Han pasado ya más de cinco años desde que el último volumen de la serie de ciencia ficción escrita por Emilio Bueso fue publicado, ocho desde la aparición del primero. En literatura no es mucho margen, pero sí permite enjuiciar el éxito o la calidad de una obra con un peueño y sano distanciamiento. Por lo que se puede leer en internet, las alabanzas de entonces, algunas dentro de lo ditirámbico, han ido dando paso al olvido que comunmente persigue, en el polo opuesto del sleeper, a toda obra súper promocionada. Poco se habla de aquella trilogía, la cual se acabó recopilando en un solo tomo y cuya adaptación al cómic quedó varada en su primera entrega. Y poco poso ha dejado. En mi opinión, injustamente.
Lo cierto es que, desde el punto de vista de un aficionado a la ciencia ficción, es una lástima. Porque ha sido, seguramente, el proyecto español más ambicioso de este siglo, tanto a nivel de autor como de editorial. Al escritor castellonense le renta más el campo del terror. Tiene obras publicadas en editoriales de fuste como Valdemar y Ediciones B y es más valorado en un género en el que los críticos le tocan las narices bastante menos que los puñeteros de la cf. Cualquier lector que no se haya acercado a su obra se preguntará por qué parece provocar sentimientos tan encontrados, pero basta con abrir uno de sus libros para entenderlo. Bueso es un género en sí mismo, un escritor que coloca su visión de la escritura por encima de las normas. Su estilo es tan inconfundible, su voz literaria tan personal, que puede espantar al amante de la buena literatura y a la vez obsesionar a quien sólo quiera disfrutar de la historia y el escenario.
Para todo
aquel que siga la literatura fantástica española y esté al día,
debe de haber sido imposible sustraerse al fenómeno que la editorial
Gigamesh, apoyada en una efectiva explotación del estado actual de
las cosas dentro del mundillo, ha provocado. Supongo que el autor de
Transcrepuscular,
Emilio Bueso, estará muy contento con el despliegue y la efectividad
de la promoción, pero, a mi juicio, esta ha producido un efecto
colateral inverso, una mengua en la atención a la calidad real de la
obra y la objetividad en favor de una devoción por el producto. Y
como producto incluyo, dado su particular talento para la autoventa,
el apellido del propio escritor.
Por decirlo
de algún modo, cierta crítica que, aun haciendo el juego, no se
reconoce (ni a veces se sabe) parte de la maquinaria publicitaria, se
ha limitado a repetir, como si de un mantra se tratara, los
argumentos, etiquetas y comentarios que el propio aparato editorial
ha ido volcando a través de la sinopsis, de las entrevistas en los
medios a editor y autor, de los
blurbs,
de los textos camuflados como opiniones en Goodreads y otras
plataformas de internet. Instrumentos de propaganda que han vomitado
una retahíla de conceptos tales como
biopunk,
evolución por simbiosis,
road movie,
worldbuilding,
ida de olla y un puñado de sentencias más, todas en tono
ditirámbico, y que aquellos lectores cortos de criterio han aceptado
sin hacerse preguntas, considerando el conjunto como único argumento
válido para imprimirle a la novela el marchamo de la excelencia.

Curiosamente,
los pocos apuntes propios que he leído provenientes de los
reseñadores hacen referencia al desconcierto que el peculiar estilo
de Bueso, excesivamente coloquial, ha producido en ellos. Un detalle
que, sin embargo, no parece pesar en sus valoraciones finales,
derrotado ante el gran número de puntos a favor asimilados, copiados
desde el argumentario del propio autor y la editorial. La afinidad de
algunos de estos reseñadores con la casa y su escritor es
responsable, también, de que el exceso de expectativas ni siquiera
haya jugado a la contra, como sucede usualmente cuando se da tanto
bombo previo a una obra.
En
una entrevista aparecida en El País realizada a los dos grandes
protagonistas, el editor y el escritor, Emilio Bueso se quejaba medio
en broma de que llevaban un buen rato hablando mucho del marketing y
nada de la novela. El interés por las especiales características de
la edición, en formato de lujo, con un precio elevado y un número
limitado de copias, parecía quitarle espacio a lo verdaderamente
importante, el texto. De hecho, el editor aprovechaba el altavoz que
suponía el periódico para vender su producto de marca sin cortarse
(ninguneando a generaciones anteriores de escritores españoles,
publicados incluso por la propia editorial; delatando con pésimo
gusto la cifra exacta que se iba a embolsar el autor como adelanto;
detallando con elogio la fastuosa campaña diseñada...), de lo cual
se desprendía una cierta sensación de traslado de protagonismo, del
libro a la maniobra de venta. Era posible que, ante esta avalancha de
medios, más de un simpatizante escribidor sucumbiera a la gran
estrategia promocional. Hasta yo mismo he caído en parte en sus
redes; véase si no cuántas palabras van ya sin haber comenzado aún
a escribir sobre la obra, sobre su contenido, que es lo realmente
importante. Y cuántas más llegarán, ya lo anuncio, al final del
texto.
