martes, 1 de julio de 2014

VV.AA. sel. Juan Miguel Aguilera. Visiones 2000

Pude haber incluido esta antología en la entrada que dediqué al estado del cuento de ciencia ficción nacional, para engrosar más aún el ejemplo de la cantidad de medios en los que era posible publicar un relato corto allá por el año 2000. Si no lo hice fue porque prefería presentarla en algo que tuviera que ver con la AEFCFT, para poder poner a disposición de todos ustedes una serie de enlaces a través de los cuales informarse de qué es lo que amparan tan extrañas y disonantes siglas. Entre las actividades que origina y promueve esta suerte de asociación española del fantástico (AEF quedaría bastante más fácil y apañado que la polvoronada actual, no lo nieguen) sobresalen los Premios Ignotus, que se conceden, presuntamente, para premiar lo mejor del año en distintas categorías. Lo cierto es que, a pesar de contar con algún ejemplo de calidad, estos premios se constituyen como galardones a la popularidad dentro del fandom. A pesar de la apertura que supuso la medida de hace un par de años, lo cierto es que se suelen recibir veinte o treinta papeletas, no más, y que si se profundiza con objetividad en los resultados, estos suelen constituir un resumen perfecto del estado del propio fandom en los diferentes puntos temporales de cada edición.
Históricamente, debido al antiguo sistema de voto presencial, los Ignotus han premiado, entre otros, a mucho residente en la ciudad organizadora de la HispaCon (la convención anual donde se entregan los premios), a obras publicadas por la editorial de moda en aquel momento, a textos escritos por personajes en boga, y, en los últimos años, a los participantes mejor publicitados dentro de los foros y blogs del fandom. Lo bueno es que hay pocas limitaciones en cuanto a los candidatos y obras a presentar, y cualquiera puede postular cualquier escrito, sea cual sea su calidad; lo malo, exactamente lo mismo (la prueba de ello es que ahí van los míos para esta edición que cierra el 4 de julio y que serán entregados en la MIRcon 2014. Son El nombre de la cosa, artículo que dio el pistoletazo de salida a la polémica distópica, y Gloria, un cuento de fantasía oscura).
Aunque los Ignotus dan un cierto prestigio dentro del mundillo, su incidencia en el exterior es anecdótica. Aun así, han servido a lo largo de los años como incentivo, si bien no de mejora debido al laxo enjuiciamiento bajo el que se conceden, sí para el aumento en la cantidad de escritos de literatura fantástica. Es una herramienta con la que la AEFCFT, cuyo número de miembros es ya exigüo y cuyo fin se anuncia año tras año, promociona el género. Y no la única, pues a lo largo de su existencia ha ido editando para sus socios dos antologías de relevancia, una titulada Fabricantes de sueños, selección de los mejores cuentos publicados a lo largo del año, y otra denominada Visiones, abierta a la presentación de relatos originales. Es a ésta última a la que pertenece el libro que se reseña a continuación. Es interesante comprobar qué nombres, de entre todos aquellos, siguen sonando tres lustros después. La letra T, por cierto, aún no había enmarañado el acrónimo.



La Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción ha logrado institucionalizar dos colecciones anuales de cuentos de carácter muy diferente. Si Fabricantes de Sueños se puede considerar una selección de los mejores relatos aparecidos en nuestro país el año anterior, Visiones se sitúa en las antípodas, ya que bajo la total subjetividad del antologista, diferente cada año, sirve como primera oportunidad de publicación a talentos hasta ese volumen inéditos. El encargado de la selección de este año ha sido Juan Miguel Aguilera, santo y seña de la ciencia ficción española, cuyo gusto por la hard sf hacía presagiar (¡por fin!) una colección de relatos de temática menos cercana al género de fantasía y más encaminada hacia la cienciaficción, excesivamente abandonada los últimos años. Así es, y ése es sin duda el mayor mérito de este Visiones 2000, aunque desgraciadamente la calidad de los relatos arroje como resultado final una impresión general de irregularidad.
Podría achacarse exclusivamente a los nuevos autores el peso negativo de la recopilación, pero si bien es cierto que algunos de sus cuentos parecen impropios de una antología de calidad como se pretende que sea ésta, también lo es que aportaciones de autores cada vez más consagrados, como el desangelado cyberpunk "Diez segundos", de Eduardo Vaquerizo, o el frío "Proteo en el escenario", de Ramón Muñoz, se cuentan entre lo más flojo publicado por ambos escritores a lo largo del año 2000.
En el lado positivo, se pueden encontrar claros apuntes de futuro, promesas de variado contenido y construcción. Cristóbal Pérez-Castejón Carpena aplica en "Llanto de piedra" los conocimientos científicos con los que siembra habitualmente sus magníficos artículos, realizando un hard bastante digno; en "Osiris", Luna relata la enésima inseminación alienígena, pero lo hace con un estilo francamente atractivo; Carme Abella hace gala de un humor fresco en ese chiste en forma de cuento que es "Melas, el zafiro de poniente". Y en otro orden de cosas, Luis Astolfi se desmarca con un evocador relato, titulado "Club Gricel", que se adivina de vivencias propias y recorre los caminos del maestro Bioy Casares.
Los principales valedores de Visiones 2000 se encuentran en la imaginación y el buen hacer de Javier Redal, quien en "Los mundos múltiples" adelanta el entretenimiento del futuro haciendo uso de una cómplice e irónica comparación; de Daniel Mares, que en el magnífico "El último viaje del Holandés Errante" logra una atmósfera de terror espacial deudora del cineasta Paul Anderson, estropeando el resultado final por un último cruce de frases bastante confuso; y del sorprendente Alejo Cuervo, con un entretenidísimo "Ostras con salsa picante", alegoría de la actualidad editorial del género fantástico, llevada al extremo en forma de extraña adicción y maquetaciones definitivas, una curiosa ironía en este volumen.
La antología posee además una pequeña perla escondida, que para mayor contraste no tiene nada que ver con la ciencia ficción. "Plenilunio", de Pablo Herranz, es un humilde cuento narrado con sencillez y perfección argumental. Un nostálgico recuerdo de primera adolescencia y cobardía que acaba de manera terrorífica, sin decoraciones ni estorbos, y despierta el miedo a lo desconocido.
Todo esto, junto a otras aportaciones de dudosa calidad, configura esta nueva entrega de Visiones, que a pesar de fracasar en el cometido propuesto por el recopilador -presentar nuevos valores femeninos solventes-, no se ganará por su contenido el infierno. Por su contenido, digo. El continente es otra cosa, y debería servir para realizar una seria reflexión de carácter general.
Mucho se está discutiendo últimamente en el fandom acerca de cánones y raseros, sobre culteranismo y conceptismo, sobre lo verdaderamente bueno y lo verdaderamente malo en las obras de ciencia ficción: sobre el arte, en suma. Me parece una discusión precipitada. De qué sirve afinar valoraciones sobre estilos y maneras de escribir o subir el listón de la calidad si el envoltorio impide acercarse al producto. La edición de Visiones 2000 es, por decirlo simple y llanamente, pésima: mala maquetación, errores ortográficos, tipo y tamaño de fuente insufrible... La lectura se convierte en una auténtica tortura, por desgracia semejante a la que se podía sufrir recientemente con algunas obras de distintas editoriales. La, por otra parte, maravillosa antología Besos de alacrán, las primeras novelas publicadas por la colección Solaris Ficción y alguna que otra novela reciente constituyen dolorosos ejemplos de libros interesantes (el primero incluso imprescindible) por su contenido, pero mancillados por una factura deficiente para cualquier género que se considere serio. Mientras las cosas se sigan produciendo de esta manera, preocuparse de fondo o forma se convierte en una cuestión baladí. Cuidemos otras cosas antes de pretender hacer arte en latas de sardinas.


