miércoles, 19 de mayo de 2010

Robert J. Sawyer. Factor de humanidad

Como muchos de ustedes ya sabrán, Flash Forward, la serie de televisión basada en el libro de Robert J. Sawyer titulado Recuerdos del futuro, ha sido cancelada en su primera temporada. Y la noticia me ha venido al pelo. Tenía yo aún, pendientes de subir al blog, algunas reseñas antiguas de distintas novelas suyas, así que me ha parecido que esta era una buena ocasión para airear alguna de ellas. La decisión de cuál iba a ser la agraciada la ha resuelto un artículo de Julián Díez titulado "Los auténticos derechistas de la cf", subido recientemente a Prospectiva y motivo de un largo hilo de comentarios.
Creo que, a veces, más que la totalidad de la novela son los detalles, algunas pequeñas tramas y situaciones, las que dejan en evidencia la auténtica ideología del escritor. Cuando recuerdo Factor de humanidad, por ejemplo, no es la ficción científica la que acude a mi memoria, sino la propuesta sonrojante por parte de Sawyer de una ocurrencia que podríamos equiparar a la infausta Ley Corcuera, aquella famosa propuesta de "patada en la puerta" con la que el denostado Ministro del Interior se retrató a sí mismo y a parte de su partido (sí, lo de la derechización de la presunta izquierda no es una cosa exclusiva del momento actual. De hecho, forma parte de una larga tradición).
En provecho de algunas ciudades y los afluentes que las riegan, aquí tienen la reseña.


A menudo, las cosas no son lo que parecen. La portada de esta novela, por ejemplo, asegura que en su interior se encuentra el heredero directo de Michael Crichton; la contraportada exhibe un breve texto promocional que bien podría pasar por la sinopsis de la ya archifamosa Contact, de Carl Sagan; la ilustración de cubierta, en un inusitado guiño (de dudoso gusto) al lector, muestra la imagen de una niña que tiene pájaros en la cabeza. En las páginas del libro, en realidad, sólo se encuentran lejanas referencias a todo lo que estas pistas anuncian.
Factor de humanidad, novela cuya principal virtud reside en un estilo narrativo fácil y de agradable lectura, es más deudora de los culebrones televisivos que de los referentes antes mencionados. Estamos, en teoría, ante una novela de primer contacto que aborda el sobado tema del mensaje espacial y su laboriosa decodificación, y que incluye en su argumento el consabido aparato maravilloso de origen alienígena. En un plano Factor de humanidad, de Robert J. Sawyersecundario, una familia con problemas aporta ese toque de humanidad tan al uso en el género hoy en día. Las dos líneas argumentales confluyen en un final que anticipa un nuevo y decisivo paso para toda la raza humana. Todo lo anterior, repito, dentro de un análisis teórico, porque la realidad es otra muy distinta.
Esta novela, en puridad, no es otra cosa que un empalagoso melodrama en el que una madre lucha denodadamente para conocer la verdad sobre un asunto escabroso: los abusos a los que su marido presuntamente sometió a sus hijas cuando éstas aún eran pequeñas. A eso de las cien páginas, más o menos, aparece la trama secundaria, un mensaje extraterrestre, que resultará providencial para desentrañar el importante misterio familiar, y de paso, salvar al mundo de la iniquidad. La intensidad del drama familiar, más propio de un telefilme de sobremesa que de un libro de ciencia ficción, prepondera y hace que todo el contenido genérico se arrincone en una sola idea. El concepto de la supermente colectiva y su posible papel en un primer contacto es realmente interesante, pero, debido a su papel de segundón en la historia, no supone más que un mero artificio a través del cual llegar al auténtico objetivo del escritor, que no es otro que demostrar que la familia unida jamás será vencida.
Lo peor de todo es que, además, Sawyer hace apología de la violación total de la intimidad como medio válido para descubrir la verdad, dando por sentado, de manera muy inocente, que a la víctima tal abuso no le importará, que no lo tendrá en cuenta si eso le exculpa de toda acusación. Sawyer expone, con total naturalidad, los beneficios de entrar en la mente de cualquier persona si ésta es sospechosa de haber cometido algún crimen. Una premisa más propia de famosos ex-ministros de nuestro país que de un autor de ciencia ficción cuyo apellido no sea Heinlein. Las dos líneas argumentales, salpimentadas con breves referencias a la cuarta dimensión, la enésima amenaza de seres mecánicos, Carl Gustav Jung y divertidos chascarrillos sobre Star Trek conforman este cuento alargado al que, a pesar de sus escasas trescientas cincuenta páginas, acaban sobrando más de cien, por carentes de contenido, que no por aburridas.
Se demuestra, una vez más, que no todas las novelas de fácil lectura tienen por qué ser buenas novelas. Factor de humanidad es un producto para entretenerse unas horas (si es que las más de trescientas (300) erratas que contiene la edición de La Factoría de Ideas no molestan a quien lo consuma) y olvidarlo en menos tiempo todavía. Aunque existe otra opción, la de tomárselo todo a broma, como ha hecho el responsable de otorgar a este libro la ilustración que decora su cubierta.


