viernes, 13 de mayo de 2011

Primer lustro

El hombre propone e internet dispone. Un día como hoy de hace cinco años comenzaba la singladura de este su blog. Pensaba escribir una entrada a la altura de las circunstancias, un resumen de lo acontecido a lo largo de estos más de 200 textos y de lo que ha supuesto para mí un lustro de bitácora. Y quería hablar también del futuro, por supuesto.
Desgraciada, o quien sabe si afortunadamente, los problemas que lleva teniendo blogger durante las últimas 24 horas me invitan a abreviar. Si otro día me pica el bicho de la sensiblería, les haré algunas confidencias. Entre tanto, muchas gracias a todos los que en algún momento se han pasado por aquí a leer mis diletancias.
De corazón.




miércoles, 27 de abril de 2011

William Gibson. Conde Cero y Todas las fiestas de mañana

SFSite, una de las principales páginas web a las que suelo recurrir para mantenerme informado de las novedades del género en EE.UU., ha elaborado, como ya es tradición, las listas de las 10 mejores novedades aparecidas durante el año anterior. Hablo de listas, en plural, porque en realidad son dos: una votada por los lectores y otra confeccionada por los editores. Si se echa un vistazo a ambas, llama poderosamente la atención la cantidad de diferencias entre sus contenidos. La más significativa es, precisamente, que la novela que aparece como mejor situada entre las 10 del Editor's Choice no está ni siquiera incluida en las 10 del Reader's Choice. Se trata, nada más y nada menos, que de Zero History, novela que supone el cierre de la última trilogía escrita por William Gibson y que ya tiene denominación propia: Bigend Trilogy.
Los lectores de este blog ya conocerán de sobra mi devoción por el creador del ciberespacio. Algún incauto incluso habrá leído las reseñas que dediqué a Mundo espejo y País de espías, que constituyen, precisamente, las otras componentes de la trilogía antes citada. Aunque la última novela me dejó mal sabor de boca, no me va a quedar más remedio que leer Zero History, si es que algún día llega a publicarse en España. Espero que tenga al menos tanta calidad como atesoran estos otros dos libros cuyas reseñas he rescatado a continuación. Cada uno pertenece a una de las series anteriores. Para que no se pierdan con las alusiones temporales incluídas en ellas, sepan que Conde cero, novela intermedia en la Trilogía del Ensanche, fue publicada en nuestro país en el año 1990, y Todas las fiestas de mañana, cierre de la Trilogía del Puente, lo fue en 2002. Ambas fueron publicadas por la editorial Minotauro. Evidentemente, eran otros tiempos.






En 1984, William Gibson publicaba Neuromante, y con ello, utilizando entre otros recursos un montón de neologismos sacados de la manga, se ganaba su pase a la posteridad como el creador de un nuevo subgénero dentro de la ciencia ficción: el ciberpunk. Muchos son los autores que se han sumado desde entonces a esta corriente, que incluso ha tenido sus adaptaciones al celuloide con, eso sí, dudoso acierto. A lo largo de estos años, el ciberpunk ha encontrado innumerables incondicionales (entre los que me cuento) y acérrimos detractores, y además no ha permanecido exento de polémica. El caballo de batalla suele ser la misma definición de lo que es y lo que no es ciberpunk, algo que, debido sobre todo a las campañas de marketing de películas de cine y series de televisión (y claro, a Bruce Sterling), ya no queda muy claro.
A fuerza de utilizarla, la palabra se ha convertido en una especie de título para todo lo que contenga elementos de informática futurista y cualquier tipo de aditamento cibernético enchufado o implantado en el cuerpo humano. Pero la realidad es mucho más compleja, pues el género tiene sus propias normas ya asentadas en el lejano año 1984. A saber: grandes multinacionales que dirigen la marcha de los gobiernos; protagonistas con un característico perfil de perdedor, que subsisten en el arroyo y que no tienen más remedio que dejarse arrastrar por los acontecimientos; los consabidos ciberelementos con los que navegar mentalmente por el ciberespacio, también llamado Matriz; la ciberjerga y, por encima de todo, el imprescindible desarrollo de novela negra. Estos son los elementos habituales del ciberpunk, y todo ello es lo que ofrece en grandes cantidades la novela que nos ocupa.
La narración de Conde Cero tiene lugar siete años después de los acontecimientos ocurridos en Neuromante, y aunque en realidad es una continuación lógica de los hechos allí acaecidos, sus protagonistas no son los mismos. Durante el tiempo transcurrido, fenómenos extraños han tenido lugar en el ciberespacio, hechos misteriosos que apuntan hacia la imposible existencia de inteligencias autónomas en su interior (algo que el lector de Neuromante ya conoce). En el arranque de la novela, un mercenario es contratado para sustraer a un trabajador de una empresa y traspasarlo a otra, una marchante de arte debe encontrar una pieza muy valiosa, y un joven anónimo, el Conde Cero, tiene un extraño encuentro en la Matriz. Estamos ante una novela de construcción coral, en la que las diferentes ramas argumentales acaban en su conclusión sabiamente enlazadas, y en la que la acción, sin ser espectacular, hace que el interés no decaiga en ningún momento. Escrita dos años después que su distinguida predecesora, Conde Cero goza de un mejor y más ameno estilo narrativo, aunque la historia que tiene lugar en ella sea menos trascendente. Estamos ante una lectura de gran entretenimiento a la que sólo aquel que tenga prejuicios contra este subgénero no logrará arrancarle un sustancial disfrute.
Para dar fin a esta reseña me van a permitir caer de pleno en la tentación de hacer un guiño a lo anecdótico, especialmente a todos aquellos que disfrutasen en 1999 con cierta película de ciencia-ficción. Sin duda, estos dos pasajes van a resultarles, cuando menos, familiares:

"-Me voy ya -anunció-. Tengo un viaje a Sión, y luego ocho cápsulas de algas para los suecos."

