jueves, 19 de marzo de 2015

Arthur C. Clarke y Stephen Baxter. Luz de otros días


Siempre he sentido devoción por la obra de Arthur C. Clarke. Durante muchos años, fue mi escritor de ciencia ficción favorito, y si no digo que aún lo es, se debe a la duda que me genera la cantidad de tiempo transcurrido desde que leí la mayoría de sus obras. No sé cómo afectarían al lector que ahora soy, pero sí sé cómo maravillaron al que fui. Es raro encontrar un escritor que haya publicado varias obras extraordinarias ("maestras" me gusta decir cuando se me calienta la boca), y Clarke escribió, en mi opinión, no menos de cuatro. De todas ellas, la mejor, me parece ahora, es La ciudad y las estrellas, cuyo origen, fíjense en la casualidad, se me ha echado encima, en dos volúmenes distintos, esta misma mañana.
El aniversario de la muerte de Clarke (siete años ya, parece increible) me ha pillado ordenando mi pequeña biblioteca. En un momento dado, con la constancia de esa conmemoración en la cabeza, han coincidido dos libros en mis manos: "El león de Comarre" y "Tras los latidos de la noche". Los dos contienen, además de material complementario, la novela corta A la caída de la noche, cuyo título original proviene de unos versos del poeta inglés A. E. Housman a los que, por cierto, el traductor al castellano aligeró de carga cambiando, vaya usted a saber por qué motivo, la preposición inicial. El acompañamiento del primero es el relato que da nombre al volumen, el del segundo es la continuación perpetrada (y digo esto porque es la versión mala del escritor quien la escribe) por Gregory Benford. Ambos libros fueron publicados con bastantes años de diferencia, pero el contenido de los prólogos que Clarke realizó para las dos ediciones son bastante parecidos.
En los dos, Clarke recuerda que John W. Campbell le rechazó el texto dos veces y que por eso acabó publicándolo en Startling Stories, circunstancia que, en primera instancia, invita a imaginar cómo habría cambiado el relato de haber aparecido en Astounding, sometido a la linea editorial de Campbell. En el primer prólogo, Clarke se queja con amargura de que el ilustrador de la revista buscó una erotización del relato que este no presenta; en el segundo, agradece al magnífico  Frank Kelly Freas la cubierta que realizó para la posterior edición en cartoné. En la génesis del relato está la enorme influencia que tuvo en el ánimo del joven Clarke la novela de Olaf Stapledon que aquí conocemos como La última y la primera humanidad. Supongo que el sentido de la maravilla que, como un río desbordado, inunda el relato, parte de esa fascinación.
En los dos textos de presentación, el autor británico se queja amargamente de una misma cosa. Años después, Clarke tuvo la oportunidad de ampliar y, en sus propias palabras, mejorar esta novela corta y retitularla La ciudad y las estrellas,  la novela a la que me referí en primer lugar. El escritor insiste en que se trata de una versión mucho mejor que la anterior, y que, por tanto, esperaba que la más breve desapareciera. Para su disgusto, eso no ha ocurrido. A lo largo de los años, mucha gente ha seguido inclinándose por el texto original, lo cual él lamenta profundamente. Si son ustedes habituales de este blog, seguramente estarán sonriendo ahora mismo. Sí, ya lo hemos hablado bastantes veces; quien decide sobre la obra es siempre el lector. El autor, una vez traída al mundo, pierde toda autoridad sobre el enjuiciamiento de su criatura. Así es y, estoy convencido, así debe ser.
A continuación, en memoria del maestro británico, recupero la reseña de un libro que Clarke escribió en colaboración con Stephen Baxter, autor capaz, realmente interesante, de quien, personalmente, sigo esperando que se publique su serie de los Xeelee.



