miércoles, 4 de febrero de 2026

Breves: Varley, Alonso y Pelegrín, Jara, Garland

Y mañana serán clones, de John Varley


The Ophiuchi Hotline, cuya incómoda traducción al castellano está resuelta con imaginación, es el título de la primera novela de John Varley, un autor a quien siempre se acusa de ser el alumno aventajado de Robert A. Heinlein. Ambas condiciones, primerizo y heinleiniano, se reflejan muy bien en la obra: por un lado, tiene una estructura bisoña, y por otro, su lectura es bastante aburrida. Durante medio libro pasan cosas presumiblemente importantes que, cuando la novela cambia y comienza lo interesante, allá por la página 150 (de 240), están olvidadas o ya no importan. Varley sitúa la acción en el escenario de los Ocho Mundos, el mismo en el que se desarrollan bastantes de sus cuentos, algunos de ellos incluidos en antologías como "Blue Champagne" o "La persistencia de la visión", y en sus novelas Playa de acero, El globo de oro y la aún no publicada por estos lares Irontown Blues.
La situación que se describe en esa serie es bastante atractiva, con un universo en el que hay tres categorías de especies inteligentes: una del palo ballenas y delfines, tan avanzada que sus asuntos son incomprensibles incluso para la segunda; otra inferior más convencional, esa que cualquiera podría imaginar recorriendo galaxias en naves espaciales, y una tercera, lo más bajo del escalafón cósmico, de la que forma parte el homo sapiens. La primera ha invadido la Tierra y obligado a la Humanidad a repartirse por el Sistema Solar, hazaña que ha logrado gracias al contenido de un rayo de información tecnológica que procede de Ophiuchi y que, más de dos siglos después, no ha sido descifrado del todo. 
Entre ítems reconocibles de la ciencia ficción como agujeros negros, especies simbióticas y prisiones espaciales, la novela le da la mayor importancia al asunto de la clonación, pero sin entrar en el aspecto metafísico de identidades, lo cual lo acaba convirtiendo en un tema meramente utilitarista. Los clones no son la misma persona, sino copias del original, lo cual anula mucho del interés de la trama principal. Tampoco es que importe demasiado una vez que se inicia el viaje final y comienza a aparecer la Tercera ley de Clarke en la trama, arrojando situaciones mágicas o, directamente, extravagantes, como esa cirugía extrema a la que se somete la piloto más vieja de la especie para moverse mejor por su nave espacial. Ante la aparición de lo macrocósmico, las subtramas de a pie apenas importan, hecho bastante malo cuando el autor había rellenado las páginas centrándose más en ellas que en el misterio de fondo. En todo caso, la propia serie de los Ocho Mundos presenta incoherencias entre los diferentes relatos que la abordan, lo cual sugiere casi una continuidad en la relajación y displicencia con la que Varley ha creado ese universo. 
La edición de La Factoría de Ideas acompaña esta novela con el cuento La persistencia de la visión, en el extremo opuesto de calidad de Y mañana serán clones, una absoluta maravilla.



El sueño de Berlín, de Ana Alonso y Javier Pelegrín


No se puede valorar un libro juvenil recomendado como actividad de lectura en los institutos con los mismos parámetros que una obra adulta. En esta novela corta apenas hay escenario y suceso, pero cumple su objetivo docente con gran diligencia. En ella, dos adolescentes de 16 años cuentan su relación sentimental en capítulos alternativos, ella en forma de diario y él también en primera persona. Así, se van desarrollando unos hechos que carecen de peripecia debido a que su valor principal es el estudio de personajes y, sobre todo, del problema que han de abordar, cada uno desde un papel distinto. Ana padece de Trastorno Obsesivo Compulsivo y Bruno está enamorado de ella. La historia progresa haciendo partícipe al lector del sufrimiento que conlleva tener esa enfermedad mental y también ser pareja o familiar de quien la padece. 
El TOC es una de las enfermedades más desconocidas en nuestra sociedad. Catalogada dentro de las patologías mentales más incapacitantes, se suele mencionar sólo como chascarrillo por alguna manía personal con el orden, pero quienes lo padecen en alto grado están abocados a una vida de sufrimiento condicionada por la enfermedad. Tal como muestra el testimonio de Ana, cualquier acto cotidiano puede convertirse en una tortura repetitiva que impide una conducta normal y afecta a varios órdenes de la vida a nivel físico, mental y social, siendo la autoestima su primera víctima. El sueño de Berlín no entra a fondo en las complejidades de la enfermedad, demasiadas para un libro de este tipo, pero con su estilo fluido y su sencilla historia informa y facilita a futuros interesados una primera comprensión de este tremendo problema.


