martes, 20 de septiembre de 2011

Pellizcos

Y, sin embargo, no sé por qué, la gente necesita pensar en la ficción como autobiografía disfrazada. Tal vez todo venga de un prejuicio muy protestante: que la ficción es mentira. Para esa gente es tranquilizador pensar que una novela no es mentira, sino que el autor ha cambiado los nombres y los detalles, pero manteniendo la verdad de lo que le ha pasado.

-Jonathan Franzen-

lunes, 19 de septiembre de 2011

Ch-ch-ch-ch-changes

Como habrán podido comprobar quienes durante la semana anterior se hayan pasado por el blog, Literatura en los talones ha cambiado de aspecto. Y como en la mayoría de ocasiones, no ha sido un hecho voluntario. Quise probar una de las novedades de blogger, y lo hice con resultados que en principio creí catastróficos. Cierto es que se ha descolocado una gran parte de las fotografías, y que me he visto obligado a reordenar, una por una, las entradas de esta bitácora. Sin embargo, creo que me darán la razón si señalo que a la postre el "accidente" ha sido muy beneficioso. En realidad, la modernización del blog era una asignatura pendiente que llevaba postergando desde hacía demasiado tiempo. Entre las ideas que tengo y su puesta en marcha siempre hay un obstáculo insalvable: yo mismo. Ha sido y es una constante en mi vida. Ya les mostré una vez los más de 30 borradores que, agostados pacientemente en las catacumbas de la Red, esperan ver la luz algún día, y que configuran una lista en continuo aumento. En todo caso, tras ver el resultado final creo que las mejoras en cuanto a funcionalidad y nuevas utilidades son más que notables, así que estoy contento, ha habido suerte.
Hace unos meses, cuando el blog llegó a su quinto aniversario, quise hacerles partícipes de lo que iban a ser pequeños cambios, o para ser más exactos, una suerte de ampliación. La relectura de entradas antiguas me ha hecho pensar en nuevas posibilidades. A partir de ahora, Literatura en los talones seguirá hospedando los viejos contenidos, las reseñas de mayor o menor extensión, mis pequeños desvaríos en forma de opiniones y algún que otro juego puntual que me parezca ameno, pero también incluirá algunas cosas nuevas. Siempre que he abordado temas colindantes con la literatura lo he hecho bajo alguna excusa peregrina. Se acabó el encorsetamiento. A partir de ahora, y sin justificaciones de ningún tipo, otros productos culturales tendrán también cabida en esta página. El cuarto arte, el séptimo, el noveno, y hasta el décimo (este especialmente), recibirán alguna entrada espontáneamente, según se me vaya antojando. Pretendo introducir también, sin abandonar la anterior, una nueva manera de abordar el juicio de mis lecturas. Seguirá habiendo críticas elaboradas, pero también opiniones breves, e incluso conjuntos de ellas en una misma entrada. Y alguna otra cosa que no quiero adelantar, por si me arrepiento.
En fin, que bajo la misma personalidad, el blog añadirá conductas nuevas. Esa es la idea. Espero no interponerme demasiado entre ella y su realización. Veremos qué sale adelante de todo esto.




viernes, 26 de agosto de 2011

Connie Willis. Tránsito

La Convención Mundial de Ciencia Ficción se ha celebrado este año en su sexagésimo novena edición en Reno, Nevada, bajo el nombre de Renovation. El acto más señalado del evento ha sido, como es habitual, la entrega de los premios Hugo, ceremonia que tuvo lugar hace unos días, el pasado 20 de agosto. En este enlace pueden ver la ceremonia de entrega, y en este otro leer la lista de nominados y ganadores.
El Hugo en la categoría de novela ha ido a parar, por tercera vez, a las manos de Connie Willis, concretamente por el díptico que componen los volúmenes titulados Blackout y All Clear, el cual ya se había alzado con la victoria en los premios Nebula y Locus. Al igual que Por no mencionar al perro y El libro del día del juicio final, sus otras dos novelas galardonadas, esta bilogía se enmarca en la serie oxoniense de viajes temporales. En esta ocasión, el periodo a visitar es la II Guerra Mundial, lo cual hace que entre una y otra cosa se me antoje, a nivel personal, una lectura imprescindible.
A continuación tienen la reseña que escribí hace unos años sobre Tránsito, quizás la peor novela de Connie Willis. Sí, lo sé, habría sido más pertinente presentar algo más acorde con la ocasión, un texto más laudatorio. Créanme, Willis me encanta, y considero El libro del día del juicio final una de las mejores novelas de ciencia ficción de los años 90, pero desgraciadamente, esta reseña es la única que he encontrado en mis arcones. Considérenlo una particularidad más de este blog.





