martes, 25 de septiembre de 2012

Dan Simmons. El Terror

Durante los últimos veranos hemos visto repetida una noticia que parece, a todas luces, alarmante: el progresivo deshielo del Ártico. Este agosto se ha vuelto a batir el record en la disminución de la masa de hielo. Aunque esa masa vuelve a recuperarse en invierno, y aunque el efecto tiene su opuesto al otro lado del globo terráqueo (el hielo del Antártico aumenta año tras año, pero esto no sale en los telediarios), no se puede negar que algo nuevo está ocurriendo. La disminución acelerada del territorio ocupado por los hielos árticos es un hecho evidente. Aunque el proceso se inició en 1979, ha ido aumentando ininterrumpidamente hasta alcanzar su punto álgido en 2007, año en el que se produjo una circunstancia de interés histórico y que, precisamente, da pie a esta breve introducción. Me refiero a la apertura de lo que se conoce como Paso del Noroeste.
El pasado fin de semana, el diario El País publicaba un artículo titulado En busca de los exploradores perdidos. En él, Jacinto Antón repasaba de manera sucinta el historial de aquellas expediciones que acabaron conformando, debido al fracaso, algunos de los más grandes misterios de la aventura humana. Siento una gran atracción por las exploraciones realizadas en el siglo XIX y a principios del XX. Tanto la aventura africana como la polar me fascinan, y reconozco que me cuesta oponer resistencia a la compra de cualquier libro que las aborde, especialmente cuando se trata de expediciones perdidas. De los 18 casos que rescata Antón, el número 7 es precisamente el que da cuerpo, aunque de una manera imaginativa, a las páginas del libro cuya reseña tienen a continuación.
Quizás la apertura actual de los hielos nos permita desentrañar el misterio de los dos barcos perdidos y recuperar los restos de ambas tripulaciónes. En espera de que eso ocurra pueden disfrutar con la lectura de El Terror, un libro que propongo de sofá y chimenea, ideal para leer en las largas y oscuras tardes de un invierno cuya llegada se empieza a percibir, como un leve murmullo, en estos últimos días de septiembre.



