miércoles, 25 de octubre de 2023

Imágenes de cf. XXV

 




"Me aparté de la ventana, aunque no sin antes percatarme de que el viento en el exterior era más intenso que nunca y no solo los árboles seguían agitándose, sino que había montones de pequeños cilindros y pirámides –cada uno de ellos parecía dibujado a lápiz– volando a toda velocidad por el cielo. Pero el Sol se había abierto paso entre las oscuras nubes y de pronto –como si todos los presentes en la habitación hubiésemos recibido un mensaje– nos volvimos a mirar a Josie. 
El Sol la iluminaba, a ella y toda la cama, con una potente medialuna anaranjada, y la Madre, que era la que estaba más cerca de la cama, tuvo que alzar las manos para protegerse los ojos. Rick parecía sospechar qué estaba ocurriendo, pero yo estaba sobre todo interesada en comprobar si la Madre y Melania Sirvienta entendían qué pasaba. Durante unos instantes todos permanecimos inmóviles, mientras el Sol lanzaba una luz todavía más intensa sobre Josie. Observamos y esperamos, e incluso cuando llegó un punto en que parecía que la medialuna anaranjada podía empezar a arder, nadie hizo nada. Josie se movió bajo las sábanas y, con los ojos entrecerrados, alzó una mano. 
–Eh, ¿qué es esta luz? –dijo." 
 
  
 

miércoles, 18 de octubre de 2023

Breves: Simmons, Roth, Nutting

Agua salada, de Charles Simmons

¿Qué es lo que marca el paso a la edad adulta, la capacidad para el amor romántico o las servidumbres del deseo? ¿Lo sentimental o lo físico? Charles Simmons escribe con gran talento esta versión moderna (y anglosajona) del Primer amor de Turgueniev y corona una de esas novelas que se leen sin trabajo, como si una leve brisa te llevara en volandas. Lo que en superficie parece un romance de verano en un entorno costero oculta una mayor complejidad. Agua salada es una novela de iniciación en la que el amor se bate con el despecho. 
Simmons emplea un estilo limpio, al que no le sobra ni un adorno, y describe con una narrativa concisa un paisaje atractivo y unos personajes complejos, sugiriendo al paso una lectura oculta del drama y de la relación entre sus protagonistas. El magistral último párrafo de la novela refrenda una realidad que se viene advirtiendo durante toda su lectura. El narrador miente y se oculta cosas a sí mismo sin siquiera darse cuenta, incluso años después del suceso con el que se inicia el libro: "En el verano de 1963 yo me enamoré y mi padre se ahogó". El lector deberá decidir qué motivó realmente el rencor del protagonista. 



El pecho, de Philip Roth

La primera novela protagonizada por David Kepesh, uno de los trasuntos del autor, es un Roth menor, tanto por el número de sus páginas (novela corta) como por su escasa enjundia, mucho menor que la que nutre las tramas de las otras dos novelas protagonizadas por Kepesh, El profesor de deseo y El animal moribundo, ambas extraordinarias.
El pecho juega a ser La metamorfosis rothiana. La tiranía de la realidad siempre está presente, incluso cuando esta se vuelve surrealista, y también lo están el humor y las obsesiones de Roth. A pesar de centralizar la trama, el sexo es, como en toda su obra, un catalizador del mensaje. El protagonista, convertido en un pecho femenino, no puede evitar ser presa de las pulsiones sexuales, pero desde su propia naturaleza masculina. Aunque hay momentos para la carcajada, el libro no deja un poso cómico. Al contrario, uno acaba con la sensación de que la gracia que le da vida no es mas que el maquillaje que oculta al payaso triste.



Las lecciones peligrosas, de Alissa Nutting

La novela de Nutting comparte con el clásico Lolita el asunto temático (adulto que persigue sexualmente a un menor) y la muerte accidental de un personaje similar (el progenitor del acosado), pero errará quien, atrapado en su propuesta inversa, la considere una contrapartida de la obra de Nabokov, pues tramas y protagonistas difieren en muchos puntos. Concurren, eso sí, en la presencia de un humor soterrado inherente a lo que se cuenta. 
Este libro es un pasapáginas cuyo motor, el morbo puro y duro, no descansa ni allí donde parece que ya no puede ofrecer más. Su lenguaje es tan explícito como el de la novela erótica, aunque lo más potente es, sin duda, la voz en primera persona de la narradora, Celeste Price, quien describe su condición y su particular manera de pensar sin cortapisas ni arrepentimientos. El lector es invitado a entrar en la mente de una depredadora sexual que solo encuentra satisfacción en la seducción de varones de catorce años. Sus pensamientos derivan entre la excitación que encuentra en ellos y la aversión que le causa su vida social, maestra y esposa de un policía, una pantalla necesaria.
A pesar de la valentía que ha tenido la escritora al plantear esta historia (que, visto el escándalo tras su publicación, demuestra cuán tabú sigue siendo el tema), hay detalles como la juventud de la protagonista o la inversión de géneros que actúan como minimizadores de riesgo, un hecho que en sí mismo debería decirnos cosas sobre cómo está configurada, en cuanto a esos asuntos, la conciencia social. La novela incide en ellos, en la diferencia y minoría de edad sexuales y su consideración moral, en el último tramo, cuando todo se desencadena y llega la hora de sacar conclusiones. La reflexión la brinda el propio desenlace y un evidente cambio de tono en la narración, que suprime el humor y lo sustituye por un dramatismo que acaba siendo existencial. 
Novela interesante y rápida de leer, que debería suscitar conclusiones serias sobre las diferencias de tratamiento de género y sexualidad cuando cambiamos la perspectiva hacia el lado contrario. Desgraciadamente, este es un asunto que, todavía, nadie quiere ni es capaz de abordar con valentía y objetividad.






