martes, 11 de abril de 2023

Breves: Heller, Monteagudo, Russo

La constelación del perro, de Peter Heller 

Un tipo sobrevive en un mundo asolado por una gripe que apenas ha dejado vivo a un puñado de habitantes. Sobrelleva la situación gracias a su perro, a un avión que guarda en el hangar y a su carácter nostálgico y abierto a la poesía. Comparte espacio con un vecino malencarado que, ducho en el manejo de las armas, le saca las castañas del fuego.
La narración fluctúa entre la acción presente del protagonista, obligado a realizar un viaje crucial, y sus apuntes personales del pasado. Ese carácter de diario aporta intimidad a la narración pero también le resta interés. Hay buena prosa, descripciones brillantes y algún momento de gran belleza. Y sin embargo, este postapocalíptico no llega a romper debido, por una parte, a la simpleza del personaje protagonista y, principalmente, a lo escaso de la peripecia que alimenta su trama. De esos libros que uno cierra diciendo "ah, pues vale".


Invasión, de David Monteagudo

En esta nueva novela fantástica David Monteagudo vuelve a demostrar que es un autor con un estilo propio, tanto en la escritura como en las ficciones que elabora. Su pericia para el suspense es tan reconocible como lo es la esencia de sus universos ficticios. En sus obras, la realidad es asaltada por algún elemento insólito, fuera de lo común, que no muestra carta de naturaleza pero complica y transforma la vida de los protagonistas.

Lo cierto es que Invasión parece un cuento alargado. De haber presentado una longitud más acorde a su contenido bien podría haber formado parte de El edificio, la antología de relatos previa a esta novela que ya contaba con narraciones de ambición similar. Sigue siendo éste un autor a seguir, interesante, y a quien, a título anecdótico, veo emparentado en su vena kafkiana con otro reconocido escritor español de género fantástico: Félix J. Palma. Invasión no es Fin, desde luego, pero es una lectura interesante en la que, por cierto, no cuesta mucho rascar para dar con el significado alegórico.


Dentro del leviatán, de Richard Paul Russo

Ciencia ficción a la vieja usanza, de la que no necesita explicar cada gadget o innovación tecnológica que sugiere, lo cual es de agradecer cuando lo que buscas es un libro que te saque del estancamiento. Atrapa de principio a fin y deja para el recuerdo un par de potentísimas imágenes, de esas que solo la cf puede imaginar. Se trata de una historia que suma subgéneros y temáticas, cf terrorífica de tintes religiosos que coloca a una nave generacional y a un misterioso artefacto extraterrestre en el centro de la trama. 
A ratos recuerda Event Horizon, a ratos Esfera y a ratos El laberinto de la Luna, aunque no acaba de decantarse por ninguna de esas referencias. La naturaleza de la amenaza no queda nada clara, como mandan los cánones. Los personajes son poco complejos pero están bien definidos, y hay alguna decisión argumental desacertada, como el intento de asesinato en la catedral, de un modo totalmente innecesario. Es este un libro muy entretenido y recomendable, que demuestra algo ya sabido, lo bien que le sienta el terror a la ciencia ficción y viceversa. 


miércoles, 29 de marzo de 2023

Pellizcos

La ciencia ficción es un género literario y por tanto debe juzgarse por criterios estrictamente literarios. Ni literatura de ideas ni nada: literatura y punto.

