todo es descripción de la situación que viven los irisinos, el equilibrio entre los habitantes naturales y los ocupantes. Apenas hay información del entorno (la antítesis, curiosamente, de Gibson), porque la situación personal y vivencial de los protagonistas, sus problemas personales, ocupan todo el espacio. Quién soy y qué hago aquí y cómo es esto. Cuando al fin llega el segundo capítulo, el narrador cambia, y vuelve a incidirse en los mismos asuntos, qué llevó allí al personaje y la descripción (sin apenas progreso) de la problemática social y religiosa en Iris.
Cuando en una novela no ocurren cosas, cuando no hay grandes acontecimientos y todo es interior, hay que dirigir la mirada hacia la prosa, hacia el estilo. Desgraciadamente, en esta novela estos no alivian, sino más bien lo contrario, añaden peso a las alforjas del lector. El evolucionado spanglish que hablan continuamente los personajes actúa como un martillo. Cuando el lenguaje es en parte un invento, poco y mal puedes calibrar su calidad, así que todo se confabula para alejarme de esas páginas. Veo el esfuerzo, intuyo el objetivo, me imagino hacia dónde va, pero tarda tanto en desplegarlo, y sobre todo, tarda tanto en arrancar, que mi interés decae inevitablemente. La recompensa en este libro llega, imagino, a largo plazo, y me temo que ahora mismo no tengo tanta paciencia.
La pregunta es: ¿convierte esto a Iris en un mal libro? No lo sé. ¿Y aquello a Historia cero? Lo ignoro. Es imposible valorar toda una obra sin conocerla en su plenitud. Particularmente, me parece una falta de respeto hacerlo. Se pueden extractar páginas o párrafos y hacer, a la vieja usanza, un comentario de texto como nos enseñó a muchos el maestro Lázaro Carreter, pero utilizar la lógica inductiva y enjuiciar una obra compleja por una de sus partes es un error, tremendo e injusto. Me reconozco un lector más de finales que de principios. Mis valoraciones pueden subir con un buen final que dé un sentido más completo o incluso distinto a la historia, y pueden bajar si no se concluye con la misma excelencia que el resto, así que imagínense cuán injusto sería por mi parte emitir un juicio de estos libros habiendo leído de ellos poco más de cien páginas. No, no les diré si son buenos o malos, pero sí que en su primer tercio me aburrieron de tal modo que tuve que abandonarlos.



viernes, 14 de marzo de 2014

Breves: Auster, Katayama

El libro de las ilusiones, de Paul Auster

"Por muy bellas e hipnóticas que fueran a veces las imágenes, nunca me daban tanta satisfacción como las palabras." No deja de ser paradójica esta frase dentro de un libro en el que tanta importancia tienen las películas, pero se trata de Paul Auster, y con él lo azaroso, incluido lo contradictorio, siempre está presente. La literatura y el cine aparecen aquí representados con gran delicadeza y cariño, y no sorprende la presencia de gran parte de los elementos habituales en el universo austeriano. Está claro que el de Newark no cree en la idea de destino. El hilo argumental avanza por mor de una serie de casualidades y accidentes. Son ese tipo de imponderables los que ponen en contacto a las personas y desencadenan los múltiples acontecimientos.
El núcleo de la historia, la búsqueda y el misterio de Hector Mann, el viejo actor del cine mudo, llega incluso a desaparecer en algunos tramos del libro, soterrado por la serie de ramificaciones que la realidad, siempre circunstancial, nunca delineada, va imponiendo al protagonista. El carácter trágico del argumento sitúa a la novela en ocasiones al borde del culebrón dramático, pero no en los términos de la sobremesa televisiva, sino en los del más absoluto enganche literario. Auster demuestra que es, ante todo, un magnífico contador de historias, y que su buen hacer corre más en la línea de la construcción de relatos interesantes y complejos que en la de las complicaciones emocionales.
La carga metaliteraria viene dada por la identificación entre el pequeño apocalipsis personal vivido por David Zimmer, el protagonista, y lo que éste encuentra dentro de las películas a las que va teniendo acceso, "Viajes por el Scriptorium" y "La vida interior de Martin Frost". Son obras que traspasan las páginas de El libro de las ilusiones para infectar al lector con el deseo de verlas y que, cómo no, el propio Auster convertiría más tarde en novela y film respectivamente.



Un grito de amor desde el centro del mundo, de Kyoichi Katayama

Dicen que no todo en la literatura actual japonesa es Murakami pero a veces lo parece. Y yo estoy de acuerdo en que es sólo una impresión. Ocurre con Banana Yoshimoto, y ocurre con esta novela de Kyoichi Katayama. A primera vista, tanto las historias como el tratamiento inicial remiten al autor japonés más famoso del momento, pero una vez que el lector se aventura en las regiones interiores del libro se da cuenta de que se trata más de un prejucio occidental que de una realidad. Aplicamos a los libros orientales el mismo rasero que a los rostros, pero poco tarda el observador avezado en descubrir las notables diferencias entre uno y otro.
Esta novela podría confundirse de partida con Tokyo Blues, pero el tratamiento y el trasfondo del asunto amoroso son distintos. En ella se narra una historia romántica entre adolescentes, de un amor puro y sin atenuantes, como sólo lo es a esas edades, y que acaba trastocada en tragedia por la enfermedad de uno de los jóvenes. Aki y Sakutarô mantienen una relación inocente pero intensa. El abuelo del muchacho, desde sus propios recuerdos, alimenta sin saberlo ese amor con su propia historia. El estilo de Katayama es limpio, tanto como lo es el idilio entre sus dos protagonistas, y debido a su sencillez logra que las descripciones le lleguen al lector nítidas, con un efecto directo. Por ello, los momentos de belleza repartidos por el libro, principalmente los que se dan en la isla abandonada, poseen, desprovistos de innecesarios detalles, el hálito benévolo del recuerdo.
La emoción es transmitida con intensidad principalmente en los momentos trágicos de la narración, en la lucha contra el fin del tiempo y en el peso de la ausencia, pero se siente también a lo largo de gran parte del libro. Un grito de amor desde el centro del mundo  es una novela modesta, se lee en apenas nada, pero deja un grato aroma en la memoria.