Seré directo: pocas veces me he aburrido tanto con un libro. Algo extraño, en principio, si tenemos en cuenta que la autora es Connie Willis. La norteamericana encadenó una serie de obras de gran calidad en la década de los 90, narraciones repletas de inteligencia en las que el ingenioso humor, la crítica irónica y las convincentes recreaciones de personajes se aunaban en historias divertidas e interesantes. Todo ello la convirtió en una de las mejores (si no la mejor) escritoras de ciencia ficción de la pasada década. Pero nadie es perfecto. En Tránsito, novela ganadora del Locus 2002, Willis despliega su armamento habitual, pero esta vez se le va la mano de largo. La autora no mide bien, abusa de su sello de marca y produce por una vez un libro irregular y aburrido que incurre en el pecado del exceso.
El argumento se puede exponer en pocas palabras. La doctora Joanna Lander se une al neurólogo Richard Wright en un proyecto que intenta reproducir artificialmente las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM) mediante la administración al sujeto de diversos productos químicos. Ante la escasez de individuos reclutados a tal efecto, Joanna se ofrece voluntaria y, tras una ardua investigación, descubre el significado de las ECM. Eso es todo, y para desarrollarlo Willis emplea más de 700 páginas, de las cuales más de 500 son puro relleno. Por una vez, la otrora chispeante Willis se muestra excesiva y cargante. Por las páginas plagadas de diálogos de Tránsito discurren personajes caracterizados con tanto detalle que acaban provocando antipatía. Las pequeñas cotidianidades con las que la escritora suele buscar la complicidad del lector abundan (fast food, productos de supermercado, películas a la última…) y la cháchara intrascendente se apodera de la historia hasta el punto de que, llegado el primer cuarto del libro, aún no se ha avanzado nada en la investigación.
Para ser justos, hay que decir que esto no es un error de pulso, sino que responde a la intención de la escritora de despertar un efecto concreto en el lector. Willis intenta crear un paralelismo entre el proceso mental de las ECM y el desarrollo de la investigación de la doctora Lander. Para ello abusa de la reiteración y embarca a la protagonista en constantes idas y venidas por los laberínticos pasillos del hospital, buscando siempre una escalera libre o una habitación abierta por la que llegar adonde iba. La recurrencia excesiva a los mismos personajes, a las mismas frases (ese machacón «dar pistas»), a las mismas estancias (esa cafetería mil veces cerrada), llegan a acercar la novela en algunos momentos al vodevil: abrir, cerrar; bajar, subir; entrar, salir… Todos estos artificios producen el efecto deseado, pues la sensación que el paralelismo entre la narración y su significante transmite al lector es más intensa, pero el coste acaba siendo exageradamente alto, ya que una atmósfera de pesadez se apodera de la novela. Para colmo, cuando ya todo ha acabado, cuando todas las acciones han llegado a su fin, el sobrante último cuarto del libro no es más que una revisitación desde una nueva perspectiva a lo que ya había ocurrido anteriormente y cuyo desenlace el lector ya conoce de antemano.
También hay cosas que alabar, por supuesto. La autora escribe con un saludable distanciamiento acerca de un tema tan dado al sensacionalismo como lo son las ECM. Desde un punto de vista racional, Willis no da ni quita y sólo se muestra radical al ridiculizar a los estafadores y charlatanes. Son también grandes aciertos las entradillas a los capítulos, esas «famosas últimas palabras» que constituyen un agradable toque de humor mórbido. O algunos personajes memorables, como el obtuso señor Mandrake y el charlatán señor Wojakowski, tan logrados que sacan de quicio al lector desde su ficticia existencia. Son buenos detalles, aunque insuficientes para salvar por sí solos a un libro de semejante grosor. Parece que, como otros autores del género antes que ella (por ejemplo Greg Bear), Connie Willis se encamina hacia el mejor remunerado best-seller, y desgraciadamente con idéntico resultado. Tránsito se integra cómodamente en esa joven modalidad denominada «thriller científico», abundante en paja y escasa en grano. Esperemos que no se trate de una declaración de intenciones.
Un último apunte. Una vez más, el famoso prólogo editorial que precede toda novela de la colección Nova vuelve a rozar el absurdo. Conocida es la opinión de muchos aficionados al respecto, pero en esta ocasión es el mismo autor quien da muestras de cansancio. Con una cierta falta de respeto hacia quien sigue la colección entera, parte de este prólogo está literalmente copiada («copipasteada», dirían los modernos) del aparecido en Por no mencionar al perro, número 122 de la colección.
Cosas veredes...

Reseña original publicada anteriormente en Bibliópolis, crítica en la red


viernes, 12 de agosto de 2011

Ursula K. LeGuin. La mano izquierda de la oscuridad

Hace unas entradas expresaba un deseo: que en sus futuras creaciones de ciencia ficción los escritores generalistas tuvieran en cuenta como referente las obras literarias más que las cinematográficas. Bien, aquí tenemos un adelanto esperanzador. En la edición de El País del pasado sábado, Rosa Montero, que ya había alabado antes a algún otro escritor del género, escribía poco menos que un ditirambo sobre Ursula K. LeGuin, una de esas figuras de la literatura de ciencia ficción cuya grandeza casi todos los aficionados tenemos en mente, y a la que postulamos en las primeros posiciones cuando nos preguntan por determinados nombres del género que la literatura general debería tener en cuenta.
Montero titula su artículo La grandeza de Ursula K. LeGuin, y se muestra certera en todas sus apreciaciones. A nivel personal, me encanta que una escritora como ella, que si bien ha visitado varios géneros en sus obras suele ser integrada en la literatura convencional, no sólo defienda la pertenencia de su libro más reciente, Lágrimas en la lluvia, a la antiguamente denostada ciencia ficción, sino que además haga proselitismo de ella. Independientemente de la mayor o menor calidad que pueda tener el libro de Montero, se trata sin duda de un paso importante, un ir un poco más allá en este imparable proceso de reconocimiento de un género que en su aspecto más popular lleva décadas salvando la economía del séptimo arte y que en su faceta literaria ha dado algunas de las mejores obras, etiquetas aparte, del pasado siglo XX. Una de ellas está reseñada en el siguiente texto, que escribí hace años y que pueden leer ustedes a continuación.