-César Mallorquí-

martes, 21 de marzo de 2023

Robert Hugh Benson. Señor del mundo


Como ocurre con el asunto del nacimiento de la ciencia ficción, cuando te sumerges en el estudio de las distopías dispuesto a conocer su origen acabas inmerso en una competición de reivindicaciones en la que pareciera que colocar la bandera un poco más allá otorgue puntos. Al final (o al principio, mejor dicho) te acabas topando con una obra que, como el gato de Schrödinger, podría estar y no estar dentro del subgénero dependiendo del observador. Si retrocedes más allá de las incontestables "Farenheit 451" (1953), "1984" (1949) y "Un mundo feliz" (1932) llegas a "Nosotros" (1924), que posee todas las características de una distopía y, por la influencia que tuvo sobre las siguientes, podría ser reivindicada como la primera de todas. El problema es que, si sigues camino, das con "La máquina se para" (1909), cuya amenaza es tecnológica, no política, pero de la que pocos podrían poner en duda su filiación o, más correctamente, dada la fecha en la que se publicó esa novela corta, su paternidad. El caso es que aún se puede viajar dos años más atrás, hasta 1907, y toparse con "Señor del mundo", la novela escrita por monseñor Robert Hugh Benson, que si bien cuenta con gran parte del posterior acervo distópico, coloca en su punto de mira un objetivo algo distinto, con presencia de lo social y político pero con la religión en el centro del conflicto. Este punto hace que difiera en lo principal del canon distópico, pero también que la lectura, si bien en gran parte de su recorrido aburrida, sea a ratos interesante y a ratos un desafío. Porque se trata de una obra de género fantástico en la que el lector ha de considerar, precisamente, lo fantástico no futurista, en este caso lo divino, como realista. O esa es la intención del escritor, quien, claro, no espera que la narración vaya a estar arrojando a la cara del no creyente segundas lecturas todo el rato. 
Es este un tema que siempre me ha llevado a la reflexión. Dado que la interpretación de la obra la da el receptor y sus circunstancias, ¿qué ocurre con la literatura religiosa, asunto que depende de una creencia? Si crees, te enfrentas a una obra realista, pero si eres arreligioso, tienes que tomar los eventos que se suceden en la obra como fantásticos, a no ser que adoptes un punto de vista ajeno y abordes la lectura desde una perspectiva que crees equivocada, lo cual lleva la suspensión de incredulidad a un nivel superior. Para mí, es una muestra más de la poca autoridad que tiene el autor sobre la obra y la demostración de que el sentido de ésta viene dado, como señalaba, por el lector. Pero volviendo a la novela (no quiero marearles), el caso es que resulta visionaria, se anticipa a muchas cosas que luego irían dándose a lo largo del siglo XX, a tecnologías e inquietudes sociales, algunas con un nivel de aproximación a nuestro tiempo asombroso, aunque a ratos los conflictos parezcan estar planteados a la inversa. Y es que, salvando ciertas maniobras, el mal desatado en este libro podría parecerle al irreligioso más bien algo positivo que lo contrario. 
En realidad, la novela versa sobre la desaparición del catolicismo debido al auge de un nuevo humanitarismo materialista. Para la especie humana, Dios no es necesario, y eso es lo que en la narración se sugiere terrible. El mundo, dividido en tres grandes facciones (una influencia para Orwell, sin duda), es finalmente unificado por un político carismático y presuntamente bondadoso, pero que acentúa la persecución a los católicos, los cuales se ven obligados a huir de su último emplazamiento en Roma y refugiarse en Nazaret hasta que llegue el fin. La cosa es que ese personaje, el carismático Felsenburgh, se descubrirá en realidad como el Anticristo, que no tiene rabo ni cuernos pero sí el objetivo de acabar con la Iglesia y el catolicismo. Para ello, promete a la Humanidad beneficios por y para sí mismos, sin dependencia de Dios. El final del libro es sorprendente, desarrollado en una atmósfera que haría suspirar al famoso Robert Langdon, el personaje de Dan Brown, quien sin duda se encontraría a gusto en muchos de los pasajes y estancias de esta historia. Al final, la conclusión de la novela es clara. La pérdida de espiritualidad del ser humano, el humanismo que da la espalda a Dios y a la Iglesia para mirarse a sí mismo, es prosperidad engañosa y el camino por el que el Anticristo logrará finalmente su objetivo, la aniquilación de su enemigo en la Tierra. Un progreso que no sea servil ante Dios, por mucho que haga mejorar las condiciones del ser humano, es distópico. Una conclusión de fondo opuesta a la que E. M. Forster da dos años después en su relato distópico, en el que la Humanidad, rendida a una gran máquina a la que deifica, se autocondena al abismo, debido, precisamente, a su falta de independencia de ella. 
Lo cierto es que ninguna de estas dos novelas primeras, Señor del mundo y La máquina se para, denuncian un peligro político mas que en un segundo orden. La principal amenaza es en un caso religiosa y en el otro tecnológica; una distopía acusa al ateísmo, la otra es directamente ludita. En puridad, lo cierto es que la distopía nunca ha ido de política stricto sensu, sino de quién tiene el poder y cómo afecta su uso a los ciudadanos, sea este político, tecnológico, religioso o de cualquier otra índole. Cuidado con los falsos paraísos, parece decir, vengan de quien o de lo que vengan. La tiranía camuflada no tiene por qué circunscribirse a la esfera política (aunque muchos hoy en día piensen que todo, empezando por lo personal, es político). Es innegable que Señor del mundo es una distopía, a pesar de que los valores que la falsa utopía pone en riesgo no sean la libertad y la igualdad de derechos, sino los de la religión católica e incluso su propia existencia. Principalmente, esta es la historia de cómo el Diablo engatusa a la Humanidad para acabar con la Iglesia y sus fieles, pero el caramelo envenenado que utiliza es el progreso y la autosuficiencia humanos. Es el debate mental que esto provoca, ese doblepensar necesario para navegar entre dos aguas y unificar las dos visiones de acometida del problema, que obliga a adoptar el punto de vista religioso para ver su fin como un perjuicio (algo que un ateo podría encontrar incluso perverso), lo que puede poner en duda la integración de este libro en el subgénero, pues desde el punto de vista no creyente la utopía no sería falsa, sino real. 
Pero si se sigue el juego al autor, resulta que sí hay un poder oscuro que amenaza al bien común con un falso estado de felicidad, y entonces el entorno en el que se da todo, e incluso el arma de dominación utilizada por ese poder, están integrados en el ámbito de lo político y social. De hecho, esa arma perversa es, propiamente, el desarrollo político y social. Quizás sí se trate, además, de una narración política, porque esta es una historia en la que, como en toda distopía, triunfa el mal bajo el disfraz del bien. ¿Y qué debate hay más político que ese? 