miércoles, 5 de marzo de 2014

Ismael Martínez Biurrun. Un minuto antes de la oscuridad

Un minuto antes de la oscuridad, de Ismael Martínez Biurrun, es la representante más reciente de ese grupo de novelas catalogadas de forma inapropiada e ignorante como distopías, el calificativo de moda con el que las colecciones procedentes del mercado generalista y los escritores adscritos a ellas intentan eludir, de forma risible, su incontestable pertenencia al género de ciencia ficción. Sí, el término ciencia ficción ahuyenta a los compradores, eso es sabido desde hace años, pero sorprende la falta de rigor con la que las grandes editoriales, haciendo uso de estrategias más propias de un mercachifle, están procurando salvar ese escollo. Sorprende también el silencio del fandom, protagonista en el pasado de reacciones tan furibundas como la mostrada contra el término "prospectiva" (una nueva denominación para ciertas temáticas del género basada en un profuso aparato teórico pero, ay, propuesta desde el mundillo) y que ahora calla e incluso apoya el ninguneo exterior de su propio nomenclátor.
La novela de Biurrun no es una "falsa utopía" (no otra cosa es la distopía), no hay elemento político en ella. Pertenece al subgenero de catástrofes, más propiamente al near future de tintes apocalípticos, aunque, paradójicamente, no facilita información de ningún tipo sobre las causas de la situación límite, del desastre que ha conducido a ese Madrid de pasado mañana hasta el punto de derrumbe en el que se encuentra. Una circunstancia que, por otra parte, no es obligatoria en la cf cuando la trama y el escenario son verosímiles. En esta novela, he aquí uno de sus puntos flojos, no llegan a serlo del todo.

Tras una serie de colapsos y revueltas, Madrid se ha replegado sobre sí misma y ha dejado de ser una ciudad segura más allá de la M-30. Las autoridades han cortado todos los suministros a los barrios del exterior, donde la policía ya hace tiempo que no patrulla. Cada día, familias como la de Ciro, Sole y su hijo se encierran en casa y cuentan los minutos hasta el anochecer, cuando una extraña multitud silenciosa toma las calles.
En medio de esta atmósfera irrespirable, Ciro deberá elegir entre huir con los suyos o luchar contra el avance de la barbarie: un dilema que partirá por la mitad el corazón de esta familia y que les llevará a cuestionarse quiénes son en realidad.

La novela presenta una doble vertiente genérica, se nutre a la par de la ciencia ficción y el terror, aunque con resultado desigual. Hay un problema de fondo con el carácter apocalíptico de esta historia, es difícil no hacerse preguntas constantemente sobre la extraña situación de la ciudad. Como señalé antes, no es necesario conocer el origen del derrumbe de la civilización, pero, en aras de la verosimilitud, sí algunas de las extrañas características que presenta el escenario. Madrid ha reducido el número de sus habitantes en un 90%, pero no hay señal de una amenaza lo suficientemente grave como para dar sentido a ese éxodo. A veces, Ciro, el protagonista, no encuentra a nadie por las calles, pero hay pasajes en un Barrio de la Prosperidad repleto de gente y una M-30 con bastante tráfico; la Universidad, la policía y el servicio de recogida de basuras, aunque bajo mínimos, aún existen, luego la administración aún funciona; algunas de las familias que abandonan sus hogares les prenden fuego, sin que la causa resulte evidente, y sin embargo otras no; el alcalde intenta levantar un muro que cerque la ciudad para protegerla de la amenaza de un grupo de solo 500 personas violentas acampado al este y a nadie parece extrañarle; el muro, en una ciudad depauperada, sin medios y con escasa mano de obra, va a una velocidad de construcción que nada tiene que ver con los cuatro años que empleó el faráon Gallardón en realizar las obras del sur de la M-30, mucho más modestas que lo que se propone en el libro.
Todos estos detalles perjudican, como decía, la verosimilitud e impiden sumergirse en la historia. Hay un hálito de falsedad continuo, una molesta sensación de que el autor ha construido un escenario ad hoc en el que encaje bien su historia, sin preocuparse mucho por la lógica o el sentido de ciertas situaciones. El otro elemento propio de la ciencia ficción, la clonación, está mejor tratado. El punto de partida es poco original, el género ha abordado esta temática bastantes veces, incluso en el asunto particular, el que concierne a las ventajas de una versión más joven (aunque en este caso sólo mentalmente) del amante. Sin embargo, Biurrun exprime muy bien las posibilidades que ofrece la historia, y llega incluso a enlazarlo (diría que en estos tiempos ya inevitablemente) con Blade Runner, escena de homenaje incluida. La dualidad androide/clon instituida en el personaje de Yonan es brillante.
Mejor trabajado está el componente terrorífico, en el que la ajenidad y el carácter ambiguo del clon, salvador y suplantador a la vez, juega un papel importante. Los "hawaianos", una horda violenta que recorre las calles asesinando adultos y raptando niños sin motivo aparente, son, sin duda, el mayor acierto de la novela. Una amenaza sin sentido, el fin de la civilización, el reverso de todo aquello en lo que Ciro cree y que le mantiene en pie. Junto al tratamiento de los personajes protagonistas, el punto fuerte de la novela. Ciro representa la lucha por conservar lo establecido, por mantener la llama de la civilización encendida. Su causa no es heróica, su día a día es más bien una cuestión de supervivencia, la defensa de su familia y de su estabilidad. La única forma de sobrevivir que tiene es mantener su rutina. En un mundo que se hunde, sigue acudiendo al trabajo como quien en nuestra España actual continúa pagando su hipoteca, pura inercia desesperada. A su lado, su hijo de dos años y Soledad, ex alcohólica, adicta a las píldoras, una persona tan débil interiormente como estúpida, ahora inmersa en una situación que hace honor a su nombre. El derrumbe de todo ha podido con ella, así que se entrega a la autoconmiseración y a hacerle la vida imposible a Ciro, su pareja. El mayor acierto de la novela proviene del respeto mostrado por el autor a este personaje, fiel a sí mismo hasta el final. Su último acto de estupidez suprema desencadena un desenlace esperado y otro magnífico, que explica sin hacerlo explícito la existencia de los hawaianos.
Pero, tratándose de Ismael Martínez Biurrun, un aspecto que se debe mencionar siempre es el estilo. No estamos ante un escritor conformista, y eso hay que valorarlo, pero la ambición mostrada en esta novela arroja tantos elementos para el elogio como para la detracción. El cambio continuado de tiempos verbales e incluso de persona en la voz narrativa confiere agilidad al texto. Se lee rápido, tiene un gran ritmo, excepto en aquellas ocasiones en las que el retoricismo no es acertado. Biurrun siente debilidad por los tropos, y el texto está, en ocasiones, repleto de metáforas, metonimias, símiles y comparaciones; el problema es que no siempre hace un uso acertado de ellos. Hay bellas imágenes en el texto, pero también contados desaciertos. Así, la joven Li Yun tiene para el protagonista "un cuerpo alto y estrecho como un tallo, apenas hembrado, aunque deseable de un modo febril"; hay "un portal varado en una travesía desprovista de toda épica,aunque dotada de contenedores para la basura"; un pasillo interior cuenta con una "atmósfera goteante" y una radio emite información a través de una "voz demacrada". Y es que el lirismo no lo es todo en las figuras retóricas, estas han de tener una cierta correlación conceptual y, sobre todo, sentido.
Si unimos a estos detalles estilísticos algún efectismo aislado tan gratuito como la decapitación y separación de las dos primeras víctimas (posteriormente no se menciona el motivo de ese modus operandi), se tiene la sensación de que algunos tramos de la novela han sido elaborados con la intención de epatar al lector más que para servir a la narración. Haciendo balance, un escenario mal apuntalado y una prosa en ocasiones poco certera son, en definitiva, los puntos oscuros de Un minuto antes de la oscuridad. Los claros, una escritura ambiciosa, un buen manejo del suspense, unos personajes coherentes y bien definidos, alejados del estereotipo, y alguna que otra imagen poderosa en el ámbito de lo terrorífico. No es una novela maravillosa, tiene bondades y desaciertos, errores de pulso, pero se huele el talento tras el teclado. Me anima a leer trabajos futuros del autor. Con suerte, quién sabe, lo próximo que escriba Biurrun podría ser una auténtica distopía.