Soslayemos
por un momento este cúmulo de intereses espurios para hablar de
Transcrepuscular,
una novela cuya aparición tenía,
a
priori, un
gran atractivo por sí misma. Bueso es un autor que, si bien no
brilla especialmente en el apartado formal, sí cuenta con una gran
ambición y una voz diferente, y puede, por lo tanto, aportar
perspectivas nuevas e interesantes a la ciencia ficción. Lo demostró
en
Cenital,
una novela que, a pesar de sus defectos de estilo, se instituyó como
uno de los postapocalípticos españoles a tener en cuenta, tanto por
su carga ideológica como por la fuerza que transmitían algunos de
sus episodios. Había, por tanto, una cierta expectativa en los
mentideros de la ciencia ficción española por comprobar en qué
terreno se situaría la trilogía acometida por Emilio Bueso, si
ambicionaría la excelencia de
Mundos
en el abismo
de Aguilera y Redal o se inclinaría por la diversión intrascendente
de la
Trilogía de las Islas
de Angel Torres Quesada; o si, más probablemente, se instalaría en
un nicho propio. Leída la primera entrega, no estamos, a mi parecer,
ante la mejor obra que haya dado el género en este país, que
exclamaba el escritor y traductor Javier Calvo (quizás se refería a
la Nueva Narrativa Extraña), pero sí ante lo que se erige,
principalmente, como una esperanzadora promesa. Diría que se trata
de una buena novela, divertida y ambiciosa, aunque el acierto o
desacierto de ciertos planteamientos, pendientes de una futura
resolución, se me antojan cruciales para un correcto enjuiciamiento.
La
novela cuenta con buenos personajes, un alto vuelo imaginativo y una
trama bien desarrollada. Es quizás el diseño del escenario, al que
el escritor ha fiado gran parte del peso del libro, el que más dudas
(o deudas) de futuro genera.
Transcrepuscular
es una historia de aventuras en forma de viaje iniciático. En ella
se narra la peripecia de una variopinta expedición en busca de un
objeto robado. Al igual que en otras series de fantasía (
El
hobbit
cinematográfico sería un buen ejemplo), el primer libro se limita a
desarrollar parte del viaje, dando a conocer la fisionomía del mundo
por el que transcurre y, a la vez, las peculiaridades de los
distintos personajes, así como la semilla de los futuros cambios. La
personalidad de los protagonistas responde a distintos arquetipos: el
guerrero, el hombre de ciencia y el político. Por el camino, como es
preceptivo, se irán añadiendo miembros a la misión animados por
intereses propios. “El trapo” es sin duda el más atractivo de
ellos, por carisma y porque es el que mayor rendimiento presta, desde
el punto de vista humorístico, a la particular voz coloquial con la
que Bueso narra usualmente sus historias. Sin embargo, es el
personaje principal, a través de cuyo punto de vista conocemos
hechos y escenario, el mejor trabajado de todos ellos, pues al
contrario que el resto, evoluciona interiormente, crece con sus
descubrimientos adquiriendo, gradualmente, un concepto nuevo del
mundo.
Pero
la carga crítica del libro no se limita a los detalles que conducen
a este crecimiento personal. Se encuentra, principalmente, en la
propia configuración de la sociedad del Círculo Crepuscular, un
sistema estratificado que mide la importancia de sus ciudadanos según
la función que estos tengan, casi un sistema de castas basado en el
nicho profesional. Los miembros de la misión no tienen nombre, son
reconocidos por su función social, el Alguacil, el Astrólogo, la
Regidora...lo cual apunta al primado de la función sobre la
individualidad. Así, cada papel marca el origen del individuo y los
valores en los que será educado, los indicados a su vez para el
servicio posterior a la comunidad. Esta situación social no
responde, sin embargo, a un mandato deliberado como el que suele
darse en las distopías, sino que parece ser el estado natural de las
cosas, aceptado como tal por sus ciudadanos. Hay también una crítica
expresada directamente por boca de algún personaje, algo muy común
en la escritura de Bueso, sobre la falta de alteridad, tanto de las
naciones como de los individuos. Esta queja directa, curiosamente
contraria a la crítica social dimanada del la configuración del
sistema, se suma, sin embargo, a ella en la misma dirección.