...

"Bueno -dijo Bobby, entendiendo-, entonces, ¿qué es la Matriz? (...)
-El mundo -dijo Lucas."


Desde luego, una película tan ciberpunk como es "Matrix" difícilmente podía tener mejores referentes.


El texto original de esta reseña fue publicado en el Sitio de Ciencia-Ficcion.



Por fin, la editorial Minotauro publica en nuestro país la última obra de William Gibson, y como ya es costumbre, con una presentación irreprochable. El título, un claro homenaje a la mítica banda Velvet Underground, sirve de antesala a la habitual crónica de supervivientes urbanos gibsoniana, escrita con su habitual brillantez estilística, esta vez incluso sublimada.
El escritor norteamericano, que se sigue mostrando avaro en cuanto a la cadencia de sus obras, parece entregado a las series. Series algo peculiares, eso sí, ya que las dos trilogías escritas por Gibson lo son más por escenario que por argumento. De hecho, aunque comparten algunos personajes, se pueden leer independientemente, algo digno de agradecer. Todas las fiestas de mañana cierra la denominada Trilogía del Puente, que en cuanto a calidad progresa en sentido contrario a la archifamosa Trilogía del Ensanche (término, este último, sólo traducido en la primera novela). Si desde la seminal Neuromante, madre del subgénero bautizado como ciberpunk, hasta el final de la serie se daba un progresivo descenso de calidad, la recién finalizada trilogía ha ido creciendo en importancia desde la decepcionante Luz virtual y la notable Idoru hasta Todas las fiestas de mañana, estilísticamente hablando, la mejor novela del género que yohaya leído en estos últimos años.
Lejos ya del ciberespacio y demás parafernalia tecnológica que le dieran fama, Gibson ha abandonado definitivamente el ciberpunk. Precisamente ahora, en estos tiempos de Internet, cuando su condición de profeta podría permitirle vivir de las rentas utilizando historias del mismo pelaje, el norteamericano ha decidido dejar de lado todo eso (ha dicho repetidas veces que la Red le aburre), salvar el resto de elementos y dedicarse a cultivar un near future de estilo muy personal.
Es tiempo ya de reconocer los meritos de un escritor que posee uno de los estilos más personales, arriesgados y absorbentes de la ciencia ficción actual. Un escritor que debería figurar entre los pocos aventajados que han logrado cierto predicamento fuera de las fronteras de la cf, escritores como Bradbury, Le Guin o Ballard. La potente prosa de este autor es altamente adictiva. Directa, ágil, de un detallismo exacerbado, rica en el uso de metáforas que configuran ambientes cuya esencia parte de un high tech sucio envuelto en una sugerente atmósfera noir. La forma de narrar de Gibson es una herramienta que no sólo consigue hacer llegar la historia al lector de forma trepidante, casi violenta, sino que además cobra sentido por sí misma. Tanto que, al margen de la interesante trama, leer sus obras se convierte siempre en un gozo, solamente por cómo estan escritas. Una sensación que en esta última novela es abrumadora.
Paralelamente a la manera de describirla, la realidad en sí que nos hace llegar el autor es desangelada, siempre a punto de desmoronarse y sólo apta para supervivientes, como lo son los habitantes del puente, o los personajes que se ven empujados hacia él, protagonistas de las dos entregas anteriores (Chevette, Rydell, Laney, la Idoru...) y que por fin se encuentran en este fin de fiesta para ser testigos de un nuevo salto hacia adelante de la civilización, un punto nodal cuya causa (el lector ha de estar atento) puede no ser la que se presupone. El libro se permite, incluso, un par de curiosidades. Hay un claro homenaje a "2010: odisea dos" en uno de sus capítulos y una incoherencia inexplicable en otro: un cambio de personaje que no puede ser otra cosa que un error.
Todas las fiestas de mañana es, anécdotas aparte, una novela para disfrutar de verdad.


El texto original de esta reseña fue publicado en Bibliópolis, crítica en la red.

domingo, 17 de abril de 2011

Mis diez libros fetiche

En la última entrada de Escrito en el agua, el blog en el que el escritor Rodolfo Martínez da rienda suelta a sus pensamientos, se invita a cada lector a elaborar una lista de aquellos diez libros que de alguna forma marcaron la propia personalidad, tanto a nivel literario como, en muchas ocasiones, vital. Se trata de aquellos volúmenes que, en sus propias palabras, "más me han marcado y, podríamos decir, han formateado los senderos de mi mente de un modo concreto y preciso". Aunque la invitación no lo disponía de esa forma, yo he decidido tomármelo como un meme bloguero más, y me he dispuesto a elaborar una lista con aquellos libros que de alguna manera han ido, a lo largo del tiempo, plantando mojones en el camino de mi crecimiento, tanto en el factor humano como en el de consumidor de literatura. En mi caso, al igual que sucede en la lista elaborada por el creador del meme, algunos figuran ahí por el protagonismo fundamental que han tenido en mi cambiante concepto de lo que era la literatura, pero otros han ejercido su influencia mucho más allá, en mi manera de ver el mundo y de entenderlo.
Al fin y al cabo, la literatura es, más que nada, una invitación a ver la realidad con los ojos de otra persona y a sumar esa experiencia ajena a la propia. Creo que si existe un simil perfecto para lo que es un virus informático trasladado a un entorno individual y humano, este es el del libro. Sus ideas se infiltran en las propias del sujeto y acaban en algunos casos por reconfigurar en cierta medida, tras un largo proceso de reflexión y suma de experiencias, algunos de los elementos que conforman la personalidad. Evidentemente, como ocurre en otros planos, algunos virus son más potentes que otros, y no son muchos los que consiguen tener alguna incidencia en nuestra red neuronal. Por otra parte, es en la primera juventud cuando más efecto puede tener la lectura de un libro. He aquí, pues, los que, probablemente y excusando algún olvido significativo, se instituyeron en vértices geodésicos de mi trayectoria como lector.


