miércoles, 2 de abril de 2014

Prometheus

Esta semana hemos sabido que, como era de suponer, habrá secuela de "Prometheus". La dirigirá de nuevo Ridley Scott y estará interpretada también por Michael Fassbender y, probablemente, Noomi Rapace. El presupuesto volverá a ser gargantuesco y, por lo tanto, volveremos a disfrutar de una apoteosis de efectos especiales y espaciales. Como aficionado a la ciencia ficción debería alegrarme, pero hay un detalle que no me deja hacerlo del todo: Damon Lindelof no participará en el proyecto. El guión queda en las manos de Michael Green, quien viene de escribir la futura continuación de "Blade Runner".
La importancia de Lindelof es, para mí, total. "Prometheus" fue crucificada por el noventa por ciento de los críticos, y con razón. Los motivos se harán muy evidentes para quien se siente a visionar la película, pues pertenecen al plano de la coherencia argumental y al sentido común. Sin embargo, la lectura en profundidad de la historia descubría una serie de puntos de interés que, en mi opinión, la revalorizaban e invitaban a aguardar con esperanza la continuación. Tales puntos tienen que ver, precisamente, con las cuestiones de fondo que arroja la película, religiosas, existenciales e incluso metafísicas, pero sobre todo con la forma lostie de desarrollar la historia, con enigmas no resueltos, entrecruzados, y con la presencia de misterios cuya solución exige la participación mental del espectador. Damon Lindelof, responsable de la mayor parte de esto, no estará en la secuela. La estrategia narrativa será más clásica y la resolución de los misterios (que no sería explícita pero que, al igual que ocurrió en Lost, estaría, sin duda, sugerida) se perderá, me temo, en el limbo.
A continuación tienen la crítica que hice en su momento de la película, en la que abordo ambos aspectos, los lamentables agujeros del argumento y el calado de su propuesta interna.



I
El verano cinematográfico ha sufrido los efectos de dos noticias marcadas por un mismo apellido. El suicidio de Tony, además de suponer un desconsuelo para el fan del buen cine de acción, ha resucitado el viejo comentario con el que los aficionados gustan de fustigar a Ridley, aquello de que el hermano pequeño era “el bueno de los Scott”. Por otro lado, la segunda cuestión, el estreno de "Prometheus", tampoco parece haber ayudado mucho a restarle certeza al chascarrillo. Más bien lo contrario.
"Alien, el octavo pasajero" y "Blade Runner" fueron algo más que obras maestras del séptimo arte. Demostraron con elocuencia que existía otra ciencia ficción distinta a la que presentaba en aquellos momentos la exitosa franquicia inciada con "Star Wars", que la ciencia ficción no era sólo un disfrute para fanáticos de las naves gigantescas, las fuerzas de origen místico y los disfraces molones. Las dos maravillosas películas dirigidas por Ridley Scott recordaron a quien ya hubiera olvidado "2001, una odisea del espacio" que había una rama más seria dentro del género, que este podía ofrecer cosas importantes además del mero escapismo. Aquellas dos obras convirtieron al director en un gigante a ojos del aficionado.
Ocurre que, desde el rodaje de aquellos dos hitos, Scott ha tenido tiempo para ir demoliendo su antigua reputación, hasta el punto de hacernos dudar a muchos de si la grandeza de aquellas obras se debió más a otra serie de causas (y brillantes colaboradores) que al talento del realizador británico. Aunque Scott no había vuelto al género en tres décadas, sus continuos recortes a "Blade Runner", sus  montajes del director y demás mandangas, reivindicación del producto "real" que él quería haber dirigido, no hicieron mas que restar calidad a la primera versión cinematográfica de la novela escrita por Philip K. Dick, circunstancia que ha venido cargando de razón a los escépticos.
Del mismo modo que "Star Wars" originó una cascada de secuelas e indisimulados plagios, la idea de "Alien, el octavo pasajero" fue imitada hasta la saciedad. Algunas de las continuaciones oficiales fueron productos de gran calidad (Cameron hizo un "Aliens" magnífico cuando aún no se lo tenía creído), pero lo más llamativo fue el entusiasmo con el que la serie B, e incluso Z, acogieron la idea del terrorífico e invasivo ente alienígena. Sin duda, más de un viejo aficionado recordará aquellas sesiones de vídeo en la oscuridad de sus respectivas casas con auténtico cariño. Cómo olvidar aquella violación de la babosa, o aquel escabroso parto, o… Si no teméis recordar aquellos despiporres cinematográficos, los títulos os saldrán solos: "La galaxia del terror", "Inseminoids", "Xtroo"...


