viernes, 20 de agosto de 2021
Imágenes de cf. XXIV
miércoles, 14 de octubre de 2020
Tríptico postapocalíptico en C
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El caso es que ahora tengo dos cuentos traducidos a esta peculiar lengua. El anterior, titulado La donanto, lo escribí a medias con Jorge, y fue publicado en la revista de cf Sferoj nº8, casualmente impresa en Santander, ciudad a la que luego me han unido tantas cosas, hace casi 30 años. Es curioso cómo a veces el tiempo te permite bañarte, muchos años después, en el mismo río. La recepción de esta revista ha servido de colofón perfecto al tríptico postapocalíptico que he publicado en C durante la cuarentena, que me sentí impelido a escribir tras una sequía que parecía eterna y que para mí será un recuerdo más de este año tremendo, tras el cual nada volverá a ser lo mismo. Dejo aquí los enlaces a las tres entradas. El primero lleva al cuento, el segundo a un artículo de tesis y el tercero a un juego de falsos amigos entre lecturas y realidad.
martes, 8 de septiembre de 2020
Criminal Blurbs
Echo en falta el calificativo que completaría la frase, tal vez un bien merecido (por lo que parece) "ignorante". O incluso algo más grueso. Aunque en realidad, lo auténticamente llamativo es cómo el mensaje va dirigido exclusivamente a la captación externa y deja fuera al presumible lector tipo de este libro, o sea, el aficionado a la ciencia ficción. Supongo que lo dan por captado. La presencia de la palabra "puto", tan de moda, en uno de los blurbs puede funcionar como aliciente.
lunes, 20 de abril de 2020
Una soleada mañana de apocalipsis, en C
LorenFotografía
martes, 11 de febrero de 2020
Brian Aldiss. Barbagrís
Como decía, me ha provocado una cierta nostalgia y me ha llamado a la reflexión. Sobre el pasado de la cf en España, sobre cómo era y cómo es y hacia dónde se dirige. Me ha recordado lo desplazados y desinteresados por ella que nos encontramos muchos. Cómo cambian los tiempos. Mi estado de ánimo al respecto se corresponde con el que invade al lector durante la lectura del libro cuya reseña pueden leer a continuación. La publiqué en C, el hijo de cyberdark, uno de los pocos blogs que se ha preocupado por el pasado del género en estos últimos años. Ignoro si la situación, dos años después, sigue siendo la misma. Espero que no. Sospecho que sí.
Lo escribió Julio Numhauser y la cantó Mercedes Sosa, aunque ya lo sabíamos desde Heráclito. Panta rei, todo fluye, todo cambia; en la realidad y en la vida, en las costumbres y los hábitos. Y en los pequeños asuntos cotidianos. Si se compara el mercado del libro actual con el del pasado se percibe enseguida un claro contraste. Aquellas tendencias que hace treinta años apenas comenzaban a vislumbrarse, hoy son imperio. La necesidad de estar al día, de leerse lo último, esa novedad de la que todo el mundo habla, ha pasado de mero postureo a obligación. Las editoriales se encargan de que la dependencia sea intensa y esté bien cubierta. No puede ser de otra forma en nuestra amada sociedad capitalista. El negocio es el negocio. El caudal insostenible de novedades, así como la obligación autoinfligida de leer lo que hay que leer, acaba provocando un cierto estrés a ambos lados del libro. Como “ritmo demencial” lo denunciaba el escritor Guillem López, ganador de dos premios Ignotus en la categoría de novela española, en un tuit. “Un día de estos, alguien tendrá que plantear el debate, porque no es normal y no está bien”, acababa diciendo.
viernes, 25 de octubre de 2019
Jesús Carrasco. La tierra que pisamos
Cualquier conocedor del subgénero estaría tentado de catalogar La tierra que pisamos como novela ucrónica. La acción, sugerida en el pasado, transcurre en dos lugares que no existen en el tiempo: una Extremadura que, junto con el resto de España, ha pasado a ser territorio colonial, y un nada detallado norte de Europa, lejano corazón de un extenso imperio de raíces germánicas que prolonga sus dominios hasta el África negra. Aunque en la novela no se hace mención de ningún punto Jumbar -ese giro fantástico de la Historia que en toda ucronía separa realidad y ficción-, tanto la localización temporal como la geográfica parecen sugerir la existencia de un Segundo Reich victorioso en la Primera Guerra Mundial, un imperio alemán prolongado en el tiempo que en la novela hace gala de la misma actitud expansiva y cruel que mostraría posteriormente el nazismo.