 

lunes, 27 de enero de 2014

Imágenes de cf. XX




"Y entonces vi de nuevo, y para siempre, lo que siempre había temido ver, y que siempre había evitado ver: que él era una mujer tanto como un hombre. Toda necesidad de explicarse los orígenes de ese miedo desapareció con el miedo mismo; y al fin no quedó en mí otra cosa que haber aceptado a Estraven tal como era. Hasta entonces yo lo había rechazado, había rehusado reconocerlo. Estraven había tenido mucha razón cuando dijo que él, la única persona de Gueden que había confiado en mí, era el único guedeniano de quien yo desconfiaba. Pues él era el único que me había aceptado del todo como ser humano; a quien yo le había agradado como persona y me había sido leal, y que por lo mismo había esperado de mi un grado semejante de reconocimiento, de aceptación. Yo me había resistido, y había tenido miedo. Yo no quería dar mi confianza y mi amistad a un hombre que era una mujer, a una mujer que era un hombre.
Estraven me explicó, tiesa y sencillamente, que estaba en kémmer, y que había estado tratando de evitarme aunque era difícil.
—No he de tocarte —dijo con mucho esfuerzo, y en seguida apartó los ojos.
Yo dije: —Entiendo. Estoy en todo de acuerdo.
Pues me parecía, y creo que a él también, que de esa tensión sexual que había entre nosotros, admitida y entendida ahora, aunque no por eso aliviada, de esa tensión nacía la notable y repentina seguridad de que éramos amigos; una amistad que los dos necesitábamos tanto en nuestro exilio, y ya tan probada en los días y noches de aquel duro viaje, y que también, tanto ahora como después, podía llamarse amor. Pero ese amor venia de la diferencia entre nosotros, no de las afinidades y semejanzas, y esto era un puente en verdad, el único puente tendido sobre lo que tanto nos separaba. Para nosotros el contacto sexual hubiese sido encontrarnos de nuevo como extraños. Nos habíamos tocado del único modo posible. No fuimos más allá. No sé si teníamos razón."


viernes, 24 de enero de 2014

Mario Benedetti. No te salves

"No lo hagas."
¿Cómo?
"No vayas."
Pero debo hacerlo. Alguien ha de estar con ella.
"Ya encontrará a alguien."
Está aterrada. Me voy.
"Piensa en ello. Piénsalo. Porque si vas, estás acabado."

Así concluye El animal moribundo, la enésima gran novela de Philip Roth. Puede que la hayan leído, o puede que hayan visto la versión cinematográfica que dirigió Isabel Coixet, una película a la que tuvieron la mala idea de bautizar con el mismo título que ya le habían puesto a otra novela de Roth en España. Recordé este final debido al cartel promocional de otro film que tuve la oportunidad de ver hace unos días. "El idioma imposible" traslada a imágenes la novela homónima de Francisco Casavella, última de la trilogía El día del Watusi. Un joven traficante y una niña pija adicta a lo que él vende en la Barcelona de los 80. No estaba mal. La frase que disparó el recuerdo, impresa en la parte superior del cartel, fue esta: "si te salvas te traicionas, si te salvas estás muerto". La leí y me acordé de Roth, de esa novela, de sus últimas líneas.
La mente del lector está continuamente expuesta a este tipo de asaltos. Nuestra memoria hurga en dos campos distintos, el de lo vivido y el de lo leído. La mayor parte de lo que uno ha leído se olvida, pero aquello que nos deja huella, esos pequeños momentos de las grandes obras, perdura. Más si, de alguna manera, nos toca personalmente. David Kepesh, protagonista de El animal moribundo, ha eludido durante toda su vida las responsabilidades emocionales. Seductor de jovencitas impenitente, jamás ha puesto su corazón en compromiso, pero la reaparición de Consuelo representa una amenaza. No voy a contarles nada importante, no se preocupen. El diálogo final que abre esta entrada lo mantiene con un amigo innominado que desde el principio de la novela ha permanecido en la sombra y que, el lector habrá de decidirlo, quizás no sea alguien, sino su propia conciencia.
La última frase ofrece varias lecturas. En primera instancia, parece un mero aviso de peligro por lo que podría ser el fin de sus aventuras. En otro nivel más superficial, podría ser una mofa dirigida hacia quien ha caído en aquello de lo que se rió siempre. Pero en realidad, el aviso tiene un significado más profundo y una relevancia literaria que da sentido y objeto al resto de la obra. Kepesh lleva toda la vida a salvo, a pesar de su abultado historial de relaciones, parapetado en su interior. Lo que está a punto de hacer romperá la seguridad emocional que le ha mantenido indemne a lo largo de su vida, así como su propia libertad. "No lo hagas, sálvate, porque si la salvas estás perdido", le dice en realidad la misteriosa voz. Está ante el viejo dilema, la dicotomía entre seguridad y felicidad. Arriesgarse a ganarlo o perderlo todo; o no hacerlo y conformarse con las sobras. Dos filosofías de vida radicalmente opuestas.
Mario Benedetti lo expresó a la perfección en uno de sus poemas más populares. Pueden leerlo a continuación. El escritor uruguayo tomó partido en el mismo texto, pero dio al lector libertad de elección. Es un poema muy utilizado en internet, en las redes sociales, casi como herramienta de autoayuda, para motivar, para ensalzar el riesgo, la apuesta por la vida y la valentía; para animar a salir del cascarón y abrirse al mundo. Seguramente les encenderá el ánimo. Es, de hecho, lo que a David Kepesh le gustaría escuchar en esos últimos momentos de la historia: no te salves. Léanlo, sintonizarán con el mensaje. Pero si no es así, si sorprendentemente se ven más en el papel del interlocutor, recuerden que, llegado el momento, habrán de ser fuertes para hacer caso tanto al poeta, a su último verso, como a la disfrazada voz de sus propias conciencias.