Tras más de 30 años, vividos entre continuaciones oficiales y plagiarios, era lógico que el anuncio de la precuela de "Alien, el octavo pasajero", dirigida además por el propio Scott, provocara una expectación enorme. Ignoro qué esperaba el espectador medio, pero el hecho es que la perplejidad ha desbordado las salas de cine. Para pasmo del personal, "Prometheus" se acerca más a aquellas traumáticas imitaciones de bajo presupuesto que a su propia franquicia. Cierto que se adivina una innegable ambición, y que hay unos cuantos guiños a las películas previas de la serie, pero el tono general guarda una mayor relación con aquellas desquiciadas y misérrimas imitaciones de baratillo, aunque su diseño de producción demuestre su enorme presupuesto.
No falta de nada. Un robot diabólico, inseminación alienígena, aberraciones genéticas, partos gore, cabezas que estallan, chicas corriendo en bragas por oscuros pasillos… Y por supuesto, tentáculos. Tampoco faltan los detalles de cutrez narrativa que tanta diversión y simpatía provocaban. En "Prometheus" hay errores inauditos y saltos de guión que sólo se explican por la presumible existencia de una futura versión extendida. En uno de ellos, la protagonista (a la que su 1,60 deja en mal lugar ante el recuerdo de la bigarda Ripley), además de dar saltos y correr a lo Bolt con el vientre rajado de un costado al otro, tiene el conocimiento de algo que por coherencia argumental no debería saber.
Hay alguna línea de diálogo sonrojante y sujetos que se lanzan al suicidio con una despreocupación hilarante. De todos los personajes, es el cartógrafo el que se pierde, y el biólogo quien se salta todas las precauciones de su campo. Hay una muerte ridícula, de teleserie mala, por no saber correr hacia los lados. Hay bastantes más cosas, pero huelga escribirlas. Rememorando aquella escena de "Alien 3" en la que Ripley se arrojaba a la muerte sujetando cariñosamente a la criatura, esta película se muestra como el abrazo íntimo y blasfemo de la franquicia con sus excrecencias.
Es decir, que en resumen, mal. Y sin embargo…, sin embargo la película es defendible por otros valores. Los agujeros de guión, los sucesos absurdos, las líneas de diálogo cutres y las actitudes simplonas por parte de unos personajes (para colmo, científicos) más tontos que Abundio animan a salir corriendo del cine, pero si uno logra soslayar esos cráteres en su superficie y acceder a una lectura más profunda de la película se va a ver parcialmente recompensado. Déjenme explicarles por qué.