En rigor, lo cierto es que no hay una ambición ucrónica en las páginas de esta novela, no se trasluce una intención de contar la Historia desde una línea alternativa. No se citan toponimias más allá de lo necesario y cuando esto ocurre, debido a la mayor concreción en las localizaciones españolas que invasoras, tiene un efecto de deriva del subgénero ucrónico a la pura alegoría. El escenario rural que describe la novela, inmerso en el sufrimiento, doliente bajo el yugo de un opresor belicista en el primer tercio del siglo XX, despierta ecos de nuestra propia Guerra Civil. Es imposible, pues, leer los actos de violencia que se desarrollan en la novela y no pensar en aquel conflicto. Lo cierto, sin embargo, es que el libro, salvando los escasos identificadores políticos y geográficos y debido a su atmósfera exótica y a la ausencia de un anhelo de concreción, se acerca más a ese tipo de literatura de corte fronterizo situada en territorios imaginarios, un escenario que ha brillado en la pluma de escritores como Dino Buzzati o J. M. Coetzee. Es, de hecho, con este último con quien los amantes de las comparaciones podrían, por tratamiento narrativo y contenido dramático, emparentar esta novela de Jesús Carrasco.
En el pequeño juego de dualidades que propone el libro, el invasor y el invadido son representados por otro par antónimo, el de los dos protagonistas humanos de la novela. La anciana Eva Holman, pareja y cuidadora de un viejo militar, siente la necesidad, a lo largo de todo el libro, de saber qué hay en la mente del hombre silencioso que un día aparece en su huerto, de extraer los pensamientos escondidos en su cabeza maltratada. Uno diría que, de alguna manera enrevesada y emulando al personaje de la obra de Ariel Dorfman, posiblemente las notas de "La muerte y la doncella", pues en la relación de ambos protagonistas se inmiscuye continuamente la culpa del torturador, en forma de toma de conciencia, y la inquisición de la víctima, latente en el reprobador silencio del torturado. En el proceso de descifrar los recuerdos del hombre, la anciana va tomando conciencia de la barbarie perpetrada por sus compatriotas hasta, finalmente, asumir como propia la culpa de los suyos. Ese proceso de reconstrucción de la memoria (que remite inevitablemente y de nuevo a la España oscura) ejerce la función del diálogo que ambos personajes no llegan a cruzar. En esa relación transmutada, en el juego entre interpretación y recuerdo, se encuentra, a mi parecer, el mayor triunfo literario de esta obra.
En el apartado estilístico, la escritura de Carrasco sigue hechizando, rica como es en vocabulario y precisión, aunque en algún que otro punto la disposición de las comas parezca algo libre. La narración es ágil, conjuga muy bien los continuos saltos temporales por los que avanza. El punto débil de esta obra no se encuentra en su escritura, sino en el contenido de sus última páginas, un festín del horror excesivo en cuantía, que busca culminar por acumulación pero acaba bordeando el efectismo. Y es que Jesús Carrasco no es un autor que conceda alivios. En Intemperie, su estreno como narrador, novela también recia, demostraba que los aridales y los campos muertos de nuestra península ibérica, encarnados en Extremadura, pueden ser un decorado tan válido para el tenebrismo naturalista como lo es, en la pluma de Cormac McCarthy, el medio oeste americano. En aquella primera novela, a pesar de tener un tono realista, la narración no definía con exactitud la localización geográfica, refiriéndose a una Extremadura vaga, difusa, en la que la tierra era el único valor real e inmutable. Esta segunda obra retoma esa dirección, pero añade datos históricos falsos, ucrónicos, internándose así en los dominios de la literatura fantástica, o lo que es lo mismo, en la frontera de la ficción metafórica. Para un amante de la ciencia ficción, novelas de esta calidad representan un motivo más para la alegría.
