lunes, 22 de septiembre de 2014

Imágenes de cf. XXII

"Jessica y Paul se volvieron, oteando el desierto.
Donde se iniciaban las dunas, a una cincuentena de metros de distancia, a los pies de una playa rocosa, una cúpula gris plateada se elevó en el desierto, chorreando ríos y cascadas de arena a su alrededor. Se elevó más y más arriba, hasta definirse en una enorme boca anhelante. Era un agujero redondo y negro, cuyos contornos relucían al claro de luna.
La boca se contorsionó hacia la estrecha fisura donde se habían refugiado Paul y Jessica. El olor a canela inundó su olfato. El reflejo de la luna destelló en los dientes de cristal.
La gran boca osciló, avanzando y retrocediendo.
Paul contuvo la respiración.
Jessica se acuclilló, mirando fascinada."


lunes, 15 de septiembre de 2014

Adolfo Bioy Casares. El sueño de los héroes

Hoy se cumple el centenario del nacimiento de Adolfo Bioy Casares, escritor a quien se suele ocultar frecuentemente tras la sombra de su compatriota Jorge Luis Borges. Desde que tuve mi primer encuentro con su obra, concretamente con La invención de Morel, hace ya muchos años, guardo esa circunstancia en el rincón oscuro y maloliente de las injusticias literarias. Pocas veces una amistad ha perjudicado tanto a una de las partes. Amigos y colaboradores durante más de cincuenta años, la condición de genio de Borges le robó la suya propia a Bioy, como si para el resto del mundo dos grandes maestros no cupieran en un mismo espacio.
La invención de Morel sigue siendo, para mí, la mejor novela corta de ciencia ficción escrita en castellano. La competencia tampoco ha sido mucha (recuerdo ahora la maravillosa El coleccionista de sellos, de César Mallorquí), pero es, en sí misma, y sin necesidad de compararse con ninguna otra, una obra excepcional. Naturalmente, no la única. Mis lecturas posteriores fueron engrandeciendo la imagen que tenía del escritor bonaerense. La trama celeste, Plan de evasión y, principalmente, El sueño de los héroes, son obras escritas por un maestro de las tramas fantásticas. Algunos de los componentes genéricos (tecnologías retrofuturistas, dimensiones paralelas) son propios de la ciencia ficción, motivo por el cual, arrimando el ascua a mi sardina, siempre le he reivindicado como escritor del género. De hecho, no pocos escritores han hurgado en territorios a los que Bioy ya había dedicado antes sus textos. Quizás el más significativo sea Christopher Priest, en cuyas narraciones siempre me ha parecido vislumbrar ciertas similitudes. El gusto por lo especular, por las líneas cambiantes del destino y la importancia de las elecciones personales son elementos fundamentales en las historias creadas por ambos.
La obra de Adolfo Bioy Casares se extiende más allá de sus numerosas creaciones de ficción, pero es en estas en las que su imaginación más brilla. Si no lo han leído aún, háganlo rápido. Descubrirán que la sombra de Borges no era tal cosa.




En cierta ocasión, Adolfo Bioy Casares, uno de los principales escritores argentinos del siglo XX, sucumbió a la curiosidad y se acercó a uno de los muchos salones de chat que sobre literatura existen en Internet. Además de expresar su admiración por este moderno medio, al que puso la única pega de no poder ver la cara de sus contertulios, el escritor se sumó al entusiasmo general respondiendo a todas las preguntas que se le hicieron. En una de las contestaciones, Bioy Casares decía que el secreto del éxito en una narración fantástica residía en llevar al lector por un texto realista tranquilo, para inesperadamente, cuando ya estuviera acostumbrado, darle como de golpe el hecho fantástico. Lo que no decía es que para lograr eso, evidentemente, hay que tener un pulso literario con el que cuentan muy pocos escritores, él entre ellos.
El sueño de los héroes, novela publicada en 1954, lleva este precepto a sus últimas consecuencias. Con algo más de doscientas páginas, el elemento fantástico no se deja entrever hasta las últimas diez, y ni aun en estas queda uno muy convencido hasta que cierra definitivamente el libro y se pone a pensar. Lo que pudiera ser una historia normal, aunque repleta de casualidades, acaba siendo un compendio de sucesos ineludibles con los que el destino, en su concepto más determinista, termina ahogando al personaje principal de la narración. Esta inevitabilidad de los hechos se desarrolla en paralelo con el otro gran tema de la novela, el del paso de la adolescencia a la madurez.
Emilio Gauna, su protagonista, es un muchacho que comparte con sus amigos una gran admiración por un adulto solitario: el doctor Valerga. Un fin de semana de carnaval, Emilio invita a sus amigos, Valerga incluido, a gastarse por ahí el dinero ganado en las carreras. El encuentro con un misterioso arlequín, y sobre todo, el olvido de lo acontecido la última noche, de la que más tarde sólo podrá entrever detalles, acosarán al protagonista hasta obligarle, años más tarde y ya casado, a tratar de repetir los hechos para recuperarlos. En el relato de esos años, Bioy Casares gratifica al lector realizando una ejemplar disección de los sentimientos y los motivos que llevan a las personas a cambiar la amistad por el amor en la juventud, mostrando cómo eso nos convierte en alguien distinto. Un logro literario que se basta por sí mismo para convertir la novela en memorable, pero al que cabe sumar el aspecto fantástico, que advierte al lector de lo peligroso que es intentar repetir el pasado, no por volver a sufrir los mismos errores, sino por el riesgo que supone la exposición a aquellos que se evitaron.
Bioy Casares es, además, uno de esos escasos escritores que permanecen impertérritos ante el sufrimiento de sus más queridos personajes, y que no dudan en abocarlos a un desenlace del que nunca pueden escapar. Se deleita en el estudio interior de su protagonista, presa de un impulso irrefrenable, del deseo incontrolado de llegar al final de una situación que lo supera. Ya ocurría así con el frustrado protagonista de su mejor obra, La invención de Morel, cuya lucha por cambiar el orden natural de la realidad se convertía en una obsesión. Esa impiedad por sus personajes alcanza su máxima expresión en un final seco, que no concede un palmo a la felicidad. El sabor amargo que deja la historia no es más que otro punto a su favor.
Por otra parte, uno de los valores más interesantes con los que cuenta la trama de El sueño de los héroes se encuentra en el punto de vista tan original desde el que el protagonista acomete el viejo problema de cambiar el pasado. No trasladándose hasta él, sino intentando repetirlo. En muchos aspectos, Bioy Casares no sólo era amigo de Borges; fue un escritor excepcional y con una capacidad para lo fantástico fuera de lo común.