Muchas son las bondades de la ciencia ficción, pero si hacemos caso de la opinión generalizada, su principal riqueza se encuentra, además de en su capacidad como producto de evasión intelectual, en su indudable potencial especulativo. No existe otro género que permita al autor realizar, con plena libertad y sin límite alguno, sus estudios sobre la realidad humana de manera tan fresca y libre de prejuicios como éste. La posibilidad de fabular con situaciones y modelos inexistentes -sean éstos del talante que sean- en escenarios no sujetos al riguroso juicio de la realidad, permite extraer conclusiones de actitudes sociales e individuales que en un entorno menos ficticio no serían posibles; especular, al fin y al cabo. No es de extrañar, por tanto, que en estos días del Gran Hermano televisivo, en los que ya no sorprende la proliferación de programas que explotan el voyeurismo global y el morbo por atisbar intimidades ajenas, aparezcan obras que, llevando imaginativamente todo ello al extremo, investiguen las posibles consecuencias de semejante fenómeno: películas como "El show de Truman", y mucho más profundamente, novelas como Luz de otros días.
Esta primera colaboración de Arthur C. Clarke y Stephen Baxter es, antes que nada, una obra especulativa de primer nivel. ¿Qué pasaría si la intimidad dejara de pronto de existir, de existir absolutamente? ¿Y si pudiéramos destapar todos los misterios del pasado, conocer de manera exacta, poder ver, cómo se ha desarrollado la Historia (la verdadera, no la que nos ha llegado a través del medio escrito)? ¿Cómo afectarían esos conocimientos a la Humanidad? Los autores se despachan a gusto y vuelcan sus teorías en una historia bien construida, de interesantes personajes e implicaciones de gran calado.
Una vez más, el elemento perturbador aquí, la GusanoCámara, proviene de los insondables misterios cuasimágicos de la física cuántica. La posibilidad de colocar una cámara receptora en cualquier punto del espacio derriba el significado de lo íntimo, transformando la sociedad y cultura humanas hasta el punto de llegar incluso, en última instancia, a significar el siguiente salto evolutivo del Hombre. Pero al contrario que Robert J. Sawyer en su Factor de humanidad, los autores no eluden el cuestionamiento moral del proceso, estudiando a través de la vidas de una familia, los Patterson, las posibles consideraciones éticas y sus consecuencias, suicidios y persecuciones incluidos. E incluso van más allá.
Un nuevo giro en los acontecimientos, marcado por la utilización de la GusanoCámara para observar el pasado, enriquece el conjunto hasta convertirlo en un informal estudio sobre cuánto esconde de cierto la Historia, estudio tras el cual los mitos y leyendas acaban siendo desenmascarados. Si es reconocido que la memoria, la gran dulcificadora, se comporta siempre de manera mentirosa, entonces no ha de sorprender que la Historia, memoria colectiva del ser humano, no albergue otra cosa que falsedades. El destino final de una nueva Humanidad sin mentiras, transformada por los nuevos implantes cerebrales de las GusanoCámaras y las posibilidades de interconexión que éstas ofrecen, no puede ser otro que el mencionado salto evolutivo.
Junto a todo ello, la amenaza del futuro impacto de un inmenso cuerpo celeste con nuestro planeta, un breve apunte sobre el tan traído tema de la clonación humana y un final que busca el sentido de la maravilla mediante uno de sus caminos más usuales, la contemplación de un proceso cósmico, se unen a un estilo sencillo y ameno para producir una magnífica novela especulativa, plena de aciertos y actualidad, en la que si bien la idea principal no es original (ambos dedican el libro y su título al creador del "cristal lento", Bob Shaw en su novela Otros días, otros ojos), sus resultados sí lo son.
El fácil estilo de Baxter, su capacidad para profundizar en los temas propuestos y dar entidad a los personajes logran el milagro que ya parecía imposible: devolver al maestro Clarke a su alta posición. Sí, pues indudablemente la novela bebe de sus ideas de siempre, tan válidas todavía como magníficas. La amenaza cometaria de Cita con Rama o el reiterado salto evolutivo de 2001, una odisea espacial y El fin de la infancia, tema que ha obsesionado al británico durante toda su carrera, están aquí; su sólido ateísmo también, y muchas de las predicciones y anécdotas de las que vivían en exclusiva sus mediocres últimas obras. El talento de Baxter, uno de los principales autores de ciencia-ficción actual, le ha hecho resurgir. El viejo maestro no estaba muerto, sólo descansaba para tomar fuerzas.


El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la red.

jueves, 29 de enero de 2015

Imágenes de cf. XXIII


"A modo de respuesta, oyó un gemido. En la penumbra, trastabilló y resbaló, luchó contra una náusea creciente y se obligó a caminar por entre un laberinto de obstáculos que no veía. Llegó al sitio del que provenía el sonido estrepitoso y chorreante. Algo de color rojo intenso, en forma de cesta y del tamaño del pecho de un hombre se había adherido en lo alto de la pared, perpendicularmente al suelo. A través de las grandes esporas de su superficie esponjosa manaba un líquido espeso y negro, que caía en un permanente chapoteo grasoso. Cuando la luz de la antorcha lo iluminó, la exudación aumentó y prácticamente se convirtió en una cascada de líquido sebáceo. Al apartar la luz de la antorcha, el manantial se tornó menos copioso, aunque seguía siendo fuerte.
Allí el suelo caía en pendiente, de modo que lo que chorreaba de la cesta esponjosa fluía rápidamente y se acumulaba en el otro extremo de la habitación, en el ángulo formado por el suelo y la pared. Gundersen encontró allí a los terráqueos. Estaban juntos en un colchón; el líquido de la cosa chorreante había formado un charco oscuro alrededor de ellos, cubriendo por completo el colchón y fluyendo sobre sus cuerpos. Uno de los terráqueos, con la cabeza caída hacia un costado, tenía la cara totalmente sumergida en ese fluido. Del otro terráqueo surgían los sonidos.
Los dos estaban desnudos. Uno era un hombre y el otro una mujer, aunque al principio a Gundersen le costó trabajo darse cuenta de ello; ambos estaban tan encogidos y delgados que sus características sexuales quedaban ocultas. No tenían cabellos, ni siquiera cejas. Los huesos sobresalían sobre la piel semejante a un pergamino. Los ojos de los dos estaban abiertos pero fijos en una mirada rígida y aparentemente ciega, una mirada vidriosa, sin parpadeo. Tenían los labios apartados de los dientes. Las algas grisáceas brotaban en los pliegues de su piel y los fungoides móviles andaban errantes, alimentándose de esas acrecencias. Con un gesto de asco rápido y mecánico, Gundersen arrancó dos animales parecidos a babosas de los pechos vacíos de la mujer. Esta se movió y volvió a gemir."

