El último texto que recupero de la trilogía que escribí durante aquellos días de la pandemia es éste, un cuento que vi publicado en digital y en papel gracias a la intervención de dos amigos, circunstancia que expliqué en una antigua entrada. Aunque soy enemigo de las reelaboraciones, el repaso me ha obligado a realizar algún pequeño cambio insignificantes en el orden de redacción. Espero que para mejor, porque ésta es la versión definitiva. Quería recuperarlo precisamente hoy, cumpliendo con esa no tradición que no he seguido todos los años. Si despierta algún tipo de emoción, no es el miedo, pero su tono apocalíptico concuerda, creo yo, con el espíritu de este día, o más bien, de esta Noche de Difuntos. Aunque su tiempo de lectura sea corto, espero que les ayude a encontrar el estado de ánimo ideal, el in the mood que dicen los anglófonos, con el que abordar un noche de lámpara, manta y libros.
Una soleada mañana de apocalipsis
El
despertador me avisa más tarde de lo normal. Durante estas
semanas, la ausencia de tráfico me ha permitido posponer la alarma
quince minutos y prolongar un poco el sueño. Me levanto y realizo la
rutina diaria de aseo y desayuno sin cambiar un solo detalle.
Mientras me tomo un café y un dónut, leo en el teléfono móvil
las noticias que trae internet, primero los diarios y luego twitter.
Repaso los primeros, alerta de sus correspondientes sesgos ideológicos. El segundo lo ojeo directamente con la mascarilla mental puesta.
Twitter
es, en estos días de crisis, más estercolero que nunca. A pesar del
callo que he criado con los años, hay ciertos comentarios y
actitudes que me siguen afectando. Suelo limitar mi lectura a
aquellos tuits que dan datos y opiniones desde una autoridad
contrastada, pero la curiosidad me arrastra a veces hasta lugares malsanos, a través de los crecientes cauces de rencor político y
desechos morales mal intencionados. Como un ciudadano cualquiera, doy por
hecho que este malestar intelectual nos estará infectando, al igual que el
propio virus, a todos. Ya he asistido a algún enfrentamiento
vespertino entre ventanas, entre compañeros y vecinos.
Mientras
ella y el niño siguen durmiendo, yo me visto, salgo a la calle y me
sumerjo en este apocalipsis blando que estamos viviendo. No tengo que andar mucho. En este presente insólito aparcar cerca de
casa no supone un problema, la policía municipal está a cosas más importantes. El coche continúa donde lo dejé, a veinte metros del portal, encima de la acera. Gracias a él, a lo
largo de los años he visto y vivido cosas extraordinarias, pero
ninguna tan extraña como la que estamos compartiendo estos días.
Subo al vehículo, compruebo que la mascarilla, los guantes y el gel
sanitario están en su sitio y arranco.
Ruleteo un
poco entre calles angostas y edificios silenciosos y me dirijo al
puente de Santa María de la Cabeza. Me incorporo a la vía
principal. Prolongo la vista y apenas se ven un par de coches desde donde estoy hasta
la glorieta, un kilómetro más arriba. Normalmente, cuando paso a
diario por este primer tramo siempre me apetece mirar el río, pero
el tráfico habitual me impide girar la cabeza. Estas dos últimas
semanas he podido hacerlo sin problemas. Miro a derecha e izquierda y
la tranquilidad del Manzanares, con su arroyuelo de agua, el
creciente verdegal y las numerosas aves en vuelo me aporta sosiego.
La primavera, sin duda, ha acabado de instalarse. Sonrío al pensar
que esto es solo el principio del festín contemplativo que me
aguarda.
La fuente de
la glorieta está cubierta por un salpicón de palomas que beben sin
ser molestadas. La calle Ferrocarril, en cuyo recorrido suelo emplear
diez minutos, siempre con retenciones en los días laborables, pasa
por el parabrisas de principio a fin en apenas treinta segundos. Aquí
comienzan a aparecer los habitantes más numerosos de las calzadas desde que empezó todo: los autobuses. Como apacibles bestias azules que recorren un mar de
aire, moviéndose entre espacios deshabitados, son casi los únicos
con quienes comparto la ciudad estos días. Los autobuses, ahora
transportes públicos sin usuarios, parecen leviatanes extraños. Sus
asientos vacíos aportan contexto a la soledad de las propias calles.
Voy
escuchando música en el coche. Clásica, una lista de propio cuño.
Se reproduce en modo aleatorio, lo cual suele arrojar resultados
caprichosos. Pero no hoy. Hoy no, hoy el orden de las piezas parece
querer encajar en el relato apocalíptico de los últimos 20 días.