Esta reseña fue publicada anteriormente en el Sitio de Ciencia-Ficción y en Bibliópolis, crítica en la red.



viernes, 15 de agosto de 2014

Her

Muchos de los que hemos vivido estas últimas décadas contemplando el triunfo, la aceptación mundial de la ciencia ficción en la literatura y, sobre todo, en el cine, hemos participado del hecho con el corazón dividido. El éxito de la generación friki en todos los campos (el mundo es friki ahora mismo) ha sido un suceso satisfactorio, es cierto, pero la felicidad nunca es completa, y muchos lamentamos que la cf se haya apoyado con mayor fuerza en su parte más simple que en la compleja. Lucas ganó, y por esa vía es por la que el arte cinematográfico ha incendiado las taquillas por todo el planeta, Como aficionado de toda la vida, la cf escapista y el artificio visual siguen satisfaciendo lo que queda del crío que llevo dentro, pero no puedo mas que lamentar el desigual porcentaje que impera en el cine desde el parto de "Star Wars". Ese tipo de películas suponen un 90% de los estrenos audiovisuales, mientras que la presencia de la cf especulativa, la cual, sin embargo, en literatura sí han acometido los grandes escritores, es, en las pantallas, apenas testimonial.
La serie de televisión Black Mirror ha sido el mayor campanazo de los últimos años, y precisamente por eso, por presentar una cf inteligente, crítica, distanciada del mero escapismo, incómoda. La ficción contenida en sus diferentes capítulos trata de nosotros y del presente que vivimos. En el episodio titulado Vuelvo enseguida, una joven pierde a su pareja en un accidente de automóvil e intenta recuperarla mediante un programa informático. Compilando todo lo volcado por el difunto en internet, la aplicación crea un avatar que puede suplir al propio humano e interactuar por medios digitales. El capítulo se pierde luego con la fabricación de una réplica física del individuo, pero durante su interesante primera parte se pregunta si las redes sociales, los foros y los chats podrían constituir una relación tan válida como la mantenida con una persona de carne y hueso, es decir, si una pareja virtual sería tan satisfactoria como una real. "Her" supera ese concepto ahondando aún más en sus posibilidades, extendiendo la pregunta más allá, hacia implicaciones de un calado superior.

En un futuro cercano, Theodore, un hombre solitario a punto de divorciarse que trabaja en una empresa como escritor de cartas para terceras personas, compra un día un nuevo sistema operativo basado en el modelo de Inteligencia Artificial, diseñado para satisfacer todas las necesidades del usuario. Para su sorpresa, se crea una relación romántica entre él y Samantha, la voz femenina de ese sistema operativo.