* La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la red.


viernes, 13 de junio de 2014

Criminal Blurbs

Suma de blurbs en una misma solapa. El objetivo es captar la mayor cantidad de lectores posible. No se citan más nombres porque, simplemente, no cabían.



"¿Te gusta Juego de tronos? Aquí empieza tu nueva obsesión."

-Glamour


"La distopía de Los juegos del hambre sumado a una historia de amor al estilo de Crepúsculo. Eso sí, con una mayor calidad literaria."

-SFX Magazine


"La Era de Huesos es la novela que J.K. Rowling y William Gibson nunca llegaron a escribir."

-Wired

miércoles, 28 de mayo de 2014

Pellizcos

Lo primero que viene son los personajes, el mundo y el submundo que los une. La historia es una posibilidad, una exageración que se da más adelante.

-Michel Houellebecq-


jueves, 22 de mayo de 2014

Cristina Fallarás. Últimos días en el Puesto del Este

Mis comentarios de la entrada anterior giraban en torno a un artículo publicado en C, la magnífica web de reseñas dirigida por Nacho Illarregui. Aprovecho el dato como elemento de hilación por el que traer aquí un nuevo texto (que en realidad de nuevo no tiene nada). Fue la última crítica que Santiago L. Moreno publicó en C, y analiza someramente una novela de Cristina Fallarás. Su peripecia acontece en un mundo venido a pique, lo cual integra al libro en el subgénero postapocalíptico. No es una distopía, puesto que su posible elemento distópico (una sociedad bajo el yugo de una dictadura religiosa) aparece muy al fondo, y no como materia de estudio, sino como percutor del desastre. Es una novela introspectiva, triste por el devenir de la protagonista y el terrible futuro para la Humanidad que presenta, pero en modo alguno una distopía.




La ficción literaria está repleta de lugares comunes. Desde hace décadas se repiten en ella temáticas, tramas, argumentos e incluso paisajes narrativos, y son raras las ocasiones en las que esa circunstancia no afecta, por comparación directa con las anteriores, a la calidad de una determinada obra. Una de las excepciones dibuja un escenario por el que ya han transitado escritores tan prestigiosos como Dino Buzzati y J. M. Coetzee, e incluso nuestro Albert Sánchez Piñol. La tensa espera en un olvidado puesto fronterizo sitiado por los bárbaros ha sido tratada en obras como El desierto de los tártaros, Esperando a los bárbaros y La piel fría, tres novelas de calidad mayúscula. La nouvelle de Fallarás viene a sumarse a ese pequeño grupo de élite, y aunque no llega a alcanzar las mismas cotas que sus predecesoras, cuenta con la calidad suficiente como para ser sumada sin rubor en el haber de ese nicho temático.
Además de la similitud existente entre sus correspondientes escenarios narrativos, muchas de estas obras participan de un denominador común. Al igual que ocurre en el poema de Kavafis del que todas parten, la amenazadora presencia del invasor más allá de las murallas juega un papel secundario en la trama; en realidad, los bárbaros sólo son el percutor de los sucesos que acontecen tras esas murallas. El interés de la novela se centra siempre en la peripecia personal de los sitiados. Mediante la descripción de sus reacciones y de los recursos que emplean para adaptarse a las circunstancias, el autor analiza lo mutable que se torna el concepto de humanidad cuando es sometido a los rigores de la supervivencia. Las penurias del asedio terminan por socavar la esperanza de los resistentes, difuminando los principios morales y la escala de valores que compartieron antaño. Fallarás centra la atención en uno solo de esos personajes, con un estilo tan íntimo y directo que produce la inequívoca sensación de que la protagonista no es, en realidad, otra cosa que el vehículo de sus propias emociones.
De hecho, la voz sumamente personal del narrador no es la única herramienta literaria que sugiere una relación entre ambas; la propia construcción de la novela apunta también hacia una identificación entre personaje y autor. Todo en ella está elaborado con la intención de fijar el foco sobre la protagonista, cuyo nombre no se cita en ningún momento. El espacio y el tiempo están en continuo movimiento; los recuerdos viajan de un continente a otro y del pasado al presente con una presteza que añade agitación al torbellino emocional que se encuentra en el centro de la narración. Aunque existe algun pasaje propicio para la contemplación (por ejemplo, la observación a escondidas de un cuerpo femenino desnudo al sol por parte de un adolescente), Fallarás no se entretiene en alargar las descripciones externas. Así evita distraer al lector del territorio que quiere obligarle a explorar, el corazón convulso de la protagonista. Los recuerdos de su drama amoroso se mezclan con las penurias a las que sus enemigos, sitiadores y sitiados, la someten. Ella es una isla cuyo afán de pervivencia es alimentado tan sólo por los propios recuerdos y la existencia de sus hijos.
Atendiendo a la cruda honestidad que exudan sus páginas, da la impresión de que Últimos días en el puesto del Este haya sido escrita con las tripas. La autora sugiere leer este libro utilizando la pieza más triste de Astor Piazzola como fondo musical, presentándolo al lector como un tango pasional y elegíaco. De hecho, lo es, y debido a la fatalidad que supura el lamento de la protagonista, trae a la memoria melancolías y sabores cinematográficos de antaño, ecos de dramas pasionales que esencian otras historias. No es difícil imaginar a un personaje femenino tan trágico bajo el aspecto de una atribulada condesa descalza, contemplar sus bailes entre un corro de gitanos y compadecerla mientras aguarda sin esperanza a su adusto conde latino tras los muros de un oscuro caseron, en este caso al cuidado de sus anhelados hijos.
El drama interior es tan voraz que consume el espacio narrativo de otros elementos. Del lugar geográfico del asedio no se destaca gran cosa. De sus causas poco más. Y sin embargo, la naturaleza religiosa del conflicto, el apocalipsis del mundo civilizado y racional que describe, provocado por la infiltración del fanatismo creyente en los puestos de poder, estremece por su verosimilitud y conecta con miedos muy presentes en nuestro mundo actual. La Coda que cierra la novela, única visión que ésta ofrece del exterior tras el conflicto, muestra una vuelta a la Edad Media descrita en apenas dos pinceladas y juega un papel fundamental en el libro. Este inusual epílogo rompe la estructura anterior de la novela, pues contrasta con la clausura emocional y espacial presente en los capítulos previos, pero su importancia es crucial a varios niveles.
El paralelismo de realidades que surge de su lectura crea un juego de espejos en el que ambos órdenes, interno y externo, complementan sus respectivos papeles. El fanatismo religioso que vuelve a cubrir la Tierra representa la invasión del futuro por parte del pasado; la protagonista, privada de su futuro, no encuentra otro modo de seguir viviendo que en su propio pasado. Por otra parte, parece como si Fallarás, ya fuera del cuerpo de su creación, no hubiera podido sustraerse a la pulsión de ver con sus propios ojos el destino final del capitán, el personaje por cuyo regreso la protagonista ha penado durante toda la historia. Esa sensación de necesidad refuerza aún más la identificación entre escritora y personaje.
Ultimos días en el puesto del Este recoge, en esencia, el pulso entre dos apocalipsis, uno general y otro emocional; uno que remite al mundo palpable, actual, y otro a la memoria, situando el alma de una mujer entregada a la fatalidad como punto de equilibrio entre ambas tragedias. Intensa, impúdica por su exhibicionismo en el terreno emocional, la novela advierte de los peligros de la melancolía, personal e histórica. Si insistimos en invertir la flecha del tiempo, en mirar más al pasado que hacia el futuro, parece decir la autora, convertiremos los hechos ya ocurridos que nos atormentan en nuestro propio destino: che sarà sarà.