sábado, 10 de enero de 2015

Breves: Marín & Aguilera, Carpenter, Estrada

Contra el tiempo, de Rafael Marín y Juan Miguel Aguilera

Cuenta la leyenda que el rey Minos de Creta ordenó construir el Laberinto para encerrar a su deforme hijo, una bestia mitad toro, mitad hombre. El Minotauro adquirió la fea costumbre de alimentarse con la carne de los sacrificios humanos que su padre le ofrecía, llegando a convertirse en un auténtico terror tanto para su nación como para los países que la rodeaban. El héroe Teseo, hijo del vecino rey Egeo, logró matar al Minotauro y después, gracias al hilo de Ariadna, encontrar la salida del Laberinto, acabando así con el sufrimiento de aquellas gentes.
Efectivamente, todo eso forma parte de la leyenda, porque la realidad, aunque parecida en algunos puntos, se distancia de manera crítica en otros. O por lo menos así nos lo proponen Rafael Marín y Juan Miguel Aguilera en Contra el tiempo, una epopeya clásica cuyo sencillo entramado se sustenta en un fuerte componente hard.
Tras contemplar el fin de la Tierra, Dagán y Aclis, seres posthumanos que conviven con la Malla, un gigantesco anillo obra de la Humanidad situado alrededor del Sol, realizan un viaje al pasado que acaba de manera accidentada. Separada de su mentor y amante, Aclis, protegida biológica y tecnológicamente por su nexo -una extensión personal de la Malla-, superará incontables barreras y creará parte de la mitología antigua a la búsqueda de Dagán, quien parece ser la causa de los nuevos males que azotan a los habitantes de la Edad de Bronce.
El amor de Marín por el pasado y de Aguilera por el futuro se suma y da lugar a una narración que juega con algunos mitos clásicos, transformándolos en instrumentos de una historia que reafirma la primera Ley de Clarke (“una tecnología lo suficientemente avanzada sería indistinguible de la magia”). La novela ofrece una base lógica para la mitología; no niega su espacio desde el escepticismo científico, sino que ofrece la posibilidad de su existencia merced, precisamente, a la ciencia. Es decir, los mitos han de ser tomados en serio, describen una realidad, pero esta es posible gracias a la ciencia, a quien le deben su nacimiento. Se trata de la conversión definitiva.
Fuera de estas consideraciones hay que decir que Contra el tiempo se lee sin complicación alguna, ya que está escrita de forma sencilla, y que no se entretiene en disquisiciones ajenas a la trama principal. Cuenta la historia de dos enamorados perdidos en tierras extrañas y separados por una gran distancia, pero narra sobre todo la búsqueda protagonizada por uno de ellos, un auténtico viaje iniciático hacia el conocimiento del sentimiento humano en una aventura propia de una época perdida para siempre. Monstruos, guerreros y conceptos olvidados como el valor y la fidelidad en un entorno de dioses que no son tal cosa.
Sin embargo, en el fondo, uno se queda con la impresión de que se podría haber pedido más a la primera colaboración de dos autores que son santo y seña del género en España, pero eso suele pasar cuando las expectativas son tan altas. De todas formas, el resultado es positivo. Contra el tiempo es un loable intento de combinar mitología y ciencia ficción dura en una novela corta que, aun sin lograr la excelencia, se presenta como un entretenido híbrido temático de lectura agradable.


El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.


Conan el profanador, de Leonard Carpenter


Nuevas aventuras del antes cimeriano y ahora cimmerio más famoso de todos los tiempos. Situada cronológicamente tras Sombras en Zamboula, uno de los originales más flojos de Robert E. Howard, esta novela de Leonard Carpenter muestra los intentos de Conan y una banda de ladrones de tumbas por hacerse con los tesoros del mausoleo en construcción de un rey semita agonizante. El brujo estigio de turno y unas criaturas resucitadas por el mismo harán lo imposible para acabar con los planes y la vida del bárbaro.
Un mero entretenimiento que como tal sólo logra su objetivo en las últimas páginas, alimentadas por una acción desbordante y un notable poder visual del cual el mismísimo Ray Harryhausen, de estar hablando de otro medio distinto, podría haber asumido la paternidad. Final feliz, coherencia con el resto de la serie y algunas imágenes escalofriantes en un libro marcado por una floja labor de traducción. Sirva el abuso del verbo complotar como ejemplo.





La ciudad de las sombras, de Rafael Estrada

La literatura infantil siempre se ha llevado bien con la fantasía. El tipo de lector al que va dirigida permite, debido a su menor exigencia intelectual, que el rigor y la coherencia de las historias no esclavicen la creatividad. Las ideas, así, se muestran más frescas, más puras que en la producción adulta. A cambio, este género para menores ha adquirido en los últimos tiempos la obligación de mostrarse didáctico, de enseñar algo a sus lectores.
Rafael Estrada se muestra curiosamente ambiguo al respecto. Crea una historia atractiva, bien entretejida y de una simpleza ejemplar, conjugando valores tan tradicionales como la imaginación, el amor a la familia y el valor, pero no logra evitar dejar su impronta de escritor adulto. Paradójicamente, introduce un mensaje en forma de crítica contra aquellos escritores que introducen mensajes en los cuentos infantiles, y confunde de paso la labor didáctica con la docente, sometiendo a los pequeños lectores a un breve tratado de informática en rápidas lecciones, en el que, además, los protagonistas se expresan como personas de distinta edad a la suya.
Sin duda, donde la obra muestra mayor calidad es en la imaginativa trama, diseñada para mantener la atención del joven lector por medio de la intriga y el misterio. La historia, que guarda incluso una inesperada sorpresa final, está contada en formato flashback, unos años más tarde, por la propia protagonista.
Julia, una niña de doce años, vive la separación de sus padres con un sentimiento cercano a la incertidumbre. Afortunadamente, su abuela no sólo constituye una firme figura en la que apoyarse, sino también una fuente de apasionantes misterios. Gracias a sus consejos, logrará entrar en la dimensión de las malvadas sombras que están a punto de hacerse con su padre, quien desde hace un tiempo muestra una reprobable displicencia hacia ella. Julia, ayudada por la “abu” y por un amigo, reunirá finalmente el valor necesario para introducirse en la ciudad de las sombras y, posteriormente, rescatar a su padre.
La ciudad de las sombras ofrece un resultado final irregular. En cierto modo, capta satisfactoriamente el grado de incomprensibilidad que la ruptura de los padres puede alcanzar en una mente infantil, forzada a refugiarse en un mundo de ensueño, pero los detalles ajenos a la trama (el mensaje/contramensaje y el encubierto manual de informática), innecesarios en todo punto, empañan ligeramente la atractiva historia que alberga.

El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.


viernes, 9 de enero de 2015

Pellizcos

Mis obras son las que tienen que hablar al lector, al público. No yo con mis opiniones. No soy una estrella, ni un actor. Por eso evito estar siempre presente en los medios de comunicación. Me dedico a hacer lo que sé.

-Gao Xinjiang-



Es ridículo que en el siglo XXI un escritor se dedique a dar lecciones, tomar partido o algo que se le parezca.

