Fernando Marías. Invasor
Irak, agosto de 2003.
En una salida que parecía rutinaria, un médico militar español de la misión de paz se extravía en el desierto junto a otro compañero. Refugiados en una casa perdida, se ven envueltos en una lucha inesperada y salvaje con civiles iraquíes. El militar mata a dos hombres, y resulta asimismo herido de gravedad. Es repatriado en el acto, aparentemente a salvo. Sin embargo, durante la convalecencia en su casa, con su mujer y su hija pequeña, irrumpen en su vida fenómenos inexplicables que lo lanzan hacia una espiral estremecedora.
En el combate que se desencadena, su conciencia y su memoria podrían parecer los principales enemigos, pero hay más. Una presencia pavorosa ha viajado con él, dentro de él, de una forma que ni en su peor pesadilla podría haber imaginado, y busca venganza por los sucesos de la casa abandonada.
Dada la localización de la tragedia, Irak, podrán suponer que también hay un elemento crítico en el argumento. Una lectura alegórica permite la extrapolación a un ámbito global de aquello que, individualmente, pudre y atormenta la conciencia ética del protagonista, convertido en asesino de civiles en una guerra ilegal, un médico que intenta, sin éxito, encontrar armas ficticias en los bolsillos de sus enemigos, para así descriminalizar su acción. Asistiendo al tormento terrible de quien ha asesinado directamente, aun en defensa propia, a dos inocentes, es cabal preguntarse cómo andará la conciencia de quien ha provocado directamente con sus decisiones la muerte de miles de inocentes foráneos, e indirectamente la de 192 compatriotas. Cualquiera podría preguntarse si el culpable de colocar a nuestro país en medio del conflicto no pasará las noches en vela; si, como le ocurre al principal personaje de esta novela, todas esas voces no estarán atormentándoles a él y a sus corresponsables acólitos.
Me gustaría pensar que la mentira conspiratoria del 11-M nació de la misma necesidad del protagonista de transformar semillas de tomate en explosivos, de un intento de exención de culpas, de no querer cargar con tantas muertes. Eso, al menos, convertiría a esos políticos en seres humanos en busca de salvación, ajenos a lujurias electoralistas. Me gustaría creer que es así.













