lunes, 27 de agosto de 2007

Haruki Murakami. Kafka en la orilla

La inclusión del nombre del genial escritor checo en el título de esta novela de Haruki Murakami dista de ser casual. Su presencia responde a motivos que no sólo se encuentran en el argumento (el joven Tamura, uno de los principales protagonistas del libro, trata de huir, al igual que lo hiciera Franz Kafka durante toda su vida, del nefasto influjo paterno), sino también en la atmósfera de tono surrealista que envuelve a la narración. Sin embargo, esa sensación de irrealidad que sirviera a Kafka para enfatizar el término opuesto, es decir, la opresiva y burocrática vigencia de ciertas realidades, en Murakami cambia de signo y se convierte en un artefacto literario que ayuda al lector en su inmersión hacia un mundo onírico situado escasamente a dos palmos de la realidad. Donde Kafka creaba pesadilla, Murakami ensalza sueños. El escritor japonés ha dirigido esta novela, fascinante y atípica, hacia el subconsciente del lector, y ha logrado con ello que el misterio de su indescifrable trama perdure en la mente tal como lo hacen los sueños laberínticos, aquellos cuyo elusivo significado acaba por obsesionarnos.
La compleja arquitectura narrativa con la que Murakami intenta emparejar realidad y sueño se sustenta en dos historias individuales repletas de extraños sucesos, dos viajes personales que terminan coincidiendo al final del libro. El joven Kafka Tamura huye de la maldición edípica que su padre profetizó, mientras que Nakata, un anciano interlocutor de gatos, se ve impelido por una fuerza oculta a viajar hasta la biblioteca de Takamatsu, lugar donde ambos culminarán su singladura. El aspecto de irrealidad en la novela viene dado tanto por la extraña lógica que sigue su argumento bifronte como por la continua inclusión en la trama de pequeños episodios autónomos, raras perlas formadas por sucesos de índole fantástica, pensamientos de fuerte carga metafísica e incluso citas literarias ad hoc. Esos breves episodios constan de significado propio, pero a la vez aportan sentido al conjunto. La trama avanza con buen ritmo y se alivia apoyándose puntualmente en ellos, ofreciéndole al lector pequeñas zonas de descanso que al final tendrán una importancia capital, pues muchas de las pistas necesarias para quien intente hacer una lectura lógica de la novela están ocultas en esas breves líneas.
Los dos protagonistas principales de la historia se encuentran en lados opuestos de la vida. Es otra de las muchas alusiones al ying y el yang dentro de una historia en la que el sintoísmo à la Murakami está presente de diversas formas, por ejemplo en la ocurrente conversión de algún icono del fast-food norteamericano en kami local. Ambas tramas, la del viejo y la del joven, ejercen funciones narrativas distintas pero complementarias. El relato del adolescente Kafka Tamura cuenta con una carga moral de mayor empaque, y a su vez, el misterio y la intriga que aderezan la particular epopeya del anciano Nakata aportan más grados de interés a la historia. Murakami va aproximando ambas líneas argumentales con gran sutileza, hasta que su unión hila un entramado mágico en el que realidad y sueño se entreveran sin fisuras. Lo irreal va ganando puntos con el paso de las páginas hasta que finalmente se impone y convierte al lector en un recluso voluntario de sus dominios: ni vislumbra una intencionalidad final ni ve hacia dónde progresa el conjunto, pero no puede evitar seguir leyendo. El escritor japonés demuestra una pericia y una delicadeza tales en ese proceso de imposición de otros niveles de realidad que hace parecer procaces a otros artesanos del surrealismo literario contemporáneo.
Otra de las grandes cualidades de Murakami es la de crear personajes atractivos, diferentes, y dotarlos de una voz acorde con su extraña personalidad. Todos los que transitan por las páginas de Kafka en la orilla son, esencialmente, outsiders, personas que por diferentes motivos se han situado al margen de la sociedad. La rebeldía del joven Tamura, su incomprensión del mundo adulto, recogen en algunos tramos la influencia de J. D. Salinger, un referente reconocido por el autor, quien en tiempos tradujo al japonés al misterioso escritor norteamericano. La creación del anciano Nakata, sin embargo, parte de una originalidad absoluta y se postula como eje central de la historia, único nexo de unión entre los misterios del pasado (marcado por el desvanecimiento de un grupo de colegiales en un bosque) y los del presente. Habla con los gatos, ha perdido parte de su sombra y persigue un objetivo con el que no tiene, sin embargo, relación consciente. La crónica de su búsqueda mística junto al fiel escudero Hoshino, un joven camionero que toma el papel de la voz de la razón, ofrece una tornada version de El Quijote en clave fantástica que incluye grandes dosis de humor. Lo que en Quijano eran visiones procedentes de su locura, en Nakata son realidades.
No sólo Kafka y Nakata cobran importancia en la trama. Los personajes situados en segundo plano pugnan por arrebatarles el protagonismo. La presencia etérea de la misteriosa señora Saeki, enquistada en sus recuerdos, permite a Murakami demostrar su gran capacidad para la creación de escenas donde el amor y el sexo cobran una extraña intensidad poética, casi sobrenatural. En el polo opuesto, Ôshima representa el conocimiento y la razón. Su doble naturaleza (una vez más) y su enfermedad hemofílica se ofrecen a la interpretación metafórica. Si existe una explicación de la historia narrada en Kafka en la orilla, sin duda está escondida entre las muchas citas literarias y los pensamientos de contenido metafísico que expresa siempre en voz alta.
Finalmente, para no incurrir en un exceso laudatorio hay que señalar también que Murakami no es, traductor mediante, un virtuoso esteta. No epata como otros grandes escritores por su poderío linguístico, sino por su habilidad en el manejo de otros elementos narrativos ya mencionados, tales como la construcción de argumentos laberínticos y de estructuras arriesgadas pero sólidas, la elaboración de personajes y entornos sumamente modernos y un gran pulso para el humor. Y por su sello de identidad, aquel que se suele citar en las notas biográficas, esa mezcla entre elementos de tendencia pop, especialmente la música, y otros de porte más clásico. La aplicación de todos esos logros literarios consigue que las casi 600 páginas de Kafka en la orilla se lean como si de una novela corta se tratase. El arte que Haruki Murakami despliega en la creación de esta historia fascina de tal modo que la búsqueda de sentido deja de ser prioritaria. Como en los sueños más agradables.
Y así es en realidad, porque al concluir el libro, el lector tendra la extraña sensación de haberlo soñado.