Ursula K. Le Guin pertenece al escaso número de escritores de ciencia-ficción que han obtenido la consideración de la crítica literaria fuera del género. Ello se debe a un rico estilo narrativo y, sobre todo, al uso que hace de la cf como herramienta especulativa de alto nivel. "Toda ficción es metafórica", dice Le Guin. "Lo que diferencia a la cf de las otras viejas formas de ficción es el uso de nuevas metáforas." Toda su obra evidencia la fidelidad de la autora a este principio. Le Guin utiliza sus numerosos cuentos y novelas no como un simple entretenimiento, sino como vehículo con el que hacer llegar al público sus inquietudes en los terrenos social y humano. Así, las novelas del Ecumen, a las que pertenece La mano izquierda de la oscuridad, no son más que trasposiciones de los problemas reales que alberga nuestra sociedad a mundos imaginarios convertidos en lugar de estudio donde desarrollar esas nuevas metáforas.
En este caso, ese mundo es Gueden, llamado Invierno por los ecúmenos debido al gélido clima que soporta. Hasta allí llega Genly Ai, enviado con el propósito de contactar con sus habitantes y proponerles unirse a una liga de planetas de carácter humanista conocida como el Ecumen. Los guedenianos tienen una particularidad que los hace únicos: son hermafroditas, y adoptan uno u otro sexo exclusivamente en la época de celo, denominada kemmer. Ai contacta sucesivamente con las dos grandes naciones de Gueden, y acaba siendo utilizado y perseguido por ambas. Ayudado por Estraven, un ex alto cargo exiliado, logrará huir hacia los helados desiertos del norte. En la esforzada travesía se producirá finalmente la mutua comprensión de los dos individuos, representante cada uno de sus respectivos modelos sociales.
El lector acompaña al protagonista en ese largo camino hacia la aceptación de una sociedad ajena y diferente. De las intrigas políticas y palaciegas de Karhide a la distopía burocrática de Orgoreyn, y finalmente a la forzada fuga a través de los hielos. Es en esta última parte donde el estilo de Le Guin, de la que sorprendentemente se suele halagar su lucidez ideológica sin hacer mención a la estilística, brilla con contundencia. La travesía de Estraven y Ai entronca directamente con la mejor literatura de viajes polares. La larga lucha por la supervivencia en tan duras condiciones y la correspondiente proximidad humana, junto con el uso alternativo por parte de la autora de la narración en primera persona, hacen comprensible el inevitable acercamiento entre los dos personajes principales y sus causas.
En breves capítulos, intercalados con la acción y ajenos a ella, se van conociendo detalles importantes de los guedenianos a través de sus leyendas. La sociedad guedeniana carece de diferenciación “real” de sexos, así como de instinto sexual continuo. De ello resulta una falta de pasión (el paralelismo con la gelidez del planeta está magníficamente plasmado) cuyas consecuencias se traducen en una cierta laxitud evolutiva social y cultural y un total desconocimiento de la guerra. Un principio causa-efecto algo discutible, quizás una visión en exceso parcial de las posibles consecuencias alternativas.
En todo caso, asuntos menores al lado del verdadero objetivo de Le Guin. La metáfora de la escritora invita a calibrar desde una nueva perspectiva la importancia que en nuestra sociedad ha tenido y tiene la división hombre/mujer y el instinto sexual. Un interesante estudio acerca de la asunción de roles y lo que esto supone en la construcción de la civilización misma, tal como la conocemos. Una novela con un claro mensaje: la diferencia entre sexos sólo existe en los ojos del que mira. Dos sexos distintos, un solo ser. Una idea con la que no todos los lectores estarán de acuerdo.


Reseña original publicada anteriormente en Bibliópolis, crítica en la red


jueves, 11 de agosto de 2011

Tiempos apocalípticos

En un mismo día de la semana pasada concluí la lectura de Plop y vi la película "A ciegas", dos posapocalípticos demoledores. La excelente novela de Rafael Pinedo me sorprendió por su exagerada crudeza; tanta, que por momentos llega a situarse peligrosamente al borde de la parodia. La cinta de Fernando Meirelles es una adaptación de Ensayo sobre la ceguera, la conocida obra literaria de José Saramago Está dirigida con una gran sobriedad y muestra un perturbador sentido de lo inevitable. Ambas creaciones son muy distintas, pero coinciden en dar una visión tremendamente pesimista del ser humano.
Plop es una novela construida de retazos. Por encima de su contenido excesivo, lo que más me ha llamado la atención ha sido el estilo empleado por Pinedo para desarrollar su historia. Capítulos cortos, de página y media como mucho, frases breves, interrumpidas por puntos y aparte continuos, y un lenguaje simple, carente de adornos, directo como el de un niño. La elección de ese estilo produce una voz narrativa indivisible del contenido. Si el pacto de ficción no se rompe es, entre otras cosas, gracias a que la voz del narrador, a pesar de la tercera persona utilizada, se funde exitosamente con la crudeza y desnudez del fondo para sumarle credibilidad.
En el libro se recorre de principio a fin la historia vital de Plop, su protagonista, a través de breves e intensos pasajes investidos de una crudeza excesiva, en los que se describe una humanidad, peor que animalizada, grotesca. En términos generales, lo que se narra en Plop es el ascenso al trono de un dictador tribal, desde su nacimiento hasta el posterior e inevitable derrocamiento, no con un tono heroico ni elegíaco, sino con un enfoque malsano que sitúa al lector en un trasfondo de desnuda miseria. No aparece en la novela decorado alguno que conceda descanso al ánimo, que permita desviar la atención de tanta crudeza. El grupo al que pertenece Plop vive en una planicie de barro y chatarra, con la lluvia eternamente presente, y con la radiación como continua amenaza. No hay nada más, sólo el paisaje humano conformado por ellos y por los otros grupos e individuos con los que alternan encuentros, generalmente de una violencia atroz.
La película de Meirelles es menos exhibicionista en cuanto a la explicitud de las escenas violentas, pero la historia que desarrolla resulta mucho más cercana, y por ello aún más terrible. En el presente, ante una epidemia de ceguera global y sin enemigos comunes contra los que unirse, el ser humano reacciona dando rienda suelta a sus peores instintos. El equilibrio de poder cambia cuando las leyes desaparecen, cuando los actos ya no se exponen a la vista de todo el mundo. La ley del más fuerte favorece siempre al que menos moralidad tiene, y el rencor acumulado genera odios que, sin leyes que lo impidan, se encuentran en libertad para cobrar retribución.
Las obras de Pinedo y Meirelles utilizan el subgénero posapocalíptico como metáfora. La fabulación que vemos busca, sobre todo, ser interpretada como un espejo deformante y exagerador de la condición humana y de los acallados impulsos que todos llevamos dentro, y remarca la importancia de las convenciones sociales como artefacto domesticador de nuestros instintos primarios. El mensaje brota nítido de ambas narraciones cuando se hace una lectura figurativa de sus tramas, en las cuales se dan todo tipo de actos y actitudes, generalmente terribles. Violaciones, asesinatos, sadismo, locura…, un festival de pulsiones desembridadas, triunfantes sobre el raciocinio tras una vida entera presas bajo las cadenas de la moral.
Si se hace un breve repaso al subgénero, es comprobable que el 90 por ciento de las obras que lo abordan dan una visión absolutamente pesimista del ser humano. Lean estas dos novelas si no, o lean también La carretera de McCarthy, o la recientemente reeditada Mundos aparte de Haldeman, o Mundo mutante, el espeluznante cómic de Richard Corben que tan directamente me ha tráido la lectura de Plop a la memoria. Hasta un clásico de los 50 tan de otros tiempos, tan blanquito como La Tierra permanece, en el que los supervivientes colaboran en vez de robarse, violarse o destrozarse, incluye un pasaje de semejante jaez que acaba en asesinato.