-Javier Marías-



domingo, 28 de diciembre de 2014

Aurora Boreal. Pensad en Lesbos

Rebuscando ayer en mi biblioteca me volví a encontrar con este libro. Ojeé las primera páginas y ya no pude parar. Muchos años antes de 50 sombras de Grey y de toda la subliteratura posterior asociada a ese subgénero, Aurora Boreal demostró que se podía aunar calidad literaria y calentura. Descatalogado e imposible de encontrar, este libro entra de lleno en la categoría de joyas ignoradas de la literatura. Su relectura me ha proporcionado una noche inolvidable.





“Es un ultraje, una atrocidad que socava los cimientos del género. De seguir por este camino, pronto asistiremos al fin de la ciencia ficción.” Son las declaraciones del escritor Robert J. Sawyer al conocer la inclusión de Pensad en Lesbos -reciente ganadora del Pablo Dildo- entre las novelas nominadas este año al premio Nebula. “¿No se da cuenta? A partir de ahora, cualquier herejía es posible. Por poner un ejemplo absurdo, hasta un libro del Harry Potter ese podría ganar el Hugo un día de estos. Claro que, si eso llega a suceder (sonrisa), me retiro.” El canadiense no es el único que se ha alzado en contra de los parabienes que está logrando recoger la ya popular novela de la zaragozana Aurora Boreal. “Prejuicios estúpidos” es la respuesta más repetida desde la otra parte del conflicto.
Lo cierto es que Pensad en Lesbos no sólo está arrasando en el mercado mundial, sino que además es una magnífica obra que viene a insuflar nueva vida a un género anquilosado y caduco. La trama es sencilla. Una nave espacial terrestre es atraída por una distorsión espacio-cuántico-nano-temporal y es lanzada a una región cósmica inexplorada. Tras un intenso menage a trois con el que logran sofocar la tensión producida por la situación, los tres tripulantes de la Vibrator Satisfaction, dos mujeres y un hombre, llegan a un desconocido planeta escondido tras una nube de gas con forma vulvar. Tras ser capturados y sometidos a torturas sin nombre por una horda de blondinas y neumáticas amazonas, descubrirán, gracias a la relación que surge entre el humano Siffredi y la reina extraterrestre, que se encuentran en Safo, capital del planeta Lesbos. En lo que las amazonas místicamente denominan “Periodo de Estocolmo”, el grupo terrestre irá descubriendo las bondades de la cultura “lesbiana” hasta, por pura fricción, integrarse totalmente en aquella extraña sociedad.
El estilo que despliega Aurora Boreal, quien reconoce abiertamente la gran influencia que han ejercido las novelas de a duro de Joseph Berna en su manera de escribir, es ágil y especialmente intenso allí donde la historia lo exige. La aspereza narrativa con la que describe las torturas y las posteriores experiencias de la expedición en el planeta, conduce al lector a un clímax tempestuoso que vale por sí solo el precio pagado por el libro. Pero donde la obra se convierte en un hito irrepetible es en su tratamiento del personaje masculino, Siffredi, un auténtico tour de force en el estudio psicológico de un hombre llevado al extremo: desde el shock que le provoca el primer contacto humano con una especie extraterrestre, significado por esa constante sonrisa bobalicona de la que no logra desprenderse en todo el libro o los agudos ataques de salivación que sufre, hasta la aceptación final de ser el único en su especie en aquel remoto planeta, y su decisión final de sacrificarse y permanecer en él como conejillo de indias hasta el fin de sus días.
Pensad en Lesbos es una obra que nos identifica con esa lesbiana que todos llevamos dentro; una novela que, creando un nuevo subgénero –el pornopulp-, cambiará definitivamente la fisonomía del género. Como único punto negativo, cabe destacar que los cuantiosos ingresos obtenidos por la escritora la apartarán definitivamente de su anterior actividad, en la que compartía, junto con Alba del Monte y Sophie Evans, el cetro de mejor actriz porno española. De hecho, como protesta contra las innobles acciones de Graham Purves, reciente ganador del premio Lupus, Boreal ya está preparando la segunda parte, que, en palabras de la propia escritora maña, “será bastante más hard que la primera; yo diría que incluso escatológica”. Su mañanero título: Pensad en Flemas.


Reseña publicada originalmente en Bibliópolis, crítica en la Red.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

La máscara

El año pasado decidí felicitarles la Navidad con un cuento de cosecha propia, un cuento inapropiado para la fecha, todo hay que decirlo. Confieso que la experiencia me gustó, así que he decidido repetir la jugada. Aquí les dejo este regalo, con mi deseo más sincero de que el resto del año que se aproxima sea tan feliz como, con toda seguridad, lo va a ser esta Nochebuena.
Felices lecturas.