En estos tiempos de ambigüedad nada está claro. Ejemplo de ello es la vorágine clasificatoria en la que está inmersa la literatura actual. Vayan ustedes a las librerías y comprobarán lo que les digo. Decenas de nuevas definiciones, y las de siempre en proceso de reconversión; mixturas de géneros imposibles; novelas que crean su propia e intransferible etiqueta… En definitiva, un caos. El libro de Dan Simmons se suma a este maelstrom literario al ser presentado por Roca Editorial dentro de su colección dedicada a la novela histórica, cuando en realidad se trata de una obra perteneciente al género fantástico. Lo cierto es que allí donde los géneros se solapan la clasificación definitiva de la obra parte, exclusivamente, de las intenciones mercantiles propias de quienes publican el libro. En este caso, la editorial ha debido de prever una mayor posibilidad de ventas ubicándolo en el género histórico, a pesar de que la narración encamine los hechos registrados hacia un desarrollo y un desenlace nada realistas.
El destino de la expedición Franklin en busca del paso del noroeste es uno de los mayores misterios de la exploración polar. El Erebus y el Terror, con una tripulación de más de cien hombres, desaparecieron en los hielos árticos, y las posteriores misiones de rescate aportaron menos respuestas que misterios. Numerosos libros han tratado de dar solución desde entonces a un enigma que lleva fascinando a los expertos desde mediados del siglo XIX. En la novela El Terror, Dan Simmons va un paso más allá y propone una explicación mucho más imaginativa, en clave de ficción fantástica.
La narrativa anterior de Simmons es un excelente preludio a lo que el lector puede encontrar en este libro. Tanto las descripciones de paisajes helados contenidas en Endymion y en Olympos, dos de sus anteriores novelas, como el buen manejo de las claves del género de terror, demostrado en la mayoría de sus premiadas obras, presagiaban una historia bien ambientada y aterradora. El Terror cumple esas expectativas con solvencia. En él se conjugan una exhaustiva documentación y un argumento imaginativo y cargado de referencias a anteriores trabajos, una atractiva mixtura envuelta en un estilo literario muy descriptivo, que cuenta con grandes aciertos y también con reconocibles defectos.
Simmons enlaza a la perfección el probable destino de los expedicionarios, entresacado de las escasas pistas encontradas, con una aportación propia de tintes macabros. Carga las culpas del fracaso de la expedición a la rectitud (o más bien ineptitud) de John Franklin, quien los condujo a un emparedamiento de varios años entre el hielo. El autor también propone causas de propio cuño para algunos de los misterios más significativos, como la extraña ausencia de documentos en los túmulos, cuyo depósito era de obligado cumplimiento, o los escasos restos encontrados de las embarcaciones, y pasa de refilón por otros, como el insólito acopio de la cubertería de plata. Sitúa las causas de la pérdida de toda la tripulación tanto en la deficiente alimentación como en otros dos culpables de distinta naturaleza, uno humano y otro sobrenatural, y utilizando ambas tramas, conduce una narración de ambiente opresivo hacia un final que reafirma la pertenencia de la novela al género fantástico.
El desarrollo de la epopeya marítima es enormemente descriptivo, tan bien documentado como pudieran estarlo las novelas náuticas de Patrick O’Brian o C. S. Forester. Las penurias de la tripulación a 50 grados bajo cero, castigados por los elementos, por las venenosas latas Goldberg, el escorbuto y el monstruo de la nieve suman una tenebrosidad que puede afectar el ánimo de un lector sensible. Esta no es la historia exótica de una expedición polar, plena de sana aventura, no es una ficción decimonónica habitada por espíritus amenazantes, sino la macabra y explícita descripción de una masacre, el exterminio de una centena de seres humanos de la forma más cruel.
La presencia constante del frío es un elemento de gran peso, pero la esporádica aparición del monstruo de las nieves es singularmente aterradora. La pavorosa presencia (que los aficionados a los comics de la Marvel podrían confundir con la figura del Wendigo) guarda muchos puntos en común con el Alcaudón, uno de los triunfos más celebrados del escritor en el pasado. Sus acciones, sus monstruosas características (ojos inquietantes, enorme estatura, garras como cuchillos), incluso sus imprevisibles apariciones, recuerdan a la fascinante y terrible criatura omnipresente en la mítica serie de Hyperion.
El libro luce especialmente en las descripciones naturales, uno de los puntos fuertes del escritor en todas sus novelas. El tiempo está usado con excelente criterio, alternando los modos verbales con suma fluidez. La historia, contada in media res, presenta hechos y personajes mediante flashbacks. De todos ellos, el que mejor tratado está es quien finalmente se erige como protagonista de una historia engañosamente coral, el capitán Crozier. La novela transita a dos velocidades, y paradójicamente, resulta más interesante en su primera mitad, cuando ambos barcos están anclados, que en el desenlace posterior, en el que la penosa marcha por la banquisa, los ataques del monstruo y las pérfidas acciones del ayudante de calafatero debieran acelerar la acción y la velocidad de la lectura. Se puede afirmar que la novela es más apasionante en su parte realista, en la descripción de las penurias naturales, que en la fantástica, en la que, a pesar de sumar como acierto la resolución mitológica, quizás acaba sobrando tanta aparición del monstruo.
La novela, a pesar de sus más de 700 páginas y de la pesantez atmosférica, invita a una lectura continuada. Y eso que defectos no le faltan, por ejemplo, el ya citado cambio de ritmo en la historia, marcado por una fiesta en el hielo inspirada en un cuento de Poe (era obligado que el autor de Narración de Arthur Gordon Pym, al que tanto debe esta novela, estuviera presente); también figuran en el debe algunos hechos difíciles de comprender relacionados con la racanería de acción de la bestia, cuyas actuaciones son casi caprichosas; y sobre todo, algo que parece un mal endémico en Simmons, la improvisación. En este caso, evidenciada en el ecuador de la novela. Llegados a este punto, nuevos personajes cobran voz para alargar el libro algunas páginas e incluir a Darwin en la historia. Es aquí también donde Crozier da las primeras muestras de poseer una condición especial que le convertirá en protagonista central de la historia. Una estratagema, al fin y al cabo, que permite al autor acercarnos a los acontecimientos que se sucederían en años posteriores, para que de ese modo todo quepa en el libro. Es como si a Simmons le hubiera molestado que parte de la información recopilada por él quedara fuera. Y no es tanto la sensación de que sobren todas esas subtramas como la de que, dada la carencia anterior de indicios, se le hayan ocurrido a Simmons sobre la marcha.
En cuanto a ritmo y estructura, El Terror comienza espléndidamente, pierde fuelle en las postrimerías de su recorrido y levanta el vuelo de nuevo en su conclusión. Al no querer seguir el destino de los últimos supervivientes, el autor convierte lo que hasta entonces había sido la historia de la expedición al completo en la historia de un solo hombre, Random Francis Moira Crozier. Esta pérdida de coralidad es ejecutada de forma poco elegante, pues la narración acompaña al grupo de supervivientes, ya sin Crozier en sus filas, durante un pequeño tramo para, finalmente, no aportar información específica sobre su destino final. Elusión que parece más producto del cansancio del autor (algo habitual en las obras de Simmons), un ahorro de páginas, que una estrategia argumental. Todo ello se traduce en un desequilibrio interno del ritmo que además se hace notar en el entramado general.
Son detalles que si bien dan un carácter de imperfección a la novela no resultan cruciales a la hora de calificarla. El Terror es un libro de suspense histórico con monstruo. Un buen libro. Su mayor virtud, ese frío polar y humano que exhala cada una de sus páginas, trabaja en el lector calándole hasta los huesos. Se trata, pues, de una ocasión a aprovechar por todo aquel que quiera sufrir los rigores del gélido norte en su cálido salón de invierno.




La versión original de esta reseña fue publicada en la revista digital Hélice.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Pellizcos


El autor debería morirse después de haber escrito su obra. Para allanarle el camino al texto.

-Umberto Eco-