miércoles, 27 de septiembre de 2023

Narrativa fantástica española

Invasiones, de Ismael Martínez Biurrun

Como muchos, eché de menos la presencia de Ismael Martínez Biurrun en "Mañana todavía", aquella antología de cuentos dedicada a plasmar distintas versiones y momentos del apocalipsis. De ahí mi alegría al ver publicada tres años después esta colección de novelas cortas que, por la publicidad y los comentarios, olía a género apocalíptico. Y sí, de las tres narraciones, dos pertenecen a ese subgénero; la tercera es una historia de alienígenas contada desde el particular e imaginativo punto de vista del autor. En realidad, en las tres se narran invasiones, tal como anuncia el título, de una sola persona o del planeta entero. En cuanto a la calidad, en mi opinión con pulso desigual.
Confieso que padezco un desajuste con la narrativa de Ismael Martínez Biurrun. Eso que los demás consideran postitivamente su punto diferencial, la presencia del narrador por encima de los personajes, a mí me parece negativo. No porque lo haga mal, sino porque creo que abusa de ese estilo. La diferencia de calidad entre estas tres historias se debe, sobre otros detalles, a la diferente medida con la que el autor se entromete en la mente de los personajes. 
En el primer relato, "Coronación", que por espacio y argumento podría ser representado sin problemas en cualquier teatro, el narrador se hace omnipresente por el continuo uso de tropos y dobles lecturas. Su presencia en las impresiones que le produce cualquier encuentro o descubrimiento a cada uno de los personajes es de tal calibre que llega a la intromisión, restándoles autonomía. No son sus diferentes actos los que los caracterizan, sino la voz de alguien externo diciéndonos lo absurdo, contradictorio o anormal que resulta todo a sus percepciones. El relato, además, no conduce a nada que no sea una serie de pasajes de terror en los que sin duda brilla, y mucho, la pericia del escritor. El final es un lucimiento personal, que torna en terrorífico lo que debería ser el instante más bello de la naturaleza. El problema es que no veo cómo encaja ese momento en el largo drama situacional anterior. Mi problema con este cuento es que no veo una dirección.
"El color de la Tierra" me parece que cuenta con un argumento más potente y, sobre todo, mejor hilado. A diferencia de lo que ocurre en la historia anterior, en esta sí se enlazan perfectamente los dos órdenes que le dan vida, el drama interior del protagonista y el apocalipsis, una invasión exterior que en realidad viene del fondo de la Tierra. Recurriendo al medio cinematográfico, si la invasión del anterior relato olía a Shyamalan, esta despide un fuerte aroma a Cronenberg. La locura global es inquietante, interesante y finaliza en clave de novela negra. Pero lo que me conquista es, precisamente, que se trata de la historia en la que menos aparece el narrador. Los personajes, aun resultando antipáticos (una constante curiosa en la obra del autor), se explican y se declaran en sus actos, no hay una voz que nos meta en su cabeza continuamente, y las figuras retóricas me parecen bien medidas, con presencia sólo en los momentos pertinentes. 
"Nebulosa" es la historia con la que finaliza el libro, y la sitúo a medio camino entre las dos precedentes. El argumento me parece el más original de los tres, una milenaria pero insignificante guerra cósmica que culmina en el enfrentamiento de dos seres igualmente insignificantes, pero el devenir de la historia no me atrapa. Es el relato de un asesino en serie que se transforma en otra cosa. A muchos les despistará su conclusión, pero a mi parecer, ese enfrentamiento al borde de la gamberrada hace que la valoración final sea más positiva. Como, sopesando pros y contras, lo es la de Invasiones en conjunto, una colección disfrutable a pesar de su irregularidad. 



El abismo verde, de Manuel Moyano

Conrad, Kipling, Verne, London...todos en el punto de mira. Pero si hay que hablar de una referencia clara, el apellido que primero acude a mi mente es Piñol. Esta novela bien podría haber sido la segunda parte de La piel fría, tal como quería plantearla en un principio el autor catalán. Con importantes concomitancias en cuanto a argumento y atmósfera, y cambiando las criaturas marinas por subterráneas, Moyano escribe una obra que empieza mejor de lo que acaba. 
De hecho, el gran comienzo de este relato me ha hecho desear a ratos que la fallida Pandora en el Congo se hubiera dejado de comicidades para tirar más por este palo, aunque ese anhelo al final haya acabado dándose la vuelta. A su conclusión, donde la historia pedía una profundización en el elemento aventurero fantástico, o sea, una huída a la Lovecraft dentro de la ciudad perdida, Moyano decide cortar por las bravas y ofrecer un final rápido y sin sorpresas, que aun así, podía haberse acercado más de lo que ya lo hace al Den: Muvovum de Richard Corben, pues el tono de la narración lo venía poniendo en bandeja.
Una lástima, porque sólo el final apresurado le resta puntos a lo que es una buena novela de aventuras, de las de misterio pulp de ciencia ficción. La trama, algo previsible pero interesante, con personajes correctos, buen desarrollo y un protagonista cuyos defectos vemos en primera persona (a ratos me ha recordado "El misterio de los orígenes", el cuento más polémico de León Arsenal). Me ha gustado, pero, por una vez, hubiera preferido un mayor número de páginas.