Tenemos
una sociedad que considera a los individuos engranajes de un todo, y
un personaje que se queja del excesivo individualismo que nos hace
ignorar al otro, lo cual expresa un deseo de suma, de integración en
una entidad mayor. Un tercer detalle se une a todo ello, y es la
forma en la que el sexo, la forma más directa de comunión con el
otro, es tratado en el libro. Primero, como un acto ajeno a sus
participantes, una violación de los cuerpos del Astrólogo y la
Regidora, gobernados por sus simbiontes; luego, como otro acto en el
que otro de los protagonistas acaba asesinando de forma extrema a una
prostituta, también de forma involuntaria. El protagonista principal
es, no casualmente, un eunuco y el único de los personajes que se
resiste a la simbiosis con los extraños moluscos que proliferan en
ese mundo. Hay un reflejo entre sexo insano y simbiosis que lanza un
mensaje de rechazo a este proceso asociativo, y sin embargo, los
elementos de crítica antes mencionados apuntan hacia la pérdida de
la individualidad en bien de la asociación. Este doble juego de lo
correcto y lo incorrecto culmina en el último acto de la novela,
produciendo un efecto sembrado anteriormente, no por esperado menos
satisfactorio.
En
superficie, el primer nivel de lectura delata a
Transcrepuscular
como una aventura
pulp,
narrada en clave de fantasía y con un trasfondo de ciencia ficción.
Es un viaje de descubrimiento por paisajes exóticos y ruinas de
civilizaciones perdidas, con duelos a muerte, vuelos en insectos
enormes y hasta un combate contra hormigas gigantes en un coliseo
subterráneo. En este mundo, la civilización subsiste en el
terminador de un planeta acoplado por marea, con la noche perpetua a
un lado y el sol golpeando eternamente el otro. Los humanos viven en
simbiosis con una suerte de moluscos diversos, presuntamente
autóctonos, que les confieren distintas habilidades. Es precisamente
esta relación la que se ve complementada por el elemento crítico,
señalándola, junto al viaje en sí, como el centro de la obra.
Aunque es necesario aclarar que si bien eso convierte a
Transcrepuscular
en el anunciado
biopunk
del que habla la presentación (o
ribofunk
si hacemos caso a Paul Di Filippo), la tan cacareada condición de
motor evolutivo de la simbiosis no aparece en ningún momento. Solo
se percibe un cambio físico en el gremio de los animistas, seres
humanos que, merced a alojar decenas de simbiontes, se han convertido
en masas amorfas. Considerar eso como evolución parece algo
aventurado. La simbiosis, una mera asociación que apunta a
parasitismo al final de la historia, no produce cambios, si hacemos
caso a la información que arroja este volumen. La cita de la
polémica bióloga Lynn Margulis, colocada misteriosamente entre el
penúltimo y el último capítulo, parece más un anuncio de lo que
viene que un refrendo de lo ya leído.
Un
último aspecto a señalar es el de la configuración del mundo en el
que transcurre la aventura, que en su morfología, a diferencia de lo
que ocurre en la mayor parte de los universos de fantasía, busca la
verosimilitud en un entorno de ciencia ficción. Como ya he
mencionado, la sociedad descrita vive en el terminador de un planeta
que presenta acoplamiento de marea, esto es, que su periodo de
rotación coincide con el de traslación alrededor de su estrella.
Eso hace que siempre presente a su sol la misma cara, lo cual,
dependiendo de la proximidad, convierte el lado diurno en un horno y
el nocturno en un congelador. La vida solo es posible en la franja
que media entre ambos. La novela parece presentar datos anómalos,
pues en un terminador de este tipo el crepúsculo o el amanecer,
dependiendo de a qué lado del planeta estés, es continuo, el sol
siempre se ve pegado a la linea del horizonte, permanece fijo, y sin
embargo, en la novela el sol sale y se pone repetidas veces. No me
atrevo a afirmar aún, rememorando el caso más famoso del pasado,
que el mundo anillo sea inestable, pero sí es otro misterio que
Bueso habrá de aclarar en los siguientes volúmenes, en los que,
quizás, el astro verde Jiangnu cobre una mayor importancia. En todo
caso, no parece que estemos ante una obra de ciencia ficción dura, y
los errores de ese tipo solo son relevantes si se denota una ambición
por que lo sea.
