miércoles, 19 de marzo de 2014

Daños colaterales

He vuelto a recuperar el ritmo de lectura. Y es un notición, créanme, porque llevaba mucho, demasiado tiempo preso de la más absoluta pereza. ¿Cómo lo he logrado? Lo primero que he hecho es marcarme un objetivo modesto: 30 libros antes de que acabe el 2014. Lo segundo, crucial, desengancharme del ordenador. Lo tercero ha venido dado por las circunstancias. Me he visto obligado a cambiar el coche por el metro como método de transporte, y los viajes al lugar de trabajo son largos. Por último, las prestaciones de Goodreads como archivador me han permitido sistematizar mi actividad lectora, algo que para un tipo tan amante del orden como yo es fundamental. Así pues, un reto, un método para llevarlo a cabo y la disposición necesaria, medidas perentorias tomadas para solucionar un mal preocupante e insólito: la falta de apetito por la lectura.
De momento, la cosa va bien, aunque el cumplimiento de la disciplina que me he marcado está teniendo efectos colaterales. Ya les conté hace unos años, en la entrada titulada Lecturas abandonadas, cómo había logrado superar una vieja y perniciosa costumbre, la de acabar todo libro que comenzaba, así como la causa que había motivado el cambio. Desde entonces ha caído algún que otro libro inconcluso, pero no tantos como para tener que contarlos usando más de una mano. Desde que empecé mi reto, sin embargo, he renunciado en un breve espacio de tiempo a la lectura de dos novelas. Y lo peor de todo es que, debido al ritmo que semejante actitud me proporciona, estoy comenzando a cogerle gusto. Llegar al número de lecturas establecido y la visión de la gran cantidad de libros aún no leídos que abarrotan mi biblioteca personal son motivos complementarios que se suman para acicatear mi disposición. Debido a ello, mi mano está más suelta que nunca en este aspecto.
El primer libro que dejé tirado fue Historia cero, de William Gibson. Es el último volumen de una trilogía escrita por uno de mis escritores favoritos. Por supuesto, ya había leído los dos anteriores, Mundo espejo y País de espías, el primero magnífico, el segundo peor. Esta podría ser una de las causas de mi abandono. No comencé la lectura muy animado debido a que se mueve en el mismo universo que la novela anterior, y para colmo cuenta con la misma protagonista, la ex-cantante Hollis Henry. Nada más comenzar, tuve la misma sensación que había sufrido con el segundo libro: Gibson parecía escribir de forma distinta, el dislocado estilo de sus obras de ciencia ficción ya no estaba. Sí su puntillismo en las descripciones, pero no la musicalidad de antaño. Desconozco si es debido a ello, y tampoco lo quiero investigar, pero el traductor de aquellos libros no es el mismo que el de estos dos. Para colmo, el mcguffin que dispara la trama en esta historia, el diseño textil y sus conexiones con la ropa de combate, me pareció, además, harto aburrido.
Había leído todos los libros publicados en nuestro país escritos por William Gibson (lo que viene a ser toda su obra), y como ya mencioné, es el tercer libro de una trilogía (trilogía a la Gibson, sin más continuidad que la temática), y, calibren el grado de mi sufrimiento, lo dejé pasadas las cien páginas. Exactamente en el mismo punto que acabo de dejar la lectura de Iris, la novela de ciencia ficción escrita por Edmundo Paz Soldán y publicada por Alfaguara con una cubierta más propia de una colección del género. En este caso se trataba de la primera novela que intentaba leer del autor boliviano. La historia es desarrollada por medio de distintos narradores, y, al menos los dos que me dio tiempo a conocer, utilizan un lenguaje que hace uso constante de neologismos procedentes de la fusión entre la lengua castellana y el inglés. Como en otros casos de inmersión directa, no hay explicaciones, el lector ha de aprender sobre la marcha. Este tipo de estrategia narrativa no supone ninguna novedad en la ciencia ficción, pero es bastante exigente con el lector. Mundos en el abismo, una de las mejores novelas de la cf española, ha sido criticada por ello más de una vez.
No es ese, sin embargo, el motivo de mi desánimo. Se hace evidente desde las primeras páginas (y esto no es malo sino todo lo contrario) que el libro trata de convertirse, como ocurre en casi toda la cf, en una alegoría, una herramienta que haciendo uso de la metáfora trata temas como el colonialismo, la ocupación territorial y el terrorismo en su función distorsionadora. La ambientación sudamericana es muy clara y quizás el elemento más interesante de la parte que he leído. El mayor problema es que en más de cien páginas no ocurre apenas nada, todo es descripción de la situación que viven los irisinos, el equilibrio entre los habitantes naturales y los ocupantes. Apenas hay información del entorno (la antítesis, curiosamente, de Gibson), porque la situación personal y vivencial de los protagonistas, sus problemas personales, ocupan todo el espacio. Quién soy y qué hago aquí y cómo es esto. Cuando al fin llega el segundo capítulo, el narrador cambia, y vuelve a incidirse en los mismos asuntos, qué llevó allí al personaje y la descripción (sin apenas progreso) de la problemática social y religiosa en Iris.
Cuando en una novela no ocurren cosas, cuando no hay grandes acontecimientos y todo es interior, hay que dirigir la mirada hacia la prosa, hacia el estilo. Desgraciadamente, en esta novela estos no alivian, sino más bien lo contrario, añaden peso a las alforjas del lector. El evolucionado spanglish que hablan continuamente los personajes actúa como un martillo. Cuando el lenguaje es en parte un invento, poco y mal puedes calibrar su calidad, así que todo se confabula para alejarme de esas páginas. Veo el esfuerzo, intuyo el objetivo, me imagino hacia dónde va, pero tarda tanto en desplegarlo, y sobre todo, tarda tanto en arrancar, que mi interés decae inevitablemente. La recompensa en este libro llega, imagino, a largo plazo, y me temo que ahora mismo no tengo tanta paciencia.
La pregunta es: ¿convierte esto a Iris en un mal libro? No lo sé. ¿Y aquello a Historia cero? Lo ignoro. Es imposible valorar toda una obra sin conocerla en su plenitud. Particularmente, me parece una falta de respeto hacerlo. Se pueden extractar páginas o párrafos y hacer, a la vieja usanza, un comentario de texto como nos enseñó a muchos el maestro Lázaro Carreter, pero utilizar la lógica inductiva y enjuiciar una obra compleja por una de sus partes es un error, tremendo e injusto. Me reconozco un lector más de finales que de principios. Mis valoraciones pueden subir con un buen final que dé un sentido más completo o incluso distinto a la historia, y pueden bajar si no se concluye con la misma excelencia que el resto, así que imagínense cuán injusto sería por mi parte emitir un juicio de estos libros habiendo leído de ellos poco más de cien páginas. No, no les diré si son buenos o malos, pero sí que en su primer tercio me aburrieron de tal modo que tuve que abandonarlos.



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