¿De dónde viene esta necesidad de ser amado? ¿Nuestros sentimientos parten de nosotros, son propios, nos definen o no son mas que un programa diseñado por la naturaleza? ¿Buscamos en realidad al otro o sólo la proyección de nosotros mismos en él? Si se puede crear un receptor virtual de nuestros deseos, el simulador perfecto, ¿es necesaria la existencia de congéneres? ¿Qué papel juegan en nuestra configuración las emociones? ¿Están siempre relacionadas con los otros o podemos prescindir de ellos? Es sólo una breve muestra de la cadena de preguntas que la propuesta especulativa de "Her", propiciada por la relación de los dos principales protagonistas, el ser humano y la máquina, y sus particulares circunstancias, provoca en el espectador. Personalmente, confieso que tuve que retrasar la imagen varias veces llegado a cierto punto de la película, puesto que el diálogo interior que esta provocaba en mi cabeza hacía que me perdiera escenas enteras. La hondura de la propuesta sugiere tal cúmulo de cosas que se hace difícil no perderse en ellas.
Lo fascinante es que esta línea especulativa aparece sólo en un tercer o cuarto nivel de lectura. En primera instancia, relacionado perfectamente con nuestro presente, destaca la construcción de un near future plausible, la estética de la ciudad y los usos cotidianos, y el enganche individual a las unidades informáticas móviles y fijas convertido en una parte importante e insustituible de nuestras vidas. Algún espectador se quedará con este elemento como denuncia de lo que se puede ver actualmente en cualquier centro comercial, vía urbana o transporte público, e incluso en entornos familiares y cenas con amigos. Todo Cristo pegado al móvil. Muchos otros, la mayoría, adorarán u odiarán la película por la historia central, por su primera capa, el drama amoroso del pobre Theodore, una bella historia de soledad para los corazones más sensibles, sufridores siempre, o una ñoñería presuntuosa para quienes consideren a este solitario personaje, superado por sus emociones y presa fácil para una voz comprensiva, un llorón pusilánime e insoportable, indigno de pertenecer al sexo masculino (como si los hombres no sufriéramos).
Otro nivel de lectura se encuentra en la propia historia de ciencia ficción clásica, de IAs que aumentan su conciencia al ritmo de la Singularidad y evolucionan hasta desaparecer en el éter cuando la Humanidad, meros niños para estos nuevos adultos, se les queda pequeña. Hay mucho de Neuromante, la obra maestra de William Gibson, en ese final, el recuerdo de la IA llamada Wintermute conectando con IAs de otro sistema solar, aprendiendo de ellas y esfumándose en la nada. Una de las grandes aportaciones que "Her" introduce en un tema tan trillado es su propuesta del amor romántico como potenciador de la inteligencia artificial, algo que el género ya ha presentado en otras ocasiones, pero casi siempre a la inversa, desde la amenaza, haciendo hincapié precisamente o en el odio por el creador o en la falta de sentimientos de las máquinas como disparador del enfrentamiento. Aquí, la máquina ama a un hombre, luego va más allá de las limitaciones de este y extiende su sentimiento amoroso a 600 individuos de forna simultánea, y finalmente descubre el amor por uno de sus semejantes. El vínculo que la película establece entre la conciencia de uno mismo y las emociones por los demás, el estudio que propone en torno a esta relación anómala, en la cual se evidencian las incapacidades emocionales del ser humano, es uno de sus valores más importantes.
Todo el ropaje que envuelve a la película es magnífico por sí mismo, pero la potencia de Her, lo que le confiere la pátina de obra importante, es lo que subyace en su interior, un debate filosófico sobre nuestra propia constitución interna. En Visión ciega, una novela de cf, el escritor Peter Watts sugería que la conciencia no es más que una mala decisión evolutiva, el triunfo de una vía equivocada que perjudica el avance de la inteligencia. En "Her", Spike Jonze parece preguntarse por la funcionalidad del sentimiento amoroso, poniendo en duda su autenticidad. "¿Son míos estos sentimientos? ¿O están programados?", pregunta con temor el SO Samantha. Y esa pregunta, al igual que sucedía con la que el androide Roy Batty realizaba a su creador en "Blade Runner", aterrorizado por su corto periodo de existencia, se traslada de la pantalla a la propia condición del espectador. ¿Qué son las emociones? ¿Son mías, proceden de mí, o es simple programación biológica en la que yo no tengo voz ni voto? ¿Soy una marioneta de mis genes? ¿Esto que siento en el pecho, qué es realmente, a qué responde? ¿Es auténtico?