No
lo fueron en
Invernáculo,
de Brian Aldiss, una obra a la que
Transcrepuscular
le debe, y hasta qué punto, inspiración y estética. Sin llegar a
ser una adaptación como la que realizara Carlos Giménez en
Hom,
es innegable que se trata de la obra de referencia para esta novela.
En el libro de Aldiss, la Tierra se ha detenido y presenta, en su
lado visible, una naturaleza salvaje repleta de insectos gigantes y
plantas devoradoras. Al joven protagonista, Gren, se le adhiere a la
cabeza una morilla telépata caída de un árbol. Siguiendo su
influjo, con el hongo pegado al cráneo, el humano de pequeña
estatura viajará hasta el terminador buscando el lado oscuro del
planeta. Hay también arañas gigantes en las copas de los árboles,
que si bien no salen en
Transcrepuscular,
sí podrían estar presentes en la continuación, pues la sinopsis
(“bosques de helechos plagados de arañas gigantes”) así lo
promete.
Invernáculo
fue muy criticada en su día por su falta de rigor científico. James
Blish llegó a calificarla como “absoluto sinsentido”, y sin
embargo aún es recordada. La obra de Bueso parece seguir a su
referente incluso en eso.
O
tal vez no. Porque, como escribí al principio, esta novela es, antes
que nada, una promesa. Nada hay explicado todavía. Bueso ha escrito
esta vez con mejor pulso, con una concisión que le aporta una gran
agilidad a la narración. Ha medido bien los tiempos, ha estructurado
sabiamente el relato y acelerado al final, como es preceptivo. Y
aunque le haya llevado a errores puntuales (un personaje que ignora
lo que son los evangelios se piensa poniéndose una corona de
espinas), con la utilización de la primera persona ha evitado esa
sensación de ligereza, en el mal sentido, que producía el uso de la
voz cheli en sus anteriores novelas, una voz más creíble en la
cabeza de un personaje que en la del narrador. Con ella, desde la
percepción del protagonista, las humoradas del Trapo, el mejor
personaje de este libro, han resultado tremendamente efectivas. Pero
decía que nada sabemos aún, porque toda la información de la
mecánica celeste que le ha llegado al lector ha venido de la mano de
un personaje, el Astrólogo, que bien podría mentir o estar mal
informado. La propia percepción que el lector tiene de los hechos
está pasada por el filtro del Alguacil, así que todo está abierto
a nuevas interpretaciones y sorpresas venideras.
Esta
primera entrega de la trilogía “Los ojos bizcos del sol”, de
agradable lectura, deja, pues, tanto ruido como nueces. Es una novela
entretenida, divertida, buena a la espera de diversas aclaraciones,
pero el fenómeno montado a su alrededor ha acabado por eclipsar un
tanto la narrativa. El seguimiento a ciegas que ha tenido la
zanahoria publicitaria, con gran parte de la blogosfera actuando como
agentes del aparato sin siquiera comprenderlo, delata parte de la
situación actual del fandom. El acceso a la escritura que da
internet, sin un método de filtrado, ha hecho que surja una crítica
más centrada en agradar que en hacer una disección teórica de la
obra. Hay cosas en cómo ha sido recibida esta obra que producen
bastante perplejidad. Leer cómo entendidos bregados en el género
alaban la construcción de un mundo de ficción (el
worldbuilding
de marras, término que corre como una infección de teclado en
teclado) que en cuanto a su rigor científico presenta anomalías que
el autor habrá de explicar; cómo elogian divertidos la trama
calificándola de “ida de olla”, las mismas palabras que usó el
autor, ignorando decenas de obras anteriores que deben de haber leído
y que cuentan con argumentos y escenarios bastante más desquiciados;
cómo repiten el calificativo de
road
movie,
citado en la sinopsis, para definir una aventura cuyo viaje
transcurre exclusivamente por el aire y sobre las vías; cómo aluden
a la simbiosis como motor evolutivo sin decir por qué, sin plantear
otro argumento que el de haberlo visto en la contraportada, señala
un triunfo absoluto de la campaña de marketing de Gigamesh y una
falta de criterio notable en los reseñadores.