Es esa uniformidad a la hora de abordar historias posteriores al fin de la civilización lo que encuentro más terrible. Me acongojan tanto la visión que el conjunto de los escritores tiene de la Humanidad, en la mayoría de casos desoladora, como la aceptación de esas ficciones como posibles por parte del común de los lectores. Si estas historias no nos parecen increíbles, si no hacen pitar nuestro sentido de la incredulidad, no es sólo por el buen oficio de los autores. Aceptamos tales argumentos porque sabemos que en realidad somos así, y que basta desconchar un poco el barniz de la civilización para que la bestia ancestral, el animal superviviente, salga bramando de nuestro interior. La versión contraria no vende (excepto en franquicias televisivas de corte adolescente), y no lo hace porque tenemos a lo largo de la historia infinitas muestras de que somos de esta manera y no de otra. Allí donde las normas sociales menguan, donde se dan situaciones de poder, en las guerras, en los nuevos territorios, en las fronteras de la civilización, el ser humano se ha comportado con crueldad.
Todos los días podemos ver indicios de ello, en nuestro mismo entorno diario, en nuestro mundo tecnocivilizado. Si uno cae en desgracia con el vecino, lo más probable es que su vehículo aparezca una mañana rayado; basta emitir una opinión política discordante, una argumentación incómoda, para que quien apenas te conoce decida convertirte en su enemigo; si no se tiene cuidado con las discusiones en la carretera, te puedes dar de bruces con el rostro del salvajismo. Así somos, y además lo sabemos. Por supuesto que hay una diferencia, un salto de muchas magnitudes entre estos enfrentamientos cotidianos y los sucesos vividos en Vietnam, Kosovo o Ruanda. Se trata, precisamente, de ese barniz antes citado. Pero dejen que la temperie de los acontecimientos lo resquebraje y comprobarán la base que hace verosímiles esos futuros posapocalípticos.
En estos días que vivimos, todo ello me intranquiliza. Desde hace unos meses tengo una sensación extraña. Por las mañanas, mientras desayuno en frente del ordenador leyendo los diarios, capto algo indefinible, como si el olor de la realidad fuera distinto: la crisis financiera y sus efectos, las revueltas en las calles, el odio hacia los especuladores, las revoluciones nacientes, todas estas noticias se me empiezan a antojar como pura sintomatología de un sistema enfermo, el rumor lejano de un apocalipsis en ciernes. Últimamente, me viene mucho a la cabeza cierta frase perdida en una canción: “algo se acerca y no se deja ver”. Espero que, de ocurrir lo peor, las visiones posapocalípticas dadas por la literatura y el cine, con tan oscuras versiones del ser humano, no se acaben cumpliendo.



sábado, 6 de agosto de 2011

Imágenes de cf. IX



"Había caminado sin pensar durante unas cuarenta horas, en una niebla mental completa, guiado únicamente por un vago recuerdo del itinerario en el mapa. Ignoro qué me hizo detenerme y me devolvió a una conciencia plena; probablemente fuera el carácter extraño del paisaje que me rodeaba. Debía de encontrarme ya cerca de las ruinas de la antigua Madrid, y en cualquier caso me hallaba en medio de un inmenso espacio de asfalto, que se extendía prácticamente hasta donde alcanzaba la vista; sólo a lo lejos se distinguía, confusamente, un paisaje de colinas secas y de escasa altura. Aquí y allá, el suelo se alzaba varios metros, formando ampollas monstruosas, como por efecto de una aterradora ola de calor procedente del subsuelo. Cintas de asfalto subían hacia el cielo, se elevaban durante varias decenas de metros antes de romperse bruscamente y terminar en una escombrera de grava y piedras negras; residuos metálicos, cristales reventados alfombraban el suelo. Al principio creí que me encontraba junto a un peaje de autopista, pero no había ningún panel indicativo en ninguna parte, y acabé comprendiendo que me hallaba en medio de lo que quedaba del aeropuerto de Barajas. Siguiendo hacia el oeste, divisé algunos signos de una antigua actividad humana: televisores de pantalla plana, pilas de CD hechos migajas, un cartel inmenso donde se veía al cantante David Bisbal. Las radiaciones debían de seguir siendo fuertes en la zona, que había sido uno de los lugares más bombardeados durante las últimas fases del conflicto interhumano. Estudié el mapa: debía de encontrarme muy cerca del epicentro de la falla; si quería mantener el rumbo, tendría que torcer hacia el sur, para lo cual debería atravesar el antiguo centro urbano."


viernes, 5 de agosto de 2011

Paolo Bacigalupi. La chica mecánica

Aunque hubo atisbos anteriores, fue a partir del prodigioso año 2005 cuando la ciencia ficción comenzó a inundar los estantes de la literatura general. Desde entonces, y conforme a la subida de la marea, he ido sintiendo cierta curiosidad por cualquier posible respuesta cualitativa que procediera de lo que podríamos denominar sector intramuros del género. Tras el fiasco que supuso Spin, de Robert C. Wilson, un libro muy irregular pero promocionado con gran elocuencia por parte de la crítica, pocas novelas han recibido tantos parabienes como La chica mecánica. Tras madurar su lectura, reconozco que aunque Bacigalupi aún no pueda equipararse en términos estrictamente literarios a los Roth, Ishiguro o McCarthy, los elogios recibidos por la novela han partido, esta vez, de un auténtico merecimiento.
La chica mecánica aborda una historia de tintes político-económicos en un ambiente post colonial y tercermundista, y se sirve de un argumento coral para elaborar una seria advertencia sobre nuestro propio presente. Para elaborar su ficción, Bacigalupi utiliza como elemento especulativo el campo de la genética desde una nueva perspectiva, más cercana al ciberpunk que al ribofunk.




Bienvenidos al siglo XXII.
Anderson Lake es el hombre de confianza de AgriGen en Tailandia, un reino cerrado a los extranjeros para proteger sus preciadas reservas ecológicas. Su empleo como director de una fábrica es en realidad una tapadera. Anderson peina los puestos callejeros de Bangkok en busca del botín más preciado para sus amos: los alimentos que la humanidad creía extinguidos. Entonces encuentra a Emiko...
Emiko es una «chica mecánica», el último eslabón de la ingeniería genética. Como los demás neoseres a cuya raza pertenece, fue diseñada para servir. Acusados por unos de carecer de alma, por otros de ser demonios encarnados, los neoseres son esclavos, soldados o, en el caso de Emiko, juguetes sexuales para satisfacer a los ricos en un futuro inquietantemente cercano... donde las personas nuevamente han de recordar qué las hace humanas.


