Cantos de sirena
El completismo es el hijo perverso del coleccionismo. En vez de considerarse un hobby o un ejercicio de realización personal, debiera ser reconocido como una peligrosa costumbre de alta virulencia. Cuando uno deja que los impulsos primarios se impongan al sentido común suele acabar siendo presa de una posterior insatisfacción. Sobre todo cuando el dinero está de por medio, algo que, tratándose de libros, es como decir siempre. Cierto es que algunas veces ese afán por tenerlo todo de una colección, autor o temática proviene de un proceso lógico basado en satisfacciones anteriores, pero desgraciadamente, en la mayoría de los casos esa promesa de felicidad no es tal, sino una necesidad perentoria que no se sabe muy bien de dónde procede.
En realidad, esa atracción se corresponde más con los cantos de sirena homéricos, aquellos que prometían paraísos pero otorgaban perdición. Saco el tema debido a una epifanía que me sobrevino ayer, cuando ya tenía el dinero en una
mano y el tercer volumen de los Cuentos completos de Philip K. Dick en la otra. Ver el libro, cogerlo sin ojearlo siquiera y sacar la cartera fueron un solo hecho del que, por cierto, no tuve constancia hasta algo más tarde, cuando a medio camino del mostrador me obligué a reflexionar. El caso es que, si se mira el asunto por encima, todo animaba a la compra. "Se trata de Dick, son apenas 20 euros al año y además ya tienes los dos anteriores. Qué puñetas, recordando otras bazofias que has comprado, hacerte con éste es casi una cuestión de justicia", me dije a mí mismo. Sin embargo, al aplicar un poco de sensatez, lo ventajoso de la operación dejaba de estar tan claro.
El sello Minotauro comenzó con la publicación de los Cuentos completos de Dick en 2005, y hasta el momento ha ido lanzando al mercado un volumen al año. El problema que presentan las obras completas, sean cuales sean el autor y el género, es que contienen tanto lo bueno como lo malo. Es siempre preferible una selección de lo mejor en cada campo, y si se puede elegir al antologista, miel sobre
hojuelas. Hay casos en los que toda la obra corta de un autor puede ser contenida en un solo volumen; entonces sí merece la pena, porque por el mismo precio y un poco más de grosor tendremos no sólo las obras de más calidad, sino todas sin excepción, entre las que puede esconderse alguna perla no apreciada con justicia por los críticos. No me arrepiento, por ejemplo, de haber adquirido recientemente de esa forma los Cuentos completos de Flannery O'Connor o de Katherine Mansfield. Al fin y al cabo se trata en ambos casos de un solo libro. Sin embargo, el asunto que nos ocupa es muy distinto.
Esta obra completa consta de cinco volúmenes, y cada uno de ellos supera las 400 páginas. Hablamos de más de 2000 páginas en las que hay cuentos de todo tipo y calidad. Siendo honesto, sé que me va a costar mucho acabar el primer volumen, y sería un milagro lograrlo con el segundo. Ambos recogen la primera etapa de un Dick que ofrecería sus obras más importantes a partir de los 60, una década después. Por otra parte, a pesar de que la ciencia ficción (literatura de ideas para algunos críticos) se siente más cómoda en
la distancia corta, siempre he preferido las novelas a los cuentos. En este caso, además, no se trata de un escritor que destaque por su estilo y al que se pueda disfrutar simplemente desde la satisfacción estética. Es decir, que, por todos esos motivos, tuve que admitir en ese momento que jamás llegaría a leer el volumen que tenía en las manos. A lo sumo acudiría a un par de cuentos cuando se presentara alguna ocasión coyuntural en el futuro. Me hice la siguiente pregunta: ¿Merece la pena gastar más de 100 euros entre todos los Cuentos completos, cuando además ya tengo otras antologías que incluyen sus mejores piezas cortas?
La respuesta fue "no".
