sábado, 31 de diciembre de 2022

Recuerdo...

Tengo doce años. Estoy sentado con mi madre en la sala de espera del alergólogo, extraña palabra que acabo de conocer. La consulta está fuera del barrio, así que hemos tenido que ir en autobús. Debería estar nervioso, tener miedo como cuando me extirparon las anginas a los cinco años, pero desde que salimos de casa estoy embebido en una de esas novelillas de "a duro" de ciencia ficción. Así que en realidad no estoy allí, sino en la enmarañada jungla de un planeta perdido en una nebulosa lejana, siendo testigo del ataque de unas sanguijuelas gigantes. En mi recuerdo, la novela está escrita por Curtis Garland y se titula Los dioses lloran sangre, aunque pudiera ser otra. Cuando nos invitan a pasar, la doctora dibuja en mi brazo varias celdas con un rotulador y raspa con una lanceta el interior de cada una. No me inmuto entonces, ni tampoco cuando las gotas que ha vertido en las marcas enrojecen la piel. A pesar de lo sorprendente e inusual que pueda ser esa prueba para un chaval de mi edad, mi mente no está allí, sino en un extraño e ignoto planeta.
Es la víspera de Navidad. Tengo trece años y he estado explorando con mis amigos la vaguada que hay al sur del barrio, esa que después se convertiría en el pionero "centro comercial más grande de Europa". En 1979 es aún un conjunto de terraplenes, plantas e insectos regados por un riachuelo sucio, un hilo de agua que proviene de La Paz, el gran hospital que se ve mas allá del puente roto. Como me he quedado solo, entro en Simeón a husmear. Es un edificio bajo con dos plantas unidas por una escalera mecánica, la tienda de compras más grande de todo el barrio, pero la sección de libros ocupa un lugar pequeño al lado de una puerta lateral. Plantado allí, husmeando, una portada llama mi atención. Es un dibujo sencillo, nada espectacular, una figura geométrica con varias puntas. Leo la sinopsis y empleo el dinero que he ahorrado en las últimas pagas semanales para comprar el libro, mi primero como tal de ciencia ficción. Serán las vacaciones en las que menos tiempo pase en la calle. Cambiaré el frío y los amigos por la posibilidad de asistir a la caída y el intento de reconstrucción de un imperio que abarca toda la galaxia. El recuerdo de esa novela y de sus continuaciones quedará asociado para siempre en mi cabeza al sabor de los polvorones y el turrón, y también a la música del disco en el que se me ha ido la otra parte de los ahorros: Supertramp Paris.
Es el mes de julio de 1980. Muchos de mis amigos se han ido ya de veraneo con sus padres y no hay con quien jugar después de ver el Tour. En vez de dejarme las manos haciendo carreteras en la arena bajo mi casa, me dedico a visitar las de otro planeta. Mientras la ciudad duerme la siesta, yo, sentado en el salón, visito Marte. La lectura me secuestra hasta la noche. Astronautas terrestres recorren ciudades abandonadas, veleros solares navegan los solitarios mares de polvo marciano mientras en el radiocasete Mark Knopfler y su banda se declaran sultanes del swing. La extraña asociación entre Bradbury y los dos primeros discos de Dire Straits durará siempre y sonará en mi cabeza también diez y veinte años después, en los reencuentros posteriores con ese libro. De hecho, las principales lecturas de aquellos años iniciáticos irán siempre acompañadas de su correspondiente fondo musical. Meses más tarde, cuando llegue el desagradable frío del invierno, oiré el viento exterior desde la cálida protección del interior de un cuerpo humano, sumergido en la corriente sanguínea de un científico, aprendiendo términos desconocidos como "fístula arteriovenosa" mientras oigo el Abraxas de Santana.
Es la noche de un viernes de principios de verano. Mis padres han salido, seguramente al Bingo, el pasatiempo favorito de los adultos en aquellos años. Yo me he quedado viendo la tele. Esa noche de la semana ponen las mejores series en la segunda cadena, todas con ese aire inglés que me tiene enganchado. "Los amores de Lidia", "Retorno a Brideshead" e incluso "El callejón del arco iris", que en realidad no es británica, sino del otro extremo del mundo. Pero ese mediodía de 1983 me he pasado por el Bibliobús, así que no pongo el televisor. De los tres libros que he cogido he empezado uno que seguiré leyendo cuando ellos vuelvan. E incluso después de que se acuesten. De fondo suena la voz de Jon Anderson sobre extrañas melodías de Vangelis. Mi recuerdo, muy intenso, va ligado a la brisa que mueve la cortina y al silencio que lo ocupa todo, más allá de la luz del flexo y de la música, en el momento que alzo la cabeza maravillado. El colosal artefacto que están explorando los astronautas humanos se ha iluminado de repente; amanece en Rama y la sensación es abrumadora. Esa noche, o día, no dejaré el libro hasta concluirlo, me acostaré de amanecida. 
