jueves, 16 de noviembre de 2006

Metropol. Walter Jon Williams

Metropol
El enunciado de la tercera ley de Clarke afirma lo siguiente: "Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada sería indistinguible de la magia". La famosa ley, irrefutable si nos preguntamos qué pensaría un habitante de la Edad Media trasladado a nuestra época, puede ser aplicada por extensión a dos géneros literarios que, a pesar de su naturaleza opuesta, suelen ser incluidos en el mismo paquete. Me refiero a la ciencia ficción y a la fantasía. Sus puntos de partida provienen del uso de la tecnología (producto de la ciencia) por un lado, y de la magia por el otro. Si seguimos a partir de ahí una deducción lógica, la ley de Clarke permite asegurar que cualquier narración de cf lo suficientemente avanzada (inexplicada, extraña) sería indistinguible de la fantasía. Ese principio es el que ha permitido, entre otras cosas, la explosión del actual movimiento New Weird en las islas británicas, una forma de hacer literatura fantástica que aúna los subgéneros que la componen.
Los escritores de la New Weird han rescatado el espíritu poligenérico de la añeja revista Weird Tales y le han añadido materiales provenientes del acervo acumulado tras una centuria de cf. Se podría hablar largo y tendido sobre esta nueva corriente, sus logros, sus detractores o incluso su posible inexistencia (algo común a todas las revoluciones), pero no es éste el momento. El libro que nos ocupa no pertenece a ella, pues su publicación se remonta a varios años antes de su eclosión. Por esa razón, por cercanía temporal y estética, Metropol se postula, tal como anuncia el texto promocional, como uno de sus principales precedentes.

Una barrera ha caído entre la humanidad y el espacio. A lo largo de los siglos, el mundo se ha urbanizado hasta que el planeta entero es una sola metrópolis superpoblada. Capa sobre capa, la superposición de arquitecturas de una complejidad creciente genera relaciones geománticas que culminan en la acumulación de energía en los nexos apropiados: el plasma. Con plasma, cualquier cosa es posible. Su uso, controlado por la Compañía del Plasma, está celosamente reservado a los que pueden pagárselo. Y, por eso mismo, es la posesión más codiciada por los que desean subvertir el sistema, y también por aquéllos que simplemente buscan salir adelante. Cuando Aiah, funcionaria de la Compañía y miembro de una minoría oprimida, topa por casualidad con un depósito de plasma sin cartografiar, la cuestión no es si aprovechará la oportunidad para alcanzar poder y fortuna, sino a quién entregará su lealtad, y con ella un recurso de potencia prácticamente ilimitada.

La indefinición de la novela provocó una cierta controversia tras su publicación. Por un lado fue reivindicada como cf por sus elementos tecnológicos, pero por otro, el inexplicado plasma y su manejo por parte de los llamados "magos" dio motivo a muchos aficionados para querer integrarla en un tipo de fantasía que el mismo autor calificó como "urbana". Lo cierto es que esa Tierra totalmente urbanizada que propone Williams está más cerca de la Nueva Crobuzón de China Mieville que del Trantor asimoviano. Compuesta por ciudades estado, bajo la luz uniforme de la Barrera, ha crecido fagocitando las antiguas construcciones mediante el parcheo de edificios antiguos, creando una claustrofóbica urbe en la que los bajos estratos sociales habitan los andamiajes que cubren las fachadas mientras que parte de los edificios empresariales y antiguas fábricas callejeras permanecen vacíos. Varias clases sociales, distintas razas y grupos de mutantes intentan circunscribirse a sus propias zonas metropolitanas. El uso de los transportes públicos, el neuma y los viarios, es mayoritario. Estamos ante un mundo postmoderno, una civilización estancada desde hace cientos de años que debe su principal modo de subsistencia a un elemento, el plasma, que por inexplicado no puede recibir otro calificativo que el de mágico.
La historia que se desarrolla en tan atractivo escenario compagina dos líneas argumentales. Una de ellas refrenda el interés que suele mostrar Bibliópolis fantástica por publicar libros con un cierto trasfondo político. Aunque de menor intensidad que en La edad de oro, de John C. Wright, existe un claro discurso sobre la responsabilidad del poder, un alegato en favor del compromiso social por parte de quien cuenta con ese poder para cambiar la situación, en este caso, el revolucionario Constantine. Pero además del proselitismo revolucionario, la novela presenta también un argumento bastante repetido en el género, el de la ascensión del individuo anónimo gracias a una facultad propia que ignoraba poseer. Recuerda el modelo denunciado por Norman Spinrad en su ya canónico artículo titulado "El emperador de todas las cosas", pero lo supera merced a la posibilidad de elección de la protagonista y a su papel secundario en el reparto de gloria. Es más una tradicional historia de fantasía protagonizada por maestro y alumno que el modelo habitual de la young-novel americana. La historia, además, no llega a caer nunca en el romanticismo, detalle que hay que agradecer.
A pesar de algún momento brillante en la trama política ("Es un hecho lamentable de la vida política el que una vez que estás de acuerdo en que ciertas personas merecen morir, no es difícil encontrarlas", reflexiona Constantine) y de la intensa batalla final, me quedo con la personalidad del personaje principal, Aiah, con su valentía en la toma de decisiones y su lucha por sobrevivir y ascender en el plano personal, tanto laboral como sentimentalmente. Hasta cierto punto, ella es la auténtica revolucionaria.Hardwired
Metropol es la novela más popular de Walter Jon Williams. Fue finalista al premio Nebula, privilegio también obtenido por su continuación, City on Fire, que además estuvo presente entre los candidatos al premio Hugo y que espero ver publicada pronto. De Williams sólo nos había llegado una de sus novelas anteriores, Hardwired, cuyo escaso éxito entre los aficionados fue la causa de que hasta ahora nadie se haya atrevido a resucitarlo. Esta novela, entretenida e interesante, borra cualquier valoración negativa que se tuviera anteriormente.
Recomendable, por tanto. Aunque no quiero concluir sin antes dedicar unas líneas a mi habitual pejigatería de bibliómano. Me llaman la atención dos detalles de esta edición de Bibliópolis. El primero es la ausencia de página final de cortesía, un detalle que siempre afea el libro; el segundo se corresponde con la numeración. Mientras que la colección ha llegado ya al nº 50, Metropol cuenta con el nº37. Dado que el complejo proceso de edición de un libro se presta a multitud de imponderables que pueden retrasar su publicación, no comprendo la necesidad de numerarlo antes de su confección final, algo que provoca en algunos casos una ansiedad innecesaria en el lector y que se paga con una pérdida de prestigio, aunque ínfima, innecesaria.
No es un problema exclusivo de esta editorial, pues hay casos más sangrantes. Algún día les contaré lo de la colección Nova de Ediciones B y la Nueva Guía de Lectura de Ciencia Ficción de Miquel Barceló. Es tan absurdo que puede que incluso no se lo crean.

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