sábado, 16 de octubre de 2010

Clifford D. Simak. Ciudad

Escribí la siguiente reseña hace ya bastantes años. He tenido que remozarla, y mucho, porque si bien sigo coincidiendo con el contenido, la forma adolecía de cierto apresuramiento. Puede que a alguien le sorprenda esto de "coincidir" con opiniones que vertiste anteriormente, pero en la mía, quien no evoluciona, sea en el campo que sea, es que está muerto. Al menos en el aspecto mental. Con frecuencia, el yo pasado no tiene mucho que ver con el yo presente. Llámenlo "la vida" o como quieran, pero a veces uno lee cosas que escribió hace lustros y le dan ganas de darle una colleja a aquel chaval tan errado. En este caso no he tenido que arreglar mas que mi impericia como escritor. En mi opinión actual, Ciudad sigue siendo una obra maestra indiscutible.
Al hilo de cierto comentario incluido en la reseña, sí es significativo que en todos estos años, en lecturas posteriores, solo haya encontrado una obra de los 90 que pueda considerar sobresaliente. Me refiero a Vurt, del británico Jeff Noon. El resto, especialmente los premiados Vorkosigans, no han logrado hasta el momento que varíe mi pensamiento sobre la citada década, quizás la peor que haya dado la ciencia ficción en su largo siglo de vida.



En las frías noches de invierno los perros se reúnen junto al fuego, y a su cálida luz intercambian viejas historias, leyendas antiguas, glosas improbables que desgranan los últimos días de un ser mitológico llamado hombre y el declive de su ahora extinta civilización. El paso del tiempo ha convertido esos antiguos textos en materia de estudio, y aunque la gran mayoría de la sociedad perruna opina que no son más que metáforas educativas escritas por sus antepasados, unos cuantos creen ver en ellas el posible retrato histórico de una época real, ya olvidada.
Ese conjunto de cuentos legendarios, ocho en total, someramente prologados, es recogido en Ciudad, libro de carácter mitológico editado por uno de los perros y que el escritor norteamericano Clifford D. Simak, de modo misterioso, nos ha hecho llegar como propio, dotándolo de un sobresaliente tono elegíaco. A lo largo de esos ocho cuentos se describe la decadencia y la casi total extinción del mítico ser humano, y lo que para los perros es más importante, el destino final de los herederos de éste.
En un paseo entre melancólico y nostálgico, el lector es conducido por 7000 años de historia cruciales para el destino del hombre. Con la maravilla como compañera, es invitado a presenciar el abandono de las ciudades y el intento de ganar el espacio; el nacimiento de su siguiente paso evolutivo y la posterior huida de los ahora descritos como mutantes; el final voluntario de la mayoría de la raza humana y el encierro en cúpulas de una ínfima minoría, embarcada en una huida hacia el futuro, inmersos en un sueño casi eterno.
Entre la fascinación y la sorpresa, la narración acompaña al lector por un marco temporal plagado de acontecimientos y maravillas, sin solución de continuidad. Son tantos los acontecimientos que incluso el resumen se hace extenso. Incluidos en el largo recorrido, se suceden hechos diversos como el destino de su más fiel servidor, el robot, convertido en ser inteligente, poseedor de un sentido de la humanidad mayor que el de sus propios creadores; el establecimiento de los perros como nueva especie dominante, tenedora de otros métodos de civilización; la aparición en nuestro planeta de seres de otra dimensión; la incorporación de toda la gama animal al estadio de la inteligencia y el dominio de la Tierra por parte del más inesperado de ellos y, finalmente, la retirada definitiva del perro, el heredero directo del hombre, hacia otras dimensiones. Todo ello pasa de forma cronológicamente ordenada, página a página, por la retina y la mente del lector de Ciudad, toda una epopeya milenaria centrada en los miembros de una sola familia, los Webster, y su servicial robot Jenkins, el mayordomo perfecto.
Se trata de una demostración imaginativa de tal calibre que ya de por sí valdría para catalogar esta novela como obra maestra. Pero, además, el estilo con el que está escrita obra el milagro de que todo sea mágicamente creíble, pues Simak dota a la narración de una atmósfera nostálgica y triste, cercana al lirismo en muchas ocasiones, comparable en este aspecto a las Crónicas marcianas escritas por Ray Bradbury y poseedora de escenas realmente memorables, de las que perduran en la memoria eternamente. El paseo del hombre y su mascota por Júpiter, convertidos en algo que ya nunca querrán dejar de ser; o el viejo y fiel robot, siempre al cuidado de los perros, abandonado por su dueño 3000 años atrás, pero aun esperando silente en la oscuridad del caserón de la familia; o la imagen final, que he de confesar aún recuerdo algunas noches de verano, son buenos ejemplos de las joyas que atesora el libro.
Si les preocupan estos adelantos, saber de antemano lo que va a pasar, estén tranquilos. Da igual conocer previamente algunos pasajes o de qué va la historia: sólo la forma como está contada y las imágenes que encierra ya son suficientes dones como para gozar de esta lectura. El libro, estructurado en ocho relatos dependientes a modo de fix-up, se basta y se sobra con apenas 300 páginas para asombrar, maravillar, emocionar y dejar una huella indeleble en la mente y el corazón de quien lo lee. Las introducciones a los cuentos, escritas por uno de los perros, apoyan de una manera notoria la sensación de extrañeza de lo que se está narrando, visto desde un punto de vista externo, ajeno al subjetivismo humano.
Un torbellino de ideas semejante, narrado de forma sencilla, sin aditamentos innecesarios que engorden la trama, sólo podía estar escrito en la dorada década de los 50, cuando la ciencia ficción aún contaba con esa inocencia que hoy la hace tan entrañable. Simak realizó esta obra maestra en 1953, antes de que la new wave llevara al género por otros caminos diferentes (pero no siempre mejores), de que la palabra hard se convirtiera en sinónimo de complicado, de que los editores obligaran a inflar de páginas un libro para poderlo vender más caro, y por supuesto antes de que el deseo de introducir a la ciencia ficción en la corriente literaria general desembocara, en muchos casos, en lo que el crítico especializado Julián Díez denomina el "efecto Benford" y su artificial profundidad de personajes. Ciudad está a salvo de todo eso.
Desgraciadamente, muchas cosas han cambiado, y hoy en día, cuando la Ley de Sturgeon (aquella que dice que el noventa por ciento de todo es basura) es más válida que nunca, se hace bastante improbable ver escrita una obra semejante. Habría que reflexionar sobre por qué en casi todas las listas de aficionados, cuando se les pregunta sobre las diez mejores obras de la historia del género, la casi totalidad son obras de hace más de diez años. ¿No han dado los noventa ninguna novela realmente grande? A mí desde luego, si exceptuamos La caída de Hiperión, situada más en la década anterior que en esta, no se me ocurre ninguna.
Ciudad es ciencia ficción de otra época, ciencia ficción magna, de la que ya no se lleva. Quien ame el género no puede perdérsela. Y otra cosa más. Si les gusta el completismo, aún tienen otra razón para el disfrute. Existe un noveno cuento escrito por Simak, o quizás por los perros, vayan ustedes a saber. Se puede encontrar traducido al castellano en cierto número de la legendaria revista Nueva Dimensión. Para hacer la cosa más divertida, no les diré en cuál, les dejo la tarea de búsqueda a ustedes.


Esta reseña fue publicada previamente en el Sitio de Ciencia-Ficción y en el nº 14 de Finis Terrae, el boletín de la Asociación Gallega de Ciencia Ficción.

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