Mañana cruzaremos el Ganges, de Ekaitz Ortega

Near future orwelliano bien construido que divide su foco entre el entorno familiar de la protagonista y el distópico de la sociedad en la que vive y trabaja. Me ha parecido más logrado el primer orden, por una mayor profundidad y por lo que me parece una carencia de fondo en el segundo, que transcurre en un escenario cuya descripción adolece de cierta parquedad.
Periodismo bajo censura, policía militarizada, terrorismo, pena de muerte y rebelión, subtemáticas habituales del subgénero que el autor utiliza para construir el trasfondo político de una novela que, hay que decirlo, tarda en enganchar, no por un tempo lento, sino debido a la escasez de acontecimientos iniciales. Reseñable la irrupción de un elemento fantástico alternativo en el último tercio de novela, que por inesperado aporta frescura y empuje en la conclusión. En definitiva, este es un libro que se busca a sí mismo en la prospectiva pero que acaba encontrando su punto fuerte en los personajes.



Los príncipes de madera, de Daniel Pérez Navarro

Ignoro si cuento largo o novela corta, pero, sin duda, he aquí un gran relato de ciencia ficción. Personalmente, a pesar de cuánto me ha gustado, me resulta sorprendente su ortodoxia siendo su autor quien es. La ficción de Daniel Pérez Navarro suele hollar senderos menos transitados, pero aquí demuestra, como si de un pintor abstracto se tratara, que para explorar nuevos territorios hay que tener recorridos los más convencionales. 
Soy consciente, sin embargo, de que a quien no haya leído aún al autor, esta historia espacial sobre unos peculiares adolescentes le descolocará un tanto, pues la normalidad en el fondo del relato no se percibe hasta el final. El epílogo elimina la duda entre las posibles versiones de los acontecimientos en una narración que previamente la había propuesto con maestría. Los príncipes de madera es un relato excelente que, en todo caso, merecía una edición mejor. El reducido tamaño del formato constriñe el texto, partiendo sílabas y salpicándolo de líneas huérfanas.



Formas que adoptan los sueños, de Julián Díez

Quien a edades tempranas emprende la lectura de un libro de ciencia ficción por primera vez y lo cierra emocionado, sufre instantáneamente dos necesidades: la de seguir leyendo ese tipo de relatos y la de escribirlos. No conozco otro género literario en el que ocurra esto con tanta recurrencia. Se puede decir, sin temor a la equivocación, que en la casi totalidad de lectores de ciencia ficción hay un escritor en potencia, o al menos en deseo. Si además de lector eres editor, antologista, ensayista, traductor, jurado y lo que se tercie, tendrás que ser un dios para resistirte. Julián Díez peca de todo lo mencionado, así que la existencia de los cuentos que configuran esta colección personal ha de tomarse como algo inevitable.

Dada su posición, en la cúspide del fantástico literario durante casi 20 años, un número tan escaso de cuentos puede tomarse como un signo de humildad. Quien pudo colocar lo que escribiera, se limitó a esparcir por distintos fanzines unos pocos cuentos durante contados años. Sobre esto, Juanma Santiago escribe en el magnífico prólogo: "da la impresión de que Julián escribía por el mero placer de contar historias y conjurar fantasmas". Y algo de eso debe de haber, porque se trata de uno de esos casos en los que la sintonía entre la persona y el autor me parece indiscutible. Las temáticas, el enfoque, los personajes, la carga ideológica, las inquietudes, se corresponden con Julián Díez. Si bien el estilo no denota una personalidad narrativa fuerte, los contenidos concilian con lo que uno esperaría.
Hay ciencia ficción, terror, ensayística ficción, comedia contenida y una intención prospectiva muy reconocible en algunos de los cuentos, pero son principalmente la amistad, el amor, la decepción, la tristeza, la heroicidad y, en suma, el elemento humano el principal sustrato de los diferentes cuentos. Díez, como gran conocedor de este género literario, sabe que el escenario, el elemento fantástico y la mirada diferente que la cf pone a disposición del lector no son mas que herramientas que nos permiten vernos a nosotros mismos desde una perspectiva novedosa, distinta.
En esta antología no hay obras maestras, pero tampoco malos cuentos. La diversidad de contenidos le confiere amenidad. Hay sitio, además, para el abordaje clásico, con su giro final sorpresivo, y para un tratamiento más literario. Y hay referentes reconocibles (yo me he topado con Dick, Vonnegut, Dish, Silverberg e incluso Kafka, y sin embargo sigo buscando a Ballard). Quizás, por clasicismo, los dos relatos que más se amolden a lo que un lector tipo espera sean "Tren", con su carga social, y "Queda un espacio vacío", con su emotividad, y puede que sorprenda "Los abominables sucesos de la casa Figueroa", que con más de 20 años, debido a su satírico juego con los géneros, tiene una lectura actualísima. Pero yo me quedo con la esplendorosa metanarración "Busco belleza entre las ruinas" y con la maravillosa melancolía implícita en "La naturaleza del héroe", cuentos de una belleza final impactante.
La conclusión sobre esta pequeña pero completa antología es que Julián Díez se podía haber dedicado a la ficción con tanto tino como lo hizo a la no ficción, aunque se decidiera por lo segundo. Me apena pensar en lo perdido, aunque en la misma medida en que agradezco lo ganado.





lunes, 11 de septiembre de 2023

Pellizcos

La cultura no es la acumulación de conocimientos; es lo que te queda cuando has olvidado lo que aprendiste.