       
No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves

no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo

no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces

no te quedes conmigo.



martes, 14 de enero de 2014

Breves: Monteagudo, Pérez Navarro


El edificio, de David Monteagudo

David Monteagudo, autor también de Marcos Montes y Brañaganda, vio cómo, en apenas una semana, llegaba a los cines la versión cinematográfica de su novela Fin y a las librerías su última obra, El edificio. Es esta una antología nada extensa, circunstancia debida a la brevedad de sus relatos. El gallego demuestra que tiene un estilo definido, ágil y brillante en lo descriptivo. La cotidianeidad y el elemento fantástico sin desenlace son su sello de marca. El problema es que la suma de ambos valores, en longitudes tan breves, desemboca a menudo en la intrascendencia.
La antología se abre con "Informe sobre Aridia", un cuento de ciencia ficción magnífico (aunque explote una idea que ya imaginó el británico Christopher Priest en su novela El mundo invertido) al que acompañan relatos interesantes como "La carrera", "La fiesta de la escalera" y "El escritor en ciernes", pero también otros tantos absolutamente anecdóticos. La escritura de Monteagudo ejerce un cierto magnetismo, se hace fácil y cercana, pero en ocasiones es vacua, y eso, en distancias tan cortas como las que exige este libro, en las que el protagonismo de la idea aumenta, penaliza notablemente el concepto literario.
Hay, además, una particularidad que cabe mencionar en este blog: si el lector está bregado en el género fantástico algunos cuentos le van a parecer algo ingenuos.



14 maneras de describir la lluvia, de Daniel Pérez Navarro

A pesar de ser este su quinto libro, aún no había leído nada del autor de Mobymelville, y confieso que le tenía ganas. Me habían anticipado que su narrativa no era la usual dentro del fantástico, que se trataba de un escritor peculiar, característica suficiente como para despertar mi interés. Una vez concluida esta novela tengo que estar de acuerdo con tal consideración. Se pueden decir cosas buenas y peores de este libro, pero no hay duda de que su autor pretende algo distinto de lo que suele manejarse en la literatura fantástica española.
14 maneras de describir la lluvia es un libro ascendente, que comienza con titubeos y acaba convenciendo por la propuesta tremendamente ambiciosa que lo impulsa. Estilísticamente, a Pérez Navarro aún le queda camino por recorrer, sin embargo muestra un gran dominio del tiempo y de las estructuras internas de la narración. En la primera parte de las dos en las que se divide el libro, los personajes y hechos son presentados en tiempos distintos, días arriba o abajo, siempre fluctuando alrededor del suceso principal (el atroz asesinato de un joven en la playa) como si de una espiral se tratase. La segunda parte es, podría decirse, un desenlace con alma de epílogo en el que, sin embargo, pocas cosas se explican.
Se trata de una obra posmoderna, no sólo por su falta de linealidad, sino también por su contenido genérico. En ella se mezcla el género negro con los tres derivados del fantástico: el terror, la fantasía y la ciencia ficción. Lo macabro está muy presente, y aparte de la dislocación temporal, cabe señalar una notoria ausencia de respuestas. Los referentes de Pérez Navarro, si atendemos a esto, parecen ser bastante actuales. Hay, además, pasajes escritos en cursiva dentro del primer capítulo que suponen pequeños puntos y aparte y que remiten a una mitología arcana, tal como sucede en algunas de las obras de Cormac McCarthy. La narración no explicativa y alternante remite a autores como Haruki Murakami o M. John Harrison, expertos en presentar historias cuyos misterios han de ser cerrados por la imaginación del lector. Pérez Navarro parece haber tomado buena nota de todos, pues en su obra es fácil distinguir sus respectivas huellas.
A estas alturas de la película, reconforta ver que hay gente en el fantástico español con genuinas inquietudes literarias.


martes, 24 de diciembre de 2013

Un cuento

24 de diciembre, Navidad ad portas. Ahí va algo diferente. Ya había colgado algunos relatos antes, pero de menor longitud. La idea es que esto sea una especie de regalo navideño, aunque sospecho que la calidad del cuento igual lo convierte en lo contrario. Bueno, dicen que la intención es lo que cuenta, así que no sean muy duros.
El relato no tiene que ver con la Navidad, aunque el trasfondo toque temas afines. Surgió de un pequeño reto con una gran amiga, y ella sabe que es tan suyo como mío. La idea era coger un cliché y convertirlo en algo diferente, darle un giro que sólo el género fantástico puede aportar. Extrañamente, no se me ocurrió cómo hacerlo desde la ciencia ficción, así que empleé otro registro distinto. El resultado lo tienen a continuación. Doy las gracias a aquellos amigos que, mediante sus consejos y correcciones, me ayudaron a mejorarlo.
Feliz Navidad.