        
 

miércoles, 11 de enero de 2023

Breves: Carrasco, Bueso, Duras

Intemperie, de Jesús Carrasco 

Un niño, perseguido por un alguacil y sus hombres, huye de un pueblo y se adentra en la aridez de los campos castigados por el sol. Allí encontrará refugio en la figura de un cabrero, hombre solitario y arisco que enseñará al chaval los rudimentos de la supervivencia y que, finalmente, se acabará jugando los cuartos por él. 
Carrasco, con una prosa modélica y de vasto vocabulario, demuestra que los aridales y los campos muertos de nuestro territorio pueden ser un decorado tan válido para el tenebrismo naturalista como lo es el medio oeste americano en la pluma de Cormac McCarthy. Sin mencionar localización ni tiempo, fiándolo todo a la asunción del lector, el escritor dota de universalidad a las geografías que recorren el chico y el cabrero, que aun así se perciben cercanas, identificables. También los sucesos que se narran, pues transmiten aromas de una literatura rural de gran tradición en la novelística española. Un libro tan bello en su forma como feo en los hechos que describe.  


Cenital, de Emilio Bueso

Una novela de tesis generadora de cierta polémica, características dolorosamente escasas en la ciencia ficción española. La escritura de Bueso deja mucho que desear, pero el trasfondo, absolutamente actual, y aciertos literarios en el uso de la voz, la estructura y el manejo del tiempo se suman para llevar el mensaje alto y claro al lector. Los elementos propios del subgénero postapocalíptico (esto no es una distopía ni de lejos), así como el relato del origen de cada personaje, se cuentan entre lo mejor del libro. 
Sin contar con un gran empaque literario, tiene, sin embargo, la capacidad de interesar y de hacer llegar su mensaje. Hay tramos casi digresivos, pequeñas subtramas con gran carga emocional. El problema, a mi entender, es que el autor se coloca por encima de la novela y se le puede atisbar en todo momento, cabreado, detrás de la historia que el narrador desarrolla. De hecho, este podría ser el libro que habría escrito un indignado al llegar a casa de madrugada, tras haber sido apaleado en Sol por la policía antidisturbios en las manifestaciones post 15-M. 
La editorial Valdemar ha publicado recientemente una versión revisada en la que se incluyen tres nuevos capítulos y parte de aquello que el autor, según dice, decidió autocensurarse en la edición inicial de Salto de Página. Aunque chocante, lo cierto es que la maniobra casa con el tono narrativo del libro y, en general, de la obra de Emilio Bueso.


El amante, de Marguerite Duras

"El amante" es un libro escrito desde el recuerdo. Duras tenía 70 años cuando lo publicó y ganó el premio Goncourt. En él se narra la relación entre una quinceañera de origen francés y un joven chino adinerado, diez años mayor que ella, en una ciudad próxima al Mekong. Novela semiautobiográfica e introspectiva, tan breve en longitud como en peripecia, sobresale por su intensidad emocional, a veces contenida, a veces desbordada, y por sus distintos órdenes de belleza, interior y exterior. El primer párrafo del libro pone al lector sobre aviso: "(...) la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado".

La narradora rememora un episodio de adolescencia desde la intimidad, pero también desde el alejamiento, refiriéndose a la protagonista en primera y tercera persona, reconociendo desde su madurez lo que al personaje, ella misma, se le escapa debido a su juventud. La importancia de la madre, de los hermanos y de los parajes asiáticos se muestra con una exactitud que contrasta con la forma elusiva de concretar los sentimientos de la adolescente por su amante chino. La escritora refleja las falsas seguridades en el pensamiento de la protagonista, la imposibilidad de reconocer los sentimientos propios tras sus vivencias. Es fácil, por la sensación de autoridad que da la madurez, otorgar más confianza a la narradora postrera, pero dada la conocida falsedad de la memoria, la pátina de dulzura que confiere a los recuerdos, esto se me antoja, también, problemático.

sábado, 7 de enero de 2023

Criminal Blurbs



"En esta antología abundan los relatos, pero también hay lugar para fragmentos, remixes, sketches y novelas condensadas... Genealogías emergentes, hibridaciones instantáneas, hiperstición crítica y un paseo por la Zona definitiva del "post-antropoceno" global..."

-Ramiro Sanchiz, autor del prólogo

sábado, 31 de diciembre de 2022

Recuerdo...