-Julio Llamazares-

domingo, 3 de septiembre de 2023

Breves: Portis, James, Weir

Mattie, de Charles Portis

Qué regalo es la buena literatura para quienes tenemos la suerte de tropezárnosla. He leído esta maravilla que es True Grit en su primera edición en España, la de la colección La Corona de Bruguera en tapa dura, titulada entonces Mattie y conocida posterior y mayoritariamente por una traducción más fiel al original: Valor de ley. El olor del papel viejo me ha traído ecos de aquellas sesiones de sábado por la tarde en TVE. Guardo recuerdo de aquel John Wayne con parche y de aquella película, la original, pero tan lejano que en mi cabeza su irrepetible personaje femenino tenía el rostro de Katharine Hepburn y no el de Kim Darby, un error de bulto.
Ahora que leo la fuente literaria entiendo el porqué de la confusión. La adolescente que protagoniza la historia junto al rudo comisario Rooster y el tejano LaBoeuf encaja perfectamente con el carisma y el carácter de la Hepburn. No me extraña que titularan la primera edición española con su nombre, porque su voz narrativa en primera persona resplandece sobre el resto de la novela, que también es notable. Siendo un libro de personajes, la figura de Mattie Ross es el centro de atención y el filtro por el que pasa toda la narración, incluso tras agigantarse la figura del comisario en el tramo final.
Mattie/Valor de ley es una novela de personajes, pero también un western canónico. El respeto que muestra por su naturaleza genérica es colosal. Pistoleros, cuatreros, un tren asaltado, cuentas pendientes y persecuciones a caballo por un escenario natural que está tan bien descrito como las propias acciones, aun bajo el predominio de los diálogos. Un disfrute continuo al que no le sobra ni le falta nada, tan perfectamente medido como está todo. La estructura y el ritmo son ejemplares y te atan a la narración hasta un final emotivo que agranda la historia hasta convertirla en crónica del fin de una era. 
Un libro magnífico. 


Historias de fantasmas de un anticuario, de M. R. James

Abordé esta antología con expectativas equivocadas. Mis cuentos de terror favoritos pertenecen al subgénero gótico, plenos de descripciones y de una innegociable cualidad atmosférica. Los espectros creados por M. R. James tienen muy poco o nada que ver con ellos, pero tampoco con la imagen tradicional que uno imagina cuando se menciona a un fantasma victoriano. De hecho, el de Canterville correría aterrorizado ante las pesadillas que aparecen, o más bien se sugieren en estos relatos.
Las extrañas apariciones de M. R. James suelen estar ligadas a un objeto o un documento con el que el siempre flemático y culto protagonista se cruza. Suelen tener aspectos indefinidos, o al menos sugeridos con un par de pinceladas ("una cara como de trapo arrugado"), y se manifiestan de las formas más inesperadas. Los edificios son descritos con detalle, como si fueran el centro de la narración, pero los entornos son presentados con una cierta parquedad. Y es curioso que aun así hayan logrado tener tanta presencia en la imaginación de este lector.
Hay un detalle que se repite en las diferentes tramas y que es una de las causas de que la atmósfera no sea lo mollar en estas narraciones. El protagonista jamás se encuentra solo ante lo sobrenatural. Su relato siempre es creído. La mayoría de las veces incluso son varios los testigos de las apariciones. Y cuando estas acaban con su víctima lo hacen siempre fuera de foco o de forma entrevista. Si sumamos que todas las narraciones están contadas por un tercero, el anticuario del título, y que el humor tiene una notable presencia, se puede entender perfectamente esa falta de atmósfera.
Y sin embargo, cómo enganchan estos cuentos, cómo entran. Una antología que para mí ha comenzado de forma modesta, poniendo a prueba mis expectativas, ha acabado ganándome del todo. Ocho cuentos de entre quince y veinte páginas que he acabado consumiendo como si fueran pipas. Mis preferidos son "El fresno", "La habitación número 13" (una joya en su sencillez) y "Silba y acudiré". Aunque la edición de Valdemar Gótica en la que los he leído incluye las cuatro colecciones de cuentos de M. R. James, he preferido parar aquí, justo en la distancia que cubre la edición de bolsillo mostrada arriba. Creo que leerlos todos de golpe podría empachar, y, por otra parte, prefiero dosificarlos para recompensarme a mí mismo más adelante. Su propia división interna lo facilita.


Proyecto Hail Mary, de Andy Weir

Un libro realmente entretenido, debido en gran parte a su estructura. Con una narración planteada in media res, la estrategia de alternar la acción presente con los hechos del pasado que el amnésico protagonista va recordando hace que el suspense no decaiga y que no haya espacio para el aburrimiento. Y se podría caer en él debido al a veces cargante Ryland Grace, que, como el protagonista del anterior éxito de Wair, El marciano, es una suerte de McGyver de la ciencia que igual te soluciona un roto que un descosido. De hecho, quizá sea ese el punto flaco de esta novela desde una perspectiva global, la similitud de su proactivo protagonista con el de aquel otro libro. Esta podría haber sido perfectamente la continuación, pues Mark Watney es completamente intercambiable con Ryland Grace (veremos cuánto se parecen Matt Damon y Ryan Gosling en la anunciada película). Aun así, esa voz en primera persona, siempre optimista y desenfadada, vuelve a convertir la lectura en una travesía agradable. 
La novela es muy imaginativa, tanto en el diseño de la amenaza y la solución como en el desarrollo del primer contacto. La esforzada trama propone un claro mensaje: la salvación llega desde la colaboración, no importa lo diferentes que seamos. Las propuestas menos felices parten siempre de la trama situada en el pasado, de Stratt, el personaje secundario más interesante. Su alegato contra las cuotas de género y su clarividencia para situar la falta de comida en el centro de todo apocalipsis humano son muy interesantes. Aunque en esas páginas que desarrollan los capítulos de la Tierra echo un poco en falta algo de narrativa del desastre.
Proyecto Hail Mary es ciencia ficción espacial pensada para la gran pantalla, muy entretenida y con un cierto olor clásico.