· Misterio en la montaña del monstruo, de Robert Arthur, Jr.
· El 32 de diciembre, de Curtis Garland
· El camino, de Miguel Delibes
· Fundación, de Isaac Asimov
· El extranjero, de Albert Camus
· Crónicas marcianas, de Ray Bradbury
· La colmena, de Camilo José Cela
· Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
· El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien
· Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy


Esta es mi lista. Si a ustedes les place, siéntanse libres de configurar las suyas. Recuerden que se trata de libros. Vale cualquier género, no tienen por qué ceñirse a novelas. Poesía, teatro o ensayos. O incluso enciclopedias (yo he estado a punto de incluir la Espasa de los exploradores, fíjense).


jueves, 7 de abril de 2011

Al final del arco iris, de Peter Quilter

Antes de nada, quisiera confesar un par de cosas. La primera es que no tengo coartada. Me veo, en cierto modo, como esos asesinos en serie de las películas modernas que aseguran no ser producto de un pasado traumático, que reconocen que su instinto homicida responde nada más que a una cuestión de carácter. En mi caso, mi amor por el musical americano no proviene de la afición de mis padres (mi madre incluso se preguntaba con desagrado por qué los personajes, de repente, se ponían a cantar como posesos) o de una presunta admiración por los gustos de mi hermano mayor (heavymetalero él, al otro lado del espectro musical e incluso vital). No. Mi devoción por el musical americano proviene en realidad de ninguna parte, de una infancia y un carácter tranquilos, de las plácidas tardes de domingo ante el televisor, del maridaje entre el cine antiguo, el cual veía con sumo placer en aquellos años en los que la televisión se resumía en dos canales, y la música melódica que tanto me gustaba.
Mi segunda confesión es más íntima, aunque también emulativa. Verán, a ratos me identifico con Tomine. Tomine es un personaje literario procedente de la última novela de Santiago Roncagliolo, un fugaz secundario cuya vida se reduce a apenas unas páginas. Tomine siente una gran fascinación por Mai, una bella cantante japonesa, por eso acude a todas sus actuaciones, noche tras noche, para disfrutar de su presencia en la oscuridad de la butaca, siempre escondido de forma anónima entre el público, esperando no ser descubierto. Quizás sea yo menos fiel, pero sí siento de una manera similar mi relación con Natalia Dicenta. Como un acosador afectado por la timidez, la he seguido allá donde su vena musical la conducía. La recuerdo con nocturnidad en la sala Clamores, también en cálidas noches de abril similares a esta en el Café Central, y en su magnífica puesta de largo como cantante en el teatro Albéniz. Escondido en mi butaca he podido disfrutar de Gerswhin y de Porter y hasta de Luis Pastor (cómo he echado de menos ese disco que nunca vio la luz) llenando el aire, derramándose desde su portentosa, armónica voz. Ellos ponían la música, pero el influjo, la magia, la fascinación siempre han sido cosa de ella, de la cantante, de la actriz. De Natalia.



Les hago cargo de tales precedentes para que entiendan la emoción que me embargó al conocer la existencia de "Al final del arco iris", la obra escrita por Peter Quilter programada actualmente en el teatro Marquina. En ella se representan los últimos días de esplendor de la gran Judy Garland, apoyados en el rostro y la voz de Natalia Dicenta. Anoche asistí a la función, y tengo que catalogar la experiencia como memorable. Aunque para ser sincero, y como a estas alturas podrán imaginar, difícilmente hubiera podido ser de otro modo.
Una de las razones de mi disfrute se debe al texto. Quilter, que ya cosechó un gran éxito hace años con su obra Glorious!, ha sabido elaborar una historia que se mueve bien a dos niveles, tanto en el terreno individual como en el simbólico. Tres personajes le bastan para convertir la crónica de los últimos días de triunfo de la estrella en un resumen de las principales claves de su vida. En torno a Judy Garland, protagonista evidente de la obra, se sitúan dos personajes que son a la vez convencionales y simbólicos. Mickey Deans es el futuro quinto marido de Garland, actual promotor de la artista, pero no es muy difícil vislumbrar en él, en sus maneras dominantes y en sus exigencias, la figura de la Metro Goldwing Mayer, el gran estudio que monopolizó y encorsetó la juventud de la futura Dorothy. En el extremo opuesto, el pianista y devoto Anthony (un magnífico Miguel Rellán), ejerce la representación del colectivo gay (LGTB si se sienten más cómodos), grupo para el cual ella fue un auténtico icono.
En esta doble lectura de los personajes, el juego de paralelismos permite el acceso tanto a un primer plano de la estrella en sus últimos días como al resumen de dos de los factores más determinantes en su vida. Cuando Deans la presiona para cumplir con sus contratos, es la MGM quien lo está haciendo; cuando le ofrece las pastillas para que siga cantando, es también el estudio quien lo hace. Por otro lado, las preocupaciones y la devoción que muestra por ella el pianista Anthony son las mismas que le dedicó el colectivo gay, tristemente y tras cinco matrimonios, el único que pareció demostrarle amor incondicional. La mejor escena de esta obra dramática, aquella en la que Anthony intenta darle un ambiguo beso en los labios, se asienta sobre este último concepto. Amor sin deseo; deseo sin amor. Aún así, el texto de Quilter no propone la figura de Judy Garland como la de un juguete roto. Sí es cierto que las referencias a sus principios en el cine y a la actitud de su madre podrían apuntar hacia ello, pero el texto hace el mismo hincapié en su adicción a los barbitúricos que en su difícil personalidad. De hecho, el carácter de la diva añade a la obra grandes dosis de humor, mucho del cual nace de sus arrebatos irascibles, de su lengua viperina y de su gran habilidad para la provocación.
Otro gran acierto es el método utilizado para convertir un argumento biografico en una obra musical. Las actuaciones de Judy Garland en el Talk of the Town, continuación de lo que va aconteciendo en la habitación del Hotel Ritz, se intercalan con los diálogos tras un fundido en negro para provocar una mayor participación del público. La desaparición de la cuarta pared convierte a los espectadores de "Al final del arco iris" en los de aquellos conciertos londinenses de 1969, integrándolos en la obra. El resultado es un mar de aplausos tras cada canción, la rendición total del público a la maravillosa voz y al arte interpretativo de Judy Garland. Porque es ella, por mucho que se disfrace de Natalia Dicenta, la que despliega sus reconocidas dotes para la seducción desde el escenario. Sus piernas abiertas, firmes sobre las tablas, sus brazos extendidos al infinito, sus nerviosas manos y su torrente de voz la delatan.



