domingo, 30 de septiembre de 2007

Alfred Bester. El hombre demolido y Las estrellas mi destino

Hoy se cumplen 20 años de la muerte de uno de los escritores más importantes que haya dado el género de ciencia ficción a lo largo de su historia. Su obra fue tan escasa como crucial, su influencia en gran parte de los autores posteriores, innegable. Como homenaje, reproduzco aquí un pequeño artículo dedicado a sus dos obras maestras.




ALFRED BESTER: UN MITO EN DOS NOVELAS

En 1987, el mismo año de su muerte, Alfred Bester recibía el título de Gran Maestro con el que la Science Fiction and Fantasy Writers of America premia, generalmente en su ocaso, la carrera de quien ha tenido una influencia decisiva en la evolución del género de ciencia ficción. Si históricamente la concesión del premio ha podido estar alguna vez sujeta a polémicas debido al dudoso merecimiento del homenajeado, esta ocasión, sin duda, no ha pasado a la posteridad como una de ellas. Y es que Alfred Bester ya era considerado un maestro desde la lejana década de los 50. Culpables de ello, dos novelas irrepetibles de una modernidad absoluta por las que no ha pasado el tiempo, y en las cuales, profundizando un poco, se descubren más puntos en común de los que aparecen a simple vista. El hombre demolido y Las estrellas mi destino constituyen el triunfo definitivo de un mismo esquema aplicado a dos historias diferentes.

COMIENZA LA DEMOLICIÓN

El hombre demolido cuenta con el significativo honor de ser la primera novela ganadora del premio Hugo, un hecho notable si se tiene en cuenta la calidad de las obras publicadas en aquella época, obras del calibre de Limbo, de Wolfe, Mercaderes del espacio, de Pohl y Kornbluth o Fahrenheit 451, de Bradbury; de la magnificencia de Ciudad, de Simak o El fin de la infancia, de Clarke. La razón de su victoria hay que buscarla en un estilo innovador, un original argumento y, sin duda, ese sello propio, obsesivo y perverso, con el que Bester construye sus obras. En este auténtico thriller de ciencia ficción lo importante no es el imposible crimen, que conocemos desde el principio, sino la lucha entre dos personas obsesionadas con sus respectivos papeles; policía y asesino, perseguidor y perseguido. Dos compulsiones diferentes pero complementarias; un hombre acosado por su propio fantasma, con el más depravado de los crímenes en mente, y otro, consciente de su imperfección interior, al que la persecución del criminal ofrece el acto definitivo de autoafirmación.
Ben Reich, una de las personas más ricas del Sistema Solar, decide asesinar a su rival financiero espoleado por el hecho de que en la sociedad del siglo XXIV eso constituye un crimen casi imposible. Desde hace un siglo, los aún escasos telépatas terrestres, conocidos como Espers, se encargan de asegurar el cumplimiento de la ley, echando un vistazo a los pensamientos del criminal antes de que se produzca el delito. Reich utilizará todos los medios a su alcance para cometer el crimen y tratar de salir impune. Soborno, chantaje, asesinato, coacción; toda práctica criminal al alcance de un cerebro obsesionado con una idea y con un ser que le atormenta: el Hombre sin Rostro.
Lincoln Powell, el telépata encargado de desenmascarar su crimen, luchará con todas sus fuerzas contra el hombre que puede suponer el fin de la organización telépata y de la sociedad humana tal como es. Con la principal testigo desaparecida, hija del asesinado presidente de empresas D'Courtney, Powell acosará a todos los personajes a quienes Reich ha logrado corromper hasta crear un cerco en torno al criminal del que difícilmente podrá escapar. Sin embargo, sólo una última acción desesperada, con riesgo de su propia vida, logrará poner en jaque al asesino. El final, de evidente fundamento freudiano, es quizá el punto menos brillante de la novela, debido más a un cierto apresuramiento que a su contenido.
Una base importante de la novela es el tratamiento de la mente desde varios aspectos. Los focos de estudio van desde la telepatía, cuyo concepto marca a la sociedad descrita y al grupo de telépatas en concreto, a la batalla que en el plano intelectual mantienen los dos protagonistas, y también a la más que evidente locura del personaje principal, Ben Reich, con quien el lector realiza un viaje sin retorno a los infiernos. Bester, quien confesaba que para él lo importante en un escritor es, al margen de estilos y técnicas, ser uno mismo, apoya con su intensa manera de contar las cosas esta historia de crímenes y oscuros anhelos. El truco con el que el magnate trata de mantener sus pensamientos inaccesibles a su perseguidor es otro claro ejemplo de lo hondo que cala su innovador estilo; aun después de terminar la lectura, el repetitivo estribillo "Tensión, compresión y empieza la disensión" persigue al lector de igual manera que al protagonista de la novela. La figura del Hombre sin Rostro, siempre escondida en el fondo de la trama, es una presencia indefinida que impone su misterio con inquietud a lo largo de todo el libro.
Sin duda El hombre demolido es un libro importante, de los que perduran en la memoria largo tiempo. Una novela que, adelantándose en más de una década a la New Wave, antepone el estudio de los efectos al del hecho en sí, interesándose más en los telépatas que en la telepatía, en los sentimientos de los personajes que en la maravilla tecnológica o física, quedando ésta como una mera excusa. No en vano, Bester llegaría a afirmar más tarde que odiaba el hard, la ciencia ficción dura, por fijarse menos en las personas que en los fenómenos.