Antes de enumerar las bondades de esta novela acaparadora de premios (Hugo, Nebula, Locus...) es preferible, por despacharlo rápido, enunciar su aparente punto débil: La chica mecánica adolece de una notoria falta de suspense. Bacigalupi cifra toda la capacidad de enganche narrativo en el poder de fascinación con que cuenta el universo descrito en la novela. No hay una urgencia argumental, no existe un arco central que haya de ser desvelado. No hay crímenes sin resolver ni tramas ocultas. Todo transcurre a la vista, sin misterios. El escritor elabora cuidadosamente el entorno, coloca sus peones en posición y, merced a un suceso fortuito, provoca el colapso del escenario narrativo, haciendo al lector testigo de una revolución. Pero atendiendo a la trama y subtramas anteriores, el final no es, según las normas del suspenso, ni sorpresivo ni inevitable, mucho menos epifánico.
La cuestión que hay que plantearse es, entonces, si el escenario y los personajes tienen fuerza suficiente como para generar por sí solos esa capacidad de atracción necesaria para mantener activo el interés del lector. La respuesta es sí, con creces. Tanto las descripciones como la construcción de personajes y la arquitectura narrativa que los entrama ejercen su función con notable resultado. El universo desarrollado en estas páginas fascina por su exotismo, por la mezcla que contiene de un futuro y un pasado cercanos. Podría decirse que Bacigalupi aborda una suerte de near past-future, un mundo fronterizo, mestizo, producto de una biotecnología mal utilizada que lo ha embutido en ropajes tercermundistas, y que presenta reminiscencias pasadas y amenazas futuras.
El Bangkok reflejado en estas páginas es un crisol multicolor constituido por un mar de mercados callejeros, de frágiles chabolas prefabricadas y dolientes ruinas posmodernas. En su perfil urbano se confunden la miríada de puestos de fruta con los restos de lo que en su día fueron orgullosos rascacielos, ahora al servicio de la miseria y la explotación. En ese laberinto de planchas sintéticas, lonas y cristales rotos pervive una población al borde del desastre. La roya o la cibiscosis, o la decena de amenazas de origen biotecnológico que diezman el planeta no son los únicos enemigos a combatir. A semejanza de lo que ocurre en el mundo real, esta futura Tailandia, representación del Tercer Mundo, cuenta con una amenaza aún mayor en el exterior, personificada en las insaciables corporaciones internacionales, voraces y fieles a su propio y siempre amplio concepto de lo esquilmable.
El valor más notable que posee esta novela es su carácter inequívocamente actual. A lo largo de su historia, la ciencia ficción, como artefacto literario que es, siempre se ha mostrado sensible con los problemas propios de su época. Hay una cf proveniente de la bomba atómica, y otra heredera de la guerra fría, y otra deudora de la llegada a la Luna. La chica mecánica es hija de su tiempo, es decir, de la crisis económica. El depauperado futuro cercano que plantea su autor nace de aunar la cultura de mercado hija del capitalismo neoliberal a las posibilidades que ofrecen los frentes abiertos por la ciencia en los últimos tiempos, especialmente el de la genética. La intuición prospectiva de Bacigalupi pinta un futuro post burbujaRoya de la soja. alimentaria, un mundo en manos de las grandes empresas que, siempre a la caza de beneficios -incluso cuando estos ponen en peligro la supervivencia de la propia especie-, han llevado los adelantos en transgenia hasta el límite, buscando siempre el provecho sin tener en cuenta los daños colaterales.
El autor norteamericano utiliza esa suma de conceptos como herramienta para llegar a una conclusión natural. Si los lobbies económicos llegan algún día a ser más fuertes que los estados, si compiten con ellos en capacidad y poder, entonces sus incursiones a la busca de beneficios en los paises pobres tendrán que ser enjuiciadas como puro colonialismo. En la novela, oscuras corporaciones como AgriGen hacen y deshacen a su antojo en distintas partes del mundo, influyendo en la economía de naciones enteras, imbricándose en sus estructuras internas y dejando al marcharse caos y pobreza tras haber provocado con sus guerras económicas y sus experimentos genéticos devastadoras plagas y epidemias. "Acuérdate de lo de Finlandia", murmuran como un mantra varias veces en la novela.
El tema de fondo que se desarrolla en La chica mecánica es, precisamente, el del colonialismo económico, el de la injerencia externa en un pais tercermundista, pero en este caso perpetrada por las grandes corporaciones internacionales. En la novela se relata un sibilino intento de invasión contra una resistencia a su vez corrupta, una lucha de estrategias en la que cada uno juega su papel. Algunos de los mejores momentos narrativos se condensan en las luchas de poder intestinas entre ministerios, entre patriotas como Jaidee y políticos corruptos como Akkarat, o en el sufrimiento que conlleva la posición privilegiada de la capitana Kanya, un personaje que soporta el peso de la dualidad del país en su interior. La narración se torna ágil en los pasajes que recogen las reuniones casi clandestinas entre los agentes de las empresas extranjeras, embajadores mal disimulados que, entre copa y copa, intercambian bajo el calor pegajoso del trópico cotilleos y confidencias, delatando su condición de jugadores en la sombra atentos siempre a los sibilinos retruécanos de la influencia.
Pero si lo importante es el trasfondo político y económico, cabe preguntarse por el papel que juega la chica mecánica del título en todo ello. El personaje de Emiko propone una cuestión mil veces vista (¿para ser considerado persona, es condición imprescindible haber nacido humano?), pero más allá de su naturaleza autómata, representa al ciudadano común. Se limita a sobrevivir y a soportar las embestidas de los vientos del cambio. Como lo hace también Hock Seng, otro gran personaje del libro, quizás el más apegado a la realidad de las calles. Emiko no es nadie, es sólo una esclava sexual que busca ser libre y ser tratada como una persona, y que, sin proponérselo, acaba jugando un papel decisivo en los acontecimientos políticos. Bacigalupi alude a la indefensión del individuo ante el caos, para a continuación sugerir que somos parte conformante de él. Debido al menos importante de los sujetos -en este caso un neo ser-, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia, los grandes planes se irán al traste debido a un hecho fortuito, y finalmente, como era de esperar, todo acabará cambiando para seguir siendo igual.
Sopesando pros y contras, es fácil concluir que la lectura de esta novela quizás le cueste un poco a todo aquél que necesite de la intriga como motor de avance del argumento. Quien no, va a disfrutar, y mucho, con la inmersión en un mundo futuro tercermundista magníficamente recreado, con el excelente entramado de acontecimientos y personajes, y, en segunda lectura, con la advertencia intrínseca de una realidad que se nos podría venir encima en cualquier momento. La chica mecánica es una de esas obras que confirman la paradoja: se puede crear algo original a partir de componentes gastados.