El repertorio, además, es excelente. Canciones como "For Once in My Life", "You Made Me Love You", "Come Rain or Come Shine" y, por supuesto, "The Man That Got Away" y "Over the Rainbow", configuran, entre otras, el fondo musical sobre el que se desarrolla el inteligente drama escrito por Peter Quilter. Y aunque este acaba con un tema tan figuradamente alegre como "Get Happy", uno no puede evitar, a pesar de la enorme satisfacción por el espectáculo vivido, que le embargue un cierto sentimiento de tristeza. Por la tragedia de Judy, claro, pero también por la falta de popularidad de una de las actrices más grandes de su generación, Natalia Dicenta. Alguien lo decía la otra noche: si no haces televisión o cine, no existes.


* Imágenes extraídas de la página web de la obra, Al final del arco iris.

jueves, 31 de marzo de 2011

Imágenes de cf. VIII


"Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo."



"Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.
- Siempre quise ver un marciano - dijo Michael -. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
- Ahí están - dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.
Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.
Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada..."


miércoles, 30 de marzo de 2011

Audrey Niffenegger. Una inquietante simetría

El éxito de la primera novela de un escritor no limita sus beneficios a las cifras de venta de la obra. Como efecto colateral, provoca también un alto grado de expectación ante la aparición de su segundo título. Aunque Audrey Niffenegger cuenta con un par de heterodoxas novelas gráficas en su haber, su creación novelística precedente se limita a la extraordinaria La mujer del viajero en el tiempo. En aquella afamada novela, cuya versión fílmica llegó a España bajo el título de "Más allá del tiempo", la escritora norteamericana demostraba poseer, entre otras bondades, un gran talento para elaborar tramas atractivas y de una cierta complejidad, y la capacidad para desarrollarlas por medio de un estilo narrativo cálido, algo edulcorado pero nada empalagoso. Un estilo que dotaba a aquella lectura de un efecto de cercanía rayano en lo familiar, característica que se vuelve a repetir en Una inquietante simetría.
Por fin nos llegó la segunda novela escrita por Niffeneger, y en ella la escritora sigue haciendo uso de su ya citado estilo, profuso en detalladas descripciones, tanto del entorno inanimado como de las relaciones personales entre los protagonistas. Con este libro se hace aún más evidente que su mayor capacidad como narradora se encuentra en la construcción de vivaces entramados interpersonales, en el desarrollo de la interacción empática entre los distintos personajes y en la destreza con la que la autora describe la cotidianeidad de las relaciones amorosas para dotar a la lectura de un poso emotivo carente de artificios. Esta capacidad para reflejar lo cotidiano, que tanto recuerda a la mejor Connie Willis, se encuentra aquí perfectamente integrada en un marco narrativo que, en esta ocasión, no se corresponde con el género de la ciencia ficción, sino que más bien podría catalogarse como moderna e inusual ghost story.

La prematura muerte de Elspeth Noblin, una excéntrica bibliófila londinense, transforma abruptamente la vida de sus sobrinas, las gemelas Julia y Valentina Poole. A pesar de que no conocían a su tía, ésta les ha dejado en herencia un magnífico piso con vistas al cementerio de Highgate, en Londres, con la condición de que jamás permitan a su madre cruzar el umbral del apartamento. Ansiosas por dejar atrás su aburrida rutina en un típico barrio residencial de Estados Unidos, las gemelas ignoran por completo lo que el destino les depara en Inglaterra. Por un lado, están sus nuevos vecinos: Martin Wells, un brillante y seductor erudito que vive atenazado por sus obsesiones, y el esquivo Robert Fanshaw, antiguo amante de Elspeth, un historiador que ha dedicado media vida a estudiar el famoso cementerio, visible desde su ventana. Y por otro, los secretos de su tía, que incluso después de muerta parece resistirse a abandonar su apartamento.