Gloria

Se llamaba Gloria y solía cantar en aquel club, un tugurio perdido en las afueras. Tenía el aspecto de un ángel y la voz más triste de la ciudad. Siempre aparecía de noche, sin previo aviso. Cruzaba la puerta, separaba las cortinas con ambos brazos y a continuación, con las miradas de los clientes prendidas en su cuerpo, se deslizaba escaleras abajo como un bello espectro. Mientras el salón enmudecía, ella avanzaba con lentitud hacia el camerino, donde se preparaba durante media hora. En ese intervalo, se corría la voz y el local se llenaba de gente procedente de todas partes. Cuando Gloria volvía a aparecer, un silencio absoluto se apoderaba de la sala. Con parsimonia, casi flotando, subía al pequeño escenario y cantaba hasta el amanecer.
Así me lo contó el viejo Pete, un escritor alcohólico que sentía debilidad por los garitos más oscuros de los suburbios. Yo le había preguntado por aquel club, y él, como quien guarda un secreto que le atormenta, me había largado lo de Gloria. Había algo raro en ella, decía, algo que le removía las entrañas, por eso nunca se quedaba hasta el final de la actuación. La descripción que hacía de aquella mujer, de su poder de seducción, había despertado mi interés. Más aún tras comprobar lo difícil que era dar con aquel sitio. No había anuncios en la carretera, y el cartel luminoso colgado sobre la puerta apenas se distinguía en la distancia. Cuatro bombillas viejas lo adornaban, pero emitían una luz pobre, escasa, como si estuvieran cansadas de vivir, tanto como las almas que pasaban bajo ellas.
Eché un vistazo desde el exterior. El aspecto de la fachada incrementaba el carácter furtivo del edificio. El amplio muro principal era uniforme, sin ventanas; su color grisáceo se veía oscurecido en algunos tramos por la presencia de grandes manchas de color negro que de cerca asemejaban costras frescas. Regueros carmesíes brotaban de ellas y recorrían la pared hasta el suelo. El edificio parecía sudar a través de su roñosa piel como un hombre más bajo aquel tórrido clima. Era una construcción fea, desagradable, aunque nada que no hubiera visto antes. La ciudad estaba llena de lugares como ese, incluso de peor aspecto.
El viejo Pete me había telefoneado dos horas antes, algo nervioso, para informarme de que Gloria estaba actuando allí aquella noche. Yo había tardado más de la cuenta en encontrar el club y no me lo pensé mucho antes de entrar, lo justo para apurar el cigarrillo y asegurarme de que, efectivamente, se trataba del Blue Demon. Dejé el eterno calor de las calles y me aventuré en su interior. Percibí de inmediato un fuerte contraste; una corriente de aire frío saludaba al recién llegado. Bajé las escaleras sintiendo un progresivo helor. Era una sensación que ya había experimentado antes en locales como ése, faltos de calidez humana. Alcé la vista y no encontré nada fuera de lugar. Aquel agujero hedía a derrota, rebosaba de almas perdidas, de fracasados y maleantes, de una fealdad que resaltaba la presencia de aquella belleza singular sobre el escenario.
El alcohol parecía producir un efecto de consuelo alrededor de las mesas, saciaba vicios y quemaba penas, pero era sólo un complemento. Nadie estaba allí por la bebida, sino para verla a ella. Gloria te atrapaba al primer vistazo. Sonreía y deslizaba su voz por encima de las aturdidas cabezas, melosa y sugerente, e iluminaba aquel pozo de miseria con una efímera promesa de salvación, con el ilusorio aroma de la esperanza. Me bastaron unos segundos para comprender qué arrastraba hasta allí a aquella gente. Era como tocar un pedazo de cielo en el lugar menos indicado.
De pie, al final de la escalera, tuve que hacer un notable esfuerzo para girar la cabeza y ponerme en marcha. Fui hacia la barra. El camarero, un tipo bajito al que le faltaba la oreja izquierda, parecía atender más a la actuación que a la clientela. Le llamé, la segunda vez más fuerte, pedí un vaso de bourbon y me acomodé en un taburete. Mientras me servía con cara de fastidio eché un vistazo general a la sala. Entre el humo del tabaco y la escasa iluminación apenas lograba ver nada que no fuera el pozo de luz del escenario, pero aun así, pude calibrar las dimensiones del local. Ni era más grande que los de la ciudad ni estaba mejor decorado.
Me giré y tomé otro trago. La pared situada tras la barra se veía tan pálida bajo los roñosos apliques como la piel de un cadáver. Estaba salpicada de manchas parduzcas que en la penumbra parecían estirarse como rostros suplicantes, separados por desconchones de pintura. Supuse que el resto del local tendría el mismo aspecto. Una cosa era indudable: la única belleza que podías encontrar allí estaba de pie sobre el escenario.
Los ojos de los hombres y mujeres sentados alrededor de las mesas brillaban en la negrura como luciérnagas alrededor de una vela. Parecían animales sedientos ante un manantial de agua fresca. Gloria, delante de ellos, apenas se movía, pero bastaba el sinuoso balanceo de sus caderas para conducirlos a lugares remotos. Su cuerpo parecía susurrar, mezclando a la par promesas de salvación y de condena. La insinuación implícita en sus labios húmedos actuaba como un imán, pero una luz inocente brotaba de sus ojos, azules como el cielo, negando todo aquello que su voz y su cuerpo sugerían.
Mientras apuraba mi vaso dejé volar la imaginación. Me bastaron unos segundos para alimentar la ilusión creciente de que la conocía, de que había compartido con ella muchos años. A ojos de cualquiera, Gloria debía de ser ambas cosas, soledad y deseo, perversión e inocencia, todo en el mismo paquete. Al menos, así la imaginé en ese momento. Escudado en la distancia, contemplé sus movimientos durante un par de canciones. Su mirada, sin embargo, cruzó la oscuridad y llegó hasta mí, forzándome a girar la cabeza. Me concentré en mi vaso. El whisky era fuerte, pero más soportable que el anhelo escondido en el fondo de aquellos ojos. Lo que allí se adivinaba removía algo en mi interior, algo de otro tiempo.
El arma bajo la gabardina se interponía entre la barra y mis costillas, pero casi agradecí aquel dolor. Sólo cuando agoté la bebida volví a mirar al escenario. Gloria estaba acabando su actuación. El ambiente se había ido cargando con una mezcla de deseo y desesperación, un hálito más espeso que el humo de los cigarros que yacían muertos en los ceniceros, consumidos igual que la esperanza en el corazón de sus dueños. Todas aquellas almas anhelaban a Gloria, esperaban un gesto de ella, una sola mirada, incluso un pequeño desprecio. Eso los habría hecho felices. Por un momento me sentí un privilegiado. Yo no la conocía, sólo iba a interrogarla, a intentar disipar mis sospechas, pero supe al ver la actuación que cualquiera de esos desgraciados habría dado media vida por estar en mi pellejo, por el solo hecho de hablar con ella, de tenerla cerca, de poder olerla.
Sentí una inesperada urgencia por estar a su lado. Debía comprobar su inocencia, certificar que no estaba involucrada en las desapariciones que me habían llevado hasta allí. La canción que ahora interpretaba comenzaba a morir en sus labios. A su conclusión, me había dicho el camarero sin oreja, volvería a su camerino.
Decidí adelantarme. Abandoné la sala y me dirigí hacia él. No encontré nada especial, sólo algunas velas encendidas. El mobiliario estaba compuesto por un par de sillas viejas llenas de lamparones, un espejo de cuerpo entero mellado y un biombo de color beis con un estampado chillón. Me acerqué para observar el dibujo. Mostraba una bandada de cuervos hundiendo sus picos en los restos de un cervatillo. La desagradable escena parecía moverse a la luz de las velas.
No había nada extraño a la vista en aquel cuarto, pero sí al olfato. Un intenso olor impregnaba el aire, un aroma a lavanda e incienso que producía una sensación ambigua, a medio camino entre la inocencia y la seducción. Localicé el origen a mi espalda. Había un manojo de tallos consumiéndose dentro de un pequeño jarrón, sobre una pequeña mesa circular en penumbra, al lado de la puerta. Era el único espacio que las velas no llegaban a iluminar.
El ruido amortiguado de los aplausos, acompañados de varias voces e incluso algún llanto, me puso en guardia. A los pocos segundos, Gloria abría la puerta y me miraba sin sorpresa. Sentí de nuevo aquella inexplicable sensación de reconocimiento.