Reseña original publicada anteriormente en Bibliópolis, crítica en la red

martes, 18 de mayo de 2010

William Gibson. País de espías

En esta página de Prospectiva, el portal dedicado a la ciencia ficción, pueden encontrar el último texto escrito por mi más afamado álter ego. Se trata de una modesta crítica de Fin, la magnífica novela de David Monteagudo. Como celebración de un hecho tan relevante, les ofrezco a continuación otro texto que el ínclito reseñador aportó anteriormente a Prospectiva.


William Gibson ha pasado en pocos años de predecir con acierto nuestro futuro a anticipar nuestro presente. No ha sido un cambio muy brusco, pues en su visionaria prosa ambos presentan un rostro semejante. El norteamericano es el mejor descriptor actual de las nuevas inquietudes culturales nacidas de la revolución informática, un lector certero del espíritu de estos tiempos impredecibles a los que Internet, la versión primigenia de su ciberespacio, nos ha conducido. En realidad, su narrativa sigue enfocada al futuro cercano, en la actualidad indistinguible del presente, de modo que su escritura parece adquirir en ocasiones apariencia de cálculo diferencial.
Gibson está “al loro”, sabe lo que se cuece, sabe cómo extraerle usos imaginativos a nuestra cotidianeidad y a sus nuevas tecnologías. Si en su día fue capaz de prever el futuro de la Red, antes incluso de que ésta existiera, ahora, de forma más modesta, sigue imaginando usos nuevos pero posibles de la tecnología aplicada al arte. Y es en esa dirección en la que ha volcado sus esfuerzos creativos en esta última trilogía, formato usual en su narrativa, dedicada al tiempo presente. El “metraje” de Mundo espejo y el “arte locativo” que aparece en País de espías son conceptos artísticos realizables con las actuales tecnologías. Sus usos también. Gibson, además, sabe aplicar su original mirada a otros niveles, remodelando, por ejemplo, los géneros literarios que visita. Si en sus anteriores tercetos, las trilogías del Ensanche y del Puente, supo dar un carácter prospectivo al noir, en esta ocasión aplica el mismo principio al thriller de espías. Su visión acertada y anticipativa sustituye el núcleo que alimentó a ese género en las pasadas décadas de los 80 y 90, el fantasma de la vieja Unión Soviética y sus corrompidos restos, por elPaís de espías, de William Gibson nuevo orden mundial abierto tras el 11-S. En la anterior novela ya lo apuntaba, pero es en ésta donde se hace patente la reinvención de lugares comunes recientes, como por ejemplo la figura del viejo espía jubilado.
Los caducos y a priori inservibles ex-agentes del KGB que trufaban, bajo una perspectiva crepuscular, las novelas de la pasada década son relevados aquí por agentes jubilados comprometidos con el mundo post 11-S, con la guerra antiterrorista y sus secuelas, con el nuevo e inestable mapa político y económico del nuevo siglo. No extraña la consideración que se ha dado a esta novela como precursora del post-post 11-S, puesto que apunta directamente hacia la situación creada por la actitud neoconservadora de la administración Bush ante el terrible atentado terrorista. Mucho de lo que pasa en la trama, la cuestión de fondo incluso, está relacionado directamente con el desmadre del capitalismo usurero y corrupto destapado por la reciente crisis financiera mundial, un efecto no colateral, sino directo, del antiterrorismo.
En esta novela el talento visionario de Gibson sigue brillando en todo su esplendor. El literario, sin embargo, parece dar muestras de cansancio. La decisión de dividir el desarrollo de la acción en tres tramas, alejadas inicialmente, pero encauzadas hacia una confluencia en los capítulos finales, no parece muy acertada. Hay una notable diferencia de velocidad, de ritmo e interés entre ellas. La historia que protagoniza Hollis Henry y su reportaje sobre el arte locativo es, de largo, la más atrayente y la que mejores momentos gibsonianos contiene. La trama del cubano Tito y sus orishas, sobrante en varios aspectos, y la del yanqui Milgrim y su captor, en una suerte de tournée por los hoteles de América (para conocer la obsesión de Gibson con el tema échenle un vistazo a su blog), adolecen de una morosidad que perjudica en parte el ritmo de lectura. Las descripciones siguen siendo el plato fuerte de la narración, siempre bajo el registro inimitable y personal de Gibson, aunque esta vez se presentan en un estilo menos dislocado de lo habitual. Las construcciones gramaticales, más ordenadas que en sus obras canónicas de ciencia ficción, podrían provenir de una depuración estilística voluntaria o ser producto, sencillamente, de la mano de los nuevos traductores. Me temo que este humilde reseñador es al cabo incapaz de clarificarlo.
La impresión final, para quien haya leído casi toda la narrativa gibsoniana, es de cierta decepción por una novela floja, que cuenta además con un final algo tontorrón, un anti clímax que deja más sensación de episodio piloto televisivo que de novela cerrada. Nada inesperado, en todo caso, pues con Gibson siempre fue más importante el viaje que el destino final, las letras de sus textos como genial crooner de nuestro tiempo que el desenlace de sus historias. Esperemos, pues, que la próxima novela, que debe cerrar esta trilogía, sea mejor que País de espías, probablemente la peor de su currículum.