El texto original de esta crítica fue publicado en la web C.




martes, 20 de mayo de 2014

Distopía, un nuevo capítulo


No voy a echar mano del popular "Me llena de orgullo y satisfacción...", pero ahí anda la cosa. El nuevo capítulo del asunto "distopía" es netamente favorable para la causa. Hace casi un año comencé a llamar la atención sobre el mal uso que algunas editoriales y autores hacen de la etiqueta distopía. Durante muchos meses he seguido atacando esa maniobra editorial con una actitud poco menos que quijotesca, en facebook, en foros digitales y por supuesto en este mismo blog. El resultado, más allá del apoyo de algún buen amigo, fue ninguno. O eso creía.
Julián Díez, uno de los mayores expertos en ciencia ficción de este país, acaba de publicar en C, la web de crítica literaria, un artículo titulado El fraude en el etiquetado de la distopía, y el seguimiento, según me indican, está siendo considerable. Lo más positivo, sin duda, es el hecho de que escritores como el propio Ismael Martínez Biurrun y algún responsable editorial como Ricard Ruíz parecen estar conformes con su contenido. Si bien elogio la aparición de este último en los comentarios al artículo, no logro quitarme de encima la sensación de que está ahí más para promocionar la antología distópica que pronto publicará su sello que para reconocer errores. Él mismo, gran conocedor de la ciencia ficción, sabe exactamente qué es una distopía, y sin embargo confiesa que en la antología figurará algún cuento que no lo es. Por qué, es lo que como aficionado me pregunto.
En todo caso, creo que el resultado de la publicación de este artículo está siendo muy positivo, y que quizás sirva para que algunos editores rectifiquen en su ninguneo a una denominación cuya base teórica se ha ido construyendo lentamente a lo largo de un siglo. El artículo entra también en un segundo debate. En el prólogo del libro Tiempo profundo, una colección de relatos transhumanistas, el editor Luis G. Prado hace una defensa de la cf situada en futuros lejanos, y lo hace denostando la de futuro cercano, y más concretamente, la prospectiva. La maniobra es obligada, puesto que este libro (que como devoto de ese tipo de cf estoy deseando tener en mis manos) juega en estos momentos a la contra, ya que la mayoría de la cf actual muestra más preocupación por pasado mañana que por los futuros distantes.
El prólogo contiene un par de afirmaciones sorprendentes. Una de ellas, cuyo análisis pospongo, ésta: "Opino que lo que distingue a la narración de cf trans de la space opera son esencialmente dos características: la posibilidad o no de superar la velocidad de la luz, y la presencia o no de Dios". La otra: "Su pertinencia (la de la cf trans) es máxima para nosotros, los habitantes del futurista siglo XXI, ya que no sólo no finge que conocemos todos los problemas que nos atañen, sino que promete que cada día habrá nuevos peligros". Prado, con esta y otras frases, vende el tipo de cf hiperdistante como más cercana a nuestros problemas actuales que la situada en futuros cercanos, y por ende, que la prospectiva. La respuesta de Díez, como acuñador de esa etiqueta, es contundente. A mí, una vez más, me arroja en brazos de la casualidad.
Dice Prado que el manifiesto fundacional del subgénero transhumanista es la novela Cismatrix, de Bruce Sterling. Pues bien, leyendo las noticias cercanas a la ciencia ficción de estos últimos días, me encuentro con unas palabras que el propio Bruce Sterling ha dicho en una conferencia dada en el HEAD de Ginebra este mismo fin de semana:

The best jump into the future for a Science Fiction writer is a 7 years prediction. If you do a 10 years prediction, people don’t know what you are talking about. If you do a 5 years prediction, people think that you are just exaggerating. Therefore, the best possible future time a Science Fiction writer should explore is, 7 years ahead of now.

"El mejor tiempo futuro posible que un escritor de ciencia ficción debería explorar está a siete años del presente", dice el padre de la cf transhumanista. Paradójico, ¿verdad? Lo cierto es que a mí me da igual. Como ya saben ustedes, la predicción es la parte que, con mucho, menos me interesa de este género. Me interesan bastante más otros aspectos, como su capacidad literaria e intelectual; su poder alegórico, metafórico o simbólico; su utilidad como abrementes progresista e incluso el placer que proporciona desde el puro escapismo. Más que su capacidad visionaria, algo que me divierte tanto como cuando lo veo en manos de los timadores de la televisión nocturna. Es por eso que la distancia temporal me parece irrelevante fuera de lo que afecte al propio argumento. Cuando lea esos relatos, me dará igual que estén situados en el año 1 billón (de los nuestros y de momento) que, como apunta Stross en Accelerando, Singularidad mediante, dentro de apenas cien años. Lo único que espero de ese futuro es que, si la palabra distopía significa otra cosa, el cambio se haya debido a un proceso de evolución natural y no a viles intereses económicos.

martes, 13 de mayo de 2014

Le temps perdu

Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior.