II


“Ridley hace películas para la posteridad. Las mías son más rock and roll”, decía el malogrado Tony Scott. Aunque con resultados dispares, el hermano mayor de los Scott siempre ha tratado de dotar a sus productos de una cierta enjundia intelectual. Mientras que el principal objetivo de Tony era el entretenimiento, Ridley se ha venido decantando usualmente por la creación de producciones de cierta relevancia (aunque en ocasiones el resultado haya dado en una inversión de papeles, cosas que pasan). Retomar el universo de "Alien, el octavo pasajero", el clásico, la película que le dio a conocer, suponía un reto ideal para su afan de trascendencia. Era presumible, por tanto, que la película contaría con una importante carga intelectual. Atendiendo a una serie de elementos, es evidente que así ha sido.
En cuanto a los aspectos técnicos y al trasfondo argumental, "Prometheus" se presenta, ya desde el primer plano, como un producto ambicioso. El diseño de producción y los efectos visuales son impecables, de primera magnitud, lo esperado en una superproducción de 130 millones de dólares. Si el espectador no cae en el timo del 3D y su eterna oscuridad, podrá asistir a un despliegue visual impactante y disfrutar con la influencia de fondo (en este caso como asesor) de H. R. Giger y sus siempre fascinantes diseños. Con ellos, la película gana en atmósfera y en refinamiento. La banda sonora, otro de los elementos a tener siempre en cuenta, es sobre todo funcional, pero da comienzo a la película con una pieza maravillosa titulada Life. Y luego está Michael Fassbender, claro, cuya interpretación del risueño androide David sobresale entre la desidia con la que los nada sensatos personajes obligan a actuar al resto.
La película cuenta con pequeños planos que homenajean a la propia saga, como por ejemplo la canasta de tres puntos que se marca David sin mirar, el mensaje con el que Shaw finaliza la película (una copia del que deja escrito Ripley en "Alien, el octavo pasajero"), o incluso guiños más sofisticados, como que su salvación proceda de abrir una puerta para dejar entrar al monstruo, justo lo contrario de lo que hacía el personaje interpretado por Sigourney Weaver en la película original. Hay también numerosos detalles que retrotraen a "2001, una odisea del espacio", la gran obra maestra de la ciencia ficción. Es un hecho indiscutible que David, el androide, se comporta más como Hal 9000 que como Roy Batty. Y por terminar con los pequeños aciertos, hay escenas en las que se hace un buen manejo de la doble lectura, por ejemplo aquella en la que el crucifijo de la protagonista es introducido con un cuidado aséptico, científico, por el androide en un frasco de muestras, por si estuviera infectado.
Pero el mayor punto de interés de "Prometheus" no está en los detalles, sino en la propuesta de fondo, y sobre todo, en el mecanismo utilizado por su guionista Damon Lindelof para desarrollarla. Los dos asuntos principales, el debate de la creación y el origen del xenomorfo, se conjugan a lo largo de la película, entrelazándose y ofreciendo un motivo de enganche continuo al espectador. Scott pretende ahondar en el concepto de la creación e indagar en las características propias del creador. Y lo hace enfrentando dos niveles distintos, el de los Ingenieros, especie heredera de las fantasías de Erich von Däniken, y el del todopoderoso Weyland, creador de la vida artificial. El encuentro entre ellos, creadores y creaciones, constituye una de las escenas memorables de la película. En el lado opuesto de la balanza, el intento de crear un efecto dramático introduciendo la creencia religiosa en medio del conflicto no está implementado de la mejor forma.


El otro gran pilar de la historia es, naturalmente, la criatura, el alien. Quien esperara ver el origen del bichejo se habrá llevado un buen chasco. "Prometheus" no retrocede hasta su principio, sino que es un capítulo más en su desarrollo. Sólo aparece físicamente al cierre de la película, aunque su presencia sobrevuela el resto del metraje, ya sea como amenaza no mostrada o como reproducción artística en un friso. Es el elemento central de la historia, pues todas las preguntas que esta provoca conducen hacia él. Esa siembra de incógnitas, de pistas en parte sugeridas y en parte averiguadas, construye un conjunto de pequeños puntos de apoyo que van configurando una historia. Para que tome forma es necesaria la intervención del espectador, que ha de unir los cabos dispersos a lo largo del filme para poder arrojar algo de luz sobre el misterio.
Es sin duda el mejor aporte de esta película, un ejercicio que fascina y engancha por igual. El mismo con el que Damon Lindelof, responsable de la reescritura y versión final del guión, originó la locura colectiva que supuso Lost, la serie de televisión más adictiva de la historia. Aquí ha vuelto a utilizar el mismo método, culpable absoluto de que uno se pueda tirar toda una noche y más cervezas de lo que es saludable discutiendo con los amigos, intercambiando pistas para cerrar el círculo y completar el arco argumental de "Prometheus", una película polifacética. 


El texto original de esta crítica fue publicado en Frikimalismo.

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