La versión original de esta reseña fue publicada en Prospectiva.

domingo, 11 de abril de 2010

Ciencia ficción

La reciente avalancha de obras de ciencia ficción provenientes de allende sus territorios, este fenómeno literario que hemos vivido durante el último lustro y al que yo suelo referirme como "la normalización del género", está despistando a muchos y provocando, en general, debates muy interesantes sobre qué es y qué no es, sobre el sí y el no, y, en definitiva, sobre la propia identidad y la idiosincrasia del género. La pasada centuria fue pródiga en definiciones, algunas ofrecidas por parte de intelectuales y estudiosos, de escritores y críticos (en el Sitio tienen algunas de ellas), pero ninguna logró obtener el Nihil obstat de los aficionados. De hecho, y no sólo en asuntos definitorios, éstos siempre han sido más dados a seguir el criterio propio que las opiniones de la crítica especializada.



Con el fin de que los lectores de este blog sepan de qué hablo cuando hablo de este género literario, ahí va mi concepto de lo que es y no es ciencia ficción:

Toda narración de carácter fantástico cuyo punto de ruptura con la realidad parte de una ficción científica, sea esta explicada o no.

- Santiago L. Moreno


sábado, 20 de febrero de 2010

Ángel González. Para que yo me llame Ángel González

Ahora que el maestro Serrat vuelve a rescatar a Miguel Hernández, cuando parece darse un regreso a la poesía, clásico retorno en tiempos marcados por la pérdida de la identidad social y de los valores culturales y morales, por la huída hacia el individualismo como método de supervivencia, recupero yo aquí, y recomiendo con vehemencia, la poesía de Ángel González. Descubrí al poeta hace un par de años, gracias al disco Sólo o en compañía de otros, del cantante Miguel Ríos, penúltimo eslabón en la reciente y creciente cadena de homenajes al escritor.
En coincidencia con la entronización de su coetáneo, Gil de Biedma, la admiración por la obra de Ángel González crece año tras año, al igual que las muestras públicas de reconocimiento.  En la wikipedia puede leerse este escueto resumen:
González colaboró con los cantautores Pedro Ávila en el disco "Acariciado mundo" (12 poemas de Ángel González, 1987) y Pedro Guerra en el libro-disco La palabra en el aire (2003) y también con el tenor Joaquín Pixán, el pianista Alejandro Zabala y el acordeonista Salvador Parada en el álbum Voz que soledad sonando (2004). En 2009 Joaquín Sabina le dedica la canción "Menos dos alas" incluida en su disco Vinagre y rosas, escrita junto a Benjamín Prado.
Me quedo con la interpretación de Miguel Ríos, quien supo mezclar con acierto la pieza que viene a continuación con "La vida en juego", composición con la que el cantautor Pedro Guerra musicalizó otra de las muchas joyas poéticas a las que el genio ovetense supo conferir emoción y carga de profundidad. Es verdaderamente difícil elegir sólo uno de entre sus muchos y memorables poemas, inigualables reclamos de emoción, plenos de una belleza profunda y honesta, pero me decanto por éste que tenéis a continuación. No sólo por ser el primero que le conocí, sino también porque la descomunal fuerza de su conclusión, de esas dos frases finales, embravecidas, indefensas, me afecta hasta desbordarme.


Para que yo me llame Ángel González


Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...


En su propia voz:






Si desean leer otras piezas de este gran poeta e indagar un poco en su vida, pueden acudir a Cervantes Virtual.

sábado, 13 de febrero de 2010

Imágenes de cf. IV


"Durmió aquella noche pegado a su padre y lo abrazó pero al despertar por la mañana su padre estaba frío y tieso. Se quedó allí sentado llorando mucho rato y luego se levantó y atravesó el bosque hasta la carretera. Cuando regresó se puso de rodillas al lado de su padre y cogió su fría mano y pronunció su nombre una y otra vez."