Quizás porque es festivo y la selección ha decidido hacerme un
regalo a juego con esta mañana. Es Jueves Santo y la atmósfera no
puede ser más propicia.
Subo por el
Paseo de las Delicias y suena el Concierto nº 21 de Mozart.
Primaveral, alegre, pero dotado de una cierta solemnidad de fondo que
se impone como banda sonora de lo que voy viendo y sintiendo.
Animados por el ciclo de lluvia y sol estacional, los árboles han
estirado sus ramas y aumentado su frondaje. Las hojas crecidas tapan
los semáforos. Hay rastros de hojarasca y algún cadáver de paloma
junto a los bordillos. El virus también ha provocado bajas en el
departamento municipal de limpieza.
Llego a
Atocha. Las aceras frente a la Estación están vacías. Los puestos
de la Cuesta de Moyano están cerrados. No hay personas bajando la
calle, no hay libros expuestos. Silencio y quietud total. Pienso,
animado por Mozart, que quizás la naturaleza que habita el Retiro y el Real Jardín Botánico,
tan cercanos, haya extendido su influencia hasta sumir a toda la zona en un letargo complaciente,
de tempo lento, gozosa ahora por la ausencia de injerencias
humanas. Los arbustos y las copas de los árboles tras la verja del
Botánico han crecido tanto que comienzan a desbordarla y a aventurarse
hacia la calle. Al otro lado de la calzada, los setos parecen más
verdes que nunca.
A la altura
del Museo del Prado comienza a sonar la séptima de Beethoven. Un
pensativo Velazquez contempla desde la altura de su asiento el vacío
que se despliega a sus pies, hoy sin la fila de visitantes que, por
cientos, suelen hacer cola desde la Puerta de los Jerónimos. El
semáforo de la Plaza de Cánovas del Castillo me obliga a detenerme.
Prolongo la mirada desde la estatua de Neptuno a la de Cibeles,
quinientos metros más allá. Ese tramo de seis carriles suele estar
atestado, pero hoy ningún coche se interpone entre ambos dioses.
Nadie. No
hay nadie.
Respirando profundamente, llego a la
glorieta más famosa de Madrid con los ojos bien abiertos. La mirada
yerra, desde la estatua de la diosa hasta el Palacio de Cibeles y
de allí a la Puerta de Alcalá, sin una figura humana que se
interponga en el trayecto que dibujan mis ojos. Ese movimiento de
cabeza se repite durante todo el viaje, de principio a fin, como si
estuviese asistiendo a un partido de tenis inolvidable. No quiero
perderme nada. No puedo, el asombro no me deja. Como en una postal
trucada, las vías, los monumentos, los edificios, todos aparecen
nítidos, singulares incluso a lo lejos. Así Colón en su pedestal, así el rostro de
Julia, así la enorme bandera.
En el Paseo
de Recoletos el cesped de la mediana luce un aspecto esplendente,
más denso del habitual. Es un colchón verde moteado de florecillas
blancas y pequeños tallos que, desordenados, se alzan sobre el mar
de hierba buscando el sol. Al otro lado de la calzada, las glicinias
derraman racimos de blanco y lila sobre las verjas que delimitan el
Palacio del Marqués de Salamanca. Sin el molesto ir y venir humano,
descienden libres y en tropel hasta la superficie. No hay
Feria del Libro ni de Artesanía, no hay casetas blancas tapando el paseo, y un
colorido intenso domina todo este tramo.
El edificio
de la Biblioteca Nacional, en primer plano por la ausencia de
paseantes, se alza a las puertas de la Plaza de Colón como un coloso
inmutable, el gran vigilante de sueños. En sintonía con la
irrealidad del exterior, con las calles vacuas desprendidas de
significado, yace la ficción en su interior, a la espera de que los
seres humanos vuelvan a dar sentido a los libros.
Continúo
subiendo por la desierta Castellana, siempre muy despacio, y atisbo a
lo lejos la formación en embudo de un control de policía. Cuando
llego a él, aminoro la marcha y el primer agente me indica que me
detenga en el lateral. Allí, uno de sus compañeros me pide el
justificante de trabajo para, inmediatamente, darme paso sin siquiera
mirarlo.
Ah, es
usted. Adelante, me dice.