domingo, 31 de julio de 2011

Pellizcos

Lo terrible no es que exista gente que necesite creer en esas palabras grandes (Dios, Patria, Raza) para dar sentido a su vida, sino que necesita que nosotros, los demás, creamos en esas palabras para dar sentido a su vida.

-César Mallorquí-

sábado, 23 de julio de 2011

Santiago Roncagliolo. Tan cerca de la vida

La acometida de los escritores provenientes del mainstream a la ciencia ficción no sólo es interesante por sus frutos literarios. Las obras están ahí, desde luego, y son ellas lo importante, qué duda cabe, pero si se mira un poco más allá, si se amplía el campo y se alienta una pizca de curiosidad sobre los autores que las están escribiendo, se pueden extraer conclusiones sobre el género en sí mismo y la percepción que existe ahí fuera sobre él. Uno de los puntos de interés está en los referentes, en el background de todos aquellos escritores generalistas que últimamente están pariendo obras de ciencia ficción.
Desde luego que existe algún conocedor, incluso exhaustivo como Rodrigo Fresán, que en su El fondo del cielo da una lección magistral sobre los comienzos de la cf norteamericana y, mucho más allá, sobre la propia esencia literaria que nutre la historia del género. Pero se trata más bien de una excepción. Lo normal es que la nueva visión de las temáticas de cf (que en algunos casos, desgraciadamente, resulta ser muy vieja), responde en parte a la propia ignorancia del escritor, a su desconocimiento absoluto sobre la centenaria historia del género y los miles de relatos que le han ido dando forma. El concepto que estos autores tienen de la cf proviene en escasas ocasiones de las obras literarias. Basta acceder a sus entrevistas (ciertamente numerosas, por algo son escritores populares) para darse cuenta de que su idea de la cf parte realmente de las películas, del cine. En sus recuerdos se funden películas retro, de los 50, 60 ó 70, con las space operas más conocidas, "Star Wars" y "Star Trek". Pero sobre todo, su concepto de lo que es la cf a considerar se construye desde la memoria de sus obras maestras, las dignas, las respetables, es decir, "2001" y "Blade Runner".
"Blade Runner" especialmente, sí, la película. Y su autor, Philip K. Dick, un adelantado a su tiempo que en los últimos años parece haberse ganado el cielo mainstream. En castellano, últimamente, todo parece tener que ver con Dick y su obra. No son sólo Bolaño o Fresán, no. Pablo Tusset, en su novela más reciente, titulada Oxford 7, le pone el nombre de Deckard a un personaje femenino; Rosa Montero saca al mercado Lágrimas en la lluvia, cuya relación con la película de Ridley Scott va mucho más allá del título; Santiago Roncagliolo, como pueden leer en la reseña que viene a continuación, da en Tan cerca de la vida su propia visión de los replicantes.
En fin, todo es Dick, todo es "Blade Runner". Nada que objetar, pero no puedo evitar preguntarme qué libros nos estarían ofreciendo estos escritores si sus referentes hubieran provenido más del papel y menos del celuloide.