Montacerdos y otros cuentos, de Cronwell Jara


Una de esas pequeñas joyas que desconocías previamente, que te llegan por terceras vías y se convierten en una inesperada sorpresa, tan grande como agradable. No es la primera vez que la literatura peruana, desconocida más allá de sus nombres más relevantes, me impacta y me hace indagar en terrenos para mí desconocidos. Ya me ocurrió con Abraham Valdelomar hace años, y ahora con Cronwell Jara. Este volumen contiene cuatro cuentos del escritor peruano. El milagrero es el más cortito de todos, y en él se compacta el estilo de Jara hasta su esencia. Dos Cristos y La reina de las cucarachas son dos acompañantes magníficos del mayor valor del libro, Montacerdos, una obra maestra en la que el escritor exhibe un vocabulario que es mezcla de pueblo viejo y arrabal, cuyo aroma arcaico y puro deviene maravilla. 
Lo más clarificador que se puede decir del principal valor de este relato, del apabullante resultado que arroja la suma de su estilo y su crudeza narrativa, es que Plop, la obra maestra de Rafael Pinedo, podría ser considerada su directa descendiente. De hecho, estoy convencido de que el malogrado escritor argentino tuvo que conocerlo antes de crear su magnífica trilogía. Montacerdos introduce al lector en un sumidero de fealdad, asco y ternura, descrito con una voz narrativa inocente, apoyada en construcciones semánticas descuidadas, repleta de vocablos rurales olvidados y por ello fascinantes, más para un lector foráneo desconocedor de los matices de la geografía, la historia y el lenguaje peruanos. Una pequeña joya de impactante belleza; una flor que brota entre el estiércol.



Cementerio cósmico, de Curtis Garland


La idea del cementerio cósmico es siempre fascinante: restos de naves espaciales de mil especies desconocidas flotando en un mismo punto, ancladas a lo que suele ser un terrorífico e ignoto atractor, el consabido monstruo en el centro de la telaraña. Comencé esta novela en concreto porque, en principio, el escenario le iba como anillo al dedo a la narrativa de Curtis Garland. Lamentablemente, al final me ha dado una de cal y varias de arena. La novelilla sigue la fórmula más habitual en las historias de Garland. Comienza in media res, con una introducción en la que se alude a una amenaza vivida en el pasado, una catástrofe de la que el protagonista escapó de chiripa y al borde de la locura para, a continuación, aprovechar toda la tensión creada retornando al mismo escenario. 
En esto Garland siempre me ha parecido un poco lovecraftiano. Pero es que ese siempre ha sido su punto fuerte. Su mejor ciencia ficción va unida casi siempre al terror, y aquí vuelve a demostrarlo. La creación previa de tensión y la aventura en el cementerio cósmico rinden con buen resultado. La novelilla agrada incluso en el inesperado arreón pulp final, con la alusión a antiguos reyes egipcios, siempre que a uno no le disguste el cambio de registro. El problema que desvirtúa Cementerio cósmico es que esas cosillas propias de la literatura de bolsilibro son aquí más escandalosas de lo habitual. Bajones tremendos de temperatura entrando del espacio exterior a una nave, olores nauseabundos a traves de filtros de aire en un entorno que no lo tiene, un personaje genuinamente sorprendido por las coincidencias de los indescifrables símbolos alienígenas con la escritura sumeria y que al final resulta ser uno de ellos y unas cuantas cantadas más. Sumado todo ello a continuas faltas ortotipográficas que provocan un estado de sufrimiento parejo al del disfrute. Garland sigue siendo uno de mis placeres culpables, pero no es esta una novelilla de las que vaya a guardar un recuerdo imborrable, la verdad.

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