jueves, 11 de febrero de 2010

2012 y País de espías

El ínclito Santiago L. Moreno, tras más de un año de ausencia, ha vuelto a escribir un par de reseñas, pero ha decidido publicarlas en casa ajena. Ignoro qué habrá estado haciendo estos meses tan oscuro personaje, en qué asuntos, en qué extravagantes negocios habrá empleado su tiempo. Ciertamente, no es que me importe mucho, pero en recuerdo de la buena relación mantenida en el pasado, doy fe de esta noticia.
Ya puestos, y dado que, seguramente, pasará algún tiempo hasta que esos textos encuentren aquí hospedaje, les facilito a continuación ambos enlaces. Por si algún extraño tipo de locura se ensaña con ustedes y les obliga a leerlos.

2012, de Whitley Strieber, en Stardust.

País de espías, de William Gibson, en Prospectiva.

Ustedes mismos.

domingo, 31 de enero de 2010

Walter M. Miller Jr. Cántico por Leibowitz

Desde el famoso "principio del iceberg", ese con el que Hemingway intentaba explicar la potencia oculta de sus cuentos, hasta la (muy dolorosa para mí) confesión que hace Rodrigo Fresán en el epílogo de su magistral El fondo del cielo (la novela tenía una extensión de tres o cuatro veces la que tiene actualmente e incluía una larga descripción de los club de fans de la ciencia ficción en los años 30), hay una amplia mayoría de escritores que cumple escrupulosamente con la teoría de la omisión, esa que asegura que lo publicado ha de provenir de la destilación final de páginas y páginas que no acabarán viendo la luz. Si quieren ejemplos cercanos, hay escritores de ciencia ficción, como Rodolfo Martínez, que tienen confeccionados organigramas enteros sobre la historia del universo en el que transcurren sus space operas. El pujante escritor de terror Marc Soto reconocía hace tiempo que el salto de calidad en sus cuentos se produjo cuando comenzó a dar más importancia en ellos a la parte oculta que a la explícita. Este principio suele ser lugar común, materia conocida entre los escritores cuando comienzan a dominar el ejercicio de su profesión para encaminarlo hacia la búsqueda del arte.
Naturalmente, el mundo de la literatura es tan amplio que da lugar a excepciones. No todos los escritores cumplen con la norma, y sus textos publicados son exhaustivos, enciclopédicos. Entre ese tipo de escritores que priman la docencia, la demostración de sus amplios conocimientos al lego por encima del efecto literario, se cuenta Neal Stephenson. Anatema, su última y gargantuesca novela, es un nuevo ejemplo de ello. Su lectura exige una inmersión sin apoyos en un universo ajeno, en el que incluso el vocabulario es extraño. El lector se ve impelido a hacer un ejercicio de fe desde la primera página, a creer en el autor y en su promesa. Con Stephenson, el escritor es la estrella. Sus libros son auténticos Titanics que, tratando de revertir su pesantez en virtud, navegan ausentes por los oceanos de la narrativa, ignorando majestuosamente tanto a icebergs como a lectores.
Particularmente, no desestimo esa brutal ambición, la de recrear... no, la de crear un universo entero, al detalle, desde la imaginación, pero, desgraciadamente, no atravieso un momento personal propicio para esos esfuerzos; no estoy por la labor. Tras dos infructuosas intentonas, he acabado por acomodar a este diplodocus en cartoné en el fondo de mi librería. Y ya sé que las comparaciones son odiosas, pero no he podido evitar que me haya venido a la memoria, pura anécdota, la gran obra que sobre monjes postapocalípticos y su guardado cultural ha dado la ciencia ficción, Cántico por Leibowitz. Una obra maestra incontestable, una maravilla de aparente sencillez.
Según el conocido principio, tan sólo eso, aparente.





