domingo, 31 de enero de 2010

Walter M. Miller Jr. Cántico por Leibowitz

Desde el famoso "principio del iceberg", ese con el que Hemingway intentaba explicar la potencia oculta de sus cuentos, hasta la (muy dolorosa para mí) confesión que hace Rodrigo Fresán en el epílogo de su magistral El fondo del cielo (la novela tenía una extensión de tres o cuatro veces la que tiene actualmente e incluía una larga descripción de los club de fans de la ciencia ficción en los años 30), hay una amplia mayoría de escritores que cumple escrupulosamente con la teoría de la omisión, esa que asegura que lo publicado ha de provenir de la destilación final de páginas y páginas que no acabarán viendo la luz. Si quieren ejemplos cercanos, hay escritores de ciencia ficción, como Rodolfo Martínez, que tienen confeccionados organigramas enteros sobre la historia del universo en el que transcurren sus space operas. El pujante escritor de terror Marc Soto reconocía hace tiempo que el salto de calidad en sus cuentos se produjo cuando comenzó a dar más importancia en ellos a la parte oculta que a la explícita. Este principio suele ser lugar común, materia conocida entre los escritores cuando comienzan a dominar el ejercicio de su profesión para encaminarlo hacia la búsqueda del arte.
Naturalmente, el mundo de la literatura es tan amplio que da lugar a excepciones. No todos los escritores cumplen con la norma, y sus textos publicados son exhaustivos, enciclopédicos. Entre ese tipo de escritores que priman la docencia, la demostración de sus amplios conocimientos al lego por encima del efecto literario, se cuenta Neal Stephenson. Anatema, su última y gargantuesca novela, es un nuevo ejemplo de ello. Su lectura exige una inmersión sin apoyos en un universo ajeno, en el que incluso el vocabulario es extraño. El lector se ve impelido a hacer un ejercicio de fe desde la primera página, a creer en el autor y en su promesa. Con Stephenson, el escritor es la estrella. Sus libros son auténticos Titanics que, tratando de revertir su pesantez en virtud, navegan ausentes por los oceanos de la narrativa, ignorando majestuosamente tanto a icebergs como a lectores.
Particularmente, no desestimo esa brutal ambición, la de recrear... no, la de crear un universo entero, al detalle, desde la imaginación, pero, desgraciadamente, no atravieso un momento personal propicio para esos esfuerzos; no estoy por la labor. Tras dos infructuosas intentonas, he acabado por acomodar a este diplodocus en cartoné en el fondo de mi librería. Y ya sé que las comparaciones son odiosas, pero no he podido evitar que me haya venido a la memoria, pura anécdota, la gran obra que sobre monjes postapocalípticos y su guardado cultural ha dado la ciencia ficción, Cántico por Leibowitz. Una obra maestra incontestable, una maravilla de aparente sencillez.
Según el conocido principio, tan sólo eso, aparente.