miércoles, 2 de agosto de 2023

Criminal Blurbs



Entre los muchos blurbs que se incluyen en la edición de El mar de la tranquilidad, la última novela escrita por Emily St. John Mandel, la editorial Ático de los Libros introduce este texto promocional. Llama la atención que mencionen la anterior novela de la autora y no, precisamente, la anterior a esa. Porque su gran éxito, la obra que la puso en el mapa, nominada al National Book Award, con cifras de venta propias de un auténtico best-seller y con una exitosa adaptación televisiva, es Estación Once. Pudiera parecer un incomprensible error de apreciación, algo así como anunciar con la frase "Por el autor de Origen" un nuevo libro de Dan Brown, pero no. El motivo es que esta editorial sí publicó El hotel de cristal y no el otro libro, más famoso pero fuera de su catálogo.  

 

domingo, 18 de junio de 2023

En la muerte de Cormac McCarthy

Revisando el blog para escribir esta entrada confirmo algo que ya presumía: el nombre de Cormac McCarthy es, con diferencia, el más citado en Literatura en los talones. Asunto nada extraño, pues es mi escritor favorito y su novela Meridiano de sangre la mejor que he leído, quizás junto con Cien años de soledad. Pero más allá de lo personal, le he nombrado en repetidas ocasiones sobre todo por necesidad, por rigor, porque su influencia en la literatura y su presencia en la crítica desde que La carretera ganó el premio Pulitzer han sido abrumadoras. Lo he citado con afán comparativo, detectando puntos de encuentro en las narraciones de autores como David Vann, Jesús Carrasco o Rafael Pinedo. Y por lo contrario, para desmentir maniobras editoriales de venta o, directamente, atacar la ignorancia de reseñadores incapaces de llevar sus reflexiones más allá del fajín promocional, mencionando al autor importante de moda incluso cuando no toca, como hice en el caso de Fin, de David Monteagudo. Recurrí a McCarthy también para denunciar el falso etiquetaje en las distopías y fue el centro de un gracioso caso que incluí en la sección de recomendaciones llamativas que titulo Criminal Blurbs. La carretera estuvo en el origen de una larga entrada sobre la labor del escritor de reseñas o críticas literarias.
Más allá de lo anecdótico, dediqué textos de mayor enjundia a aspectos de su obra que me inspiraron y empujaron a escribir sobre otras cuestiones literarias. Déjenme presentarles una pequeña lista.

Sobre el virtuosismo de su vocabulario y la dificultad de volcarlo al castellano merced a un término encontrado en La carretera:
 

Sobre la utilización de los recursos narrativos, comparando un pasaje de Hijo de Dios con otro de Elegía, de Philip Roth:


Sobre la insospechada relación inspiracional de La carretera con la Era Hyboria de Robert E. Howard:


Algo más ligero, sobre la diferencia entre ficción y realidad:


McCarthy y su obra también han tenido protagonismo en reseñas y artículos que he publicado fuera de este blog. Quizás el mayor ejemplo sea el que dediqué en C, mi otra casa, a las dos obras que iniciaron la explosión del género postapocalíptico en este siglo, una de ellas La carretera:


En C también publiqué dos listas de recomendaciones en las que incluí esa misma novela debido a su enorme trascendencia:


La carretera merecía una crítica larga, pero no llegué a escribirla. ¿Por qué? De su lectura saqué nada menos que doce hojas de anotaciones y se me hizo evidente que no podría escribir el texto que la novela pedía hasta, al menos, volver a ella. Supongo que algún día llegará. En el blog me limité a dejar constancia de su lectura:


Sobre sus novelas más cortas escribí unas pocas líneas en la sección breves, donde coloco pequeños textos que me sirven como diario de lecturas:


Iban a ser más, pero el fallecimiento del escritor se ha adelantado a la publicación de dos de ellas. Creo que la ocasión es lo suficientemente importante como para que, en vez de incluirlas en esa sección, las cuelgue aquí por primera vez:


Todos los hermosos caballos


Primera de la Trilogía de la Frontera, la novela más accesible de McCarthy, quizás la más popular o incluso, siendo exagerados, comercial, no cosecha tales calificativos porque muestre un relajamiento del estilo, sino por la ortodoxia de su trama. El lenguaje exhaustivo, arcaico, exigente, es el mismo de otras obras monumentales anteriores, pero la historia e incluso la estructura, diría yo, sintonizan con temáticas y tempos de más fácil digestión. Es una obra dura, pero dentro de un romanticismo y una dimensión genérica más hollados.
A diferencia de lo que ocurre en Meridiano de sangre, la Gran Novela Americana, Méjico no es el infierno, sino una tierra fértil y poblada por buenas gentes. De hecho, el origen del mal en esta novela parte de los propios protagonistas. Puede decirse que son ellos, o más concretamente el crío, quienes lo originan y lo llevan hasta aquellas tierras. Grady es un alma pura arrastrada por unos acontecimientos ajenos, provocados por su acompañante.
La impiedad y oscuridad sin concesiones con las que McCarthy nutre sus relatos es aquí más canónica, más identificable para un lector convencional. Y sin embargo, sus claves habituales están presentes. Conceptos como el misterio ancestral de la naturaleza, la presencia de lo pretérito, el camino de aprendizaje y la condición masculina, exigida por el entorno y por sus propios condicionantes, constituyen el trasfondo de una historia que en superficie, sin embargo, puede ser explicada con una engañosa normalidad.
Al lector habitual de McCarthy le llamará aún más la atención la presencia de personajes femeninos determinantes en la novela, algo poco presente en la obra del autor. Cabe decir que el presuntamente más importante, Alejandra, apenas está desarrollado, mientras que el de su tía, en principio secundario, cuenta con una descripción y un papel final más determinantes. Quizás porque, precisamente, se trata de un personaje mucho más fuerte, y la dureza, sabemos, es un valor crucial en la narrativa del autor.
Hay rarezas en la estructura del último tramo, con un monólogo excesivamente largo y cierta farragosidad en la descripción de las acciones de Grady en la incursión final al rancho, pero no merman la impresión global. La novela deja poso emocional y está escrita como lo harían los propios dioses, dos logros inalcanzables para la mayoría del resto de los escritores, pero una constante en la obra del norteamericano.


El pasajero / Stella Maris

El escritor de corte más clásico se marca un artefacto colosal en el que demuestra que también puede hacer literatura diferente, que puede jugar en el campo de Delillo, Pynchon o Foster Wallace sin abandonar la mejor prosa de los últimos 50 años. Estamos ante una novela en la que el devenir existencial y las dudas de los dos protagonistas son más importantes que el argumento, en la que las subtramas cuentan más que el todo y que funciona principalmente como testamento personal del autor, de sus pensamientos y dudas, pues parecen ser sus inquietudes las que nutren el subtexto temático de todas las conversaciones.
Estas dos novelas componen un díptico en torno a una misma historia, ofreciendo dos perspectivas alternativas alrededor de los personajes principales, ambas abiertas a diferentes interpretaciones. Son varias las posibilidades de lectura, la más realista y lineal de ellas, paradójicamente, dentro del género de la ciencia ficción. En la primera novela, Bobby Western visita bares y amigos, tiene conversaciones con distintos personajes mientras intenta escapar de una amenaza más intuida que evidente. En la segunda, situada años antes, su hermana mantiene sesiones con el médico que la trata en el centro psiquiátrico al que acudió voluntariamente. En ellas se desgranan interioridades de la física, las matemáticas, la música, la filosofía y otras disciplinas. 
Estamos ante una novela vanguardista pero de aroma ancestral y un marcado nihilismo, en la que la fatalidad se impone a la realidad. Es también una herramienta de la que el autor se sirve para desgranar, en un ataque de erudición continuo, sus dudas sobre la existencia y el mundo tocando diferentes temas, de la transexualidad al asesinato de Kennedy. El vehículo que utiliza McCarthy para mantener estas conversaciones consigo mismo es una historia de amor incestuoso, imposibilitado por un trasfondo de ciencia ficción. Y es que las alucinaciones que padece Alicia Western bien podrían, como se sugiere en varios puntos de la lectura, no ser tal cosa.


Si antes escribí que una crítica en condiciones de La carretera exigiría relecturas y tiempo, la de Meridiano de sangre debería incluso ir más allá. Como señalé al principio, se trata de la mejor novela que he leído. Fue tal la impresión que me causó su lectura que, tras cerrar las páginas del libro, sentí el impulso inmediato de escribir el texto que enlazo a continuación:


Obviamente, este textito mío no se puede considerar ni siquiera un acercamiento a la magnitud de todo lo contenido en esta maravilla de la literatura. Su estudio exige, más que una reseña, por muy larga que fuera, un ensayo de decenas de páginas. Quise acercar a los lectores del blog la sensación que me embargó durante gran parte de la lectura y extraje uno de los muchos pasajes cuyo virtuosismo me había dejado con la boca abierta. McCarthy en la versión de Luis Murillo Fort, su traductor usual, se ve así: 


Me es imposible reproducir aquí las páginas que Harold Bloom le dedica a Meridiano de sangre en su libro "Novelas y novelistas. El canon de la novela". Baste decir que, para este famoso crítico, la de McCarthy se cuenta entre las cuatro mayores novelas que haya dado la narrativa norteamericana. A falta de ensayo, les invito a asistir, como un alumno más, a la clase que la profesora Hungerford dio sobre esta novela dentro del curso La novela americana desde 1945 de la Universidad de Yale. Si se defienden en la lengua de Shakespeare, claro. Pueden verlo en Música en los talones o a continuación. Aquí les dejo las dos partes, así que activen los subtítulos y disfruten:    
   