LA OBSESIÓN DE UN TIGRE

Pero si esta obra ganó para Bester la popularidad, se puede decir que la novela que le concedió mayor prestigio y por la que pasaría a la posteridad llegó tres años más tarde. En 1956 veía la luz una obra de calidad incontestable, que desde su publicación iría creciendo más y más hasta constar en todas las listas de las mejores novelas de ciencia ficción de todos los tiempos. Conocida también como Tigre, tigre, la aparición de Las estrellas mi destino marcó sin duda el cénit del escritor, a mitad de una de las décadas más influyentes (si no la que más) en toda la historia del género.
Una lacerante obsesión vuelve a cobrar protagonismo en la novela, pero en esta ocasión su origen no se encuentra oculto en la mente de su dueño. Aquí la raíz del mal no proviene de la ambición ni del subconsciente, sino de un hecho bien conocido desde las primeras páginas de la novela. El sustento de la oscura pulsión interna que empuja al personaje principal es algo tan antiguo y primitivo como la venganza.
Gully Foyle, un anónimo don nadie que lleva varios meses luchando por sobrevivir encerrado en el interior de un pequeño armario, entre los restos de una nave espacial destruida, sufre una metamorfosis interior al ser abandonado a su suerte por el Vorga, otra nave que podía haberle rescatado, pero que pasó de largo. Tras un juramento de fuertes reminiscencias mitológicas, Foyle se convertirá en la persona más peligrosa y buscada del Sistema Solar. En posesión de un secreto cuyo poder él mismo desconoce, su obsesión por la venganza le llevará a transmutarse en un auténtico tigre salvaje, en actitud y apariencia, que no dudará en utilizar cuantos medios criminales encuentre a su alcance para satisfacer el oscuro deseo que le consume: acabar con la vida de los que le abandonaron.
Para situar las aventuras de este Edmundo Dantés del futuro, Bester crea una sociedad que los mismos Dumas o Dickens encontrarían familiar. Personajes sórdidos, prisiones tenebrosas, aristócratas de excesiva pomposidad, fiestas versallescas y alta política marcan, junto con la cuasi mágica capacidad del jaunteo, la personalidad de un siglo XXV que Bester califica al comienzo de la narración como Edad de Oro. El artificio fantástico de la novela -la capacidad de teleportación a voluntad o jaunteo-, es de nuevo más importante por sus efectos sobre la sociedad que como disciplina de estudio. No se explica: es así y punto. Lo que al autor le interesa no son las causas, sino las consecuencias y cómo éstas pueden afectar no sólo al protagonista del libro, sino también a todas las personas que pueblan su universo.
Con un ritmo infatigable que obliga a leerla de una sentada, la novela realiza un estudio irreprochable de las emociones que mueven a un hombre y le obligan a convertirse, primero en villano y finalmente en héroe. Cuenta también con una característica fundamental que la acaba de distanciar cualitativamente de su predecesora: un impresionante final repleto de emoción que logra traspasar el aspecto de novela negra para acomodarse definitivamente en el estante de la auténtica ciencia ficción. Al término de su vendetta, Gully Foyle pasa de simple Conde de Montecristo vengador a liberador y guía de la Humanidad. En el final de su viaje, el tigre renuncia a su condición para convertirse en algo distinto, pero esta vez de manera voluntaria, actitud que define su grandeza. Foyle, al igual que el Gosseyn de El mundo de los No-A, de Alfred E. Van Vogt, ve cómo sus poderes le acercan a una divinidad inesperada que le exige una gran responsabilidad.
Aunque en Las estrellas mi destino asistimos a violaciones, robos, asesinatos en masa y otro tipo de excesos, la impresión final es menos violenta que en El hombre demolido, quizá por ser los motivos de Gully Foyle más cercanos y comprensibles (los motivos, quede claro) que los del infame Ben Reich. Pero seguramente, junto con las lógicas diferencias argumentales, constituye ésta una de las pocas variaciones entre las dos obras, ya que tanto esquema como decorado tienen un gran parecido.