No es la
primera vez que nos vemos estos días. Me hace un reconocible gesto
en arco con la mano invitándome a continuar. Los escasos habitantes
de las calles comenzamos a reconocernos poco a poco. Antes de dejar
la Castellana identifico a otro de ellos, un rider
de Glovo con el que ya me había cruzado dos veces. La peculiar
vestimenta que lleva es tan inconfundible como su extraña forma de
pedalear. Las bicicletas de los repartidores corren estos días en
total libertad por unas calles que hasta hace poco les sometían a
una prueba de supervivencia continua. Si no fuera por el peso de la
constante amenaza que supone el virus cualquiera diría, al
contemplarlos, que hay liberación e incluso alegría en su carrera.
Salgo de la
arteria principal de Madrid por la izquierda, en la Glorieta de Emilio Castelar. Me
fijo en la estatua central que representa al tribuno que da nombre a
la plaza. Está volcado en una oratoria que no encuentra a oyentes
reales, sino de piedra. La verdad, la elocuencia, el trabajo, los
símbolos que moran a sus pies están tan congelados como las figuras
humanas. La imagen es tan simbólica del ahora mismo que me
sorprende. Solo hay entes de piedra en esta desolación, lo humano se
ha detenido en el tiempo. Mientras espero diligentemente a que el
verde me dé paso, observo cómo varias urracas picotean el césped a
los pies del monumento.
Dejo la
plaza atrás y subo la calle General Martínez Campos de tirón.
Encuentro todos los semáforos abiertos, lo cual sería insólito en
una situación normal. Siento un cierto fastidio, porque las paradas
en los pasos peatonales me dan la oportunidad de atisbar nuevas
calles, nuevos vacíos sorprendentes, pequeños momentos para guardar
en la memoria. Cuando al fin topo con el color rojo en la Glorieta de
Iglesia, encuentro uno de ellos. Es Jueves Santo, pero ni hay misa ni
se puede entrar a rezar, así que han plantado una figura enorme del Crucificado en el pórtico. Hay flores en las verjas y dos ancianas
cogidas de la mano, sin miedo al contagio, murmurando plegarias a una
divinidad que estos días parece tener tanto poder sobre la
enfermedad como cualquier ser humano. El campanario empieza a repicar
anunciando las diez en punto cuando continúo mi marcha. La mañana ya no es tan luminosa, el sol se ha
apagado un poco.
Llego al
trabajo. Mascarilla, guantes y gel. Realizo mi actividad, llevar los cubos de basura de la calle a su cuarto, en apenas cinco
minutos y sin llegar a cruzarme con nadie. Pienso en los vecinos confinados en sus casas. Si fuera un día laborable
me esperarían a continuación dos horas de limpieza y desinfección.
Por eso puedo recorrer Madrid en pleno apocalipsis cuando nadie
puede, de ahí el privilegio. Porque yo, el último mono Antes de la
Pandemia, soy en esta crisis un trabajador esencial para la sociedad.
De friegasuelos a protector de la civilización, todo en un suspiro.
Otro asunto para la reflexión que caerá en el olvido
inmediatamente, cuando todo esto acabe. Pero hoy no me entretengo
más, hoy me limito a lo básico, cubos adentro. Porque es fiesta.
Hoy cierra casi todo, incluso gran parte de las tiendas de
alimentación a las que, casi a escondidas, bajan otros días los madrileños cuando algo se les acaba. Hoy no, y por eso el aspecto de la ciudad es más espectral
que nunca.
Antes de
volver al coche, camino del garaje, me quedo contemplando el rosal chino durante varios
minutos. Una torrentera de flores amarillas se precipita desde el
jardín de la finca hasta la rampa de entrada. El color es
tan intenso que asemeja una cortina en llamas. Este año la primavera
corre desencadenada, sin control, libre. Hago unas fotos para mi
archivo del gran colapso y elijo el camino de regreso. Para la ida he
subido por el eje vertical que parte Madrid en dos; para la vuelta
prefiero comprobar cómo luce este día extremo en otro lugar de la
ciudad, hacia el oeste.
Cuando llego
a la Glorieta de Quevedo está sonando Grieg. La solemnidad de Aase's
Death y del Réquiem de Mozart, que el azar colocará a su
conclusión, sumado a unos nubarrones primaverales que amenazan
lluvia, van a impregnar con tonos oscuros el trayecto de vuelta. Echo un vistazo a mi izquierda y contemplo una calle Fuencarral
vacía. Sus cines, sus tiendas de ropa y complementos, su Casa del
Libro no son mas que muros vanos, bocas muertas sin las personas
que las alimentan. La pandemia ha tornado la actividad de las compras
en un concepto obsoleto. En San Bernardo me cruzo con una camioneta
de desinfección del servicio municipal. Los operarios del
ayuntamiento combaten al enemigo, sin saber aún si un virus es ser vivo o cosa, con largas mangueras,
tratando de cubrir con un manto protector todas las superficies. Miro
mis propias manos sobre el volante, peladas por la lejía de días anteriores, y giro
hacia Alberto Aguilera.