Esta reseña fue publicada por primera vez en C, el hijo de cyberdark.
miércoles, 18 de abril de 2018
Fredric Brown. Marcianos, Go Home!
Fredric Brown empezó a publicar relatos en los albores de los 40. Autor todoterreno, siguió la evolución natural de algunos de sus contemporáneos, desde el pulp inicial hacia tratamientos más adultos. Demostró su talento en diversos campos, cosechó premios importantes y repartió sus escritos entre varios géneros literarios, principalmente ciencia-ficción y novela negra, e incluso vio cómo algunas de sus obras eran llevadas a la televisión y al cine. Hoy en día, su nombre no despierta una pasión especial, pero seguramente eso sea producto del desconocimiento más que de la valoración intrínseca de su obra. Marcianos Go Home! constituye una oportunidad inmejorable para conocer de primera mano a uno de los autores más reivindicables de la vieja guardia, aquélla que convirtió la década de los 50 en la mejor que haya dado la ciencia-ficción en su centenaria historia.De Brown se suelen citar su capacidad para epatar en distancias ultracortas y su humor sardónico e inteligente, y en esta novela pueden apreciarse ambos atributos. Aquí presenta una invasión marciana esperpéntica, tanto por el físico de los invasores, que presentan la tradicional imagen del hombrecillo verde, como por el mismo carácter de la invasión, más una visita que una incursión bélica. Eso sí, una visita cuyos turistas representan con maestría el rol de la impertinencia absoluta. Con inteligencia incisiva, Brown arremete contra las actitudes hipócritas que configuran nuestro día a día, y aunque muy pocos párrafos desatan la carcajada, la suma de situaciones configura un conjunto que, por acumulación, acaba provocando la elevación cada vez más pronunciada de la comisura de los labios. A partir de cierto punto, la novela se lee con una permanente sonrisa cínica de reconocimiento.
Por supuesto, eso no es todo. La obra busca la complicidad con el lector también desde el estilo, sumando para que ésta se finiquite de una sola sentada. Las situaciones graciosas están insertadas hábilmente en una trama que, además, conduce paulatinamente a un interés mayor. Finalmente, uno de los famosos giros de Brown, aquéllos que lo convirtieron en rey del ultracorto, cierra el argumento de forma admirable y en consonancia con el tono de la narración. Un final que (tengo su lectura reciente) juega con las mismas implicaciones que Ian Watson introduce muchos años después, a otra escala, en la conclusión de Magia de reina, magia de rey, número 3 de esta misma colección.
Cabe destacar que, por primera vez tras varias ediciones en nuestro país, el lector español puede disfrutar de una traducción completa, ya que muchos términos recortados en anteriores ocasiones, por presuntamente ofensivos, son recogidos en la actual edición de Bibliópolis Fantástica. El volumen se completa, además, con una estimable aportación de Lorenzo Luengo que, partiendo de un deliberado paralelismo estructural con respecto a la novela, incluye un ensayo comparativo entre el libro de Brown y otras dos obras publicadas en su misma época, así como una deliciosa e imaginativa reseña biográfica en clave de ficción. Un toque de originalidad que aleja al ya omnipresente bonus biográfico de la trillada fórmula al uso. Un libro que hay que tener.
Esta reseña fue publicada originalmente en el portal Bibliópolis, crítica en la Red.
domingo, 15 de octubre de 2017
Dan Simmons. El ascenso de Endymion e Ilión
Lo que pudo ser y no fue
El ascenso de Endymion es la cuarta y última entrega de la serie que Dan Simmons iniciara en 1989 con Hyperion, ganadora del premio Hugo. Que Simmons es uno de los mejores escritores actuales del género no lo duda nadie. En mi opinión, el conjunto formado por Hyperion y La caída de Hyperion, en realidad una sola novela conocida como Los Cantos de Hyperion, constituye la obra cumbre del género de la ciencia ficción canónica, por eso era interesante para mí comprobar cómo intentaría el autor seguir maravillándonos con una continuación que provenía de una historia maravillosamente cerrada. La primera parte del binomio continuador, Endymion, resultó ser una grata narración de aventuras, convertida por el ameno estilo del escritor en un maravilloso retablo descriptivo del universo que ya conocíamos. Algunas de las imágenes incluídas en la novela permanecerán en mi memoria largo tiempo, tal es la habilidad descriptiva de Simmons (de la cual, por cierto, deberían aprender escritores poco claros como Gregory Benford). También se lanzaban al aire varias incógnitas para su futura solución y se dejaba entrever por dónde iban a ir los tiros en el episodio final, aunque en general no se aportaran muchas novedades. Ese último capítulo en el que debían desarrollarse nuevas ideas y solucionar los temas pendientes es El ascenso de Endymion, que extiende la serie total de dos a cuatro volúmenes.