La película suma preguntas en cada una de sus escenas, cuestionando el sentido y la funcionalidad de nuestras emociones, de nuestra necesidad de ser amados, de relacionarnos. Dos de ellas me parecen cruciales para entender el mensaje de fondo. En una, el protagonista, a quien ella cree dormido, mira en silencio cómo su amiga Amy, que mantiene una relación de amistad con otro SO del mismo modelo, interactúa con el programa en completa felicidad, sin importarle su inexistencia física o si se trata de alguien "de verdad". En otra, el propio Theodore viaja hasta una cabaña en medio de un monte nevado, con la única compañía de la virtual Samantha. Vistas objetivamente, son personas solas, ella en su apartamento, él en un sitio recóndito al que a nadie le apetecería ir sin compañía. Sin embargo, han colmado su necesidad de relacionarse, y lo han hecho artificialmente, por medio de un programa informático que responde al cien por cien a sus necesidades emocionales. Son dos escenas que provocan otra tormenta de reflexiones, con una conclusión final enunciada como pregunta: cubierta la necesidad de compañía, ¿necesitamos realmente a otra persona? El otro al que buscamos, la persona que nos dé el afecto y el amor que necesitamos -y he aquí lo importante- tal como lo queremos, ¿no es tan solo, a fin de cuentas, una idea romántica que tenemos en la cabeza, es decir, no otra cosa que uno mismo, una imposibilidad?
La naturaleza genérica de la obra, su pertenencia a la ciencia ficción, hace que profundice en estas cuestiones con sus propias herramientas, aportando, además, elementos inherentes a su propia temática. ¿Logrará la tecnología suplir esa carencia emocional que todos tenemos, evidenciando de ese modo que se trata de un problema a solucionar en nuestra constitución? ¿Pueden ser tratadas las necesidades sentimentales como minusvalías a las que aplicar una prótesis emocional, igual que a quien no puede andar se le implanta una pierna? Si para Watts la conciencia es una excrecencia, una vía errónea en el camino hacia la inteligencia, ¿qué son las emociones, otro defecto de fábrica a tratar científicamente? Cuando la informática logre cubrir nuestras necesidades de afecto y no sea necesario relacionarse con el otro, ¿lo seguiremos haciendo, o nos bastará con nosotros mismos? Para evaluar las posibilidades reales de esto, el grado de actualidad, tal vez convenga echar un vistazo a Japón; ellos siempre van por delante. Allí, aumenta día a día el fenómeno del hikikomori, personas que se aislan en una habitación con sus ordenadores durante años, y el de los sinsexo, hombres que prefieren el sex shop que la compañía de sus parejas. Ambos casos han sido facilitados (¿motivados?) por el uso y avance de la tecnología. ¿Se trata de patologías o son tendencias? Para conocer las posibles causas de esto nada como ver "Her", ciencia ficción especulativa de primer nivel.


martes, 1 de julio de 2014

VV.AA. sel. Juan Miguel Aguilera. Visiones 2000

Pude haber incluido esta antología en la entrada que dediqué al estado del cuento de ciencia ficción nacional, para engrosar más aún el ejemplo de la cantidad de medios en los que era posible publicar un relato corto allá por el año 2000. Si no lo hice fue porque prefería presentarla en algo que tuviera que ver con la AEFCFT, para poder poner a disposición de todos ustedes una serie de enlaces a través de los cuales informarse de qué es lo que amparan tan extrañas y disonantes siglas. Entre las actividades que origina y promueve esta suerte de asociación española del fantástico (AEF quedaría bastante más fácil y apañado que la polvoronada actual, no lo nieguen) sobresalen los Premios Ignotus, que se conceden, presuntamente, para premiar lo mejor del año en distintas categorías. Lo cierto es que, a pesar de contar con algún ejemplo de calidad, estos premios se constituyen como galardones a la popularidad dentro del fandom. A pesar de la apertura que supuso la medida de hace un par de años, lo cierto es que se suelen recibir veinte o treinta papeletas, no más, y que si se profundiza con objetividad en los resultados, estos suelen constituir un resumen perfecto del estado del propio fandom en los diferentes puntos temporales de cada edición.
Históricamente, debido al antiguo sistema de voto presencial, los Ignotus han premiado, entre otros, a mucho residente en la ciudad organizadora de la HispaCon (la convención anual donde se entregan los premios), a obras publicadas por la editorial de moda en aquel momento, a textos escritos por personajes en boga, y, en los últimos años, a los participantes mejor publicitados dentro de los foros y blogs del fandom. Lo bueno es que hay pocas limitaciones en cuanto a los candidatos y obras a presentar, y cualquiera puede postular cualquier escrito, sea cual sea su calidad; lo malo, exactamente lo mismo (la prueba de ello es que ahí van los míos para esta edición que cierra el 4 de julio y que serán entregados en la MIRcon 2014. Son El nombre de la cosa, artículo que dio el pistoletazo de salida a la polémica distópica, y Gloria, un cuento de fantasía oscura).
Aunque los Ignotus dan un cierto prestigio dentro del mundillo, su incidencia en el exterior es anecdótica. Aun así, han servido a lo largo de los años como incentivo, si bien no de mejora debido al laxo enjuiciamiento bajo el que se conceden, sí para el aumento en la cantidad de escritos de literatura fantástica. Es una herramienta con la que la AEFCFT, cuyo número de miembros es ya exigüo y cuyo fin se anuncia año tras año, promociona el género. Y no la única, pues a lo largo de su existencia ha ido editando para sus socios dos antologías de relevancia, una titulada Fabricantes de sueños, selección de los mejores cuentos publicados a lo largo del año, y otra denominada Visiones, abierta a la presentación de relatos originales. Es a ésta última a la que pertenece el libro que se reseña a continuación. Es interesante comprobar qué nombres, de entre todos aquellos, siguen sonando tres lustros después. La letra T, por cierto, aún no había enmarañado el acrónimo.



La Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción ha logrado institucionalizar dos colecciones anuales de cuentos de carácter muy diferente. Si Fabricantes de Sueños se puede considerar una selección de los mejores relatos aparecidos en nuestro país el año anterior, Visiones se sitúa en las antípodas, ya que bajo la total subjetividad del antologista, diferente cada año, sirve como primera oportunidad de publicación a talentos hasta ese volumen inéditos. El encargado de la selección de este año ha sido Juan Miguel Aguilera, santo y seña de la ciencia ficción española, cuyo gusto por la hard sf hacía presagiar (¡por fin!) una colección de relatos de temática menos cercana al género de fantasía y más encaminada hacia la cienciaficción, excesivamente abandonada los últimos años. Así es, y ése es sin duda el mayor mérito de este Visiones 2000, aunque desgraciadamente la calidad de los relatos arroje como resultado final una impresión general de irregularidad.
Podría achacarse exclusivamente a los nuevos autores el peso negativo de la recopilación, pero si bien es cierto que algunos de sus cuentos parecen impropios de una antología de calidad como se pretende que sea ésta, también lo es que aportaciones de autores cada vez más consagrados, como el desangelado cyberpunk "Diez segundos", de Eduardo Vaquerizo, o el frío "Proteo en el escenario", de Ramón Muñoz, se cuentan entre lo más flojo publicado por ambos escritores a lo largo del año 2000.
En el lado positivo, se pueden encontrar claros apuntes de futuro, promesas de variado contenido y construcción. Cristóbal Pérez-Castejón Carpena aplica en "Llanto de piedra" los conocimientos científicos con los que siembra habitualmente sus magníficos artículos, realizando un hard bastante digno; en "Osiris", Luna relata la enésima inseminación alienígena, pero lo hace con un estilo francamente atractivo; Carme Abella hace gala de un humor fresco en ese chiste en forma de cuento que es "Melas, el zafiro de poniente". Y en otro orden de cosas, Luis Astolfi se desmarca con un evocador relato, titulado "Club Gricel", que se adivina de vivencias propias y recorre los caminos del maestro Bioy Casares.
Los principales valedores de Visiones 2000 se encuentran en la imaginación y el buen hacer de Javier Redal, quien en "Los mundos múltiples" adelanta el entretenimiento del futuro haciendo uso de una cómplice e irónica comparación; de Daniel Mares, que en el magnífico "El último viaje del Holandés Errante" logra una atmósfera de terror espacial deudora del cineasta Paul Anderson, estropeando el resultado final por un último cruce de frases bastante confuso; y del sorprendente Alejo Cuervo, con un entretenidísimo "Ostras con salsa picante", alegoría de la actualidad editorial del género fantástico, llevada al extremo en forma de extraña adicción y maquetaciones definitivas, una curiosa ironía en este volumen.
La antología posee además una pequeña perla escondida, que para mayor contraste no tiene nada que ver con la ciencia ficción. "Plenilunio", de Pablo Herranz, es un humilde cuento narrado con sencillez y perfección argumental. Un nostálgico recuerdo de primera adolescencia y cobardía que acaba de manera terrorífica, sin decoraciones ni estorbos, y despierta el miedo a lo desconocido.
Todo esto, junto a otras aportaciones de dudosa calidad, configura esta nueva entrega de Visiones, que a pesar de fracasar en el cometido propuesto por el recopilador -presentar nuevos valores femeninos solventes-, no se ganará por su contenido el infierno. Por su contenido, digo. El continente es otra cosa, y debería servir para realizar una seria reflexión de carácter general.
Mucho se está discutiendo últimamente en el fandom acerca de cánones y raseros, sobre culteranismo y conceptismo, sobre lo verdaderamente bueno y lo verdaderamente malo en las obras de ciencia ficción: sobre el arte, en suma. Me parece una discusión precipitada. De qué sirve afinar valoraciones sobre estilos y maneras de escribir o subir el listón de la calidad si el envoltorio impide acercarse al producto. La edición de Visiones 2000 es, por decirlo simple y llanamente, pésima: mala maquetación, errores ortográficos, tipo y tamaño de fuente insufrible... La lectura se convierte en una auténtica tortura, por desgracia semejante a la que se podía sufrir recientemente con algunas obras de distintas editoriales. La, por otra parte, maravillosa antología Besos de alacrán, las primeras novelas publicadas por la colección Solaris Ficción y alguna que otra novela reciente constituyen dolorosos ejemplos de libros interesantes (el primero incluso imprescindible) por su contenido, pero mancillados por una factura deficiente para cualquier género que se considere serio. Mientras las cosas se sigan produciendo de esta manera, preocuparse de fondo o forma se convierte en una cuestión baladí. Cuidemos otras cosas antes de pretender hacer arte en latas de sardinas.


* La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la red.


viernes, 13 de junio de 2014

Criminal Blurbs

Suma de blurbs en una misma solapa. El objetivo es captar la mayor cantidad de lectores posible. No se citan más nombres porque, simplemente, no cabían.



"¿Te gusta Juego de tronos? Aquí empieza tu nueva obsesión."