Que el género ha evolucionado en los últimos cuarenta años no es un hecho que se pueda poner en duda. Nuevas temáticas, nuevos estilos, y en definitiva, nuevas inquietudes, han venido a transformar la ciencia-ficción y a convertirla en lo que es hoy en día. Algunos autores como Gibson, Simmons o Egan han introducido importantes novedades en las dos últimas décadas, llegando a crear en algunos casos subgéneros -el ejemplo más notable sería el del ciberpunk- dentro del género madre. Otros incluso han intentado ir más allá, tratando de dotar a sus novelas de una calidad literaria que pudiera acercar las cotas estilísticas de la ciencia-ficción escrita a la corriente principal, el famoso mainstream.
Curiosamente, la persecución de la dignidad del género como "gran literatura" ha conseguido en la mayoría de los casos lo contrario. La excesiva pomposidad unida a las ordenanzas editoriales de nuestro tiempo, cuyo primer mandamiento es engordar las novelas para así poder cobrar más por ellas, ha provocado que la pesadez se haya apoderado de muchos de los libros publicados en la pasada década. Por eso no es extraño que uno sienta la necesidad, de vez en cuando, de oxigenarse con una buena dosis de sencillez (que no simplicidad), para lo cual la mejor opción es siempre mirar hacia atrás y sumergirse en la refrescante lectura que proporciona cualquier novela de la década de los 50.
El libro que nos ocupa es un doctorado sobre la mencionada sencillez: cómo contar algo realmente importante de manera amena, con una estructura muy sencilla y en apenas trescientas cincuenta páginas. La carencia de pretensiones de estilo hace que se lean en un suspiro los varios temas que Cántico por Leibowitz ataca, eso sí, de forma pacífica. El motor central es el eterno viaje paralelo de las dos creaciones humanas más significativas, la ciencia y la religión, antagonistas eternas, pero como nos cuenta el autor, condenadas a complementarse. Esta batalla de amor y odio es el instrumento del que se vale Miller Jr. para enseñarnos las dos caras de la moneda y presentarnos a su vez otras tramas menores que en realidad no lo son tanto. El libro, dividido en tres capítulos principales, desplaza al lector por más de mil doscientos años de historia humana. Los nombres de cada parte dan la clave de lo que nos encontraremos en su interior.
Comienza el viaje con "Fiat homo", cientos de años después de un holocausto nuclear que ha sumido al mundo en una nueva edad oscura. La ciencia, causante de todos los males, es perseguida, y sólo encuentra cobijo, curiosamente, en la Orden Albertiana de San Leibowitz, dedicada a cuidar los libros que sobrevivieron a la quema posterior a la guerra, convirtiendo el cuidado de la Memorabilia en su razón de ser. No más de cinco personajes bastan y sobran para presentarnos rotundamente cómo es el mundo superviviente. Magistralmente, se marcan las pautas de lo que será el nuevo comienzo de la Humanidad.
Transcurridos seiscientos años, abordamos la segunda parte del libro, "Fiat lux", y nos encontramos con una incipiente civilización que vuelve a despertar por el único camino que el hombre conoce: la guerra. Y gracias a la religiosa Orden de Leibowitz, curiosamente, también por la ciencia. El conflicto es evidente para los monjes que tan bien han guardado el saber durante centurias: puesto que la ciencia es la causante de la destrucción de la Humanidad, ¿deberían dejar que saliera de su refugio? Y por otra parte, ¿qué sería de ellos si todo el mundo tuviera los conocimientos cuya custodia da sentido a la existencia de la Orden?
Finalmente, seiscientos años después, en "Fiat voluntas tuas", el Hombre ha recuperado su antiguo esplendor, aunque la amenaza de la destrucción volverá a estar más presente que nunca, y la última esperanza reposará, como siempre fue, en la religiosa Orden que da nombre a la novela, aunque sea más allá de las estrellas.
La religión como soporte de la civilización. Los supersticiosos monjes de Leibowitz como guardianes de la ciencia, del monstruo exterminador que duerme en sus sótanos, cuidando el recipiente del saber humano, del enemigo, en sus entrañas. A lo largo de toda la narración pervive el conflicto moral entre los dos grandes protagonistas del progreso humano, para bien o para mal, compenetrándose y finalmente combatiendo en un maravilloso último capítulo, en el que además Miller Jr. regala la inteligencia del lector con las dudas morales de los monjes, meros guardianes que ven impotentes cómo su criatura se les escapa de las manos, y a los que no les queda otro camino que la resignación y aceptación de su papel en el destino de la raza humana. El instante más intenso aparece en esa última parte, con la eutanasia como excusa, presentándonos el verdadero dilema que separa religión y ciencia, creencia y saber.
Mención aparte merecen el personaje del judío errante, cuya vivencia de la trama corre paralela a la del lector, y los buitres, imperecedera representación del paso del tiempo, que todo lo devora. Cuando termina la novela, un ciclo más de la evolución humana ha sido expuesto a los afortunados ojos del lector. Aun así, el libro no presenta un destino cíclico cerrado, porque el final, por muchas razones, abre nuevas expectativas para el futuro. Al fin y al cabo, no somos el centro del Universo.
Más de mil años de historia, los conflictos morales humanos y, sobre todo, la inevitabilidad de la estupidez del Hombre, presente en sus genes, y por tanto imposible de extirpar, son algunos de los elementos de estudio de este Cántico por Leibowitz. Todo contado a través de la más sublime sencillez, valiéndose nada más que de una docena de personajes, efímeros pero perfectamente descritos. Sencillamente, una extraordinaria novela, premio Hugo de 1961, escrita por un auténtico conocedor del espíritu humano, a la que Nova debería haber otorgado en su tiempo una portada a su altura.




Esta reseña fue publicada anteriormente en el Sitio de Ciencia-Ficción y en Bibliópolis, crítica en la red.

4 comentarios:

  1. Al leer esta (estupenda, por cierto) entrada no puedo evitar recordar el último capítulo de la cuarta temporada de "Babylon 5", aquel en el que se van contando retazos del futuro de la Tierra y en el que hay un fragmento que bebe, muy claramente de la novela de Miller.

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  2. Tanto como me gustó esta novela y la rematadamente mala que es la continuación, "San Leibowitz y la mujer Caballo Salvaje".

    En fin, mejor quedarse solo con el recuerdo de la original, que me parece magnífica.

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  3. Curioso, a mí la continuación sí que me gustó. Me pareció una novela tremendamente oscura y pesimista, sin salida alguna, con una visión del ser humano profundamente negativa, eso sí. Pero me gustó.

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  4. Yo ni me planteé comprarla. Me pasa con muchas novelas. Son tan redondas que no veo motivo para la continuación por ninguna parte, como en este caso. Eso no quita el que en contadas ocasiones puedan ser buenas, e incluso mejorar a la novela original, como ocurre en la saga de Ender.

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