Es una lluviosa mañana de enero de 1985 y estoy trabajando en el bar. Las horas que van del desayuno al aperitivo son las peores para el negocio, pero no para mí. El bar está vacío y por fin puedo meter un taburete dentro de la barra, sentarme en él y leer. En el enorme estéreo se suceden un montón de bandas y cantantes del momento. Más allá del escaparate, la lluvia forma torrenteras en el barro de la terraza. Nadie ha caído aún en el uso de estufas, quedan décadas para eso, así que en los meses fríos permanece vacía, sin sillas ni mesas. Entre canciones de Nik Kershaw, The Cars, Black, A-Ha y Talk Talk mi mente acompaña a dos pequeños valientes y a un ser deforme y atormentado en su viaje por los páramos que conducen a Mordor, la tierra donde mora el señor oscuro. A veces me quedo mirando al exterior como si pudiera verlos entre el lodo. La lectura de este libro, que son tres, me dejará tal marca que, oh paradoja, me alejará para siempre del género literario al que pertenece. En comparación con sus formidables imágenes y su tratamiento del fantasy, todo lo que venga después me parecerán copias baratas. 
He recordado esos pasajes, aquellos momentos mágicos, durante toda mi vida. Han permanecido inalterados en mi memoria hasta hoy, cuarenta años más tarde. Recuerdo las atmósferas e incluso los nombres de los personajes. Cada vez que vuelvo a oír aquellas músicas ahí están de nuevo: Hari Seldon, Salvor Hardin, Hober Mallow, Bel Riose y el Mulo; Frodo Bolsón, Samsagaz Gamyi, Merry, Pippin, Galadriel, Trancos y Gandalf. Y también Paul Atreides, Dama Jessica, Duncan Idaho, Alia, Stilgar, el doctor Yueh, Feyd-Raudha y el barón Harkonnen, e incluso otros menos conocidos como Gilbert Gosseyn, Robinette Broadhead o Susan Calvin. Las películas y series de años recientes que han popularizado a los primeros no han tenido que ver con su permanencia en mi cabeza, no han refrescado nada, no ha hecho falta. Antes de verlas, recordaba los nombres de todos, no había olvidado a ninguno. De hecho, no he querido mirar si están mal escritos, los recuerdo así. Como recuerdo también aquella bengala que iluminaba el interior de un artefacto cilíndrico de decenas de kilómetros de longitud, y el desconcierto en la cara de los asistentes ante la aparición holográfica del por una vez ignorante psicohistoriador, o el encuentro entre un humano y un marciano del pasado en la quietud nocturna de un Marte de ensueño. Tengo esas viejas imágenes grabadas a fuego en mi mente. Y sin embargo, no conservo ninguna de algunos libros que he leído en los últimos veinticinco años. Incluso de novelas cuya lectura he concluido hace menos de un lustro. ¿Por qué?
Se me ocurren varias posibilidades. ¿Puede ser que tenga que ver con los propios libros, con la evolución y la posible calidad decreciente de ese tipo de literatura? ¿Se han dejado de crear historias que tengan ese poder para sugerir y permanecer en la memoria? Si no recuerdo mal, la última lectura que dejó esa impronta en mí fue Hyperion. "Los Cantos de Hyperion", para ser más exactos. Recuerdo a Paul Duré, a Lenar Hoyt, a Brawne Lamia, a Fehdman Kassad, a Meina Gladstone, al consul y a Martin Silenus. Y al Alcaudón, por supuesto. Recuerdo su primera aparición, en una iglesia natural escondida en el fondo de una garganta desde la que apenas se veía el cielo lapislázuli. Lo recuerdo entre cráneos y huesos, todo hojas afiladas, apareciéndose en las galerías subterráneas que recorrían el subsuelo de otro planeta. Eso debió de ocurrir en los 90, cuando yo aún no había cumplido los 30 años. Desde entonces, ninguna lectura volvió a raptar mi imaginación como lo habían hecho las anteriores. He leído muchas tramas absorbentes, muchas situaciones fascinantes, me ha impactado a menudo el sentido de la maravilla, pero no con aquel efecto, no del mismo modo. ¿No se ha escrito nada con ese poder de seducción desde entonces? Obviamente sí, no es eso. Muchos lectores treintañeros recordarán perfectamente los nombres de Katniss y Peeta y de todos los personajes importantes de esa serie, o de los compañeros y enemigos de Harry Potter. Sin duda, muchos lectores actuales deben de tener anclados en sus cabezas los paisajes del Cosmere, y más de una imagen procedente de los libros de N. K. Jemisin, Cixin Liu y otros cuantos escritores en la brecha. Así que no. 
Otra posibilidad más fría, ajena al propio medio, es que sea el síntoma de un síndrome que Nicholas G. Carr denunció en un artículo escrito en 2008 titulado "Is Google Making Us Stupid?". La verdad es que mi sensación se parece tanto a la que él refiere que no me sorprendería que un día la ciencia demostrara que esto está ocurriendo. Seguro que a muchos de ustedes les habrá sucedido lo mismo, que él describía así:

"Over the past few years I've had an uncomfortable sense that someone, or something, has been tinkering with my brain, remapping the neural circuitry, reprogramming the memory. My mind isn't going--so far as I can tell--but it's changing. I'm not thinking the way I used to think. I can feel it most strongly when I'm reading. Immersing myself in a book or a lengthy article used to be easy. My mind would get caught up in the narrative or the turns of the argument, and I'd spend hours strolling through long stretches of prose. That's rarely the case anymore."