Y acabo. Creo que casi todo lo que quería decir ya está contemplado en alguno de los enlaces que he desperdigado a lo largo de esta entrada. Cormac McCarthy, mi escritor favorito de todos los tiempos, ha muerto. Desde mi primer encuentro con su obra, libro tras libro, una convicción fue afianzándose en mí. De otros escritores, por muy grandes que fueran, siempre pensé con optimismo que, con desempeño y décadas de oficio, uno podría acercarse a su manera de escribir o, al menos, a imitarles sin quedar en ridículo. Con McCarthy, me di cuenta desde el principio de que eso no era así. Fui consciente, desde aquel primer libro, de que su talento era irrepetible, inabordable, que uno podría igualar o incluso superar su dedicación, ese trabajo que configura el 90% de la escritura, pero que jamás llegaría a poder imitar ese toque único, la prosa mccarthyana. En sus novelas fue un Faulkner sin adornos, el maestro de las subordinadas camufladas de coordinadas, de las largas secuencias. La escritura, la forma como entidad autosuficiente, sostenedora, si hubiera sido preciso aunque nunca fue el caso, de la obra por sí sola. No sé cómo lo hacía, pero el resultado era fascinante. 
Se va Cormac McCarthy, pero, como decimos siempre que muere un gran literato, quedan sus libros, para ser leídos y releídos mientras el concepto de libro tenga aún sentido. 





martes, 11 de abril de 2023

Breves: Heller, Monteagudo, Russo

La constelación del perro, de Peter Heller 

Un tipo sobrevive en un mundo asolado por una gripe que apenas ha dejado vivo a un puñado de habitantes. Sobrelleva la situación gracias a su perro, a un avión que guarda en el hangar y a su carácter nostálgico y abierto a la poesía. Comparte espacio con un vecino malencarado que, ducho en el manejo de las armas, le saca las castañas del fuego.
La narración fluctúa entre la acción presente del protagonista, obligado a realizar un viaje crucial, y sus apuntes personales del pasado. Ese carácter de diario aporta intimidad a la narración pero también le resta interés. Hay buena prosa, descripciones brillantes y algún momento de gran belleza. Y sin embargo, este postapocalíptico no llega a romper debido, por una parte, a la simpleza del personaje protagonista y, principalmente, a lo escaso de la peripecia que alimenta su trama. De esos libros que uno cierra diciendo "ah, pues vale".


Invasión, de David Monteagudo

En esta nueva novela fantástica David Monteagudo vuelve a demostrar que es un autor con un estilo propio, tanto en la escritura como en las ficciones que elabora. Su pericia para el suspense es tan reconocible como lo es la esencia de sus universos ficticios. En sus obras, la realidad es asaltada por algún elemento insólito, fuera de lo común, que no muestra carta de naturaleza pero complica y transforma la vida de los protagonistas.

Lo cierto es que Invasión parece un cuento alargado. De haber presentado una longitud más acorde a su contenido bien podría haber formado parte de El edificio, la antología de relatos previa a esta novela que ya contaba con narraciones de ambición similar. Sigue siendo éste un autor a seguir, interesante, y a quien, a título anecdótico, veo emparentado en su vena kafkiana con otro reconocido escritor español de género fantástico: Félix J. Palma. Invasión no es Fin, desde luego, pero es una lectura interesante en la que, por cierto, no cuesta mucho rascar para dar con el significado alegórico.


Dentro del leviatán, de Richard Paul Russo

Ciencia ficción a la vieja usanza, de la que no necesita explicar cada gadget o innovación tecnológica que sugiere, lo cual es de agradecer cuando lo que buscas es un libro que te saque del estancamiento. Atrapa de principio a fin y deja para el recuerdo un par de potentísimas imágenes, de esas que solo la cf puede imaginar. Se trata de una historia que suma subgéneros y temáticas, cf terrorífica de tintes religiosos que coloca a una nave generacional y a un misterioso artefacto extraterrestre en el centro de la trama. 
A ratos recuerda Event Horizon, a ratos Esfera y a ratos El laberinto de la Luna, aunque no acaba de decantarse por ninguna de esas referencias. La naturaleza de la amenaza no queda nada clara, como mandan los cánones. Los personajes son poco complejos pero están bien definidos, y hay alguna decisión argumental desacertada, como el intento de asesinato en la catedral, de un modo totalmente innecesario. Es este un libro muy entretenido y recomendable, que demuestra algo ya sabido, lo bien que le sienta el terror a la ciencia ficción y viceversa. 


miércoles, 29 de marzo de 2023

Pellizcos

La ciencia ficción es un género literario y por tanto debe juzgarse por criterios estrictamente literarios. Ni literatura de ideas ni nada: literatura y punto.