Que el género ha evolucionado en los últimos cuarenta años no es un hecho que se pueda poner en duda. Nuevas temáticas, nuevos estilos, y en definitiva, nuevas inquietudes, han venido a transformar la ciencia-ficción y a convertirla en lo que es hoy en día. Algunos autores como Gibson, Simmons o Egan han introducido importantes novedades en las dos últimas décadas, llegando a crear en algunos casos subgéneros -el ejemplo más notable sería el del ciberpunk- dentro del género madre. Otros incluso han intentado ir más allá, tratando de dotar a sus novelas de una calidad literaria que pudiera acercar las cotas estilísticas de la ciencia-ficción escrita a la corriente principal, el famoso mainstream.
Curiosamente, la persecución de la dignidad del género como "gran literatura" ha conseguido en la mayoría de los casos lo contrario. La excesiva pomposidad unida a las ordenanzas editoriales de nuestro tiempo, cuyo primer mandamiento es engordar las novelas para así poder cobrar más por ellas, ha provocado que la pesadez se haya apoderado de muchos de los libros publicados en la pasada década. Por eso no es extraño que uno sienta la necesidad, de vez en cuando, de oxigenarse con una buena dosis de sencillez (que no simplicidad), para lo cual la mejor opción es siempre mirar hacia atrás y sumergirse en la refrescante lectura que proporciona cualquier novela de la década de los 50.
El libro que nos ocupa es un doctorado sobre la mencionada sencillez: cómo contar algo realmente importante de manera amena, con una estructura muy sencilla y en apenas trescientas cincuenta páginas. La carencia de pretensiones de estilo hace que se lean en un suspiro los varios temas que Cántico por Leibowitz ataca, eso sí, de forma pacífica. El motor central es el eterno viaje paralelo de las dos creaciones humanas más significativas, la ciencia y la religión, antagonistas eternas, pero como nos cuenta el autor, condenadas a complementarse. Esta batalla de amor y odio es el instrumento del que se vale Miller Jr. para enseñarnos las dos caras de la moneda y presentarnos a su vez otras tramas menores que en realidad no lo son tanto. El libro, dividido en tres capítulos principales, desplaza al lector por más de mil doscientos años de historia humana. Los nombres de cada parte dan la clave de lo que nos encontraremos en su interior.
Comienza el viaje con "Fiat homo", cientos de años después de un holocausto nuclear que ha sumido al mundo en una nueva edad oscura. La ciencia, causante de todos los males, es perseguida, y sólo encuentra cobijo, curiosamente, en la Orden Albertiana de San Leibowitz, dedicada a cuidar los libros que sobrevivieron a la quema posterior a la guerra, convirtiendo el cuidado de la Memorabilia en su razón de ser. No más de cinco personajes bastan y sobran para presentarnos rotundamente cómo es el mundo superviviente. Magistralmente, se marcan las pautas de lo que será el nuevo comienzo de la Humanidad.