-Hola, inspector -dijo tras cerrar lentamente.

Intenté no exteriorizar mi sorpresa, pero no tuve éxito. Una pequeña carcajada me hizo notar cuánto le divertía mi envaramiento. Para mi sorpresa, estaba nervioso, no sólo por lo rápido que ella había descubierto mi ocupación, sino también por el efecto que su presencia, ahora mucho más cercana, producía en mí. Su risa parecía sólida pero ingrávida, una corriente cristalina que serpenteaba por el aire recorriendo el cuarto, rozando paredes y techos antes de sumergirse directamente en mi cerebro. Me di cuenta de que Gloria no usaba perfume. No le hacía falta, el aroma que desprendía se elevaba por encima del persistente olor a lavanda y tiraba de mí, obligándome a realizar un esfuerzo para permanecer firme. No se me ocurrió mejor comienzo que preguntarle innecesariamente su nombre.

-Gloria, llámame Gloria -contestó.

De cerca, su voz era aún más magnética que en el escenario, turbadora. Intenté mantenerme frío. Le informé del motivo de mi presencia allí, le hablé de las desapariciones que llevaba meses investigando. Tipos anónimos a los que nadie echaba en falta, que un día, simplemente, dejaban de aparecer por sus desastradas viviendas. Jamás dejaban una nota, desaparecían sin más. Lo que al principio fueron unos pocos casos se había convertido últimamente en una sangría. Gloria rió de nuevo antes de preguntarme qué tenía que ver ella con ese asunto.
Sólo estoy indagando, le dije, siguiendo una pista.
Le conté lo de la caja de cerillas, la que había encontrado en el bolsillo de una chaqueta, en uno de los pisos. Tenía dibujado un pequeño demonio azul y el nombre del Blue Demon escrito en letras rojas encima. Le hablé también de lo que me había contado el viejo Pete.
Seguí interrogándola, saqué las fotos de mi bolsillo y le pregunté si reconocía alguno de aquellos rostros, gastados y anónimos. Me dijo que no. Quise saber dónde vivía y quise saber con quién. Quise saber todo acerca de ella, pero no lograba centrar las preguntas. Me sentía extraño, deseaba tocarla, besarla, pero no a mi manera. Algo me atenazaba por dentro. Ella daba largas a mis preguntas mientras se acercaba a mí poco a poco, muy despacio. Carraspeé nervioso, intenté apartar mis ojos de su rostro perfecto y reconducir la conversación, pero Gloria me interrumpió para ofrecerme un trago. Lo acepté y agradecí interiormente el breve respiro que eso me proporcionaba.
Se dirigió a la parte trasera del biombo. Debía de tener un pequeño mueble bar allí, oculto de las visitas. Oí cómo el líquido golpeaba el vaso y eso me hizo chasquear la lengua. Tenía la boca seca.

-No le importará que me cambie mientras hablamos, ¿verdad, inspector?

-No -dije sin más. Sus palabras me producían una sensación agradable en los oídos, un cosquilleo extraño en la nuca. Su brazo apareció por encima de la mampara, desnudo, níveo, sin rastro de vello alguno, con un vaso de cristal azulado en la mano.

-Tome, inspector, sacie su sed.

-Gracias -contesté deleitándome una vez más con su voz, con el tacto de su piel.

Di un trago. No era un gran whisky, pero tenía un toque exótico, algo añadido que lo mejoraba. Mientras ella hablaba, sus prendas iban apareciendo encima del biombo. Me decía que no me preocupara por esos hombres, que sin duda estarían en un mundo mejor que éste. La voz proveniente del otro lado parecía ahora más seria. Ya no reía, su tono era relajado, casi maternal.
Paseé por el cuarto, vaso en mano, con la idea de completar mi inspección. Volví a posar la vista sobre las sillas y la pequeña mesa. Al lado del jarrón había un teléfono que antes no había visto. Me acerqué al espejo roto y busqué un ángulo abierto. Mi posición me permitía ver con mayor claridad, reflejados en él, los contornos de la mampara tras la que Gloria se vestía. Una pierna firme, de carne inmaculada, aparecía y desaparecía de mi visión cada pocos segundos. Se inclinó hacia adelante y logré ver el nacimiento de su espalda. Al enderezarse de nuevo pude contemplar el resto, y fue entonces cuando vi aquellas horribles marcas.
Sentí un escalofrío. Miré mi bebida y supe de repente qué era lo que le daba aquel sabor. Asqueado, tiré el vaso al suelo. Percibí un murmullo a mi espalda y giré la cabeza hacia la puerta. Permanecía cerrada. Se oían lamentos al otro lado, gemidos contritos que clamaban por el perdón. Mi intervención había retrasado la vuelta de Gloria al escenario, y los más débiles, incapaces de esperar, se habían arrastrado hasta su camerino. Pensé fugazmente en aquellos desgraciados, anhelantes, esperando en el pasillo a que yo terminara, ansiosos por rendirse a ella, futuras víctimas de aquel monstruo.
Tenía que ser rápido. Me di la vuelta dispuesto a pasar a la acción, pero Gloria ya estaba a medio metro de mí, sonriendo. Iba envuelta en un azul intenso. El vestido se pegaba a ella como un ser vivo. Sentí un ligero vahído. Estaba demasiado cerca y ahora podía verla claramente. A tan corta distancia no parecía tener veinte años, sino una edad inmemorial. Su rostro, de una perfección dañina, parecía haber sido cincelado en el amanecer de los tiempos. Sus ojos, sin embargo, eran claros como un día despejado, parecían nuevos, pura primavera. Sumergirse en ellos era hacerlo en un mar de agua fresca, sentir el viejo alivio de la inocencia. Hurgaban en mi interior de igual modo que aquellos cuervos en las entrañas del cervatillo muerto.
La sensación de debilidad creció hasta adueñarse de mí. Gloria estaba muy cerca, a sólo unos centímetros. No la recordaba tan alta, y sin embargo tenía mi misma estatura. Sin que yo pudiera evitarlo, agarró con ambas manos mi cabeza y la atrajo hacia sí, hasta juntarla con la suya. Pude oler su aliento, inconfundiblemente divino. Sus ojos absorbían la luz procedente de los míos y la transformaban.