Tengo doce años. Estoy sentado con mi madre en la sala de espera del alergólogo, extraña palabra que acabo de conocer. La consulta está fuera del barrio, así que hemos tenido que ir en autobús. Debería estar nervioso, tener miedo como cuando me extirparon las anginas a los cinco años, pero desde que salimos de casa estoy embebido en una de esas novelillas de "a duro" de ciencia ficción. Así que en realidad no estoy allí, sino en la enmarañada jungla de un planeta perdido en una nebulosa lejana, siendo testigo del ataque de unas sanguijuelas gigantes. En mi recuerdo, la novela está escrita por Curtis Garland y se titula Los dioses lloran sangre, aunque pudiera ser otra. Cuando nos invitan a pasar, la doctora dibuja en mi brazo varias celdas con un rotulador y raspa con una lanceta el interior de cada una. No me inmuto entonces, ni tampoco cuando las gotas que ha vertido en las marcas enrojecen la piel. A pesar de lo sorprendente e inusual que pueda ser esa prueba para un chaval de mi edad, mi mente no está allí, sino en un extraño e ignoto planeta.
Es la víspera de Navidad. Tengo trece años y he estado explorando con mis amigos la vaguada que hay al sur del barrio, esa que después se convertiría en el pionero "centro comercial más grande de Europa". En 1979 es aún un conjunto de terraplenes, plantas e insectos regados por un riachuelo sucio, un hilo de agua que proviene de La Paz, el gran hospital que se ve mas allá del puente roto. Como me he quedado solo, entro en Simeón a husmear. Es un edificio bajo con dos plantas unidas por una escalera mecánica, la tienda de compras más grande de todo el barrio, pero la sección de libros ocupa un lugar pequeño al lado de una puerta lateral. Plantado allí, husmeando, una portada llama mi atención. Es un dibujo sencillo, nada espectacular, una figura geométrica con varias puntas. Leo la sinopsis y empleo el dinero que he ahorrado en las últimas pagas semanales para comprar el libro, mi primero como tal de ciencia ficción. Serán las vacaciones en las que menos tiempo pase en la calle. Cambiaré el frío y los amigos por la posibilidad de asistir a la caída y el intento de reconstrucción de un imperio que abarca toda la galaxia. El recuerdo de esa novela y de sus continuaciones quedará asociado para siempre en mi cabeza al sabor de los polvorones y el turrón, y también a la música del disco en el que se me ha ido la otra parte de los ahorros: Supertramp Paris.
Es el mes de julio de 1980. Muchos de mis amigos se han ido ya de veraneo con sus padres y no hay con quien jugar después de ver el Tour. En vez de dejarme las manos haciendo carreteras en la arena bajo mi casa, me dedico a visitar las de otro planeta. Mientras la ciudad duerme la siesta, yo, sentado en el salón, visito Marte. La lectura me secuestra hasta la noche. Astronautas terrestres recorren ciudades abandonadas, veleros solares navegan los solitarios mares de polvo marciano mientras en el radiocasete Mark Knopfler y su banda se declaran sultanes del swing. La extraña asociación entre Bradbury y los dos primeros discos de Dire Straits durará siempre y sonará en mi cabeza también diez y veinte años después, en los reencuentros posteriores con ese libro. De hecho, las principales lecturas de aquellos años iniciáticos irán siempre acompañadas de su correspondiente fondo musical. Meses más tarde, cuando llegue el desagradable frío del invierno, oiré el viento exterior desde la cálida protección del interior de un cuerpo humano, sumergido en la corriente sanguínea de un científico, aprendiendo términos desconocidos como "fístula arteriovenosa" mientras oigo el Abraxas de Santana.
Es la noche de un viernes de principios de verano. Mis padres han salido, seguramente al Bingo, el pasatiempo favorito de los adultos en aquellos años. Yo me he quedado viendo la tele. Esa noche de la semana ponen las mejores series en la segunda cadena, todas con ese aire inglés que me tiene enganchado. "Los amores de Lidia", "Retorno a Brideshead" e incluso "El callejón del arco iris", que en realidad no es británica, sino del otro extremo del mundo. Pero ese mediodía de 1983 me he pasado por el Bibliobús, así que no pongo el televisor. De los tres libros que he cogido he empezado uno que seguiré leyendo cuando ellos vuelvan. E incluso después de que se acuesten. De fondo suena la voz de Jon Anderson sobre extrañas melodías de Vangelis. Mi recuerdo, muy intenso, va ligado a la brisa que mueve la cortina y al silencio que lo ocupa todo, más allá de la luz del flexo y de la música, en el momento que alzo la cabeza maravillado. El colosal artefacto que están explorando los astronautas humanos se ha iluminado de repente; amanece en Rama y la sensación es abrumadora. Esa noche, o día, no dejaré el libro hasta concluirlo, me acostaré de amanecida. 