Los mismos elementos que concurrieron hace más de un lustro en el inesperado éxito de "Lost in Traslation", aquel fascinante adagio fílmico con el que la directora Sofia Coppola ilustraba el extrañamiento del individuo occidental ante el Japón moderno, son reutilizados en esta novela por el peruano Santiago Roncagliolo con el añadido, casi inevitable en la literatura y el cine actuales, del proverbial elemento dickiano. A Max, el sencillo protagonista de Tan cerca de la vida, le acosan los mismos sentimientos que retrataban a los dos principales protagonistas de aquella película. La soledad, el desarraigo vital y la sensación de ajenidad que acuciaban a ambos aparecen de nuevo en esta historia como parte importante de la argamasa que conforma el mundo interior de Max en su epopeya tokiota.
Las características personales de Max, protagonista principal de la novela, delatan su ascendencia kafkiana, sugerida ya desde el principio por una pesadilla que le sobrecoge en las primeras páginas y le hace ver su rostro en los de todos los demás. Max es un hombre anónimo, un número perdido en una empresa constituida por miles de empleados con los que cree no guardar relación alguna. Tal como se le define en el texto (p. 71), “A pesar de su renovado amor propio, era un hombre en blanco, sin nada que lo identificase como miembro potencial de ningún grupo en particular, sin aficiones ni tribus.” Max es un analista de logística, un anodino empleado de base del que apenas conocemos contados detalles: un puesto de trabajo modesto, un pasado reciente desgraciado, una esposa con la que habla poco y apenas se entiende, y un carácter apagado, quizás culpable. La inesperada llamada del presidente de la compañía y su posterior ascenso profesional le colocan en un territorio nuevo repleto de posibilidades, pero también de incertidumbres.
Es la incapacidad social de Max, sumada al peso de la soledad en un país extraño, lo que le obliga a moverse, a tomar decisiones. Sus salidas nocturnas y sus encuentros con Mai, una joven camarera del hotel por la que siente una fuerte atracción, ofician como guía turístico y presentan al lector el otro gran protagonista de la novela: la ciudad de Tokio. La presencia de la urbe, las muchas oportunidades que ofrece para el extrañamiento occidental, conforman a los ojos de Max una imagen variopinta y exótica. Lo frío y lo íntimo se entremezclan. La asepsia de los hoteles futuristas, una pornografía que censura el contacto más íntimo y los impersonales clubs de alterne nocturnos son realidades que comparten espacio con los bulliciosos mercados de pescado o los “burdeles” de gatos, lugares a los que se acude en busca de la relajación que procura el contacto directo con esos animales.
Frente al Tokio urbanita reflejado por escritores nipones como Haruki Murakami o Yasunari Kawabata, la mirada forastera de un narrador occidental sólo puede sumar añadidos y maravillarse por lo que apenas llega a vislumbrar, por una metrópolis cuyos secretos parecen situarse muy lejos de su entendimiento. Roncagliolo sólo araña la superficie, pero al forastero poca cosa más se le puede pedir sino fascinación. Esa combinación que aporta el entorno, entre lo extraño y lo atractivo, es a la vez una imagen especular de lo que Max siente por Mai. No pueden hablar entre ellos, pero su lenguaje es otro, el de los signos, el de las miradas directas o, mucho más íntimo, el de un sexo intenso y comunicativo. Con ella, Max parece reencontrar un sentido de las cosas que perdió en algún momento crucial de su pasado, la solución a la angustia existencial que le persigue.
En realidad, ese es el elemento nuclear de la historia, la resolución del angst, de ese agujero negro anímico que acucia a Max durante gran parte de la novela y a través de cuyo desentrañamiento entra en juego el otro gran foco de influencia mencionado al principio de esta reseña, la impronta de Philip K. Dick. O para ser más exactos, de "Blade Runner", la adaptación cinematográfica más conocida de una de sus novelas. Elementos resonantes tales como la figura de Kreutz, presidente de la Corporación Géminis, claro trasunto del dueño de la Tyrell Corporation, o el papagayo artificial que utiliza de mascota, que retrotrae también a su origen literario, no son mas que pequeños guiños que sirven de homenaje y acercan la obra del peruano a su referente más directo. El campo de influencia no se queda en los meros detalles, sino que es nuclear, pues la Corporación Géminis se dedica al desarrollo de robots, de robots bastante avanzados, cada vez más parecidos a su creador, cada vez más humanos.
Roncagliolo hace un buen uso de la dosificación, introduce con excelente pulso la intriga existencialista en un contexto de ciencia ficción, aumentando la importancia del elemento genérico sólo en el último tercio de la novela, cuando el lector está preparado para su aparición. El elemento fantástico es crucial en la novela, es lo que le da sentido a la trama, pero no hace acto de presencia real (que no intuido) hasta que el desarrollo del argumento lo exige, aunque pequeñas pinceladas terroríficas, muy cercanas estéticamente al actual cine de horror japonés, ayudan, cada cierto número de páginas, a presuponerlo. Precisamente por eso, por esa buena aleación de sus elementos, resulta algo decepcionante la resolución final, porque el escritor se saca de la manga (como ocurría en la película de Ridley Scott) un imperativo argumental, una ocurrencia de última hora que fuerza inesperadamente la tensión entre los protagonistas.
Al margen de esto, el revelador relato final, que explica los respectivos pasados de Mai y Max, conmueve y conmociona a partes iguales; emociona y horroriza, y deja un último regalo a los amantes de las sutilezas. Ello es debido a que durante la narración Roncagliolo hace un particular uso de la segunda persona, utilizándola exclusivamente en las apariciones de la protagonista femenina, mientras que el resto del relato se desarrolla en tercera. Es una invitación para el lector inquieto difícil de rechazar. Adivinar el posible origen del narrador constituye un elemento más de la lectura que, en mi opinión, no se puede resolver correctamente hasta el final, y que suma una nueva perspectiva al conjunto.
Tan cerca de la vida es una novela que cuenta con buenas razones para su disfrute. Contiene una buena trama de ciencia ficción, indudablemente, pero más allá de eso, acerca al lector a una bella historia de vacíos y anhelos, al intento de comprensión entre dos almas parejas que se buscan mutuamente en uno de los escenarios urbanos más atractivos de este siglo.


La versión original de esta reseña fue publicada en Prospectiva.