La máscara


Cristina jamás se preguntó por qué Ramón la había elegido a ella. Simplemente dio las gracias al cielo y aceptó el regalo en forma de amor que éste le entregaba. Siempre había creído en la bondad humana y en los valores positivos que podían encontrarse en las personas. Su fe fue puesta a prueba tras el accidente que le desfiguró el rostro, pero si bien pasó un periodo de profunda desesperación, su visión positiva de la vida acabó imponiéndose al rencor y el pesimismo en los que habría incurrido cualquier persona con un talante menos optimista. Tras el incendio, las quemaduras en su piel le dejaron la cara totalmente desfigurada. Cuando el tiempo y los tratamientos hospitalarios lograron asentar sus nuevas facciones y pudo por fin quitarse el vendaje, la imagen reflejada en el espejo no presentaba más relieves que un desierto. Le pareció una máscara de látex en color crema; basta, mal hecha, salpicada allí donde debía aparecer la sombra de un músculo por unos desagradables verdugones rojizos. Decidió ocultarse siempre bajo una holgada capucha, escondiendo la fealdad de su rostro a los demás, y se dispuso a pasar en soledad el resto de sus días. Le llevó varios meses adaptarse a la que había de ser su nueva vida sin salir de casa, enganchada a la televisión hasta caer dormida.
Una noche cualquiera, sin causa aparente, sucumbió a la ira que, sin saberlo, había ido acumulando interiormente. Cansada de su soledad presente y futura, se preguntó por qué le había tocado a ella y qué sería de su vida a partir de aquel momento. Se preguntó si tendría vida. En un acceso de rabia incontrolada decidió romper todo y con todo. Tumbó armarios, destrozó mesas e hizo estallar en mil pedazos todos los objetos pequeños que fue encontrando en su vengativa carrera por el piso. Finalmente, exhausta, antes de que la policía atendiera el reclamo de los vecinos, intentó llorar sin lacrimales ante las fotos del pasado, instituidas ahora en denuncia y recordatorio de su irrecuperable normalidad. Quemó todas. Y no fue por ira, ahora ya calmada, sino como símbolo del nacimiento de una nueva Cristina. Borrón (así veía su rostro ahora) y cuenta nueva.
Quiso la casualidad que fuera al día siguiente cuando conoció a Ramón. Este, sin más, llamó a su puerta. Ella, con los rescoldos del huracán desatado la noche anterior aún vivos, abrió sin cubrirse la cara. Se quedó mirando a aquel hombre y a su enorme bigote desafiante, esperando una reacción que en los últimos meses había aprendido a odiar, pero se llevó una sorpresa. No solo no captó la habitual mezcla de repugnancia y lástima en su mirada, sino que hubo de esforzarse por seguir una conversación que el hombre había iniciado como si tal cosa. Cuando se quiso dar cuenta, aquel vendedor estaba sentado con ella en el sofá, enseñándole un catálogo de vajillas. Se convirtió en su mejor cliente, entablaron una amistad que se elevó a algo más, y un día, de forma inesperada, él intentó un acercamiento más íntimo. Acabaron viviendo juntos.
Ramón no guardaba ningún secreto. Era un tipo normal; como hombre no suponía ningún misterio. Cuando Cristina le abordó una noche para hablar de su desfiguramiento y de cuánto le extrañaba que a él no pareciera importarle, él respondió con naturalidad, argumentando que le gustaba la forma de ser de ella, que aunque se consideraba una persona exigente con la belleza, no le desagradaba el estado de su rostro. A ella le pareció tan convincente que no tuvo más remedio que creerle. La honestidad era la mayor cualidad de Ramón, un hombre sincero hasta la inconveniencia. Lo cierto es que, de haberle sospechado falso, tampoco habría cambiado nada. Se sentía sola y necesitaba a alguien. El cielo o el destino se lo enviaban, así que calló y aceptó el regalo.
Compartieron amor y cama durante más de cuatro años, felices hasta donde la vida lo permitía. A él lo ascendieron. Era una persona metódica y persistente en su trabajo, y amable y educada en su vida privada. Se empleaba con la misma dedicación en ambos entornos, y Cristina descubrió pronto que se regía por una disciplina personal sencilla pero muy exigente. Su instinto era su brújula. Si creía en algo, se lanzaba en esa dirección, y nada podía hacerle abandonar el camino. Eso lo convertía en un triunfador y en una persona recta, o como le gustaba pensar a Cristina, bondadosa. Esa determinación tenía también su lado malo. Ramón a veces se obcecaba con algo, y entonces no había manera de hacerle rectificar. A pesar de que ella quiso comprar un televisor nuevo para disfrutar de la alta definición, tuvo que conformarse con el antiguo, pues él pensaba que no había que tirar las cosas mientras siguieran funcionando. Aunque pasó a ganar mucho más dinero, siguió con su coche utilitario por la misma causa. Él decía que no era racanería, sino puro sentido común.
A Cristina estas actitudes le parecían anecdóticas, pues en realidad eran muy felices. La normalidad con la que la trataba había conseguido negar la imagen que todas las mañanas le devolvía el espejo, y eso superaba con creces lo que para ella no era mas que un pequeño defecto de carácter. Ramón era testarudo, pero también la mejor persona del mundo y el amor de su vida. Ni siquiera tenían peleas como el resto de parejas. Al contrario, era un hombre detallista que no olvidaba hacerle regalos en las fechas señaladas, que se desvivía por que ella estuviera cómoda y que la trataba con una gran ternura en la intimidad. A veces inspeccionaba su rostro mientras le decía que cartografiaba una región hermosa, o la miraba a los ojos durante varios minutos, y entonces ella no veía en los suyos mas que cariño y devoción. No había duda de que ambos eran felices, y con esa certeza habían vivido esos cuatro años, sin querer cambiar nada por no estropearlo.
Un día de septiembre, Cristina recibió un paquete por mensajería. Lo enviaba su antigua oficina de trabajo. Se habían trasladado de edificio, y entre los enseres almacenados habían encontrado sus pertenencias. El accidente y sus secuelas habían cortado su vida en dos, de modo que ni siquiera había podido despedirse de su yo anterior y sus circunstancias. Jamás volvió por la oficina, ni quiso recibir a nadie, no quería que sus compañeros la vieran así. Sus cosas acabaron olvidadas en el almacén de la empresa. Ahora, el traslado había obligado a limpiarlo, y alguien enviaba aquella caja a su dirección.
Cristina pasó la tarde repasando carpetas y viejos documentos, recordando su labor de archivadora, y también viendo las fotos que la empresa había hecho en el viaje que realizaron a Lisboa. Tras la quema de aquella noche de ira, creía que ya no quedaba prueba alguna de su rostro, pero se equivocaba. Su imagen la asaltó desde el papel y le trajo recuerdos del pasado. Se dio cuenta en ese instante de que, por mucho que Ramón hubiera hecho por ella, la herida seguiría ahí toda la vida. Jamás podría mirar su rostro quemado desde la normalidad. Tocó su imagen con las yemas de los dedos, imaginando que podía sentirla, maldijo su incapacidad de llorar y a Dios, y luego, arrepentida, selló la caja con cinta aislante y la escondió en el fondo de su armario. Esa no era ella; ella era esta, una mujer nueva, la Cristina de Ramón.
El otoño vino frío, pero ellos hicieron lo posible por ignorarlo. Ramón llegaba tarde del trabajo, pasadas las nueve. Tras una cena caliente se apretaban en el sofá, bajo una gruesa manta, viendo películas en blanco y negro hasta pasadas las doce, y luego se acostaban. Habían ido aprendiendo a compartir cada vez más cosas, y eran casi como un ente único. Ramón era un hombre más cariñoso que apasionado, pero Cristina le guardaba tanta devoción que incluso eso le parecía una virtud. En su mente, eran Adán y Eva en el edén, no podía ser más feliz. Hasta que, un día como otro cualquiera, ocurrió algo.
Un fin de semana, a las puertas de la Navidad, Ramón comenzó a mostrarse taciturno, casi huraño. Se le veía desganado, e incluso evasivo. Era una actitud poco normal en él, así que Cristina se alarmó enseguida. En todos esos años, ni las pequeñas mezquindades del trabajo habían logrado hacerle mella. Al principio intentó sonsacarle el problema con cuidado, cariñosamente, pero lejos de lograr una explicación, aquello fue empeorándole el genio día a día. Finalmente, la tarde de Nochebuena, cuando ella estaba preparando la cena y rogando para que aquella noche se llevara esa pequeña crisis, todo estalló.
- Cristina, por favor, ¿puedes venir al salón?
Se asustó nada más verle. Ramón estaba sentado a la mesa, con una mano sobre la cabeza y los ojos húmedos. Le rogó que se sentara.
- Hace unos días... encontré esto en tu armario. Fue sin querer, no quería rebuscar en tus cosas, sólo buscaba un contrato antiguo.
Su mano aferraba un lote de fotografías, tan fuerte que tenía los dedos blancos. Cristina identificó inmediatamente las imágenes de Lisboa.
- Son fotos mías, del trabajo; me las enviaron hace unos meses ¿Te has enfadado por no enseñártelas?
- No, no es eso.
- Yo... no quería que me vieras, no quería que compararas, que tuvieras una imagen sobre la que evaluar los daños, el destrozo...
Ramón levantó la cabeza y la miró a los ojos.
- No lo entiendes. Te lo he dicho mil veces y no lo has creído. No me importa el aspecto de tus heridas. Gracias a ellas sólo te veía a ti. ¡A ti! Pero ahora... -Se levantó de la silla dejando las fotografías desperdigadas sobre la mesa-. Verás, la belleza, el atractivo físico, son cosas subjetivas, pero muy ligadas a las personas. Valoramos a alguien primero por lo que vemos, su cara, y aunque luego profundicemos y conozcamos a esa persona, siempre estará asociada al escaparate que es su rostro. Primero va la imagen y luego el resto. En ventas conocemos muy bien este principio.
- Lo entiendo, pero no veo...
- Déjame, por favor. Hay gente que te atrae y gente que no, personas feas pero atractivas y personas bellas pero con un halo negativo. La atracción es un asunto tan complejo y delicado... El caso es que he visto tus fotos, te he conocido tal como eres por fin. En esas fotos sale una mujer llamada Cristina, y su rostro, la mujer que representa, no me atraen lo más mínimo. Si te soy sincero, incluso me desagrada.
Ramón detuvo su discurso esperando contestación, pero Cristina no lograba articular palabra, así que decidió finalizar aquello.
- Mira, las cosas son así. Hemos vivido unos años buenos, pero yo no te conocía, no sabía cómo eras. Lo cierto es que veo estas imágenes tuyas y tengo la certeza de que jamás me habría acercado a ti de no haberte accidentado. Lo siento, no me gustas.
Pasó a su lado y se dirigió al dormitorio, donde tenía la maleta que había estado preparando mientras ella cocinaba. Abrió la puerta y se despidió.
- Lo siento, de verdad. Enviaré a alguien a por las demás cosas. Adiós.
Un humo espeso comenzó a salir del horno y a invadir toda la casa, pero Cristina, plantada en medio del salón como una estatua, ni siquiera se apercibió de ello. Su rostro carecía de expresión, como si fuera una máscara.