Hoy Proust no mojaría una magdalena en el té, sino un cupcake, lo cual resulta desconcertante. Por suerte, Kaplan siempre prefirió las tartas, grandes y sabrosas, como catalizador del recuerdo. Ocho años ya, tiempo bien aprovechado.

martes, 6 de mayo de 2014

Breves: McDevitt, Brown.

Deepsix, de Jack McDevitt


Segundo volumen de la serie de la Academia escrita por Jack McDevitt e iniciada con Las máquinas de Dios. La acción de esta floja novela avanza por medio de dos líneas argumentales complementarias pero desiguales. Las peripecias de una expedición varada en Deepsix, planeta próximo a la destrucción, pierden interés debido a la anodina e innecesariamente exhaustiva descripción de las maniobras de rescate desde la órbita. Narrada con una sorprendente falta de pasión, ni siquiera la búsqueda final del sentido de la maravilla aporta interés a la obra.
De las nubes Omega y los artefactos alienígenas, elementos que convertían el inicio de la serie en una estupenda novela, apenas hay noticias. Lo más destacable, sin duda, se encuentra en las sentencias de Gregory MacAllister, un misántropo personaje al que el mismísimo Swift rendiría pleitesía, tan interesante como para disputar a la piloto Priscilla Hutchins el protagonismo en las siguientes novelas. La edición de La Factoría de Ideas, a pesar de la firma de un corrector de estilo, por donde suele: profusa en erratas, leísmos y errores de traducción.

  

Noches de Nueva York, de Eric Brown


Mientras que obras señeras del cyberpunk tales como Dr. Adder, de K. W. Jeter, o la trilogía Eclipse, de John Shirley, continúan siendo unas absolutas desconocidas para el lector español, algunas editoriales insisten en importar sucedáneos del último gran subgénero de la ciencia ficción mucho menos interesantes. Es el caso de Noches de Nueva York, novela escritoa por el británico Eric Brown que, con una prosa escuálida (empeorada en este caso por una paupérrima traducción), presenta un pseudocyberpunk que se queda en near future descafeinado.
Dos detectives privados se enfrentan a varios esclavos humanos manejados por una pérfida Inteligencia Artificial. Eso es todo, no hay más. Ni atmósfera ni ideas novedosas. Un escenario futuro mil veces visto y una trama que se aproxima  al noir con la misma escasez de fuerzas con la que acomete el elemento tech. En la misma línea de insignificancia que la peor de las novelas del Budayén, la presentación de la trilogía Virex es una novelita matarratos que perdura poco tiempo en la memoria.



Los textos originales de estas reseñas fueron publicados en los números 38 y 41 de la revista Gigamesh respectivamente.


miércoles, 23 de abril de 2014

Imágenes de cf. XXI


"Sus dientes se cerraron al extremo de mi manga y se agarró a ella hasta que le hice soltar su presa sacudiéndola.
Se calmó poco después. Lo estuve observando durante casi una hora. Parece apático y confundido, y aunque sigue resolviendo nuevos problemas sin recompensa, su modo de actuar es extraño. En lugar de movimientos prudentes, determinados, a lo largo de los corredores del laberinto, sus actos son precipitados y desordenados. Muchas veces toma un recodo demasiado aprisa y se da de hocicos contra una barrera. Da la extraña sensación de que está dominado por la urgencia.
Dudo en formular un juicio precipitado. Todo esto puede deberse a muchas razones."

jueves, 17 de abril de 2014

Las mejores novelas de la ciencia ficción

Aunque en su día me juré a mí mismo que no entraría en estas cosas, compruebo con sorpresa que últimamente me cuesta mantener la calma. Voy leyendo lo que se escribe en torno a la ciencia ficción, cómo intentan sacar negocio de ella los mercachifles y advenedizos, y mi indignación sube por momentos. Tranquilos, no voy a referirme de nuevo a la bastardización del término distopía (al menos de momento). Esta vez mi solivianto procede de la lista de libros publicada en el magacín Jot Down. Bajo el título ¿Cuál es la mejor novela de ciencia ficción? se ofrece una lista de 14 libros que el profano encontrará interesante, pero cuya desigual composición hará que los aficionados al género se echen las manos a la cabeza.
Todos son buenos libros, y algunos de ellos figuran ahì acertadamente, pero la mayoría no merece el calificativo que les endilga el título de la lista ni por asomo. Lo peor es que más allá de las filias personales de quienes la han confeccionado, es evidente que ha sido el factor popular o coyuntural el que ha motivado la inclusión de algunos de sus elementos. Contact, de Carl Sagan, está ahí por el relanzamiento, en estos mismos momentos, de Cosmos, la serie de televisión creada por su autor. Que la humorada de Douglas Adams tenga sitio se debe a la presencia en la revista, este mismo mes, de un artículo dedicado a la correspondiente película. Que figure la descocada Snow Crash como representante del cyberpunk, sólo para que Stephenson, autor muy del gusto de la hispteriada, tenga su cuñita, es fuerte; que elijan Yo robot, una antología de cuentos (no una novela, muy profesional) para que conste también el nombre de quien más vende en el género, Asimov, y pasen de obras superiores del propio Buen Doctor, es ya insufrible. La clave es, seguramente, que las Fundaciones o Los propios dioses no tienen película, y me da que es del cine de donde proviene cierta parte de esta lista. La prueba es que tampoco se han elegido las mejores novelas de Verne, Clarke o Dick, sino las que hicieron famosas Méliès, Kubrick y Scott.