Es una lluviosa mañana de enero de 1985 y estoy trabajando en el bar. Las horas que van del desayuno al aperitivo son las peores para el negocio, pero no para mí. El bar está vacío y por fin puedo meter un taburete dentro de la barra, sentarme en él y leer. En el enorme estéreo se suceden un montón de bandas y cantantes del momento. Más allá del escaparate, la lluvia forma torrenteras en el barro de la terraza. Nadie ha caído aún en el uso de estufas, quedan décadas para eso, así que en los meses fríos permanece vacía, sin sillas ni mesas. Entre canciones de Nik Kershaw, The Cars, Black, A-Ha y Talk Talk mi mente acompaña a dos pequeños valientes y a un ser deforme y atormentado en su viaje por los páramos que conducen a Mordor, la tierra donde mora el señor oscuro. A veces me quedo mirando al exterior como si pudiera verlos entre el lodo. La lectura de este libro, que son tres, me dejará tal marca que, oh paradoja, me alejará para siempre del género literario al que pertenece. En comparación con sus formidables imágenes y su tratamiento del fantasy, todo lo que venga después me parecerán copias baratas. 
He recordado esos pasajes, aquellos momentos mágicos, durante toda mi vida. Han permanecido inalterados en mi memoria hasta hoy, cuarenta años más tarde. Recuerdo las atmósferas e incluso los nombres de los personajes. Cada vez que vuelvo a oír aquellas músicas ahí están de nuevo: Hari Seldon, Salvor Hardin, Hober Mallow, Bel Riose y el Mulo; Frodo Bolsón, Samsagaz Gamyi, Merry, Pippin, Galadriel, Trancos y Gandalf. Y también Paul Atreides, Dama Jessica, Duncan Idaho, Alia, Stilgar, el doctor Yueh, Feyd-Raudha y el barón Harkonnen, e incluso otros menos conocidos como Gilbert Gosseyn, Robinette Broadhead o Susan Calvin. Las películas y series de años recientes que han popularizado a los primeros no han tenido que ver con su permanencia en mi cabeza, no han refrescado nada, no ha hecho falta. Antes de verlas, recordaba los nombres de todos, no había olvidado a ninguno. De hecho, no he querido mirar si están mal escritos, los recuerdo así. Como recuerdo también aquella bengala que iluminaba el interior de un artefacto cilíndrico de decenas de kilómetros de longitud, y el desconcierto en la cara de los asistentes ante la aparición holográfica del por una vez ignorante psicohistoriador, o el encuentro entre un humano y un marciano del pasado en la quietud nocturna de un Marte de ensueño. Tengo esas viejas imágenes grabadas a fuego en mi mente. Y sin embargo, no conservo ninguna de algunos libros que he leído en los últimos veinticinco años. Incluso de novelas cuya lectura he concluido hace menos de un lustro. ¿Por qué?
Se me ocurren varias posibilidades. ¿Puede ser que tenga que ver con los propios libros, con la evolución y la posible calidad decreciente de ese tipo de literatura? ¿Se han dejado de crear historias que tengan ese poder para sugerir y permanecer en la memoria? Si no recuerdo mal, la última lectura que dejó esa impronta en mí fue Hyperion. "Los Cantos de Hyperion", para ser más exactos. Recuerdo a Paul Duré, a Lenar Hoyt, a Brawne Lamia, a Fehdman Kassad, a Meina Gladstone, al consul y a Martin Silenus. Y al Alcaudón, por supuesto. Recuerdo su primera aparición, en una iglesia natural escondida en el fondo de una garganta desde la que apenas se veía el cielo lapislázuli. Lo recuerdo entre cráneos y huesos, todo hojas afiladas, apareciéndose en las galerías subterráneas que recorrían el subsuelo de otro planeta. Eso debió de ocurrir en los 90, cuando yo aún no había cumplido los 30 años. Desde entonces, ninguna lectura volvió a raptar mi imaginación como lo habían hecho las anteriores. He leído muchas tramas absorbentes, muchas situaciones fascinantes, me ha impactado a menudo el sentido de la maravilla, pero no con aquel efecto, no del mismo modo. ¿No se ha escrito nada con ese poder de seducción desde entonces? Obviamente sí, no es eso. Muchos lectores treintañeros recordarán perfectamente los nombres de Katniss y Peeta y de todos los personajes importantes de esa serie, o de los compañeros y enemigos de Harry Potter. Sin duda, muchos lectores actuales deben de tener anclados en sus cabezas los paisajes del Cosmere, y más de una imagen procedente de los libros de N. K. Jemisin, Cixin Liu y otros cuantos escritores en la brecha. Así que no. 
Otra posibilidad más fría, ajena al propio medio, es que sea el síntoma de un síndrome que Nicholas G. Carr denunció en un artículo escrito en 2008 titulado "Is Google Making Us Stupid?". La verdad es que mi sensación se parece tanto a la que él refiere que no me sorprendería que un día la ciencia demostrara que esto está ocurriendo. Seguro que a muchos de ustedes les habrá sucedido lo mismo, que él describía así:

"Over the past few years I've had an uncomfortable sense that someone, or something, has been tinkering with my brain, remapping the neural circuitry, reprogramming the memory. My mind isn't going--so far as I can tell--but it's changing. I'm not thinking the way I used to think. I can feel it most strongly when I'm reading. Immersing myself in a book or a lengthy article used to be easy. My mind would get caught up in the narrative or the turns of the argument, and I'd spend hours strolling through long stretches of prose. That's rarely the case anymore."

Esa sensación de tener menos capacidad nemotécnica, de sentir como una falta de sueño continua que nos hace perder retentiva. Delegamos nuestra memoria en google y ya no recordamos cosas o imágenes que antes no teníamos problema en convocar. Sí, por qué no, podría ser esto, un cambio en el patrón mental, en la configuración receptiva que nos esquilma incluso la capacidad de suscitar imágenes, de instalarlas en nuestro cerebro a perpetuidad para ser evocadas en el futuro. Podría ser, pero no, tampoco lo creo.
No, no creo en la causa externa. Más bien soy yo. He de aceptarlo, tiene que ver conmigo. De algún modo, he perdido esa capacidad de fascinación, y creo que mucha parte de la culpa la tiene el modo de lectura. Llevo décadas leyendo de otra forma. Consciente e inconscientemente, la metodología que aplico ha cambiado. Creo que en gran parte es debido al conocimiento adquirido con los años, es por tanta lectura y por tanto escribir sobre lo leído: por tanto analizarlo. Creo que es una especie de síndrome de la cortina, algo que se da en cualquier rama a la que uno aplique algo de estudio. Al haber adquirido conocimientos y aparato crítico mi abordaje es distinto. Ya no leo para sorprenderme, sino para analizar, y veo las costuras, veo los hilos que maneja el tramoyista que ha diseñado el texto. 
Por triste que parezca, esto es algo común. Lo he comentado con amigos muy leídos y todos coincidimos en ese punto. Y no solo en ese. La ciencia ficción tiene ya más de un siglo y cada vez es más difícil encontrar ideas originales, puntos de abordaje distintos. A veces tiene uno la sensación de que sí, es cierto, todo está dicho. Hace poco leí Así se pierde la guerra del tiempo, una novela muy alabada, ganadora de casi todos los grandes premios. La premisa está confeccionada con temas que reconozco extraídos de novelas de Asimov, Leiber, Sterling y Simmons. Leo la sinopsis de Aves extintas, otra obra que me llega con muy buenas opiniones, y despierta en mí ecos de las novelas más señeras de Haldeman y Bester. Esto es continuo. Es difícil encontrar algo que te sorprenda, sobre todo porque, además, ya no dejas que nada lo haga. Has cambiado la inocencia por el conocimiento, el disfrute puro por el intelectual. Y no estoy seguro de que eso sea bueno.
En realidad, todo esto lo expuse ya en una entrada del blog titulada Lo que perdimos, de la cual esta otra toma el relevo casi diez años después. Otra vez Curtis Garland, de cuyas novelillas me acaba de llegar un grueso pedido; otra vez una mudanza, la séptima ya, y en fin de año, lo cual la dota de una carga emocional mayor. Y otra vez esa angustia nostálgica, la añoranza de algo perdido hace mucho tiempo e imposible de recuperar. Desde que subí al blog aquello, he sufrido unas cuantas dolencias físicas y otras tantas podría decirse que espirituales, y a cambio sólo sé un poco más. No recuerdo cuándo dejé de leer con música de fondo, sólo sé que no puedo concentrarme con ella. Mis lecturas ya no tienen banda sonora, lo cual es una lástima, porque creo que la música enriquecía las imágenes mentales e influía en su perdurabilidad. Casi todo lo que leo ahora deja una impresión deleble en mi cabeza, poco permanece. Me preocuparía si no fuera porque sé que esta sensación, esta dolencia anímica, no la tengo sólo yo. Leo y escucho a más gente compartirla. La edad, qué putada: contra ella sólo se puede oponer el recuerdo. Decía Rilke que la patria del hombre es su infancia, y yo no puedo estar mas de acuerdo. La mía es la ciencia ficción, y en mi cabeza ambas cosas significan, desde que tengo memoria, lo mismo. Mis primeros años y este género narrativo se mezclan hasta hacerse indistinguibles. 



Publico esto un 31 de diciembre, entre cajas, mientras escucho una vieja canción que versa sobre el hogar, los recuerdos y aquello que queda por descubrir. Para el año que se abrirá tras el portal de esta medianoche les deseo a todos felicidad. Personalmente, sólo espero que el paso de los días me traiga belleza, y que yo sea capaz de aprehenderla y mantenerla en mi memoria para siempre.   
 



jueves, 17 de noviembre de 2022

Breves: Houellebecq, Piñol, Williams

La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq

Ciencia ficción al otro extremo del canon. Aquí no hay literatura de ideas, no hay sentido de la maravilla, excepto en ese paseo final por una España postapocalíptica, pero sí hay anhelo prospectivo. El futuro aquí representado es producto de la natural progresión y desarrollo de las actitudes humanas en este siglo marcado por la tecnología. Estamos ante el Houellebecq de siempre, certero en su lectura, desinhibido en su exposición. En una sola de sus páginas hay más verdades que en libros enteros de autores más complacientes. No es la trama la que tira del lector, sino las evidencias que Houellebecq va mostrando sobre las actitudes y la condición humana en sus versiones menos admitidas.  
A pesar de la incorrección política y la irreverencia habituales del autor, el fondo de esta novela es quizás el más triste y pesimista de toda su obra, lo cual es decir mucho. El mensaje final es tan claro como contundente. No hay remedio contra la muerte, solo el amor, y este no es mas que una creencia y una obsesión humanas. Un maravilloso libro de ciencia ficción para lectores que busquen especulación, crítica y la triste belleza de lo ineludible: 

Y el amor, en el que todo es fácil, 
donde todo se da al instante: 
existe en mitad del tiempo 
la posibilidad de una isla.