Antisolar
Para muchos de sus lectores y unos cuantos críticos, los textos de Emilio Bueso producen el mismo efecto que un puñetazo en el estómago, un directo al hígado o un gancho a la mandíbula. Con estas frases lo reflejan en sus opiniones y reseñas. Para sus incondicionales, las historias de Bueso son revolucionarias, inesperadas idas de olla, una puta locura; leerlas, dicen, es apostarse el pellejo, jugar a la ruleta rusa y exponerse a una literatura nunca vista. ¿Por qué los libros de Bueso parecen afectar a sus adeptos hasta, por decirlo de algún modo, reventarles la patata? Gran parte de ese efecto, tan contundente como viral, habría que apuntárselo a la imagen que el propio escritor ha ido potenciando en sus discursos, pero la simple propagación por simpatía no es suficiente de por sí para provocar semejante emoción en tal número de personas. Hay algo más, y a poco que se fije, un lector atento podrá encontrar la explicación acudiendo al foco de origen, en novelas como Cenital, Esta noche arderá el cielo o la muy publicitada Transcrepuscular; y de forma más evidente aún, en Antisolar, su continuación. El secreto a voces reside, precisamente, en eso mismo, en la voz narrativa, de la que hablaré al final, después de referirme a una obviedad y acometer un breve análisis.
En una serie lineal como ésta, siempre es más complicado para el critico elaborar un texto largo sobre las continuaciones que sobre el libro que la originó. La materia de la que hablar se reduce, puesto que el escenario, los personajes y la trama ya fueron presentados en el libro anterior y tratados por el reseñador en el análisis que éste dedicó al primer volumen. Le queda entonces, para no repetirse, limitar el estudio a las novedades y a la evolución de lo ya planteado, a valorar cómo se desarrolla lo que quedó en el aire. Para el escritor la restricción es parecida. Sí, ya tiene “hecha” una gran parte del trabajo, pero eso, precisamente, coloca en primer plano su capacidad imaginativa, su pericia para introducir elementos originales que se integren bien con lo anterior y consolidar y hacer avanzar la trama principal mediante un correcto desarrollo de las distintas subtramas, sean estas heredadas o nuevas. El director de cine Juan Antonio Bayona, que acaba de estrenar con éxito “Jurassic World 2”, decía, hace unos días: “...hay algo gratificante en estas continuaciones y es que en estos episodios es cuando la historia se vuelve más compleja. Es el nudo de la historia. Coges las repercusiones de la parte inicial y las llevas de la forma más compleja posible a la tercera”. Y sin romper la coherencia con el mundo preestablecido, o al menos con cierta continuidad en la historia, apuntaría yo.
En los volúmenes intermedios de una serie, el lector espera que se dé una cierta evolución en la historia sin que cambie del todo el fondo que le sedujo en la primera entrega. Es decir, busca esa complejización y función de puente a la que se refiere el realizador español; tanto la confirmación de los valores que le gustaron en la primera parte como el crecimiento de aquello que los conforman: el escenario, las subtramas, los personajes e incluso el mensaje, que no siempre existe.

¿Qué hay de eso en Antisolar? Digamos que el relato de aventuras se mantiene, que los personajes evolucionan un poco, que las nuevas localizaciones fascinan por igual, que hay menos profundidad de contenido, que se añade poca información a la trama principal y, sobre todo, que la voz del narrador agudiza su presencia.
La narración transcurre en el mismo planeta, pero bajo una fenomenología climática diferente. Recordemos que, al tener acoplamiento de marea, el astro en el que tiene lugar la acción se divide en tres regiones sometidas a un clima marcadamente distinto. Los protagonistas se han trasladado desde el terminador, el tibio círculo crepuscular por el que discurrió la primera parte, a la cara oculta del planeta, que, al no recibir nunca la luz de su estrella, está sometido a una perpetua oscuridad y bajas temperaturas. En Antisolar, la sensación de viaje es inferior a la que se obtenía en la primera parte. En realidad, los protagonistas visitan tres puntos específicos del hemisferio nocturno y acaban realizando un trayecto submarino hacia el lado iluminado del planeta en el que, se supone, acontecerá la tercera y última parte de la serie. Una ciudad futurista deshabitada, un pecio varado en tierra y una fortaleza ubicada en el fondo de una gigantesca grieta son los tres lugares que los protagonistas compartirán con el lector y en los que intentarán sobrevivir a diversos encuentros peligrosos y continuar viaje.