Quién iba a suponer, hace quince años, que el mayor peligro para la ciencia ficción literaria más allá del muro no iba a estar en cómo la trataran los escritores, sino en la falta de preparación y la estulticia de los comentaristas. Sencillamente, no están preparados y tampoco les interesa. Es uno de los síntomas de la era digital. Con internet a mano, ahora todo el mundo sabe de todo, pero mal. La especialización ha muerto. Se hacen listas de lo mejor de un género literario basándose en sus adaptaciones al cine, y sale lo que sale. Luego está lo del nuevo periodismo, claro. No el de Tom Wolfe, Gay Talese y demás, sino el de la Era Digital. Prima lo cool, el ingenio y la frescura sobre el rigor. Lean los comentarios. Son guays, molan. No digo nada, están en su derecho, ese es el tono que buscan. Lo acepto. ¿Pero no podían haberle puesto otro título a la lista?  No sé, tal vez Las novelas más chachis de ciencia ficción, o algo en consonancia.
En fin, si les interesa de verdad entrar en este género literario, si lo que quieren conocer son los libros de ciencia ficción y no las películas, les voy a ofrecer unas cuantas recomendaciones. Da la casualidad de que recientemente estuve revisando discos del tiempo de Maricastaña, y en algunos encontré las copias de seguridad de un viejo ordenador. Estamos en la época de las redes sociales, pero antes de Facebook y Twitter el internauta se reunía en foros, y antes de eso, en el irc y las listas de correo. Mi primer contacto con aficionados en la Red fue allá por 1995. Me creía solo en esto de la cf y resultó que eramos muchos. En la lista #cienciaficción había una actividad que muchas veces recuerdo con nostalgia. Ya apenas escribe nadie, pero ahí continuamos, casi mil aficionados, en línea todavía sólo por un viejo recuerdo, el de los 2000 mensajes mensuales de media, algunos de ellos auténticos tratados sobre obras del género.
En esos discos rescatados a los que me refería encontré mucha información de entonces, mensajes, extractos, adjuntos... cosas como lo que reproduzco a continuación. La lista con "Las 12 mejores obras de la ciencia ficción" se confeccionó a partir de las aportaciones de unos 50 miembros, todos ellos conocedores de la materia, con un bagaje de lecturas importante. Como moderador que era (uno de varios), me tocó coordinarla y efectuar el cálculo final; por eso la conservo. Es una lista confeccionada desde el fandomismo, con las ventajas e inconvenientes que esto conlleva, pero puedo asegurar que el conocimiento de las obras procedía de su lectura, y que su valoración se había ido construyendo desde el diálogo y el debate. Esto ocurrió en enero de 2002. Los participantes entregaron una lista con sus diez obras predilectas de la ciencia ficción, y luego se sumaron todas. La cifra tras cada título refleja el número de listas en las que este figura. Hubo cuádruple empate por abajo, así que las diez iniciales se ampliaron a doce. Este fue el resultado:


LAS 12 MEJORES OBRAS DE LA CIENCIA FICCIÓN

1. Dune, Frank Herbert ----------------------------------- 24
2. Las estrellas mi destino (Tigre, tigre), Alfred Bester ----- 20
3. Hyperion, Dan Simmons -------------------------------- 17
4. Fundación, Isaac Asimov ------------------------------- 15
5. El juego de Ender, Orson Scott Card ------------------- 14
6. Mundo anillo, Larry Niven ------------------------------ 13
7. Pórtico, Frederik Pohl ---------------------------------- 12
8. Neuromante, William Gibson --------------------------- 11
9. El libro del día del juicio final, Connie Willis -------------  8 
10. 1984, George Orwell ---------------------------------- 8
11. Snowcrash, Neal Stephenson -------------------------- 8
12. Ubik, Philip K. Dick ----------------------------------- 8


Las listas de Jot Down y #cienciaficción coinciden en la mitad de los títulos. Sobran, precisamente, los que estaban presentes por el culto al medio audiovisual y cuyo soporte literario es bueno pero no lo extraordinario que debería ser para considerarlo "lo mejor". Reconforta, sin embargo, comprobar que al menos una obra fundamental y aún desconocida por el gran público como es Los Cantos de Hyperion ya comienza, al igual que la trilogía de El señor de los anillos en su día, a crear un runrún entre los lectores externos. La chocante presencia de Snowcrash es coyuntural, se debe a que el libro acababa de ser publicado hacía unos meses y era, por aquel tiempo, la estrella de la lista. Sigue habiendo ausencias sonadas (Bradbury, Clarke...), pero no responden a motivos espurios como los mostrados en la lista de Jot Down, sino a un proceso de depuración genuino. No se rinde tributo a los padres; Wells y Verne crearon esto, pero sus novelas han sido superadas, no pueden figurar aquí. Obras a las que aún no se ha acercado el séptimo arte, pero absolutamente incontestables, tales como Pórtico, Las estrellas mi destino, Neuromante o Ubik están donde les corresponde, en la lista de la mejor literatura que ha dado la ciencia ficción.
Dado el año de procedencia, 2002, faltan cosas de la última década, la de la normalización y la incorporación de los grandes escritores del mainstream, pero se trata de una lista repleta de obras maestras. Leer cada una de estas novelas es conocer y amar este género tan injustamente tratado. Si lo hacen, quedarán enganchados para siempre. Si quieren continuar disfrutando con las posibilidades literarias nacidas de la especulación científica, con escenarios maravillosos y una literatura que abre la mente (más incluso que viajar) pueden ir más allá de doce y continuar su andadura hasta cien. Se han publicado varias guías de la ciencia ficción editada en castellano, pero a continuación les propongo las tres que yo encuentro más significativas.


Ciencia ficción. Las 100 mejores novelas

El libro de David Pringle cuenta con una selección realizada desde una subjetividad confesa. Es muy importante el elemento literario, pero también la forma personal de entender el género. Ambas cosas se hacen patentes en los comentarios que Pringle hace sobre las distintas obras, y a los que además sólo se puede entrar si no se siente animadversión por el destripe. Se trata de una selección que contiene el espíritu de Interzone, la revista que dirigió Pringle, y en la que sobrevuela el aroma de la new wave. En el momento de ser publicado aquí, 1990, era imposible acceder a muchas de las novelas citadas porque, sencillamente, aún no se habían publicado en nuestro país.
Tras una breve presentación del gran editor de la new wave, Michael Moorcock, Pringle abre fuego con una frase por la que, visto lo comentado al principio de esta entrada, parece que no han pasado las décadas: "Hoy, para mucha gente, la ciencia ficción (...) significa películas cinematográficas". A continuación da una definición de las más lúcidas con las que me he encontrado: "Ciencia ficción es una forma de narrativa fantástica que explota las perspectivas imaginativas de la ciencia moderna". Ya en su día di la propia, bastante coincidente con esta. Muchos de los nombres que aparecen en esta guía constituyen en sí mismos una declaración de principios, y visto el paso del tiempo, señalan a Pringle como un gran visionario. La selección sólo llega hasta 1984 (el año, no el libro). Aquí tienen la lista:
· Las 100 mejores novelas.