jueves, 21 de julio de 2011

Jacques Sadoul. Historia de la ciencia ficción moderna

La publicación el pasado año de la "Teoría de la literatura de ciencia ficción", escrita por Fernando Ángel Moreno, me empujó a rebuscar en la zona de mis estanterias dedicada al ensayo, ya saben, por aquello de comparar. Historia de la ciencia ficción moderna, de Jacques SadoulEncontré alguna cosa interesante, pero como casi siempre que hurgo en mi biblioteca en busca de algo determinado, mi atención acabó desviándose justo hacia el extremo contrario. No sé aún por qué, agarré entre mis manos la "Historia de la ciencia ficción moderna", del francés Jacques Sadoul, leída hacía muchos años y ya casi olvidada, y me puse a ojear por encima las primeras páginas. Cuando me quise dar cuenta, estaba inmerso en la relectura de otro libro.
Al decir que me desvié hacia el lado opuesto me refiero a que, mientras que el ensayo de Moreno plantea un estudio de la ciencia ficción desde la teoría literaria, acercándolo así al contexto de obras como las de Darko Suvin o Tzvetan Todorov, el ensayo escrito por Sadoul se centra más en el simple testimonio histórico, resumiendo todo componente crítico en la socorrida teoría del gusto. El libro del francés carece de rigor analítico, y sus sentencias parten siempre de un "me parece", un "se me antoja" o, envalentonado en algunos momentos, un "no es, sin duda, tan buena como". Podría decirse que, casi 40 años después de su publicación, esta obra se presta a ser leída bajo un gesto continuo de condescendencia debido a que el paso del tiempo ha convertido algunos de sus juicios de valor en, digámoslo fínamente, poco profesionales.
Cierto es que, visto cuatro décadas después, Sadoul parece haber acertado al señalar muchas de las obras que luego pasarían a la posteridad, pero en la mayoría de casos se trata de novelas que ya llevaban años de recorrido y sobre las cuales los lustros pasados entre su publicación y el momento de la escritura de este ensayo ya habían comenzado a generar consenso. Cuanto más se acerca el libro a los 70, época en la que está escrito, es decir, cuanto más depende Sadoul de su propio criterio, menos lúcidos se tornan sus juicios de valor. Por poner un mero ejemplo, léanse los párrafos dedicados a Thomas M. Disch, por cuya obra confiesa "apenas sentir interés".
Pero si bien esta "Historia de la ciencia ficción moderna" no es una obra de enjundia en el sentido epistemológico, sí lo es en el historiográfico y, especialmente, en el sentimental. Tanto para quien quiera conocer los fundamentos y la evolución de la ciencia ficción norteamericana e inglesa escritas en los dos primeros tercios del pasado siglo, como para todo aquel conocedor que se quiera dar un baño de nostalgia asistiendo al nacimiento de las grandes historias que configuraron su juventud como lector, este libro supone uno de esos inconfesables placeres culpables.
Desde las dime novels y las Munsey Magazines al pulp, pasando por la Edad de Oro y la Edad Clásica hasta llegar a la new wave, Sadoul va haciendo un recorrido cronológico por la historia del género a partir de los relatos aparecidos en las diversas revistas publicadas en distintas décadas, dejando un espacio bastante menor para las novelas. Aunque prepondera la narrativa norteamericana, sobre todo (y lógicamente) en los comienzos del género, también hay sitio para la británica y, en las páginas finales, para la ciencia ficción realizada en Francia, en cuyas publicaciones se da un breve testimonio de autores europeos fundamentales como Stanislaw Lem, Karel Capek o los hermanos Strugatski.
La historia de la ciencia ficción, contada por Sadoul, no pertenece sólo a sus autores, sino también, y muy especialmente, a los editores de aquellas revistas. En su opinión, estos son los auténticos ideólogos del género, y las revistas el sagrado receptáculo en el que se generó y medró la auténtica esencia de la ciencia ficción. Entre ellos, el francés reconoce la importancia de John W. Campbell Jr. (para mí capital), pero concede tanta o más importancia en el devenir del género a figuras fundamentales como F. Orlin Tremaine, precursor de Campbell en Astounding Stories; al legendario Hugo Gernsback, padre putativo del género en su Amazing Stories; a los responsables de la diversificación de los años 50, como Horace L. Gold, que en su función de director de la revista Galaxy disparó la calidad literaria del género, y, finalmente, a Michael Moorcock y su labor en la británica New Worlds, donde contribuyó a generar el movimiento conocido como new wave.
Los primeros capítulos del libro, que Sadoul dedica a glosar la génesis de la ciencia ficción norteamericana a traves de sus revistas, merecen el calificativo de entrañables. Los argumentos, que van desde lo naïf a lo directamente absurdo, contienen suficientes dosis de ingenuidad como para despertar la misma simpatía nostálgica que nos produce el asombro de un niño. Una plétora de autores recordados hoy casi exclusivamente por los incondicionales del pulp despliegan sus invenciones en el primer tercio del libro. Autores menos conocidos como Ray Cummings, o como Nat Schachner, por quien Sadoul muestra verdadera devoción, comparten espacio con nombres más populares, como el de Abraham Merritt, y con auténticas leyendas del subgénero, como Edgard Rice Burroughs, H. P. Lovecraft o Robert E. Howard. E incluso con escritores de la magnitud de Jules Verne o H. G. Wells, cuyos relatos alimentaron las páginas de la mayoría de estas revistas durante años.
Si la parte dedicada al pulp fascina por la ingenuidad y pureza de sus historias, la referencia a los relatos que inauguran la Edad de Oro en las revistas viene a ser, para todo lector bregado en el género, un maremoto de nostalgia difícil de contener. Número tras número, los autores importantes que construyeron la ciencia ficción tal como la conocemos comienzan a dar señales de vida a través de sus relatos, llegando a configurar en algunas entregas auténticas antologías irrepetibles tanto por su calidad como por la mera acumulación de grandes nombres. Imagínense la presencia de Isaac Asimov, Frederik Pohl, A. E. Van Vogt o Clifford D. Simak, por mencionar ejemplos evidentes, número tras número, todos ellos presentando sus nuevos relatos, aquellos que posteriormente, transformados por el método del fix-up, se convertirían en libros de prestigio. Fundación, Mercaderes del espacio, El mundo de los no-A, Ciudad... decenas de grandes series se gestaron en aquellos días, en aquellas revistas, capítulo a capítulo. Leyendo esta crónica y conociendo cada una de las obras que aparecieron en aquella década, uno comprende perfectamente la pertinencia del apelativo dorado con el que más tarde sería bautizado aquel periodo de tiempo.
El recorrido por los siguientes decenios incluye, además de los consabidos relatos aparecidos en las revistas (muchas de ellas de nuevo cuño, como la fundamental Galaxy), una importante novedad: la publicación de novelas de ciencia ficción, algunas creadas como reelaboración y recopilación de cuentos anteriores, otras a partir de textos inéditos. Entre los 50 y los 60, los grandes nombres del género dan a conocer sus principales obras, y nuevos autores van sumándose, gracias principalmente a sus novelas, al panteón del género. Hay sitio también para la descripción de otra suerte de acontecimientos, como el nacimiento de los premios Hugo en 1953, o como aquel que en 1968 enfrentó a gran parte de los escritores de ciencia ficción, unos contra otros, por su apoyo o rechazo a la participación de EE.UU. en el conflicto de Vietnam. El cruce de las decenas de firmas reclutadas por cada uno de los bandos fue publicado en algunas de las principales revistas, como Galaxy o The Magazine of Fantasy and Science Fiction.
La última parte del libro es, para mi gusto, la menos interesante. En primer lugar, porque a Sadoul se le nota bastante perdido en sus valoraciones de la new wave y sus autores (tómese esto, si lo anteriormente expuesto más las fotos de su presencia en pasadas convenciones, en las que alterna con los popes del género, no bastaran, como una nueva demostración de su preferencia por lo clásico), pero también porque el repaso a la ciencia ficción francesa que puede leerse al final de este ensayo carece, debido al desconocimiento que de ella tiene el lector español, del atractivo con el que sí cuenta la anglosajona. Un capítulo aunque interesante, bastante menos reconocible.
Por todo lo dicho, "Historia de la ciencia ficción moderna" es una obra que puede calificarse de apetecible, siempre que el lector tenga claro que lo que tiene entre las manos es un recorrido nostálgico por la mejor cf que pudo leerse en los dos primeros tercios del siglo pasado, y no un ejercicio de crítica literaria.