Es precisamente en esa especie de castillo medieval, cuyos días y noches se rigen por la luz que emiten los moluscos encastrados en las paredes del abismo, donde Antisolar vuelve a parafrasear al género de fantasía de manera clara. Aunque la presencia de ese subgénero sea menor en esta segunda novela, todavía subsiste en cierta parte de la narración y, especialmente, en este tramo del libro, en el que las imágenes de castillos, monjes y dragones sugieren fantasía. No lo hacen desde el contenido, que las explica ajustándose a la trama de ciencia ficción, pero sí desde su apariencia. La conjugación de ambas ramas del fantástico, presente también en esta continuación, confirma una ambición de mixtura genérica en la serie, al menos en cuanto al aspecto o la estética. En cuanto al fondo no hay tal cosa. No se da una profundización en la fantasía, pero tampoco en la ciencia ficción. Es todo fisonomía. Pasajes que podrían despertar el sentido de la maravilla, por ejemplo, no explotan ese logro. El desinterés por la profundización en las claves del género se evidencia también en la parquedad con la que este volumen trata el posible componente de hard sf, la rapidez con la que se desprende de cualquier posible duda que la dinámica astral dejara planteada en Transcrepuscular. Como quien retira un molesto moscón con la mano, el asunto de las noches y los días, que deberían ser imperceptibles en la zona crepuscular de un planeta acoplado a su estrella pero aparecen con regularidad y de forma notoria en la anterior novela, queda explicado en estas dos líneas de diálogo:
-Sol. Sol Siete. ¿Sabes que un mediodía del Círculo son siete anochecidas rápidas seguidas?
-Las nutaciones de Jiangnu. Siete basculaciones periódicas y... Sun Qi. El nombre te va que ni pintado.
Esta frugalidad en lo científico no concuerda con la exhaustiva documentación que el autor dijo haber manejado, pero la maniobra es la más sensata, la habitual con la que un escritor libera a un libro de improductivas obligaciones, el mensaje de que esto no es ciencia ficción dura y que, por lo tanto, el lector no tiene por qué buscarla. En realidad, esta novela, junto con la anterior y, presumo, la que cerrará el ciclo, al margen de su ambición intergenérica -o quizás ayudadas por ella-, conforman un conjunto de literatura que puede ser calificada sin riesgo como pulp (o biopulp, para quien anhele la etiqueta molona) más emparentada con las desinhibidas aventuras planetarias de los años 30 del pasado siglo que con la fantasía y la cf actuales. La frivolidad, el humor y el exotismo del pulp, así como su lenguaje coloquial, están presentes en el libro de Bueso. Hay acción, sexo y fauna exótica. Se da, incluso, un cierto componente adolescente propio de esa etiqueta, señalado por las menciones a la juventud del Trapo o al comportamiento poco adulto del enamorado Alguacil. Pero es, sobre todo, en el estilo literario ligero y en el espíritu de aventura que gobierna esta serie donde estos dos libros se acercan ineludiblemente a aquellas historias sin complejos de hace casi cien años.
Y es que, más allá de la voz peculiar y de algunos tratamientos extravagantes, el principal valor de esta novela es su afán imaginativo, tanto en lo individual como en lo referente al escenario, aunque sean las imágenes en sí mismas y no la retórica para describirlas lo que marca su interés. Ni la oscuridad eterna del paisaje ni el frío dominante transmiten todo el efecto que debieran, pues la voz narrativa y el estilo están puestos principalmente al servicio de la interacción entre los personajes y de las descripciones de los extraños organismos autóctonos, los imaginativos moluscos y (ahora también) crustáceos simbióticos o parasitarios. El texto no suele gastar palabras de más en el desarrollo del escenario, pero las imágenes son potentes. Las tres localizaciones en las que transcurre la acción dejan huella en la lectura, y el viaje submarino final ofrece buenos instantes: el paseo por las calles semi vacías de una ciudad altamente tecnificada en la que la publicidad te asalta a lo Mercaderes del espacio; bestias colosales que se enfundan pecios como si fueran camisas; pequeñas luces vivas que, desde las paredes de una fosa abismal, marcan los amaneceres y atardeceres para los habitantes de una fortaleza ignota. Y, entre estos parajes nocturnos, viajes aéreos a través de vientos majestuosos y trayectos subacuáticos bajo la corteza planetaria, ocultos a las acechantes legiones de monstruos marinos. Una imaginería ingeniosa, localizaciones fascinantes y dispersos momentos de acción ponen a prueba, a lo largo del libro, la determinación de los atribulados personajes.