La novela comienza cuatro años después de donde acabó la anterior. Durante las primeras cien páginas asistimos a la puesta al día de los protagonistas, de nuevo en acción, y a la nueva configuración del espacio humano dominado por Pax, del que ya conocíamos algunas cosas. Los capítulos se suceden entre las notablemente gráficas descripciones de los mundos que visita Raul Endymion y las intrigas que se suceden en la dirección del imperio humano de Pax. A los capítulos que contienen las hazañas individuales de Endymion le suceden capítulos corales que recuerdan claramente el espíritu de La caída de Hyperion.
El ritmo se va acelerando de una manera trepidante hasta llegar al capítulo decimotercero, un capítulo de los más grandes que un servidor haya leído en esto de la ciencia ficción, comparable a los tres que cierran magistralmente la inolvidable Trilogía de las Fundaciones de Isaac Asimov. La maestría en el manejo del diálogo y lo que en este episodio se expone (la explicación del Tecnonucleo sobre lo que pasa) llevan al lector al asombro más absoluto. Con gran coherencia se da una vuelta completa a todo lo que se tenía aceptado como bueno, y uno se da cuenta de que esto podría no ser una continuación, sino parte de un libro escrito en cuatro volúmenes. Hasta el sentido completo de Endymion cambia con las verdades del Tecnonucleo. Así continúa la lectura hasta que nos topamos con la página que abre la segunda parte del libro. A estas alturas, sin haber llegado aún a la mitad de la novela, uno está convencido de estar ante una obra maestra, y de repente...
El comienzo de la segunda parte nos sumerge en otro libro distinto. Hay un cambio de ritmo tal entre la aceleración con la que se llega a este punto y lo que se encuentra a partir de él, que el lector ve su atención mermada. Da la sensación de que Simmons hubiera tenido que dejar de escribir para dedicarse a otras ocupaciones durante un tiempo, porque durante casi doscientas páginas cae en la más reciente moda norteamericana y nos introduce en una cultura orientalista situada en un mundo constituido por altos picachos. La falta de acción más absoluta, envuelta en la reiterativa descripción de este mundo (incluyendo capítulos que no tienen nada que ver con la trama principal y que sobran completamente), provocan lo impensable: Simmons se hace pesado. Y eso no es lo peor. La historia ha saltado repentinamente cinco años, y cuando uno busca el porqué, sólo se le ocurre un motivo: que Aenea, la niña mesías, tenga más de veintiún años; es decir, que sea sobradamente mayor de edad según las normas estadounidenses para que algo inevitable, hacer el amor con el protagonista de treinta y dos años de edad, no levante llagas morales.
Pero eso no es todo. La verdadera idea motora de este volumen aparece aquí: es lo que Aenea llama el Vacío Que Vincula. La explicación de qué es se ofrece en esa desafortunada segunda parte del libro, y está a su escasa altura. El concepto de una dimensión de emociones alternante con el espacio tiempo y a la que se llega principalmente por amor hace que vengan a la cabeza de uno las notas de aquella canción de los Beatles, "All You Need Is Love", y es que la mística y la ciencia ficción, para mi gusto, nunca han casado muy bien. Uno recuerda con espanto, a mitad de esa parte de la novela, las palabras de Simmons: "Con este libro he querido demostrar que el amor es una fuerza universal". Y uno se echa a temblar; el término "hippie" resuena en la mente. Ruega al dios de la ciencia ficción que la respuesta verdadera sea la dada por el Tecnonucleo, y no la de la joven mesías. El rezo recibe la misma respuesta que todos los rezos de la historia.