miércoles, 12 de noviembre de 2014

Poul Anderson. La patrulla del tiempo

He concluido recientemente la lectura de Mañana todavía, una antología de cuentos de ciencia ficción escritos por autores españoles que toca varios subgéneros, principalmente el postapocalíptico y la distopía. Estoy escribiendo una crítica que con el tiempo acabarán leyendo aquí, así que me van a perdonar que evite ahora reseñarla. Sólo les adelantaré que el nivel de calidad del volumen es medio, y que hay un par de textos que sobresalen; uno de ellos es, precisamente, el más extenso. La novela corta de Javier Negrete titulada Los centinelas del tiempo es, sin duda, lo mejor que se puede encontrar en la antología. Se trata de una distopía que coloca lo políticamente correcto en el centro de un régimen totalitario. Negrete aúna en su relato crítica, humor, nostalgia y amenidad con un resultado excelente.
El caso es que leyendo este cuento he recordado una reseña que escribí hace tiempo. Tanto el título como la maravillosa digresión final tienen su origen en La patrulla del tiempo, una serie de relatos escrita por Poul Anderson. En ella, una fuerza de agentes temporales tenían como misión salvaguardar la historia de las desviaciones a las que los criminales querían someterla. Que mi cabeza se haya ido a la reseña y no al libro de Anderson se debe, por una parte, a que no guardo un buen recuerdo de él, y por otra, al contraste que se presenta entre mi valoración y la de Negrete. Por lo que el cuento tiene de homenaje y por la cita que lo abre, parece evidente que el escritor madrileño, incondicional del género histórico y de la ciencia ficción, adora los relatos contenidos en La patrulla del tiempo. Digamos que es lo normal, pues se trata de una obra con gran predicamento dentro del género. De hecho, recuerdo que en su día recibí un buen rapapolvo por parte de uno de sus grandes defensores, un estimado articulista que incluso llegó a dedicarme una contrarreseña.
No he vuelto a estos cuentos, ni creo que lo haga jamás. Puede que los cogiera en un mal momento (a veces pasa), pero, aunque no lo recuerdo bien, me creo a mí mismo cuando releo el texto que tienen ustedes a continuación. Me temo que esta obra va a seguir formando parte de mi rincón de clásicos menospreciados, pero no me da vergüenza; seguro que muchos de ustedes también tienen unos cuantos.