Ciencia ficción. Guía de lectura

Miquel Barceló fue, durante muchos años, el pope de la ciencia ficción española. Su visión campbelliana del género como "literatura de ideas" en la que lo importante era la especulación científica marcó a toda una generación de aficionados influidos por sus artículos y, sobre todo, por esta guía de lectura. Yo fui uno de ellos. Desgraciadamente, Barceló se quedó enquistado en su posición y la evolución de la cf, cuya apertura al mundo vino de la mano del tipo de literatura que él despreciaba (Ballard, Dick, Gibson), le dejó atrás. Retirado del mundanal ruido, su nombre vuelve a aparecer cada cierto tiempo en algún diario para anunciar la muerte de la ciencia ficción, precisamente en el mejor momento de su historia.
Detalles como este y el recurrente anuncio de su Nueva guía de lectura, que a pesar de las continuas promesas no llegó a ser publicada (cosa que sólo puedo lamentar), le hicieron un flaco favor a su imagen. Paradigma del tipo de aficionado que se niega a crecer, la importancia de Barceló y de este libro para la ciencia ficción española no puede ni debe ser ninguneada. Yo y muchos otros debemos nuestro amor por la hard sf, el subgénero que con mayor puridad puede ser catalogado como ciencia ficción, a ellos. En esta guía encontrarán todas las obras importantes del género en su concepción dura, la cf tal como la diseñó John W. Campbell Jr., editor de la revista Astounding Science Fiction y responsable de que el género primara la rigurosidad científica por encima de valores más literarios.
Este libro fue publicado hace casi 25 años, la selección de obras no va más alla de 1990. Aún así, muchas de las 100 que en ella figuran son absolutamente imprescindibles. Por otra parte, hay mucha más información en sus páginas, un listado de autores, de movimientos internos, de cf española y bastantes cosas más. Pero lo que nos ocupa hoy son las obras, así que aquí tienen la lista:
· Los cien mejores títulos.


Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX 


La obra más reciente dedicada a hacer un repaso de los libros fundamentales de la ciencia ficción tiene ya más de diez años. Fue publicada por La Factoría de Ideas en el año 2001 y está confeccionada con las opiniones de varios críticos, auténticos conocedores del género, todos ellos procedentes del fandom (Alberto Cairo, Antonio Rivas, Eugenio Sánchez Arrate, José Miguel Pallarés, Juan Manuel Santiago, Julián Díez y Luis G. Prado). El proyecto fue coordinado por el propio Julián Díez, quizás el mayor conocedor del género en España, y su manera de entender la cf se hace notar en el contenido, mucho más aperturista que el de la Guía de Lectura de Barceló. De hecho, hay una sección dedicada a obras pertenecientes al slipstream, un subgénero cuya existencia siempre he considerado absolutamente artificial y que designaba aquellas obras cuyo componente de cf no era muy marcado, y que por ello tenían su sitio en el mercado de literatura generalista. Desde hace años, dada la avalancha de obras con esas características publicadas fuera del genéro y consideradas desde la normalidad, aquella estrategia es ya innecesaria y la denominación prácticamente ha desaparecido. Al margen de ese detalle, la lista de títulos de obras "clásicas" no sólo centra su interés en lo científico, sino también en la carga literaria, lo cual la convierte, a mi gusto, en una guía mucho más interesante que la anterior. Todos ellos pueden ser consultados aquí:
· Las cien mejores novelas.
Reproduzco, también, la reseña que mi alter ego escribió tras la publicación del libro para el número 12 de la revista Solaris:

Más de 10 años han pasado desde que Miquel Barceló publicara su Guía de lectura, y ya se echaba de menos la aparición de alguna obra de corte similar que aportara un punto de vista distinto, más actualizado. Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX viene a cubrir, en plena efervescencia del género en nuestro país, una necesidad de recapitulación y de, por qué no, asesoramiento para todo aquel recién llegado que quiera disfrutar de lo mejor que ha ofrecido la literatura de ciencia ficción a lo largo de la anterior centuria.
La creación de una guía literaria de carácter orientativo siempre está expuesta al falseo que aporta la subjetividad; por su afán canónico, cobra especial importancia la diversificación de opiniones en su construcción. En eso, precisamente, estriba el auténtico valor que convierte a esta obra en única, ya que se ha edificado sobre las diferentes valoraciones de ocho críticos especializados, lo que dota al resultado de un eclecticismo realmente saludable. Todos los subgéneros que han ido confeccionando la ciencia ficción tal como la conocemos están representados: desde la Epoca Clásica hasta la década de los 90, pasando por el cyberpunk o la new wave, mediante las obras que les dieron fama. Quizás, producto de las limitaciones autoimpuestas, sólo Visiones peligrosas, de Harlan Ellison, destaca como ausencia representativa.
Siempre dentro de un formato esquemático, la lista de 100 mejores novelas traducidas al castellano se completa con 20 antologías monográficas, 15 obras españolas y otras 15 pertenecientes a esa extraña depuración denominada slipstream, consideradas todas ellas como las mejores en sus respectivos apartados. Evidentemente, no todo es perfecto. Se puede detectar algún error en la datación de premios y en la disposición de fechas, pero aún así, Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX es una obra de contenido irreprochable.


En las páginas de estos tres libros encontrarán lo mejor que ha dado el género de ciencia ficción en más de cien años de historia. Los puntos de partida de estas selecciones varían, conceptualmente parten de modos de ver el género distintos, pero hay muchas títulos que se repiten en todos. Empiecen por ellos si quieren, aunque yo les aconsejo que se sumerjan en las distintas propuestas hasta encontrar aquella con la que más coincidan. Hay un dato importante que habrán de tener en cuenta. Desde hace 13 años no tenemos una nueva guía. No es un asunto baladí, puesto que la omisión no afecta sólo a las grandes novelas que ha dado el género en estos últimos años (Luz, La chica mecánica, Accelerando...), sino a la crónica de un hecho fundamental en la historia de la ciencia ficción: su triunfo y normalización, su aceptación por parte de escritores, lectores y críticos procedentes de la literatura convencional. En estos años han caído premios literarios tales como el Pulitzer a una obra de cf; el Nobel a una escritora, entre otras cosas, de cf; han proliferado los best-sellers de cf y, sobre todo, la cf ha recalado en las manos de los más prestigiosos autores de la literatura mundial. Todas esas obras, esos datos, deberían ser reseñados. Y no sólo para que los podamos disfrutar en el futuro, sino para dar constancia de ellos, para que las viejas glorias, osificadas y fatuas, se pongan al día, para que la cf tenga todo el respeto que se merece y para que nadie vuelva a endilgarle una lista de sus mejores novelas, así, con desgana, a los cracks de la redacción que saben de todo y de nada.


jueves, 3 de abril de 2014

Philip K. Dick. Fluyan mis lágrimas, dijo el policía

Las buenas noticias hay que comunicarlas con inmediatez. Ya está disponible, en descarga gratuita, el último número de Hélice, la revista especializada en ficción especulativa. Se trata de la decimoséptima entrega, el tercer número del segundo volumen en la numeración moderna. Pueden hacerse con ella y con todas las anteriores en la propia página web de Hélice. Tras el sumario de este último número tienen una crítica publicada en el anterior. En ella, Santiago L. Moreno analiza Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, uno de los libros importantes de Philip K. Dick, el autor que más presencias suma en este blog.