Pandora en el Congo, de Albert Sánchez Piñol

La novela que Piñol publicó tras esa obra maestra que es La piel fría supone una tremenda decepción. El libro no interesa hasta pasados dos tercios, a partir de la descripción del viaje bajo tierra y el encuentro con una civilización escondida. Hasta entonces, parece el plagio del anterior, escrito por alguien con menos talento. Ni siquiera la reiterada recurrencia en Conrad, aquí más literal, salva a esta novela. Sobra un sentido del humor mal traído y hay incluso sentencias mal integradas en la  voz del narrador. 
Sólo merece la pena la parte final. Ahí sí aparece el gran narrador que demostró ser Piñol. El viaje por las galerias y el encuentro final con la cuna de una civilizacion perdida tiene ese aroma de las grandes novelas de aventuras. Este tramo se disfrutaría más de haber aparecido antes, pero el peso de lo leído hasta entonces le resta oxígeno. 



Butcher's Crossing, de John Williams

Un chaval procedente del ambiente universitario quiere experimentar la autentica naturaleza en tierras salvajes. Para ello, viaja hasta una pequeña localidad de Kansas con la idea de organizar una partida en busca de búfalos, animales que, debido a la caza indiscriminada, se encuentran al borde de la desaparición. Un hombre llamado Miller le convence para que financie el viaje a un lugar secreto donde dice haberlos visto pasar el invierno. El libro es la crónica de la travesía y supervivencia en un valle en el que les atraparan las nieves y del que no podrán escapar hasta la primavera. 
He aquí la demostración de que un buen narrador no necesita de tramas enrevesadas ni artificios estilísticos. El autor de Butcher's Crossing no se pierde en florituras, desarrolla una historia de corte clásico con un estilo tradicional, de toda la vida, como lo hacía Jack London en sus historias de aventuras en territorios inhóspitos. El resultado es un novelón inovidable. Un lugar geográfico del que al lector le será imposible escapar, un invierno gélido en las montañas de Colorado entre nieve, búfalos y sangre. 

sábado, 12 de noviembre de 2022

Christina Rossetti. Tierra de sueños

Hace dos años que, a estas mismas horas, cercana la medianoche, recibí la llamada del hospital informándome de que mi madre había fallecido. Luchó contra la neumonía que le había provocado el SARS-CoV-2 durante once días, pero finalmente perdió la batalla. O, más certeramente, la guerra. Las condiciones de aquellas jornadas terribles, que, por no sepultar el recuerdo y hacer justicia, espero que el futuro desvele con toda su crudeza, nos arrebataron muchas cosas y aún lo siguen haciendo. En todo este tiempo, he intentado escribir un texto sobre mis padres y sobre aquellos días, un retrato veraz que estuviera a la altura, pero aún no he podido. Es sorprendente lo difícil que es, a veces, volcar al papel cosas que se tienen muy claras, marcadas a fuego en la cabeza. Cuesta calibrar toda la magnitud y las derivaciones de los hechos. 

Decía que, por ejemplo, aquella especie de borrado de los muertos, de entierro en el anonimato, de no poder asistir o siquiera ver a los seres queridos en sus ataudes, ha alargado sus efectos a los años posteriores. Uno no pudo despedirse, no pudo verlos, así que el recuerdo tampoco es el mismo. Y así ocurre que una fecha que en condiciones normales se tiene muy presente, con aquellos muertos se desvanezca. Familiares a los que les bailan los días y no la tienen clara; o uno mismo, que no se siente culpable porque sabe que la culpa está en otra parte. En los hechos, sin ir más lejos. Así que, para que nunca se me olvide, por si eso ocurre, dejo aquí, en este blog en el que he depositado tantos asuntos personales, un recordatorio que, si bien no será eterno, permanecerá en el rincón de los textos olvidados hasta que Blogger se extinga. Unos versos por y para mi madre.       

  



Como hice en su día con el poema Will Come Soft Rains, de Sara Teasdale, reproduzco ahora el titulado Dreamland, de la escritora inglesa Christina Rossetti. Al igual que la norteamericana, Rossetti no ha tenido en España mucho predicamento. Se cita siempre su parentesco con dos escritores notables que yo me niego a mencionar, pues me parece una escritora que se defiende por sí sola. A caballo entre el romanticismo y la época victoriana, se la suele incluir siempre en la Hermandad Prerrafaelita. Dreamland está incluido en su libro de poemas Goblin Market and Others. Me ha sido tremendamente complicado encontrarlo en castellano. Ignoro si la edición española de Pre-Textos, El mercado de los duendes, contiene sólo el largo poema del título o incluye también el resto. He copiado la excelente traducción de El espejo gótico, una página web temática hecha con gusto que pueden visitar haciendo click en el enlace del propio nombre. Sin más:


Tierra de sueños


Donde los ríos sin sol lloran,
Derramando en el abismo sus olas,
Ella duerme un sueño encantado
Del que no despertará.
Guiada por una estrella errante,
Ella llegó de lejanos lugares,
Buscando sus placeres
Donde las sombras yacen.

Ella dejó la rosada mañana,
Ella dejó los campos de maíz
Por el frío crepúsculo
Y los lánguidos manantiales.
A través del sueño, como un velo,
Ella observa el pálido cielo,
Escuchando el canto aéreo
Del triste ruiseñor.

Descanso, descanso, un perfecto descanso
Cubre su frente y sus senos,
Su rostro se vuelve al oeste,
Hacia la Tierra Púrpura.
Ella no puede ver el grano,
Madurando en la colina y el llano,
Ella no puede sentir a la lluvia
Caer sobre su frágil mano.