La estadística, tan indistinguible últimamente de la leyenda urbana, asegura que el lector medio de ciencia ficción, cuando ha de confesar sus preferencias, se declara más afín al cuento que a la novela. Este hecho, que juega a favor de quienes defienden el género como "literatura de ideas", choca sin embargo en nuestro país con una llamativa contradicción: las editoriales importantes de cf se niegan a publicar recopilaciones de cuentos aduciendo que el fantasma de la baja venta suele acompañarlas. Quizás sea ese miedo lo que ha empujado a Ediciones B a presentar con un cuerpo unitario esta colección de cuentos y novelas cortas de Poul Anderson.
La patrulla del tiempo recoge la segunda versión de Los guardianes del tiempo (Orbis, 1985), que contenía cinco cuentos en total, sumándole cuatro novelas cortas escritas en décadas posteriores e inéditas en España. Como suele suceder en estos casos de alargamiento de series, la calidad de estas últimas es notoriamente inferior a los cuentos precedentes, debido sobre todo a su longitud. Lo que en los breves relatos originales no es mas que una amena y divertida visita a sucesos improbables del pasado, se convierte, debido al exceso de páginas de las nuevas incorporaciones, en una infumable novela histórica de poco interés, cuya única intención no parece otra que la del lucimiento del autor en sus conocimientos de distintas épocas, sobre todo del mundo antiguo.
Este libro parece una serie de televisión llevada al medio escrito, y cuenta con todos los lugares comunes que se pueden ver en el medio televisivo. Tiene al atractivo e incansable protagonista de turno, Manse Everard, enfrentado a su correspondiente enemigo jurado; adolece de un señalado maniqueísmo, como mandan los cánones; presenta sofisticadas armas al servicio de los dos bandos; desarrolla un misterio siempre pendiente que nunca se llega a aclarar, personificado en los enigmáticos danelianos y, por supuesto, está trufado de acción, sexo y atractivos escenarios. En realidad, La patrulla del tiempo no contiene nueve relatos, sino nueve capítulos televisivos, episodio piloto incluido. Al igual que en la tele, uno los sigue con atención hasta que se da cuenta de que hay truco, de que cuentan siempre lo mismo según un invariable esquema, lo que suele provocar un cierto cansancio y ganas de cambiar de canal. La falta de un nudo general que empuje la trama, como lo era por ejemplo el del destino de los inmortales en La nave de un millón de años (obra del mismo autor y que, a pesar del insulso final, mejora a ésta), le resta interés al producto.
La constatación, tras la lectura de los primeros cuentos, de la escasa enjundia de este libro ayuda al relajamiento de exigencias, lo que facilita una postura indulgente del lector hacia las numerosas incongruencias temporales que contiene. La primera de ellas, la existencia misma de la patrulla, creada un millón de años en el futuro para combatir los posibles cambios temporales perpetrados por los malhechores que han ido surgiendo tras la creación del viaje temporal, muy anterior (atención al detalle) a la existencia misma de "Charlie" (los danelianos) y sus "ángeles" (los patrulleros).
El completismo que tanto le gusta al director de la colección Nova y que fue de agradecer en otros casos (Los señores de la instrumentalidad, Proteo) le juega aquí una mala pasada. No es lo mismo leer esos viajes al Plioceno, la Roma imperial, Persia o la América colombina de vez en cuando, dejando pasar un tiempo para eludir el empacho, que zampárselos de un tirón sabiendo que no hay nada que descubrir, que todo seguirá siempre el mismo esquema prefijado. Uno no se sienta a ver nueve capítulos seguidos de una serie carente de continuidad, porque la repetición y la falta de avance general acaban aburriendo.
Una presentación impecable, muy buenas intenciones y una traducción oscurecida por el reiterado error de concordancia en el uso compuesto del verbo haber (habitual en las traducciones de Pedro Jorge Romero) para un compendio de relatos presentados como un ente unitario, y que, debido precisamente a su enfoque completista, acaba defraudando como producto global por los añadidos realizados a Los guardianes del tiempo.


El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la Red.



martes, 4 de noviembre de 2014

Criminal Blurbs


En esta ocasión, lo destacable no está en la frase promocional, sino en el juego de ambigüedades que provocan la disposición de las frases, el signo ortográfico elidido (la famosa importancia de la coma) y el uso de la cita en lugar de un texto sin comillas. A quien no conozca aún a Mark Z. Danielewski y su monumental obra La casa de hojas le resultará imposible saber si la alabanza colocada a continuación de ese título se refiere al libro que tiene en las manos o a la obra previamente citada. Como suele ocurrir con estas estrategias, la posible interpretación errónea del cliente juega a favor de la venta del libro. Por si hubiera dudas, aclaro que la frase elogiosa está dedicada a la anterior novela de Danielewski, no a esta. He aquí el blurb completo:

La novela de terror más aplaudida de lo que va de siglo XXI. Un texto desconcertante apoyado tanto en las palabras como en el delirio de su maqueta, que llega a España tras 14 años de éxito internacional.
TOM C. AVENDAÑO, ICON - El País