EL TIGRE DEMOLIDO

Comenzando por los detalles, no es muy difícil darse cuenta de la similitud que ofrecen dos figuras irreales, escondidas siempre en el fondo de la narración y que, siendo parte integrante de los propios protagonistas, despiertan el más profundo temor en ellos. Aunque uno es real y el otro un símbolo, el Hombre Ardiente y el Hombre sin Rostro representan la misma cara de la moneda: el miedo a lo desconocido, a la oscuridad interior que todos llevamos dentro. En el reverso de esa misma moneda se encuentra la obsesión lacerante que, como una irrefrenable fuerza insana, mueve a los dos personajes en un universo cuyos paisajes son los mismos. El escenario -siglo arriba, siglo abajo-, es en ambos casos un Sistema Solar habitado en su mayor parte, a cuyos mundos han de viajar Foyle y Reich para dar rienda suelta a sus primarias pasiones a la vez que huyen de sus clarividentes perseguidores, llámense estos Lincoln Powell, Saul Dagenhaim o Y'ang Yeovil. Los todopoderosos magnates -el resabiado Presteign de Presteign, el difunto D'Courtney o el propio Reich- pasan de las carnavalescas fiestas aristocráticas a dar muestras de la ambición más desmedida en apenas un suspiro. Las gigantescas corporaciones, más poderosas que muchos gobiernos, mantienen una lucha sin cuartel por hacerse con el dominio de todo, respondiendo a la megalomanía de sus propietarios. Todo ello treinta años antes de la aparición del movimiento cyberpunk.
Bajo el mismo signo, no sólo los protagonistas se encuentran con su sosia en este juego de espejos que son las dos novelas. En ambas existe un personaje secundario de gran relevancia al que Bester salva de la repetición otorgándole patrones significativamente contrarios. Barbara D'Courtney y Olivia Presteign nacen de la misma base, pero su personalidad es muy distinta; la pusilanimidad de la primera choca de frente con la decidida maldad de la segunda, un ser de engañosa inocencia. Y sin embargo, debido a sendos enamoramientos, la influencia de las dos es decisiva; diferentes caminos para un mismo objetivo. Y, para finalizar con los detalles menores, incluso el repetitivo estribillo de la primera novela tiene su reflejo en el "Localización. Elevación. Situación" de la segunda, buscando siempre la fijación de una idea en la cabeza.
Muchas son las similitudes, como se puede comprobar, pero no acaban aquí, en el esquema argumental y en la trama, sino que encuentran su culminación en la verdadera idea que subyace en ambas historias, la conclusión definitiva. Los protagonistas de las dos novelas no son en realidad mas que mesías transformadores del mundo, fenómenos capaces de llevar a cabo el logro de lanzar a la Humanidad hacia delante, dándole un empujón hasta el siguiente paso evolutivo. Incluso aquí vuelve el autor a rizar el rizo. Si su intento apuesta por el fracaso en su primera novela, en la siguiente lo hace por el más rotundo triunfo, logrando que el resultado de ambas sea espectacular. Porque si El hombre demolido, el primer premio Hugo jamás concedido, es una magnífica novela, Las estrellas mi destino es sin duda una obra maestra y una de las mejores creaciones de ciencia-ficción jamás dadas en el medio escrito.
Alfred Bester continuó escribiendo después de un paréntesis de casi veinte años, pero ni sus obras posteriores ni sus comienzos en el mundo del cómic, la radio y la TV son recordados como estos dos diamantes de la ciencia ficción de mediados de los 50. El reconocimiento dentro del género es unánime, y mucho son los que, de una forma u otra, han homenajeado tanto a la obra como al escritor. En una de las mejores series televisivas surgidas en los últimos años, Babylon5, se puede descubrir a cierto personaje apellidado Bester, el cual comparte las habilidades de los protagonistas de quizás la más famosa novela de telépatas.
Aquel lector que desee conocer el lugar del que provienen las obras fundamentales de la ciencia ficción, o que, sencillamente, busque ese algo misterioso que la ha convertido en el género literario más fascinante de todos, que eche un vistazo a las primeras páginas de estos dos libros. Sólo a las dos o tres primeras páginas, no hace falta más. Lo demás vendrá por sí mismo.

La versión original de este artículo fue publicada en Bibliópolis, crítica en la red.

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