Esa sensación de tener menos capacidad nemotécnica, de sentir como una falta de sueño continua que nos hace perder retentiva. Delegamos nuestra memoria en google y ya no recordamos cosas o imágenes que antes no teníamos problema en convocar. Sí, por qué no, podría ser esto, un cambio en el patrón mental, en la configuración receptiva que nos esquilma incluso la capacidad de suscitar imágenes, de instalarlas en nuestro cerebro a perpetuidad para ser evocadas en el futuro. Podría ser, pero no, tampoco lo creo.
No, no creo en la causa externa. Más bien soy yo. He de aceptarlo, tiene que ver conmigo. De algún modo, he perdido esa capacidad de fascinación, y creo que mucha parte de la culpa la tiene el modo de lectura. Llevo décadas leyendo de otra forma. Consciente e inconscientemente, la metodología que aplico ha cambiado. Creo que en gran parte es debido al conocimiento adquirido con los años, es por tanta lectura y por tanto escribir sobre lo leído: por tanto analizarlo. Creo que es una especie de síndrome de la cortina, algo que se da en cualquier rama a la que uno aplique algo de estudio. Al haber adquirido conocimientos y aparato crítico mi abordaje es distinto. Ya no leo para sorprenderme, sino para analizar, y veo las costuras, veo los hilos que maneja el tramoyista que ha diseñado el texto. 
Por triste que parezca, esto es algo común. Lo he comentado con amigos muy leídos y todos coincidimos en ese punto. Y no solo en ese. La ciencia ficción tiene ya más de un siglo y cada vez es más difícil encontrar ideas originales, puntos de abordaje distintos. A veces tiene uno la sensación de que sí, es cierto, todo está dicho. Hace poco leí Así se pierde la guerra del tiempo, una novela muy alabada, ganadora de casi todos los grandes premios. La premisa está confeccionada con temas que reconozco extraídos de novelas de Asimov, Leiber, Sterling y Simmons. Leo la sinopsis de Aves extintas, otra obra que me llega con muy buenas opiniones, y despierta en mí ecos de las novelas más señeras de Haldeman y Bester. Esto es continuo. Es difícil encontrar algo que te sorprenda, sobre todo porque, además, ya no dejas que nada lo haga. Has cambiado la inocencia por el conocimiento, el disfrute puro por el intelectual. Y no estoy seguro de que eso sea bueno.
En realidad, todo esto lo expuse ya en una entrada del blog titulada Lo que perdimos, de la cual esta otra toma el relevo casi diez años después. Otra vez Curtis Garland, de cuyas novelillas me acaba de llegar un grueso pedido; otra vez una mudanza, la séptima ya, y en fin de año, lo cual la dota de una carga emocional mayor. Y otra vez esa angustia nostálgica, la añoranza de algo perdido hace mucho tiempo e imposible de recuperar. Desde que subí al blog aquello, he sufrido unas cuantas dolencias físicas y otras tantas podría decirse que espirituales, y a cambio sólo sé un poco más. No recuerdo cuándo dejé de leer con música de fondo, sólo sé que no puedo concentrarme con ella. Mis lecturas ya no tienen banda sonora, lo cual es una lástima, porque creo que la música enriquecía las imágenes mentales e influía en su perdurabilidad. Casi todo lo que leo ahora deja una impresión deleble en mi cabeza, poco permanece. Me preocuparía si no fuera porque sé que esta sensación, esta dolencia anímica, no la tengo sólo yo. Leo y escucho a más gente compartirla. La edad, qué putada: contra ella sólo se puede oponer el recuerdo. Decía Rilke que la patria del hombre es su infancia, y yo no puedo estar mas de acuerdo. La mía es la ciencia ficción, y en mi cabeza ambas cosas significan, desde que tengo memoria, lo mismo. Mis primeros años y este género narrativo se mezclan hasta hacerse indistinguibles. 



Publico esto un 31 de diciembre, entre cajas, mientras escucho una vieja canción que versa sobre el hogar, los recuerdos y aquello que queda por descubrir. Para el año que se abrirá tras el portal de esta medianoche les deseo a todos felicidad. Personalmente, sólo espero que el paso de los días me traiga belleza, y que yo sea capaz de aprehenderla y mantenerla en mi memoria para siempre.   
 



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