Reseña publicada anteriormente en el nº2 de la revista de literatura fantástica Hélice.

5 comentarios:

  1. EN mi afán por explicarme lo inexplicable, trato de buscar respuestas sobre este libro en diferentes blogs.

    ¿qué es la cosa blanca que sale de Nakata? acaso es el Jonnie Walker del mundo real?

    De dónde viene la sangre de la camiseta de Kafka; es que tomó posesión del cuerpo de Nakata mientras estaba inconsciente para matar a su padre?
    Por qué no entra en "el otro mundo" el joven llamado cuervo?

    Es demasiado para mí... se impone una relectura.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo que no se puede explicar con palabras, mejor no tratar de explicarlo de ninguna forma
      (Pag 702, diálogo entre Kafka y Sada)

      Eliminar
  2. Pq buscarle un pq a todo?
    Pq todo tiene q estar bajo un razonamiento lógico.Disfrutaste del libro? de la historia?
    Murakami deja muchas puertas abiertas y cada uno las cerraremos de una manera determinada.

    ResponderEliminar
  3. Coincido con Mork! yo lo disfreté y no pude ancotnrar explicación a todo pero también me gusta hacer mi propia interpertación ;)

    ResponderEliminar
  4. Anónimo8/5/14 2:40

    Muy buena reseña, me quedo con la frase final, es un sueño que se disfruta como tal..

    ResponderEliminar