Transcurridos seiscientos años, abordamos la segunda parte del libro, "Fiat lux", y nos encontramos con una incipiente civilización que vuelve a despertar por el único camino que el hombre conoce: la guerra. Y gracias a la religiosa Orden de Leibowitz, curiosamente, también por la ciencia. El conflicto es evidente para los monjes que tan bien han guardado el saber durante centurias: puesto que la ciencia es la causante de la destrucción de la Humanidad, ¿deberían dejar que saliera de su refugio? Y por otra parte, ¿qué sería de ellos si todo el mundo tuviera los conocimientos cuya custodia da sentido a la existencia de la Orden?
Finalmente, seiscientos años después, en "Fiat voluntas tuas", el Hombre ha recuperado su antiguo esplendor, aunque la amenaza de la destrucción volverá a estar más presente que nunca, y la última esperanza reposará, como siempre fue, en la religiosa Orden que da nombre a la novela, aunque sea más allá de las estrellas.
La religión como soporte de la civilización. Los supersticiosos monjes de Leibowitz como guardianes de la ciencia, del monstruo exterminador que duerme en sus sótanos, cuidando el recipiente del saber humano, del enemigo, en sus entrañas. A lo largo de toda la narración pervive el conflicto moral entre los dos grandes protagonistas del progreso humano, para bien o para mal, compenetrándose y finalmente combatiendo en un maravilloso último capítulo, en el que además Miller Jr. regala la inteligencia del lector con las dudas morales de los monjes, meros guardianes que ven impotentes cómo su criatura se les escapa de las manos, y a los que no les queda otro camino que la resignación y aceptación de su papel en el destino de la raza humana. El instante más intenso aparece en esa última parte, con la eutanasia como excusa, presentándonos el verdadero dilema que separa religión y ciencia, creencia y saber.
Mención aparte merecen el personaje del judío errante, cuya vivencia de la trama corre paralela a la del lector, y los buitres, imperecedera representación del paso del tiempo, que todo lo devora. Cuando termina la novela, un ciclo más de la evolución humana ha sido expuesto a los afortunados ojos del lector. Aun así, el libro no presenta un destino cíclico cerrado, porque el final, por muchas razones, abre nuevas expectativas para el futuro. Al fin y al cabo, no somos el centro del Universo.
Más de mil años de historia, los conflictos morales humanos y, sobre todo, la inevitabilidad de la estupidez del Hombre, presente en sus genes, y por tanto imposible de extirpar, son algunos de los elementos de estudio de este Cántico por Leibowitz. Todo contado a través de la más sublime sencillez, valiéndose nada más que de una docena de personajes, efímeros pero perfectamente descritos. Sencillamente, una extraordinaria novela, premio Hugo de 1961, escrita por un auténtico conocedor del espíritu humano, a la que Nova debería haber otorgado en su tiempo una portada a su altura.