Inmensamente fastidiado, uno sigue leyendo, y lo que antes hubiera pasado de largo ya no lo perdona. Simmons por fin decide continuar con la acción, y en un combate realmente intenso, como sólo él sabe describir, el que ha sido hasta ahora mero comparsa y un pobre tonto se basta él solito para acabar a puñetazo limpio con una criatura que le reventó las tripas al legendario Alcaudón (el verdadero motor oculto de toda la serie) en el anterior libro.
Llegamos a la tercera y última parte y la acción se torna de nuevo desenfrenada. Simmons decide echar mano de los pesos pesados, y hace aparecer por arte de magia a los protagonistas de los dos primeros libros. Estos le dan más emotividad a la narración, pero el lector, con la mosca tras la oreja, se empieza a preguntar qué hacen aquí, y la verdad es que algunos no hacen nada; ni Rachel, ni Kassad, ni el Cónsul (meramente testimonial su aparición en dos páginas) tienen justificación.
Creo que he dicho ya que Simmons es un escritor como la copa de un pino. Gracias a eso consigue hacernos entrar de nuevo en el libro, aunque ya esté tocado de muerte. De nuevo, la descripción de las batallas espaciales es majestuosa. Aciertos como la Biosfera -una esfera de vida alrededor de una estrella- y sobre todo la Pasión de la mesías Aenea, semejante en casi todo a la del Nuevo Testamento, hacen que el final sea realmente apoteósico, lágrimas incluidas. El universo resultante acaba retrotrayéndonos a las novelas de hace varias décadas, en las que se podía viajar por el espacio con sólo la fuerza del pensamiento. El desenlace y la solución final son ampliamente satisfactorios, o al menos eso parece al cerrar El ascenso de Endymion.
En conclusión, una novela que se sostiene sólo gracias a la maestría estilística de su autor y que iba para obra maestra y lamentablemente se queda en simple divertimento. A diferencia de sus antecesoras, cuando se piensa un poco, se encuentran bastantes incongruencias, y sobre todo, se hace patente que esta novela no estaba pensada, que ha ido haciéndose sobre la marcha en la cabeza del autor. Conceptos como las parcas, de las que no volvemos a saber nada; o la libreyección, que podía haber ayudado a escapar a la mesías sin necesidad de Endymion; el hecho de que Nemes venciera fácilmente al Alcaudón en el anterior libro, y no utilice el arma con la que venció en éste; el uso de los míticos personajes de las primeras novelas sin venir a cuento; la ubicación del Tecnonucleo, que Simmons vende como sorpresa, olvidándose que ya lo comentó en el tercer libro, etc., todo empuja a repudiar la novela. Sin embargo, El ascenso de Endymion gusta y deleita porque Dan Simmons nos engaña mediante su embelesadora escritura y esa inagotable imaginación que sabe desplegar como nadie. Podía haber sido una novela importante, haber aportado de forma inesperada más complejidad a la mejor bilogía que haya visto el género de ciencia fición, y sin embargo se queda en mera impostura. Grandes momentos, pero, debido a sus contradicciones con lo mostrado en Los cantos de Hyperión, también una traición a su glorioso origen.
* La versión original de este texto fue publicada en el portal Bibliópolis, crítica en la red.
Un yanqui en la corte del rey Príamo
No voy a citar Hyperion. Considero injusta la carga de la comparación a perpetuidad que ha de soportar el resto de la obra de un autor cuando éste ha dado a luz, en algún momento anterior de su carrera, una novela definitiva. Más injusto si cabe en Dan Simmons, un escritor de su tiempo que sabe moverse entre distintos géneros, que desborda oficio en los diversos campos literarios en los que publica, sea ciencia ficción, terror o suspense. Se apunta además en algunas críticas hacia el sospechoso parecido de la nueva novela con aquella obra maestra. No me lo parece. Más allá de algunas coincidencias puntuales –la personalidad de Hockenberry, el tele transporte, el concepto de noosfera-, Ilión presenta una trama y una estructura absolutamente independientes, propias. La última novela de Simmons ha de explicarse por sí misma, no en competición con insuperables hitos del pasado.Articulada en la alternancia de tres líneas argumentales confluyentes, se puede catalogar como space opera con anhelos literarios. Más aún que en la reciente La edad de oro, de John C. Wright, el aspecto externo de la narración es procazmente zelazniano, profuso en tecnologías con apariencia mágica que confieren a sus portadores el poder de dioses. En el corazón de la obra resuena el afán del autor por homenajear a algunos clásicos de la literatura universal, principalmente la Iliada, de Homero, y La tempestad, de William Shakespeare. También hay referencias a En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y a alguna otra obra del bardo inglés, aunque estas últimas no forman parte del basamento de la historia como las anteriores, sino que amenizan el discurso narrativo y alimentan el diálogo entre dos peculiares personajes.