Reflexiones:
-«Panorama de la ficción científica y especulativa española moderna y su recepción hasta la guerra civil de 1936», por Mariano Martín Rodríguez
-«Los mundos imaginarios de la literatura fantástica portuguesa», por António de Macedo
-«Ain't no Techno-Thriller in here, Sir!», por Pascal Lemaire
Textos Recuperados:
-The Two Ships por Adam Gerencsér
Críticas:
-Jack Kirby: El cuarto demiurgo, por Fernando Ángel Moreno
Doble Hélice:
-La cuadratura del círculo de Gheorghe Sasarman



Transrealismo, lisergia y un aire para laúd


Uno se pone a hablar de Philip K. Dick y no acaba nunca. Siempre hay algo que decir sobre el autor y su obra. El libro en el que se centra esta crítica es sumamente importante en su carrera, notable en el orden literario y crucial en lo personal. Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, cuyo título procede de una obra para laúd compuesta por John Dowland en el siglo XVI por la que Dick sentía devoción, es una de las tres únicas novelas premiadas del escritor; consiguió el John W. Campbell Memorial en 1975 y fue nominada a los dos premios grandes de la ciencia ficción, el Nebula y el Hugo. En sus páginas, el de Chicago ahonda en sus obsesiones de siempre, la realidad alterada, la falibilidad de la percepción y la duda sobre la identidad. Es, debido a su calidad intrínseca, una de las novelas dickianas más reseñables, pero antes de pasar a desgranar su contenido narrativo se hace obligado mencionar algo de su contexto, la trascendencia que éste tuvo en la degradación mental de Dick, la persona.
Es sabido que, en noviembre de 1971, Philip K. Dick denunció un robo en su vivienda de Santa Venetia. Buscando un motivo para lo que no suele tenerlos, su desquiciada mente hiló teorías conspirativas que tenían que ver con sus escritos. Según cuenta Emmanuel Carrère en la biografía que escribió sobre el norteamericano, Dick pensó que la causa del hurto podía estar escondida en las páginas de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, una novela que había abandonado hacía un tiempo y en cuya historia, comenzaba a creer, debían de encontrarse datos o hechos coincidentes con la realidad. Le habían llegado rumores de que los efectos de la droga que aparecía en la novela asemejaban los producidos por un derivado del LSD con el que experimentaba la CIA. Y no sólo eso. Pensando en ello, empezaba a darse cuenta de que el presidente de los EE.UU. y el país distópico que describía en el libro podían guardar similitudes con Richard Nixon y sus secretos planes de futuro, planes de tintes comunistas.
Si esto suena perturbador, lo siguiente va unos grados más allá. En el texto de un discurso que fue invitado a dar en la Universidad de Missouri y al cual tituló “Cómo construir un universo que no se derrumbe en dos días” (discurso que en realidad no llegó a dar y que fue publicado como ensayo años después de su fallecimiento), Dick detalla las numerosas coincidencias que su novela guarda con sucesos reales acaecidos posteriormente y -esto es lo más gordo- con acontecimientos descritos en la Biblia, concretamente en los Hechos de los Apóstoles, cuyo contenido él decía no conocer. De todo esto, Dick extrajo la conclusión de que el tiempo no es como creemos, que alternamos dos realidades, la convencional y otra radicada justo tras la muerte de Cristo. Esa fue la tesis que, potenciada por el conocido suceso epifánico del colgante piscis, defendió en la convulsa conferencia de Metz en la cual se destapó su locura.
Ante estos episodios hay que concluir que Fluyan mis lágrimas, dijo el policía es, al margen de su contenido literario, un libro fundamental, decisivo en la biografía de Dick. Pero a pesar de ello, no hay que buscar en él los motivos de su locura. Quien acometa la lectura de esta novela con la intención de desentrañar algún tipo de misterio causal, de encontrar la fuente de los desvaríos de su autor, quedará decepcionado. En sus páginas no va a encontrar otra cosa que una de esas extrañas historias escritas por el gran ilusionista de las realidades impostadas, una trama de ciencia ficción que, como la mayoría de las imaginadas por el autor, va a introducir en la mente de quien lo lee, de una forma tan efectiva como poco ortodoxa, la desorientación del protagonista y sus dudas sobre la solidez del mundo perceptible.
En esta novela vuelve a apreciarse una de las más extrañas características con las que cuenta la escritura de Dick, esa gran capacidad para interesar al lector y traspasarle la sensación de haber leído un buen libro a pesar de haber utilizado para ello fundamentos literarios más bien pobres. Incluso dentro del género de la ciencia ficción, generalmente permisivo con este tipo de cuestionamientos, existe el convencimiento (al igual que ocurre con Isaac Asimov) de que Dick no fue un buen literato. No posee un gran vocabulario, no se sirve de tropos floridos y tampoco estructura correctamente sus libros. Esta novela, al igual que otras muchas, está construida de una manera rara, dislocada. Comienza con un pasaje que parece crucial y que no tiene incidencia en el desenlace de la historia. Diferentes personajes se rifan el protagonismo, apoderándose unos y otros de distintos momentos de la narración sin un claro motivo. Ideas y subtramas antes ausentes aparecen y cambian el ritmo de la historia de un momento a otro, y hay un epílogo a modo de ¿qué fue de? seguramente prescindible. Y sin embargo, todo parece tener sentido durante la lectura.
Las primeras páginas del libro tienen como personaje central a Jason Taverner, un famoso showman televisivo que presenta un programa de variedades de gran audiencia. Una admiradora despechada le ataca una noche arrojándole una criatura que hunde sus seudópodos en su pecho. Taverner se desvanece y despierta en un universo que no parece ser el suyo. Nadie recuerda su existencia, carece de documentación y ni siquiera consta en las bases de datos de la policía. A mitad de novela, la responsabilidad de la narración se traslada al comisario de policía Felix Buckman, quien mantiene una relación incestuosa con su hermana y tiene la responsabilidad de atrapar al hombre inexistente. El desenlace, la explicación de lo que le ha pasado a Taverner, no guarda relación alguna con la desequilibrada admiradora del principio, sino con una droga que ha consumido -y he aquí lo inconfundiblemente dickiano- otra persona.
Con respecto a esa heterodoxia, Kim Stanley Robinson, cuya tesis doctoral versó sobre las novelas de Philip K. Dick, afirma que si éste no llegó a encabezar la New Wave fue porque sus propuestas eran bastante más extremas que las del innovador movimiento. Como he mencionado antes, las narraciones de Dick no son uniformes, y gustaba de introducir alguna que otra extravagancia en medio de ellas, como por ejemplo los párrafos en aleman y las líneas teatrales intercaladas en el texto de Una mirada a la oscuridad, pero donde realmente se rebela contra la ortodoxia es en el contenido de sus historias. La aparición del rostro equivocado en una moneda exige al lector de Ubik hacer un esfuerzo e ir más allá de toda lógica. En Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, Dick propone una idea absolutamente audaz e inesperada. Es la historia de alguien que trastoca la realidad, pero no contada desde el punto de vista del sujeto, sino de otra persona que aún recuerda la originaria y no sabe nada del cambio.
Los relatos de Dick ponen a prueba la mímesis aristotélica. El elemento fantástico no actúa sobre su propio universo ficticio siguiendo una pauta lógica, no sigue una coherencia identificable con la realidad. El estilo con el que Dick elabora sus historias contamina la zona perceptiva con la que el lector juzga la relación entre el universo narrado y el real. Por ejemplo, si un individuo se droga, debería afectarle sólo a él, no a otra persona; o en todo caso, a su realidad, no a la de los demás. Pero así ocurre, sin embargo, en esta novela. Dick obvia ese pacto de verosimilitud, lo cual incrementa la sensación de irrealidad en el lector, pero a costa de estirar peligrosamente la suspensión de incredulidad. Si se coloca el foco sobre el autor puede llegarse a la conclusión de que Dick escribe las novelas por impulsos, según se le van ocurriendo, y que todo esto parte de un proceso negligente, no deliberado, pero si se mira el resultado final y se hace caso exclusivamente al libro, la impresión que se obtiene es la de haber leído una obra tan fascinante como audaz.
En cuanto a su contenido particular, esta novela presenta muchas de las recurrencias habituales en la obra de Dick. Al igual que en libros anteriores, el humor viene dado por la franqueza de los personajes, los cuales, lejos de sorprenderse ante las increíbles implicaciones de lo que van descubriendo, lo asimilan con normalidad, actitud que produce un efecto risible en ciertos diálogos. Es significativo que el pasaje más cómico de la novela ocurra precisamente durante la explicación del misterio (pag. 244), como si el propio Dick se riera de lo que propone. Por otra parte, la droga, elemento muy común en la obra dickiana, juega aquí un papel fundamental como elemento distorsionador, no sólo de la realidad, sino también del propio devenir de los personajes. La droga dispara la trama (el bicho tentacular con el que es atacado Tavernier), es la causante del misterio (a través de Alys, la hermana adicta de Buckman) y conforma la sociedad paralela en la que despierta el protagonista.
Al igual que en novelas anteriores, Dick vuelve a evidenciar su preocupación por aquello que determina la cualidad humana. Fluyan mis lágrimas, dijo el policía muestra en primera lectura puntos en común con ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Hay coches voladores ("sutiles" en la traducción), se hace referencia a colonias marcianas, el protagonista es un seis (un ser humano genéticamente modificado) y hay muñecos llamados Risueño Charly de cuyos labios sale la verdad como si de un oráculo se tratara, pero el mayor punto de contacto entre ambas obras se encuentra en el diálogo que mantienen los hermanos Alys y Félix. El cruce dialéctico que mantienen en la comisaría (el mismo lugar en el que sucede en la novela que dio origen a la película "Blade Runner") profundiza en la cuestión de qué nos hace humanos. Alys se cuenta entre los adictos que se han sometido a una intervención quirúrgica en el cerebro. En ella les extirpan los centros humanos del cerebro, salvo los responsables del placer, lo cual revierte en una significativa falta de empatía. Esta circunstancia da pie a una interesante conversación que deja constancia de la gran importancia que le da Dick a quienes piensan y sienten de forma distinta al resto.
Hay otro aspecto relevante en la novela y que tiene mucho que ver con el género al que pertenece. Sin llegar a las cotas de significación presentes en El hombre en el castillo, el cruce de realidades que Dick desarrolla en este libro lo incluye a la par en los subgéneros de la ucronía y la distopía. La línea temporal paralela a la que es desplazado Jason Taverner aparece casi siempre en segundo plano, al fondo de la trama principal, pero los detalles que deja entrever de ese mundo (y del que él mismo proviene) son terribles. Hay campos de trabajo forzado para quienes delinquen, pero también para los estudiantes, que están recluídos en diversos campus ahora vallados, convertidos en hordas hambrientas. Todos los ciudadanos se drogan, un hecho homologado por el Estado y controlado por medio de cartillas selladas. Y lo más terrible: casi toda la raza negra ha sido asesinada o esterilizada, conducida hasta el borde del exterminio. Que Dick llegara a creer que podía haber puntos en común entre esos EE.UU. ficticios y los planes de Richard Nixon da cuenta de su estado mental.
Fluyan mis lágrimas, dijo el policía sólo ha dejado huella entre los aficionados a la ciencia ficción. Lógico por una parte, puesto que su temática y la presencia de algunas manías internas entroncan directamente con lo que se suele encontrar en el género. Por ejemplo, Dick menciona de pasada grandes títulos de la literatura universal como En busca del tiempo perdido o Finnegan's Wake, pero se limita a citarlos sin profundizar en ellos, como para, mediante su presencia, darle una pátina de distinguibilidad al texto. Sin embargo, junto a este tipo de añagazas se encuentran pasajes de gran profundidad, como el que recoge el extraordinario diálogo que mantienen Tavernier y una envejecida Ruth Rae sobre la naturaleza del amor y el correspondiente dolor posterior.

