viernes, 14 de marzo de 2014

Breves: Auster, Katayama

El libro de las ilusiones, de Paul Auster

"Por muy bellas e hipnóticas que fueran a veces las imágenes, nunca me daban tanta satisfacción como las palabras." No deja de ser paradójica esta frase dentro de un libro en el que tanta importancia tienen las películas, pero se trata de Paul Auster, y con él lo azaroso, incluido lo contradictorio, siempre está presente. La literatura y el cine aparecen aquí representados con gran delicadeza y cariño, y no sorprende la presencia de gran parte de los elementos habituales en el universo austeriano. Está claro que el de Newark no cree en la idea de destino. El hilo argumental avanza por mor de una serie de casualidades y accidentes. Son ese tipo de imponderables los que ponen en contacto a las personas y desencadenan los múltiples acontecimientos.
El núcleo de la historia, la búsqueda y el misterio de Hector Mann, el viejo actor del cine mudo, llega incluso a desaparecer en algunos tramos del libro, soterrado por la serie de ramificaciones que la realidad, siempre circunstancial, nunca delineada, va imponiendo al protagonista. El carácter trágico del argumento sitúa a la novela en ocasiones al borde del culebrón dramático, pero no en los términos de la sobremesa televisiva, sino en los del más absoluto enganche literario. Auster demuestra que es, ante todo, un magnífico contador de historias, y que su buen hacer corre más en la línea de la construcción de relatos interesantes y complejos que en la de las complicaciones emocionales.
La carga metaliteraria viene dada por la identificación entre el pequeño apocalipsis personal vivido por David Zimmer, el protagonista, y lo que éste encuentra dentro de las películas a las que va teniendo acceso, "Viajes por el Scriptorium" y "La vida interior de Martin Frost". Son obras que traspasan las páginas de El libro de las ilusiones para infectar al lector con el deseo de verlas y que, cómo no, el propio Auster convertiría más tarde en novela y film respectivamente.



Un grito de amor desde el centro del mundo, de Kyoichi Katayama

Dicen que no todo en la literatura actual japonesa es Murakami pero a veces lo parece. Y yo estoy de acuerdo en que es sólo una impresión. Ocurre con Banana Yoshimoto, y ocurre con esta novela de Kyoichi Katayama. A primera vista, tanto las historias como el tratamiento inicial remiten al autor japonés más famoso del momento, pero una vez que el lector se aventura en las regiones interiores del libro se da cuenta de que se trata más de un prejucio occidental que de una realidad. Aplicamos a los libros orientales el mismo rasero que a los rostros, pero poco tarda el observador avezado en descubrir las notables diferencias entre uno y otro.
Esta novela podría confundirse de partida con Tokyo Blues, pero el tratamiento y el trasfondo del asunto amoroso son distintos. En ella se narra una historia romántica entre adolescentes, de un amor puro y sin atenuantes, como sólo lo es a esas edades, y que acaba trastocada en tragedia por la enfermedad de uno de los jóvenes. Aki y Sakutarô mantienen una relación inocente pero intensa. El abuelo del muchacho, desde sus propios recuerdos, alimenta sin saberlo ese amor con su propia historia. El estilo de Katayama es limpio, tanto como lo es el idilio entre sus dos protagonistas, y debido a su sencillez logra que las descripciones le lleguen al lector nítidas, con un efecto directo. Por ello, los momentos de belleza repartidos por el libro, principalmente los que se dan en la isla abandonada, poseen, desprovistos de innecesarios detalles, el hálito benévolo del recuerdo.
La emoción es transmitida con intensidad principalmente en los momentos trágicos de la narración, en la lucha contra el fin del tiempo y en el peso de la ausencia, pero se siente también a lo largo de gran parte del libro. Un grito de amor desde el centro del mundo  es una novela modesta, se lee en apenas nada, pero deja un grato aroma en la memoria.



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