Simmons conduce al lector por un Sistema Solar repartido entre unos seres mecánicos llamados moravecs, que habitan el sistema jupiterino y los asteroides, y una raza de posthumanos encarnados en los dioses griegos legendarios, pobladores del Monte Olimpo marciano. Aparentemente al margen, los escasos últimos humanos viven en la Tierra una suerte de utopía basada en la automatización y la ignorancia. En el núcleo de la novela, la guerra de Troya es revisitada y alterada por el escólico Hockenberry, un humano del siglo XXI al que los dioses han resucitado para que estudie in situ la contienda. El autor comienza la novela en el mismo punto que la Iliada, retocando el texto original. Imita el lenguaje homérico en varios aspectos, como la reiteración de los atributos de sus personajes al nombrarlos, y logra hacer interesante la revisión del texto de Homero merced al punto de vista moderno y al dominio de la acción, uno de sus mayores activos. Los enfrentamientos entre héroes y dioses son, sencillamente, espectaculares.
Mientras que la primera línea argumental glosa la epopeya troyana, la segunda describe las andanzas de un grupo de humanos a través de zonas olvidadas e inaccesibles de la Tierra. Su objetivo es encontrar la forma de subir a los anillos orbitales, donde les aguarda un tenebroso secreto. Sobresale en estos capítulos la imaginación de Simmons, su facilidad para componer imágenes poderosas, lugares inolvidables y exóticos por los que transitan los personajes hacia su destino. En la parte final comparten escenario con los principales protagonistas de La tempestad, Calibán y Próspero, así como Ariel y el misterioso Setebos, que sugieren la existencia de otras entidades ajenas a robots y superhombres en el sistema. El conflicto troyano y la singladura humana a través de una Tierra cambiada ofrecen grandes momentos y sobrada amenidad. Sin embargo, la novela cojea. El motivo se encuentra en la diferencia de velocidades que se da entre ambas narraciones y una tercera protagonizada por dos moravecs pedantes, que avanza pesadamente entre debates literarios y descripciones de naturaleza hard, sin interés alguno. Puede el lector saltarse capítulos enteros, como el de los maniobras en la nave destruida en órbita o el del arribo a Marte, sin que por ello quede afectada su comprensión del conjunto.
A este problema cada vez más extendido, el inflado innecesario de páginas conocido en el mercado angloparlante como Fat Fiction, se une otra epidemia de la literatura fantástica actual, la de las series. Es difícil escribir una crítica coherente de una novela que no acaba, que lo deja todo en el aire en espera de futura conclusión, quizás, si hay suerte, en el siguiente volumen de la enelogía. Ilión o la citada La edad de oro no son mas que dos ejemplos, pero hay infinidad. Para colmo, la edición española es una nueva agresión al lector. Ediciones B ha decidido resucitar el chollo de las novelas por entregas, pero por el antiguo método del pan y los peces. Paga una y cobra dos, o tres, como en el caso de los libros de Neal Stephenson, así una bilogía se convierte en una tetralogía; y una trilogía en una... a saber. Lo más llamativo es que el propio director de la colección, Miquel Barceló, también se queja de ello, por lo que, aparentemente, está al margen de la maniobra. La especulación parece ser el signo de estos tiempos, al menos en España.
En última instancia, lo importante es la literatura, y en este caso habrá que esperar a que aparezca el prometido Olympos para emitir juicio definitivo sobre la calidad y habilidad demostrados por Dan Simmons en esta nueva incursión en el género de la cf. De momento, clembuterol aparte, Simmons va bien.