Aunque Audrey Niffenegger toma prestado el título para su novela del poeta William Blake, no es él la principal referencia del siglo XIX presente en la narración, sino la posterior Época Victoriana, de cuyo entorno sustrae la autora un grisáceo tono atmosférico y, principalmente, el escenario central de la historia, el cementerio de Highgate. Las dotes descriptivas de Niffenegger se hacen notar en el particular protagonismo que cobra el antiguo cementerio victoriano, cuya presencia, a pesar de ser sustancialmente pasiva, marca el tono ambiental de la narración. Si el lector, una vez concluida la lectura, decide echar un vistazo a la serie de fotografías del cementerio de Highgate colgadas en la web de la autora, las va a encontrar tan reconocibles que tendrá la sensación de que no es la primera vez que las enfrenta.
Highgate es, de hecho, un protagonista más dentro de la narración, al igual que la vieja casa colindante y los espectros que la pueblan. Sin embargo, a pesar de la presencia de todos estos elementos, no se puede decir que Una inquietante simetría cuente con las características de una novela gótica. Es más bien una novela espectral de misterio, más cercana a las narraciones de Wilkie Collins que al viejo terror romántico. Hay un intento notable por parte de la autora de atraer el entorno decimonónico hacia el Londres del siglo XXI y no a la inversa. Pero aunque hay fases en las que el cementerio victoriano trata de acaparar la atención del lector, son los elementos de la trama actual -la evolución emocional de las gemelas Julia y Valentina, el misterio de sus padres, la personalidad de los habitantes de Vautravers, las correrías turísticas por Londres- los que alimentan el corpus principal de la novela. El elemento fantástico, como ocurría en La mujer del viajero en el tiempo, es intercalado en el relato como algo natural, sin presencia de explicaciones. Niffenegger lo utiliza como una herramienta más de la narración, que no necesita de argumentos propios, sino que se establece para que dé un juego determinado y oficie como detonante de la conclusión.
En cuanto al muestrario de personajes y su protagonismo, esta novela luce un contenido más plural que la anterior. Ni siquiera las gemelas cuentan con una mayor intervención que el resto. Comparten páginas con su vecino y amante Robert Fanshaw, el espectro de Elspeth (tía de ambas), los empleados del cementerio de Highgate (tan parte del camposanto como los mausoleos) y especialmente con la pareja formada por la ausente Marijke y su enamorado Martin Wells. Este último personaje es, en mi opinión, el gran hallazgo del libro, el extraño vecino de arriba, un hombre en la cincuentena que padece trastorno obsesivo compulsivo y cuyo reto es poder salir de su casa para recuperar a su esposa, que tras abandonarle centró su residencia en Amsterdam. De su extraño carácter, sus repetitivos rituales y su posterior proeza proceden las páginas más emotivas del libro.
Un detalle a subrayar es que los personajes, en su mayoría, responden a patrones femeninos. Los hombres muestran una remarcable falta de carácter masculino (que no de virilidad) en su modo de actuar, en su forma de atajar las distintas circunstancias que les acontecen. Existe una pusilanimidad connatural en ellos que les impide actuar con determinación, y en el lado opuesto, una marcada cerrazón caprichosa en las mujeres. La escritora intenta ser tan veraz en el reflejo de algunas respuestas anímicas a los acontecimientos que sus personajes, imperfectos y mundanos, responden como ocurriría en la realidad, a veces de forma estúpida, llegando a producir en determinados momentos una cierta antipatía en el lector.
Ese, digamos, efecto de feminización (por cierto, Niffenegger vuelve a dedicar una página a la descripción de la masturbación masculina, lo que empieza a derivar en una curiosa fijación) es un asunto menor comparado con la notoria desigualdad que se da en el ritmo de la novela. Si en La mujer del viajero en el tiempo era remarcable la capacidad con la que la autora jugaba con los saltos narrativos, con la dislocación a la que el argumento, merced a los involuntarios y desordenados desplazamientos temporales del protagonista obligaba a dirigir la dirección de la trama, en esta obra la capacidad de Niffenegger para el equilibrio queda un poco en entredicho. La novela transcurre lentamente hasta el último tercio de su longitud, pero a partir de ahí, una vez clara cuál va a ser la función del elemento espectral, sufre una aceleración nada sutil. El cambio de velocidad cerca de la conclusión es una estrategia novelística válida, el problema, cuando aparece, suele ser de pulso. La diferencia, en este caso, es notable, pues lo que hasta entonces había sido un largo y plácido planteamiento se convierte en un desfile compactado de hechos sobrenaturales y relevancias inesperadas. Aunque las sorpresas que la trama guarda para el final aportan grandes dosis de interés y dan un nuevo sentido a los hechos (y al título del libro), la conclusión final, debido al cambio en la fluidez de la narración, deja una cierta desazón postrera.
Si bien es cierto que Una inquietante simetría es inferior en algunos aspectos a La mujer del viajero en el tiempo, se trata sin embargo de un buen libro. Si tenemos en cuenta lo difícil que es estar a la altura con una "segunda novela" (me vienen a la mente los frustrantes segundos trabajos de creadores de superventas españoles como Albert Sánchez Piñol o David Monteagudo), la labor de Niffenegger tiene entonces un valor mayor. La escritora norteamericana demuestra que cuenta con talento y oficio, y que el lector debería de estar atento a sus futuras creaciones.


martes, 29 de marzo de 2011

Japón

Los seguidores de este blog ya conocen mi fascinación por todo lo japonés. La tragedia que ha sacudido (literalmente) aquellas tierras a lo largo de este mes ha sobrecogido a todo el planeta y a muchos nos ha llegado al corazón. Japón se ha convertido en una constante literaria en la vida de George Kaplan. Mientras la tragedia sísmica y la amenaza nuclear acababan con vidas y recursos en el país del sol naciente, yo mantenía contacto, como casi todos los meses, con algunos libros, reseñas y cómics relacionados con su maravillosa cultura. He aquí mis últimas adquisiciones: 1Q84, la última novela de Haruki Murakami, que para mi sorpresa no cuenta con la esperada traducción de Lourdes Porta; "Los años dulces", primera parte del cómic que el gran Jiro Taniguchi ha basado en la exitosa novela de Hiromi Kawakami titulada El cielo es azul, la tierra blanca. Y he aquí también mi reseña más reciente: Tan cerca de la vida, la última obra publicada del peruano Santiago Roncagliolo, en la que la ciudad de Tokio tiene una gran relevancia. Desde hoy mismo podéis leer el texto que he escrito sobre ella accediendo a Prospectiva. Con las miradas de medio planeta puestas todavía en Fukushima, y las nuestras en busca de noticias sobre la buena salud de nuestros autores favoritos, deseamos desde aquí que la recuperación de ese maravilloso país sea rápida y que el Hinomaru vuelva a izarse por completo hasta ondear en lo más alto.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Arrojando piedras