La expedición que llegó a las últimas páginas de Transcrepuscular pierde algún miembro de segundo orden por el camino y gana otros nuevos. Los principales siguen siendo el Alguacil, la Regidora, el Astrólogo y el Trapo. Se une a ellos Wing Melin, representante de los humanos que habitan el lado nocturno del planeta, miembros de una corporación llegada allí para explotar los recursos. Hay pequeños signos de crecimiento interior en los protagonistas, entrevistos principalmente en sus conversaciones. El Alguacil recibe un nombre, y también unos testículos, y se percibe una determinación y una madurez con las que no contaba antes; la Regidora tiene una epifanía y aborta a la criatura mestiza a la que gestaba, tras renegar de su fe; del Astrólogo es imposible saber nada, pues se pasa el libro convertido a la vez en arma temible y piltrafa parasitada, y el Trapo, de quien se informa que no es más que un crío dentro de su especie, se muestra aún más descreído y egoísta que antes.
Del resto de asuntos pendientes, poca cosa. No hay noticias del paralelismo apuntado entre sexo y simbiosis, que era una de las lecturas en segundo plano más interesantes en la anterior novela. Sí se puede interpretar, a la luz de los nuevos datos sumados a la trama central, que la simbiosis como motor evolutivo mencionada por la publicidad de Transcrepuscular (en cuyas páginas no aparecía sino en citas) puede estar referida a las especies autóctonas del planeta, que han llegado a su actual estado merced a una creciente fusión entre ellas, y no a los humanos. El presunto macgufin de la historia ha negado su irrelevancia original y desmentido su etiqueta: la reliquia de cristal robada que dio origen a la misión es, en realidad, un libro de gran importancia que se convierte en el principal instrumento de información tanto para la expedición como, a través de la traducción que realiza la humana Melin, para los propios lectores. A la trama principal se le han sumado datos que la han completado pero no ampliado, pues muchos de ellos, concernientes a qué está pasando en ese planeta y quiénes son los contendientes y su naturaleza, ya había sido sugerida entre líneas en el primer libro. En ese aspecto, Antisolar dedica más palabras a confirmar que a diversificar o aumentar una trama a la que le importan más las aventuras de los personajes que la historia de fondo o hacer llegar algún mensaje. Diversión, por tanto, remarcada por un peculiar modo narrativo que impregna todo el ejercicio de lectura hasta apoderarse de ella. ¿Cómo? Para explicarlo, retomo la cuestión con la que abrí la reseña: se trata de la voz narrativa, efectivamente, que al lego puede parecerle poco importante pero que es, en realidad, el puente de comunicación entre una obra y su lector, el primer elemento con el que se firma el pacto de ficción.
El lector habrá de decidir hasta qué punto es intencional y hasta dónde es impericia o desidia, pero lo de Emilio Bueso es un continuo desplante a la ortodoxia literaria. Y no hablo de su capacidad estilística, de su querencia por las frases cortas y los puntos y aparte o de pequeñas frivolidades estructurales como colocar las citas donde deberían ir los capítulos, es que no respeta muchas de las normas más básicas del narrador; utiliza una voz tan personal e intensa que podría calificarse como invasiva. El narrador en primera persona, en este caso localizado en la cabeza del Alguacil, se convierte a ratos en omnisciente. Se presenta ante el lector como una persona no muy culta, un soldado que sabe de lo suyo y se sorprende con el conocimiento de los miembros de otras profesiones mejor consideradas. Y sin embargo, suele conciliar el lenguaje soez y la ignorancia con el uso de una nomenclatura especializada. A veces en la misma frase. Así, en la página 79, por ejemplo, la voz interior del Alguacil cuenta que la expedición se encuentra con una zoea enorme (larva de crustáceo) y que mascaba algo con los maxilípedos (primer par de apéndices masticadores en la mandíbula de un crustáceo), pero también que se plantaba en el suelo con los diez brazos (patas) y que, después, se oía un tumulto de patas pétreas (de piedra) y metalizadas. Todo en la misma página. En la 113, el narrador no describe a grupos de monjes esparciendo agua bendita o incienso, sino a turiferarios agitando hisopos, y es el mismo que, en la página 122, refiere que “el simbionte se curraba las traducciones”, o que en la página 263 relata hacer “unos movimientos para distenderme y rematar la faena”. La voz de este narrador en primera persona es, con una alternancia absolutamente arbitraria, erudita e ignorante, coloquial y pomposa, y, como puede comprobarse en el último ejemplo, utiliza frases hechas (en el libro anterior, el personaje se quejaba de llevar una corona de espinas) cuyo origen parte de hechos no acontecidos en su historia y su planeta. Pero es que, además, su voz exterior, la que utiliza en sus diálogos, se expresa a veces con el mismo tono poligonero que el resto de personajes.