-Déjame ayudarte. Has sufrido mucho, y ya has pagado por ello. Déjame ayudarte. Arrepiéntete. Arrepiéntete, tus pecados serán perdonados. Ven conmigo.

Como un río desbordado, todo lo que me constituía, mi esencia misma, escapaba de mí, dejando limpio mi interior. Todas y cada una de las cosas terribles que había hecho y por las que yo estaba allí eran lavadas una a una, perdonadas, borradas. Cada una de las violaciones, cada uno de los asesinatos, aquellas niñas..., todo se iba difuminando como si nunca hubiera ocurrido.

-Deja que el agua bendita limpie tu interior, ábrete a Dios.

Nuestros cuerpos estaban pegados el uno al otro, nuestras miradas eran sólo una. Mis ojos se habían convertido en un manantial de lágrimas. Jamás, ni en todo el futuro de mi inmortal existencia, habría podido imaginar tanta belleza, tanta inocencia. Gloria me traspasaba su bondad infinita, centrifugaba mi maldad en su interior convirtiéndome en otra persona, en un ser puro, sin mácula.
Eso fue, precisamente, lo que me salvó. Porque yo no quería ser otra persona, quería seguir siendo quien era, el asesino, el violador. A diferencia de esa chusma que lloraba tras la puerta, yo me sentía cómodo con mi naturaleza. No quería ser redimido.
Forcejeé, saqué como pude la daga del interior de mi gabardina, la elevé, y con todas mis fuerzas hundí la hoja en la frente de aquella cosa llamada Gloria. Ella me soltó y dio unos pasos hacia atrás entre horribles alaridos. Vi cómo los símbolos grabados en la empuñadura se iluminaban y se abrían, dejando salir de su interior diminutos zarcillos de aspecto alquitranado, filamentos purulentos que buscaron las cuencas de sus ojos. Cayó al suelo y comenzó a patalear. Su bello rostro se convirtió en una horrible máscara de dolor, deformado por los efectos de la daga. La agonía duró unos minutos. Las almas condenadas que hacían cola en el pasillo, las decenas de arrepentidos que esperaban ser absueltos y sacados de este mundo, debieron de sentirla: los sollozos se convirtieron en gritos que atravesaban la puerta.
Cuando todo acabó me quedé allí agachado, contemplando los estertores de aquella cosa, jadeando con los brazos apoyados en las rodillas. Estúpido, estúpido, me dije. Había estado a punto de ser abducido, de perder mi puesto, mi propio ser, todo. Tenía que haberlo sospechado, haberme preparado mejor.
Cuando aquello acabó de temblar esperé unos minutos y lo examiné con atención. Le arranqué el vestido lentamente y observé lo que había debajo. Allí tirado, sin vida de ningún tipo, seguía teniendo un cuerpo hermoso. Las dos marcas en la espalda, aquel pecho contranatural, la absoluta lisura que sustituía los genitales femeninos... Palpé aquella zona con curiosidad morbosa, pero fue tan insatisfactorio como tocar cualquier parte inocente del cuerpo. Me puse en pie y miré a aquel ser por última vez.
Así que era cierto, en el Cielo andaban desesperados.
Me felicité por mi intuición. En los últimos años, las ciudades del Infierno se habían ido llenando de gente a un ritmo que nada tenía que ver con otras épocas. Algo no debía de andar bien en el mundo terrenal. Que todos acabaran aquí abajo era la prueba de que nadie llegaba arriba. Imaginé el sufrimiento celestial, lo insoportable que debía de ser para ellos un Cielo sin nuevos habitantes, cada vez más envejecido. La desesperación les había obligado a esto, a bajar y raptar gente en los dominios de su enemigo, en nuestro mundo. La conversión, esa vieja y asquerosa arma, seguía siendo su mejor recurso.
Me dirigí a la mesita que había en la esquina, descolgué el teléfono y marqué el número de mi departamento.
-Hola, soy yo. Confirmado, están enviando ángeles... Sí, ángeles... No, no, ya me conoces, he acabado con él. Que manden a alguien a recogerlo. Informa al jefe y prepárate, vamos a tener mucho trabajo.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Criminal Blurbs


"Trece relatos inéditos de Stanislaw Lem."

Eso es lo que se asegura en el fajín promocional del libro. De hecho, el texto de presentación que se puede encontrar en la página web de Impedimenta, la editorial que lo publica, insiste en ello:
Máscara reúne trece relatos del maestro polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem, nunca hasta ahora publicados en castellano.
Bien, no es exactamente un blurb, sino un dato proporcionado por la editorial, pero transmitido con la intención de ganar puntos para el libro, de promocionarlo, y en una sola frase, así que bien puede caber en esta sección. Lo cierto es que se trata de una información falsa. Juan Manuel Santiago recordaba hace unos días que uno de esos cuentos ya fue publicado en España. Y no uno cualquiera, sino precisamente el que da título a la antología. La máscara apareció en el número 2 de la revista Gigamesh, allá por el lejano 1991, con traducción de Carlos Gardini. En realidad, ese mismo texto ya había aparecido anteriormente en el número 5 de la revista argentina Minotauro (segunda época), en enero de 1984. O sea, que estaba publicado previamente en castellano; y no una, sino dos veces.
Esta falta de rigurosidad por parte de las editoriales no es inusual en el mundillo del género fantástico, y suele ser aceptada sin aspavientos. En algunas ocasiones, por ejemplo, las compilaciones de relatos presentadas como "Cuentos completos" no incluyen todos los cuentos del autor. El caso de los cinco volúmenes que Minotauro dedicó a la obra corta de Philip K. Dick es sólo un ejemplo. El de Asimov, en cuyas recopilaciones "completas" publicadas por distintas editoriales jamás se han incluido aquellos relatos que no pertenecían a la ciencia ficción, otro. La presencia de mentirijillas de este tipo, que no tienen otro fin que el de hacer más atractivo el producto a ojos del lector, es más numerosa cuanto más se sumerge uno en el pasado, así que al menos la tendencia va en la dirección correcta.
Lo más lamentable de este caso es que se trata de un ardid innecesario, puesto que, estoy seguro, el lector devoto de Lem no va a dejar de comprar un volumen con 12 cuentos inéditos del maestro porque el decimotercero haya sido publicado previamente. Gardini, además, había realizado su trabajo sobre la versión inglesa de M. Kandel, y la traducción que presenta la editorial Impedimenta ha sido realizada por Joanna Orzechowska directamente del polaco, un plus a valorar. Cabe también que no haya sido una maniobra deliberada y que estemos ante el enésimo caso de torpeza o pereza a la hora de documentarse. Podría ser, por qué no. Al fin y al cabo, la chapuza es otro de los males endémicos de nuestro país (recuerden catástrofes cercanas como la del asunto Sheckley). Sea cual sea la causa, ahí queda el yerro. Me da que seguiremos viendo cosas como esta.