Entre las muchas prestaciones que ofrece Internet, hay una que ejerce efectos notables sobre el conocimiento propio del individuo. Contra la imperfección y el desgaste temporal de nuestra memoria, la Red se presenta como una fortaleza del recuerdo, un valladar que se erige incólume contra el olvido e impide que el paso de los años borre nuestras huellas. Si uno quiere recuperar algo de su pasado, sean imágenes, textos, vivencias escritas o relaciones perdidas, no tiene mas que sentarse delante de la pantalla y ponerse a teclear. Es una bendición.
Pero también una puñeta.
Creo que esto ya lo he contado, pero hace unos meses me dio por rebuscar en los archivos de las viejas listas de correos, que si bien hoy presentan un aspecto exangüe, hace más de diez años eran un foco de efervescencia. Fue divertido, pero a la vez algo incómodo. Ahí estaba todo aquello, ya casi olvidado, con lo que quería reencontrarme, pero también, y este es el asunto, aquello con lo que no. Si es cierto que sonreí con la relectura de algunas de las discusiones contenidas en #cienciaficcion, que disfruté con los intercambios dialécticos de un foro abierto que por aquel entonces contaba con cientos de usuarios, y que me sentí orgulloso de la validez de mis argumentos, no lo es menos que me incomodaron opiniones puntuales, vertidas por mí mismo, sobre algunos temas.
Bueno, de eso trata la evolución vital, de intentar ir dejando atrás actitudes inferiores y encaminarse hacia la perfección (dicho esto con todo el humor del mundo). Al menos se intenta, y comprobar que hay quienes años después siguen enquistados en sus viejas costumbres y modos de pensar, sin importarles que puedan estar equivocados o no, ayuda bastante a mejorar la opinión que uno tiene de sí mismo, a inflamar eso que se llama autoestima.
Como ya expliqué en esta entrada, escrita en la noche de los tiempos, sumergirse en aquellos años es hacerlo en el fandom, entonces en plena efervescencia. Es encontrarse con decenas de personas jóvenes para las que la ciencia ficción era uno de los asuntos más importantes de su vida. Uno se daba, pero también recibía. Qué de alegría, cuánta vitalidad. Cuántos aciertos. Y cuánta torpeza. Todo aquello parece ahora muy lejano. Muchas cosas han cambiado, muchas de ellas, hay que decirlo, para fortuna de todos. Otras, sin embargo, no han variado tanto.





Sé que habrá quien se enfade si digo esto, pero lo cierto es que podría configurarse una larga lista con los defectos de conducta del fandomita (y también con sus virtudes, por supuesto), pero si quieren uno al caso, apunten, por ejemplo, lo que voy a llamar en un acceso de originalidad -por qué no- el artículo 54:
Hacer caso a una intuición propia, generalmente de origen conspiratorio, como acto de autoafirmación. Y dejarse llevar por ella en vez de documentarse.

Se podrían sorprender de la cantidad de reseñas, críticas, artículos y sobre todo guerras internas fandomitas cimentadas a lo largo de los años en el maldito artículo 54. Seduce de tal manera, arraiga con tanta fuerza, que uno ha de mantener una lucha incansable consigo mismo, permanecer en guardia continua para no caer bajo su influjo. Yo, por ejemplo, acabo de sucumbir al maldito artículo. Hace apenas unas horas.
Yo, que creía haberme librado de ciertas manías, he vuelto a emitir un juicio basado en una corazonada. Y como suele ocurrir en estos casos, he sufrido a los pocos minutos la vergüenza del desenmascaramiento. Lean el primer párrafo de la entrada anterior, dedicada a la novela Marcos Montes, del escritor gallego David Monteagudo:

Si yo fuera uno de esos reseñadores de carácter agrio que gustan de machacar con saña todo aquello que les defrauda, escribiría a continuación que es bastante fácil adivinar de qué mecánica mental procede la idea de publicar Marcos Montes en el momento en que se hizo, así como imaginar qué proceso lógico llevó a su editor a dar a esta obrita la responsabilidad de continuar la presentación novelística de David Monteagudo, exponiendo con ello los primeros pasos, siempre arriesgados, de su nuevo autor estrella. No hay que darse a complicadas elucubraciones para obtener una respuesta, se trata de una simple cuestión de suma: la tragedia de los mineros chilenos encerrados, ese texto figuradamente ad hoc de Monteagudo, fresco en la memoria del editor, y ese archiconocido dicho de origen romano, recordatorio de que en ocasiones semejantes "la ocasión la pintan calva".