-Glamour


"La distopía de Los juegos del hambre sumado a una historia de amor al estilo de Crepúsculo. Eso sí, con una mayor calidad literaria."

-SFX Magazine


"La Era de Huesos es la novela que J.K. Rowling y William Gibson nunca llegaron a escribir."

-Wired

miércoles, 28 de mayo de 2014

Pellizcos

Lo primero que viene son los personajes, el mundo y el submundo que los une. La historia es una posibilidad, una exageración que se da más adelante.

-Michel Houellebecq-


jueves, 22 de mayo de 2014

Cristina Fallarás. Últimos días en el Puesto del Este

Mis comentarios de la entrada anterior giraban en torno a un artículo publicado en C, la magnífica web de reseñas dirigida por Nacho Illarregui. Aprovecho el dato como elemento de hilación por el que traer aquí un nuevo texto (que en realidad de nuevo no tiene nada). Fue la última crítica que Santiago L. Moreno publicó en C, y analiza someramente una novela de Cristina Fallarás. Su peripecia acontece en un mundo venido a pique, lo cual integra al libro en el subgénero postapocalíptico. No es una distopía, puesto que su posible elemento distópico (una sociedad bajo el yugo de una dictadura religiosa) aparece muy al fondo, y no como materia de estudio, sino como percutor del desastre. Es una novela introspectiva, triste por el devenir de la protagonista y el terrible futuro para la Humanidad que presenta, pero en modo alguno una distopía.




La ficción literaria está repleta de lugares comunes. Desde hace décadas se repiten en ella temáticas, tramas, argumentos e incluso paisajes narrativos, y son raras las ocasiones en las que esa circunstancia no afecta, por comparación directa con las anteriores, a la calidad de una determinada obra. Una de las excepciones dibuja un escenario por el que ya han transitado escritores tan prestigiosos como Dino Buzzati y J. M. Coetzee, e incluso nuestro Albert Sánchez Piñol. La tensa espera en un olvidado puesto fronterizo sitiado por los bárbaros ha sido tratada en obras como El desierto de los tártaros, Esperando a los bárbaros y La piel fría, tres novelas de calidad mayúscula. La nouvelle de Fallarás viene a sumarse a ese pequeño grupo de élite, y aunque no llega a alcanzar las mismas cotas que sus predecesoras, cuenta con la calidad suficiente como para ser sumada sin rubor en el haber de ese nicho temático.
Además de la similitud existente entre sus correspondientes escenarios narrativos, muchas de estas obras participan de un denominador común. Al igual que ocurre en el poema de Kavafis del que todas parten, la amenazadora presencia del invasor más allá de las murallas juega un papel secundario en la trama; en realidad, los bárbaros sólo son el percutor de los sucesos que acontecen tras esas murallas. El interés de la novela se centra siempre en la peripecia personal de los sitiados. Mediante la descripción de sus reacciones y de los recursos que emplean para adaptarse a las circunstancias, el autor analiza lo mutable que se torna el concepto de humanidad cuando es sometido a los rigores de la supervivencia. Las penurias del asedio terminan por socavar la esperanza de los resistentes, difuminando los principios morales y la escala de valores que compartieron antaño. Fallarás centra la atención en uno solo de esos personajes, con un estilo tan íntimo y directo que produce la inequívoca sensación de que la protagonista no es, en realidad, otra cosa que el vehículo de sus propias emociones.
De hecho, la voz sumamente personal del narrador no es la única herramienta literaria que sugiere una relación entre ambas; la propia construcción de la novela apunta también hacia una identificación entre personaje y autor. Todo en ella está elaborado con la intención de fijar el foco sobre la protagonista, cuyo nombre no se cita en ningún momento. El espacio y el tiempo están en continuo movimiento; los recuerdos viajan de un continente a otro y del pasado al presente con una presteza que añade agitación al torbellino emocional que se encuentra en el centro de la narración. Aunque existe algun pasaje propicio para la contemplación (por ejemplo, la observación a escondidas de un cuerpo femenino desnudo al sol por parte de un adolescente), Fallarás no se entretiene en alargar las descripciones externas. Así evita distraer al lector del territorio que quiere obligarle a explorar, el corazón convulso de la protagonista. Los recuerdos de su drama amoroso se mezclan con las penurias a las que sus enemigos, sitiadores y sitiados, la someten. Ella es una isla cuyo afán de pervivencia es alimentado tan sólo por los propios recuerdos y la existencia de sus hijos.
Atendiendo a la cruda honestidad que exudan sus páginas, da la impresión de que Últimos días en el puesto del Este haya sido escrita con las tripas. La autora sugiere leer este libro utilizando la pieza más triste de Astor Piazzola como fondo musical, presentándolo al lector como un tango pasional y elegíaco. De hecho, lo es, y debido a la fatalidad que supura el lamento de la protagonista, trae a la memoria melancolías y sabores cinematográficos de antaño, ecos de dramas pasionales que esencian otras historias. No es difícil imaginar a un personaje femenino tan trágico bajo el aspecto de una atribulada condesa descalza, contemplar sus bailes entre un corro de gitanos y compadecerla mientras aguarda sin esperanza a su adusto conde latino tras los muros de un oscuro caseron, en este caso al cuidado de sus anhelados hijos.
El drama interior es tan voraz que consume el espacio narrativo de otros elementos. Del lugar geográfico del asedio no se destaca gran cosa. De sus causas poco más. Y sin embargo, la naturaleza religiosa del conflicto, el apocalipsis del mundo civilizado y racional que describe, provocado por la infiltración del fanatismo creyente en los puestos de poder, estremece por su verosimilitud y conecta con miedos muy presentes en nuestro mundo actual. La Coda que cierra la novela, única visión que ésta ofrece del exterior tras el conflicto, muestra una vuelta a la Edad Media descrita en apenas dos pinceladas y juega un papel fundamental en el libro. Este inusual epílogo rompe la estructura anterior de la novela, pues contrasta con la clausura emocional y espacial presente en los capítulos previos, pero su importancia es crucial a varios niveles.
El paralelismo de realidades que surge de su lectura crea un juego de espejos en el que ambos órdenes, interno y externo, complementan sus respectivos papeles. El fanatismo religioso que vuelve a cubrir la Tierra representa la invasión del futuro por parte del pasado; la protagonista, privada de su futuro, no encuentra otro modo de seguir viviendo que en su propio pasado. Por otra parte, parece como si Fallarás, ya fuera del cuerpo de su creación, no hubiera podido sustraerse a la pulsión de ver con sus propios ojos el destino final del capitán, el personaje por cuyo regreso la protagonista ha penado durante toda la historia. Esa sensación de necesidad refuerza aún más la identificación entre escritora y personaje.
Ultimos días en el puesto del Este recoge, en esencia, el pulso entre dos apocalipsis, uno general y otro emocional; uno que remite al mundo palpable, actual, y otro a la memoria, situando el alma de una mujer entregada a la fatalidad como punto de equilibrio entre ambas tragedias. Intensa, impúdica por su exhibicionismo en el terreno emocional, la novela advierte de los peligros de la melancolía, personal e histórica. Si insistimos en invertir la flecha del tiempo, en mirar más al pasado que hacia el futuro, parece decir la autora, convertiremos los hechos ya ocurridos que nos atormentan en nuestro propio destino: che sarà sarà.


