lunes, 14 de enero de 2013

Breves: Bárcena, McCarthy, Rosenblum y Kuttner

Los que duermen, de Juan Gómez Bárcena


Una delgada antología de cuentos cortos que se lee con agrado y se olvida al cabo de pocos días. Bárcena escribe bien, no se puede negar, curiosamente mejor al final de este volumen que al principio, algo que ignoro si es pura casualidad o producto del tiempo, de la revisión o una impresión mía. El conjunto de relatos, sin embargo, adolece de desaciertos puntuales en la estructura y de una generalizada falta de suspense. El problema radica más en el contenido que en la escritura; los relatos presentan una notoria falta de peso, o por decirlo de otro modo, carecen de alma.
Da la sensación de que Bárcena no da con la tecla para hacer llegar al lector lo que tiene que decir, y aunque escribe correctamente, no transmite. Sus inquietudes temáticas y los escenarios que maneja lo colocan en la estela de escritores como Gorodischer o Dunsany, pero no logra hacer mella ni en la fascinación ni en el recuerdo del lector. Unas semanas después de su lectura sólo sobreviven en mi memoria un par de detalles y un relato, el titulado "El mercader de betunes", en el que se narra la deserción y el triunfo final de Aquiles. Junto a este cuento, lo más reseñable es, probablemente, la hermosísima cubierta.


La oscuridad exterior, de Cormac McCarthy


Cada vez que leo un libro de Cormac McCarthy se me vienen abajo todas las lecturas realizadas en los meses anteriores. A su lado, todo lo leído, género o mainstream, me parece feble, de segunda división, da igual la grandeza del nombre que firme el texto. La escritura casi bíblica, absolutamente lírica del norteamericano, podría sacar los colores a cualquier artesano de la escritura. En cada uno de sus libros demuestra que se puede hacer poesía en prosa, y que si la literatura es arte, entonces tiene la obligación de buscar la belleza en todos sus órdenes, conceptual y estético.
Los protagonistas de La oscuridad exterior, la segunda novela escrita por McCarthy, son dos hermanos, padres de un niño al que él deja abandonado entre unas rocas tras nacer y al que posteriormente se verá obligado a encontrar, atravesando en la busca los bosques y pueblos de una norteamérica oscura, atávica. La belleza del paisaje natural, la crueldad y animalidad de los pobladores humanos y la pugna de una civilización balbuceante por imponerse a un mundo salvaje, regido por comportamientos primarios, hacen mella en la imaginación del lector. El hipnótico estilo y el vasto vocabulario lo convierten en mudo testigo de un mundo tan arcaico como hermoso, un mundo de frontera, bello y terrible, en el que tres jinetes infernales -el mal siempre presente en la obra mccarthyana- asoman cada cierto número de páginas presagiando tragedia y horror, y produciendo una sensación de predestinación y escalofrío.
El final no es apto para estómagos sensibles, pero sí muy disfrutable para todos aquellos que se quejaron en su día de la, a su entender, debilidad mostrada por el viejo McCarthy en las últimas páginas de La carretera.



El enigma cuántico, de Bruce Rosenblum y Fred Kuttner


Un libro extremadamente interesante, muy aconsejable para todo aquel que quiera conocer de manera no muy complicada el fascinante mundo de la mecánica cuántica. Los autores, dos físicos norteamericanos, tratan el tema con tanto rigor como amenidad, introduciendo al lector en los misterios del mundo subatómico con la intención de trasladarle las sorprendentes implicaciones que para nuestra realidad tiene el concepto cuántico, un "secreto de familia" que la Interpretación de Copenhague, defensora del pragmatismo a ultranza, obliga a dar de lado en pro de la investigación y el utilitarismo.
La mecánica cuántica funciona, y eso es lo que cuenta. El problema es que parece demostrar cosas que creemos absurdas, como por ejemplo que el observador influye en la creación de un proceso (de alguna forma, lo crea al observarlo), lo cual podría conducir a la peligrosa conclusión de que es la conciencia la que da origen a la realidad. Rosenblum y Kuttner ponen todos los datos al alcance del lector y hacen desfilar en orden cronológico a todos los eminentes científicos que investigaron la teoría cuántica, aquellos que la fueron configurando hasta darle su actual apariencia: Planck, Einstein, Bohr, De Broglie, Schrödinger, Heisenberg, Bell...
Conceptos como el del entrelazamiento cuántico, que sugiere que dos partículas pueden estar conectadas independientemente de la distancia que haya entre ellas, o la superposición cuántica, que asegura que una partícula puede estar en dos estados a la vez hasta que se la observa (marcando el observador de ese modo la realidad del estado, antecedentes temporales incluidos), son acompañados con clarificadores ejemplos, de tal modo que -y quizás sea este el único pero del libro- cuando llegan los capítulos finales dedicados a la conciencia, en los cuales las implicaciones deberían estallar como una bomba retardada, la sorpresa lo es menos. El último capítulo, en el que se aplica todo lo tratado al entorno cósmico, contiene sentido de la maravilla a espuertas, en dosis altamente peligrosas por su pureza.

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