Qué intuición la mía, ¿verdad? Y con qué arrostramiento expongo mi teoría, sin miedo a respuesta alguna. Y sin embargo la obtuve, claro. Un buen amigo, que de esto sabe bastante más que yo, me informa por email de que en esta entrevista al escritor, publicada el 11 de agosto de 2010, y realizada, naturalmente, algún tiempo antes, ya se hace mención de Marcos Montes como la próxima novela de David Monteagudo. Dado que el derrumbe de la mina San José ocurrió el 5 de agosto del año pasado, mal pueden acomodarse las fechas para dar pábulo a mi teoría.
El maldito artículo 54...
Para ser honesto, tengo que reconocer que el uso del condicional me exime un poco (no mucho) de culpa. Algo me decía que debía confrontar datos, como hago siempre, pero en esta ocasión la pereza y el afán de exhibir una vez más mi presunta y corrosiva brillantez pudieron más que mi autocontrol. Bien, ahí lo tienen, mea culpa. Lo siento. Sorry. Oprobio y deshonor caigan sobre mi cabeza.
Tras conocer mi error, sería muy fácil haber editado el texto y haber vuelto a subir la reseña de Marcos Montes libre de la metedura de pata. Pero no, no he querido hacerlo. Estoy, como casi todos, un poco cansado de estos tiempos en los que el error nunca es confeso, nunca es admitido. Harto de esta inverecundia posmoderna del todo vale y nada admito, de la deshonestidad de políticos, periodistas, opinadores... Prefiero concederle alguna validez y que quede ahí para mi posteridad, como escarnio propio y recordatorio de que nunca se ha de bajar la guardia. Para evitar malentendidos, voy a incluir un enlace hacia esta entrada al final de la reseña, para que esta no se convierta en origen de memes o leyendas urbanas para cibernautas.
Hecho está. Pero como colofón, y una vez confesada y ojalá expiada mi culpa, emito, si se me permite, un nuevo juicio de valor libre de influencias del pasado. Quiero expresar que el hecho de que la tragedia chilena no tuviera nada que ver en la elección de Marcos Montes como segunda novela publicada de David Monteagudo, me deja si cabe aún más perplejo. Teniendo, tal como ha confesado el escritor en varias ocasiones, unas diez novelas a su disposición, la elección de esta se me antoja inexplicable. Presentarle al público lector, ávido de excelencias tras la calidad de Fin, una novela de tan escaso empaque, meramente alimenticia, me parece un desacierto.
Eso sí, algo distinto al mío.

martes, 1 de marzo de 2011

David Monteagudo. Marcos Montes

Si yo fuera uno de esos reseñadores de carácter agrio que gustan de machacar con saña todo aquello que les defrauda, escribiría a continuación que es bastante fácil adivinar de qué mecánica mental procede la idea de publicar Marcos Montes en el momento en que se hizo, así como imaginar qué proceso lógico llevó a su editor a dar a esta obrita la responsabilidad de continuar la presentación novelística de David Monteagudo, exponiendo con ello los primeros pasos, siempre arriesgados, de su nuevo autor estrella. No hay que darse a complicadas elucubraciones para obtener una respuesta, se trata de una simple cuestión de suma: la tragedia de los mineros chilenos encerrados, ese texto figuradamente ad hoc de Monteagudo, fresco en la memoria del editor, y ese archiconocido dicho de origen romano, recordatorio de que en ocasiones semejantes "la ocasión la pintan calva". (1)
Si atacara esta reseña desde la negatividad, me preguntaría por qué en Acantilado han querido darle la espalda de esta forma a la consabida importancia de la segunda novela. E incluso llegaría a sospechar de la responsabilidad que haya podido tener en todo esto el propio escritor. Pero no, no voy a ser tan injusto, porque esta novelita de Monteagudo merece que se hable de sus propias virtudes y defectos, y que nos olvidemos de los presuntos motivos y errores editoriales. El problema es que poco se puede decir, pues más que ante una novela corta nos encontramos ante un cuento largo, lo cual reduce el campo de estudio sobre el que profundizar. Marcos Montes no va más allá de las 128 páginas, a lo que se añade que -adelantemos también alguna alabanza- como ocurría en la exitosa Fin, goza de un ritmo tan atractivo que se lee en apenas un suspiro.
El argumento se puede resumir en apenas una frase. Tras un derrumbe en la mina de oro en la que trabaja, el minero Marcos Montes busca junto a sus compañeros una salida hacia el exterior. El desarrollo de la historia viene dado por los pensamientos del minero y por la descripción de la lucha por la supervivencia de su grupo. Montes medita sobre su pasado y circunstancias mientras es testigo del compañerismo y la asunción de jerarquías entre sus compañeros. Lo más reseñable es, sin duda, la capacidad de Monteagudo para hacer atractiva la historia, que renuncia al elemento claustrofóbico y apuesta por el componente humano. En un ambiente cerrado, que ofrece tan poco a la imaginación, el escritor sabe sin embargo encontrar situaciones siempre atractivas para el lector.
Marcos Montes es, ya lo supondrán, una novela de género fantástico, pero muy diferente a Fin. No se trata de ciencia ficción, sino de una fantasía sobrenatural que juega con el punto de vista. En la anterior obra de Monteagudo, lo inaudito conformaba el motor de la intriga durante todo un texto en el que la respuesta final a los misterios era eludida; en esta nouvelle, el enfoque fantástico no es el medio sino el fin. De hecho, la aparición de lo inesperado es, intencionalmente, una sorpresa que da conclusión al libro. Una presunta sorpresa que no puede ser más ilusoria, pues nadie que haya visto cine en los últimos años va a dejar de adivinar, ya desde el principio, cuál es el engañoso artificio, mil veces visto, que sustenta la trama. Y ese es quizás el mayor defecto de este relato, pues lo previsible de su a priori sorprendente final le resta interés a la historia. Es una auténtica lástima, pues la narración, cercana al fin, hace un alto en el camino para abrirse a lo inesperado, una parada en lo maravilloso, por sí y para sí mismo, saltándose las reglas de lo narrado hasta el momento. Es apenas un instante, el arribo inesperado de un misterio fascinante que nos recuerda al autor que ideó Fin. Se mantiene durante escasas páginas, pero uno no puede refrenar el deseo de que Monteagudo hubiera seguido ese hilo, y no el elegido, hasta el final, independientemente de que, al igual que sucedía en la anterior novela, éste no hubiera tenido conclusión.
De la lectura de esta novelita, pues, me quedo principalmente con el reconocible estilo ameno de David Monteagudo y con esa breve y postrera subtrama, que se me antoja una promesa de lo que el escritor puede dar de sí, y de lo que está por venir, si elige el sendero de lo maravilloso.


