martes, 5 de marzo de 2013

Ian McEwan. Chesil Beach

Para quien no lo recuerde, circunstancia lógica debido a la cantidad de tiempo que ha pasado, cerré la segunda entrega de Los meses perdidos prometiendo que dedicaría un par de reseñas más largas a las dos novelas que, de entre todas las leídas entonces, más me habían gustado. Una de ellas era Chesil Beach, de Ian McEwan, a mi parecer extraordinaria; la otra era Nova Swing, de M. John Harrison, un autor por el que siento una gran devoción. Pues bien, mientras esperamos la publicación de Sweet Tooth y para celebrar que la edición en bolsillo de Solar ya reposa en mi biblioteca, aquí tienen la primera parte de lo prometido. Para el cumplimiento de la segunda, me temo, van a tener que esperar algún tiempo más.
Ian McEwan es un escritor elogiado por crítica y público. Casi todas las novelas del británico han entrado en la lista preliminar del Premio Booker, el cual ganó en 1998 por Amsterdam, curiosamente y siempre según los entendidos, su peor trabajo. Desde entonces, este antiguo narrador de lo macabro ha ido recibiendo alabanzas y consiguiendo éxitos de ventas obra tras obra. Expiación, Sábado y Chesil Beach, sus novelas de la pasada década, estuvieron presentes en las principales listas laudatorias con las que se cerraron los correspondientes años de publicación. Este éxito compartido de crítica y ventas es uno de los denominadores comunes en la llamada generación Granta, el grupo de escritores británicos a quienes la famosa revista literaria puso nombre y en el que se encuentran la flor y nata de las últimas letras inglesas, los Ishiguro, Barnes, Amis, Boyd, Kureishi o Rushdie. Grupo al que también pertenece Ian McEwan, uno de sus miembros más populares. Por dar un dato concreto, Chesil Beach, la novela que nos ocupa, vendió más de 1 millón de copias y permaneció 34 semanas en las listas de ventas, un éxito en el que si bien fue fundamental la fama del escritor, tuvo mayor peso la indudable calidad de la obra.

Tienen poco más de veinte años y se conocieron en una manifestación en contra de las armas nucleares. Florence es una chica de clase media alta. Edward, en cambio, pertenece a una familia que vive en la zona baja de la clase media. Ambos son inocentes, y vírgenes, y tras un largo cortejo se han casado. Es un día de julio de 1962, y el tsunami de la revolución sexual no ha llegado a Inglaterra. Edward y Florence van a pasar su noche de bodas en un hotel junto a Chesil Beach.

Lo que acontece esa noche de bodas es el detonante de la historia. El ímpetu sexual de él se estrella con una barrera infranqueable, la falta de deseo de ella, incapacitada para disfrutar del sexo por razones que nunca se enuncian y a las que el lector sólo puede acceder por deducción. La vergüenza (e incluso repulsión) que a ella le provoca el sexo colisiona con la conducta liberada del joven. Desde ese momento, el amor es puesto a prueba y sale finalmente derrotado. McEwan indaga en el pasado de la pareja y propone una lectura paralela que cuestiona la perdurabilidad del amor cuando el sexo está ausente. La liberación de los 60 se llevó todo por delante; acabó con una época de repudiable oscurantismo, pero también con valores esenciales. En toda guerra siempre hay víctimas, parece concluir el autor.
A pesar de la defensa del amor, evidenciada en la reflexión final del protagonista, no es Chesil Beach una novela reaccionaria. Somete los hechos al juicio del lector. No se decanta, no ofrece respuestas, por mucho que éstas parezcan situarse al alcance de los dedos. Escrita con pulso chejoviano, las cosas importantes ocurren a menudo fuera de foco. Hay que leer entre líneas en el entorno, en las actitudes de los familiares, preguntarse por el carácter del padre, quizás un abusador quizás no, como origen del trauma, o plantearse si no será la impericia y el anhelo del joven lo que impide el entendimiento. Es todo sutil, nada evidente, una virtud que ni siquiera llega a desmentir la explicitud sexual mostrada en algunos párrafos.
McEwan es un escritor consagrado, sobra decir por tanto que la novela cuenta con una prosa pulcra y un excelente tratamiento de los personajes. La narración salta de la cabeza de uno a otro, de forma que la visión que se tiene de la pareja es completa, como la que se obtendría al leer un diario personal escrito por ambos y narrado en tercera persona. El paso del tiempo está excepcionalmente señalado en la novela, en general y en pasajes como el de la playa, una metáfora sobresaliente en la que el escritor utiliza el número y tamaño de los guijarros que la conforman como recordatorio del desgaste que producen los años. Pero quizás lo más reseñable de este libro sea su redondez. A pesar de que el contenido parte de un hecho que algún lector podría considerar anecdótico (por lo llamativo, no por su relevancia), McEwan dibuja el retrato de un momento crucial en la historia de la moderna Inglaterra, logrando, a pesar de la brevedad del texto (no llega a 200 páginas), darle cuerpo de novela más amplia.
La pureza del amor y su dependencia del sexo es el tema central de la novela, pero no el único. En las últimas páginas, el protagonista masculino, pasados los años, mira hacia el pasado y recapacita sobre el camino recorrido a lomos de la revolución sexual y se pregunta si todas esas experiencias le han resultado más satisfactorias, le han dado más de lo que podría haberle dado el amor con Florence. Edward imagina otra vida posible, la que hubiera tenido de no haber separado sus caminos, y esa reflexión suscita preguntas en el lector sobre el amor y el sexo, ahora como entes independientes. El cuestionamiento final de Edward saca a la luz el otro gran sustento de la historia, la importancia de las elecciones tomadas en nuestras vidas, de los caminos abandonados que ya nunca disfrutaremos.
Chesil Beach me parece una novela extraordinaria, de las que provoca preguntas y sacude nuestra capacidad reflexiva. Me ha seducido tanto su lectura como fascinado la misteriosa nota que la finaliza, una innecesaria aclaración sobre el carácter ficticio de los personajes y la historia. Algo que no puedo interpretar sino como evidencia de lo contrario.



2 comentarios:

  1. Anónimo12/4/14 3:38

    Buena tarde Kaplan. La playa y el desencanto. Por dentro llora mi pecho y mi cuello cuando se piensa en Los caminos abandonados los cuales estan abandonados y no hay retorno. Para una persona que no apetece de sexo y otra que le atrae, ahi es cuando el amor romantico ideal se desquebraja. Atte. Liz.

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  2. El sexo como determinante del amor, ese es el terreno en el que indaga McEwan. Una novela anacrónica que a mí me resulta fascinante.

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