martes, 18 de diciembre de 2012

Jack Williamson. Terraformar la Tierra

La capacidad de sorpresa es como un recipiente que no se colma nunca. Leo en el diario de esta mañana que uno de cada cinco estadounidenses cree de veras que el planeta verá su fin el próximo viernes. Llevamos arrastrando la falsa predicción maya más de un año, principalmente para reírnos de ella, y sin embargo hay una muchedumbre en pleno mundo civilizado que ha dado crédito al bulo. Cada vez que ocurre algo así dejo de preguntarme cómo es posible que la religión, bajo sus diversos disfraces, haya logrado extender su manto de ignorancia a lo largo y ancho de todo el planeta. El ser humano es supersticioso, magufo, admitámoslo de una vez.
Lo que en realidad no supone más que el reseteo de un calendario creado hace cientos de años se ha transformado, de forma esperpéntica, en la certeza del fin de la especie. La tontería ha llegado a tal punto que la propia NASA ha decidido reírse del asunto a través de un vídeo aclaratorio, este que tienen a continuación, cuya publicación ha retrasado hasta el sábado por aquello de "el día después".




Ya lo escribí antes, vivimos en tiempos apocalípticos, y anécdotas como estas son aprovechadas por los crédulos para dar pábulo al catastrofismo. Algo que en parte irrita nuestro lado racionalista, pero, confesémoslo de una vez, alegra a ese chiquillo aficionado a la ciencia ficción que algunos llevamos dentro. El fin de la Tierra y de la Humanidad es, sin duda, uno de los temas clásicos de la ciencia ficción. Generalmente va asociado al postapocalíptico, un subgénero que se centra más en narrar la epopeya de los supervivientes en el mundo residual que en detallar el proceso de destrucción, pero también hay relatos cuyo corpus está enteramente imaginado sobre esa catástrofe final. La fascinación que ejerce el fin de todo es hija directa del sentido de la maravilla del género, que también puede ser oscuro.
Si rebusco en la memoria, creo que las dos novelas de proceso apocalíptico con las que más he disfrutado han sido Tierra, de David Brin, y especialmente La fragua de Dios, de Greg Bear, libro al que ya me referí en otra entrada por motivos más personales. La destrucción del planeta que describe Bear es tan detallada e inmisericorde que uno acaba casi coreando la catástrofe, tal como ocurre con las películas de Roland Emmerich, lo que viene a ser pura catarsis.
Más allá del apocalíptico y el postapocalíptico hay incluso un tercer ramal del que han surgido también novelas importantes. Va un poco más lejos en el tiempo y suele desarrollar la historia de una nueva Tierra, de un nuevo ciclo natural tras el fin de nuestra presencia en el mundo. Quizás la obra más importante dentro de esta variedad sea Invernáculo, uno de los logros principales de Brian Aldiss, pero dentro de este tipo de narración siempre recordaré Terraformar la Tierra, una novela humilde escrita por el viejo Jack Williamson hace menos de una década que reivindica sabiamente la ilusión y la sencillez de la Edad de Oro, aquella época del género en la que todo era menos complejo, menos difícil. Y más hermoso.



A lomos del zeitgeist cultural, el género de ciencia-ficción ha ido sumando nuevas perspectivas y formas hasta adquirir una notable complejidad. La nueva filosofía del "todo vale" ha traído en muchos casos la fusión de subgéneros y una marcada derivación hacia el barroquismo, tanto conceptual como estilístico, añadiendo a la cf una complicación a veces superflua. Sin embargo, aún existen escritores que cultivan de manera actualizada la cf más ortodoxa, la de siempre. Son los herederos naturales de los grandes maestros. Por nombrar algunos, los Sawyer, Wilson, o McDevitt. Y también Jack Williamson, que en realidad es heredero de sí mismo.
Williamson, Gran Maestro de la Ciencia-Ficción, constituye un caso excepcional. Ya había publicado varias novelas y tratado los grandes temas del género -por ejemplo el space opera en La legión del espacio, o la robótica en Los humanoides- cuando los principales autores de la cf actual aún no habían nacido. De hecho, el norteamericano ya vendía relatos en 1928, cuando incluso muchos de los padres de aquellos escritores todavía no existían. Lo más admirable en este caso, además del factor de longevidad en sí mismo, es el hecho de que una persona de 94 años continúe escribiendo ciencia-ficción de calidad.
Terraformar la Tierra, obra ganadora del Campbell Memorial en 2002, añade longitud a la novela corta "The Ultimate Earth", galardonada anteriormente con los premios Hugo y Nebula. En ella se asiste a las peripecias de sucesivas generaciones de clones creados en una automatizada base lunar, los cuales tienen como objetivo y finalidad la reinstauración del viejo orden natural en la Tierra, desprovista de vida tras un catastrófico impacto cometario. La narración simultanea dos tramas principales centradas en las vivencias personales de los clones y en el repetido proceso de regeneración y destrucción que soporta el planeta a lo largo de millones de años. El factor humano se muestra decisivo, ya que los propios clones alteran el curso del proyecto debido a sus diversas personalidades y a las distintas acciones no programadas que realizan. Entre las breves apariciones humanas, la Tierra aparece como un enorme laboratorio abierto a la vida, a distintos caminos evolutivos, víctima a su vez de inexplicadas invasiones alienígenas.
La primera mitad del libro se regodea en lo extraño, en ajenas formas de flora y fauna que recuerdan lejanamente a Invernáculo, el clásico de Brian Aldiss, incluyendo incluso una peculiar versión de la morilla parasitaria que protagonizara parte de aquella obra. La novela engancha, se lee con gran interés, pero presenta algunos puntos oscuros en el argumento. Su principal defecto trae reminiscencias de una época que tuvo sus mejores virtudes en la continua búsqueda del entretenimiento y el sentido de la maravilla, y sus carencias más notables en el escaso tratamiento de personajes. Éstos adolecen de una falta de profundidad notoria. Se lanzan a la muerte, a la soledad de por vida o al desempeño de su misión con una alegría despreocupada, respondiendo siempre al mismo patrón, ciclo tras ciclo. Son símbolos que representan el último vestigio superviviente de una humanidad que el tiempo dejó atrás y que aquí se transfiguran en metáfora del autor y de su propia obra, rescoldos literarios de una cf que proviene de la nostalgia y que cuenta con el gran atractivo de lo añejo.
En un momento de complejidades, retruécanos y requiebros, como contrapunto a escritores como Stross, Stephenson, Harrison o Miéville, Williamson devuelve la sencillez y la simplicidad de la Edad de Oro a la cf actual. Se agradece tal descanso entre el bullicio posmoderno.



Esta reseña fue publicada originalmente en Bibliopolis, crítica en la red. 

 

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