* La versión original de este texto fue publicada en el número 41 de la revista Gigamesh.
jueves, 21 de septiembre de 2017
Criminal Blurbs
lunes, 21 de agosto de 2017
Robert C. Wilson. Darwinia y Los cronolitos
Tras ser nominado tres veces, dos de ellas con las obras que encontrarán ustedes reseñadas más abajo, a Wilson le llegó la recompensa con Spin, novela aclamada por la cual no comparto devoción. Fue uno de esos casos en los que uno se queda solo contra el mundo; me pareció que, al igual que le había ocurrido años antes al también canadiense Sawyer, no habían premiado su mejor novela, sino un merecimiento acumulado. Si me preguntan, creo que esta es Los cronolitos, aunque también es cierto que no he podido leer sus últimas obras. En España, Wilson ha pasado a ser uno de esos escritores "quemados", una víctima de los movimientos editoriales. La Factoría de Ideas publicó gran parte de su obra en Solaris Ficción, pero no pudo hacerlo con Spin, el premio Hugo, que fue publicado en Omicron, de Roca Editorial. Extintas las dos colecciones, nadie ha querido coger el testigo, ni para publicar las dos continuaciones de un premio Hugo, que en teoría siempre ayuda en las ventas, ni para publicar las tres novelas independientes escritas después por el autor, una de las cuales fue nominada a ese mismo premio en 2009.
Es una lástima, pero, debido a los vaivenes editoriales y a otras cuestiones de mercado algo más complejas, los lectores españoles perdemos la posibilidad de seguir leyendo a autores interesantes y de completar series interrumpidas, que acaban quedando cojas en las estanterías. Un autor o una serie "quemados" dejan al lector desamparado, máxime cuando algunas de esas series no han sido creadas al socaire de un éxito, sino que han sido concebidas como un cuerpo entero, aunque dividido en entregas. Seguro que ustedes, como yo, tienen más de una en la cabeza; díganme las suyas y yo les diré las mías.
Darwinia
En ocasiones, se hace difícil encontrar las palabras exactas con las que definir qué sentimientos despierta en su conclusión un determinado libro. En otras, sin embargo, es tarea sumamente fácil. Esta novela de Robert C. Wilson, por ejemplo, sólo provoca sinónimos: enojo, irritación, enfado. Y no por su ideología o por su baja calidad, sino por su defectuosa construcción; por suponer, en suma, una gran ocasión desperdiciada. Darwinia comienza de manera fulgurante, bajo una premisa realmente atractiva. En 1912, de la noche a la mañana, Europa es misteriosamente sustituida por una espesa jungla de flora y fauna desconocidas. Con una prosa más que cuidada, vaga lentitud y exquisito gusto por lo antiguo, el autor logra reproducir los aromas de la imprescindible literatura de viajes de principios del siglo XX. La América que habrá de convivir con las consecuencias del llamado "Milagro" y las nuevas tierras de Darwinia, vividas a través de los ojos y experiencias de los principales protagonistas, se convierten en un decorado de lujo para el desarrollo del principal motor de esta obra: el misterio que envuelve a la transfigurada Europa.
Con este comienzo, Darwinia se prefigura como una novela realmente absorbente, capaz de jugar con subgéneros presumiblemente dispares, aunando la supuesta ucronía y el consabido macroartefacto (¿qué otra cosa sino esto es en realidad el nuevo continente de Darwinia?) en un conjunto impulsado continuamente por una indescifrable incógnita. Sin olvidar tampoco el magnífico telón de fondo que supone la posibilidad de especular con una Historia en la que no existió Primera Guerra Mundial ni influencia alguna de Europa en el decisivo siglo XX.
Sin embargo, como en la vida misma, la sinrazón aparece a veces en el terreno de lo creativo. Llegado el primer tercio del libro, en un defraudante ataque de impericia, el autor decide cortar dolorosamente el ritmo y la vida de la narración insertando un breve Interludio, tras el cual pretende continuar las cosas donde las dejó. En él, se desvela anticipadamente, con pelos y señales, el origen y causas del misterio darwiniano, lo que provoca el desinflamiento total de la trama, que a partir de ese momento, conducida con pulso inestable, deja de interesar del todo.