-César Mallorquí-

martes, 21 de marzo de 2023

Robert Hugh Benson. Señor del mundo


Como ocurre con el asunto del nacimiento de la ciencia ficción, cuando te sumerges en el estudio de las distopías dispuesto a conocer su origen acabas inmerso en una competición de reivindicaciones en la que pareciera que colocar la bandera un poco más allá otorgue puntos. Al final (o al principio, mejor dicho) te acabas topando con una obra que, como el gato de Schrödinger, podría estar y no estar dentro del subgénero dependiendo del observador. Si retrocedes más allá de las incontestables "Farenheit 451" (1953), "1984" (1949) y "Un mundo feliz" (1932) llegas a "Nosotros" (1924), que posee todas las características de una distopía y, por la influencia que tuvo sobre las siguientes, podría ser reivindicada como la primera de todas. El problema es que, si sigues camino, das con "La máquina se para" (1909), cuya amenaza es tecnológica, no política, pero de la que pocos podrían poner en duda su filiación o, más correctamente, dada la fecha en la que se publicó esa novela corta, su paternidad. El caso es que aún se puede viajar dos años más atrás, hasta 1907, y toparse con "Señor del mundo", la novela escrita por monseñor Robert Hugh Benson, que si bien cuenta con gran parte del posterior acervo distópico, coloca en su punto de mira un objetivo algo distinto, con presencia de lo social y político pero con la religión en el centro del conflicto. Este punto hace que difiera en lo principal del canon distópico, pero también que la lectura, si bien en gran parte de su recorrido aburrida, sea a ratos interesante y a ratos un desafío. Porque se trata de una obra de género fantástico en la que el lector ha de considerar, precisamente, lo fantástico no futurista, en este caso lo divino, como realista. O esa es la intención del escritor, quien, claro, no espera que la narración vaya a estar arrojando a la cara del no creyente segundas lecturas todo el rato. 
Es este un tema que siempre me ha llevado a la reflexión. Dado que la interpretación de la obra la da el receptor y sus circunstancias, ¿qué ocurre con la literatura religiosa, asunto que depende de una creencia? Si crees, te enfrentas a una obra realista, pero si eres arreligioso, tienes que tomar los eventos que se suceden en la obra como fantásticos, a no ser que adoptes un punto de vista ajeno y abordes la lectura desde una perspectiva que crees equivocada, lo cual lleva la suspensión de incredulidad a un nivel superior. Para mí, es una muestra más de la poca autoridad que tiene el autor sobre la obra y la demostración de que el sentido de ésta viene dado, como señalaba, por el lector. Pero volviendo a la novela (no quiero marearles), el caso es que resulta visionaria, se anticipa a muchas cosas que luego irían dándose a lo largo del siglo XX, a tecnologías e inquietudes sociales, algunas con un nivel de aproximación a nuestro tiempo asombroso, aunque a ratos los conflictos parezcan estar planteados a la inversa. Y es que, salvando ciertas maniobras, el mal desatado en este libro podría parecerle al irreligioso más bien algo positivo que lo contrario. 
En realidad, la novela versa sobre la desaparición del catolicismo debido al auge de un nuevo humanitarismo materialista. Para la especie humana, Dios no es necesario, y eso es lo que en la narración se sugiere terrible. El mundo, dividido en tres grandes facciones (una influencia para Orwell, sin duda), es finalmente unificado por un político carismático y presuntamente bondadoso, pero que acentúa la persecución a los católicos, los cuales se ven obligados a huir de su último emplazamiento en Roma y refugiarse en Nazaret hasta que llegue el fin. La cosa es que ese personaje, el carismático Felsenburgh, se descubrirá en realidad como el Anticristo, que no tiene rabo ni cuernos pero sí el objetivo de acabar con la Iglesia y el catolicismo. Para ello, promete a la Humanidad beneficios por y para sí mismos, sin dependencia de Dios. El final del libro es sorprendente, desarrollado en una atmósfera que haría suspirar al famoso Robert Langdon, el personaje de Dan Brown, quien sin duda se encontraría a gusto en muchos de los pasajes y estancias de esta historia. Al final, la conclusión de la novela es clara. La pérdida de espiritualidad del ser humano, el humanismo que da la espalda a Dios y a la Iglesia para mirarse a sí mismo, es prosperidad engañosa y el camino por el que el Anticristo logrará finalmente su objetivo, la aniquilación de su enemigo en la Tierra. Un progreso que no sea servil ante Dios, por mucho que haga mejorar las condiciones del ser humano, es distópico. Una conclusión de fondo opuesta a la que E. M. Forster da dos años después en su relato distópico, en el que la Humanidad, rendida a una gran máquina a la que deifica, se autocondena al abismo, debido, precisamente, a su falta de independencia de ella. 
Lo cierto es que ninguna de estas dos novelas primeras, Señor del mundo y La máquina se para, denuncian un peligro político mas que en un segundo orden. La principal amenaza es en un caso religiosa y en el otro tecnológica; una distopía acusa al ateísmo, la otra es directamente ludita. En puridad, lo cierto es que la distopía nunca ha ido de política stricto sensu, sino de quién tiene el poder y cómo afecta su uso a los ciudadanos, sea este político, tecnológico, religioso o de cualquier otra índole. Cuidado con los falsos paraísos, parece decir, vengan de quien o de lo que vengan. La tiranía camuflada no tiene por qué circunscribirse a la esfera política (aunque muchos hoy en día piensen que todo, empezando por lo personal, es político). Es innegable que Señor del mundo es una distopía, a pesar de que los valores que la falsa utopía pone en riesgo no sean la libertad y la igualdad de derechos, sino los de la religión católica e incluso su propia existencia. Principalmente, esta es la historia de cómo el Diablo engatusa a la Humanidad para acabar con la Iglesia y sus fieles, pero el caramelo envenenado que utiliza es el progreso y la autosuficiencia humanos. Es el debate mental que esto provoca, ese doblepensar necesario para navegar entre dos aguas y unificar las dos visiones de acometida del problema, que obliga a adoptar el punto de vista religioso para ver su fin como un perjuicio (algo que un ateo podría encontrar incluso perverso), lo que puede poner en duda la integración de este libro en el subgénero, pues desde el punto de vista no creyente la utopía no sería falsa, sino real. 
Pero si se sigue el juego al autor, resulta que sí hay un poder oscuro que amenaza al bien común con un falso estado de felicidad, y entonces el entorno en el que se da todo, e incluso el arma de dominación utilizada por ese poder, están integrados en el ámbito de lo político y social. De hecho, esa arma perversa es, propiamente, el desarrollo político y social. Quizás sí se trate, además, de una narración política, porque esta es una historia en la que, como en toda distopía, triunfa el mal bajo el disfraz del bien. ¿Y qué debate hay más político que ese?