Porque esa es otra de las “curiosidades” del estilo Bueso. El deje macarra contenido en los diálogos no se circunscribe al Trapo, un personaje con una boca carabanchelera que lo convierte en el principal foco de humor -que hay mucho y bueno en esta obra- y en el preferido de los lectores. Todos los personajes, incluidos los que cuentan con posiciones sociales altas, se rinden, en un momento u otro, al uso de un lenguaje de barrio, sumamente coloquial, a veces incluso bajuno. La fina Regidora incluye un “caracol de tronío” en un diálogo de la página 171 sin despeinarse, e incluso la humana y sobria Wing Melin habla de “un fregado peor que el mío” en la página 127 y se lanza a fondo con un “regidora de caverna de pacotilla. Ahora eres mi puta” en la página 61. La minera Pico Ocho sólo habla de follar y el Trapo... el Trapo es un personaje que vive en el exabrupto continuo, en el país de lo soez. Todo en la voz del narrador sirve a un objetivo que se convierte en obsesión: la búsqueda de la autenticidad y el humor, en ambos casos desde un casticismo que rompe tanto con la realidad de lo narrado, en un lejano planeta de biología alocada, que te saca de la lectura continuamente.
Titular “Me cago en Dios” el capítulo 39, por mucho que la frase vaya, como en todos los demás, dentro del texto, es pura provocación al lector. Te ríes, sí, pero a la vez dices “joder, Emilio”. Hacer menciones al número 42 o que el Trapo suelte frases como “Pienso montar mi propia expedición con casinos y furcias” en la página 106 o “Tú eres Groot” en la página 167 dejará en la inopia a quien no conozca las referencias y, de nuevo, provocará la carcajada de quien lo lea, pero, y aquí está lo esencial, las risas no vendrán por los chistes, sino por el hecho de que estén donde no deberían estar y, por extensión, por quién los ha puesto ahí. Sí, luego se explica por qué es posible que el Trapo suelte esas frases (página 193), pero el hecho de que la explicación vaya después y no antes produce un efecto de incredulidad durante muchas páginas que acaba en otro “joder, Emilio”, exclamación que el lector va a repetir bastantes veces durante el libro.
Y el problema principal es ese, que el usar varios registros en la misma voz, hacer que el narrador y los personajes alternen vocabularios de distinto nivel, que suelten frases hechas de nuestra cultura en un mundo que no la conoce y que el tono coincida con el que expresa el autor en todas sus apariciones, crea una irreparable quiebra en el pacto de ficción de la obra con sus lectores, provocada por la identificación con la persona que la ha escrito. Quienes creen que el Trapo es el alter ego de Emilio Bueso se quedan cortos, porque Emilio Bueso es bastante más que eso, es nada menos que el narrador de la novela, lo cual se nota continuamente. Por eso tantos “joder, Emilio” durante la lectura. Por eso todos los textos ditirámbicos y los entusiastas de su trabajo exaltan la figura de Emilio Bueso primero, y su obra, si cabe, después, porque es Bueso quien, como si de un colega se tratase, les ha relatado su última ocurrencia. A los lectores canónicos, muy conscientes de que la primera ley de la narrativa enuncia que el narrador no es el autor, o que no debe haber intromisión exterior alguna en los diálogos de los personajes, Bueso les parece, por todo lo explicado, un mal escritor.
En mi caso, por pura pragmática, debido a que la ruptura de la norma me suele sacar de la lectura, me cuento entre los devotos de la ortodoxia. Sin embargo, me he vuelto a divertir con esta segunda parte como lo hice con la primera. A falta del libro que ha de concluirla, opino que la travesía de esta serie titulada “Los ojos bizcos del sol” debería ser acometida con el mismo afán de divertimento y poca exigencia que se emplea para leer las aventuras pulp escritas por Edgar Rice Burroughs, intercambiando a los Carter de Marte o Carson de Venus por los atolondrados personajes de El mago de oz. Y con la voz de El Drogas sonando en el móvil, si es posible.
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