Aunque la idea interna que da origen al prodigio del cambio de Europa es enormemente interesante, lo que resta del libro resulta ya tan falto de intriga que la lectura se torna anodina; el conocimiento del secreto mata la curiosidad. Del posible estudio histórico paralelo no se dan mas que breves apuntes. Hasta la prosa se devalúa. Sólo al final, en la lógica y anunciada conclusión, la novela vuelve a ganar cierta altura debido a un breve conchabeo con el terror lovecraftiano. Sin embargo, la presunta profundidad que se adivina en las últimas páginas no logra calar debido al estado de desinterés con que se llega a ellas.
Darwinia es un ejemplo más de lo que pudo haber sido y no fue. Una ilustración maravillosa, un excelente comienzo, unas ideas dignas del mejor creador, pero en resumen, una historia mal contada.
La novela más reciente de Robert Charles Wilson, candidata al premio Hugo de 2002 y co-ganadora del premio John W. Campbell Memorial de ese mismo año, confirma la fijación del autor por una misma idea como base central de su interesante obra. Esto no es algo nuevo (recordemos que el gran Dick basó la casi totalidad de su creación literaria en dar vueltas y vueltas sobre el mismo asunto) ni, en este caso, negativo. Las tres novelas de Wilson publicadas hasta el momento por La Factoría de Ideas tienen su origen en alguna misteriosa aparición o desaparición. En Darwinia, el continente europeo al completo era sustituido de la noche a la mañana por una inexplorada jungla extraterrestre; en Mysterium, un pueblo del medio oeste americano se trasladaba a una realidad alternativa; en Los cronolitos, una serie de colosales monumentos procedentes del futuro próximo comienza a aparecer a lo largo y ancho de Asia. Afortunadamente, el escritor canadiense no reitera los argumentos y dota a sus novelas de historias originales con tramas muy distintas. Los cronolitos se desarrolla en un futuro cercano en el que la sociedad se ve empujada al desastre debido a la aparición espontánea de enormes monumentos, los cronolitos del título, que conmemoran las futuras victorias de un genio militar llamado Kuin, casi dos décadas más adelante. La razón de ser de estos cronolitos parece evidente: crear un bucle de retroalimentación para que el efecto, inexorablemente, conduzca a la causa. La inestabilidad que provoca la sucesiva aparición de los monumentos da paso a una sociedad cada vez más caótica, con lo que la llegada de Kuin, y su triunfo, parecen inevitables. En medio de todo ello, Scott Warden trata de sobrevivir a la extraña marea de acontecimientos, en la que además parece jugar sin saberlo un papel importante.
Miquel Barceló alertaba recientemente a los lectores de la colección Nova sobre la exagerada preponderancia de la tendencia denominada near future en la actual ciencia-ficción, pero si bien es cierto que este libro podría incluirse de refilón en ese cajón de sastre (más bien en una especie de “desastre cercano”), su verdadero campo de ficción es el de los fenómenos temporales. Y se mueve en él, a pesar de la dificultad que supone toda historia contada al revés, admirablemente. Sin utilizar paradojas ni el fácil artificio de los universos paralelos, el resultado final, un bucle temporal autorregenerativo, se cierra de forma sorprendentemente correcta. La propuesta de efecto-causa está impecablemente tratada, y prueba de ello es la ausencia de cabos sueltos en un final que, aunque carezca de fuerza, no podía ser otro.
Los personajes son creíbles, y a pesar de mostrar esa cantidad de desgracias personales tan en boga en la cf actual, Wilson no se permite la pesadez de Gregory Benford o el amarillismo de Robert J. Sawyer. Los cronolitos es, sin duda, la obra más redonda de Wilson hasta el momento. Entretenida, inteligente y sin material de relleno. Y es ciencia-ficción. ¿Qué más se puede pedir en estos tiempos?
Estas dos reseñas fueron publicada originalmente en Bibliópolis, crítica en la red.

