Descansa, descansa por siempre
En las exuberantes orillas
Descansa hasta que el corazón calle,
Hasta que el núcleo del tiempo muera.
Duerme un sueño que el dolor
No puede perturbar,
La noche no será quebrada por la mañana,
Hasta que la alegría se apodere
De su perfecta paz.



jueves, 15 de septiembre de 2022

Omelas en C

El mayor éxito de este blog tiene más de diez años. Se trata de la traducción más o menos libre que hice del poema 
There Will Come Soft Rains, escrito por la poetisa norteamericana Sara Teasdale. Le dediqué una entrada entonces por cuánto me gustaba (sigue estando entre mis preferidos), porque dio título a uno de los mejores cuentos incluidos en las Crónicas marcianas de Ray Bradbury (el conocidísimo Vendrán lluvias suaves) y porque me pareció un buen homenaje al escritor de Waukegan en el día posterior a su fallecimiento. Si no recuerdan el texto o, simplemente, tienen curiosidad, pueden ustedes aumentar el fenómeno pulsando en este enlace.
Bien, la inusual cantidad de visitas que recibe esa entrada, que en el histórico del blog casi doblan a las de la segunda (la reseña de Meridiano de sangreuno de los dos mejores libros que he leído en mi vida), no se debe al interés despertado por Teasdale o Bradbury. El 90% de las personas que han llegado ahí lo han hecho por motivos relacionados con el poema, pero por causas distintas. A saber: buscando una canción de igual título de la banda mexicana Austin TV; debido a una película argentina homónima de cf; a causa de otro filme norteamericano de terror, “El bosque de los suicidios”, en el que se citan los últimos versos del poema, y también, por supuesto, gracias a esa secuencia del videojuego Fallout 3 en la que un robot lo recita entero. Todas esas personas han acudido a esa entrada por motivos muy diferentes al que yo pretendía, pero lo que cuenta es el resultado. El poema escrito por Sara Teasdale, cuya inspiración nace de la destrucción y mortandad producidas en un mismo año por la Primera Guerra Mundial y la Gripe Española, mantiene de este modo su presencia en unas pocas personas más un siglo después de su escritura.
Esta suerte de efecto presumiblemente aleatorio se da continuamente en nuestro tiempo, y creo que no va a parar de crecer. He utilizado otro ejemplo significativo de esta concatenación de sucesos sin aparente relación, un proceso que me fascina, como introducción de un artículo publicado en C, la web de crítica literaria, en el que abordo "The Ones Who Walk Away From Omelas", el magnífico relato pergeñado por Ursula K. Le Guin, de cuya creacion se celebrará, el año que viene, el cincuentenario. La idea de escribir algo sobre él me vino, más que por el aniversario, al ver la edición ilustrada que Nordica Libros había sacado recientemente. Es un tipo de libros que cada vez se ven más y que reciben críticas desde algunos sectores por la inusual relación que presentan entre cantidad y precio. La creciente publicación de cuentos ilustrados en los últimos años ha concitado pequeños debates sobre el equilibrio entre la poca extensión del material ofrecido y su precio de venta. A mí me sorprende que, siendo algo que lleva décadas haciéndose con normalidad en el mercado infantil, no sea juzgado de la misma manera en el de adultos. 
Respetando todas las opiniones, si muchas veces compramos libros en formato de lujo solo por cuestiones estéticas, que acabamos releyendo en la edición viejuna de la que no nos deshicimos en su día (sinceramente, ¿alguien ha releído a Lovecraft en los mamotretos de Valdemar Gótica o los ha dejado embelleciendo la estantería mientras tiraba de sus viejos Alianza de bolsillo?), no veo diferencia en tener una edición de lujo de un cuento adorado que, además, debido a su brevedad, se puede leer sin necesidad de ir antes a un gimnasio. Muchos años después, exótica cuestión personal que ya expresé en la entrada Una cuestión de peso, me sigue llamando la atención que la literatura y otros productos culturales se cobren en términos de tonelaje y longitud y no por su calidad. Que esta posibilidad alternativa no sea siquiera motivo de consideración depende, únicamente, de lo flexible que es el concepto de “calidad”. Y del gusto de cada uno, obviamente. Prefiero pensar de este modo que no aceptar la obviedad de que la literatura se busca y se paga al peso.
Retomando el hilo, pueden ustedes leer el artículo en el que exploro algunas interpretaciones del cuento de Le Guin y su indudable vigencia si hacen click en este enlace: En torno a Omelas.




sábado, 16 de julio de 2022

Criminal Blurbs



No es un blurb en realidad, pero ese "No apto para menores de 21 años", más reclamo que advertencia, nos recuerda aquellos dos rombos de TVE o los avisos similares que lucían algunos bolsilibros de ciencia ficción, especialmente los escritos por el verderón de Joseh Berna. Porque lo realmente peligroso para la mente de un adolescente es el sexo no normativo. Un chaval puede leer a Clive Barker, Jack Ketchum o American Psycho sin advertencias, sin que la violencia y el gore malformen su mente y su personalidad. El sexo, sin embargo, es venenoso para la formación de un espíritu sano y una mentalidad correcta.