sábado, 24 de enero de 2009

Edgar Allan Poe. Narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket

El pasado día 19 se cumplieron 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe, genio y escritor, escritor y genio cuya influencia en la literatura posterior, especialmente en los géneros más afines a este blog, fue decisiva. Los medios informativos se han volcado estos días con la efeméride, pero de todos los especiales y noticias dedicados al evento, me quedo quizás con el escueto y certero resumen que Fernando Savater realiza hoy en Babelia, titulado Los hijos de Poe.
Vaya, como homenaje por mi parte, esta reseña que realicé hace años, un breve comentario dedicado al que es, para mi gusto, su mayor logro literario. Sé que hablar de Poe es hablar de sus cuentos, pero yo me quedo con la oscura complejidad, con el misterio que domina esta novela. Ese continuo misterio que insufla vida a la mayoría de sus creaciones, y que podemos encontrar tanto en la obra como en los últimos días del escritor, los previos a su muerte.
¡Tekeli-li!



La única novela que escribió Edgar Allan Poe es, seguramente, su obra más polémica. El tiempo ha coronado a la mayoría de cuentos del autor como clásicos indiscutibles de la literatura, arrojando sobre Poe, además del título de maestro supremo del terror y lo fantástico, el blasón de la paternidad de la novela de detectives. Son tan populares sus relatos cortos que ni siquiera hace falta mencionarlos. Esa unanimidad de criterios se rompe, sin embargo, con esta Narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket, en la que el Poe más complejo despierta disparidad incluso entre sus más insignes hermeneutas.
El libro es, en realidad, la crónica de un viaje, una odisea que transcurre por los cauces del más crudo realismo para devenir, finalmente, en irresoluta aventura marcada por lo fantástico. Las peripecias marítimas del señor Pym, a pesar de la innatural sucesión de momentos pavorosos, de situaciones inmersas en el más puro horror humano (claustrofobia y catalepsia, amotinamientos sangrientos, antropofagia y buques fantasma), muestran un realismo poco usual, un aire de veracidad al que sin duda contribuyen las continuas referencias documentales con que Poe salpica la novela, y que no resultan extrañas en manos de un personaje que dice estar recordando acontecimientos vividos que le marcaron profundamente.
Sin duda, el origen de la controversia que produce esta obra reside en los sorprendentes últimos capítulos, que abundan en un tono fantástico chocante con el realismo expuesto anteriormente. Ese elemento último no resulta ser el natural desenlace de algo previamente insinuado en la historia (ni siquiera sutilmente, tal como aconsejaba el maestro argentino Adolfo Bioy Casares), sino que responde a una aceleración de sucesos inauditos forzada por el autor, hasta tal extremo, que le resulta imposible, más allá de cierto punto, continuar la narración. Poe opta por una finalización inesperada, que escatima al lector su conclusión natural.
Es el mismo escritor quien ofrece, en apariencia, la clave del misterio. Incluido como personaje de la novela, dice de él mismo que nunca llegó a creer en esta última parte del testimonio del señor Pym, lo que no deja de ser una ilustrativa confesión de los motivos por los que la novela podría haber acabado tan abruptamente. El final, repleto de sugerencias que el lector ha de concluir con la imaginación, parece señalar intenciones alegóricas, aunque Julio Cortázar, prologuista de esta edición, asegura que Poe siempre se desmarcó de este tipo de apreciaciones. Si se acepta esto, se puede deducir que, quizá, la única forma de hacer creíble todo el conjunto era dejarlo inconcluso.
El interés que provoca el desarrollo de esta historia es tan intenso que el primer sentimiento que invade a quien concluye su lectura es de ansiedad, de anhelo por continuar con los avatares del señor Pym y su pericia para la supervivencia. A pesar de la mencionada anomalía argumental, cuando al cabo se considera el resultado global de la lectura se hace difícil no concluir que se ha experimentado, tal y como está, el disfrute de una obra magna. Las influencias e influenciados por este libro son muchos: Defoe, Coleridge, Stevenson, Hodgson, Verne o Lovecraft aportan o beben de las aventuras marítimas de Arthur Gordon Pym. Grandes nombres para tratarse de un error. De hecho, los dos últimos intentaron continuar esta extraña historia por sus propios medios, escribiendo dos maravillosas novelas: La esfinge de los hielos y En las montañas de la locura.
Me temo que la polémica asociada a esta joya de la literatura sobrevivirá al paso del tiempo. Algunos seguirán viendo en ella una novela fallida, producto del cansancio o de la falta de confianza de su autor; otros, sin embargo, apostarán, como muchos lectores antes que ellos, por el talento y el genio de Poe, fascinados aún por esa misteriosa figura blanca que aguarda, silente, en el abismo de lo inefable. Cuéntenme entre estos últimos.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la Red.

2 comentarios:

  1. En mi opinión, hay fuertes vinculos tematicos entre el "Gordon Pym" y "el manuscrito encontrado en una botella" y entre ellos se encuentra el final abrupto.
    "El manuscrito" incluye tambien un principio realista y luego gira a lo fantástico.
    ( Y por cierto que me soprende las escasa menciones a los homenajes a Poe en "Piratas del Caribe"III)

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  2. Gracias, porque me has obligado a releer, muchos años después, tan magnífico cuento. Y sí, es cierto que hay similitudes tanto estructurales como temáticas. Y ambos finales casi se continúan, aunque lo que vuelve locos a los estudiosos, esa alta figura blanca, no conste en el cuento. Yo hago una interpretación alegórica.
    En cuanto a la tercera parte de Piratas..., aún no la he visto, pero con ese comentario me has animado bastante a hacerlo.

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