Esta reseña fue publicada anteriormente en el Sitio de Ciencia-Ficción y en Bibliópolis, crítica en la red.

Criminal Blurbs

Bajo la garra de piedra, de Theresa Crater
"Arroja luz sobre muchos personajes y momentos históricos interesantes, entre ellos los conocidos illuminati, los masones o la orden rosacruz y muchos más."

-Literary Times

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Imágenes de cf. III


"El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto."



viernes, 13 de noviembre de 2009

Reflexiones a la luz de un buen libro

Algunos de los Futurianos en 1938
Acabo de terminar la lectura de El fondo del cielo, la última novela de Rodrigo Fresán. Compleja, maravillosa, argentina. Un canto de amor a la ciencia ficción que comienza como roman à clef centralizada en la Edad de Oro y concluye como artefacto metanarrativo. Por el camino, un repaso nostálgico a las bondades del pasado del género y una atinada crítica a los defectos de su dubitativo presente interno. Este libro es, en cierto modo, una sonora bofetada para todo aquél (si aún quedara alguno) que mantenga que sólo se podrá ser un auténtico entendido si se vive o se ha hecho noche alguna vez en los dominios del aficionado, un rapapolvo para quienes crean, en su ignorancia, que las editoriales del género les deben el alma por ser ellos sus únicos clientes.
Hay vida ahí fuera, otro tipo de lectores, gente tan entendida en la historia y conceptos de la cf como lo pueda ser cualquier fandomita al uso. Fresán, de hecho, da un recital de conocimientos en las páginas de este libro, poniendo en boca de sus personajes muchas de las últimas cuestiones a debate en los foros de internet. Ballard, Lovecraft, Clarke, Dick, incluso Loriga, personajes y pedazos de la breve historia del género, trasuntados o citados directamente, campan a sus anchas por las páginas de una novela que, elaborada mediante un estilo ni fácil ni complaciente, exhibe un fondo tan profundo como el del cielo.
Cerradas sus páginas, me he lanzado raudo a buscar otras opiniones en la Red, ya saben, para confrontar pareceres y hurgar un poco en las mentes de los otros lectores. Poco hay aún, pero aquí he encontrado una apreciación que me ha conducido, por caminos diferentes a los que pretendía, hacia una reflexión al margen del libro mismo. En la web La periódica revisión dominical , dentro del párrafo que cierra la reseña, destaca esta parte del texto:

Es cierto que el escritor argentino se nutre de múltiples influencias (imposible no pensar en, por ejemplo, Roth o Bellow cuando se narra en la primera parte la historia de estos dos primos judíos, y más cuando se relata la historia de la muerte del padre de Isaac), pero (...)


Y automáticamente he pensado: se equivoca. El chaval se llama Isaac, es judio, vive en Brooklyn (no en Newark), lee ciencia ficción y va con un tal Ezra a las reuniones de los Futurianos. Así, blanco, en botella. Cierto, lo que parece sugerirse no es exactamente que los dos genios judíos se correspondan con los personajes escondidos dentro de los protagonistas, sino que en su creación quizás hayan estado ambos presentes de algún modo. Sabiendo esto, he pensado que ni aún así, que esa presunción parte de alguien al que le faltan datos, que carece del background que reclama una novela que se sumerge en reconocidos episodios históricos de la ciencia ficción. Eso es lo que he pensado en un principio y luego rectificado.
Hace tiempo que escribo críticas, reseñas, textos o como quieran ustedes llamarlos sobre libros que he ido leyendo, la mayoría de ellos, pura anécdota para el caso, de ciencia ficción. Con los años he adquirido, supongo que como todos los que las escriben, mis propias ideas sobre crítica literaria. Me sitúo muy próximo en algunos puntos a los conceptos del new criticism y, en resumen, creo que un libro se explica por sí solo, independiente a las intenciones del autor o a otros factores externos. Estos pueden ser considerados, y pueden, también, no ser considerados. Es decir, que esa interpretación que apuesta por Bellow/Roth pudiera ser tan correcta como la mía, que lo hace no sólo por Asimov, sino también por su contexto.
Fresán incluye una coda final en el libro en la cual enumera la lista de referencias sobre las que está construida la historia. En esa larga lista no están incluidos ni Roth ni Bellow. Aunque, por otra parte, nadie que haya seguido las reseñas y artículos escritos por Fresán a lo largo de los años podría negar su debilidad por ambos autores, así que nunca sabremos la influencia consciente o inconsciente que éstos hayan podido tener en la creación de los protagonistas de este libro. Porque, tal como señala J. M. Coetzee en la crítica que escribió sobre La conjura contra América, la gran ucronía escrita, precisamente, por Philip Roth:

De todas maneras, un novelista tan experimentado como Roth sabe que las historias que nos disponemos a escribir a veces comienzan a escribirse solas, después de lo cual su verdad o falsedad quedan fuera de nuestras manos y las declaraciones de intenciones de los autores no tienen ninguna relevancia. Más aún, una vez que un libro se lanza al mundo se convierte en propiedad de sus lectores, quienes, a la mínima oportunidad, alterarán su significado de acuerdo a sus propios preconceptos y deseos.


Así pues, ¿cómo quitarle la razón?
Sea como fuere, lean este libro. Si de principio les cuesta, peléenlo. Si son aficionados a la ciencia ficción no se arrepentirán.