(1) En definitiva, una falacia. Para una mayor comprensión, lean la siguiente entrada.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Tim Hamilton. Fahrenheit 451 de Ray Bradbury

Un amigo que acaba de regresar de París me contaba la otra tarde que el cómic allí es otra cosa. Las grandes novedades son acogidas con el mismo recibimiento que cualquier obra literaria; las librerías más importantes dan al cómic un trato preferencial, colocándolo a un nivel semejante al de los libros. Según me cuenta mi amigo (yo no he tenido la suerte de poder visitar Francia aún) la sección dedicada al cómic en las tiendas rivaliza en tamaño y posicionamiento con la otorgada a las novedades literarias. Cada nueva obra procedente de algún gran guionista, dibujante o ambas cosas es recibida con una expectación, tanto por el público como por los medios, que aquí sólo le dedicamos a las creaciones más esperadas del cine o la literatura.
Sólo puedo decir esto: qué envidia. Porque en este país ese tratamiento preferencial al noveno arte (sí, señor Molina Foix, arte), no está dando mas que sus primeros pasos. El cómic ya va a apareciendo en las librerías y va ganando adeptos dentro del campo de la crítica literaria, pero aún dista años luz del lugar que debe ocupar, el del arte que mejor ha sabido medrar en las procelosas aguas del posmodernismo. A continuación les dejo la reseña de un cómic que adapta al medio una de las grandes obras de la ciencia ficción del siglo XX, Farenheit 451.


La obra de Ray Bradbury ya había sido llevada al cine por el francés François Truffaut, y es el norteamericano Tim Hamilton quien en esta ocasión la traslada al lenguaje del cómic. Este interés por la obra, procedente de distintos medios, da una idea de su importancia. Considerada como una de las mejores novelas del siglo XX, Farenheit 451 tuvo su origen en una anécdota sufrida por su autor. En un paseo nocturno, fue retenido por la policía sin motivo aparente. De ese encuentro nació un relato, “El peatón”, que después daría lugar a la novela corta El bombero, cuya última ampliación se acabaría conociendo como Farenheit 451.
Bradbury trasladó al papel El bombero en una de las máquinas de escribir que había en alquiler en la biblioteca de la Universidad de California, rodeado de libros. Su crítica particular encontró una imagen gemela, aún más grande, procedente del momento que vivía su país. El senador Joseph McCarthy había llegado a decir que quizás se debieran quemar las bibliotecas, llenas, según él, de libros repletos de ideas perjudiciales para los buenos ciudadanos. Viendo cuál fue el germen de la novela, no cuesta mucho imaginar cuál es el tema que da vida a sus páginas. Estamos ante una metáfora de la tiranía, representada bajo el aspecto de un Estado autoritario, el cual mediatiza la libertad de sus ciudadanos interviniendo en los medios de comunicación y dictando los caminos a seguir por la cultura. El cuerpo de bomberos ha pasado de apagar incendios a encargarse de la quema de libros. El Estado dirige a sus ciudadanos por medio de la televisión, y ve en la literatura al enemigo.


"Lees unas cuantas frases y te despeñas por el acantilado. Buum, listo para volar el mundo, cortar cabezas, atropellar a mujeres y niños, destruir la autoridad."


Ese párrafo, extraído de la novela gráfica, es la visión de los libros que el Estado ha inculcado en sus ciudadanos. Lo que se narra en Farenheit 451 es la rebelión de Guy Montag, un bombero que, a pesar de no ser feliz, no guarda dudas sobre su trabajo. Hasta que conoce a Clarisse, cuyas palabras le conducen a una nueva percepción de las cosas. Cómo acaba la historia, su apuesta por el último refugio de la literatura, es un episodio comúnmente conocido.
Esta adaptación que nos ofrece el noveno arte es más fiel al original literario que la que presenta el filme de Truffaut. De hecho, Tim Hamilton confiesa que prefirió no ver la película para no sentir su influencia. Y sin embargo, el futuro que recrea el dibujante es similar al del filme. Estéticamente aséptico, procede del ideario de cualquier ciudadano de los años 50. No se trata de un futuro sofisticado, no hay alta tecnología; no es ciberpunk, no es near future tal como lo entendemos los habitantes del siglo XXI.
Hamilton dibuja el futuro basándose en apenas tres o cuatro colores, en líneas rectas y figuras silueteadas, con formas simples. La oscuridad, siempre presente, se abre escasas veces al azul, al verde o al gris, y especialmente al rojo y el amarillo cada vez que el fuego aparece. El fuego es quizás el personaje más poderoso de la obra. Como una criatura viva, se ramifica, se multiplica y eleva hasta apoderarse de las viñetas, todas ellas siempre superpuestas sobre un fondo dominante que ocupa toda la página. Los personajes humanos tienen rasgos anónimos, oscuros, excepto Clarisse, luz en cada acto de presencia.
En conclusión, “Farenheit 451 de Ray Bradbury”, que es como se titula esta novela gráfica, es esencialmente fiel a la novela. Su lectura, al igual que la del libro, deja una cierta desazón, un desangelamiento general por un mundo triste y un futuro siempre en duda. El tono sobrio de sus páginas redunda en ese sentimiento. No es una obra espectacular, no es una obra alegre, pero deja un poso de disfrute.


Reseña publicada originalmente en Prospectiva.