Esta suerte de prostitución de los libros que llevamos contemplando unos años, productos maquillados y adornados como modelos de alta costura, lomos pintados e ilustraciones arrebatadoras o con letras de oro, bellezas cuya mayor sofisticación se encuentra en un aspecto físico desde el que reclaman la atención del consumidor como sirenas homéricas, parece no tener fin. Esta estrategia de márqueting, de hecho, va a más. En su doble condición, arte y cultura vs. negocio e industria, el mundo editorial está apostando, más que nunca, por lo segundo.
No es, ni mucho menos, la primera vez que la estrategia de kiosko llega a las librerías más grandes, adhiriendo regalos al libro cual coleccionable de septiembre, pero esta en particular me parece muy significativa, un símbolo de aquello que viene infestando las estanterías y mesas de novedades, especialmente en los géneros romántico y fantástico, desde hace unos años. Porque no se me ocurre una concreción mejor de lo que lleva tiempo pasando en el mundo del libro, de la estrategia de fondo, de cómo se ha transformado la motivación de consumo y dónde buscan el negocio, que el regalo de un pintauñas como anzuelo.
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