martes, 17 de diciembre de 2013

Pierre Boulle. El planeta de los simios

Hace un par de entradas, dando mi valoración de Los muertos, la fallida novela de Jorge Carrión, me referí a la diferencia entre los lenguajes en los que se expresan los distintos medios narrativos. Existe un vicio muy extendido entre el público que consiste en valorar una adaptación cinematográfica principalmente (he aquí el problema) por su nivel de fidelidad a la obra original, provenga esta de la literatura, el cómic o el mundo de los videojuegos. Da igual lo bien dirigida, interpretada o narrada que esté; si lo que aparece en pantalla no es un reflejo fiel de lo que el espectador idolatra (en muchos casos un reflejo fiel de cómo el espectador se lo imagina), la apreciación final será negativa. Esa Katniss está gorda, Christian Grey es más perturbador o tal personaje no es negro.
Siempre he pensado que las expectativas matan el arte. Entrar a disfrutar de una obra con una idea preconcebida, con el pálpito de lo que uno va a encontrar (lo que uno quiere encontrar) condiciona la experiencia de una manera crítica. La obra ya no sólo habrá de desplegar las habituales herramientas con las que ganarse al receptor, sino que además tendrá que derribar la imagen previa que éste se había hecho. Me parece un error de bulto. Cada medio es percibido de una forma diferente. En uno prima la imagen, en otro la palabra, en otro la interactividad... Por eso, por mucho que una obra pueda provenir de otra, habrá de nutrirse de las herramientas narrativas propias del nuevo medio. Lo que funciona en uno no tiene por qué funcionar en otro. De hecho -seguro que Marshall McLuhan estaría de acuerdo-, el propio medio la transforma
Por poner un ejemplo simple, el traje amarillo de Lobezno, el personaje de cómic, tan atractivo a la vista en los dibujos del gran John Byrne, sería un horror en imagen real. Por eso hay que transformarlo, oscurecerlo, cambiar la licra por el cuero, hacerlo creíble en un entorno cotidiano. Pero el lenguaje no cambia sólo en el orden estético, también lo hace en el narrativo. Líneas de diálogo que en el cómic o en un libro funcionan perfectamente pueden sonar ridículas en una película. Se leen bien, pero a los oídos quedan mal. Tramas, estructuras, ritmo...; la diferencia es patente a muchos niveles, por eso hay que someterlo todo a un proceso de reciclaje, de adaptación. Y adaptar no es reflejar, es transformar, dar una nueva naturaleza acorde al nuevo destino. La diferencia final de contenidos puede, en ocasiones, ser mayúscula.
Normalmente, la calidad intrínseca de la adaptación, comparativas aparte, suele ser menor que la de la obra originaria, pero a veces ocurre lo contrario. En ocasiones, el emparentamiento con el nuevo medio es tan satisfactorio que arroja una versión superior a la obra de la que parte. A continuación tienen un ejemplo a seguir, el caso de un libro mediocre transformado en película con tanto acierto que la obra resultante se convirtió en un clásico.




Literatura y cine, desde la invención del cinematógrafo, han venido sufriendo extraños arrebatos amatorios, con un resultado que raramente ha dejado satisfecho al consumidor. Esta simbiosis poco equitativa ha provocado en muchas ocasiones una injusta identificación por parte del público entre libro y película. La popularidad de la obra ha venido dependiendo en gran medida de la estimación que lograra la posterior adaptación fílmica, y hay que decir que curiosamente, porque son escasas las ocasiones en las que una película ha seguido, para bien o para mal, lo contado en la novela.
Sin duda, Pierre Boulle es uno de los pocos escritores que pueden congratularse del trato recibido, una excepción a la norma. El séptimo arte ha potenciado enormemente sus novelas, principalmente El puente sobre el río Kwai y El planeta de los simios, hasta el punto de transformar a esta última en una lucrativa franquicia de éxito mundial. Desde que aquella versión en celuloide protagonizada por Charlton Heston se transformara en un film de culto, las cuatro continuaciones y la reciente versión burtoniana han ido sumando puntos para otorgarle la etiqueta de clásico a su origen literario. Lo curioso, para seguir con la excepción definitiva, es que en este caso la versión fílmica atesora más calidad que la novela en la que se basa.
El planeta de los simios es una novela con mensaje. Propone un juego en el que la inversión de papeles fuerza el punto de vista del lector y le obliga a considerar el trato humano hacia los animales. Invita a profundizar más en el texto para encontrar, incluso, una alegoría de trasfondo social en la que el racismo y la discriminación de clases se convierten en protagonistas absolutos de la obra. El problema radica en el instrumento o historia utilizada para comunicar al lector todo ese cúmulo de valores. Basado en una idea realmente interesante, los personajes y la interrelación entre ellos no alcanzan materialidad suficiente para dar calidad a un argumento más propio de la literatura juvenil que de un libro para adultos. En su defensa, en todo caso, justo es aclarar también que el conocimiento de las películas elimina toda sorpresa posible en la novela, truco final incluido.
La aventura del humano Ulysse Merou en un lejano planeta donde reinan los simios y en el que los hombres son esclavos no contiene el grosor literario suficiente para continuar siendo válida hoy en día. Desgraciadamente, el tiempo, juez de universalidades, ha pasado por encima de este falso clásico como un huracán, descubriendo en la trama una evidente dosis de ingenuidad que confiere a algunos pasajes un carácter rayano en el infantilismo. No deja, por ello, de ser curioso que algunos autores actuales intenten utilizar ese mismo método para conseguir similares objetivos, como es el caso de Sheri S. Tepper en El árbol familiar, una novela que persiguiendo el mismo fin va incluso más allá al presentar un final naif, no apto para lectores proclives a sentir vergüenza ajena.
En todo caso, El planeta de los simios supone una de las escasas oportunidades de conocer la ciencia-ficción más representativa de un país vecino, Francia, del que, con contadas excepciones como la de René Barjavel, no se ha publicado prácticamente nada en España. Si tienen unas horas, conocer la versión original de un clásico del cine fantástico siempre supone un ejercicio interesante. Si no, quédense con las películas.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la red.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Pellizcos

Cuando leo una crítica muy negativa, me callo la boca para que el crítico no sepa que lloriqueo. Pero siempre las leo porque quiero aprender, y cuando una crítica está bien hecha, te ayuda a saber lo que hiciste mal. Si todos dicen que algo no funciona, te puedes fiar.

-Stephen King-