En Princesa
veo por el retrovisor a un taxista despistado. ¿Qué hace un taxi en
esta desolación? ¿Qué utilidad tiene? El paisaje y la atmósfera
han absorbido mi capacidad de reparar en el elemento humano, en las
preocupaciones más evidentes. Aquél parece otro mundo, una realidad de
otra dimensión que a veces vislumbro detrás de esta o aquella
cortina. El aplauso vespertino desde las terrazas, que me encuentra
siempre en la calle, es el único momento en el que tomo conciencia
del pasado y del otro presente. Me aturulla su sonoridad. Representa
una ruptura con la nada humana, con el nuevo orden que gobierna el
resto del día en la ciudad. Cada vez me cuesta más retornar al
antiguo mundo.
El taxi me
adelanta y rompe mi ensimismamiento. Me parece que va a demasiada
velocidad, una procacidad sin razón de ser en este entorno. Una
mirada al salpicadero me hace ver que soy yo quien va demasiado
lento. Y sin embargo, ya he llegado a la Plaza de España. De cerca,
sus altos edificios parecen enormes vigías pendientes de que la nada que se extiende desde la Gran Vía al resto de la urbe
permanezca inviolable. Aunque el semáforo está abierto, he de
esperar el paso de un anciano que, ayudado por una mujer más joven y
por un enfermero, se dirige renqueante a una ambulancia atravesada
entre dos carriles. Con la curiosidad sostenida de toda la mañana aprovecho el parón para escrutar la plaza más representativa de Madrid, labor difícil ya que está
rodeada de vallas opacas. Sospecho que sin las obras estaría ahora
contemplando más vegetación desbordada. Es la emancipación de los
jardines, de los parques, de las arboledas. Las enredaderas conforman
una cortina de hojas en la entrada al túnel de la M-30. La atravieso
y me introduzco en una semioscuridad ausente. No veo ni un solo
vehículo en los subterráneos durante varios kilómetros. Me
sobrevienen imágenes de jabalíes recorriendo estas galerías,
sorprendidos por los faros. Según he podido ver en internet, andan vagando, entre hoza y hoza, por la Ciudad
Universitaria.
La salida
hacia la A-42 me devuelve a la luz. Las nubes han vuelto a retirarse y estoy de nuevo en el barrio. Como no hay necesidad de buscar aparcamiento, conduzco directamente
hasta mi portal. Dejo el coche encima de la acera, doy uso al gel y
subo a casa. Tras cerrar la puerta con el pie me esperan el agua y el jabón en el
lavabo. Ella y el niño ya se han levantado. Mientras yo recorría mi
escenario de ciencia ficción han estado desayunando en esta otra
realidad, tras las cortinas. Es reconfortante verlos, sentirlos. Me
dan los buenos días, intercambiamos trivilidades y después me
encierro en la biblioteca.
Recorro los
lomos de los libros con la vista, identifico los títulos, los
autores: Stewart, Wyndham, Monteagudo, Christopher, Shiel, Ballard...
Toda una vida leyendo esto. Toda una vida fascinado por la temática.
Porque la ficción te permite acceder a realidades imaginarias, esas
que nunca ocurrirán. Porque, pensamos, los libros son el único
reducto de lo imposible, de ese tipo de cosas inauditas que solo suceden dentro
de sus páginas, el auténtico motivo por el que las
disfrutamos.
Desolados
paisajes de la imaginación.
Paso a la
siguiente balda, del apocalíptico al postapocalíptico, del presente
a lo que podría venir después. He leído esta misma mañana que hay tumultos en el sur
de Italia. Coloco mi mano sobre el lomo de un conocido libro, uno de
mis favoritos. La portada es negra, casi un presagio. Lo entresaco
para ojearlo. En ese momento, el niño entra en la habitación. Lleva
un juego consigo y me pregunta, despreocupadamente, si me apunto. Me
detengo y le miro, aún con la novela entre los dedos. Su sonrisa es
sincera, sus ojos están llenos de vida. El paisaje que se ha
desplegado esta mañana ante los míos, ya gastados, es un símbolo
de mi futuro, no del suyo. El futuro real aguarda en su mirada.
No hay
elección posible. Le digo que sí y empujo el libro de vuelta adonde
estaba, a la estantería donde moran las ficciones, los sucesos imaginarios.
A su sitio.
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