miércoles, 16 de enero de 2013

Imágenes de cf. XVI

"Sólo desde muy lejos podría verse algo; pero en realidad todo pasa en el interior de la simetríada; matriz colosal y prolífera que nunca deja de crear, donde la criatura se transforma en seguida en creador, y "gemelos" perfectamente idénticos nacen en las antípodas, separados por torres que suben al cielo y kilómetros de distancia. La sinfonía se crea a sí misma y escribe su propio final, que nos parece terrible. Los observadores tienen la impresión de asistir a una tragedia, o a una masacre. Al cabo de dos o tres horas —nunca más— el océano vivo inicia el ataque. La superficie lisa del océano se pliega y se anima, la espuma desecada vuelve a fluir, comienza a burbujear. De todos los horizontes acuden, olas, en legiones concéntricas, mandíbulas entreabiertas mucho más grandes que los labios del mimoide embriónico, y todas juntas comprimen la base sumergida de la simetríada. El coloso se alza, como si fuera a escapar a la atracción del planeta; las capas superiores del océano se arriman todavía más, las olas suben, lamen los flancos de la simetríada, la envuelven, se endurecen, obstruyen los orificios. No obstante, el mayor espectáculo se presenta en el interior de la simetríada. En un principio, el proceso de creación —la arquitectura evolutiva— se paraliza un instante; en seguida sobreviene "el pánico". La flexible interpenetración de las formas móviles, el desplazamiento armonioso de planos y líneas se aceleran todavía más, y se tiene la impresión ineludible de que la simetríada ha advertido un peligro y se apresura a emprender alguna tarea. El horror causado por las metamorfosis y la dinámica de la simetríada crece viendo cómo las espléndidas bóvedas se derrumban, los arcos se desploman y cuelgan flojamente, y aparecen "notas falsas": formas incompletas, confusas, grotescas. Desde los abismos invisibles sube un poderoso rugido, un ronquido agónico reverbera en canales estrechos y truena en las cúpulas desmoronadas. De las gargantas monstruosas, erizadas de estalactitas de flema, de cuerdas vocales inertes, brotan unos profundos estertores. El espectador, pese a la creciente violencia destructiva de estas convulsiones, no atina a moverse. Sólo el huracán que sopla de los abismos y aúlla en millares de galerías sostiene aún la elevada estructura. Pronto el viento amaina, y la construcción empieza a hundirse. Se observan los últimos temblores: contorsiones, espasmos ciegos y desordenados. El gigante se hunde lentamente y en la superficie queda un torbellino de espuma."



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