El texto original de esta crítica fue publicado en la web C.




martes, 20 de mayo de 2014

Distopía, un nuevo capítulo


No voy a echar mano del popular "Me llena de orgullo y satisfacción...", pero ahí anda la cosa. El nuevo capítulo del asunto "distopía" es netamente favorable para la causa. Hace casi un año comencé a llamar la atención sobre el mal uso que algunas editoriales y autores hacen de la etiqueta distopía. Durante muchos meses he seguido atacando esa maniobra editorial con una actitud poco menos que quijotesca, en facebook, en foros digitales y por supuesto en este mismo blog. El resultado, más allá del apoyo de algún buen amigo, fue ninguno. O eso creía.
Julián Díez, uno de los mayores expertos en ciencia ficción de este país, acaba de publicar en C, la web de crítica literaria, un artículo titulado El fraude en el etiquetado de la distopía, y el seguimiento, según me indican, está siendo considerable. Lo más positivo, sin duda, es el hecho de que escritores como el propio Ismael Martínez Biurrun y algún responsable editorial como Ricard Ruíz parecen estar conformes con su contenido. Si bien elogio la aparición de este último en los comentarios al artículo, no logro quitarme de encima la sensación de que está ahí más para promocionar la antología distópica que pronto publicará su sello que para reconocer errores. Él mismo, gran conocedor de la ciencia ficción, sabe exactamente qué es una distopía, y sin embargo confiesa que en la antología figurará algún cuento que no lo es. Por qué, es lo que como aficionado me pregunto.
En todo caso, creo que el resultado de la publicación de este artículo está siendo muy positivo, y que quizás sirva para que algunos editores rectifiquen en su ninguneo a una denominación cuya base teórica se ha ido construyendo lentamente a lo largo de un siglo. El artículo entra también en un segundo debate. En el prólogo del libro Tiempo profundo, una colección de relatos transhumanistas, el editor Luis G. Prado hace una defensa de la cf situada en futuros lejanos, y lo hace denostando la de futuro cercano, y más concretamente, la prospectiva. La maniobra es obligada, puesto que este libro (que como devoto de ese tipo de cf estoy deseando tener en mis manos) juega en estos momentos a la contra, ya que la mayoría de la cf actual muestra más preocupación por pasado mañana que por los futuros distantes.
El prólogo contiene un par de afirmaciones sorprendentes. Una de ellas, cuyo análisis pospongo, ésta: "Opino que lo que distingue a la narración de cf trans de la space opera son esencialmente dos características: la posibilidad o no de superar la velocidad de la luz, y la presencia o no de Dios". La otra: "Su pertinencia (la de la cf trans) es máxima para nosotros, los habitantes del futurista siglo XXI, ya que no sólo no finge que conocemos todos los problemas que nos atañen, sino que promete que cada día habrá nuevos peligros". Prado, con esta y otras frases, vende el tipo de cf hiperdistante como más cercana a nuestros problemas actuales que la situada en futuros cercanos, y por ende, que la prospectiva. La respuesta de Díez, como acuñador de esa etiqueta, es contundente. A mí, una vez más, me arroja en brazos de la casualidad.
Dice Prado que el manifiesto fundacional del subgénero transhumanista es la novela Cismatrix, de Bruce Sterling. Pues bien, leyendo las noticias cercanas a la ciencia ficción de estos últimos días, me encuentro con unas palabras que el propio Bruce Sterling ha dicho en una conferencia dada en el HEAD de Ginebra este mismo fin de semana:

The best jump into the future for a Science Fiction writer is a 7 years prediction. If you do a 10 years prediction, people don’t know what you are talking about. If you do a 5 years prediction, people think that you are just exaggerating. Therefore, the best possible future time a Science Fiction writer should explore is, 7 years ahead of now.

"El mejor tiempo futuro posible que un escritor de ciencia ficción debería explorar está a siete años del presente", dice el padre de la cf transhumanista. Paradójico, ¿verdad? Lo cierto es que a mí me da igual. Como ya saben ustedes, la predicción es la parte que, con mucho, menos me interesa de este género. Me interesan bastante más otros aspectos, como su capacidad literaria e intelectual; su poder alegórico, metafórico o simbólico; su utilidad como abrementes progresista e incluso el placer que proporciona desde el puro escapismo. Más que su capacidad visionaria, algo que me divierte tanto como cuando lo veo en manos de los timadores de la televisión nocturna. Es por eso que la distancia temporal me parece irrelevante fuera de lo que afecte al propio argumento. Cuando lea esos relatos, me dará igual que estén situados en el año 1 billón (de los nuestros y de momento) que, como apunta Stross en Accelerando, Singularidad mediante, dentro de apenas cien años. Lo único que espero de ese futuro es que, si la palabra distopía significa otra cosa, el cambio se haya debido a un proceso de evolución natural y no a viles intereses económicos.

martes, 13 de mayo de 2014

Le temps perdu

Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior.




Hoy Proust no mojaría una magdalena en el té, sino un cupcake, lo cual resulta desconcertante. Por suerte, Kaplan siempre prefirió las tartas, grandes y sabrosas, como catalizador del recuerdo. Ocho años ya, tiempo bien aprovechado.

martes, 6 de mayo de 2014

Breves: McDevitt, Brown.

Deepsix, de Jack McDevitt


Segundo volumen de la serie de la Academia escrita por Jack McDevitt e iniciada con Las máquinas de Dios. La acción de esta floja novela avanza por medio de dos líneas argumentales complementarias pero desiguales. Las peripecias de una expedición varada en Deepsix, planeta próximo a la destrucción, pierden interés debido a la anodina e innecesariamente exhaustiva descripción de las maniobras de rescate desde la órbita. Narrada con una sorprendente falta de pasión, ni siquiera la búsqueda final del sentido de la maravilla aporta interés a la obra.
De las nubes Omega y los artefactos alienígenas, elementos que convertían el inicio de la serie en una estupenda novela, apenas hay noticias. Lo más destacable, sin duda, se encuentra en las sentencias de Gregory MacAllister, un misántropo personaje al que el mismísimo Swift rendiría pleitesía, tan interesante como para disputar a la piloto Priscilla Hutchins el protagonismo en las siguientes novelas. La edición de La Factoría de Ideas, a pesar de la firma de un corrector de estilo, por donde suele: profusa en erratas, leísmos y errores de traducción.

  

Noches de Nueva York, de Eric Brown


Mientras que obras señeras del cyberpunk tales como Dr. Adder, de K. W. Jeter, o la trilogía Eclipse, de John Shirley, continúan siendo unas absolutas desconocidas para el lector español, algunas editoriales insisten en importar sucedáneos del último gran subgénero de la ciencia ficción mucho menos interesantes. Es el caso de Noches de Nueva York, novela escritoa por el británico Eric Brown que, con una prosa escuálida (empeorada en este caso por una paupérrima traducción), presenta un pseudocyberpunk que se queda en near future descafeinado.
Dos detectives privados se enfrentan a varios esclavos humanos manejados por una pérfida Inteligencia Artificial. Eso es todo, no hay más. Ni atmósfera ni ideas novedosas. Un escenario futuro mil veces visto y una trama que se aproxima  al noir con la misma escasez de fuerzas con la que acomete el elemento tech. En la misma línea de insignificancia que la peor de las novelas del Budayén, la presentación de la trilogía Virex es una novelita matarratos que perdura poco tiempo en la memoria.



Los textos originales de estas reseñas fueron publicados en los números 38 y 41 de la revista Gigamesh respectivamente.