Reconozco haberme sentido orgulloso al devolver el libro al estante. Incluso a pesar de que más tarde, cuando llegué a casa, me encontré con un nuevo problema derivado de mi decisión. Por decirlo de algún modo, ahora me estorbaban los dos primeros volúmenes, sabiendo que se quedarían solos, incompletos. Eso me produjo un picor difícil de rascar.
mano y el tercer volumen de los Cuentos completos de Philip K. Dick en la otra. Ver el libro, cogerlo sin ojearlo siquiera y sacar la cartera fueron un solo hecho del que, por cierto, no tuve constancia hasta algo más tarde, cuando a medio camino del mostrador me obligué a reflexionar. El caso es que, si se mira el asunto por encima, todo animaba a la compra. "Se trata de Dick, son apenas 20 euros al año y además ya tienes los dos anteriores. Qué puñetas, recordando otras bazofias que has comprado, hacerte con éste es casi una cuestión de justicia", me dije a mí mismo. Sin embargo, al aplicar un poco de sensatez, lo ventajoso de la operación dejaba de estar tan claro.El sello Minotauro comenzó con la publicación de los Cuentos completos de Dick en 2005, y hasta el momento ha ido lanzando al mercado un volumen al año. El problema que presentan las obras completas, sean cuales sean el autor y el género, es que contienen tanto lo bueno como lo malo. Es siempre preferible una selección de lo mejor en cada campo, y si se puede elegir al antologista, miel sobre
hojuelas. Hay casos en los que toda la obra corta de un autor puede ser contenida en un solo volumen; entonces sí merece la pena, porque por el mismo precio y un poco más de grosor tendremos no sólo las obras de más calidad, sino todas sin excepción, entre las que puede esconderse alguna perla no apreciada con justicia por los críticos. No me arrepiento, por ejemplo, de haber adquirido recientemente de esa forma los Cuentos completos de Flannery O'Connor o de Katherine Mansfield. Al fin y al cabo se trata en ambos casos de un solo libro. Sin embargo, el asunto que nos ocupa es muy distinto.Esta obra completa consta de cinco volúmenes, y cada uno de ellos supera las 400 páginas. Hablamos de más de 2000 páginas en las que hay cuentos de todo tipo y calidad. Siendo honesto, sé que me va a costar mucho acabar el primer volumen, y sería un milagro lograrlo con el segundo. Ambos recogen la primera etapa de un Dick que ofrecería sus obras más importantes a partir de los 60, una década después. Por otra parte, a pesar de que la ciencia ficción (literatura de ideas para algunos críticos) se siente más cómoda en
la distancia corta, siempre he preferido las novelas a los cuentos. En este caso, además, no se trata de un escritor que destaque por su estilo y al que se pueda disfrutar simplemente desde la satisfacción estética. Es decir, que, por todos esos motivos, tuve que admitir en ese momento que jamás llegaría a leer el volumen que tenía en las manos. A lo sumo acudiría a un par de cuentos cuando se presentara alguna ocasión coyuntural en el futuro. Me hice la siguiente pregunta: ¿Merece la pena gastar más de 100 euros entre todos los Cuentos completos, cuando además ya tengo otras antologías que incluyen sus mejores piezas cortas?La respuesta fue "no".
Reconozco haberme sentido orgulloso al devolver el libro al estante. Incluso a pesar de que más tarde, cuando llegué a casa, me encontré con un nuevo problema derivado de mi decisión. Por decirlo de algún modo, ahora me estorbaban los dos primeros volúmenes, sabiendo que se quedarían solos, incompletos. Eso me produjo un picor difícil de rascar.
Apéndices:
A. Hay casos aún más extremos. Hay quien ya tiene los tres en la edición antigua de Martínez
Roca (que no llegó a sacar los dos últimos), y aún así ha comprado los Minotauro para que hagan juego con los dos próximos volúmenes, inéditos en España.B. Al margen de la reflexión personal, la edición de estas obra completas de Dick me parece, en todo caso, plausible. Necesaria incluso, pues se trata de uno de los autores imprescindibles del género de ciencia ficción.
C. Hoy he vuelto y lo he comprado. Quién creían ustedes que era, ¿Ulises?