Uno ama a alguien, y de pronto desaparece. Viene a casa un día, comienza a hacer las maletas, y dices: “¿Qué sucede?”. Y te contesta: “Tengo una oferta mejor de otra persona”. Y se va.

En ese mismo orden de cosas, el extraño capítulo 27, verdadero final del libro si obviamos el innecesario epílogo, se beneficia de un marcado tono intimista. Como ocurre también en muchos momentos de Una mirada a la oscuridad, da la sensación de que es el propio Philip K. Dick, y no el personaje de la novela, quien reflexiona ante el lector. Las lamentaciones de Félix Buckman por la muerte de su hermana parecen una transposición de las suyas por el temprano fallecimiento de su gemela, un hecho trágico que atormentó al escritor norteamericano durante toda su vida. El nivel de profundidad que consigue imprimir en gran parte de su producción de los años 70, no sólo en esta novela, se debe principalmente al carácter autobiográfico que volcó en ella. Las obras escritas en esa década representan, sin duda alguna, la cima literaria del autor.
Treinta años después de su muerte, Philip K. Dick se ha convertido en un autor muy popular. Hasta hace poco se aseguraba que eran dos los grandes temas de la literatura: el amor y la muerte. Yo diría que tras Dick y su puesta en duda de la realidad, ese número ha aumentado a tres.



La versión original de esta crítica fue publicada en el nº 16 de la revista Hélice.