Pueden pensar que en esta ocasión me paso de suspicaz, que mi desconfianza hacia el marketing me conduce hacia la exageración, pero lo cierto es que no costaba nada hacerlo de forma inequívoca, y sin embargo se ha hecho de este modo. Por otra parte, a quienes consideren que exagero, ¿no les parece extraño alabar una obra mediante el halago a otra, aunque sea del mismo autor? ¿No encontraron, acaso, blurbs que ensalcen esta?


viernes, 31 de octubre de 2014

Brian Aldiss. Drácula desencadenado

Era evidente que aunque la fiesta de Halloween triunfara en España, su éxito no iba a dejar de ofender a ciertas personas. Cuando se acerca esta fecha, las redes sociales se llenan de cartelitos y comentarios chistosos que denuncian, en clave de solfa, la imposición de una cosa extranjera en nuestro país. A muchos de los responsables, sin embargo, no les importa estar escribiendo sus pullas con una hamburguesa del McDonald's o una pizza de franquicia en la otra mano, porque, bueno, aquí nos llevamos muy bien con nuestras contradicciones. A algunos les da igual que les demuestren con argumentos lo equivocados que están (en realidad, Halloween procede del Samhain celta, algo más nuestro que la celebración cristiana), ya que lo de rectificar no se inventó para ellos.
Los lectores de este blog saben que yo, por motivos nostálgicos y literarios, soy más partidario de celebrar la Noche de Todos los Santos que Halloween, que me motivan más la Santa Compaña y el miserere que Jack O'Lantern. Es un motivo conceptual, estético..., llámenlo como quieran. Sin embargo, jamás me leerán aducir razones nacionalistas, tribales o, en suma, identitarias. Puede sonarles extremista, pero yo creo que las tradiciones están hechas para romperlas. El caso de Halloween es la demostración palmaria. De repente, una noche que era de recogimiento y caras solemnes, en espera de visitar durante el día siguiente a los difuntos, se convierte en una fiesta en la que los niños pierden el miedo a los monstruos arrebatándoles la apariencia, y se lo pasan de muerte con sus amigos, y algunos hasta peregrinan por el vecindario en busca de chucherías y risas.
Risas frente a duelo. El respeto al pasado, por mucho que pueda pesar, no es rival ante las risas de los críos. Hoy, a lo largo del día, el whatsapp de mi teléfono móvil me ha estado mostrando fotos de niños terroríficos, felices, y he oído durante gran parte de la tarde la algarabía de los chiquillos. Nada que ofrezca una vieja tradición podrá igualar eso. Tampoco es necesario, pues ambas formas de celebración no son excluyentes, pueden convivir sin conflictos, como los disfraces y este texto. A continuación, por hacer honor a la fecha, les dejo la reseña de un libro de ciencia ficción terrorífica. No da mucho miedo, pero entretiene.




En 1973, Brian Aldiss escribió Frankenstein desencadenado, una novela que nació a la vez como homenaje y reivindicación del clásico Frankenstein o el moderno Prometeo. El escritor británico pretendía dirigir el foco sobre la obra de Mary Shelley, negándole en parte la consideración de novela gótica para situarla en el género de ciencia ficción, otorgando así a la escritora la maternidad del género. Años más tarde, en 1991, Aldiss decidió repetir la experiencia y volvió a emparejar al protagonista de aquella novela, Joe Bodenland, con el otro monstruo más famoso de la literatura universal, el conde Drácula, y este fue el resultado.
Drácula desencadenado es una novela escrita a la antigua usanza -tanto en intenciones como en número de páginas- que en ningún momento llega a tomarse en serio a sí misma. Sin falsas pretensiones, con la única intención de homenajear la mítica obra de Bram Stoker, Aldiss somete a sus protagonistas a una acción ininterrumpida en la que la ciencia ficción y el terror suman fuerzas con el único objetivo de lograr el entretenimiento del lector. Bodenland y el mismísimo Stoker han de viajar por el tiempo para combatir al sanguinario conde y a toda su hueste de vampiros sedientos de sangre, recorriendo la época victoriana, el lejano siglo XXV y el aún más lejano periodo Cretácico.
Quizá lo más atractivo de este libro se encuentre en la caracterización del escritor irlandés, que se nos muestra como un libertino entregado a los placeres más terrenales, y en la descripción de su época originaria, de la que se da una corta pero atractiva imagen. El resto de personajes, pura decoración, aceptan sin muestra de sorpresa los increibles acontecimientos y descubrimientos que se van produciendo a lo largo de la narración. El alcohólico hijo, la devota (en el sentido más terrible de la palabra) esposa de éste, la propia mujer de Stoker o el sufrido amigo bien podrían no haber aparecido: la novela no se resentiría un ápice.
Los vampiros, con su señor a la cabeza, responden a la particular versión de Aldiss sobre el mito. Sin halo sobrenatural, su origen se cuenta entre las versiones menos sofisticadas que de ellos se hayan dado. El británico explica su existencia desde el punto de vista científico, proponiendolos como parte del juego de la evolución. Auténticos monstruos, el escritor  no sólo les arrebata su misterio, sino que además los convierte en unos seres estériles y sin inteligencia real. Podría asegurarse que quizás sea esta la primera vez en la que el miedo a convertirse en vampiro esté justificado.
El final, acorde con el resto de la narración, es un compendio de incongruencias temporales al uso, sin pies ni cabeza, que subrayan el carácter lúdico de la novela. La honestidad de esta obra en cuanto a objetivos no ayuda sin embargo a sumar puntos, pues son pocas las virtudes con las que cuenta. Quizás la procacidad imaginativa de Aldiss, presente en todas sus novelas. Ciencia ficción, pues, de otros tiempos. En cuanto a simpleza, que no a calidad.


La versión original de esta reseña apareció en la web Bibliópolis, crítica en la Red.